
Gilbert Keith Chesterton nació en Londres , un 29 de Mayo de 1874. Si bien se consideró a si mismo meramente como un “periodista alborotador”, en realidad fue un escritor prolífico y talentoso en virtualmente todas las áreas de la literatura. Hombre de fuertes opiniones y con un enorme talento para defenderlas, su exuberante personalidad, sin embargo, le permitió mantener cálidas relaciones con personas – como, por ejemplo, George Bernard Shaw y H. G. Wells – con quienes disentía vehementemente.
Chesterton no tuvo nunca dificultades para defender públicamente aquello en lo cual creía. Fue uno de los pocos periodistas que se opuso a la Guerra Boer. En 1922, con “Eugenics and Other Evils” (Eugenesia y Otros Males), atacó lo que en ese momento era la más progresiva de las ideas: la de que la raza humana podía y debía criar una versión superior de si misma; una idea cuya paternidad muchos hoy le adjudican a los alemanes de la época de Adolfo Hitler pero que, en realidad, se hallaba muy extendida y arraigada en el mundo anglosajón mucho antes de la Segunda Guerra Mundial.
Su poesía se extiende desde “On Running After One’s Hat” (Sobre Correr Detrás de Tu Propio Sombrero) hasta baladas serias y oscuras. Sus biografías de Charles Dickens y San Francisco de Asís, aun cuando no están escritas para una audiencia académica, contienen brillantes percepciones de los personajes tratados. Por último, su incursión en la novela policial con la serie de los casos del Padre Brown produjo historias que continúan siendo leídas y son fuente de argumentos para programas de televisión hasta el día de hoy.
Su posición política refleja su profunda desconfianza frente a la concentración de riqueza y de poder de cualquier clase. Junto con su amigo Hillaire Belloc y en libros como "What's Wrong with the World" (Qué Está Mal En El Mundo) propuso un criterio que se dio en llamar “distribucionismo” y que podría resumirse en su famosa expresión de que a cada persona se le deberían garantizar “tres acres (de terreno) y una vaca”. Si bien no terminó siendo un pensador político famoso, su influencia ha dado la vuelta al mundo. Algunos ven en él al creador del movimiento “lo pequeño es hermoso” y se dice que un artículo periodístico suyo inspiró a Ghandi.
Herejes (1905) pertenece a otra de las áreas en las que Chesterton se destaca. A esta obra cabe agregar su otro libro Ortodoxia, escrito en 1908 como respuesta a las críticas que recibió por Herejes y, naturalmente, no se puede dejar de mencionar su El Hombre Eterno (1925) que es una novela sobre la humanidad, Cristo y el Cristianismo.
A pesar de ser una persona básicamente alegre y sociable, en su adolescencia albergó ideas suicidas. En el cristianismo terminó encontrando la respuesta a los dilemas y a las paradojas que veía en la vida, con lo cual, habiendo sido bautizado anglicano al nacer y luego de pasar por etapas de ateísmo y agnosticismo, terminó abrazando y defendiendo con convicción la fe de la Iglesia Católica.
Chesterton falleció el 14 de Junio de 1936 en Beaconsfield, Buckinghamshire, Inglaterra.
Había publicado 69 libros y por lo menos otros diez fueron publicados, basados en sus escritos, luego de su muerte.
Herejes es Chesterton del mejor, pero se trata de una de sus primeras obras, y ha sido injustamente olvidada. Sin embargo, desde el primer momento se ganó un lugar en los corazones de una selecta minoría. R. H. Benson no tardó en escribir: « ¿Ha leído usted – preguntó a un crítico en 1905 – un libro de G. K. Chesterton titulado Herejes? Si no lo ha hecho, hágalo y dígame qué le parece. En mi opinión, el espíritu que subyace en él es espléndido. No se trata de un autor católico, pero el espíritu . . . Hacía tanto tiempo que nada me conmovía tanto . . . Se trata de un auténtico místico, a su modo ».
Rebosante de su característico e incisivo ingenio y de un brío espléndido, en la obra el autor analiza con precisión de bisturí las falacias del pensamiento moderno ejemplificadas en los principales escritores de su época, muchos de los cuales se cuentan, de hecho, entre los grandes nombres del siglo: Nietzsche, Shaw, Yeats, Kipling, Ibsen, H. G. Wells, y muchos otros, todos sometidos al implacable examen de Chesterton. El humor tolerante que éste derrocha a expensas de sus criticados no resulta ofensivo, y constituye, por el contrario, fuente de inagotable delicia. Veamos, a modo de ejemplo, lo que dice sobre la «religión de la humanidad»:
Y no es nada sensato atacar la doctrina de la Trinidad y considerarla parte de un misticismo desconcertante, y acto seguido pedir a los hombres que adoren a un ser que es noventa millones de personas en un solo Dios, sin confundir las personas ni dividir la sustancia.
La imagen resulta a la vez risible y precisa, y sin embargo en ella no aparece ni rastro de malicia o de desprecio, – lo que tal vez nos ofrece una pista sobre por qué, en toda una vida dedicada a la polémica y a los debates sobre los temas más delicados, Chesterton no se granjeó prácticamente un solo enemigo.
A pesar de ello, Herejes es una declaración de guerra contra las locas ideologías de la época dictadas por el «apóstol del sentido común» y, como tal, suscitó cierta oposición. Fue, en gran medida, el deseo de responder a la oposición provocada lo que llevó a Chesterton a defender sus posiciones en su incomparable credo, es decir, en su obra Ortodoxia, que de manera bastante injusta ha llegado a eclipsar el presente volumen, tal vez a causa de la proximidad en el tiempo de ambas publicaciones y de la coincidencia de temas. Se trata de algo injusto, digo, tanto porque el impulso que mueve Herejes es esencialmente distinto como porque se trata de un tesoro lleno de cosas maravillosas; el capítulo «De ciertos escritores modernos y la institución de la familia», por ejemplo, se encuentra, según algunos críticos, entre los textos más valiosos jamás escritos por el autor.
En sus Essays on His Own Times [«Ensayos sobre sus propios tiempos»], Coleridge afirma:
En todo Estado no del todo bárbaro debe existir una filosofía, buena o mala. Por escasa que sea la tendencia a hablar de la especulación y la teoría entendidas como opuestas (tonta y absurdamente opuestas) a la práctica, no resultaría difícil demostrar que así como es el espíritu existente de la especulación, así será el espíritu y el tono de la religión, la legislación y la moral, y no sólo ellas, sino también las bellas artes, los modos y las modas.
Todo esto no es menos cierto porque la mayoría de los hombres viva como los murciélagos, es decir, en la penumbra del anochecer, y conozca la filosofía de su tiempo sólo a través de sus reflejos y refracciones.
Al filósofo político estadounidense Russell Kirk, católico converso, le gustaba tanto esta afirmación que la usó como epígrafe de su obra más célebre, The Conservative Mind [«La mente conservadora»]. En muchos aspectos, serviría de admirable prefacio al presente volumen.
Chesterton no se habría definido a sí mismo como conservador. Y, sin duda, como hemos visto, cuando escribió Herejes todavía no se había convertido al catolicismo. Con todo, fue un defensor infatigable de «lo permanente», y quizás por ello terminó hallando su hogar en algo tan permanente como la Iglesia Católica.
Robert Asch
Tomado de La Editorial Virtual