sábado, 20 de junio de 2009

El Estado-Nación ha entrado en agonía


por Ismael Medina



Tomado de Altar Mayor







a actual depresión económica mundial, una más de las que periódicamente se registran, repercute en el orbe igual que si se tratara de un tremendo maremoto cuyas ondas de expansión afectan con superior gravedad a los países que no previnieron, obviaron las consecuencias sobre las que alertaban sus primeros oleajes o no dispusieron las necesarias defensas, por frágiles que fueran. Pero no es el caso de entrar en el debate economicista que en cada caso se registró y ha derivado en un círculo vicioso de sustitución y resurrección de los grandes budas de la teoría económica. La actual reverdece la disputa artificiosa entre si más o menos Estado. Cabría preguntarse, sin embargo, si la apelación al proteccionismo estatal no se reduce a que unos Estados-ficción usen de los fondos públicos para salvar del incendio a ese poder superior del capitalismo especulativo y entrópico que está por encima de los Estados-Nación en progresivo declive.

El concepto tópico del Estado-Nación, nacido de las revoluciones norteamericana y francesa de finales del siglo XIX, se ve asediado desde dos flancos: las entidades supranacionales y el sarpullido interno de nacionalismos dispersivos. ¿Fenómenos inevitables de un final de ciclo histórico? ¿Procesos calculados para favorecer el establecimiento de un único poder mundial por encima de los Estados, degradado a la condición de imperativa servidumbre?

El camino mundialista marcado por David Rockefeller

Puede servir de punto de partida para el análisis la conferencia pronunciada por David Rockefeller en diciembre de 1996 ante un selecto auditorio de grandes financieros y empresarios en el Club Económico de Nueva York. Apenas si trascendió su contenido y desde entonces poco se ha escrito o hablado del mismo. Pero es la ocasión de exhumarlo para su proyección sobre la realidad presente. De ella se hizo eco el escritor Alfredo Bryce Echenique en un artículo que, bajo el título de «Reflexiones de un gran empresario», publicó ABC meses después (13.4.1997).

Rockefeller expuso su tesis sobre los cambios que en materia económica, social y política deben afrontar los líderes de la comunidad empresarial y financiera. El poderoso financiero judeonorteamericano partió de la doctrina sobre la economía de mercado de Shumpeter y de Hayec, sus maestros universitarios, para luego avanzar en el diseño de las responsabilidades que hoy corresponden a los empresarios, las cuales «van bastante más allá del simple manejo eficaz, honesto y rentable de un negocio».

Las ideas básicas del discurso de Rockefeller pueden sintetizarse así: la revolución democrática/Estado benefactor y sus programas de ayuda social han periclitado y son insostenibles; la reducción de las competencias del Estado está convirtiendo a las empresas en enormes e ineficaces burocracias; el proceso de cambio operado por el capitalismo se ha logrado con muy elevados costes humanos, los cuales entrañan el peligro de que las grande corporaciones y sus dirigentes sean contemplados de nuevo como explotadores y delincuentes; además de obtener ganancias, los líderes empresariales deben contemplar también las necesidades de los trabajadores y de la comunidad; el malestar y el desencanto de los ciudadanos podrían desembocar en la reasunción por los gobiernos del papel que cumplieron antes de la revolución democrática; para evitar los dos anteriores riesgos, las empresas deben incluir en sus rendimientos la dimensión social; la solución radica en que los líderes empresariales sean empresarios y filántropos a un mismo tiempo; para cumplirlo, el empresario estadista y benefactor debe derivar parte de sus beneficios a las fundaciones de los años ochenta atribuye a los individuos y a las instituciones privadas un papel superior que a los Estados; el Bryce Echenique aspostillaba con escepticismo: «Sólo nos cabe esperar que las ideas de este miembro de la ya mítica familia Rockefeller sirvan para despejar el negro horizonte que nos vaticina el economista Lester C. Thurow en El futuro del capitalismo, su más reciente libro».

Las ideas de David Rockefeller no aportaban novedad alguna. Reprodujo los supuestos fundamentales del neoliberalismo de Friedman, abrazado por la gran mayoría de los economistas con parigual entusiasmo que lo hicieron con las teorías de Keynes que dieron cuerpo al Estado del bienestar. Esas mismas ideas básicas se encuentran desde hace años en los informes y resoluciones de las organizaciones instrumentales del poder mundialista, impuestas con llamativa uniformidad por el imperialismo financiero a la inmensa mayoría de los gobiernos del mundo.
Tampoco entrañan novedad las negativas consecuencias de la revolución democrática sugeridas por Rockefeller: la especulación, el desempleo, la restricción de derechos sociales, el traslado a las grandes empresas de los vicios de que se acusaba al Estado intervenconista... Las denuncias se reiteran desde hace años, aunque generalmente ahogadas o descalificadas por los servidores del nuevo orden mundial en cualesquiera ámbitos.Lo que verdaderamente importa de la conferencia de Rockefeller reside en la aceptación de los riesgos que para el neocapitalismo rampante supondría una vigorosa reacción social, cuyos primeros síntomas comenzaban a percibirse entonces. Resulta asaz problemático que el remedio pueda consistir en el cambio de la justicia social por la filantropía de los grandes empresarios. A menos, naturalmente, que otro de los efectos de la revolución democrática, el despotismo partitocrático, desemboque, como ya es notorio, en rígido totalitarismo al servicio del nuevo orden mundial.
Brzezinski y la Trilateral brazos operativos de Rockefeller.
Los temores de David Rockefeller, a los que de inmediato se sumó Gorbachov desde su Fundación en los Estados Unidos, no eran infundados. Recuérdese la crisis financiera de los noventa, también agravada en España por la acomodaticia y corrupta socialdemocracia de Felipe González. La conferencia de Rockefeller, conviene anotarlo, coincidió con el triunfo electoral de Clinton sobre Dole y la apertura de su segundo mandato presidencial. Algunos analistas advierten ahora que el desplome financiero actual, así como sus letales efectos sobre la economía real, se incubaron durante la doble presidencia de Clinton, al compás de una gestión que blasonaba de progresista en lo social, pero que en realidad no era más que la cobertura dialéctica para una desaforada política liberalista y de apoyo a los grandes núcleos financieros multinacionales.
Llegados a este punto parece oportuna la aportación de algunos datos que no sólo esclarecen el hecho de que el triunfante Barack Obama conforme su equipo de gobierno como una prolongación el tiempo del que rodeó a Bill Clinton. También su conexión con la conferencia de David Rockefeller a que antes me refería. Y asimismo el papel definitorio que su hombre de confianza, Zibigniew Brzezinski viene jugando desde que, en 1966, entró a formar parte del Consejo de Planificación Nacional norteamericano.Brzezinski deslumbró con su tesis de que los Estados Unidos atravesaban un periodo insostenible de pérdida de liderazgo mundial, situación que debería superarse de inmediato mediante una acción decidida de «recomposición hegemónica planetaria». David Rockefeller, a cuyo servicio estaba, le encomendó llevar adelante su plan mediante la creación y dirección de la Comisión Trilateral (USA-Europa-Japón), al tiempo que le atribuyó la asesoría en materia de política exterior de Jimmy Carter durante la campaña que le llevaría a la Casa Blanca, en la que ocuparía el resolutivo puesto de Consejero de Seguridad Nacional. Carter no era precisamente un avezado hombre de Estado e hizo suya, frente a la posición contraria de Vance, secretario de Estado, la estrategia diseñada por Brzezinski, conocida como de «repliegue-intervención», a la que más adelante me referiré por su influencia en concretas orientaciones de la política internacional española.
Miembro directivo también del CFR y de Amnistía Internacional, además de la Comisión Trilateral que fundó, Brzezinski perseguía apoyarse en Japón para frenar el expansionismo chino y en Europa para aislar a Rusia (la URSS era Rusia para él), atribuyéndole funciones de gendarme militar y político a través de la OTAN y de la Comunidad Europea. Repliegue táctico de los Estados Unidos sobre su potencial y simultánea intervención europea. Una de las acciones contra Rusia que promovió fue la trampa tendida a Moscú para forzar su invasión de Afganistán. Una ratonera cuya insurgencia fue ampliamente alimentada con armamento norteamericano y otras ayudas, al tiempo que lo hacía a Pakistán, siempre respaldado en la sombra por Rockefeller y los suyos. Pero tampoco debe olvidarse que Brzezinski impulsó la intervención armada en Irak en el curso de una sesión del Senado.
Durante su periodo de profesor en la Universidad de Columbia, Brzezinski descubrió a un brillante alumno al que de inmediato protegió y luego en la de Harvard. Se llamaba Barack Obama, al que introdujo en la Comisión Trilateral y en la Fundación Ford. Y no fue casualidad que en el equipo de asesoramiento en política internacional de Obama durante la campaña presidencial figurase su hijo Mark, que ya perteneció al Consejo de Seguridad con Clinton. Nada de insólito encierra la coincidencia de la estrategia diseñada por Zibigniew Brzezinski, en sus líneas maestras, con las muy genéricas apuntadas por Obama en el curso de la campaña electoral y después de ganar el pulso a su rival republicano. Ni que el nuevo presidente haya hecho suyas en sus fundamentos las medidas de ayuda a la banca norteamericana decididas por Bush.
Tampoco cambiará, salvo en las apariencias, las de su predecesor respecto de la intervención militar en Oriente Medio y el respaldo incondicional a Israel. Difícilmente podrá sustraerse Obama al diseño estratégico «repliegue-intervención» ni a la confrontación con Rusia, ahora la emergente de Putin.
España entró en el juego de la TrilateralFue en 1979 cuando Brzezinski consideró que España era un bastión imprescindible de su estrategia y que, aún dentro de Europa, era preciso consolidar un eje Londres-París-Madrid. A partir de ese momento comenzaron las presiones sobre el gobierno español para que acelerase su integración incondicional en la Comunidad Europea y en la OTAN. Una de las consecuencias sería que el PSOE de Felipe González cambiase casi de la noche a la mañana la pancarta de «OTAN, no» por el sí a la Alianza Atlántica. Ni que se ingresara aceleradamente en la Comunidad Europea sin una previa y correosa negociación que permitiera defender vitales intereses nacionales. Tampoco que Javier Solana, opuesto en 1980 a la entrada de España en la OTAN se convirtiera en 1996 en secretario general de la misma y en 1999, al término de su mandato, fuera designado «Mister PESC», o encargado de la política exterior y de defensa de la Unión Europea, puesto desde el que, fiel a los mandatos de Washington, decidiera la intervención de las fuerzas de la OTAN en el rifirrafe balcánico.
Durante su paso por diversas universidades norteamericanas al amparo de una beca Fulbrigth, Solana, inicialmente integrado en la marea progresista que se oponía a la guerra de Vietnam, sería absorbido por la masonería y por el aparato de poder de Rockefeller-Brzezinski, al que fue de indudable utilidad en su paso por diversos ministerios socialistas, sobre todo el de ministro de Asuntos Exteriores, del que saltó a Europa cuando todos le daban como sucesor de Felipe González.
El eje Londres-París-Madrid, en el que Felipe González estaba inmerso, lo rompió Chirac. Pero siguió vigente con Blair y Aznar, transformándose en Londres-París-Berlín tras la subida al poder de Rodríguez «por accidente», merced al respaldo de Chirac y de Mohamed VI a su necio enfrentamiento con los Estados Unidos. Una desviación por la que los españoles hemos pagado un alto precio. USA trasladó a Maruecos, antes y ahora instrumento de Francia, la misión asignada a España. Rodríguez consumó en un doble efecto los objetivos de la «Marcha verde»: El control de los yacimientos de fosfatos del Sahara español y marroquíes que desde hacía años perseguía el magnate judeonorteamericano Armand Hamer; y el reconocimiento del dominio marroquí sobre la antigua provincia española con el consiguiente abandono del apoyo a las reivindicaciones saharáuis que en la ONU mantuvieron los anteriores gobiernos.
Ya desde su fundación en 1975 la Comisión Trilateral creó delegaciones en todos los países europeos. También en España, al frente de la cual se mantuvo inalterable Javier Urquijo, compañero de estudios de don Juan Carlos, amén de amigo íntimo y banquero al que los gobiernos de Felipe González ayudaron a superar serias dificultades. Cada año cambian algunos miembros de la sucursal española de la Trilateral, en la que se confunden políticos progresistas y conservadores, periodistas influyentes y banqueros a los que ha caracterizado un laicismo más o menos ambiguo, si bien hay unos pocos a quienes no afectan los cambios. No faltaron en las iniciales hornadas constitucionalistas de 1978 y en sus apoyos externos. Tampoco notables infiltraciones masónicas, en particular del Gran Oriente. Así salió lo que salió y ahora padecemos.
La falsificación del pasado bloquea las posibilidades de futuro
No es ocioso el recordatorio anterior. Políticos y plataformas mediáticas viven aferrados al hoy perentorio. Esconden o falsifican el pasado y evidencian confusión y falta de ideas respecto del futuro. Pero el presente es imperceptible, de tan fugaz. Cada segundo de la existencia que transcurre se hace pasado. Y futuro, cada segundo por llegar. Cada acción emprendida es a un mismo tiempo un paso hacia el futuro y memoria de pasado. Creemos vivir un presente tangible cuando braceamos entre el pasado y el futuro. Pero es el depósito vivo del pasado lo que mueve las ruedas del futuro. Una lúcida percepción del pasado constituye la mejor aguja de marear para orientar nuestros pasos hacia objetivos plausibles de futuro. Sólo plausibles, pues su configuración no depende por entero de nosotros mismos. Es el resultado de una complejísima concatenación de causalidades propias y ajenas.
Una organización política lo es en cuanto dispone de una ideología, de una estructura, de una dirección y de objetivos compartidos. El resultado de los procesos expuestos no podía ser otro en España que el que fue: la anarquía funcional e ideológica. Y como consecuencia, un generalizado desconcierto que se hizo especialmente ostensible cuando se produjo el transaccionismo desembocado en la democracia partitocrática, o de totalitaria oligarquía de partidos. Era inevitable que en esa coyuntura se registraran o consolidaran tres principales fenómenos que venían más o menos larvados desde hacía tiempo: la acomodación a la realidad política del posfranquismo, tópicamente denominada «franquismo sociológico»; el encapsulamiento de un cierto sector movimientista en un cultivo nostálgico del régimen fenecido que servía de referencia contradictoria para justificar la validez constitucional de la «joven democracia»; y un temeroso enrocamiento del nuevo régimen, trascendido progresivamente a enfermizo totalitarismo partitocrático.
Hemos caído en el mismo error que Madariaga señaló como una de las causas principales del fracaso de la II República: el empeño en afirmar su existencia en una radical y revanchista contraposición a la Monarquía y a la Dictadura de Primo de Rivera, en vez de con resuelto aliento de futuro. Al actual sistema partitocrático, nacido al socaire de las Leyes Fundamentales del régimen de Franco, hechura de conversos y ayuno por completo de ideas renovadoras y de consistencia ideológica, apenas si le restaban tres asideros para autojustificarse: convertir al franquismo en el compendio de todos los males; imitar con burdo apriorismo modelos extraños a la conciencia histórica y cultural de nuestro pueblo; y someterse con obtusa obediencia a los dictados del llamado nuevo orden internacional, cuya más insistente justificación dialéctica es también el anti: antinazismo, antifascismo, antirracismo, anticristianismo, antipatriotismo...
Pero cualquier fórmula política cuyo fundamento sea puramente reactivo respecto de una situación anterior está aquejada de insanable esterilidad. Ahoga en sus mismas surgientes todo aliento creativo. Y abre procesos irreparables de descomposición.Lo mismo en España que fuera de España, las apelaciones a la democracia se convierten en huera retórica y sus concreciones institucionales están aquejadas de esclerosis. Resulta patético que, transcurrido más de medio siglo de la derrota militar del III Reich, se persista en exhibir el fantasma del nazismo y del fascismo como un acechante demonio político. También desemboca en estúpida demostración de inseguridad que se considere un peligro para la democracia la existencia de pequeñas pandillas marginales de violencia urbana que se apropian del simbolismo nazi con total ignorancia de su contenido ideológico. Y con igual superficial visceralismo que otras adoptan una didascalia satanista. Sucede lo mismo con pandillas de jóvenes ácratas, imitadoras de las más tópicas exteriorizaciones del anarquismo. O con los jóvenes violentos que se filian a extremosidades secesionistas, lo que explica la inexistencia en Vascongadas de cabezas rapadas, pues su equivalente es el llamado abertzalismo. Se trata generalmente de erupciones que no pasarían de meros delitos penales si la falta de confianza del sistema en sí mismo no aconsejara atribuirles una entidad de la que carecen.
Cuando un sistema político está ayuno de ofertas atractivas de futuro, propende al enroque. Y necesita inventar enemigos con los que atemorizar a la sociedad que sojuzga. Una muestra más del agostamiento de la capacidad creativa en que manotea el pensamiento racionalista lo tenemos en la reiteración de aquella necedad churchilliana de que la democracia es el menos malo de los sistemas políticos. La admisión de que un sistema político es el menos malo de los existentes encierra una inquietante declaración de agónica impotencia. Tan inhabilitadora como la reflejada en la conseja popular de que más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer. El dramático problema a que hoy nos enfrentamos reside en que está desvencijado el soporte determinista sobre el que el mundo ha marchado desde el advenimiento de la revolución de la ciencia mecanicista, paridora del inorganicismo. La revolución democrática de que se nos habla desde las tribunas del poder mundialista se reduce a la pancarta publicitaria de un producto pretendidamente nuevo, pero pasado de fecha.
Los ciclos históricos nacen, crecen, maduran, decaen y fenecen con aleccionadora fidelidad a las leyes inmanentes del orden natural. Acaban destruidos por la creciente entropía que generan en su marcha inexorable hacia el acabamiento. Si a cada ciclo histórico lo despojamos de sus vestiduras, si lo observamos en su desnudez fenoménica, descubriremos sin gran esfuerzo la analogía vital entre unos y otros. Acaso la única variante estribe en su duración, cada vez más corta. La aceleración de la historia configura, en efecto, un fenómeno en el que sólo desde época reciente se ha reparado y que propone desconcertadas interrogantes. Por lo demás, el proceso natural de los ciclos históricos es un fiel reflejo del biológico. Nada de extraño encierra, por ejemplo, que el periodo de mayor brillantez creativa aparezca a caballo entre el final de la madurez y el comienzo de la decadencia. En su tramo agónico, la memoria histórica sustituye a la capacidad creativa y la resistencia a morir se traduce en un obsesivo retorno a lo conocido y ya vivido para ahogar el miedo a un futuro para el que se carece de respuesta. Y eso es precisamente lo que nos sucede hoy. Estamos en el umbral de un nuevo ciclo histórico del todo imprevisible. Pero las fuentes del pensamiento especulativo, de la iluminación filosófica, parecen cegadas, al tiempo que el cambio tecnológico, o de la ciencia aplicada, se produce con vertiginosa aceleración. Es como si viajáramos en un avión convencional que, por causas desconocidas, hubiera vencido la fuerza de la gravedad y se deslizara sin control por el espacio interplanetario. El piloto intentaría el retorno a la Tierra haciendo uso de todos sus conocimientos y experiencia. Pero de nada le servirían ante una situación absolutamente nueva para la que ni él ni los instrumentos disponibles serían apropiados.
Las claves deterministas de la Constitución de 1978
El día del treinta aniversario de la Constitución de 1978 se celebró una vez más con huecas ceremonias y las consabidas endechas de la clase política y sus terminales mediáticas. Poco o nada se preocuparon en indagar sobre las raíces de su desastrada redacción, las cuales se alimentaron en los viveros subterráneos del nuevo orden internacional, una de cuyas múltiples plantas cizañeras es el New Age. El evento estuvo precedido por dos esclarecedores libros.
En defensa de España. Razones para el patriotismo español (Ed. Encuentro), del que son autores Santiago Abascal y Gustavo Bueno, es el primero de ellos. Sostiene que «amenazar a España en tanto que sociedad política es amenazarla formalmente en su existencia». ¿Y de dónde vienen y fraguan esas amenazas? Señalan los autores del libro: «Sin duda España está amenazada en su existencia por grupos secesionistas. Todo grupo (partido o sindicato, etc.) nacionalista fraccionario, desde el Partido Nacionalista Vasco hasta Endecha Astur, defiende la idea de la disolución de España […].
La mera existencia de estos grupos, en definitiva, representa ya una amenaza formal para la nación española». Pero se añade otra amenaza, no sólo exterior puesto que el enemigo también lo tenemos dentro: «Sí, se dirige explícitamente como amenaza contra España el yidahismo: grupos yidahistas han anunciado, en reiteradas ocasiones, dirigir sus acciones contra España con el propósito de acabar con su existencia al representar ésta la “tragedia de al-Andalus”».
El segundo, de Ricardo de la Cierva, ilustra sobre la profunda penetración de la masonería en la España actual. No tuvo desperdicio el debate que sobre su contenido sostuvo el autor con César Vidal en la COPE. No entraña novedad la resolutiva influencia masónica en el socialismo presente, la cual viene de muy lejos y reproduce la furia aniquiladora, ahora insidiosa, contra la Iglesia católica de la que fue portaestandarte Pablo Iglesias y que los de mi edad conocimos en la II y III Repúblicas. Tanto o más inquietante es, sin embargo, su nada desdeñable infiltración en los cuadros políticos del centro-derecha-progresista que Ricardo de la Cierva denuncia con nombres y apellidos. ¿Radica ahí la explicación del casi nulo empeño del PP en la defensa de los valores morales cuya voladura convierte a nuestra sociedad en maloliente pocilga y también su pasividad cómplice ante las arremetidas de la izquierda contra la fe católica, sus símbolos y sus manifestaciones litúrgicas?
Los diversos brazos del nuevo orden mundial, entre ellos la masonería, influyeron de manera resolutiva en el tan jaleado consenso del que surgió el texto de la Nicolasa, que así la denominó Aquilino Duque, un gran escritor ninguneado por la partitocracia, como remedo a la Pepa de 1812, pues el 6 de diciembre coincide con la festividad de San Nicolás. La introducción del término «nacionalidades», el lamentable Título VIII y otros desaguisados, sentaron las bases para una aplicación legislativa que cosificaría la dependencia de los poderes legislativo y judicial del partido en el gobierno y convertiría en árbitros chantajistas a los partidos anclados en viejos fervores secesionistas y los de nuevo cuño que con el andar del tiempo se subirán a ese mismo carro.Pareció que la consumación del totalitarismo partitocrático fortalecía un viciado fortalecimiento del Estado, pese a que en las tripas constitucionales el concepto de nación ya era conducido hacia la guillotina. Pero poco a poco y soterradamente fermentaba el demonio dispersivo de un federalismo que socavaba los cimientos del Estado.
Habría de acceder al poder José Luís Rodríguez Zapatero por confuso y sangriento «accidente» que permanece sin aclarar en su inducción y en su comisión, para que el proceso de desguace del Estado y de la Nación, amén de la voladura laicista de los valores morales e históricos, se desarrollara con aceleración, descaro, tosquedad y sin una oposición política y social capaz de frenar el desmadre.
Sería necio atribuir el proceso de desmantelamiento a la indigencia mental de Rodríguez, a su condición de quinqui político y su corte de mediocres. No son otra cosa que los toscos y arbitristas ejecutores de una estrategia iluminista que viene de lejos, asomó la oreja en la I República, se impuso en la Constitución de la II República y se instaló en la panza del caballo de Troya que fue la Constitución de 1978. Un diseño asumido desde un principio por el internacionalismo socialista, que comparece en los ideólogos del movimiento revolucionario sionista, discípulos y sorbedores de Hegel. Y derivó en la revolución bolchevique. Consecuente al mismo tiempo en su estrategia del liberalismo capitalista, el otro brazo de la Orden. Al hundimiento y desmembración de la URSS, convertida por Stalin en imperialismo eslavo, siguieron la sangrienta voladura de la Yugoslavia titoísta y las nada espontáneas insurgencias secesionistas en diversos países, con España a la cabeza, al tiempo que la Unión Europea, y sobre todo la por ahora fracasada constitución de Giscard d´Estaing, diluía la entidad de los Estados-Nación miembros.
La actual y brutal recesión económica ha desembocado en mecanismos espectaculares de intervención estatal encaminada al salvamento del sistema bancario en crisis bajo la presunción de que al evitar su quiebra generalizada se logrará la recuperación de la desmoronada economía real de la producción y el consumo en masa. La pauta la marcó la Administración Bush, la hace suya Obama y la aplican con llamativo seguidismo los gobiernos incorporados a la «revolución democrática». Rodríguez, siempre proclive a coger el rábano por las hojas, se apresuró a exhibir desde la silla prestada en la reunión del G-20 la pancarta retórica de «más Estado y menos liberalismo». Pero no es necesario ser un lince para descubrir que las medidas adoptadas con formidables inyecciones de dinero público al sistema bancario privado implican, por el contrario, más liberalismo mundialista y menos Estado. Una teórica panacea que concuerda en sus fundamentos con las directrices expuestas por David Rockefeller en la conferencia a que aludía al comienzo.
La colisión entre determinismo y moral católica
La cuestión planteada por David Rockefeller quedaría incompleta para su mejor comprensión, pese a todo lo expuesto, sin una referencia explícita a la colisión entre determinismo económico y moral religiosa. Y más en concreto, entre liberalismo-marxismo, las dos caras de una misma moneda determinista, y moral católica. Fue muy clara en este sentido la intervención del entonces cardenal Ratzinger, prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe, en la apertura del Simposio Iglesia y Economía (19.11.1985) celebrado en la Universidad Urbaniana, dependiente de la Santa Sede.
El cardenal Ratzinger rebatió la tesis de Adam Smith de que «la moralidad y el mercado son incompatibles, puesto que las acciones morales voluntarias violan las reglas del mercado y el propio mercado eliminaría al empresario moral». «Aunque esta concepción –advertía el purpurado– propende a la libertad del empresario individual y, en esa medida, puede llamarse liberal, en su verdadera sustancia es determinista». Llevado al extremo por Friedman el principio determinista de la incompatibilidad entre moral y mercado, las consecuencias se hacen hoy patentes con máxima brutalidad. La pavorosa corrupción que gangrena a la sociedad actual, enriquece a unos pocos hasta el paroxismo, empobrece a los más y genera una letal entropía, tiene su origen incontestable en el determinismo de Adam Smith, Max Weber y Carlos Marx, sus más cualificados definidores en el ámbito de la economía. La solución marxista aparece formalmente opuesta a la liberalista, pese al iluminismo de sus respectivos pontífices ideológicos.
Pero, como advertía Ratzinger, «pese a sus mecanismos radicalmente diferentes, en sus supuestos económicos de fondo, los dos sistemas tienen también muchas cosas en común. La primera consiste en que el marxismo es también una forma de determinismo, y que por otra parte ostenta la promesa de que la libertad completa llegará como fruto de ese determinismo».
La común raíz determinista entre liberalismo y marxismo explica, según Ratzinger, «la coincidencia de Lenin con la tesis de Sombart de que el marxismo no tiene mayor contenido moral, sino sólo leyes económicas». Igual para liberalismo que para marxismo, «la moralidad se reduce a la historia de la filosofía, y la historia de la filosofía degenera en estrategia de partido». Es la causa de la cada vez más evidente projimidad entre los sistemas de partido único nacidos del determinismo socialista y los sistemas de oligarquía pluripartidista. Estos últimos se reducen hoy a la alternancia en el poder de los equipos dirigentes de unos partidos que, bajo distinto ropaje retórico, responden a una misma concepción determinista, subordinada a la estrategia del mundialismo uniformador. No es casual, ni mucho menos, que la disciplinada asunción del determinismo liberalista por los partidos que se autodefinen de centro-derecha apareje su apartamiento del cuadro de valores morales –el cumplimiento de objetivos sociales de equidad distributiva y de libertad real– y, en definitiva, de los que la Iglesia católica reclama que se subordine la economía.
El discurso del cardenal Ratzinger, reiterado una y otra vez en sus fundamentos ya como Vicario de Cristo, contenía en este último aspecto dos alusiones especialmente significativas. La primera se refería a la «teoría de Max Weber de la afinidad interna entre capitalismo y calvinismo, entre la formación de un orden económico y una idea religiosa determinante». No era ocioso el recordatorio vaticano de la identidad entre capitalismo y calvinismo, sostenida por Weber con absoluta coherencia ideológica. No es cosa de insistir en esta analogía. Pero sí en la existencia de una vinculación compartida por Weber, Smith y Marx, quienes también hicieron suyos los fundamentos ideológicos del reformismo sionista.
Posee una indiscutible congruencia que esa profunda identidad determinista, característica del iluminismo, fraguara en una común aversión al catolicismo, señalada asimismo por el cardenal Ratzinger: «La idea de que sólo el protestantismo puede dar lugar a una economía libre, mientras que el catolicismo no proporciona la misma educación para la libertad y la disciplina propia necesaria, sino que favorece más bien los sistemas autoritarios, ciertamente goza todavía de no poco predicamento». Sin embargo, «ya no podemos ver al sistema capitalista liberal ingenuamente, como la salvación mundial que se lo consideraba en la era de Kennedy, con el optimismo de sus Cuerpos de Paz». ¿Pero acaso el catolicismo de Kennedy era algo más que un barniz de conveniencia? Sus propuestas económicas y sociales no eran el resultado de una consciente aplicación de la moral católica a la economía, sino fiel proyección de las ideas de Keynes, otro determinista fraguado en la escuela fabiana. El catolicismo de los Kennedy, desmentido con reiteración por sus comportamientos personales y de clan, era sólo una coartada coyuntural de la que precisaba en aquel momento la Orden.
El cardenal Ratzinger no podía entrar en este tipo de concreciones. Pero las sugería con suficiente claridad. No sólo en los pasajes que he recogido, sino con dos citas que añadir a la de Weber. En la primera recordaba Ratzinger estas palabras de Teodoro Roosevelt, en 1912: «Creo que la asimilación de los países latinoamericanos será larga y difícil mientras estos países sigan siendo católicos». La segunda se refería a Rockefeller, quien, «hablando en Roma en 1969, recomendó que se sustituyera a los católicos de allá por otros cristianos; empresa que, como sabemos, ahora está en plena marcha».No es esta la ocasión de entrar en el análisis de las dos anteriores citas.
Aunque sí señalar que una de las consecuencias de tal estrategia descatolizadora y deshispanizadora ha derivado en las convulsiones revolucionarias que arruinan a Iberoamérica y a cuyo frente el bolivarista Chávez ha sustituido al cubano Castro con su determinismo al uso caribeño. Es de todo punto lógico que Rodríguez haga causa común con esa otra «revolución demócrática» que encabezan Chávez, Castro, Ortega, Morales o los Kirchner. Aunque con insidia y vesania, incita a la consumación legislativa de aquellos dos gritos que proliferaron en los años treinta y cuyas trágicas consecuencia conocemos: ¡Muera España! y ¡Muera la Iglesia!

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