miércoles, 19 de noviembre de 2008

Herejes (15)




por Gilbert K. Chesterton


De los novelistas esnobs y de los esnob



En un sentido al menos, resulta más útil leer mala literatura que buena literatura. La buena literatura puede hablarnos de la mente de un hombre. Pero la mala nos habla de la de muchos hombres. Una buena novela nos cuenta la verdad de su héroe; pero una mala novela nos cuenta la verdad de su autor. Y mucho más que eso, nos cuenta la verdad de sus lectores. Además, por curioso que parezca, nos dice más cosas cuanto más cínico e inmoral sea el motivo de su creación. Cuanto más insincero es un libro en tanto que libro, más sincero resulta en tanto que documento público.
Una novela sincera muestra la simplicidad de un hombre concreto; una novela insincera muestra la simplicidad de toda la humanidad. Las decisiones pedantes y los ajustes definibles de los hombres pueden hallarse en papiros, en libros fundacionales y en escrituras; pero las ideas básicas y las energías eternas deben buscarse en las infames novelitas de a un penique. Así, un hombre, como muchos hombres de auténtica cultura de nuestro tiempo, puede no aprender nada en la buena literatura más allá del poder de apreciar la buena literatura. Pero de la mala literatura puede aprender a gobernar imperios y a recorrer el mapa de la humanidad.
Existe un ejemplo bastante interesante de este estado de cosas en el que la literatura más floja es la más fuerte, y la más fuerte la más floja. Se trata del caso de lo que puede llamarse, en una descripción aproximada, la literatura de la aristocracia; o, si lo prefieren, la literatura del esnobismo. Si alguien desea encontrar una defensa eficaz, exhaustiva y permanente de la aristocracia, expresada correcta y sinceramente, que no lea a los filósofos conservadores, ni siquiera a Nietzsche; que lea las novelitas de Bow Bells. Sobre el caso de Nietzsche, confieso que albergo más dudas. Nietzsche y esas novelitas poseen, obviamente, el mismo carácter fundamental.
En ambos casos se venera al hombre alto de bigote retorcido y fuerza corporal hercúlea, y en ambos casos se le venera de un modo que resulta algo femenino e histérico. Pero incluso en ese punto, la novelita mantiene su superioridad filosófica, porque atribuye al hombre fuerte las virtudes que por lo común le son propias, virtudes como la pereza, la amabilidad y cierta benevolencia despreocupada, así como una profunda aversión a lastimar a los débiles. Nietzsche, por su parte, atribuye al hombre fuerte ese desprecio burlón por la debilidad que sólo se da entre los inválidos. No es, sin embargo, a los méritos secundarios del gran filósofo alemán, sino a los méritos principales de las novelitas de Bow Bells a los que deseo referirme ahora. El retrato de la aristocracia en la novelita sentimental popular me parece muy satisfactorio como guía política y filosófica precisa. Tal vez resulte inexacto en detalles como el tratamiento que hay que dar a un barón, o el ancho del abismo entre dos montañas que ese mismo noble es capaz de saltar, pero no constituye una mala descripción de la idea general y de la intención de la aristocracia que se dan en los asuntos humanos. Los sueños esenciales de la aristocracia son la magnificencia y el valor; y si el Family Herald Supplement se encarga a veces de distorsionar y exagerar esos aspectos, lo cierto es que, al menos, no se queda corto. Nunca yerra al hacer que el abismo entre montañas resulte bastante estrecho, ni que el título de barón impresione poco. Pero, por encima de esa sana, fiable y vieja literatura sobre el esnobismo ha surgido, en nuestra época, otra clase de literatura del esnobismo que, con sus pretensiones mucho más elevadas, me parece merecedora de mucho menos respeto. Dicho sea de paso (por alguien lo considera importante), se trata de una clase de literatura de mucha mejor calidad. Pero resulta infinitamente peor filosófica y éticamente, así como en su intento de retratar la vida de la aristocracia y de la humanidad tal como son. En esos libros de los que me dispongo a hablar, descubrimos qué es capaz de hacer un hombre inteligente con la idea de la aristocracia. Pero de la literatura del Family Herald Supplement podemos extraer qué puede hacer la idea de la aristocracia con un hombre no tan inteligente. Y al conocer eso, conoceremos la historia de Inglaterra.
Esta nueva ficción aristocrática debe de haber llamado la atención de todos los que han leído la mejor narrativa de los últimos quince años. Es la verdadera o supuesta literatura de The Smart Set [2] la que representa a ese grupo humano como distinguido, no sólo por la elegancia de sus atavíos, sino por lo ingenioso de sus comentarios. Al mal barón, al bueno, al romántico e incomprendido que se supone que es malo pero es bueno, esta escuela ha añadido una imagen que no podía ni imaginarse hace unos años, la imagen del barón divertido.
El aristócrata ya no ha de ser más alto que el resto de los mortales, más fuerte y más apuesto, también ha de ser más ingenioso. Ahora es el hombre larguirucho del epigrama breve. Muchos modernos y eminentes novelistas, eminentes por méritos propios, habrán de admitir cierta responsabilidad por haber apoyado esa pésima forma de esnobismo: el esnobismo intelectual.
El talentoso autor de Dodo es responsable de haber, en cierto sentido, creado la moda en tanto que moda. Hichens, en El clavel verde, reafirmó esa idea extraña de que los nobles hablan bien, aunque su caso contaba con cierto fundamento biográfico que, en consecuencia, le servía de excusa. La señora Craigie tiene considerable culpa en el asunto, aunque – o quizás porque – ha combinado la referencia aristocrática con cierta sinceridad moral e incluso religiosa. Cuando se trata de la salvación de un alma, incluso en una novela, es indecente mencionar que se trata del alma de un caballero.
Tampoco puede eximirse totalmente de culpa a un hombre de mucha mayor habilidad, un hombre que ha demostrado poseer el instinto humano más elevado, el instinto romántico. Me refiero a Anthony Hope. En un melodrama trepidante e imposible como es El prisionero de Zenda, la sangre de los reyes proporcionaba un excelente tema fantástico. Pero la sangre de los reyes no es algo que pueda tomarse en serio. Y cuando, por ejemplo, Hope dedica un estudio tan serio y benévolo a un hombre llamado Tristram de Blent, un hombre que a lo largo de toda su infancia no pensaba en nada que no fuera su absurda y antigua finca, sentimos que, incluso a Hope, le vence su excesiva preocupación por la idea de la oligarquía. Para la persona corriente resulta difícil interesarse por un joven cuyo único objetivo es poseer la casa de Blent, en un momento en que todos los demás jóvenes aspiran a poseer las estrellas.
Con todo, el de Hope es un caso muy poco importante, y además, en su caso, no sólo existe un componente caballeresco, sino un elemento muy válido de ironía que nos advierte contra el riesgo de tomarnos demasiado en serio toda esa elegancia. Sobre todo, demuestra su sensatez al no equipar a su aristócrata con un inverosímil ingenio espontáneo. Esa costumbre de insistir en el ingenio de las clases poderosas constituye el más servil de todos los servilismos. Es, como ya he dicho, infinitamente más despreciable que el esnobismo de las novelitas en las que se describe al noble sonriendo como un Apolo o montado sobre un elefante enloquecido. En estos casos puede tratarse de exageraciones de la belleza y el valor, pero éstos son los ideales inconscientes de los aristócratas, incluso de los aristócratas tontos.
Tal vez el noble de la novelita no aparezca representado con demasiada exactitud en relación con los hábitos diarios de los aristócratas. Pero es que trata de algo más importante que una realidad: se trata de un ideal práctico. Quizá el caballero de la ficción no copie al caballero de la vida real; pero éste sí copia a aquél. Tal vez no resulte especialmente atractivo, pero preferiría ser atractivo antes que cualquier otra cosa. Tal vez no haya montado nunca a un elefante enloquecido, pero monta su pony todo lo que puede, con el aire de haberse subido a un elefante. Y, en conjunto, la clase alta no sólo desea especialmente esas cualidades de la belleza y el valor, sino que, hasta cierto punto al menos, las posee especialmente. Así, no hay nada verdaderamente malo o calumnioso en esa literatura popular que hace que todos sus marqueses midan dos metros de altura. Resulta esnob, sí, pero no es servil. Su exageración se basa en una admiración exuberante y sincera; su admiración sincera se basa en algo que, en cualquier caso, hasta cierto punto, está ahí. Las clases bajas inglesas no le temen en lo más mínimo a las clases altas. Nadie podría temerlas. Simple, libre y sentimentalmente, las adoran.
La fuerza de la aristocracia no se encuentra en absoluto en la aristocracia. Se encuentra en los suburbios. No se encuentra en la Cámara de los Lores; no se encuentra en el servicio civil; no se encuentra en los puestos del gobierno; no se encuentra siquiera en el inmenso y desproporcionado monopolio de la tierra inglesa. Se encuentra en cierto espíritu. Se encuentra en el hecho de que cuando un sirviente desea elogiar a un hombre, dice sin pensar que éste se ha comportado como un caballero.
Desde un punto de vista democrático, también podría decir que se ha comportado como un vizconde.
El carácter oligárquico de la comunidad británica no radica, como sucede en muchas otras oligarquías, en la crueldad de los ricos sobre los pobres. No radica siquiera en la amabilidad que los ricos demuestran hacia los pobres; radica en la amabilidad perenne y constante que los pobres demuestran hacia los ricos.
El esnobismo de la mala literatura, por tanto, no es servil. Pero el esnobismo de la buena literatura sí lo es. Las anticuadas novelitas de a medio penique en que las duquesas refulgían cubiertas de diamantes no eran serviles. Pero las nuevas novelas en que refulgen, cubiertas de epigramas, sí lo son. Pues al atribuir de ese modo a la clase alta un grado especial, asombroso, de inteligencia y don de palabra, así como un poder especial para la controversia, le estamos atribuyendo algo que no sólo no constituye una virtud específica suya, sino que no es siquiera su meta específica. En palabras de Disraeli (que, siendo un genio y no un caballero, debería tal vez responder por haber introducido este método que consiste en halagar a la clase dominante), estamos cumpliendo con la función esencial del halago, que consiste en halagar a la gente por unas cualidades que no tienen. Puede elogiarse mucho y exageradamente a alguien, pero ese elogio no se convertirá en adulación si se elogia algo cuya existencia resulta palmaria. Un hombre puede afirmar que el cuello de la jirafa llega hasta las estrellas, o que una ballena llena el océano entero, y no hará más que mostrarse en extremo impetuoso en relación con su animal favorito. Pero si empieza a felicitar a la jirafa por sus plumas, o a la ballena por la elegancia de sus piernas, nos enfrentamos a ese elemento social que conocemos como «adulación». Las clases media y baja de Londres pueden admirar sinceramente, aunque tal vez no prudentemente, la salud y la gracia de la aristocracia inglesa. Ello es así por la sencilla razón de que los aristócratas son, en conjunto, más saludables y elegantes que los pobres. Pero no pueden admirar sinceramente el ingenio de los aristócratas. Y ello es así por la sencilla razón de que los aristócratas no son más ingeniosos que los pobres, sino mucho menos ingeniosos que ellos. Esas joyas de la ocurrencia verbal no se oyen en las cenas de gala, salidas de los labios de los diplomáticos. Donde se oyen de verdad, es en los omnibuses que van a Holborn, pronunciadas por los conductores.
Los ingeniosos señores cuyas ocurrencias llenan los libros de la señora Craigie y la señorita Fowler, serían, en realidad, derrotados sin piedad en el arte de la conversación por el primer limpiabotas que tuviera la desgracia de cruzarse en su camino. Los pobres son simplemente sentimentales, y tienen excusa para serlo, si elogian a un caballero por considerarlo dispuesto y pródigo. Pero demostrarán ser esclavos y embusteros si lo elogian por su facilidad de palabra. Para eso ya se tienen a sí mismos.
El elemento de sentimiento oligárquico de esas novelas tiene en mi opinión, sin embargo, otra dimensión más sutil, más difícil de comprender, pero más digna de comprenderse. El caballero moderno, y especialmente el caballero inglés moderno, se ha convertido en un personaje tan importante en estos libros – y, a través de ellos, en toda nuestra literatura presente, así como en nuestra corriente de pensamiento – que algunas de sus cualidades, ya sean originales o de reciente adquisición, ya sean esenciales o accidentales, han alterado la calidad de nuestra comedia inglesa. En particular, ese ideal estoico, que se supone, sin ningún sentido, que es el ideal inglés, nos ha hecho más envarados y fríos. Y no es el ideal inglés. Pero sí es, hasta cierto punto, el ideal aristocrático. O tal vez sea el ideal de la aristocracia en su ocaso o decadencia. El caballero es un estoico porque es una especie de salvaje, porque vive presa de un gran temor elemental, el temor a que un desconocido le dirija la palabra. Por eso, un vagón de tercera constituye una comunidad, mientras que uno de primera no es sino un lugar de eremitas redomados. Pero permítanme que aborde este asunto, que resulta difícil, de un modo más indirecto.
Ese elemento constante de incapacidad que recorre gran parte de la ficción ingeniosa y epigramática, tan en boga durante los últimos ocho o diez años, y que está presente en obras de ingenio más o menos real como Dodo, o Concerning Isabel Carnaby [«Sobre Isabel Carnaby»], e incluso en Some Emotions and a Moral [«Unas cuantas emociones y una moraleja»], puede expresarse de varios modos, pero para la mayoría de nosotros equivale en último extremo a lo mismo. Esta nueva frivolidad resulta inadecuada porque en ella no aparece una sensación fuerte de alegría no expresada.
Los hombres y mujeres que intercambian ocurrencias pueden no sólo odiarse los unos a los otros, sino que es posible que se odien a sí mismos. Cualquiera de ellos puede haberse arruinado ese día, o haber sido sentenciado a muerte. No bromean porque estén contentos, sino porque no lo están. La boca habla desde el vacío del corazón. Incluso cuando dicen cosas sin sentido, se trata de absurdos muy comedidos, de absurdos que economizan o, para usar la perfecta expresión de W. S. Gilbert en Patience [«Paciencia»], de «absurdos preciosos». E incluso cuando se ponen frívolos, no llegan nunca a ponerse alegres del todo. Quienes hayan leído algo sobre el racionalismo de los modernos sabrán que su razón es triste. Pero es que incluso su falta de razón resulta triste.
Las causas de esa incapacidad no son demasiado difíciles de señalar. La principal de todas ellas, claro está, es ese patético miedo al sentimentalismo, que es el peor de todos los terrores modernos, peor incluso que el terror que desemboca en la higiene. En todas partes, el humor más saludable y sonoro ha surgido de aquellas personas capaces de expresar no sólo sentimentalismo, sino un sentimentalismo de lo más tonto. No ha existido humor más vigoroso y sonoro que el del sentimental Steele, o el del sentimental Sterne, o el del sentimental Dickens. Esas criaturas que lloraban como mujeres eran las criaturas que se reían como hombres.
Es cierto que el humor de Micawber es buena literatura, y que la emoción de la pequeña Nell es mala. Pero la clase de hombre que tuvo el valor de escribir tan mal en un caso es la clase de hombre que tendría el valor de escribir tan bien en el otro. La misma inconsciencia, la misma inocencia violenta, la misma escala gigantesca de acción que llevó al Napoleón de la Comedia a su Jena, le llevó también a su Moscú. Y en ello se muestran con especial claridad las limitaciones frígidas y debilitantes de nuestro ingenio moderno. Se esfuerzan notablemente, se esfuerzan heroica y casi patéticamente, pero no son capaces de escribir mal. Hay momentos en los que casi pensamos que logran el efecto que pretenden, pero nuestra esperanza se desvanece en cuanto comparamos sus pequeños fracasos con las enormes imbecilidades de Byron o Shakespeare.
Para provocar una risa franca hay que llegar al corazón.
No entiendo por qué llegar al corazón debe asociarse siempre a la idea de moverlo a la compasión o hacerle sentir inquietud. Al corazón también puede llegarse por la alegría y el triunfo. Al corazón puede llegarse por el divertimento. Pero todos nuestros dramaturgos son dramaturgos trágicos. Estos últimos escritores de moda son pesimistas hasta la médula, tanto que nunca parecen capaces de imaginar un corazón ocupado por la dicha. Cuando hablan del corazón, siempre hablan del dolor y de las decepciones de la vida emocional. Cuando declaran que el corazón de un hombre está en su sitio, quieren decir, al parecer, que está en sus botas.
Nuestras sociedades éticas entienden la camaradería, pero no comprenden la buena camaradería. De manera análoga, nuestros ingeniosos autores entienden qué es una charla, pero no lo que el doctor Johnson llamaba «una buena charla». Para poder tener, como el doctor Johnson, una buena charla, es del todo necesario ser, como el doctor Johnson, un buen hombre, tener amistad, honor y una ternura sin fondo. Y, sobre todo, es necesario mostrarse abiertamente humano, humano hasta la indecencia, confesar sin tapujos las congojas y miedos primigenios de Adán.
Johnson era un hombre preclaro, lleno de humor, y por eso no le importaba hablar en serio sobre religión. Johnson era un hombre valiente, uno de los más valientes que han existido, y por eso no le importaba admitir ante quien fuera que el miedo a la muerte le consumía.
La idea de que hay algo inglés en la represión de los sentimientos es una de esas ideas de las que ningún inglés había oído hablar nunca hasta que Inglaterra empezó a verse gobernada exclusivamente por escoceses, americanos y judíos. En el mejor de los casos, esa idea es una generalización del duque de Wellington, que era irlandés. En el peor de ellos, forma parte de ese teutonismo absurdo que sabe tan poco de Inglaterra como de antropología, pero que está siempre hablando de vikingos. En realidad, los vikingos no reprimían sus sentimientos lo más mínimo. Lloraban como niños y se besaban como niñas. Por decirlo en pocas palabras, actuaban en ese sentido como Aquiles y todos los forzudos héroes hijos de dioses. Y aunque la nacionalidad inglesa tiene seguramente tan poco que ver con los vikingos como la francesa o la irlandesa, los ingleses han sido sin duda hijos de vikingos en cuestión de lágrimas y de besos. No sólo es cierto que los hombres de letras más típicamente ingleses, como Shakespeare o Dickens, Richardson o Thackeray, fueran sentimentales. También lo es que los hombres de acción más típicamente ingleses eran sentimentales. Más, si cabe.
En la gran era isabelina, en que la nación inglesa terminó de formarse, en el gran siglo XVIII, cuando el Imperio británico se construía por todas partes, ¿dónde, en esos tiempos, dónde estaba ese estoico inglés simbólico que viste de gris y negro y reprime sus sentimientos? ¿Acaso eran así los paladines y los piratas isabelinos? ¿Era así alguno de ellos? ¿Ocultaba Grenville sus emociones cuando rompía las copas de vino con los dientes y masticaba los cristales hasta sangrar? ¿Reprimía sus impulsos Essex al arrojar su sombrero sobre el asiento? ¿Le parecía sensato a Raleigh responder a las armas españolas, como indica Stevenson, sólo con el sonido insultante de las trompetas? ¿Desaprovechó Sydney alguna vez en su vida, e incluso en el momento de su muerte, la ocasión de pronunciar un comentario teatral? ¿Eran estoicos siquiera los puritanos? Los puritanos ingleses se reprimían mucho, pero incluso ellos eran demasiado ingleses para reprimir sus sentimientos. Fue sin duda gracias a un gran milagro de su genialidad por el que Carlyle llegó a admirar dos cosas tan irreconciliables, tan opuestas, como son el silencio y Oliver Cromwell.
Cromwell era lo opuesto a un hombre fuerte y silencioso. Cromwell hablaba siempre, cuando no lloraba.
Nadie, supongo, acusará al autor de Gracia abundante de avergonzarse de sus sentimientos. A Milton sí sería posible representarlo como un estoico; en cierto sentido lo era, como era mojigato, polígamo y unas cuantas cosas más, todas ellas desagradables y paganas. Pero, una vez dejado atrás ese nombre grande y desolado, que sin duda ha de ser considerado una excepción, nos encontramos con que la tradición del emocionalismo inglés se retoma y prosigue ininterrumpidamente. La belleza moral de las pasiones de Etheridge y Dorset, de Sedley y Buckingham, puede haber sido mayor o menor, pero no puede acusárseles del delito de haberlas ocultado.
Carlos II fue muy popular entre los ingleses porque, como todos los reyes alegres de Inglaterra, demostraba sus pasiones. Guillermo el Holandés fue muy impopular entre los ingleses porque, al no ser inglés, disimulaba sus emociones. Él era, de hecho, el inglés ideal de nuestra teoría moderna; y precisamente por eso todos los ingleses verdaderos lo denostaban. Con el surgimiento de la gran Inglaterra del siglo XVIII, encontramos ese mismo tono abierto y emocional en la correspondencia y la política, en las artes y en el ejército. Tal vez la única cualidad en común que poseían el gran Fielding y el gran Richardson era que ninguno de ellos ocultaba sus sentimientos. Swift, es cierto, era duro y lógico, porque Swift era irlandés. Y cuando nos fijamos en soldados y gobernantes, en patriotas y constructores de imperios del siglo XVIII, descubrimos, como ya he dicho, que eran, si cabe, más románticos que los autores de novelas de caballerías, más poéticos que los poetas. Chatham, que mostró al mundo toda su fuerza, mostró en la Cámara de los Comunes toda su debilidad.
Wolfe se paseaba blandiendo la espada, llamándose a sí mismo César y Aníbal, y murió con unos versos en los labios. Clive era como Cromwell y Bunyan o, como Johnson, es decir, se trataba de un hombre fuerte y sensato con una especie de vena histérica y cierta tendencia a la melancolía. Como Johnson, era más saludable por ser más enfermizo. Las leyendas de esa Inglaterra están llenas de fanfarronería, de sentimentalismo, de maravillosa afectación. Pero no hace falta extenderse en los ejemplos del inglés esencialmente romántico cuando hay uno que sobresale por encima de los demás. Rudyard Kipling, complaciente, ha dicho de los ingleses: «Cuando nos encontramos, nosotros no nos echamos al cuello del otro ni nos besamos». Es cierto que esa costumbre antigua y universal ha desaparecido de nuestra Inglaterra moderna y debilitada. A Sydney no le hubiera importado besar a Spenser. Pero admito que no sería probable que el señor Broderick besara al señor Arnold- Foster, como si con ello demostrara la mayor hombría y grandeza militar de Inglaterra. Pero el inglés que no demuestra sus sentimientos no ha perdido del todo la capacidad de ver algo inglés en el gran héroe naval de la guerra napoleónica. La leyenda de Nelson no puede destruirse. Y en el ocaso de esa gloria están escritas, con letras fulgurantes, para siempre, las palabras del gran sentimiento inglés: «Bésame, Hardy.» Por tanto, ese ideal de autorrepresión puede ser otra cosa, pero no es inglés. Tal vez tenga algo de oriental, o sea ligeramente prusiano, pero básicamente no proviene, creo yo, de ninguna fuente racial o nacional.
Como ya he comentado, es en cierto sentido aristocrático; no procede de un pueblo, sino de una clase. Ni siquiera, creo yo, era la aristocracia tan estoica en los días en los que contaba con verdadera fuerza. Pero, ya sea que ese ideal de supresión de las emociones constituya la tradición genuina de los caballeros, o bien que se trate simplemente de una de las invenciones de los caballeros modernos (a los que podría llamarse «caballeros decadentes»), no hay duda de que tiene algo que ver con el elemento no emocional de esas novelas de sociedad. A partir de la representación de los aristócratas como personas que reprimen sus sentimientos, ha sido fácil dar un paso más y representarlos como personas que carecen de ellos y que, por tanto, no necesitan reprimirlos.
Así, el oligarca moderno ha convertido en virtud de la oligarquía la exhibición de una dureza y una brillantez diamantinas. Como el compositor de sonetos que se dirigía a su dama en el siglo XVII, él parece usar la palabra «frío» casi como un elogio, y la palabra «inhumano» como una especie de cumplido. Claro que, en personas tan bondadosas e infantiles como son las que componen las clases altas, sería imposible crear nada que pudiera llamarse crueldad positiva; de modo que en estos libros exhiben una especie de crueldad negativa. No pueden mostrarse crueles en los actos, pero sí en las palabras. Todo ello implica una cosa, sólo una cosa. Implica que el ideal vivo y fortalecedor de Inglaterra ha de buscarse en las masas: debe buscarse allí donde Dickens lo encontró; Dickens, entre cuyas glorias se cuenta la de haber sido humorista, sentimental, optimista, pobre hombre, inglés, pero cuya mayor gloria fue la de ver la humanidad en toda su asombrosa y tropical exuberancia, sin fijarse siquiera en la aristocracia; Dickens, cuya mayor gloria fue no ser capaz de describir a un solo caballero.

Para volver a El Cruzamante haga click sobre la imagen del caballero