
por Jesús Miguel Santos Roman
Tomado de Hispánitas (que desgraciadamente se disolvió el 24 de Septiembre)
Para todos aquellos que se avergüenzan de España. Para todos aquellos que bajan la cabeza y no saben qué contestar cuando se injuria a nuestra Patria. Para todos aquellos que sienten temor de investigar en nuestra Historia porque piensan que van a encontrar una España oscura, umbría, dominadora, corrompida, supersticiosa, genocida, fanática. Para aquellos que denigran a la Iglesia Católica como azote de indios.
No cabe duda, nos han tejido una leyenda negra alrededor de los ojos, que no nos permite ver con claridad lo que fue y significó el Imperio español. En ningún caso negaremos que se produjeron abusos. Eso sería traicionar a los que lucharon contra todo tipo de injusticias. Eso sería como decirles: “de nada sirvió cuanto hicisteis, en vano os esforzasteis, pues no existió ningún abuso en América”. Y, sin embargo, yo pregunto ¿hubo otra Corona sobre la faz de la tierra más preocupada que España por la Justicia? La Historia del Imperio español es la Historia de una Corona preocupada por la legitimidad de su presencia en América, dejando de lado toda consideración económica, con esa despreocupación por uno mismo que una vez alabara Pericles refiriéndose a los gloriosos atenienses.
Todo comenzó en aquel temprano tercer domingo de Adviento de 1511. No hacía ni veinte años que las tres carabelas de alas blancas habían surcado los vientos a lomos del colosal Atlántico, y ya la voz del dominico Antonio de Montesinos resonaba por todos los rincones del incipiente Imperio clamando contra las injusticias cometidas por los primeros colonos de aquellas tierras vírgenes. ¿Y cuál fue la reacción de aquella terrible y sanguinaria Corona española? Ni más ni menos que llamar a ese monje insignificante de La Española a presencia del mismísimo Rey Fernando el Católico. Y ahí, postrado de rodillas, en una de esas imágenes que quedan para la eternidad, tenéis a Fray Antonio de Montesinos, leyendo para el Rey las injusticias que algunos hijos de España habían cometido impunemente en las Américas. A esta voz siguieron muchas otras, unas más conocidas, otras totalmente ignoradas por el común de los españoles, como las de Fray Bartolomé de las Casas, el padre Pedro de Córdoba, Jerónimo de Mendieta, Francisco de Vitoria, Jerónimo de Loaysa, Domingo de Cárdenas, José de Acosta, Luis Sánchez y un larguísimo etcétera. Y que nadie se extrañe de ver entre estos nombres muchos fray y padre, porque aquella Iglesia Católica, para muchos oscurantista e inquisidora, fue la valedora de indios, la protectora de indígenas, la Madre de las Américas.
¿Pero es que acaso la Corona española se quedó de brazos cruzados ante estas atrocidades? Ni mucho menos. En 1512 Su Majestad Católica Fernando de Aragón convocaba una Asamblea presidida por Rodríguez de Fonseca, Obispo de Palencia. Dicha Asamblea declararía ese mismo año la ineludible libertad de los indios, que debían ser instruidos en la fe y ejercitados en el trabajo, el cual había de ser siempre provechoso para ellos y comportar un sueldo justo, así como un inexcusable tiempo de ocio.
Aunque suene a jerga socialista decimonónica, creedme que fue dictaminado por una asamblea de juristas y teólogos. Y por si esto fuera poco, como reclamaba Fray Pedro de Córdoba, superior dominico de La Española, en 1513 se reunía en Valladolid una nueva Junta de teólogos y juristas para dictar una suerte de leyes complementarias. Con todo este material legislativo y filosófico, nacía el célebre Requerimiento, un documento que recogía la justificación de la presencia española en las Américas desde el punto de vista religioso y del Derecho Internacional de la época. Era Su Santidad, el Pontífice Romano, como vicario de Cristo en la tierra, quien había donado aquellas tierras a los Reyes Católicos con la misión de evangelizar y civilizar a sus gentes, sin hacerles la guerra ni imponer nada por la fuerza, a fin de que aceptaran el mensaje divino y la cultura occidental con buen ánimo. Tan sólo se podía hacer la guerra a los indios en caso de que se resistieran violentamente al mensaje que les llevaban pacíficamente los españoles. De manera que España no acudía a las Indias occidentales como corsario que marcha, sable entre los dientes, a repartirse el botín, sino que asumía el deber de llevar el evangelio de Cristo a aquellos indios, a los que, por tanto, no se consideraba animales, sino seres humanos susceptibles de redención y de condenación, de grandeza moral y de vileza, y de todas las cosas admirables y temibles de que es capaz el hombre. Ningún español podía abrir hostilidades contra los indios sin antes haberles dado a conocer en su propia lengua el contenido de este Requerimiento, y sin haberles ofrecido pacíficamente la amistad de la Monarquía española.
Ahora bien, ¿podemos, por tanto, creer sin más a quienes, como Bartolomé de las Casas, hacían responsable a España de todos los males de los indígenas? ¿Realmente se produjo un exterminio masivo e irracional de los habitantes de aquellas tierras? Parece que las cosas no están tan claras. El principal problema al que se enfrentaba la Monarquía española era la ingente y desmedida cantidad de documentos que llegaban desde las Américas, con todo tipo de informaciones contradictorias y discordantes. No podemos perder de vista que las comunicaciones de aquel entonces no eran las del momento presente, y así tenemos que juzgar la actuación de las Instituciones españolas en las Indias occidentales. La pregunta era ¿a quién creer en medio de ese torrente de documentos, testimonios y alegatos? No podemos olvidar que los españoles portaban enfermedades desconocidas, y muchos indígenas morían por su propia debilidad. No creo que nadie culpe a los españoles por ello, aunque uno nunca deja de sorprenderse. Tampoco se puede hacer caso a quienes nos presentan las Indias precolombinas como un paraíso inmaculado y virginal donde no existía el pecado y todos vivían felices hasta que los españoles llevaron el mal a aquellas tierras. Las tribus indígenas vivían en la absoluta barbarie, enzarzadas en numerosas e interminables guerras tribales, en las que se exterminaban sin piedad unas a otras, sometiendo en muchas ocasiones a poblaciones limítrofes con el fin de obtener carne humana y prisioneros con vistas a sacrificios rituales. Tal cosa desagradaba sobremanera a los españoles, muchos de los cuales trataban de salvar sin demasiado éxito la vida de los indígenas. José de Acosta, que conoció el Perú de primera mano y fue defensor consagrado de los indios, no escondió la realidad de los indígenas: los monarcas incas ejercían un poder despótico y sanguinario sobre unos súbditos sometidos a una administración totalmente centralizada y rígida, caracterizada por el fanatismo religioso y una feroz actividad represiva. No cabe duda de que, en no pocas ocasiones, los españoles, a pesar de sus faltas, fueron sin duda más humanos que los indios. Si alguien no me cree, que consulte los documentos de la época.
Y, si grande fue la actuación de los Reyes Católicos con respecto a las Indias, no menos importante fue la de Carlos I. ¿Qué otro Emperador en todo el orbe terrestre reconoció nunca los errores de sus súbditos en una guerra de conquista, ni trató de ponerles remedio como problema que afectaba a su propia conciencia? Y sin embargo, no hacía mucho que el temible Carlos I había ascendido al trono y ya en 1526 dictaba las Ordenanzas de Granada, a través de las cuales trataba de reformar todo el sistema sobre el que se había asentado la colonización americana. ¿Quién podrá condenar a Su Majestad Imperial, cuya preocupación por este asunto llegó hasta el punto de suspender la cesión de licencias y sobreseer las ya concedidas hasta que se investigara a fondo el problema, se castigara a los culpables y se diera remedio a la situación? Y si esto parece poco, para quienes hicieran esclavos a los indios se preveían las penas de pérdida de bienes, oficios y privilegios, la expulsión e incluso la pena de muerte. El Emperador nunca se caracterizó por su mano blanda.
Y mientras el Imperio se extendía hacia México de la mano de Hernán Cortés y hacia el Imperio incaico bajo la espada de Francisco Pizarro, la Corona no se cansaba de escuchar a quienes, como Bartolomé de las Casas, Alonso de Veracruz o José de Acosta tenían algo que objetar a la legitimidad de la presencia española en América, o criticaban la actuación de los colonos para con los indios. Pero, sin duda, a partir de 1534, hay un punto de inflexión con la entrada en escena del genial dominico Francisco de Vitoria. Esta figura clave de la Escuela de Salamanca dará una nueva interpretación a la legitimidad de la presencia española en las Américas, tratando de superar aquellas tesis medievales. De Vitoria centró su actividad en recordar, como siempre lo hizo la doctrina de la Iglesia, que el poder, en este caso el ejercicio de la autoridad por parte de los españoles, debía estar siempre ordenado al bienestar y utilidad de los indios más que al propio bienestar de los hispanos. Con Francisco de Vitoria queda definitivamente resuelto, si es que quedaba alguna duda, la hominidad de los indios. Quizá el mero hecho de preguntarse si se trataba de hombres o animales escandalice a muchos, pero no olvidemos que el Imperio inglés ni siquiera se cuestionaba asuntos de esta índole; evidentemente, para los ingleses, los negros no eran humanos. El dominico burgalés afirmaba con rotundidad que los indígenas eran seres humanos que debían ser tratados como tales. A pesar de su pecado de idolatría y sus crímenes contra la Ley Natural, jamás debían ser privados de sus bienes, de su libertad y de su derecho a gobernarse a sí mismos. Ahora bien, de Vitoria no era ningún alocado neomarxista. Jamás negó el derecho y el deber del Rey de España de intervenir para acabar con todas las prácticas ominosas que atentaban contra la Ley Natural entre aquellas gentes, e incluso aconsejaba que el Emperador tomase las medidas necesarias para ir suprimiendo el paganismo de forma prudente y sin violentar ninguna conciencia. De Vitoria jamás criticó la presencia española en las Américas, que siempre se consideró como algo positivo y beneficioso para los indios. Abandonar la empresa evangelizadora y civilizadora sería una traición criminal e inmoral contra aquellos nativos que ya habían abrazado la fe católica y habían comenzado a abandonar la barbarie y el salvajismo, así como contra los españoles e hijos de españoles que ya se habían instalado definitivamente al otro lado del Atlántico.
No cabe duda de que el ejemplo de Francisco de Vitoria fue una llama que inflamó los corazones de decenas de seguidores en la Escuela de Salamanca, y ésta se convirtió a su vez en un foco que irradió luz a todo el Imperio. Se podrá estar o no de acuerdo con las ideas de esta Escuela, pero no cabe duda de que lo dieron todo para lograr una reconversión colonial basada en la realización de la Justicia y la defensa del indio, cuya promoción y salvación constituían el fin último de la presencia española en las Américas. Domingo de Soto, Juan de la Peña, Melchor Cano, Diego de Covarrubias, Bartolomé de Medina, Báñez, Suárez y tantos otros que no callaron sus anhelos de Justicia, que no ocultaron ni disculparon las responsabilidades de cuantos obraron mal, pero que siempre fueron conscientes de que España era portadora de bien, de civilización y de redención para los indígenas, y nunca de dominación o exterminio. Ése es el glorioso pilar de la Hispanidad. Asimismo, no podemos perder de vista que la Escuela de Salamanca no se quedó en una mera generación de pensadores teóricos o utópicos. Es un hecho que influyeron en los Monarcas, los Consejos, las Instituciones, la cultura, y, en definitiva, en la conciencia nacional de todos los españoles de bien.
Si nos tildaron de intolerantes, que lean a José de Acosta y su defensa de la tolerancia religiosa (pero de la verdadera tolerancia, que es la cristiana). Si nos acusaron de fanáticos, que lean sus escritos acerca de la libertad religiosa. Si nos tacharon de imposición evangelizadora, de hipocresía y de promoción de las conversiones superficiales, que lean a Juan de la Peña y sus enseñanzas acerca de la coacción religiosa y política. ¿Quién puede hablar de crimen cultural si en todo momento se defendió el bilingüismo (para información de muchos, fueron los jesuitas quienes dieron forma escrita a lenguas indígenas como el quechua o el guaraní), si se levantaron decenas de universidades, si la idiosincrasia americana actual es sin duda fruto de la comunión perfecta entre las dos culturas, europea y americana?
De nuevo en 1542, a propuesta de las Cortes de Valladolid, el Emperador retomaba las armas legislativas de que disponía y promulgaba las Leyes Nuevas, que habrían de ser aplicadas por una legión de visitadores y burócratas exportados a las Américas con esta misión, elegidos entre los más honrados de los honrados. Es notorio el indescriptible esfuerzo de la Corona española, como notoria fue la influencia de la Escuela de Salamanca en la elaboración de estas leyes, que reorganizaron las estructuras de poder indianas, desde el Real Consejo de Indias hasta la Real Hacienda, pasando por Audiencias, Gobernadores y Justicias Menores. Todo ello para asegurar que se ponía fin a la esclavitud de cualquier indio, fuere cual fuere la causa por la que cayó en tal desgracia, y garantizar la libertad de los indígenas, así como el respeto a sus personas, bienes y costumbres. En definitiva, para descargar su conciencia (de Carlos I) y hacer todo aquello que un católico Príncipe debe en el buen gobierno de sus vasallos. Y todo ello traducido a la lengua de cada tribu, con orden de reunir a los caciques y principales de cada tribu y enseñarles cuáles eran sus derechos, cuándo se había cometido injuria contra ellos y cómo debían reclamar Justicia ¿Se puede pedir algo más? ¡Hasta se creó un Defensor de los Indios!
Tal fue el entusiasmo en la defensa del indio, que el visitador Tomás López Medel hubo de salir al paso de estas reformas clamando por la moderación. No todo se ha de hacer de una vez, afirmaba indignado cosas hay que es mejor dejarlas para que el tiempo las conforme. Las que tuvieren necesidad de reformación, que se haga poco a poco y no de golpe. Sus escritos no tienen desperdicio: se ha deformado la verdad al acumular las quejas y acusaciones, al hacer ahora lo que los conquistadores hicieron hace años por necesidad y para defensa propia, mezclando y revolviendo tiempos, lo de los tiempos pasados diciendo que es ahora y lo que hizo un desatinado imputándolo a todos y haciendo a todos malos y todos los tiempos uno. López Medel tenía muy claro que para aprender a ser hombres y usar de las cosas correctamente, los indios tienen necesidad de españoles evangelizadores, enseñadores y maestros mecánicos en estos duros principios, y que no se podía pretender una reforma tan ambiciosa como la de la Corona, pues por liberar a los indios de una supuesta dominación se podía caer en el peligro, muchas veces real, de obligarlos a volver al salvajismo y a la penuria. Incluso, nos dice López Medel, se habían entablado relaciones de amistad entre los indios y muchos españoles o criollos, y que las Leyes Nuevas habían distorsionado en numerosas ocasiones esta armonía al tener a los españoles por malos y dominadores. Y quiero que quede claro que cuando hablamos de Tomás López Medel no estamos hablando de un loco reaccionario, protector de injusticias, sino de un hombre que reclamaba la cesación de la esclavitud, la justicia tributaria, el fin del despilfarro por parte de los españoles, la colaboración entre indios y criollos en el gobierno de la patria común, el envío desde España de labradores, maestros y oficiales que enseñaran oficios a los indios, así como las normas básicas de higiene, urbanidad y convivencia política, etc. Verdaderamente, López Medel es uno de los grandes olvidados de nuestra Historia, que merecería ser estudiado con detenimiento.
Y así, en este punto, sería oportuno concluir este artículo, que podría ser cabeza de muchos otros, no queriendo alargar más su contenido puesto que la finalidad principal no es exponer todo cuanto ocurrió en aquellos gloriosos siglos, sino despertar el interés de los lectores y alentar al estudio a cuantos esta nefasta leyenda negra que nos han tejido condenó al silencio pesaroso y conforme. ¡Ánimo! Vamos a levantar a esta tímida España caída, y a coronarla con la única diadema que puede y debe embellecerla, que es la diadema de la Hispanidad.
¡Viva España!