jueves, 23 de octubre de 2008

El pensamiento de la Revolución Nacional


por el Dr. Antonio de Oliveira Salazar


Para que sirva de prefacio


Este libro se titula Discursos más por la facilidad del nombre que por la exactitud de la expresión. Con mayor propiedad debería deno­minarse: Trozos de prosa que fueron pronuncia­dos. Lo fueron por su autor ante auditorios más o menos numerosos, y al escribirlos originaria­mente con tal destino, no podía darles cualida­des impropias de esa finalidad.





La oratoria tiene sus exigencias y sus reglas, descubiertas por la razón y por la experiencia, y propias para la consecución de sus objetivos; pero la verdadera elocuencia no se logra con satisfacer íntegramente esas exigencias y obe­decer fielmente esas reglas. La elocuencia no es el brillo de la forma, ni la locuacidad del orador, ni la claridad del asunto, ni la corrección,ni del decir, ni la majestad y movimiento de la exposición, ni la propiedad de los gestos, ni la riqueza de las modulaciones vocales: nada de ésto por si solo, aunque ciertamente sea algo de todo ello; es por encima de todo, don misterioso de comunicabilidad por la palabra hablada, que muy pocos hombres poseen, y con el cual, según los términos clásicos, se convence, se deleita y se persuade a los oyentes. Como obra de arte, el discurso tiene sobre todas las otras la excelencia, y al mismo tiempo la fragilidad, de ser obra viva, imposible de conservarse en el tiempo: solo existe en toda su plenitud y perfección en el momento mismo en que es creada. Después, quedan los trazos de las ideas y las cenizas de las pasiones, apagadas, muertas, sin alma.

El monumento arquitectónico, el mármol, la tela, la poesía misma con­servan con la permanencia y duración de la materia y de la forma, el rayo de luz, la centella de sentimiento, la porción de belleza que el ar­tista les comunicó y que perpetuamente les ins­piran. La obra de la elocuencia no; el alto ingenio del hombre nunca podrá evitar que se destruya una de sus más bellas creaciones: para fijarla un día de cualquier modo que fuera, para ha­cerla revivir, seria preciso salvar la distancia que va de la materia al espíritu y de la mecánica a la vida.

Leen aún hoy las gentes las obras primas de la elocuencia de todos los siglos, admiran la elevación del pensamiento, la claridad y fuerza del raciocinio, la elegancia y belleza de la forma, el movimiento propio de los sentimientos que van despertando para ganar y persuadir al audi­torio; y aunque se haya oído al orador y se conserve en la memoria un recuerdo del espíritu que inspiró sus discursos, se siente al leerlos la frialdad de las cosas muertas y la imposibilidad de interpretarlos en el ambiente en que se oye­ron. En todo caso — advertencia al estéril verbalismo declamatorio — el valor de la ora­toria en el campo de la creación intelectual o artística solo habrá de medirse por la grandeza de lo que queda. Si nada de ella resistió al embate del tiempo, es que no tenía el cuño de la verda­dera obra de arte. Desciendo de estas alturas al nivel de mis pobres discursos. Válgame como disculpa de haberlos hecho, — no de publicarlos en un volúmen, pues para ésto hubo otras razones, — el que todos ellos fueron impuestos por las cir­cunstancias. Como no siento en mí esa fuerza íntima de vocación que irresistiblemente im­pulsa al escritor o al orador de raza a escribir o a hablar, emprendo los trabajos de este género como deber del cargo y sin duda alguna más penoso que cualquier otro. De este modo, apre­miado por el deber y por el tiempo, orador verdaderamente a la fuerza, sin estímulo inte­rior ni posibilidad de larga preparación, habían de resentirse estos trabajos, aparte otros defec­tos, de la gran inferioridad de ser casi única­mente áridas exposiciones de ideas, sin el in­tenso movimiento pasional capaz de darles vi­bración y vida.

No quiere ésto decir que muchos de estos dis­cursos no hayan sido preparados con cierto cui­dado, ni significa que yo no fuese capaz en abso­luto de hacer una obra mejor. No lo sé; me limito a decir que en las circunstancias en que nacieron, evitando robar al gobierno del País más horas que las estrictamente indispensables para escri­bir con la claridad posible lo que creía ser de interés público, no me fue posible hacerlo mejor. Este aspecto predominantemente doctrinal se acentuará quizá a medida que el tiempo vaya precisando los hechos de la vida política diaria y con ellos ciertas circunstancias accidentales que explican alguna frase o que son objeto de ligeras alusiones. Más bien por obra de estas pequeñeces que por el influjo de la idea general, encajaban los discursos en el ambiente político y las necesidades del momento. Es de esperar que, no habiendo sacrificado lo esencial a lo que aparecía tan accidental y transitorio, logren so­brevivir al momento en que ya no se pueda en­contrar explicación a algunos de los pasajes, ni yo mismo pueda recordar su razón de ser. Por ese motivo se suprimen sin excepción todas las muestras de aprobación o de aplauso que recogen los periódicos de la época.

Repro­ducirlas, aproximaría, sin duda, los discursos al momento en que tuvieron vida, y hasta podría ser útil a los investigadores de la evolución política apreciada a través de las reacciones provocadas en los espíritus por las afirmacio­nes del orador; pero perturbaría con sugestio­nes inconvenientes la atmósfera de serenidad en que creo deben ser presentadas las ideas fundamentales de la construcción política portuguesa durante esos años. Además, no hay necesariamente una íntima correlación entre el valor real de cualquier obra y su efecto inmediato en el gran público. En la oratoria, donde la reacción del auditorio es con­temporánea de la producción del discurso, la vida y la gloria de éste dependen del efecto en extensión, pero la acción futura en los espíritus depende de su efecto en profundidad.

Puede ase­gurarse que nada tiene que ver lo uno con lo otro. Como discursos, los trabajos aquí reunidos tienen, además, dos defectos fundamentales: sustituyen con frecuencia la afirmación por la duda y abusan de la síntesis. De hecho, en uno y otro caso, en vez de sim­ples exposiciones de ideas, se plantean proble­mas a los oyentes, y aún cuando se levante la punta del velo que los cubre o se enuncie el principio de que puede derivarse la solución, quedará flotando en los espíritus, como impresión dominante, la dificultad o la duda, no ente­ramente disipadas.

Por otra parte, los oyentes se engañan a veces acerca de la claridad de la exposición; parece que la luz ilumina a rauda­les, y sin embargo, queda en la oscuridad todo ese laberinto de raciocinios que no se recons­truyen o no se siguen sin esfuerzo. De la lectura de los maestros se deduce que la esencia del discurso casi consiste en la afir­mación y el análisis, nunca en la síntesis ni en la duda. La duda debe ser artificio encaminado a lograr que resalte la certidumbre; y la síntesis, resumen de hechos o de ideas, y no forma exclusiva o dominante de presentación del asunto. Como la comprensión por medio del oído no es tan fácil ni tan profunda como por la lectura, la pieza oratoria deberá aproximarse al lenguaje espontáneo, naturalmente discursivo y analítico.

Tampoco será compatible con la espontaneidad, natural o artificiosa, de éste, el esfuerzo del orador por hallar la forma apropiada para lograr la síntesis del pensamiento. Los espíritus sintéticos no pueden producir oradores. De todo ello resulta que se halle aquí solici­tada con más fuerza la inteligencia que la vo­luntad, que sea comedida la emoción, encade­nados los razonamientos, más que moderadas las pasiones; en una palabra, que estos dis­cursos resulten fríos en un país de sentimen­tales. El entusiasmo del momento, la embriaguez por la palabra, la vibración pasional pro­ducida en la masa humana, con habilidad o arte consumados, incluso cuando todo ello está desprovisto de reflexión o convencimiento se­rio, tiene a veces gran interés político; pero en ningún caso debo constituir sistema.

Por éso, aquí se han dejado en reposo las pasiones, se ha hecho ante todo un llamamiento a las inteligencias y se ha trabajado en el dominio de las ideas, siempre limpias, siempre sinceras, pero tal vez incapaces de arrastrar los cora­zones.

— Pero entonces no son discursos..

— En rigor, no lo son. Ya afirmé al principio que eran solo trozos de prosa que fueron pronunciados.

II

Las ideas de estos discursos son general­mente conocidas: incluso puedo decir que no son mías, sino de la colectividad, o porque fui a beberlas en lo más hondo de la conciencia na­cional o porque, al responder al estado de espí­ritu del País, éste las adoptó e hizo suyas.

Además, la situación especial del autor le per­mite convertirlas no solo en pensamiento, sino en acción. Las afirmaciones hechas, corres­ponden en la vida de la Dictadura y en la creación del Estado Nuevo Portugués a la evolu­ción doctrinal y al mismo tiempo a las realiza­ciones políticas.

Estas han ido siguiendo a aquella, paso a paso, a medida que surgían las oportunidades y el espíritu público estaba pre­parado para aceptarlas y comprenderlas. A veces se advirtió la posibilidad de un nuevo avance en el momento mismo de llevarse a cabo el anterior. Como es natural, iba la idea ilumi­nando la marcha.

La crítica contemporánea de los hechos polí­ticos es generalmente apasionada e injusta: por eso vemos tantas dudas, desconfianzas y negaciones que, por referirse a cosas evidentes, parece que no deberían surgir en el espíritu de nuestros conciudadanos. Las erróneas convic­ciones de algunos no han tenido, sin embargo, el poder de alterar la marcha de la vida portu­guesa, ni de impedir que ésta, en el aspecto político, haya evolucionado según un pensa­miento definido y lógico, y no al influjo impre­visto de las pasiones o de las conveniencias, sin norte ni rumbo cierto.

Nada puede ya impedir que ciertas afirmaciones marquen por si mis­mas momentos decisivos de la política portu­guesa y que ésta siga la dirección trazada por ellas; nada puede impedir que haya que leer y meditar algunos de estos trabajos si se quiere comprender bien el espíritu y la marcha de la revolución, si se desea interpretar fielmente la Constitución o el Acta Colonial y las leyes fundamentales de éste período, y si se aspira a tener una idea exacta del camino que queda por recorrer hasta concluir la revolución política y completarla con la revolución económica y so­cial.

Los discursos que se titulan
Dictadura administrativa y revolución política, Princi­pios fundamentales de la revolución política, La Nación en la política colonial, El Estado , La constitución de las Cámaras en la evo­lución de la política portuguesa, por un lado, y por otro Conceptos económicos de la nueva Constitución y Problemas de la organización ccorporativa, contienen en gérmen o en resumen las ideas principales de la reforma política, eeconómica y social que inspira en este momento, y a consecuencia de la revolución del 28 de Mayo, la vida de Portugal.

No sólo por la obra administrativa, sino por las ideas y realizaciones políticas, nos hemos reintegrado a Europa, de cuya civilización y progreso fuimos, en otras épocas importante factor y seguro guía; y una vez reintegrados a nuestro tiempo por las mejoras materiales, por la obra de la educación y de valorización nacional, podemos ser en el mundo, como ya algunos nos consideran, verdaderos creadores del futuro.

No sé por que razón el trabajo de reafirma­ción del espíritu portugués, y el culto de las buenas, sanas, fecundas tradiciones nacionales propias para darnos originalidad y carácter, han de producir dificuldades serias, en lugar de ser preferida a la copia servil de cuanto se piensa o se hace en el extranjero, inspirador máximo de nuestra actividad desde hace mucho tiempo.

Además, tal esfuerzo es un homenaje al espíritu creador de la raza lusitana y a su poder de iniciativa, que será fecundo si el tra­bajo persistente de descubrimiento «interior» no cede el paso a la perezosa imitación de crea­ciones extrañas.

Por el pensamiento, (en virtud de lo que acaba de decirse), y por el modo, (en virtud de lo que es conocido de todos), estos discursos no se aproximan a ninguno de los modelos de nuestro reciente pasado político: pertenecen a otra escuela. Ya el hecho de haber apartado la política de las competencias y luchas partidistas tendría por si solo una innegable influencia en esta clase de producciones. Pero anuque no la tuvie­se, bastaría para darles un nuevo aspecto el propósito deliberado de mitigar las pasiones y animosidades personales, de tratar con objetividad los problemas, de mantener en la gober­nación una atmósfera permanente de dignidad y sentimientos elevados. Por éste procedimiento ha ido perdiendo la Nación el gusto por las virulencias y los insultos, considerándolos como cosa de mal gusto e indigna de su inteli­gencia.

Puede suponerse que no ha sido siempre fácil y cómodo recorrer ese camino, pues el medio, aún no purificado, se resiente de cier­tas tendencias morbosas. A los hombres que son indignamente atacados, les apetece, incluso les parece necesario responder en idéntico tono, como único desagravio suficiente. No niego que tal réplica pudiera ser justa, pero niego que resultara útil. Por ese camino, se volvería otra vez al comienzo. Los principios morales y patrióticos que for­man la base de este movimiento reformador imponen a la actividad mental y a los frutos de la inteligencia y de la sensibilidad de los por­tugueses ciertas limitaciones, e incluso pienso que debieran trazarles algunas directrices.

¿Que idea tienen de su responsabilidad los espíritus selectos del actual momento portugués, los que, por haber recibido una parte mayor en la distribución de los dones divinos, están constutuídos naturalmente en guía y ejemplo de los demás?

Vemos con demasiada frecuencia que algunos disculpan sus repetidos desvaríos con la jactanciosa sinceridad de sus convicciones literarias, artísticas o morales. Me atrevo a negarlo por varias razones, y sobre todo porque, además de ser responsables por lo que producen contra su conciencia, el escritor y el artista lo son tam­bién por los desvaríos de su propia inteligencia y por la mala formación de su voluntad.

Ser sincero es muy poco; proclamemos la obliga­ción de ser verdaderos y justos. Cuando Bourget planteó en Le disciple la tesis de la responsabilidad del escritor por los efectos de su obra en la inteligencia y en la moral de sus discípulos y admiradores, parece que se produjo un movimiento de asombro, espe­cialmente entre aquellos que querían formar con el arte y la. literatura un mundo aparte, que se bastase a sí propio, que tuviese en sí mismo su finalidad y su razón de ser, en lugar de ver en uno y otra manifestaciones humanas, in­tegradas en la vida, y susceptibles de embe­llecerla, de mejorarla, de ayudar al hombre a conquistar sus últimos fines.

Quienes así pen­saban, desconocían las profundas realidades humanas, perdían la ruta de las grandes ver­dades morales, creaban la amoralidad y el arte por el arte, como frutos agradables a la vista, pero inútiles o nocivos. En la mejor de las hipótesis, se dilapidaba el genio en perjuicio de la humanidad.

Puede seguir discutiéndose teórica, abstrac­tamente la teoría de la responsabilidad; pero a los hombres que sienten sobre sus hombros el peso de la dirección de los pueblos, les ha enseñado la historia, cuando no la propia observación, que coincide la decadencia de las nacio­nes con ciertas manifestaciones morbosas de las inteligencias y de las voluntades, con la pre­tendida emancipación del yugo de las reglas superiores impuestas al hombre y derivadas de su naturaleza y de sos fines.

Para elevar, robus­tecer, engrandecer a las naciones es preciso nutrir el alma colectiva con las grandes verda­des y poner propósitos firmes, ejemplos nobles, costumbres morigeradas, frente a todas las ten­dencias de disolución. En esta concepción de la vida y de la socie­dad es imposible mirar con indiferencia la for­mación mental y moral del escritor o del artista, así como el carácter de su obra; es imposible que valga socialmente tanto lo que edifica como lo que destruye, lo que educa como lo que desmoraliza, que tengan idéntica consideración los creadores de energías cívicas o morales y los nostálgicos soñadores del abatimiento y la deca­dencia.

Se acostumbra a decir que la literatura es el espejo de las diferentes épocas, pero si tan fiel­mente las refleja, es porque ayuda a crearlas. En este momento histórico, en que se ofrecen a la voluntad nacional determinados objetivos, no hay mas remedio que llevar hasta sus últi­mas consecuencias las bases ideológicas sobre las que se edifica el nuevo Portugal.

Creemos que existen la Verdad, la Justicia, la Belleza y el Bien; creemos que por su culto se elevan, se ennoblecen, se dignifican los individuos y los pueblos; creemos que al elevado sacerdocio de buscar y transmitir la Verdad, crear la Belleza y hacer respetar la Virtud va inherente la res­ponsabilidad por las ruinas acumuladas en las almas y hasta por la inutilidad social de la obra producida.

Y si, por generalizarse tal estado de concien­cia se llegara a escribir menos... ¿Pero sobre­vendrá algún mal al mundo porque se escriba menos, si en cambio se escribe, y sobre todo, si se lee mejor? Hoy, como en la crítica de Sé­neca, «en altos estantes hasta el techo, adornan el aposento del perezoso todos los argumentos y todas las crónicas».

III

Si, por mi desgracia, llego a morir con aureola de celebridad, inmediatamente se precipitarán sobre los papeles que no haya tenido tiempo de quemar, sabios de renombre, dados a investigar con gravedad y minuciosidad los pequeños se­cretos. La forma de letra, las enmiendas en los textos, la elaboración mental de los trabajos y su tradución gráfica, el orden de los hechos y de las ideas serían objecto de muy doctas inves­tigaciones.

Y habrían de surgir problemas difí­ciles.

La uniformidad de mis días de trabajo me hace confundir las fechas constantemente; ya comencé mi vida política por tomar posesión del Ministerio de Hacienda la víspera de mi nombramiento oficial, según se desprende del Diario de Gobierno y de las informaciones de los periódicos. La historia se vería seriamente embarazada para desentrañar un día tan importantes cues­tiones.

Por éso he procurado evitar a los futu­ros investigadores muchos trabajos y errores, dejando escrito lo que yo mismo puedo saber acerca de la materia. Ignoro de donde pueda venir la curiosidad de saber cómo trabajan los poetas y los escrito­res; todos la sentimos, al menos en lo que se refiere a aquellos que de un modo mayor o me­nor influyen en nuestra inteligencia o mueven nuestro corazón.

¿Estarán dotados de una espe­cie de don divino de improvisación, que produce, como en acto de creación perfecta, la obra de arte que les brota de la pluma como brota de la tierra el agua de las fuentes? ¿Trabajarán con arreglo al método de aproximaciones suce­sivas, como el escultor que va poco a poco, en el bloque casi informe, tallando, retocando, per­feccionando con paciencia infinita, hasta lograr la forma definitiva?

Entre los grandes creado­res de belleza en el mundo habrán de encon­trarse los representantes de todos los sistemas y de todas las gradaciones, y tal vez la pregunta debería hacerse no con relación al escritor sino a sus obras: tanto habrán sin duda cambiado de una a otra las condiciones de trabajo y de reali­zación.

No debe de ser verdad que todas las páginas de un autor hayan salido de igual forma perfectas o sufrido correcciones; no todas habrán sido de idéntica manera creación dolorosa o fruto es­pontáneo de su inteligencia y de su sensibilidad. La situación del momento, el asunto, las preo­cupaciones ajenas a éste, el tono en que se escribe — los músicos compositores saben muy bien lo que es ésto — hacen variar las dificul­tades de la producción o su rendimiento, y a veces llegan a dejar marcado su sello en la obra literaria.

¿Y como trabajarán los oradores? Los hay que improvisan la materia y la forma; los hay que estudian el asunto, desme­nuzan y ordenan las ideas, preparan cuidadosa­mente las partes fundamentales y de mayor res­ponsabilidad y dejan a la improvisación del mo­mento el cuidado de vestir y adornar el resto; los hay que preparan todo el trabajo: el asunto, la forma, la exposición; y hay finalmente un cuarto grupo, que es el de los que estudian en casa e improvisan en la tribuna. Este es el más numeroso.

Antonio Candido no adornaba; estudiaba, daba color a sus discursos y los escribía después de haberlos pronunciado. Este debe de ser un caso raro. La mayor parte o los escriben antes totalmentente o fijan solo los argumentos fundamenta­les: a los que así proceden, la influencia directa de la multitud, la reacción del auditorio casi les ayuda a hacer el discurso.

Por lo que a mi toca, y ruego se me disculpe este abuso de camara­dería, — después de haber experimentado todos les sistemas, escogí, como era de razón, el más sencillo: pienso, escribo y leo. Obligado a hablar, sin las dotes naturales del orador, sin esa magnífica conciencia de la supe­rioridad propia sobre la multitud que da sangre fría, claridad en el razonamiento y facilidad de expresión en las ideas, no me atrevería, en cosas de responsabilidad política, a dejar que la memoria de los periodistas colaborara en lo que habían de decir Ellos mismos, involuntariamente, me curaron del mal de las primeras improvisa­ciones: lo que me hacían decir era peor que lo que yo había dicho.

Por ese motivo, este libro comprende sólo los trabajos que fueron escritos, con dos o tres ex­cepciones, recogidas y publicadas según las notas de los periódicos, no por su valor, sino porque algunas de sus afirmaciones fueron conocidas y posteriormente citadas con frecuencia. En cuanto a los restantes, de los que tenía tan sólo unas breves notas o ni aún éso siquiera, no me era posible para publicarlos ahora, fuera cual fuese su interés de momento, darles una forma que probablemente ya no sería la misma que tuvieron cuando fueron pronunciados. La experiencia me ha hecho adoptar para toda clase de trabajo intelectual, como método de mayor rendimiento, el que obliga a una mayor tensión de espíritu en el más corto espacio de tiempo. Dos horas de madura reflexión valen más que todo un día en que la inteligencia se limita a rozar la superficie de las cosas. Por otra parte, escribir antes de tener bien maduras y ordenadas las ideas, antes de tener perfecta­mente trazado el esquema de las partes en que se divide y subdivide la materia, y de señalar las relaciones y dependencias de los hechos, y de trazar toda la marcha del pensamiento, es perder forzosamente el tiempo, en busca de la forma y la forma en busca de la idea, con modi­ficaciones frecuentes del texto, alteración del orden de los trozos y reajuste difícil.

Quien esté habituado a pensar, conoce muchas veces los cambios y se da cuenta de que un párrafo no ocupa el lugar en que originariamente estuvo. Como claridad de la idea impone por sí misma la forma más exacta de expresión, ésta parece que surge espontánea en el escrito, si la tensión del espíritu es suficientemente fuerte para reproducirla. En estas condiciones me re­sulta fácil escribir; y como es imposible repetir pura el mismo trabajo el mismo esfuerzo de concentración, la revisión final me obliga sólo a pequeñas correcciones, y queda como definitiva la forma primera, como la mejor que pude hallar.

Incluso sé que después no me será posi­ble mejorarla. Son igualmente definitivas la primera división, el orden de las materias y dentro de cada capítulo el encadenamiento de las ideas. No acertaría a cambiarlas ni a alterar su orden. De este modo puede intercalarse en el texto una pequeña frase; pero una idea nueva, con alguna deducción, sería absolutamente im­posible.

Mejor o peor, quedan así los trabajos igual que cuando nacen; las pocas modificacio­nes que los manuscritos presentan, son casi todas contemporáneas de la redacción primi­tiva. De todos los trabajos ahora publicados (1) los que más me han costado — y éso se conoce perfectamente en el original — han sido los dos discursos destinados a la ciudad de Oporto, y de éstos sobre todo el primero acerca de los Con­ceptos económicos de la nueva Constitución.

El desconocimiento completo del público ejerce so­bre mi una especie de acción inhibitoria. Esta dificultad y la delicadeza del asunto me hicieron desistir en cierto momento de la forma habitual de redactar y fijar en ligeros apuntes, escritos a toda prisa y hasta con letra distinta de la usual, las ideas que había de exponer. Lo peor es que, al faltarme el tiempo, esos apuntes reem­plazaron al trabajo definitivo, cuyos principales capítulos no llegaron siquiera a escribirse. Les pasó lo mismo que a mi mejor discurso: todavía no lo he hecho, y hasta creo que no soy capaz de hacerlo...

17 de Febrero de 1935.

Oliveira Salazar.

(1) El tomo primero de la edición portuguesa, para la que se escribió este prefacio, comprende sólo los discur­sos pronunciados hasta fines del año 1934.

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