jueves, 5 de febrero de 2009

Ortodoxia (9 y último)




por Gilbert K. Chesterton


IX




La autoridad y el aventurero











l capítulo anterior estuvo dedicado al argumento que la ortodoxia no es tan sólo la única guardiana segura de la moralidad y el orden – como se afirma con frecuencia – sino que también es la guardiana lógica de la libertad, la innovación y el avance. Si queremos derrocar al próspero opresor, no podemos hacerlo con la nueva doctrina de la perfectibilidad humana; pero sí podemos hacerlo con la antigua doctrina del Pecado Original. Si queremos arrancar de raíz crueldades innatas o elevar poblaciones sojuzgadas, no podemos hacerlo con la teoría científica que sostiene que la materia tiene primacía por sobre la mente; pero podemos hacerlo con la teoría sobrenatural de que la mente tiene primacía por sobre la materia. Si queremos despertar en las personas la conciencia social y la incansable búsqueda de las buenas prácticas, no podremos hacer gran cosa insistiendo con el Dios Inmanente y con la Luz Interior; porque éstos, en el mejor de los casos, son motivos de gracia personal. Pero sí podemos ayudar mucho insistiendo con el Dios trascendente y con el resplandor que vuela y se escapa; porque eso significa descontento divino. Si queremos afirmar en forma especial la idea de un generoso contrapeso a una espantosa autocracia, instintivamente seremos trinitarios en lugar de unitaristas. Si deseamos que la civilización europea sea aventurera y salvadora, nos conviene insistir en que las almas se encuentran en real peligro y no en que el peligro, en última instancia, es irreal. Y si queremos exaltar a los marginados y a los crucificados, será mejor que pensemos en que el verdadero Dios fue crucificado y no en que lo fue un simple sabio o un héroe. Pero, por sobre todo, si queremos proteger a los pobres, tendremos que estar a favor de reglas bien establecidas y dogmas claros. Las reglas de un club están a veces a favor del socio pobre. La tendencia del club está siempre a favor del rico.

Y así llegamos a la cuestión crucial que realmente cierra a todo el asunto. Un agnóstico razonable, si por casualidad ha estado de acuerdo conmigo hasta aquí, puede volverse y decir: “Usted ha encontrado una filosofía práctica en la doctrina de la Caída; muy bien. Ha encontrado un aspecto de la democracia que ahora se descuida peligrosamente y que fue afirmada con sabiduría en el Pecado original; está bien. Ha encontrado una verdad en la doctrina del infierno; lo felicito. Usted está convencido de que los fieles de un Dios personal miran hacia el mundo y son progresistas; los felicito a todos. Pero, aún suponiendo que esas doctrinas contienen estas verdades ¿por qué no puede usted tomar las verdades y dejar las doctrinas? Concedamos que la sociedad moderna confía demasiado en los ricos porque no tiene en cuenta las debilidades humanas; concedamos que las épocas ortodoxas tuvieron una gran ventaja porque – creyendo en la Caída – previeron esas debilidades humanas. ¿Por qué no puede usted admitir las debilidades humanas sin creer en la Caída? Si ha descubierto que la idea de la condena eterna representa una saludable idea de peligro, ¿por qué no puede usted simplemente tomar la idea del peligro y dejar la de la condena eterna? Si ve claramente el núcleo de sentido común en la médula de la ortodoxia cristiana, ¿por qué no puede tomar el núcleo y dejar la médula? Tanto como para utilizar una frase de los diarios que yo, como agnóstico altamente académico, empleo con algo de vergüenza: ¿por qué no puede usted tomar lo que es bueno en el cristianismo, aquello que se puede definir como valioso, lo que se puede comprender, y no abandona todo el resto, todos los dogmas absolutos que por su propia naturaleza resultan incomprensibles?” Ésta es la cuestión real; ésta es la cuestión última; y es un placer tratar de contestarla.

La primera respuesta sería decir simplemente que soy un racionalista. Me gusta tener alguna justificación intelectual para mis intuiciones. Si estoy tratando al hombre como a un ser caído, me resulta intelectualmente conveniente creer en que cayó; y, por alguna extraña razón psicológica, me parece que puedo manejarme mejor con el ejercicio que una persona hace de su libre albedrío si creo que lo tiene. Pero en esta cuestión soy aún más decididamente racionalista. No me propongo convertir este libro en otra apologética cristiana común; en alguna otra oportunidad, con mucho gusto me encontraré con los enemigos del cristianismo en esa arena más evidente. Aquí estoy tan sólo dando cuenta de mi propio incremento en certeza espiritual. Pero séame permitido hacer una pausa para subrayar que, mientras más pude ver de los argumentos abstractos contra la cosmología cristiana, menos impresión me causaron. Lo que quiero decir es que, después de haber encontrado que la atmósfera moral de la Encarnación era de sentido común, al considerar los argumentos intelectuales usuales en contra de la Encarnación hallé que constituían un sinsentido común. Para el caso que se piense que el argumento sufre de la carencia de la apologética habitual, resumiré aquí brevemente mis propios argumentos y conclusiones sobre la verdad puramente objetiva o científica de la cuestión.

Si me preguntan, en términos puramente intelectuales, por qué creo en el cristianismo, sólo puedo responder: “Por la misma razón por la que un agnóstico inteligente descree del cristianismo.” Creo en él, bastante racionalmente, basándome en la evidencia. Pero la evidencia, tanto en mi caso como en el del agnóstico inteligente, no está realmente en ésta o en aquella supuesta demostración; está en la enorme acumulación de pequeños pero unívocos detalles. No hay que criticar al secularista porque sus objeciones al cristianismo son diversas y hasta fragmentarias; son precisamente esas pruebas fragmentarias las que realmente convencen a la mente. Lo que quiero decir es que una persona puede quedar menos convencida por cuatro libros que por un libro, una batalla, un paisaje y un viejo amigo. El sólo hecho de que las cosas sean de diferentes categorías aumenta la importancia del hecho de que todas apuntan hacia la misma dirección. Ahora bien, el anticristianismo del hombre educado promedio de la actualidad, está construido – hagámosle justicia – con estas experiencias inconexas pero vividas. Lo único que puedo decir es que mis pruebas a favor del cristianismo son de la misma vívida pero variada clase que las que él esgrime en su contra. Porque cuando me pongo a considerar estas variadas verdades anticristianas, simplemente descubro que ninguna de ellas es cierta. Descubro que toda la marea y toda la fuerza de los hechos fluye hacia el lado opuesto. Tomemos casos concretos. Más de un hombre moderno, sensato, debe haber abandonado el cristianismo bajo la presión de tres convicciones convergentes como por ejemplo las siguientes: primero, que los seres humanos, con sus formas, sus estructuras y su sexualidad, son, después de todo, muy parecidos a los animales y constituyen tan sólo una variedad del reino animal; segundo, que la religión primigenia surgió por miedo e ignorancia; y tercero que los sacerdotes han devastado a las sociedades con amarguras y oscurantismos. Estos tres argumentos contra el cristianismo son muy diferentes; pero resultan bastante lógicos y legítimos; y todos ellos convergen. La única objeción que se les puede hacer – según descubrí – es que son todos falsos. Si dejamos de mirar los libros escritos acerca del hombre y los animales, si empezamos a observar a los animales y a los hombres, podremos ver – con sólo un poco de humor o de imaginación, con sólo un poco de sentido por lo ridículo y lo absurdo – que lo sorprendente en el hombre y el animal, no es lo similares que parecen sino lo diferentes que son. Es la monstruosa divergencia la que exige una explicación. Que el hombre y el animal son similares es, en cierto sentido, una obviedad. Pero que, siendo similares, sean tan increíblemente diferentes, eso es lo asombroso y lo enigmático. Que el mono también tenga manos es mucho menos interesante para el filósofo que el hecho de que, teniendo manos, no hace casi nada con ellas: no juega a hacerse sonar los nudillos ni toca el violín, no talla el mármol ni carda la lana. Hay personas que hablan de la arquitectura bárbara y del arte primitivo. Pero los elefantes no construyen templos de marfil, ni siquiera en estilo rococó; los camellos no pinta ni siquiera cuadros malos, aún cuando están equipados con material suficiente para muchos pinceles de pelo de camello. Algunos soñadores modernos dicen que las hormigas y las abejas tienen sociedades superiores a la nuestra. Tienen, por cierto, una civilización; pero esa misma verdad sólo nos recuerda que es una civilización inferior. ¿Alguien ha hallado alguna vez un hormiguero decorado con estatuas de hormigas famosas? ¿Quién ha visto jamás un panal con las imágenes de las estupendas reinas de antaño? No. Es posible que el abismo entre el hombre y las demás criaturas tenga una explicación natural; pero sigue siendo un abismo. Hablamos de animales salvajes pero el hombre es el único animal salvaje. Es el hombre el que se ha escapado. Todos los demás animales son animales mansos; siguen la tosca respetabilidad de su tribu o de su tipo. Todos los otros animales son animales domesticados; sólo el hombre es siempre el indomesticado, ya sea como libertino o como monje. De modo que este primer motivo superficial para el materialismo es – si es que constituye algo – un motivo para lo opuesto. Exactamente allí dónde termina la biología es que comienza toda religión.

Pasaría lo mismo si examinara el segundo de los tres argumentos racionalistas tomados al azar; el argumento según el cual todo lo que llamamos divino comenzó con algún oscurantismo y en el terror. Cuando intenté examinar los fundamentos de esta idea moderna, simplemente encontré que no había ninguno. La ciencia no sabe nada en absoluto del hombre prehistórico por la excelente razón de que es prehistórico. Unos pocos profesores eligieron conjeturar que cosas tales como el sacrificio humano alguna vez fueron inocentes y generalizadas, y que desaparecieron gradualmente; pero no hay pruebas directas de ello, y la poca evidencia que hay apunta en sentido contrario. En las más antiguas leyendas que tenemos, como las de Isaac y la de Ifigenia, el sacrificio humano no está presentado como algo antiguo sino como algo nuevo; como una extraña y espantosa excepción oscuramente demandada por los dioses. La historia no nos dice nada, y todas las leyendas dicen que la tierra fue más amable en sus primeros tiempos. No hay una tradición del progreso; pero todo el género humano tiene una tradición acerca de la Caída. Es bastante cómico, pero la misma difusión de la idea es utilizada en contra de su autenticidad. Las personas ilustradas dicen que la calamidad prehistórica de la Caída no puede ser cierta porque todas las razas de la humanidad la recuerdan. No puedo marchar al paso de estas paradojas.

Y sería lo mismo si tomáramos el tercer ejemplo al azar, el de la opinión que los sacerdotes oscurecen y amargan al mundo. Miro al mundo y simplemente descubro que no lo hacen. Aquellos países de Europa que todavía están influenciados por sacerdotes son exactamente los países dónde todavía se canta y se baila, y hay trajes multicolores y arte al aire libre. La doctrina y la disciplina católicas pueden ser paredes; pero son paredes de un campo de juegos. El cristianismo es el único marco que ha preservado el placer del paganismo. Podemos imaginarnos a unos niños jugando sobre el pasto de la cima achatada de una alta isla en el mar. Mientras haya una pared alrededor de los acantilados, estos niños podrían jugar a cualquier juego, por más loco que fuese, convirtiendo a todo el lugar en el más bullicioso de los jardines de infantes. Pero las paredes fueron derrumbadas, dejando desnudo el peligro del precipicio. Los niños no cayeron al mar; pero cuando sus amigos regresaron para verlos, los encontraron a todos apiñados de terror en el centro de la isla y sus canciones habían terminado.

De este modo, estos tres hechos concretos – hechos que hacen a un agnóstico – resultan totalmente invertidos desde este punto de vista. Me dejan diciendo: “Dadme una explicación, primero, de la gigantesca diferencia del hombre respecto de los animales; segundo, de la extendida tradición de una original felicidad; tercero, de la continuidad parcial de esa alegría pagana en los países de la Iglesia Católica”. En todo caso, hay una explicación que satisface a las tres cuestiones: la teoría de que dos veces el orden natural fue interrumpido por alguna explosión o revelación del tipo que hoy las personas llaman “psíquica”. La primera vez, el Cielo vino a la tierra con un poder o un sello llamado la imagen de Dios mediante la cual el hombre tomó el comando de la Naturaleza; y la siguiente vez – cuando en imperio tras imperio hubo hombres que lo ansiaron – el Cielo vino a salvar a la humanidad en la tremenda figura de un hombre. Esto explicaría por qué la enorme mayoría de los hombres siempre miran hacia el pasado; y por qué el único rincón en dónde tiene sentido mirar hacia adelante es en el pequeño continente en dónde Cristo tiene Su Iglesia. Ya sé que se me dirá que el Japón se ha vuelto progresista. Pero ¿cómo puede esto ser una respuesta si al decir “Japón se ha vuelto progresista” no hacemos más que decir “Japón se ha vuelto europeo? ” Pero no quisiera insistir tanto en mi propia explicación sino más bien en mi observación original. Estoy de acuerdo con la persona descreída común de la calle en estar guiado por tres o cuatro raros hechos apuntado, todos, a algo; es sólo que, cuando me tomé la molestia de mirar los hechos, siempre descubrí que apuntaban hacia algo diferente.

He ofrecido una tríada imaginaria de esos argumentos anticristianos. Por si eso parece una base demasiado estrecha, puedo ofrecer en el acto otra más. Está esa clase de pensamientos que, en combinación, dan la impresión de que el cristianismo es una cosa débil y enfermiza. Primero, por ejemplo, que Cristo fue una persona tierna, ovejuna e ingenua; una simple apelación inefectiva al mundo. Segundo, que surgió y floreció en las oscuras épocas de la ignorancia y que la Iglesia nos arrastrará hacia dichas épocas. Tercero, que las personas que siguen siendo fuertemente religiosas o, si se quiere, supersticiosas – como los irlandeses – son débiles, poco prácticas y atrasadas. Menciono estas ideas sólo para afirmar lo mismo de antes: que, cuando las analicé en forma independiente, hallé, no que las conclusiones no eran filosóficas, sino simplemente que los hechos no eran hechos. En lugar de ir a mirar libros y dibujos sobre el Nuevo Testamento, fui y leí el Nuevo Testamento. Al que encontré allí no fue en lo más mínimo una persona peinada con la raya al medio o con las manos unidas en plegaria, sino a un ser extraordinario con labios de trueno y acciones de recia decisión; alguien que volcaba mesas, echaba demonios, pasaba con la secreta furia del viento de un aislamiento en las montañas a una suerte de terrible demagogia; un ser que con frecuencia se comportaba como un dios enojado – y siempre como un dios. Cristo hasta tenía un estilo literario propio que creo que no se puede hallar en ninguna otra parte. Consiste del uso casi furioso del a fortiori. Sus “cuanto más” se apilan unos sobre otros como castillos sobre castillos en las nubes. Las descripciones utilizadas acerca de Cristo han sido – y quizás sabiamente – dulces y sumisas. Pero las descripciones utilizadas por Cristo son bastante curiosamente gigantescas; están llenas de camellos que pasan por ojos de agujas y montañas lanzadas al mar. Moralmente es igual de terrible; se llamó a si mismo una espada exterminadora y le dijo a las personas que adquirieran espadas aunque para ello tuviesen que vender sus túnicas. Que también utilizó otras palabras, aún más fuertes, en pro de la no-violencia aumenta en gran medida el misterio; pero también más bien aumenta la violencia. No podemos explicarlo ni siquiera denominándolo demente, porque la demencia por lo general transcurre a lo largo de un sólo canal consistente. El maniático es, por lo común, monomaniático. Aquí debemos recordar la definición ya dada del cristianismo como paradoja sobrehumana por medio de la cual dos pasiones opuestas pueden arder una al lado de la otra. La única explicación del lenguaje del Evangelio que da razón de ello, es que constituye el informe sobre alguien cuya estatura sobrenatural contiene alguna síntesis todavía más asombrosa.

Sigo en orden y tomo el segundo ejemplo: la idea de que el cristianismo pertenece a la Edad Oscura. En esto no quedé satisfecho leyendo generalidades modernas; me puse a leer un poco de historia. Y en la historia encontré que el cristianismo, lejos de pertenecer a la Edad Oscura, fue el único camino a través de la Edad Oscura que no estaba a oscuras. Fue un puente luminoso uniendo a dos luminosas civilizaciones. Si alguien, quienquiera sea, dice que la fe surgió de la ignorancia y la barbarie, la respuesta es simple: no surgió así. Surgió en la civilización del Mediterráneo en el pleno verano del Imperio Romano. El mundo estaba repleto de escépticos y el panteísmo era más evidente que el sol cuando Constantino clavó la cruz a su mástil. Es perfectamente cierto que, después de ello, el barco se hundió; pero mucho más extraordinario es que volvió a salir a flote; pintada a nuevo, brillante, y con la cruz todavía al tope del mástil. Lo asombroso del cristianismo fue que consiguió convertir a un barco hundido en un submarino. El arca vivió bajo el peso de las aguas. Después de haber sido enterrados bajo los escombros de dinastías y de clanes, nos despertamos y recordamos a Roma. Si nuestra fe hubiese sido el mero capricho de un imperio caprichoso y en decadencia, el capricho hubiera seguido al capricho hacia las tinieblas; y si la civilización hubiera resurgido (y muchas de ellas nunca resurgieron) hubiera sido bajo alguna nueva bandera bárbara. Pero la Iglesia Cristiana, así como fue la última vida de la antigua sociedad, también fue la primera vida de la nueva. Tomó a las personas que ya se estaban olvidando de cómo construir una arcada y les enseñó a construir una arcada gótica. En una palabra: lo más absurdo que se puede decir de la Iglesia es lo que todos hemos estado escuchando decir de ella. ¿Cómo podemos decir que la Iglesia desea retrotraernos a las Eras Oscuras? La Iglesia fue lo único que consiguió sacarnos de ellas.

A esta segunda trinidad de objeciones le he agregado un tercer ejemplo cualquiera, tomado de aquellos que creen que gentes como los irlandeses se han debilitado o han quedado paralizadas por la superstición. Lo agregué solamente porque éste es un caso particular de esas afirmaciones de hechos que resultan ser falsos. Constantemente se nos dice de los irlandeses que no son prácticos. Pero, si por un momento nos abstenemos de considerar lo que se dice de ellos y consideramos lo que se hace respecto de ellos, lo que veremos es que los irlandeses no sólo son prácticos sino bastante embarazosamente exitosos. La pobreza de su país, la minoría de sus miembros, son simplemente condiciones bajo las cuales se les pidió que trabajaran; y no hay ningún otro grupo en el Imperio Británico que haya logrado tanto en tales condiciones. Los Nacionalistas fueron la única minoría que tuvo éxito en forzar a la totalidad del Parlamento Británico a cambiar fuertemente de rumbo. Los campesinos irlandeses son las únicas personas pobres sobre estas islas que han forzado a sus amos a pagar. Estas personas, a las que llamamos dominadas por curas son los únicos británicos que no están dominados por aristócratas. Y cuando me puse a observar el verdadero carácter irlandés, el caso fue el mismo. Los irlandeses se destacan especialmente en las profesiones duras – son metalúrgicos, abogados, soldados. En todos estos casos, por lo tanto, llegué a la misma conclusión: el escéptico estaba bastante en lo cierto en eso de seguir a los hechos; sólo que no había considerado a los hechos. El escéptico es demasiado crédulo; cree en los diarios y hasta en las enciclopedias. Otra vez, tres preguntas me habían dejado con tres respuestas muy antagónicas. El escéptico promedio quería saber cómo explicaba yo la nota pusilánime en los Evangelios, la conexión del credo con el oscurantismo medieval, y la poca habilidad política de los cristianos celtas. Pero lo que terminé preguntando, y haciéndolo con una seriedad equivalente a urgencia, fue: “¿Qué es esta incomparable energía que aparece primero en alguien que camina por la tierra como un juicio viviente, esta energía que puede morir con una civilización moribunda y sin embargo la obliga a resucitar de entre los muertos; esta energía que en última instancia puede inflamar a un campesinado en bancarrota con una fe tan inquebrantable en la justicia que termina obteniendo lo que pide mientras otros se van con las manos vacías, y esto de tal modo que la más desamparada isla del Imperio puede terminar amparándose a si misma?”

Hay una respuesta. La respuesta consiste en decir que esta energía proviene realmente de fuera del mundo; que es psíquica o, por lo menos, es uno de los resultados de una real convulsión psíquica. A las grandes civilizaciones, tales como las del antiguo Egipto y la China actual, les debemos la mayor gratitud y respeto. Sin embargo, no cometemos ninguna injusticia con ellas si decimos que sólo la Europa moderna ha exhibido incesantemente un poder de autorrenovación recurrente, con frecuencia a intervalos muy cortos, e influyendo hasta en los más pequeños detalles de la arquitectura o la vestimenta. Todas las demás sociedades finalmente han muerto y con dignidad. Nosotros morimos todos los días. Estamos siempre naciendo con una obstetricia casi indecente. Difícilmente sea una exageración decir que, en el cristianismo histórico, hay una especie de vida que no es natural, y que podría ser explicada como una vida sobrenatural. Podría ser explicada como una vida tremendamente electrizante trabajando sobre lo que debió haber sido un cadáver. Porque nuestra civilización debió haber muerto, de acuerdo con todos los paralelismos, de acuerdo con toda probabilidad sociológica, en el Ragnarök[141] del fin de Roma. Lo absurdo de nuestro estado es que usted y yo no tendríamos que estar aquí en absoluto. Somos todos unas almas en pena; todos los cristianos vivientes son paganos muertos que deambulan por ahí. Justo en el momento en que Europa estuvo a punto de unirse en silencio a Asiria y a Babilonia, algo entró en su cuerpo. Y Europa ha tenido una vida extraña – no es exagerado decir que anda a los sobresaltos desde entonces.

Me he extendido en tríadas de dudas como las mencionadas a fin de poder transmitir mi argumento principal – que mi propio caso a favor del cristianismo es racional; pero no es simple. Constituye una acumulación de hechos variados, al igual que la posición del agnóstico común. Pero el agnóstico común tiene todos sus hechos al revés. Es un no-creyente por una multitud de razones, pero sucede que sus razones son falsas. Duda porque la Edad Media fue bárbara, pero no lo fue; duda porque el darwinismo está demostrado, pero no lo está; duda porque no hay milagros, pero los hay; duda porque los monjes eran haraganes; pero resulta que eran muy trabajadores; porque las monjas son desgraciadas, y son particularmente felices; porque el arte cristiano es triste y sombrío, pero estaba adornado con colores particularmente brillantes y rebosante de oro; porque la ciencia moderna se está alejando de lo sobrenatural, pero no lo está – está avanzando hacia lo sobrenatural con la velocidad de un tren expreso.

Con todo, entre estos millones de hechos, todos apuntando hacia el mismo lado, hay una cuestión lo suficientemente sólida y separada como para ser tratada en forma breve pero por si misma. Me refiero a la ocurrencia objetiva de lo sobrenatural. En otro capítulo ya he indicado la falacia de la suposición común de que el mundo debe ser impersonal porque tiene un órden normado. Una persona puede desear tanto algo ordenado como algo desordenado. Pero mi propia positiva convicción de que una creación personal es más concebible que una fatalidad material es en cierto sentido, lo admito, imposible de discutir. No la llamaré fe ni intuición, porque esas palabras están entremezcladas con emociones. Es estrictamente una convicción intelectual; pero una convicción intelectual primaria, como la certeza del ser, de lo bueno, de la vida. Cualquiera que lo desee puede, por lo tanto, decir que mi creencia en Dios es meramente mística; no vale la pena pelear por la frase. Pero mi creencia en que han sucedido milagros en la historia humana no es una creencia mística en absoluto; creo en ellos basándome sobre evidencias humanas de la misma manera en que lo hago con el descubrimiento de América. Sobre este asunto existe un simple y lógico hecho que sólo requiere ser afirmado y aclarado. De alguna forma u otra surgió la extraordinaria idea de que aquellos que no creen en milagros los consideran fría e imparcialmente, mientras que los creyentes en milagros los aceptan tan sólo en conexión con algún dogma. La verdad es más bien a la inversa. Quienes creen en milagros los aceptan (en forma acertada o equivocada) porque tienen evidencias que los sustentan. Quienes no creen en milagros los niegan (en forma acertada o equivocada) porque tienen una doctrina en contra de ellos. La actitud abierta, obvia y democrática es creerle a una anciana vendedora de manzanas cuando brinda testimonio de un milagro, de la misma manera en que le creemos a una anciana vendedora de manzanas cuando brinda testimonio sobre un homicidio. El curso de acción liso, llano y popular consiste en confiar en la palabra del campesino cuando habla del fantasma, exactamente en la misma medida en que confiamos en la palabra del campesino cuando habla de su patrón. Siendo campesino, probablemente cultivará un sano agnosticismo respecto de ambos. Aún así, podríamos llenar el Museo Británico con evidencias presentadas por el campesino a favor del fantasma. Cuando se trata de testimonios humanos, existe una catarata apabullante de testimonios a favor de lo sobrenatural. Si usted los rechaza, su actitud puede significar sólo una de dos cosas: usted rechaza la historia del campesino sobre el fantasma, o bien porque el hombre es un campesino, o bien porque la historia es una historia de fantasmas. Esto es, o bien niega usted el principal postulado de la democracia, o bien afirma usted el principal postulado del materialismo – la imposibilidad abstracta del milagro. Tiene usted todo el derecho del mundo a hacerlo; pero en ese caso el dogmático será usted. Somos nosotros, los cristianos, los que aceptamos toda evidencia concreta. Son ustedes los racionalistas los que rechazan la evidencia concreta, viéndose obligados a hacerlo por el credo que sostienen. Pero yo no estoy limitado por ningún credo en la materia, y considerando imparcialmente ciertos milagros ocurridos durante la Edad Media y los tiempos modernos, he llegado a la conclusión de que ocurrieron. Todo argumento en contra de estos hechos concretos es siempre un argumento circular. Si digo: “Hay documentos medievales que dan fe de ciertos milagros del mismo modo en que dan fe de ciertas batallas”, me responden: “pero los medievales eran supersticiosos”; y cuando quiero saber en qué eran supersticiosos, la única respuesta final que recibo es que eran supersticiosos porque creían en milagros. Si digo “un campesino vio un fantasma”, me dicen “¡pero los campesinos son tan crédulos!”. Si pregunto “¿Por qué crédulos?”, la única respuesta es – porque ven fantasmas. Islandia es imposible porque sólo marineros estúpidos la han visto; y los marineros son estúpidos porque han visto a Islandia. Para ser justos hay que decir que existe otro argumento que el descreído podría utilizar racionalmente en contra de los milagros, a pesar de que generalmente se olvida de utilizarlo.

El descreído podría decir que en muchas historias milagrosas existió una suerte de preparación espiritual y aceptación previa; en suma: que el milagro sólo podía ocurrirle a quien ya creía en él. Es posible que así sea, pero, si es así ¿cómo podríamos verificarlo? Si nos ponemos a investigar si ciertos resultados son producto de la fe, es inútil repetir hasta el hartazgo que (si suceden) son producto de la fe. Si la fe es una de las condiciones, a quienes no tienen fe les corresponde el más saludable de los derechos a reírse. Pero no tienen derecho a juzgar. Ser un creyente puede ser, si se quiere, tan malo como estar ebrio; pero aún así, si estuviésemos deduciendo hechos psicológicos de los ebrios, sería absurdo estar constantemente acusándolos de haber estado ebrios. Supongamos que estuviésemos investigando si las personas furiosas realmente ven una niebla roja delante de los ojos. Supongamos que sesenta excelentes porteros juraran que vieron esa nube púrpura cuando estuvieron enojados. Seguramente sería absurdo contestar con un: “¡Ah, pero usted admite que estaba furioso cuando la vio!”. Los porteros podrían replicar razonablemente – y en estruendoso coro – “¿Cómo cuernos podríamos haber descubierto, sin ponernos furiosos, que las personas ven rojo cuando se enfurecen?” Del mismo modo los santos y los ascetas podrían contestar racionalmente: “Supongamos que la cuestión es la de establecer si los creyentes pueden tener visiones. Pues aún en ese caso, si usted está interesado en visiones, no tiene sentido descalificar a los creyentes.” Y seguimos discutiendo en círculos – en el viejo loco círculo con el que este libro comenzó.

La cuestión de si ocurren milagros es una cuestión de sentido común y de imaginación histórica común y no de algún experimento físico decisivo. Aquí uno puede descartar, con seguridad, esa pedantería bastante descerebrada que habla de la necesidad de “condiciones científicas” en relación con posibles fenómenos espirituales. Si estamos investigando si el alma de un muerto puede comunicarse con la de una persona viva, es ridículo insistir en que todo tiene que suceder bajo unas condiciones en las que dos individuos en su sano juicio jamás se comunicarían seriamente entre si. El hecho de que los espíritus prefieran la oscuridad no prueba la inexistencia de los espíritus del mismo modo en que la preferencia de los amantes por la oscuridad no prueba la inexistencia del amor. Si a usted se le ocurre decir: “Voy a creer que la señorita Brown le dice caracolito a su novio – o cualquier otro término cariñoso – si repite esa palabra delante de diecisiete psicólogos”, yo le contestaría: “Muy bien, si ésas son sus condiciones, no llegará usted jamás a la verdad; porque ciertamente ella no la repetirá en esas circunstancias.” Es tan contrario a la ciencia como contrario a la filosofía sorprenderse de que, en una atmósfera hostil, ciertas simpatías extraordinarias no se producen. Es como si dijera que no puedo establecer si había neblina porque el aire no estaba lo suficientemente claro para verla; o si insistiese en tener una luz solar perfecta para ver un eclipse de sol.

Como deducción de sentido común, similar a la que llegamos en lo referente al sexo o a la medianoche (admitiendo que hay muchos detalles que por su naturaleza deben ser omitidos), yo concluyo que los milagros ocurren. Estoy forzado a hacerlo por toda una conspiración de hechos: por el hecho de que las personas que encuentran elfos o ángeles no son los místicos ni los soñadores enfermizos sino los pescadores, los campesinos, y todas las personas que son, a la vez, rústicas y cautas; por el hecho de que todos conocemos personas que brindan testimonio sobre incidentes espirituales sin ser espiritualistas; por el hecho de que la ciencia admite esas cosas cada día más. La ciencia admitirá hasta la Ascensión si usted la llama Levitación, y muy posiblemente admita la Resurrección cuando haya encontrado otra palabra para designarla. Sugiero Regalvanización. Pero lo más fuerte de todo es este ya mencionado dilema en cuanto a que las cosas sobrenaturales nunca se niegan excepto sobre la base de, ya sea un dogmatismo antidemocrático, o bien un dogmatismo materialista – y hasta podría decir sobre la base de un misticismo materialista. El escéptico siempre asume una de dos posturas; o bien un hombre común no tiene por qué ser creído, o bien no hay que creer en acontecimientos extraordinarios. Porque espero que podemos descartar los argumentos contra milagros intentados por la mera reiteración de fraudes, médiums tramposos o trucos de prestidigitación. Porque ése no es un argumento en absoluto, sea bueno o malo. Un espíritu falso no prueba la inexistencia de los espíritus por la misma razón por la que un billete falso no prueba la inexistencia del Banco de Inglaterra – si es que prueba algo, lo que demuestra es justamente su existencia.

Concediendo esta convicción de que los fenómenos espirituales sí ocurren (con mi evidencia, que será compleja pero es racional), chocamos a renglón seguido contra uno de los peores males mentales de nuestra época. El mayor desastre del Siglo XIX fue que las personas empezaron a usar el término “espiritual” en el mismo sentido que la palabra “bueno”. Creyeron que aumentar el refinamiento y la incorporeidad era aumentar la virtud. Cuando se anunció la evolución científica, algunos temieron que eso alentaría la mera animalidad. Pues hizo algo peor: alentó a la mera espiritualidad. Le enseñó a los hombres que, yendo más allá del mono iban directamente al ángel. Pero usted puede ir más allá del mono e irse al demonio. Un hombre de genio, muy típico de aquella época de confusión, lo expresó perfectamente. Benjamin Disraeli[142] estaba en lo cierto cuando dijo que él estaba de parte de los ángeles. Lo estuvo realmente: de parte de los ángeles caídos. No estuvo de parte del simple deseo físico o de la brutalidad animal; pero estuvo de parte de todo el imperialismo de los príncipes del abismo; estuvo de parte de la arrogancia, el ocultamiento y el desprecio por todo lo bueno. Uno tendría que suponer que entre la bajeza de esta soberbia y la altura de las humildades celestiales, existen espíritus de diferentes formas y tamaños. Al encontrarse con ellos el hombre debe estar cometiendo los mismos errores en los que incurre cuando se topa con la variedad de seres de cualquier lejano continente. Debe ser difícil saber cual es el supremo y cual es subordinado. Si surgiese una sombra del mundo de las tinieblas, mirando lo que sucede en Picadilly[143] difícilmente comprendería la idea de un carruaje cerrado común. Supondría que el cochero sobre el pescante es un conquistador victorioso que lleva en la parte de atrás a un prisionero que patalea por estar cautivo. Del mismo modo, cuando vemos hechos espirituales por primera vez, podemos equivocarnos en cuanto a la jerarquía. No es suficiente con hallar a los dioses; son obvios. Al que tenemos que hallar es a Dios, al verdadero Señor de todos los dioses. Tenemos que tener una larga experiencia histórica en fenómenos sobrenaturales para descubrir cuales son realmente naturales. A la luz de esto, encuentro que la historia del cristianismo, y hasta la de sus orígenes hebreos, resulta bastante práctica y clara. No me preocupa que me digan que el dios hebreo fue uno entre muchos. Sé que lo fue sin que me lo tenga que decir ninguna investigación. Jehová y Baal parecían igual de importantes, del mismo modo en que el sol y la luna tenían aparentemente el mismo tamaño. Aprendimos sólo de a poco que el sol es inmensamente dominante y que la pequeña luna es tan sólo nuestro satélite. Al creer que hay un mundo de espíritus, caminaría en él de la misma forma en que camino por el mundo de los hombres, buscando lo que me gusta y lo que pienso que es bueno. Exactamente igual a como lo haría en el desierto buscando agua limpia, o deambularía por el Polo Norte para hacer un fuego confortable, del mismo modo buscaré en el país del vacío y de la visión hasta encontrar algo similar al agua fresca y a un fuego agradable; hasta encontrar un lugar en la eternidad en dónde, literalmente, me puedo sentir en casa. Y hay tan sólo un lugar así para encontrar.

Ya he dicho lo suficiente para mostrar (al que considere esencial una explicación como ésa) que, en la arena común de la apologética, tengo una base para creer. En los testimonios experimentales puros – si se toman democráticamente y sin desprecio – hay evidencia de que, primero, los milagros ocurren y, segundo, de que los milagros más nobles pertenecen a nuestra tradición. Pero no pretenderé que esta corta discusión es mi real razón para aceptar todo el cristianismo en lugar de extraer el bien moral del cristianismo como lo extraería del confucianismo.

Tengo otro motivo más sólido y central de aceptarlo como una fe en lugar de meramente tomar algunos consejos de él como si fuese un esquema. Y el motivo es que la Iglesia Cristiana, en su relación práctica con mi alma, es una maestra viviente y no una maestra muerta. No sólo y por cierto me enseñó ayer sino que, casi seguramente, me enseñará mañana. Cierta vez comprendí de pronto el sentido de la figura de la cruz. Algún día podría comprender de pronto el sentido de la figura de la mitra. Platón les ha dicho una verdad; pero Platón está muerto. Shakespeare los ha deslumbrado con una imagen; pero Shakespeare ya no los deslumbrará con ninguna otra. Y ahora imaginen que están viviendo con hombres así, aún vivos; sabiendo que Platón puede descolgarse con un discurso original mañana, o que en cualquier momento Shakespeare puede llegar a sacudir a todo el mundo con uno solo de sus cantos. La persona que vive en contacto con lo que cree que es una Iglesia viviente es una persona que siempre está esperando encontrarse con Platón y con Shakespeare mañana durante el desayuno. Siempre está esperando ver alguna verdad que no ha visto nunca antes. Hay solamente un ejemplo paralelo con esta condición, y es el paralelo con el comienzo de la vida que todos hemos tenido. Cuando su padre, caminando con usted por el jardín, le dijo que las abejas picaban y que el perfume de las rosas es dulce, usted no consideró tomar sólo lo mejor de su filosofía. Cuando luego una abeja lo picó, usted no lo consideró una coincidencia fortuita. Cuando, después, percibió el dulce perfume de las rosas, usted no dijo: “Mi padre es un ejemplar rústico y bárbaro que recogió (quizás inconscientemente) la profunda y delicada verdad de que las flores tienen perfume”. No: usted le creyó a su padre; porque pudo comprobar que era una fuente viviente de hechos concretos, alguien que realmente sabía más que usted; alguien que le diría la verdad tanto mañana como hoy. Y si esto fue cierto de su padre, más cierto aún lo fue de su madre – al menos es cierto de la mía, a quien este libro está dedicado. Hoy que la sociedad se encuentra en una diatriba más bien insustancial en lo referente al sometimiento de la mujer, nadie parece querer señalar lo mucho que todo hombre le debe a la tiranía y al privilegio de las mujeres; al hecho de que sólo ellas gobiernan la educación hasta que la educación se vuelve inútil. Porque un niño es enviado a la escuela cuando ya es demasiado tarde para enseñarle nada; cuando lo importante y real ya está hecho, y gracias a Dios que está hecho casi siempre por mujeres. Todo hombre se feminiza meramente por nacer. Hoy hablan de la mujer masculina; pero todo hombre es un hombre feminizado. Si alguna vez los hombres llegan a ir a Westminster por protestar en contra de este privilegio femenino, yo no pienso unirme a esa procesión.

Porque recuerdo claramente el hecho psicológico concreto de que, la vez que estuve más lleno de entusiasmo y de aventura, fue justamente cuando más estuve bajo la autoridad de una mujer. Exactamente porque las hormigas picaban cuando mi madre me dijo que picarían, porque la nieve venía en invierno – tal como ella me lo había dicho – justamente por eso todo el mundo fue para mí un país de hadas con cosas maravillosas que se cumplían, y fue como vivir en alguna remota época hebraica en la que se cumplía profecía tras profecía. De niño salía al jardín y era un lugar fantástico para mí, precisamente porque tenía una pista para interpretarlo; de no haberla tenido, no hubiera sido fantástico sino aburrido. Una simple selva silvestre, sin significado alguno, ni siquiera impresiona. Pero el jardín de mi niñez era fascinante justamente porque todo tenía un significado preciso que podía ser descubierto en el momento adecuado. Pulgada a pulgada podía yo descubrir qué era ese objeto de feas formas llamado rastrillo; o hacer alguna velada conjetura acerca de por qué mis padres tenían un gato.

Así, desde que acepté al cristianismo como una madre y no simplemente como un ejemplo al azar, volví a encontrar a Europa y al mundo más similar al pequeño jardín en dónde me quedaba mirando las formas simbólicas del rastrillo y del gato; otra vez puedo considerarlo todo con la ignorancia y la expectativa élfica de otrora. Éste o aquél rito, ésta o aquella doctrina, pueden tener la misma apariencia fea y estrambótica del rastrillo; pero, por experiencia, sé que esas cosas de alguna manera terminan siempre entre el césped y las flores. Un cura aparentemente puede parecer tan inútil como un gato, pero también es igual de fascinante porque tiene que haber alguna extraña razón para su existencia. Puedo dar un ejemplo entre cientos. En lo personal, no tengo una afinidad instintiva con ese entusiasmo por la virginidad física que, ciertamente, ha sido una característica del cristianismo histórico. Pero, cuando no me considero a mi mismo sino al mundo, percibo que ese entusiasmo no es tan sólo una característica del cristianismo sino también del paganismo, una característica de alta naturaleza humana en muchas esferas. Los griegos sintieron la virginidad cuando esculpieron a Artemisa; los romanos cuando vistieron a las vestales, los peores y más exagerados de los dramaturgos isabelinos se aferraron a la pureza literal de una mujer como si la misma fuese el pilar central del mundo. Por sobre todo, el mundo moderno (incluso burlándose de la inocencia sexual) se ha volcado a una generosa idolatría de la inocencia sexual en la gran adoración moderna por los niños. Porque cualquier persona que ama a los niños estará de acuerdo en que la belleza peculiar que los caracteriza resulta lastimada por cualquier insinuación de sexo físico. Con toda esta experiencia humana, aliada con la autoridad cristiana, simplemente deduzco que yo estoy equivocado y que la Iglesia tiene razón; o más bien que soy limitado y que la Iglesia es universal. Se requieren toda clase de personas para hacer una Iglesia; y ella no me pide que sea célibe. Pero acepto el hecho de que no poseo la capacidad de apreciar a los célibes de la misma manera en que acepto el hecho de que no tengo oído para la música. La mejor de las experiencias humanas está en mi contra, del mismo modo en que lo está con referencia a Bach. El celibato es la flor del jardín de mi padre de la cual no me han dicho su dulce o terrible nombre. Pero pueden decírmelo cualquier día de éstos.

Ésta es, por lo tanto, mi conclusión; mi razón para aceptar la religión y no tan sólo las verdades desperdigadas y seculares tomadas de la religión. Lo hago porque la religión no me ha dicho meramente ésta o aquella verdad sino que ha demostrado ser una instancia que dice verdades. Todas las demás filosofías dicen cosas que evidentemente parecen verdades; sólo esta filosofía ha dicho una y otra vez lo que no parece ser cierto pero que, sin embargo, lo es. Es el único credo que convence aún sin ser atractivo; y resulta estar en lo cierto, como mi padre en el jardín. Los teósofos, por ejemplo, predican una idea obviamente atractiva como la de la reencarnación; pero si esperamos a obtener sus resultados lógicos, veremos que son la arrogancia espiritual y la crueldad de la casta. Porque si un hombre es un pordiosero por sus pecados prenatales, las personas tenderán a despreciar al pordiosero. Por su parte, el cristianismo predica una idea obviamente poco atractiva como la del pecado original; pero si esperamos a obtener sus resultados, veremos que son la seriedad y la hermandad, una risa atronadora y la compasión – porque sólo con el pecado original podemos, simultáneamente, compadecernos del mendigo y desconfiar del rey. Los hombres de ciencia nos ofrecen la salud, un beneficio obvio. Es sólo después que descubrimos que por salud quieren decir esclavitud física y tedio espiritual. La ortodoxia nos hace saltar al mostrarnos de repente el borde del infierno; es sólo después que nos damos cuenta que el salto fue un ejercicio atlético altamente benéfico para nuestra salud. Es sólo después que nos damos cuenta que este peligro es la raíz de todo drama y de todo romance. El argumento más fuerte a favor de la gracia divina es simplemente que carece de gracia. Las partes impopulares del cristianismo, examinadas de cerca, resultan ser justamente los sostenes de las personas. El círculo exterior del cristianismo es una guardia rígida de abnegaciones éticas y de sacerdotes profesionales; pero dentro de esa guardia humana hallará usted la ancestral vida humana bailando como una niña y tomando vino como los hombres; porque el cristianismo es el único marco posible para la libertad pagana. La filosofía moderna constituye el caso opuesto; su círculo exterior resulta obviamente artístico y emancipado, pero dentro de él lo que hay es desesperanza.

Y su desesperanza está en que no cree realmente en que el universo tiene algún sentido. Por consiguiente, no puede tener la esperanza de encontrar ningún romance; sus novelas no tendrán argumento. Una persona no puede contar con tener ninguna aventura en el país de la anarquía. Pero puede contar con tener cualquier cantidad de aventuras si viaja por el país de la autoridad. No se pueden encontrar significados en una selva de escepticismo; pero el hombre hallará más y más significados si camina por el bosque de la doctrina y el diseño. En ese bosque todo tiene una historia asociada, como las herramientas o los cuadros de la casa de mi padre; porque es la casa de mi padre. Y termino dónde comencé – en el final correcto. He pasado por el último portal de toda buena filosofía y he llegado a mi segunda niñez.

Con todo, este universo cristiano más extenso y fabuloso tiene una característica final que resulta difícil expresar. No obstante, como conclusión de todo el tema, intentaré expresarlo. En realidad, todo el argumento acerca de la religión gira alrededor de la cuestión de si una persona, que nació cabeza abajo, puede decir cuándo queda de pié con la cabeza hacia arriba. La principal paradoja del cristianismo es que la condición habitual del hombre no es su condición cuerda o sensata; que lo normal es, en si mismo, una anomalía. Ésa es la filosofía íntima de la Caída. En el interesante nuevo Catecismo de Sir Oliver Lodge[144], las primeras dos preguntas son: “¿Qué eres?” y “¿Cuál es, pues, el significado de la Caída del Hombre?” Recuerdo haberme entretenido escribiendo mis propias respuestas a las preguntas, pero pronto descubrí que eran respuestas muy parciales y agnósticas. A la pregunta de “¿Qué eres?”, yo podía responder solamente con un “¡Sabe Dios!”. Y a la pregunta de “¿Qué significa la Caída?” podía responder con completa sinceridad: “Significa que sea yo lo que sea, no soy yo mismo.” Esta es la principal paradoja de nuestra religión; algo que nunca hemos conocido en un sentido completo, no sólo es mejor que nosotros mismos sino que hasta nos es más natural que nosotros mismos. Y realmente no hay prueba de esto, excepto la meramente experimental, una de las cuales es aquella con la que este libro comenzó; la de la celda tapiada y la puerta abierta. He conocido la emancipación mental sólo desde que conocí la ortodoxia. Y, en conclusión, tiene una aplicación en especial a la idea última de la alegría.

Se dice que el paganismo es una religión alegre y el cristianismo una religión triste. Sería igual de fácil demostrar que el paganismo es pura tristeza y el cristianismo pura alegría. Todo lo humano tiene que tener tanto la alegría como la tristeza; lo único que interesa es la forma en que las dos cosas se equilibran o se dividen. Y lo realmente interesante es que el pagano fue – en lo principal – tanto más alegre mientras más se aproximaba a la tierra, pero cada vez más triste mientras más se aproximaba a los cielos. La alegría del mejor paganismo, como la jovialidad de un Cátulo[145] o de un Teócrito[146], es por cierto una alegría que jamás será olvidada por una agradecida humanidad. Pero está, por completo, relacionada con los hechos de la vida, no con sus orígenes. Para el pagano, las pequeñas cosas son tan dulces como los pequeños arroyos que surgen de la montaña; pero las cosas grandes son tan amargas como el mar. Cuando el pagano considera al núcleo mismo del cosmos, se queda frío. Detrás de dioses meramente despóticos, imperan las mortíferas fatalidades. Más aún: las fatalidades son todavía peor que mortíferas; están muertas. Y cuando los racionalistas dicen que el mundo antiguo era más luminoso que el cristiano, desde el punto de vista de ellos tienen razón. Porque cuando dicen “iluminado” lo que quieren decir es oscurecido por una desesperanza incurable. Es profundamente cierto que el mundo antiguo fue más moderno que el cristiano. El nexo en común es que tanto los antiguos como los modernos se han sentido mal en relación con la existencia, en relación con el todo, mientras que los medievales eran felices al menos en su relación con ese todo. Concedo de buena gana que los paganos, al igual que los modernos, sólo se sentían mal respecto del todo – y eran bastante divertidos en su relación con todo lo demás. Y concedo que los cristianos de la Edad Media estaban en paz con el todo – y en guerra con todo lo demás. Pero si la cuestión gira alrededor del principal pivote del cosmos, pues entonces había mayor dicha en las estrechas y sangrientas calles de Florencia que en el teatro de Atenas o en los abiertos jardines de Epicuro[147]. Giotto[148] vivió en un poblado más triste que Eurípides[149]; pero vivió en un universo más feliz.

La masa de los seres humanos ha sido forzada a ser feliz con las pequeñas cosas pero triste con las grandes. Sin embargo – y presento mi último dogma en tono de desafío – no es propio del hombre ser así. El ser humano es más auténtico, es más humano, cuando la alegría es lo fundamental en él y la tristeza tan sólo lo superficial. La melancolía debería ser tan sólo un interludio inocente, un estado mental suave y fugitivo; el elogio, la alabanza, debería ser la pulsación permanente del alma. El pesimismo, en el mejor de los casos, es un medio feriado emocional; la alegría es la rugiente laboriosidad por la cual todas las cosas viven. No obstante, de acuerdo con el aparente estado del hombre, tal como lo considera el pagano o el agnóstico, esta necesidad primaria de la naturaleza humana nunca puede ser satisfecha. La alegría debería ser expansiva; pero, para el agnóstico, tiene que contraerse y aferrarse a un rincón del mundo. La tristeza debería ser concentrada; pero, para el agnóstico, su desolación se extiende a través de una eternidad inimaginable. Esto es lo que yo llamo haber nacido al revés. Del escéptico realmente se puede decir que se encuentra cabeza abajo ya que sus pies están bailando un éxtasis inútil en el aire mientras su cerebro se encuentra en el abismo. Para el hombre moderno, los cielos se encuentran en realidad debajo de la tierra. La explicación es simple; está parado de cabeza – la cual es un pedestal bastante débil como para pararse sobre él. Pero, cuando encuentra de nuevo sobre sus pies, lo sabe. El cristianismo satisface de pronto y perfectamente el ancestral anhelo del hombre de estar parado como corresponde; y lo satisface en forma suprema haciendo que, mediante su credo, la alegría se convierta en algo gigantescamente grande mientras la tristeza se hace algo especial y pequeño. La bóveda por sobre nosotros no es sorda porque el universo sea idiota; el silencio no es ese silencio sin corazón de un mundo infinito y sin sentido. El silencio que nos rodea es más bien el silencio pequeño y apenado como el de la quietud que de pronto se produce en la habitación de un enfermo. Quizás se nos permite la tragedia como una suerte de misericordiosa comedia: porque la frenética energía de las cosas divinas nos derribaría como en una farsa de borrachos. Podemos tomar nuestras lágrimas con mayor liviandad de la que necesitaríamos para tomar la tremenda levedad de los ángeles. Así, quizás estamos en una cámara de silencio tachonada de estrellas, mientras el volumen de la risa de los cielos es demasiado fuerte como para que podamos oírla.

La alegría, que fue la pequeña publicidad del pagano, es el gigantesco secreto del cristiano. Y, al cerrar este caótico libro, vuelvo a abrir ese extraño pequeño libro del cual provino todo el cristianismo, y de nuevo me siento perseguido por una especie de confirmación. La tremenda figura que llena el Evangelio supera en estatura, tanto en esto como en cualquier otro aspecto, a todos los pensadores por más altos que hayan sido. Su tristeza fue natural, casi casual. Los estoicos, tanto los antiguos como los modernos, se enorgullecían de ocultar sus lágrimas. Él nunca ocultó las Suyas. Las mostró claramente en Su rostro descubierto, y visibles a plena luz del día, como cuando las vio desde lejos Su ciudad natal. Y sin embargo, ocultó algo. Los superhombres solemnes y los diplomáticos imperiales se enorgullecen de contener la ira. Él nunca contuvo la Suya. Arrojó muebles por las escalinatas de entrada al templo y preguntó a las personas cómo esperaban escapar a la condena del infierno. Y, sin embargo, se contuvo en algo. Lo digo con reverencia: hubo en esa devastadora personalidad una tendencia que tiene que ser llamada timidez. Hubo algo que escondió de todos los hombres cuando subió a aquella montaña para orar. Hubo algo que cubrió constantemente con repentino silencio o impetuoso aislamiento. Hubo algo que fue demasiado grande como para que Dios nos lo mostrara cuando caminó sobre la tierra; y a veces me he imaginado que ése algo fue su alegría.

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