jueves, 30 de octubre de 2008

Herejes (10)



por Gilbert K. Chesterton

X. De sandalias y simplicidad


La gran desgracia del pueblo inglés moderno no es que sea más fanfarrón que cualquier otro pueblo (que no lo es); es que lo es acerca cosas sobre las que no puede serlo si no quiere perderlas. Un francés puede sentirse orgulloso por ser atrevido y lógico, sin dejar por ello de ser atrevido y lógico. Un alemán puede sentirse orgulloso por ser reflexivo y ordenado sin dejar por ello de ser reflexivo y ordenado. Pero un inglés no puede sentirse orgulloso por ser simple y directo sin dejar de ser simple y directo. En relación con estas extrañas virtudes, conocerlas es matarlas. Un hombre puede ser consciente de su heroísmo, o ser consciente de su divinidad, pero no puede (a pesar de todos los poetas anglosajones) ser consciente de su inconsciencia.


No creo que pueda negarse sinceramente que cierta parte de esta imposibilidad se vincula con algo que es muy distinto (en su propia opinión al menos) de la escuela del anglosajonismo. Me refiero a esa escuela de la vida simple, que generalmente se asocia a Tolstói. Si hablar sin cesar de nuestra propia robustez nos lleva a ser menos robustos, todavía es más cierto que hablar sin cesar de nuestra propia simplicidad nos hace menos simples.


Una gran queja, creo yo, debe formularse contra los defensores de la vida simple; la vida simple en todas sus variadas formas, desde el vegetarianismo hasta la honorable coherencia de los dujobores. Esta queja contra ellos se basa en que nos llevarían a ser simples en cosas que no importan, pero complejos en las cosas importantes.


Nos harían simples en aspectos sin importancia, es decir, la dieta, la ropa, los modales, el sistema económico. Pero nos harían complejos en aspectos que sí son importantes: en la filosofía, en la lealtad, en la aceptación o en el rechazo espiritual. No importa tanto que un hombre se coma un tomate crudo o asado; pero importa mucho que se coma un tomate crudo con una mente asada a la parrilla La única simplicidad que merece la pena conservar es la simplicidad del corazón, la simplicidad que acepta y disfruta. Pueden existir dudas razonables sobre cuál es el sistema que mejor la conserva, pero no sobre que un sistema de simplicidad la destruye.


Hay más simplicidad en un hombre que come caviar por seguir un impulso que en otro que come pepitas de uva por seguir unos principios. El error principal de esas personas se encuentra en la frase con la que más se identifican: «Vida simple y pensamiento elevado». Esas personas no necesitan una vida simple y un pensamiento elevado, ni serán mejores por alcanzarlos. Lo que esas personas necesitan es lo contrario. Les convendría más una vida elevada y un pensamiento simple. Un poco de vida elevada (e insisto – con pleno sentido de la responsabilidad – en lo de «un poco») les enseñaría cuál es la fuerza y el sentido de las festividades humanas, del banquete que ha existido desde el principio del mundo. Les enseñaría el hecho histórico de que lo artificial es, en todo caso, más antiguo que lo natural. Les enseñaría que el cáliz del amor es tan antiguo como el hambre.


Les enseñaría que el ritualismo es anterior a cualquier religión. Y un poco de pensamiento simple les enseñaría qué áspero y fantasioso es el grueso de su propia ética, qué civilizado y complejo debe de ser el cerebro del tolstoyano que cree sinceramente en que es malo amar al propio país y malísimo asestar un puñetazo.


Un hombre se acerca, con sus sandalias y sus atavíos, sosteniendo con firmeza un tomate en la mano, y dice: «El afecto a la familia y a la patria son obstáculos para alcanzar el desarrollo pleno del amor humano». Por el contrario, el pensador simple sólo le responderá, con un asombro no exento de admiración: «¡Por cuántas dificultades habrás pasado para sentirte así!». La vida elevada rechazará el tomate. El pensamiento simple rechazará con la misma seguridad la idea de que las guerras son siempre pecado. La vida elevada nos convencerá de que no hay nada más materialista que despreciar el placer por considerarlo sólo algo material. Y el pensamiento simple nos convencerá de que no hay nada más materialista que reservar nuestro horror principalmente a las heridas materiales.


La única simplicidad que importa es la del corazón.


Si ésta desaparece, no habrá nabos que nos la devuelvan, ni tejidos naturales. Sólo nos la devolverán las lágrimas, el terror y los incendios no extinguidos. Si ésta perdura, importa muy poco que, con ella, perduren también unos cuantos butacones victorianos. Proporcionemos una imagen compleja a un viejo y simple caballero, pero no hagamos lo contrario, no proporcionemos una imagen simple a un viejo y complejo caballero. Siempre y cuando la sociedad humana deje en paz mi interior espiritual, yo le consentiré con relativa sumisión, que aplique su salvaje voluntad a mi interior físico. Podré sucumbir a los cigarros puros. Abrazaré humildemente la botella de borgoña. Me montaré, dócil, en un cabriolé. Haré todo eso si, haciéndolo, logro preservar la virginidad del espíritu que goza con el asombro y el miedo.


No digo que esos sean los únicos modos de preservarla. Me inclino a pensar que existen otros. Pero no quiero saber nada de una simplicidad carente de miedo, de asombro y de dicha a partes iguales. No quiero saber nada de esa imagen diabólica de un niño al que, de tanta simplicidad, no le gustan los juguetes.
Los niños son, en ésta como en tantas otras cuestiones, la mejor guía. Y en nada se muestran más niños los niños, en nada exhiben con más precisión el orden sensato de la simplicidad, que en el hecho de verlo todo con simple placer, incluso las cosas complejas. El falso tipo de naturalidad insiste siempre en la distinción entre natural y artificial, mientras que la naturalidad auténtica ignora esa distinción. Para el niño, el árbol y la farola son igualmente naturales e igualmente artificiales. O, mejor dicho, ninguno de los dos es natural, sino sobrenatural. Porque ambos son espléndidos e inexplicados.


La flor con la que Dios corona al árbol y la llama con la que Sam el farolero corona la farola, están hechas del mismo oro de los cuentos de hadas. En medio de los campos más alejados, el niño más rústico juega sin duda con locomotoras de vapor. Y la única objeción espiritual o filosófica que puede hacerse a las locomotoras de vapor no es que los hombres paguen por ellas o trabajen en ellas, o las hagan muy feas, o incluso que éstas arrollen y maten a algunos hombres; la objeción está tan sólo en que los hombres no juegan con ellas. El mal está en que la infantil poesía del mecanismo no perdura. Lo malo no es que los motores susciten mucha admiración, sino que no suscitan la suficiente. El pecado no es que los motores sean mecánicos, sino que los hombres sean mecanizados.
En este asunto, pues, como en todos los demás que se abordan en este libro, nuestra principal conclusión es que lo que hace falta es un punto de vista fundamental, una filosofía o una religión, y no un cambio de hábitos o rutinas sociales. Lo que más necesitamos, con fines prácticos inmediatos, son abstracciones. Necesitamos adquirir una visión correcta de los seres humanos, una visión correcta de la sociedad humana; y si viviéramos con entrega e ira en el entusiasmo de esas cosas, estaríamos viviendo de manera sencilla, ipso facto, en el sentido auténtico y espiritual del término. El deseo y el peligro nos hacen sencillos a todos. Y a aquellos que se nos acercan para hablarnos con elocuencia sobre Jaeger y los poros de la piel, sobre Plasmon y los protectores del estómago, les dedicaremos las palabras que se dedican a los presumidos y a los glotones: «No penséis en lo qué habréis de comer o de beber; ni en lo qué habréis de vestir. Pues estas cosas son las que buscan los gentiles. Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán dadas».

Esas asombrosas palabras no son sólo una extraordinariamente buena lección de política práctica; también constituyen una medida higiénica recomendable en extremo. La vía suprema para lograr que avancen todos estos procesos, los procesos de la salud y la fuerza, de la gracia y la belleza, la única vía para asegurarnos de que son correctos es pensar en otra cosa. Si un hombre se empeña en escalar al séptimo cielo, seguramente no se preocupará mucho por los poros de su piel. Si fija su carro a una estrella, el proceso tendrá un efecto de lo más satisfactorio sobre los protectores de su estómago. Pues lo que conocemos como «tomar en cuenta», aquello para lo cual la mejor palabra moderna es «racionalizar» es, por naturaleza, inaplicable a todo lo doloroso y lo urgente. Los hombres «toman en cuenta» y ponderan de modo racional, tocado cuestiones remotas, cuestiones que sólo importan desde el punto de vista teórico, como los tránsitos de Venus. Pero sólo cuando están en peligro racionalizan sobre algo tan práctico como la salud.


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