lunes, 24 de noviembre de 2008

Herejes (16)

por Gilbert K. Chesterton


XVI

De McCabe y una divina frivolidad


Un crítico me regañó en una ocasión diciéndome, con aire de razonable indignación: «Si ha de bromear, al menos no lo haga sobre asuntos tan serios». Yo, con natural simplicidad y asombro, le respondí: «¿Y de qué otros asuntos, si no de los serios, se puede bromear?».

Resulta bastante inútil hablar de payasadas profanas, pues todas las payasadas lo son por definición, en el sentido de que han de suponer la comprensión súbita de que algo, que se cree a sí mismo solemne, en el fondo no lo es tanto. Si un chiste no se ríe de la religión, o de la moral, es un chiste sobre policías, profesores de ciencias o estudiantes universitarios disfrazados de reina Victoria. Y la gente bromea más sobre policías que sobre el papa, pero no porque los poli­cías supongan un tema más frívolo, sino, por el contrario, porque suponen un tema más serio. El obispo de Roma carece de jurisdicción en este reino de Inglaterra, mientras que los policías pueden hacer recaer su solemnidad sobre nosotros de un modo bastante súbito. Los hombres cuentan chistes sobre viejos profesores de ciencias, más incluso que sobre obispos, pero no porque el de la ciencia sea un tema más ligero que el de la religión, sino porque la ciencia es, por naturaleza, más solemne y austera que la religión. No soy yo; no es siquiera una clase concreta de periodistas y bufones quienes bromean sobre asuntos que son de la más terrible importancia. Es la humanidad entera. Si hay alguna cosa que, más que cualquier otra, todos, incluso aquellos con un menor conocimiento del mundo, admiten, es que los hombres siempre hablan con gran seriedad y sinceridad, con la mayor precisión posible, de cosas que no son importantes, a la vez que se refieren siempre con gran frivolidad a cosas que sí lo son. Los hombres hablan durante horas, con gestos propios de un cónclave de cardenales, de cosas como el golf, el tabaco, los chalecos, o las políticas de partido. Pero cuentan los chistes más viejos del mundo sobre las cosas más graves y terribles: el matrimonio, la horca.

Sin embargo, un caballero, el señor McCabe, me ha planteado lo que casi equivale a un intimación personal. Y como resulta ser un hombre cuya sinceridad y virtud intelectual me merecen el más alto de los respetos, no me siento inclinado a dejarlo pasar sin tratar al menos de satisfacer a mi crítico en el asunto. El señor McCabe dedica una parte considerable de su último ensayo, incluido en una colección llamada «Juicio al Cristianismo y al Racionalismo », a desarrollar una objeción, no a mi tesis, sino a mi método, tras lo que, amistosa y dignamente, me intima a modificarlo. Si me siento más que inclinado a defenderme en este asunto es meramente por el respeto que me merece el señor McCabe, y más aún por el respeto que me merece la verdad, que, en mi opinión, se encuentra en peligro por culpa de este error, no sólo en esta cuestión, sino también en otras. Para que no se cometa ninguna injusticia en el asunto, citaré al propio McCabe:

“Pero antes de seguir con cierto detalle al señor Chesterton, me gustaría plantear una observación general sobre su método. Él es tan serio como yo en su objetivo último, y por ello le respeto. Él sabe, como sé yo, que la humanidad se halla en una solemne encrucijada. Avanza a través de las eras hacia una meta desconocida, impulsado por un irrefrenable deseo de felicidad. Hoy vacila, bastante frívolamente, pero todo pensador serio sabe lo importante que puede resultar la decisión. Aparentemente, está abandonando el sendero de la religión y adentrándose en el del secularismo. ¿Se hundirá en las arenas movedizas de la sensualidad en ese nuevo sendero, y pasará jadeante por años de anarquía cívica e industrial, para acabar percatándose de que se ha equivocado de camino y debe regresar a la religión? ¿O le parecerá que, al fin, ha dejado atrás la niebla y las arenas movedizas; que está ascendiendo por la ladera de una colina que durante tanto tiempo apenas entrevió, y que avanza ya sin titubeos rumbo a la largamente buscada Utopía? Este es el drama de nuestro tiempo, y todos los hombres y todas las mujeres deberían entenderlo.

El señor Chesterton lo entiende. Es más, reconoce que nosotros lo entendemos. Carece por completo de esa mezquindad insignificante, y de esa curiosa vanidad de muchos de sus colegas, que nos tachan de simples iconoclastas o de anarquistas de la moral. Él admite que libramos una guerra desagradecida en defensa de lo que consideramos que es la verdad y el progreso. Y él hace lo mismo. Pero ¿por qué, en nombre de todo lo que es razonable, deberíamos, una vez convenida la trascendencia del tema, en uno u otro sentido, renunciar a métodos claros y serios para abordar la controversia? ¿Por qué, cuando la necesidad vital de nuestro tiempo es inducir a hombres y a mujeres a pensar de vez en cuando, y ser hombres y mujeres – mejor dicho, a recordar que en realidad son dioses que tienen el destino de la humanidad a sus pies –, por qué deberíamos pensar que ese juego caleidoscópico de expresiones resulta inoportuno? Los ballets de la Alhambra y los fuegos artificiales del Palacio de Cristal, así como los artículos de Chesterton en el Daily News, tienen su lugar en la vida. Pero no entiendo que un estudiante serio de la sociedad crea que puede curar la inconsciencia de nuestra generación mediante el recurso a unas paradojas forzadas; que puede dar a la gente una visión sana de los problemas sociales mediante unos trucos de prestidigitación literaria; que puede plantear cuestiones importantes mediante una lluvia de metáforas-cohete y «hechos» imprecisos, así como sustituyendo la imaginación por el buen juicio.”

Cito este párrafo con especial agrado, pues, por más que lo intente, el señor McCabe no logrará expresar hasta qué punto le reconozco a él y a su escuela su absoluta sinceridad y responsabilidad, su actitud filosófica. No dudo de que están convencidos de todas y cada una de las palabras que creen. Yo también estoy convencido de todas y cada una de las palabras que digo. Pero ¿por qué el señor McCabe exhibe una especie de misteriosa vacilación a la hora de admitir que yo estoy convencido de las cosas que digo? ¿Por qué no parece tan seguro de mi responsabilidad mental como yo lo estoy de la suya? Creo que si tratamos de responder bien a la pregunta, de manera directa, lograremos llegar a la raíz del asunto por el atajo más corto.

El señor McCabe no cree que yo sea serio, sino simplemente divertido, porque a él le parece que «divertido » es lo contrario de «serio». Pero «divertido» es lo contrario de «aburrido», nada más. La cuestión de si un hombre se expresa recurriendo a una fraseología grotesca o hilarante o, por el contrario, a otra solemne y contenida, no tiene que ver con el motivo o el estado moral, sino con el lenguaje instintivo y la expresión propia. Que el hombre decida decir la verdad con frases largas o con breves chascarrillos es un problema análogo al de si decide decir la verdad en francés o en alemán. Que un hombre predique su evangelio de manera grotesca o de manera seria, es una cuestión comparable a la de que lo predique en prosa o en verso.

La cuestión de si Swift era divertido en su ironía es una cuestión que poco tiene que ver con la de si Swift era serio en su pesimismo. Sin duda, ni siquiera McCabe afirmaría que cuanto más divertido sea Gulliver en sus métodos, menos sincero puede ser en su objeto. La verdad es, como ya he dicho, que en este sentido, las características de «lo divertido» y «lo serio» no tienen nada que ver la una con la otra, no son más comparables que lo negro y lo triangular. Bernard Shaw es divertido y sincero. George Robey es divertido, pero no sincero. El señor McCabe es sincero, pero no divertido.

Los ministros del gobierno, por lo general, no son ni sinceros ni divertidos.

Dicho en pocas palabras, el señor McCabe se halla bajo el influjo de una falacia fundamental que, según he descubierto, suele darse en los hombres de iglesia. Muchos miembros del clero me reprochan con cierta periodicidad que bromee con la religión. Y casi siempre invocan la autoridad de ese sensato mandamiento que dice: «No tomarás el nombre de Dios en vano». Y yo siempre respondo, cómo no, que de ningún modo tomo el nombre de Dios en vano. Tomar algo y bromear sobre ello no es tomarlo en vano. Es, por el contrario, tomarlo y usarlo para un fin excepcionalmente bueno. Usar algo en vano significa usarlo sin darle utilidad. Pero una broma puede resultar de gran utilidad; puede contener, para cada situación, todo el sentido de la Tierra, por no hablar de todo el sentido del cielo. Y los mismos que encuentran ese mandamiento en la Biblia, pueden hallar también en ella varias bromas. En el mismo libro en el que se advierte contra la posibilidad de tomar en vano el nombre de Dios, ese mismo Dios aturde a Job con un torrente de terribles ligerezas. En el mismo libro en que se afirma que el nombre de Dios no debe tomarse en vano, se habla con ligereza y despreocupación de un Dios que se ríe y guiña un ojo. Sin duda no es aquí donde debemos buscar ejemplos de lo que significa usar su nombre en vano. Y no resultará muy difícil entender dónde hemos de buscar. La gente (como he señalado con tacto) que realmente toma el nombre de Dios en vano son los propios religiosos. Lo fundamental y realmente frívolo no es una broma informal. Lo fundamental y realmente frívolo es una solemnidad informal.

Si el señor McCabe desea saber realmente qué clase de garantía de realidad y solidez viene incorporada al mero acto de lo que se conoce como «hablar seriamente», que pase un feliz domingo de ronda por los púlpitos. O, mejor aún, que se deje caer por la Cámara de los Comunes o la de los Lores. Incluso él admitiría que esos hombres son mucho más solemnes que yo. Y creo que incluso el señor McCabe admitiría que esos hombres son frívolos, mucho más que yo. ¿Por qué McCabe ha de mostrarse tan elocuente sobre el peligro que suponen los escritores fantásticos y paradójicos? ¿Por qué ha de ser tan ardiente en su deseo por escritores serios y verbosos? Escritores fantásticos y paradójicos no abundan demasiado. Por el contrario, existe un número gigantesco de escritores serios y verbosos; y es por culpa de estos últimos por lo que sigue existiendo y se halla en plena vigencia todo lo que McCabe detesta (que es lo mismo que detesto yo, dicho sea de paso). ¿Cómo puede haber sucedido que un hombre tan inteligente como el señor McCabe piense que la paradoja y la broma obstruyen el camino? Lo que obstruye el camino, en todos los aspectos del empeño moderno, es la solemnidad.

Son sus propios, sus favoritos «métodos serios»; son sus propios, sus favoritos «momentos trascendentales »; es su propia, su favorita «capacidad de juicio» lo que obstruye el camino en todas partes. Eso lo sabe todo el que ha encabezado una delegación ministerial; y lo sabe todo el que ha escrito una carta al Times. Todos los ricos que desean acallar las bocas de los pobres hablan de la «trascendencia del momento». Todo consejo de ministros que no tiene respuesta desarrolla de pronto la capacidad de mostrarse «juicioso». Todo aquel que recurre a «métodos viles» recomienda los «métodos serios». Hace un momento he dicho que la sinceridad no tiene nada que ver con la solemnidad, pero confieso que no estoy tan seguro de tener razón. En el mundo moderno al menos, no estoy seguro de tener razón.

En el mundo moderno, la solemnidad es el enemigo directo de la sinceridad. En el mundo moderno, la sinceridad está casi siempre de una parte, y la seriedad casi siempre de otra. La única respuesta posible al fiero y despreocupado ataque de la sinceridad es la respuesta miserable de la solemnidad. Dejemos que el señor McCabe, o cualquiera que crea que para ser sincero hay que ser serio, imagine simplemente la escena, en algún ministerio, en la que Bernard Shaw encabezara una delegación socialista para reunirse con Austen Chamberlain.

¿De qué parte estaría la solemnidad? ¿Y la sinceridad? Me alegra mucho, ciertamente, descubrir que McCabe me pone en el mismo saco que a Shaw en su sistema de condena de la frivolidad. Creo que en una ocasión dijo que le habría gustado que Bernard Shaw etiquetara todos sus párrafos como serios o jocosos. Yo ignoro qué párrafos del escritor deben ser etiquetados como serios. Pero no me cabe duda de que el párrafo en el que McCabe hace esa afirmación debería etiquetarse como jocoso. También afirma, en el artículo sobre el que trato aquí, que Shaw siempre dice deliberadamente lo que sus oyentes no esperan oír. No hace falta que me detenga en lo poco concluyente y débil de ese argumento, pues ya lo he abordado en el capítulo dedicado a Bernard Shaw. Baste aclarar aquí que la única razón seria que se me ocurre para que alguien se sienta movido a escuchar a otro es que aquél mire a éste con fe ardiente y atención fija, esperando que diga lo que no espera que diga. Tal vez se trate de una paradoja, pero eso es porque las paradojas son ciertas. Tal vez no sea racional, pero eso es porque el racionalismo no sirve. Es, sin duda, cierto que cuando acudimos a escuchar a un profeta o a un maestro, podemos esperar que sea ingenioso o no, que sea elocuente o no, pero siempre esperamos lo que no esperamos. Tal vez no esperemos la verdad, tal vez ni siquiera esperemos lo sensato, pero siempre esperamos lo inesperado. Si no esperamos lo inesperado, ¿qué estamos haciendo ahí? Si esperamos lo esperado, ¿por qué no nos sentamos en nuestra casa y lo esperamos a solas? Si McCabe sólo dice sobre Bernard Shaw que siempre ofrece a quienes le escuchan alguna aplicación inesperada de su doctrina, lo que dice no deja de ser cierto, aunque decir eso equivale a decir sólo que Shaw es un hombre original. Pero si lo que quiere decir es que Shaw ha profesado o predicado más de una doctrina, entonces lo que dice es falso. No me corresponde a mí defender al señor Shaw. Como ya se ha visto, estoy en absoluto desacuerdo con él. Pero no me importa, en su nombre, retar directamente a todos sus oponentes, entre ellos a McCabe. Le desafío a él, o a cualquier otro, a que mencione un solo caso en el que Shaw haya, en aras del ingenio o la novedad, asumido alguna postura que no pueda deducirse del cuerpo general de su doctrina tal como la expresa en otros escritos.

Me alegra admitir que he sido un estudiante razonablemente cercano de las ocurrencias de Shaw, y solicito al señor McCabe que, si no cree que estoy convencido de las cosas que digo, crea al menos que sí estoy convencido de este reto que le planteo.

Todo esto, sin embargo, es un paréntesis. Lo que aquí me ocupa de modo inmediato es la intimación que me hace el señor McCabe a no ser tan frívolo. Permítanme regresar al texto en el que me intimaba.

Hay, por supuesto, muchas cosas que podría expresar detalladamente al respecto. Pero empezaré diciendo que McCabe se equivoca al suponer que, a causa de la desaparición de la religión, el peligro que yo predigo es el del aumento de la sensualidad. Al contrario, más bien me atrevería a predecir una disminución de la sensualidad, porque lo que predigo es una disminución de la vida. Yo no creo que bajo el materialismo occidental moderno vayamos a vivir en la anarquía. Dudo que tengamos siquiera el suficiente coraje y el suficiente ánimo individuales como para gozar de libertad. Es una falacia bastante anticuada suponer que nuestra objeción al escepticismo es que suprime la disciplina de las vidas de las personas. Nuestra objeción al escepticismo es que suprime la fuerza motriz. El materialismo no es sólo algo que destruye la contención. El materialismo es, en sí mismo, la gran contención. La escuela de McCabe defiende la libertad política, pero niega la libertad espiritual. Es decir, preconiza la abolición de las leyes que podrían ser infringidas, y las sustituye por otras que no pueden serlo. Y esa es la verdadera esclavitud.

La verdad es que la civilización científica en la que cree McCabe tiene un defecto bastante concreto: tiende perpetuamente a destruir esa democracia o poder de los hombres ordinarios en los que McCabe también cree.

La ciencia implica especialización, y la especialización implica oligarquía. Si alguna vez creas el hábito de encomendar a unos hombres concretos la producción de unos resultados concretos en física o astronomía, estarás abriendo la puerta a una exigencia igualmente natural para que encomiendes a determinados hombres determinadas labores de gobierno y coerción sobre otros hombres. Si te parece razonable que un escarabajo sea el único campo de estudio de un hombre, y que ese hombre sea el único estudioso de ese escarabajo, será sin duda una consecuencia inofensiva afirmar que la política debería ser el único campo de estudio de un hombre, y que ese hombre ha de ser el único estudioso de la política. Como he señalado en otros pasajes de esta obra, el experto es más aristócrata que el aristócrata, porque el aristócrata no es más que el hombre que vive bien, mientras que el experto es el hombre que sabe más. Pero si observamos el progreso de nuestra civilización científica vemos un aumento gradual, por todas partes, del especialista respecto de la función popular.

Antes, los hombres se sentaban alrededor de una mesa y coreaban sus canciones al unísono; hoy, un hombre canta solo, por la absurda razón de que lo hace mejor que los demás. Si la civilización científica prosigue (algo altamente improbable) sólo un hombre reirá, porque sabrá hacerlo mejor que el resto.

No sé si puedo expresar esta idea con mayor brevedad que si tomo la frase del señor McCabe que dice así: «Los ballets de la Alhambra y los fuegos artificiales del Palacio de Cristal, así como los artículos de Chesterton en el Daily News, tienen su lugar en la vida». Me encantaría que mis artículos tuvieran un lugar tan noble como las otras dos cosas que menciona. Pero preguntémonos (con espíritu de concordia, como diría el señor Chadband), qué son los ballets de la Alhambra. Los ballets de la Alhambra son unas instituciones en las que un grupo muy selecto de personas vestidas de rosa ejecuta una operación conocida como baile. Pues bien, en todas las comunidades dominadas por una religión – en las comunidades cristianas de la Edad Media, así como en muchas sociedades primitivas –, el hábito de bailar era común a todo el mundo, y no se veía necesariamente restringido a una clase profesional. La persona podía bailar sin ser bailarina; la persona podía bailar sin ser especialista; la persona podía bailar sin ir de rosa. Y, en la medida en que más avanza la civilización científica del señor McCabe – esto es, en la medida en que una civilización religiosa (o una civilización real) entra en decadencia –, cuanto «mejor adiestrada», cuanto más rosa se vuelve la gente que baila, más numerosa es la gente que no baila. Tal vez el señor McCabe reconozca un ejemplo de lo que digo en el descrédito gradual que en la sociedad merece el viejo vals europeo, lo mismo que el baile en grupo, y su sustitución por ese horrible y degradante interludio oriental que se conoce como la «danza de la falda». En él se encierra la esencia misma de la decadencia, la sustitución de cinco personas que hacen algo para divertirse por una sola persona que lo hace por dinero. Pues bien, cuando McCabe afirma que los ballets de la Alhambra y mis artículos tienen «su lugar la vida», hay que hacerle constar que él se está esforzando al máximo por crear un mundo donde el baile, como tal, no tendrá ninguna cabida en esta vida. En efecto, trata de crear un mundo en el que ya no habrá vida para que tenga cabida en él un baile. El hecho mismo de que McCabe crea que el baile tiene que ver con unas mujeres contratadas para ejecutar sus movimientos en la Alhambra ilustra el mismo principio por el que es capaz de pensar en la religión como en algo que tiene que ver con hombres contratados y vestidos con alzacuellos. En ambos casos se trata de cosas que no deberían ser hechas para nosotros sino por nosotros. Si McCabe fuera verdaderamente religioso, sería feliz. Y si todos fuéramos felices, bailaríamos.

En pocas palabras, el asunto puede expresarse de la siguiente manera: el sentido fundamental de la vida moderna no es que los ballets de la Alhambra tengan un sitio en esta vida. El sentido principal, la gran tragedia principal de la vida moderna es que el señor McCabe no tenga un lugar en los ballets de la Alhambra. La dicha de cambiar de postura con gracia, la dicha de adecuar el ritmo de la música al movimiento de los miembros, la dicha de hacer girar la ropa, la dicha de sostenerse con un pie..., todas esas cosas deberían formar parte de los derechos del señor McCabe, y de los míos, y, resumiendo, de todos los ciudadanos corrientes y saludables. Tal vez no de­bié­­ramos consentir someternos a esas evoluciones. Pero eso es porque somos unos modernos tristes y racionalistas. No sólo nos amamos a nosotros mismos más de lo que amamos el deber; nos amamos a nosotros mismos más de lo que amamos la dicha.

Cuando, por tanto, el señor McCabe afirma que otorga a las danzas de la Alhambra (y a mis artículos) su lugar en la vida, creo que contamos con justificación para señalar que, por la naturaleza misma de lo que su filosofía y su civilización favorita defienden, les otorga un lugar muy inadecuado. Pues (si se me permite seguir con el paralelismo, elogioso en exceso), el señor McCabe cree que la Alhambra y mis artículos son dos cosas de lo más curiosas y absurdas, que algunas personas concretas hacen (seguramente por dinero) para divertirle a él. Pero si él hubiera sentido alguna vez el antiguo, sublime, elemental y humano instinto de danzar, habría descubierto que danzar no es nada frívolo, sino algo muy serio. Habría descubierto que se trata del método más serio, casto y decente de expresar cierto tipo de emociones. Y, de manera análoga, si alguna vez hubiera sentido el impulso – como lo hemos sentido Bernard Shaw y yo – de expresar lo que él llama paradojas, habría descubierto también que la paradoja no es nada frívola, sino algo muy serio. Habría descubierto que una paradoja no es más que una cierta dicha desafiante que pertenece al ámbito de la creencia. Yo vería como civilización defectuosa, desde el punto de vista plenamente humano, aquella que no practicara el hábito universal del baile alegre y ruidoso. De la misma manera, vería como defectuosa cualquier mente que no cultivara el hábito de pensar alegre y ruidosamente. Es un acto de vanidad que el señor McCabe afirme que el ballet es parte de él. Debería ser él quien fuera parte del ballet. De lo contrario, él sería sólo hombre en parte.

Es un acto de vanidad que diga que «no discute sobre el traslado del humor a la controversia». Él debería trasladar el humor a toda controversia, pues a menos que un hombre sea en parte humorista, sólo será hombre en parte. Para resumir de manera muy simple la cuestión, si el señor McCabe me pregunta por qué traslado la frivolidad a una discusión sobre la naturaleza del hombre, le responderé que es porque la frivolidad forma parte de la naturaleza del hombre. Si me pregunta por qué introduzco lo que él llama paradojas en los problemas filosóficos, le responderé que es porque todos los problemas filosóficos tienden a volverse paradójicos.

Si objeta que yo trato la vida con descaro, le responderé que la vida es descarada. Y le digo que el universo, al menos tal como yo lo veo, se parece mucho más a los fuegos artificiales del Palacio de Cristal que a su propia filosofía. En todo el cosmos se da una tensa y secreta festividad que se parece a los preparativos del día de Guy Fawkes. La eternidad es la víspera de algo.

Yo no contemplo nunca las estrellas sin sentir que son los cohetes de algún niño, inmóviles en su caída perpetua.


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