viernes, 21 de noviembre de 2008

El Pensamiento de la Revolución Nacional (6)



por D. Antonio de Oliveira Salazar


CAPITULO V


Elogio de las virtudes militares



Con ocasión de la brillante ceremonia de la impo­sición de las insignias de la Gran Cruz de Cristo al entonces Gobernador Militar de Lisboa, general Daniel de Sousa, leyó el Dr. Oliveira Salazar uno de sus más bellos discursos. La importancia y la significación de sus palabras son tanto mayores cuanto que se dirige a la colectividad militar, autora del movimiento de 23 de Mayo y apoyo fundamental del Gobierno, sobre todo en los primeros tiempos. El acto tuvo lugar el 30 de Diciembre de 1930 en el Cuartel General del Gobierno Militar de Lisboa.




Aprovechando la oportunidad de la fiesta de hoy, voy a ocupar vuestra atención unos minu­tos con una sencilla charla sobre vosotros mis­mos, es decir, sobre la función, el ideal y las virtudes militares.
Es casi escandalosa esta osadía por mi parte, por parte de un hombre civil, de un profesor, desconocedor por completo de los reglamentos, de la vida y de la historia militar, y conocedor, ¡ay de mi! de algo referente a los respectivos gastos. Pero el ignorante da algunas veces in­formes al sabio, y un extraño ve claro lo que el familiar no consigue descubrir. No afirmo que sea ese el caso de ahora, pero cada uno de vo­sotros es libre de quedarse con lo que crea ra­zonable, despreciando lo que no le convenga o se le figure que es simple fruto de mi ignorancia. Acontece muchas veces que la gente se en­gaña al tomar un rumbo en la vida y se siente después encadenada a una actividad que no encaja en sus aficiones y a exigencias que no son las que puede satisfacer.
Deben de ser muy raras las personas aptas o preparadas para todo, y se concibe que cada género de vida exija cierta inclinación (1), como dice el pueblo, vocación según dicen los intelectuales; en el fondo, las cualidades indispensables para el ejercicio de una función, la íntima armonía entre la forma­ción de nuestro espíritu y el espíritu de nues­tra profesión.
La vida no es un juego, pero tampoco tiene por qué ser la carga que muchos llevan, encor­vados bajo un peso superior a sus fuerzas, escla­vizados a un destino que no comprenden. Es, debe ser una cosa seria: para ello ha de tener un contenido, ha de ser la realización más per fecta posible de un determinado ideal. En este sentido, cada vida deja de ser tiempo que pasa, para ser obra que queda. Estamos atravesando una época en que la mayor parte de la gente no quiero parecer lo que es, sino que ambiciona confundirse con la multitud anónima, igualitaria e inexpresiva.
Mas los valores, de culaquier clase o profesión alzan altivamente la cabeza para, ufanarse de su acti­vidad. Un gran médico, un buen abogado, un juez preparado e íntegro, un ingeniero competente, un agricultor o industrial empren­dedor, un perfecto militar hablan a menudo de su vida, rebelan amor a su carrera, denotan orgullo de su profesión. La conciencia de un va­lor positivo, integrado en la utilidad social de una función, en la causa de tal estado de espí­ritu.
¿Que idea nos haremos de la función militar? Es, sencillamente, la actuación de la fuerza organizada para la defensa del agregado social y para la realización de la justicia. Es tal el modo de ser de los hombres, que exige al Estado la organización de una fuerza para conservarse y para mantener la paz social, el orden, el equilibrio de las libertades, siempre pronto a romperse cuando falta la coacción ex­terna. En las relaciones de pueblo a pueblo, esa fuerza tiende a asegurar la primera y más sa­grada de las libertades, que es la independencia. Fue siempre así, y creo que será así siempre. Algunos, no obstante, creen que el progreso inte­lectual y moral de la humanidad modifica de tal suerte las malas tendencias de muchos hombres, que la fuerza militar llegará a ser inútil algún día. Otros incluso afirman que ya lo es, y que viviendo el hombre en otros cuadros sociales y a la sombra de otras instituciones, se hace total­mente innecesaria la coacción, y la vida social se convierte de un modo espontáneo en el equi­librio perfecto de las actividades sociales.
Estamos en presencia de sistemas que funda­mentan mejor o peor o que niegan redonda­mente la necesidad de la función militar. La actitud espiritual que adoptéis frente a tales doctrinas, os dará ú os quitará la conciencia de la utilidad de vuestra carrera y consolidará o arruinará una de las bases en que debe asentarse el orgullo de la profesión. Si la necesidad de la función militar es pro­blema de filosofía y de ciencia social, su efica­cia práctica es la resultante de las soluciones de un problema político y de un problema técnico.
Tanto en el orden interno como en el terreno in­ternacional, la política señala el objectivo, la téc­nica — habida cuenta de la limitación del esfuerzo presupuestario — escoje los medios y la organización, para que la fuerza militar realice los fines que se tienen a la vista. La elec­ción y el equilibrio de las armas, su estructura orgánica, su localización, son problemas que sólo en instituciones decadentes o que hayan perdido el instinto de conservación aparecen subordina­dos a conveniencias personales o regionales. Normalmente, su solución se subordina a prin­cipios superiores.
Al igual que en todos los servicios, también ha de haber aquí para obtener el máximo ren­dimiento, una proporción definida entre el per­sonal y el material, y en una y otra sección, entre los varios elementos que la integran. Cuando este punto se olvida — y se ha olvidado muchas veces en toda la administración pública — disminuimos la utilidad de la función militar, la bastardeamos hasta el punto de inutilizarla, y sea cual fuere el valer personal de quien la ejerce, no cumple su fin y es como si no exis­tiera.
Ahora bien, ante la conciencia de una inutilidad, de una organización de fuerza que no es fuerza sino desorganización y debilidad, no hay posibilidad de mantener el orgullo de la profesión. Este último aspecto de la relación entre el costo de los servicios y su utilidad práctica tiene una particular importancia en todos aquellos que, no produciendo directa o indirectamente riqueza, se nutren de las riquezas puestas por los ciudadanos a disposición del Estado, porque si no, es fácil que, en lugar de ser organismos necesarios, se conviertan en parásitos sociales. Nuestra época revela una susceptibilidad es­pecial respecto de las clases, de las funciones, de las actividades, de los servicios cuya utilidad no aparece como indiscutible o que al menos re­sulta desproporcionada con su coste.
En la economía de los paises ricos, bajo la apariencia de una actividad general intensa, se esconden numerosas formas parasitarias, pero pasan más fácilmente inadvertidas que en los paises pobres, donde las dificultades de la vida y la limita­ción de los medios materiales hacen más pesa­dos los gastos y más apreciadas las economías. Sea, no obstante, como fuere, no hay posibilidad de mantener alta la dignidad de una función que, por su nulo valor o su excesivo coste, se considere como una función parasitaria. Esto, por lo que respecta a la función militar en su aspecto social.
En el aspecto individual, para que sea lo que debe ser, se exige a los que la buscan o son llamados a ejercerla, algunas cua­lidades especificas, que llamaremos virtudes mi­litares: valor, lealdad, patriotismo. Es tan esen­cial a la función militar la práctica, en alto grado, de estas virtudes, que constituyen su rasgo característico, definen su espíritu propio: es necesario que existan para que la función exista, y si desaparecen, deja de existir. ¿Se comprende, acaso, un militar cobarde, un camarada desleal, un combatiente traidor a la Pa­tria? No; porque en cuanto surgen la cobardía, la deslealtad y la traición, ya no hay fuerza, ya no hay soldados, ya no hay ejército, sino una multitud armada, y, por eso mismo, más peli­grosa que cualquier otra. El valor es más que una virtud militar: es el propio atributo de la fuerza.
Por definición, la fuerza es valiente, intré­pida, arrojada, dominadora, señora de si misma, consciente de sus posibilidades y de su acción: no es desordenada, no es exaltada, no es violenta. Tiene tiempo para imponerse: es paciente; no duda de si misma: es tranquila; tiene la segu­ridad del triunfo: es generosa. La fuerza marcha en formación y con ritmo: es su necesidad estructural de orden en el espa­cio y en el tiempo; la fuerza marcha erguida: es la revelación externa de la confianza; la fuerza tiene el paso rígido y firme: domina, es dueña de la tierra en que avanza. La fuerza no se niega a sí propia: «muere, mas no se rinde»; la fuerza no descansa ni aun para morir: «muere pero muere despacio». (2)
La fuerza, que es fuerza y no violencia, es por si misma leal, es decir, verdadera, clara y sin­cera Notad que la fuerza marcha al son de los clarines: es que anuncia su presencia; la fuerza hace brillar al sol sus armas: es que expone a la vista de todos sus medios de ataque; la fuerza manda en voz alta: se saben claramente sus intenciones. En su estructura íntima, la fuerza no es un simple aglomerado de hombres; es un orga­nismo al cual son indispensables la unión, la colaboración, la solidaridad.
La lealtad en la fuerza es necesaria para tener la certeza de que cada órgano cumplirá en cada momento su de­ber. Por éso no puede haber en ella intriga, desunión, desconfianza mutua; celosa de si misma, la fuerza ha de expulsar de su seno, como cuerpos muertos, los elementos que no le pertenezcan espiritualmente, y cuyo corazón no sepa batir al ritmo del suyo. La lealtad es la verdad del sentimiento: es imposible ser desleal sin engañar a la concien­cia, sin escarnecer la confianza ajena.
Por esa razón la fuerza no tolera conciliábulos ni com­binaciones secretas: se bate de frente, y es des­leal atacarla por la espalda. Todos estamos obligados a ser veraces y justos y patriotas; y no obstante, la preocupación de la verdad es rasgo característico del sabio; la preocupación de la justicia domina en el juez; y el patriotismo debe absorber y dominar el alma del soldado. En cada uno de nosotros el patriotismo no puede desprenderse de la familia, del terruño na­tal, de los intereses, de los recuerdos de la infancia, de las añoranzas de los lugares y de las personas, de los vivos y de los muertos, de las alegrías y de las tristezas: cosas pequeñas o grandes, que son nuestras y que constituyen, para cada uno, dentro de la Patria, un pequeño mundo suyo. Y todo ésto que nos ata, dismi­nuye un poco, en la vida cotidiana, esa unidad augusta, ese todo indivisible que es la Patria.
Para el soldado, por el contrario, no existe la aldea, ni la región, ni la provincia, ni la colonia: no hay más que el territorio nacional; no hay familia, ni parientes, ni amigos, ni vecinos: no hay más que la población que vive y trabaja en ese territorio. Solo hay, en una palabra, la Pa­tria, la Patria en toda su extensión material, en el conjunto de sus sentimientos y tradiciones, eu toda la belleza de su formación histórica y de su ideal futuro. A ella debe entregar todo: la salud, la comodidad, el descanso, el dia y la noche, la paz, la familia y la vida misma. In­cluso parece que por ese derroche de vidas la Patria se mantiene, y aumenta su bel­leza y se engrandece su poder. Ante el ene­migo exterior, que representa una amenaza para la existencia o la integridad de la Patria, ésta se convierte para el soldado en algo material y tangible como un relicario de oro en el que se confiasen a su custodia la independencia, la li­bertad, los bienes y la vida de los ciudadanos.
Fuera de un sano nacionalismo, fuera de la nación y del amor de la Patria no hay, pues, vida ni fuerza militar: hay ejércitos de parada u hordas organizadas para el pillaje. Dentro de una función necesaria, organizada con eficiencia, y de tal modo proporcionado el coste a la utilidad que nadie pueda formular la acusación de parasitismo, el ideal militar con­siste en la realización plena, en la posesión en grado heroico de las virtudes militares.
Espero que no temáis a las palabras y que no tengáis recelo en apellidaros hombres de ideal, que trabajan por un ideal, que viven para un ideal. Los que se arrastran tras los pequeños intereses y las mezquinas ambiciones, y se creen positivos y prácticos, conocedores del mundo y de sus secretos, mal pueden comprender las al­mas que caminan serenas por los caminos reales de la vida, del mismo modo que ignoran que, para seguirlas, es preciso levantar antorchas encendidas por encima de la cabeza o dejarse guiar por las estrellas del cielo. En la natural limitación de las facultades humanas, la perfec­ción no existe, pero el perfeccionamento pro­gresivo es ley de la vida moral. Hay que copiar pacientemente un modelo, no perder de vista los puntos de referencia, realizar un pensamiento de vida.
La función del ideal modelo — aspira­ción o guía — es vindicar la orientación superior de las facultades humanas, no dejando que se extravíen en las mil contingencias de la vida, con las mil contradicciones de las doctrinas, con las mil adversidades del tiempo. Vuestra carrera militar, señores, no es un modo de vida como otro cualquiera, sino el ejer­cicio de una función distinta de todas en la so­ciedad y en el Estado. Es cierto que se vive de ella, como han de vivir de su actividad todos los que no crean directamente riqueza; pero el inte­rés como principio dominante, el espíritu de lu­cro o de enriquecimiento indefinido que encon­tramos, legítimamente, en las profesiones pri­vadas, debe estar apartado de la función mili­tar, igual que de la magistratura, de la ense­ñanza, del sacerdocio, de la gobernación. No se trata de ganarse la vida, sino de desempeñar al­tas misiones sociales.
No pretendo dar a esta charla más importan­cia de la que debe tener, pero como no estamos en tiempo de emplearnos en cosas inútiles, he tenido el propósito, aunque sólo fuese jugando, por así decir, con el asunto, de llamaros la aten­ción para que vuestra vida se apoye en una doctrina y esté inspirada en una moral. Y una y otra están hoy en juego, porque están siendo discutidas, y más aún, hostilizadas. Puede decirse que nuestra civilización está, en crisis, porque ha de reformar muchas de sus instituciones bajo el fuego enemigo que pre­tende nada menos que subvertirlas. Considera­mos muchos de sus principios como adquisiciones definitivas de la humanidad, condiciones necesarias de coexistencia social, bases esen­ciales del progreso humano, fruto de experiencia secular, verdades políticas fundamentales.
Pero estas mismas instituciones son para otros, osa­damente, categorías históricas caducas que los siglos pasados hicieron surgir y que el nuestro barrerá de la faz de la tierra. Las nociones de Patria, de Estado, de autoridad, de derecho, de familia, de propiedad, de diferenciación social están en discusión, y en ese terreno van a darse las mayores batallas del porvenir.
Ante la gran­deza de los debates y la violencia de la lucha, ciertas divergencias políticas, hoy profundas, nos parecerán más tarde simples artificios dia­lécticos, juegos de niños. Y entre tanto, algunos hechos recientes nos revelan la existencia de solidaridades y colaboraciones, en Portugal y en el exterior, tan contrarias al simple buen sentido, que sólo pueden comprenderse por el odio y por la ciega pasión política.
Esta no es­coge los caminos de la razón, sino que pretende vivir de la ruina y la destrucción, aunque con ellas vayan arrastrados principios, intereses, afectos, hasta el mismo porvenir de la Patria y el futuro de nuestra civilización. Hemos de mirar con calma, pero con firmeza, la desorientación del momento y poner en la defensa del interés de toda la colectividad, por lo menos la energía y la decisión con que otros pretenden imponernos el interés de su grupo, de su partido, de su clase, o simplemente el triunfo de su loca ideología.
Es nuestro deber de gobernantes; es vuestro deber de soldados. En verdad, recordando los principios superiores de la función militar, no pretendí otra cosa que avivar en nuestro espí­ritu la alta conciencia de nuestra posición y la noción exacta de vuestras responsabilidades.


(i) En portugués queda.
(2) En portugués : «morre, mas devagar». (Palabras del Rey Don Sebastián en la batalla de Alcazarquivir).

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