miércoles, 25 de marzo de 2009

La Caballería: la Fuerza Armada al servicio de la Verdad desarmada (5)


por el R.P. Alfredo Sáenz, S.J.

Ediciones Excalibur, Buenos Aires, 1982





ntremos ahora a analizar el modo como los antiguos eran armados caballeros. Tal acto requería una larga preparación y se desarrollaba en el seno de un ritual cada vez más detallado. Era un acto transeúnte pero que marcaba una especie de carácter, al punto que si luego el caballero se hacía felón debía ser solemnemente degradado.

I. APRENDIZAJE DE LA CABALLERÍA: EL ESCUDERO

No se nacía caballero. Para llegar a serlo se requería un previo aprendizaje del quehacer caballeresco, una escuela de Caballería. A este respecto leemos en la obra de Raimundo Lulio: "La ciencia y escuela de la Orden de Caballería es que el caballero haga enseñar de montar a caballo a su hijo en su mocedad; porque si entonces no lo aprende, en la mayor edad no lo podrá aprender. Conviene también que el hijo de caballero, cuando es escudero, sepa cuidar del caballo; no menos conviene que primero sea súbdito que señor, y sepa servir a señor, pues sin esto no conocería, cuando caballero, la nobleza de su señorío. Por esto el caballero debe someter a su hijo a otro caballero, para que aprenda de aderezar y guarnecer y las demás cosas que pertenecen al honor de caballero" (27). Según se ve, no se trata tan sólo de aprender cosas materiales, andar a caballo, saber ensillarlo, etc. Se requiere un aprendizaje en la obediencia, en la fidelidad, para que luego el señorío entre como por osmosis. Comenzar por ser súbdito para ir bebiendo la nobleza del señorío.
Se realiza pues una suerte de "iniciación" en el arte de la Caballería. Tal "iniciación" debe ser comunicada por otro caballero, único capaz de entender y de transmitir el honor de la Caballería. "Como el que quiere ser carpintero o zapatero necesita de tener maestro carpintero o zapatero, así el que ama la Orden de Caballería y quiere ser caballero, conviene que tenga maestro que sea caballero, porque tanto es cosa fuera de propósito que un escudero aprenda la Orden de Caballería de otro que de caballero, como lo sería si el carpintero enseñara al que quiere ser zapatero" (28).
Todos los que tenían señorío, desde el Rey hasta el último caballero, consideraban como uno de sus deberes más gustosos el preparar futuros caballeros. Los Reyes no miraban esta obligación como si fuese una carga, sino como un privilegio al que asignaban gran valor, la educación de jóvenes nobles en su palacio. También los grandes barones, en esto como en todo, se esforzaban por imitar al Rey, invitando a su casa a los hijos de los caballeros. Como se ve, se trataba de una verdadera escuela de caballería.
Educar a los futuros caballeros era lo que los franceses llamaban les nourrir, alimentarlos, criarlos, fortificarlos. "Este es uno de mis nourrís", decían al verlo pasar. Entre los "nutridos" y los que ios "nutrían" existía un lazo casi sagrado, irrompible. El joven noble debía a su educador un profundo, inalterable reconocimiento, y su respeto por él revestía carácter filial. Su señor era verdaderamente un padre. Cuando Rolando, gravemente herido en Roncesvalles, estaba a punto de entregar su alma a los ángeles que lo esperaban, uno de sus últimos pensamientos, el más conmovedor quizás, fue para el educador de su juventud: "Estaba allí yacente, bajo un pino, el conde Rolando. Se puso a recordar muchas cosas, de todos los países que había conquistado, y de la dulce Francia, y de los hombres de su raza, y de Carlomagno, su señor, que lo había nourri".
La educación del futuro caballero comenzaba desde la más tierna infancia. Apenas llegado a la edad de siete años se le mandaba al castillo de algún poderoso barón, que solía ser el señor feudal de sus padres para que recibiese a su lado la instrucción correspondiente a su clase, desempeñando al mismo tiempo las funciones de doncel o paje, que aunque implicaban cierta servidumbre, pues debía acompañar constantemente a su señor y ayudarlo en los servicios domésticos, se consideraban ennoblecidas por la elevada alcurnia de aquel a quien se servía. A los catorce años el doncel pasaba a la categoría de escudero. ¿Cuánto tiempo duraba este nuevo aprendizaje? Es cosa difícil de determinar por los textos. Cinco años, o siete, rara vez más, y a menudo menos, ya que generalmente se era armado caballero entre los 16 y los 21 años. En los actos públicos, los nombres de los escuderos ya figuraban bajo el título de milites. Pero todavía no tenían derecho a tocar una espada. La espada era el arma sagrada, esa espada cuya empuñadura contenía huesos de santos, un verdadero relicario. Incluso la lanza, en la primitiva severidad del código caballeresco, le estaba vedada al escudero, quien se resarcía batiéndose a golpes de venablo.
Las horas más felices de los escuderos no eran las horas tediosas que transcurrían en los castillos, sino los días de batalla. Si bien todavía no combatían personalmente, su primera función, aquella de donde sacaban su nombre, consistía en llevar el escudo de su señor; asimismo armarlo y desarmarlo. Tenían pues a su cargo no sólo el escudo, sino también todas las armas del caballero, a las que debían mantener en buen estado, afiladas, limpias y refulgentes.
En los días de batalla, los escuderos tenían el caballo, antes de la lucha, y cuando aparecía el enemigo lo entregaban a su señor. Comenzaba entonces la lucha, primero con la lanza, y si ésta se rompía, con la espada. El escudero no se batía, sino que se limitaba a contemplar: con los ojos fijos en su señor, seguía con ansiedad las peripecias de cada duelo, le tendía las armas frescas que guardaba en reserva y estaba a su cargo la custodia de los prisioneros. Su adolescencia era pues testigo de innúmeros combates. Y si bien no le competía luchar, a veces se le hacía imposible contenerse en actitud pasiva durante toda la batalla, y espontáneamente se lanzaba al campo, dando y recibiendo entusiastas golpes. Tales arrebatos servían para revelar por anticipado sus cualidades guerreras, y en ocasiones el que entraba escudero al campo de batalla salía caballero, con la espada al puño y la frente alta.
En tiempos de paz, las funciones del escudero eran bien modestas. Se levantaba temprano e iba al establo, donde estaba condenado a permanecer varias horas todos los días, brocha y cepillo en mano, comenzando por los caballos de su señor, y acabando por el suyo. Luego despertaba a su amo, y lo ayudaba a vestirse. Si su señor recibía a algún huésped, tocaba al escudero salir al encuentro del invitado, liberarlo de sus armas, ocuparse de su caballo, conducir al huésped hasta la cámara de su señor, atenderlo en todo. A la hora de la comida, tras haber tendido la mesa, llevaba la palangana para que los comensales se lavasen las manos, y durante su transcurso se mantenía de pie, en silencio, diligente. Llevaba los platos, cortaba la carne, servía el vino. Si su señor viajaba, tenía a su cargo el cuidado de sus cofres y valijas. Lo mismo durante las cacerías. Caballero y escudero eran pues inseparables.
Si bien muchas de estas funciones eran casi burocráticas, el escudero se consolaba pensando que debía pasar por allí, por esa especie de noviciado, para llegar finalmente al Orden de la Caballería. Se lo repetía a sí mismo incesantemente, contando los días que le faltaban para ello.
¿A qué edad se los admitía en la Caballería? De todos los Germanos se puede afirmar lo que Teodorico decía de los Godos: "La fuerza hace la mayoría de edad". Desde que era capaz de batirse, el ¡oven bárbaro pasaba a ser mayor de edad. Tras la conversión de los bárbaros al cristianismo y la evangelización de sus costumbres, hubo una tendencia cada vez más marcada a posponer la época de la mayoría, fijándola en los veinte o veintiún años. Esto, en general. Pero en lo que hace a la Caballería, el criterio germano resistió más tiempo. Por las crónicas y cantares de gesta sabemos que se podía ser armado caballero a los quince, diecisiete o diecinueve años. En general fue a los dieciseis años (que en la práctica era la edad de mayoría entre los Germanos). Sin embargo con el tiempo se fue tendiendo a correr esa fecha, como para la mayoría, a los veintiún años. Si Arturo fue hecho caballero a los quince lo fue por razones de orden político; por el mismo motivo Felipe el Hermoso, a los dieciseis. En cambio los hijos de San Luis y de Felipe el Hermoso, después de los veinte (29).

II. CONDICIONES PARA INGRESAR EN LA CABALLERÍA

No se puede decir que la Caballería fuese una institución "cerrada", o una especie de casta. Es cierto que quedaban rigurosamente descartados los enfermos, pero ello era por su incapacidad física para la batalla, que constituía el oficio principal de la Caballería. Así como la Iglesia excluía a los "contrahechos" del sacerdocio, donde harían el ridículo, con mucha sabiduría la Edad Media los excluyó también de la Caballería, donde habrían sido inútiles. Ya veremos cómo también la villanía de alma, la infamia en las costumbres, todas esas "enfermedades" morales cerraban el acceso a la Caballería a las almas bajas y sin honor. Un bandido, por excelente guerrero que fuese, no podía ser armado caballero.
La Caballería era pues una institución "abierta", incluso a los de extracción plebeya. Las crónicas nos cuentan de un humilde leñador que se comprometió heroicamente en favor de la Reina de Francia indignamente calumniada y proscripta; por fidelidad a su Reina el leñador abandonó a su mujer y a sus hijos, se hizo guía y defensor de su soberana, la condujo hasta Hungría, y protegió a su hijito nacido en el exilio; ese plebeyo, Varocher, recibió un día la Caballería de las propias manos del emperador de Constantinopla: un duque le calzó las espuelas, el emperador en persona le ciñó la espada. "Cuanto a lo corporal —leemos en Lulio —, tan honrada es la naturaleza en los árboles y bestias como en los hombres; pero por la nobleza del alma racional, que solamente participa con el cuerpo del hombre, tiene la naturaleza mayor virtud en el cuerpo humano que en el bestial. Por esta razón consiente la Orden de Caballería que entre en ella algún hombre de nuevo honrado linaje en atención a sus muchas nobles costumbres y proezas, autorizándolo algún noble príncipe. Porque, si no era así, la Caballería convendría mejor con la naturaleza del cuerpo que con la virtud del alma, lo que no es verdad, porque la nobleza de ánimo que conviene con la Caballería, concuerda más con el alma que con el cuerpo" (30).
Sin embargo, no hay que generalizar. Tales casos fueron más bien excepcionales. La costumbre general era hacer caballeros a los donceles o pajes, a los hijos de caballeros, a los jóvenes nobles. Es verdad que el joven noble no había nacido caballero, pero pertenecía a un grupo social en el cual, llegados a cierta edad, todos los hombres eran armados caballeros. El hombre de guerra hacía de su hijo un hombre de guerra, cuando el muchacho era la suficientemente fuerte como para vestir una armadura y ceñir la espada (31).
La Caballería cuidaba mucho de no mirar tanto el número cuando la calidad. "Para examinar al escudero —escribe Lulio—, conviene que el examinador sea caballero amante de la Orden de Caballería, porque hay algunos que estiman más el gran número que el que sean buenos los caballeros. Mas, porque la Caballería no mira a la multitud del número, sino que ama la nobleza de ánimo y de las buenas costumbres, por esto, si el examinador ama más la muchedumbre de caballeros que la nobleza de la Caballería, es desconveniente para examinador, y fuera menester ser examinado y reprendido de la injuria que hace al alto honor de la Caballería" (32).
¿Quénes no podían ser caballeros? Ante todo, evidentemente, la mujer. A este respecto nos dice Lulio: "El varón, en cuanto tiene más seso y entendimiento y es de naturaleza más fuerte que la mujer, puede ser mejor que ella; porque si no podía ser tan bueno como la mujer, se seguiría que la bondad y fuerza de la naturaleza sería contraria a la bondad del corazón y de las buenas obras. Por esto, así como el hombre por su naturaleza tiene mayor disposición que la mujer para tener noble corazón y ser bueno, así tiene mayor disposición que la mujer para ser aleve; porque si no la tenía, no sería digno de tener mayor nobleza de corazón y mayor mérito en ser bueno que la mujer" (33).
En las Siete Partidas se amplían los impedimentos: "Dueña no puede ser Caballero, ni hombre de Religión, porque no ha de meter mano en las lides; asimismo, el que es loco, o no tiene edad, porque no tiene suficiencia de seso para entender lo que hace. Asimismo que no sea Caballero hombre muy pobre... porque la Caballería está establecida para dar, y hacer bien, y no puede ser puesta en hombre que tuviese que mendigar en ella. Asimismo no puede ser hecho Caballero el que fuese menudo en su persona o en sus miembros, de manera que no se pudiese en guerra ayudar de las armas. Y aun decimos que no debe ser hombre Caballero, quien por su persona anduviese haciendo comercio" (34).
Sistematicemos ahora las diversas condiciones exigidas a los que aspiraban a la Caballería. Para el ingreso en dicho estamento se requerían condiciones físicas y condiciones morales.

1. CONDICIONES FÍSICAS

Ante todo, ni muy joven ni muy viejo. Con referencia a esto enseña Lulio: "Para un nuevo caballero se requiere edad competente, porque, si es muy joven el escudero que quiere hacerse caballero, no puede haber aún aprendido las costumbres pertenecientes al escudero antes que pase a caballero; ni podrá bien hacerse cargo de lo que promete al honor de la Caballería, si en la infancia es armado nuevo caballero. Y si el escudero ya es viejo y le faltan las fuerzas del cuerpo cuando quiere ser caballero, antes de llegar a la vejez hizo injuria a la Caballería que se mantiene por combatidores fuertes y es envilecida por los flacos y desvalidos, que fácilmente son vencidos y huyen. Así como la medida de la virtud está en el medio, y su contrario en los dos extremos, que son vicio, está la Caballería en la edad competente a caballero; pues, si no fuese así, habría contrariedad entre la medida y la Caballería; y si la había, la virtud y la Caballería serían contrarias. Y si lo son, tú, escudero, que te das muchas prisa, y tú que te tardas demasiado para ser caballero, ¿por qué queréis entrar en la Orden de Caballería?" (35).
Ni tampoco lisiado o deforme: "El contrahecho, o demasiado gordo, o de otro vicio en el cuerpo, por el cual no pueda usar del oficio de caballero, no debe entrar en la Orden de Caballería; pues fuera vileza suya recibir hombre defectuoso o lisiado o que no tuviese fuerzas para llevar armas. Y es tan alta y noble la Caballería en su honor, que ni la riqueza ni la nobleza de corazón ni de linaje le basta al escudero que está lisiado en algún miembro" (36).
Ello no significa que sólo se le exige prestancia al escudero para poder acceder a la Caballería: "Si el escudero por la belleza del talle, o por gran cuerpo cubierto de pelo rubio, o por llevar espejo en la bolsa, debe ser hecho caballero, podrás también hacer caballero al hermoso hijo del payés o de cualquier mujer bella; mas, si lo haces, deshonras y menosprecias la antigüedad del linaje honrado; y la mayor nobleza que Dios ha hecho al hombre y a la mujer, la bajas a una vileza; y con tal menosprecio y deshonor envileces y abates la Orden de Caballería" (37).

2. CONDICIONES MORALES

Es al mismo Lulio a quien debemos una enumeración bastante completa de las condiciones morales exigidas a quien pretende la Caballería. Citémoslo en su lenguaje tan original.
En primer lugar, se le pide la fe católica, el amor y el temor de Dios: "Lo primero que se debe preguntar al escudero para ser caballero, es si ama y teme a Dios; porque ningún hombre sin amor y temor de Dios es digno de entrar en la Orden de Caballería, y el temor le hace huir de los falimientos, con que se deshonra la Caballería. Por esto, cuando sucede que el escudero que no ama ni teme a Dios se hace caballero, toma el honor por recibir la Caballería, pero ésta recibe deshonor en el escudero que no la recibe honrando a Dios, que ha honrado la Caballería. Y, porque recibir honor y dar deshonor no se convienen, por esto el escudero sin dicho amor y temor no es digno de ser caballero" (38).
Lejos, asimismo, de la Caballería, los hombres de corazón vil. "Así como caballero sin caballo no se aviene con el oficio de caballero, escudero sin nobleza de corazón no se aviene con la Orden de Caballería; pues la nobleza de corazón fue el principio de ella, y la vileza de corazón es la destrucción de la misma. Por esto, el escudero que con vil ánimo quiere ser caballero, quiere destruir la Orden que pide; y si es contra la Orden, ¿por qué la pide? Y el que hace caballero al escudero de corazón vi!, ¿por qué deshace su Orden?" (39).
Se le exige también una conducta coherente con la moral cristiana: "Al examen del escudero que ha de pasar a caballero, corresponde que se haga inquisición de su vida y costumbres; porque, si por la mala vida y depravadas costumbres deben los caballeros ser echados de la Orden de Caballería, mucho menos conviene hacer caballero un escudero se de ser echado por sus hechos viles y costumbres desagradables" (40).
El escudero que sólo busque el poder, por pura vanagloria y ambición, debe ser asimismo rechazado. "También debes saber con qué intención el escudero quiere ser caballero; porque, si es para ser rico, o para señorear, o para ser honrado sin honrar la Caballería ni a los que la honran, amando la Caballería ama su deshonor, por cuyo motivo es indigno de que por la Caballería consiga riqueza, felicidad ni honor" (41). "Si el escudero tiene vanagloria de lo que hace, no parece bueno para caballero, porque la vanagloria es un vicio que no reconoce los méritos ni los galardones de los beneficios que da la Caballería... El escudero orgulloso, mal educado, sucio en sus palabras y vestidos, de corazón cruel, avaro, mentiroso, desleal, perezoso, iracundo, lujurioso, borrachón, glotón, perjuro o que tenga otros vicios semejantes a éstos, no conviene con la orden de Caballería. Mas, si la Caballería podía recibir los que son contra su Orden se seguiría que orden y desorden serían una misma cosa" (42).
Igualmente, lejos de la Caballería los lujuriosos: "Si la justicia y lujuria convienen entre sí, la Caballería, que concuerda con la justicia, concuerda con la lujuria; y si la Caballería y lujuria convienen entre sí, la castidad, que es contraria a la lujuria, es contra el honor de la Caballería. . . Mas, si la justicia y la lujuria son contrarias, y la Caballería es para mantener la justicia luego el caballero lujurioso y Caballería son contrarios" (43).
Según se hace evidente por todo lo dicho, un caballero no se improvisa. Debe ser preparado, ya desde el hogar paterno, en el ejercicio de las virtudes, como con tanto gracejo afirma Lulio: "Por la costumbre y buena crianza que da el caballero a su caballo no es tan mantenido el honor de la Caballería como por las costumbres y buen trato que usa y enseña a su hijo, porque la Caballería no está en el caballo ni en las armas, sino en el caballero. Por esto el caballero que enseña bien a su caballo y acostumbra a malos tratos a sí mismo y a su hijo, si podía, se haría bestia a sí mismo y a su hijo, y a su caballo lo haría caballero" (44).
Otra cualidad en la que mucho se insiste es en el valor: "Si la Caballería conviene tan fuertemente con el valor que echa de su Orden todos los amigos del deshonor, si no recibía los que tienen valor, lo aman y lo mantienen, se seguiría que en la Caballería se podría destruir algo con la vileza, lo que no podría restablecer con la nobleza. Mas, porque esto no es verdad, tú, caballero, que examinas el escudero, estás obligado a inquirir en él más el valor y nobleza que cualquier otra cosa" (45).
Dicho valor no debe sin embargo ejercerse a tontas y a locas. En última instancia, es una expresión del espíritu de sabiduría que ha de caracterizar al auténtico caballero. Porque si el caballero ha de ser valiente en el combate es en orden a la paz, es decir a volver las cosas a la tranquilidad propia del orden reestablecido: "Si la justicia y la paz eran contrarias, la Caballería, que concuerda con la justicia, sería contraria a la paz; y si lo es, luego los que son enemigos de la paz y aman las guerras y sus calamidades, son injuriosos y contrarios a la Caballería. . . ¿Cuáles y quiénes eran los primeros caballeros que se concordaban con la justicia y la paz, pacificando los hombres por justicia y fuerza de armas? Pues, así como al principio, es ahora oficio del caballero pacificar los hombres por fuerza de armas" (46). "Caballería y ardimiento no se avienen bien sin sabiduría y cordura; pues, si no fuese así, convendrían con la Caballería la locura y la ignorancia; y si esto fuese, la sabiduría y cordura, que son contrarias a la ignorancia y locura, serían contrarias al Orden, lo que es imposible,-por cuya imposibilidad a ti, caballero que tienes grande amor al Orden de Caballería, está significado que, así como la Caballería por la nobleza de ánimo te hace tener ardimiento y despreciar los peligros para poder honrarla, conviene que la Orden de Caballería te haga amar la sabiduría y cordura, con que la puedes honrar contra el desorden que hay en aquellos que piensan cumplir con el honor de Caballería por la locura y mengua de entendimiento" (47).

Como el valor debe ponerse al servicio de los humildes, el caballero ha de cultivar la virtud de la humildad: "Si la justicia y la humildad eran contrarias, la Caballería, que concuerda con la justicia, sería contra la humildad y concordaría con el orgullo. Y si el caballero con ser orgulloso mantiene
el oficio de Caballería, fue muy otra aquella Caballería que empezó por la justicia y para sostener los humildes contra los orgullosos injustos" (48).
Se requiere, en una palabra, hidalguía de espíritu, honor mantenido. "Paraje y Caballería se convienen y concuerdan, porque el paraje no es más que antiguo honor continuado, y la Caballería es una Orden y regla que se mantiene desde el tiempo en que fue instituida hasta el presente. Por esto, porque convienen entre sí el paraje y la Caballería, si haces caballero al hombre que no es de paraje, en lo que obras haces que sean contrarios paraje y Caballería" (49).
Según se ve, Raimundo Lulio describe las diversas cualidades morales que deben adornar al que pretende la Caballería, en torno a dos o tres nociones fundamentales: la justicia, sobre todo, pero también el orden (ya que la Caballería es un Orden), y el honor, del cual hablaremos luego más extensamente, ya que parecería ser la característica más típica del caballero.

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Notas

(27) Ibid., I, 11..., p. 111.
(28) Ibid., I, 12..., p. 111.
(29) Cf. L. GAUTIER, La Chevalerie..., pp. 186-243.
(30) Libro de la Orden de Caballería, III, 10..., p. 123.
(31) Cf. L. GAUTIER, La Chevalerie..., pp. 247-250.
(32) Libro de la Orden de Caballería,
(33) Ibid., I, 6..., p. 110.
(34) Las Siete Partidas, 2! Partida, titulo XXI, ley 1.
(35) Libro de la Orden de Caballería,
(36) Ibid., III, 17..., p. 125.
(37) Ibid., III, 7..., p. 123.
(38) Ibid., III, 2..., pp. 121-122.
(39) Ibid., III, 3..., p. 122.
(40) Ibid., III, 11..., p. 124.
(41) Ibid., III, 13..., p. J24.
(42) Ibid., III, 19-20..., p. 125.
(43) Ibld., II, 33..., p. 120.
(44) Ibid., VI, 21..., p. 139.
(45) Ibid., III, 12..., p. 124.
(46) Ibid., II, 35..., pp. 120-121.
(47) Ibid., II, 18..., pp. 116-117.
(48) Ibid., II, 34..., p. 120.
(49) Ibid., III, 8..., p. 123. Los "hombres de paraje" en Cataluña correspondían a los hidalgos de Castilla.



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