por D. Rubén Calderón Bouchet
Tomado de Mikael Nº 3
Revista del Seminario de Paraná
Tercer cuatrimestre de 1973
Tú aplastaste la cabeza, del Leviatán y
le diste en pasto a las fieras del desierto
(Salmo 74, 14)
Aquel día castigará Yahveh con su espada dura,
grande, fuerte, a Leviatán, serpiente huidiza, a Leviatán,
serpiente tortuosa, y matará al dragón que hay en el mar
(Isaías 27,1)
1. LA VIDA DE TOMAS HOBBESle diste en pasto a las fieras del desierto
(Salmo 74, 14)
Aquel día castigará Yahveh con su espada dura,
grande, fuerte, a Leviatán, serpiente huidiza, a Leviatán,
serpiente tortuosa, y matará al dragón que hay en el mar
(Isaías 27,1)

n 1588 Tomás Hobbes padre era vicario de Westport, pequeña iglesia contigua a Malmesbury en la cercanía de la parroquia de Charlton. Los conocimientos teológicos del vicario eran modestos; apenas si alcanzaban para leer las plegarias y enterrar con cierta dignidad a sus muertos. Su fuerte eran los juegos de cartas, y los sábados pasaba la noche en compañía de algunos parroquianos mal afamados, para dormirse los domingos mientras musitaba sus oraciones obligatorias.
Inglaterra vivía los años gloriosos de la reina Isabel, bajo la amenaza de la Armada de Felipe II de España. La esposa del vicario Hobbes, próxima a dar a luz, oyó hablar del desembarco español como de un hecho acaecido, y del susto se adelantó en su maternidad. Nuestro Tomás Hobbes nació así, el 5 de abril de 1588, en un parto prematuro provocado por el pánico.
Tres años más tarde el vicario de Westport desapareció para siempre de su hogar a raíz de una disputa sostenida con un parroquiano. La madre y sus tres niños fueron recogidos en Malmesbury por Francisco Hobbes, hermano mayor del irresponsable.
Tomás aprendió sus primeras letras en la escuela parroquial de Westport antes de desaparecer su padre. Continuó sus estudios primarios en Malmesbury y luego inició un curso preparatorio con un profesor particular llamado Lartimer.
Lartirner conocía bien sus latines y sabía transmitir su ciencia con entusiasmo. Hobbes recordará más tarde que a los catorce años y por instigación de Lartimer, había vertido en yámbicos latinos toda la "Medea" de Eurípides. Hazaña gramatical melancólica pero reveladora de su formación paciente y minuciosa.
Gemelo del terror y amante de las elegías latinas, manifestó en su juventud tanta tristeza en sus ojos negros y bajo sus oscuros cabellos, que recibió de sus compañeros el nombre agorero de "El cuervo".
Estudios en "Magdalen Hall"Francisco Hobbes, aconsejado por Lartimer, lo envió a "Magdalen Hall" en Oxford. Las fechas son inciertas; parece haber entrado como residente en 1603, pero no fue admitido en el "Bachelor Arts" hasta 1608.
Magdalen Hall estaba, en esa época, bajo la influencia puritana. Hobbes no se sintió atraído ni rechazado por la religión de sus maestros. Toda su vida fue impermeable al entusiasmo religioso y su cabeza sólo aceptaba los encantos de la lógica. Ya maduro, criticará con aspereza la enseñanza recibida en el colegio, pero limitándose a destacar la ausencia de formación científica.
Por recomendación del Principal de "Magdalen Hall" conoció a William Cavendish, primer conde de Devonshire y entró a su servicio en calidad de preceptor del hijo mayor. En 1610 acompañó a su discípulo en un viaje de estudios por el continente. Recorrieron Francia e Italia. La estadía en París coincidió con el asesinato de Enrique IV por Ravaillac. En la misma ciudad, Hobbes aprendió que la escolástica había sido "definitivamente sepultada" por los partidarios de la ciencia nueva.
El joven Cavendish fue para Hobbes un verdadero amigo y los dieciocho años que vivió a su lado fueron, según su propia expresión, los más felices de su vida. En la mansión del Conde tuvo todo lo necesario para continuar sus estudios y retomar sus abandonados latines. A los ochenta y cuatro años, cuando escriba su autobiografía, lo hará en pulidos versos latinos y según el modelo clásico aprendido con Lartimer.
En 1628 murió prematuramente el joven Lord Cavendish, segundo Conde de Devonshire y su compañero de viajes. Hobbes abandonó la familia del Conde y por un tiempo aceptó el puesto de preceptor viajero del hijo mayor de Sir Gervase Clifton. Referencias provenientes del preboste de Eton advertían favorablemente sobre las condiciones intelectuales del nuevo pupilo de Hobbes.
Su retorno al continente le dio oportunidad de comparar la situación política de Inglaterra con lo ocurrido en Francia. Richelieu edificaba el nuevo estado francés y lo hacía sobre principios de una lógica férrea muy a gusto del futuro autor del Leviatán. En Italia observó el régimen imperante en Venecia, considerado uno de los más firmes en la época. Sir Leslie Stephen, en su clásica biografía de Hobbes, no da mucha importancia a la capacidad examinadora de éste. Su método es más deductivo, y debe muy poco a la observación de los acontecimientos y a la experiencia personal.
Hobbes descubrió la geometría en este segundo viaje por Europa y fue para él una suerte de revelación. En verdad, descubrir a Euclides a los cuarenta años de edad no habla mucho en favor de la enseñanza del "Magdalen Hall", pero informa sobre el rumbo seguido por la inteligencia de Hobbes estimulada por esta pasión otoñal.
Nace un filósofo de la profanidad y del racionalismoMagdalen Hall estaba, en esa época, bajo la influencia puritana. Hobbes no se sintió atraído ni rechazado por la religión de sus maestros. Toda su vida fue impermeable al entusiasmo religioso y su cabeza sólo aceptaba los encantos de la lógica. Ya maduro, criticará con aspereza la enseñanza recibida en el colegio, pero limitándose a destacar la ausencia de formación científica.
Por recomendación del Principal de "Magdalen Hall" conoció a William Cavendish, primer conde de Devonshire y entró a su servicio en calidad de preceptor del hijo mayor. En 1610 acompañó a su discípulo en un viaje de estudios por el continente. Recorrieron Francia e Italia. La estadía en París coincidió con el asesinato de Enrique IV por Ravaillac. En la misma ciudad, Hobbes aprendió que la escolástica había sido "definitivamente sepultada" por los partidarios de la ciencia nueva.
El joven Cavendish fue para Hobbes un verdadero amigo y los dieciocho años que vivió a su lado fueron, según su propia expresión, los más felices de su vida. En la mansión del Conde tuvo todo lo necesario para continuar sus estudios y retomar sus abandonados latines. A los ochenta y cuatro años, cuando escriba su autobiografía, lo hará en pulidos versos latinos y según el modelo clásico aprendido con Lartimer.
En 1628 murió prematuramente el joven Lord Cavendish, segundo Conde de Devonshire y su compañero de viajes. Hobbes abandonó la familia del Conde y por un tiempo aceptó el puesto de preceptor viajero del hijo mayor de Sir Gervase Clifton. Referencias provenientes del preboste de Eton advertían favorablemente sobre las condiciones intelectuales del nuevo pupilo de Hobbes.
Su retorno al continente le dio oportunidad de comparar la situación política de Inglaterra con lo ocurrido en Francia. Richelieu edificaba el nuevo estado francés y lo hacía sobre principios de una lógica férrea muy a gusto del futuro autor del Leviatán. En Italia observó el régimen imperante en Venecia, considerado uno de los más firmes en la época. Sir Leslie Stephen, en su clásica biografía de Hobbes, no da mucha importancia a la capacidad examinadora de éste. Su método es más deductivo, y debe muy poco a la observación de los acontecimientos y a la experiencia personal.
Hobbes descubrió la geometría en este segundo viaje por Europa y fue para él una suerte de revelación. En verdad, descubrir a Euclides a los cuarenta años de edad no habla mucho en favor de la enseñanza del "Magdalen Hall", pero informa sobre el rumbo seguido por la inteligencia de Hobbes estimulada por esta pasión otoñal.
El siglo XVII puso de moda la genialidad, fue el siglo de Descartes y de Espinoza. Hobbes, sin igualar estas figuras del pensamiento moderno, tuvo el atisbo de que la genialidad consiste en abandonar las pisadas sendas de la tradición escolástica y, sobre la base firme de principios bien asentados, construir deductivamente un edificio conceptual propio. Euclides le dio la idea del método; su teoría de la sensación lo proveerá de un sólido punto de partida.
El "encuentro" inicial de una reflexión de este tipo suele ser modesto; Hobbes advirtió en el movimiento un seguro criterio para distinguir una cosa de otra. Si todo permaneciera inmóvil o se moviese de la misma manera, las cosas no se distinguirían y por ende no habría sensación, ni ciencia.
Una verdad tan clara y distinta como el cogito cartesiano, tomarla como fundamento, y extraer deductivamente todas las consecuencias posibles, era la obra misma del genio tal como la época lo entendió.
El "encuentro" inicial de una reflexión de este tipo suele ser modesto; Hobbes advirtió en el movimiento un seguro criterio para distinguir una cosa de otra. Si todo permaneciera inmóvil o se moviese de la misma manera, las cosas no se distinguirían y por ende no habría sensación, ni ciencia.
Una verdad tan clara y distinta como el cogito cartesiano, tomarla como fundamento, y extraer deductivamente todas las consecuencias posibles, era la obra misma del genio tal como la época lo entendió.
Ya descubierto su camino, Hobbes inició las reflexiones para crear una nueva filosofía. La decepción filosófica sufrida en Oxford lo había llevado a ocuparse de literatura y de historia, ahora volvía a sus primeros gustos epeculativos, pero con el alicientede hallar su propia verdad.
Vuelto a Inglaterra luego de los dieciocho meses de su segundo viaje al Continente, recibió de la Condesa de Devonshire la propuesta de atender a la educación de su hijo mayor, futuro tercer conde de la familia Cavendish. Era emprender el camino de retorno a Europa, y hallar en Francia todas las amistades científicas recientemente abandonadas. Este tercer viaje es intelectualmente mejor aprovechado que los dos anteriores. Conoce a Galileo en Florencia, y le expone su idea de la realidad: todo es movimiento y cada una de las ciencias estudia un modo diverso de moción. El sabio italiano apoya este punto de vista y Hobbes, seguro de estar en un rumbo cierto, vuelve a Francia. En París conversa frecuentemente con Martín Mersenne, el fraile amigo de Descartes, y en su concurrida celda conoce los espíritus más esclarecidos de Francia. Hablar con Mersenne, cambiar impresiones con sus amigos, es colocarse de golpe en el nivel más alto de la inteligencia europea, y al mismo tiempo sacar una suerte de diploma honorario para poder hablar con autoridad en cualquier otro sitio.
Su biógrafo Stephen señala la dificultad de aceptar como hombre de ciencia a quien conoció a Euclides cumplidos los cuarenta años, pero explica la aparente contradicción por el incipiente desarrollo de las ciencias físicas. Una buena inteligencia podía, en poco tiempo, alcanzar un excelente grado de información. La filosofía más a la moda se imponía como una construcción original a partir de principios evidentes. Como su labor era más deductiva que histórica, no hacía falta examinar todos los antecedentes de un problema para intentar una solución, incluso más, eso parecía una tarea obvia, toda vez que se pretendía partir de fojas uno.
Cuando volvió a Inglaterra, en 1637, estaba en plena posesión de sus facultades, y comenzó la composición de sus obras filosóficas. En esa época conoció a Lord Falkland y asistió a sus famosas reuniones en la casa de Tow, cerca de Oxford. A ellas concurrían casi todas las celebridades del mundo universitario, y Hobbes tuvo la oportunidad de frecuentar los ingleses más ilustres de su tiempo.
Una modesta leyenda negra pesa sobre la personalidad de Hobbes. Se lo ha presentado en ejercicio de un carácter atrabiliario y cínico, pero su mala fama, como observa su biógrafo, es obra de sus libros y no de su conducta. Su temperamento melancólico no ocultaba la veta humorística de un ingenio muy agudo, y el testimonio de sus médicos concuerda en presentarnos un hombre mucho menos sombrío del que hace sospechar su filosofía.
Con su amigo y admirador Falkland ofrecía un curioso contraste. Mientras Falkland veía con claridad el pro y el contra de sus propias opiniones, era muy capaz de jugarse la vida por lo que apenas admitía como probable. Hobbes casi no conocía la duda, pero fue siempre incapaz de arriesgar el pellejo por sus ideas.
En la política ...No había de tardar en poner en evidencia este otro aspecto de su carácter. En 1637 comienza en Inglaterra la lucha entre Carlos I y el Parlamento. A partir de 1640 la controversia está en pleno apogeo y los partidarios de uno y otro término de la disyuntiva pclítica, comienzan a pasar al terreno de los hechos. Hobbes era monárquico y armado de una lógica inexorable y de su ciega confianza en la razón, inició la exposición de su doctrina política con la ilusión de arrojar luz sobre la contienda y llevar a los espíritus turbados la fría seguridad de sus argumentos. El plan de la obra era vasto y exigía para su completa realización un largo lapso. La realidad no podía aguantar tanto y el ambiente saturado de polémica exigía soluciones rápidas y acordes con las necesidades del momento. Hobbes aceptó la imposición de la hora y escribió un breve tratado en dos secciones. Omitió los primeros principios y se lanzó audazmente sobre las conclusiones más urgentes. Leído y comentado por muchos, tuvo alguna influencia sobre los acontecimientos posteriores. Hasta dónde esa influencia trajo un peligro real para la vida de Hobbes, es difícil decirlo. Triunfante el punto de visto opuesto al suyo, éste no esperó que sus adversarios recordaran su intervención en el pleito y se alejó de Inglaterra a toda marcha. Once largos años duraría su exilio en el reino de Francia. Hobbes había sostenido, en contra del Parlamento, que la soberanía es una e indivisible. Al soberano le corresponde el derecho de paz y de guerra, como asimismo imponer contribuciones exigidas por la seguridad del Reino. El rey Carlos I detentaba la soberanía de Inglaterra, luego tenía derecho a acuñar monedas y cobrar las tasaciones fiscales correspondientes. Algo parecido había sostenido en su oportunidad el Obispo Manwaring y el Parlamento creyó oportuno hacerlo encerrar en la Torre de Londres.
... y en el exilio
Los defensores de la libertad de expresión generalmente la limitan al pensamiento propio. Hobbes conocía el caso de su ilustre predecesor y no se hacía ilusiones respecto a la liberalidad de los liberales. Para evitar que Inglaterra pecara contra la filosofía puso el Canal de la Mancha de por medio. En Francia respiró tranquilo y volvió a hallar el clima de las viejas conversaciones con Fray Martín Mersenne. Tres años antes de su llegada a París, Renato Descartes había publicado su "Discurso 'del Método" y en esa época preparaba la publicación de sus "Meditaciones". Hobbes halló en la capital francesa un ambiente propicio a la labor intelectual y se dio con ardor al estudio de la filosofía. Uno de sus primeros trabajos fueron sus objeciones críticas al sistema cartesiano. Mersenne las hizo conocer al autor de las "Meditaciones", pero éste no las recibió con su habitual serenidad. Hobbes hizo diligencias para entrar en conversación con el filósofo francés, pero Descartes se negó a establecer relaciones con el autor de críticas tan ásperas. Pese a los esfuerzos de Mersenne no se produjo la corriente de simpatía esperada por el inquieto fraile. Este advirtió una de esas insuperables repugnancias espirituales y con sagaz discreción no insistió en auspiciar el encuentro. En sus "Objeciones recogidas de la boca de diversos teólogos y filósofos" presenta nuevamente a Descartes la crítica de Hobbes a sus "Meditaciones", pero sin nombrarlo. Descartes respondió con amabilidad y no encontró en ellas graves pecados contra la filosofía. Más tarde admitirá la competencia de Hobbes en el terreno de la política, pero seguirá considerándolo unmal metafísico y un pobre matemático. Hobbes confesó siempre un gran respeto por Descartes, aunque reconocía que su cabeza no estaba hecha para la filosofía. Según él debía confinarse al dominio de la geometría, su ámbito natural, y nunca le perdonó haber escrito, contra su conciencia, un tratado sobre la "Transubstanciación" con el solo propósito de quedar bien con los jesuítas. Hobbes tenía su pensamiento puesto en la guerra civil desatada en Inglaterra y aunque momentáneamente dedicaba parte de su tiempo al estudio de las matemáticas, en 1642 publicó en latín su libro "De Cive", donde renovaba los temas tratados en su trabajo anterior. Poco más o menos por esa época comenzó a redactar "El Leviatán" en su lengua nativa. Lo escribió con sumo cuidado y se tomó varios años en terminarlo. Durante ese tiempo llevó una vida de penurias económicas soportadas con estoica entereza. Su amistad con Marsenne le valió conocer a Gassendi, "The sweetest natured man in the world", según su amistosa expresión. La buena naturaleza de Gassendi dulcificó en parte su ostracismo y el escaso brillo de su situación financiera. La guerra civil arreciaba en Inglaterra y pronto comenzaron a llegar a Francia los vencidos de partido monárquico. La corte, administrada mezquinamente por Mazarino, no fue muy generosa con los príncipes de la corona inglesa. Hobbes fue designado profesor de matemáticas del Príncipe de Gales. Posición brillante por el título pero mal retribuida. Las relaciones con el futuro Carlos II no fueron más allá de los cursos programados y de algunas sugestiones sobre las ciencias que el Príncipe halló de su gusto. Se ha querido ver en el cinismo político de Carlos II la influencia del autor del Leviatán. Hobbes se ha pronunciado con toda claridad sobre la extensión de esa pretendida influencia: el príncipie era muy niño —dijo en cierta oportunidad— para recibir las enseñanzas de su filosofía.
El retorno
El "Leviathan" fue publicado en Londres en 1651 y su consecuencia más inmediata fue permitir el retorno de Hobbes a Inglaterra Este hecho dio lugar a muchas apreciaciones enconosas.
¿Era su libro una apología descarada del gobierno de Cromwell? ¿O una pura coincidencia entre un hecho político y las ideas sostenidas por Hobbes desde hacía mucho tiempo? La situación política de Inglaterra había cambiado y con ella el detentar de la soberanía. La apología del poder absoluto, tan poco a tono con las pretensiones parlamentarias de la década anterior, hallaban ahora, en la persona del Protector, una nueva encarnación de su principio.
Conviene recordar, en descargo de Hobbes, que el libro fue publicado en 1651 y recién en 1653 Cromwell asumió la dictadura con el título de Protector. Era muy difícil —sugiere Stephen— que en 1650 alguien supiera con seguridad la futura importancia de Oliverio Cromwell.
Contra la insidiosa aproximación de Hobbes a Cromwell se impone el hecho de su reincorporación a la familia del Conde de Devonshire, con la cual convivirá hasta el fin de su larga existencia. Su vida retomó en Londres el ritmo estudioso de París. Como en Francia, frecuentó las figuras más notables de la inteligencia y como era algo poeta en sus horas de nostalgia, tuvo amistad con Waller, Cowley y Davenant. Sus relaciones con Milton fueron poco cordiales; no podía soportar al profeta del "Paraíso Perdido".
Entre los hombres de ciencia trató mucho a Harvey. El autor de la famosa teoría sobre la circulación de la sangre debió haberlo estimado bastante, pues algunos años más tarde lo recordó gratamente en su testamento dejándole diez libras esterlinas como regalo.
Había pasado generosamente los sesenta años cuando publicó en latín su libro "De Corpore" donde asentaba los principios filosóficos omitidos en sus obras anteriores. Era la base y el fundamento de todo el sistema, por esa razón conviene leerlo en primer lugar, si se quiere comprender con orden la filosofía de Hobbes.
El libro, escrito en 1655, desató una larga controversia científica con Wallis que ocupó los últimos quince años de su vida. Croom Robertson, en su biografía sobre Hobbes, trae una información completa sobre el hecho. Las opiniones asentadas por uno y otro protagonista sólo pueden tener un interés histórico. Científicamente hablando los disparates formulados por Hobbes pertenecen al dominio de la teratología o del humor, según el ánimo del lector.
Había cumplido los noventa años cuando escribió su "Decameron Physiologicum" con el loable propósito de asentar un golpe definitivo a sus adversarios. Impresiona la vitalidad del anciano Hobbes, tan seguro y rotundo en sus afirmaciones como en sus mejores años. Las ideas sostenidas en la obra no tenían valor, y de algún modo probaban la opinión de Descartes en lo referente a la ignorancia geométrica de Hobbes.
En 1659 estuvo presente cuando Carlos II entró en Londres. El Monarca recordó con cariño a su viejo profesor de matemáticas y lo recibió con frecuencia entre sus allegados. Amaba el genio cáustico y brillante del anciano y gustaba de su conversación. Esta actitud del rey habla en favor de un Hobbes poco aficionado al martirio, pero de ningún modo apóstata convicto de la monarquía.
La disposición más permanente de su ánimo se manifestó en sus relaciones con la religión. Sospechoso de ateísmo, hizo lo posible para salvar su integridad física de cualquier acusación formal ante los tribunales, pero en ningún momento dejó de escribir contra las pretensiones del poder espiritual.
Una vejez larga y llena de actividad intelectual.
Escritos en prosa y en verso, ensayos sobre cuestiones jurídicas, una autobiografía en yámbicos latinos, una traducción inglesa de los cantos IX a XII de la Odisea y la larga controversia con la universidad de Oxford, testimonian su vigor y su gusto por la vida. En 1675 abandonó definitivamente Londres y pasó sus últimos años en Chatsworth y Hardwick. En octubre de 1679 cayó enfermo y murió el cuatro de diciembre de ese mismo año. Fue enterrado en la Iglesia Parroquial de Hault Hucknall. Sobre su lápida escribieron esta frase latina que no revela nada: "Vir probus et fama eruditionis domi forisque bene cognitus".
2. EL PENSAMIENTO DE TOMAS HOBBES
El descubrimiento de los principios de Euclides a la edad de cuarenta años fue, al mismo tiempo, el encuentro de la veta más auténtica de su inteligencia. Razonador implacable, su doctrina es un sistema severamente deducido de unos cuantos principios tomados por evidencias primeras. Por supuesto —escribe Leslie Stephen—, como todo hombre en quien predomina la argumentación lógica, fue espléndidamente unilateral. No voy a reprocharle este defecto de inteligencia.
La unilateralidad es madre fecunda de muchos descubrimientos geniales.
El verdadero camino del saber es calle real, abierta por el concurso mancomunado de todos los talentos. Los aventurados solitarios que buscan por propia cuenta un sendero apartado, concurren a la labor común, así sea con la noticia decepcionante de que por allí no se va a ninguna parte.
Hobbes coincide con los grandes pensadores de todos los tiempos por la coherencia sistemática con que ordena los distintos temas de su reflexión y, conforme a la mejor tradición de la inteligencia greco-latina, su filosofía natural es el fundamento de su pensamiento político.
Es frecuente la crítica que declara obsoletas una y otra reflexión. Las ciencias físicas recién se constituían y Hobbes tenía de ellas el conocimiento de un aficionado. Su Leviathan es una construcción intelectual desprovista de fundamento científico y pertenece más a un capítulo de la teratología política que a una auténtica fisiología del orden social. Una consideración de esta naturaleza haría obvio el análisis de su pensamiento, pero en tanto las formas teratológicas del estado se imponen con más frecuencia que las normales, no resulta totalmente inútil indagar los presupuestos teóricos de ese Leviathan, cuya realidad está hoy mucho más cerca de producirse que en tiempos de Hobbes.
Del mecanicismo a la fisiología social
Sin lugar a dudas, las ciencias físicas tendían a una interpretación puramente mecánica del universo. Una observación más atenta a los aspectos cualitativos de la realidad desmentiría el rigor cuantitativo de su interpretación. Su idea del hombre tiene una asombrosa aptitud para ser desmontada en piezas como la de un juguete automático: un complejo maquinal de reflejos condicionados por un par de impulsos primarios.
El miedo preside los movimientos psíquicos y coloca la piedra fundamental de la ciencia social. Examinado el valor teórico de esta sumaria fisiología aparece sin esfuerzo su falsedad radical, pero si la observamos en una perspectiva operativo-técnica, no es difícil descubrir que el alma puede reducirse a una asociación mecánica de reflejos desatados por el terror. ¿No es ésta la última palabra en la técnica del dominio político?
La contemporaneidad de Hobbes está en su idea del conocimiento: "knowledge is power", escribirá con todas las letras, y la función posesiva adjudicada al saber da a su praxis política un sabor extrañamente actual.
Pero sigamos los pasos de su razonamiento: el fenómeno universal es el movimiento. Copérnico lo ha probado definitivamente cuando descubrió el movimiento de las estrellas. Galileo piensa cada tipo de movimiento explicado por una inmutación previa. Harvey ve al cuerpo humano como un mecanismo cuyas mociones obedecen a principios comunes a toda la naturaleza: la circulación de la sangre como las evoluciones de los planetas, obedecen a leyes semejantes.
Cuando lo hayamos estudiado bien se observará el fondo geométrico común de la fisiología y de la astronomía. Hobbes, como Comte un par de siglos más tarde, se pregunta si el nuevo método científico puede ser útil en la constitución do lu ciencia civil. Anticipa el punto de partida capaz de dar nacimiento a una respuesta afirmativa: los fenómenos sociales son movimientos cuyos principios generales deben ser buscados en la mecánica del cuerpo humano.
Antes de tratar la consideración de una forma compleja del movimiento, conviene indagar sus modalidades más simples: la realidad está formada por átomos que se mueven en todas direcciones, se mezclan y se combinan en complejos encadenamientos para constituir !a heterogénea variedad de lo visible. El átomo no tiene ninguna propiedad especial, a no ser la aptitud para moverse en el espacio adecuándose a su naturaleza: "give me space and movement, and I will make the world".
La receta no puede ser más simple, y repite el aforismo de Arquímedes con su palanca, en un contexto más pretensioso. El mundo, en el pensamiento de Hobbes, está constituido por partículas corpóreas moviéndose en el espacio. Lo que no tiene cuerpo, simplemente carece de realidad. El universo entero es un cuerpo y por ende también lo son sus partes constitutivas y lo que no es parte del universo "is no-thing", dirá con flema imperturbable.
"Imperialismo" corporalista
La religión quiere que haya espíritus. Hobbes no tiene gran interés en entablar querellas con la Iglesia por contradecir afirmaciones bíblicas, y se limita a negar el carácter naturalmente evidente de esas realidades. Si las Sagradas Escrituras afirman su existencia, así será, pero entonces deben ser pensadas como una suerte de cuerpos. Tal vez no tengan la consistencia y el peso de las cosas sensibles, pero alguna han de tener, pues necesitan inevitablemente del espacio para manifestarse. La conclusión extraída de su ingravidez permite señalar su insignificancia entitativa: "they cannot make their existence known, for they cannot affect motion".
La posibilidad real de los espíritus en el mundo de Hobbes se reduce a muy poca cosa, a tanto como el conocimiento natural que de Dios tenemos. Para este moderno adversario de Platón, como para el gran maestro griego, ser es igual a ser conocido, pero Hobbes carga el acento sobre los datos sensibles y reduce el ser a ser cuerpo y el conocer a conocer cuerpos.
La reflexión de Hobbes sobre los espíritus pone de relieve dos aspectos de su inteligencia: la inclinación por la empiria y el gusto por el manejo irónico de los temas religiosos. Su intención no era negar abiertamente la existencia de Dios, pero su ontología resultaba totalmente inadecuada para expresar una idea del ser espiritual. Lo real es corporal y toda existencia apela al testimonio de los sentidos, porque la sensación es principio del conocimiento. Este se produce por la inmutación provocada en un órgano sensorial por el movimiento de otro cuerpo: "all mutation is motion, motion can have no cause except motion".
El Poder: "libido dominandi"
El pensamiento es expresión del movimiento corporal. Un epifenómeno, dirán los materialistas más modernos. Para Hobbes los movimientos del cerebro tienen sus designios: conocer las causas de un efecto dado, para poder dominar y usar prácticamente ese efecto.
Poder sobre la naturaleza externa en primer lugar, luego poder sobre el hombre y la sociedad, en la medida que el conocimiento puede penetrar en uno y otro. La nota moderna de este poder reside en su autosuficiencia. No tiene nada que ver con la noción clásica del dominium. No es señorío del espíritu sobre las pasiones para llevar el alma hacia Dios. Es una fría "libido dominandi" instalada sobre la vida para someterla a los cálculos de la voluntad.
Con todo, en la conciencia de Hobbes, brilla el espejismo de un propósito generoso: el colmo de las calamidades es la guerra. Conocer los automatismos provocadores de querellas y someterlos a la razón, es el objetivo honorable de la sabiduría civil y la finalidad de su poderío.
Destrucción nominalista del pensamiento y del lenguaje
Considerado en su nivel entitativo, el pensamiento es una moción provocada por el movimiento de los cuerpos sobre los sentidos. La moción pronuncia un juicio sobre la realidad y éste puede ser verdadero o falso. El problema de la naturaleza de este juicio no es fácil de resolver con los instrumentos nocionales usados por Hobbes. Intenta hacerlo en un capítulo cuyo enunciado es todo un programa: computatio sive logica. Todo razonamiento en lo más profundo de su naturaleza es una operación matemática. La aproximación lenguaje-número, le inspirará una teoría de los signos donde trata de distinguir, bastante inútilmente, entre un sistema significativo convencional y otro con fundamento in re.
Admite al lenguaje como un sistema arbitrario de signos ideados por el hombre para enumerar las cosas. El valor universal de la palabra se funda en la semejanza física, por ende la ciencia, que versa sobre el universal es, como el lenguaje, un sistema arbitrario de signos.
No voy a entrar en los detalles de su lógica nominalista y repetir argumentos que tienen la venerable edad de la lógica misma. La certeza, para Hobbes, pertenece al mundo del pensamiento, pero el pensamiento es irreal y las palabras usadas para exponerlo arbitrarias. Con este par de afirmaciones de la lógica, Hobbes destruye su ontología: ¿pues qué son las cosas acerca de las cuales pensamos y hablamos, y de las que nos separan la doble irrealidad del pensamiento y del lenguaje?
Sin responder a la dificultad, ni observar la contradicción entre su realismo ontológico y su idealismo lógico, Hobbes divide la realidad en cuatro clases: cuerpos, fantasmas, accidentes y nombres. La inclusión del accidente no responde al espíritu de su teoría y el nombre, en tanto signo es una convención, en tanto ente, un movimiento del aire o un trazo de un cuerpo sobre otro.
Lo real se limita a los cuerpos y los fantasmas (imágenes). El problema del conocimiento consiste en descubrir la conexión entre ambos. Formula una suposición hipotética: si desaparecieran los cuerpos quedaría en la interioridad de la mente una representación imaginaria de la realidad que ésta tomaría por la realidad misma. El mundo mental tiene también su espacio y su tiempo, correlatos subjetivos del tiempo y el espacio reales: ¿cuál es la diferencia entre el ser extra-mental y el ser percibido?
Una teoría del ente real excesivamente simplista incuba una lógica sin fundamento ontológico; el resultado inevitable de esta amalgama es una interpretación caótica del conocimiento. Esta confusión intelectual deja una cantidad de cabos sueltos, recogidos más tarde por otros pensadores con la buena intención de ordenar. Hume, Locke y Berkeley han sido anticipados por el autor del Leviathan en muchas de sus conclusiones fundamentales.
"But knowledge is power": una ontología al servicio del Poder
Cuando Hobbes abandona el resbaloso terreno de la gnoseología y la lógica, vuelve a encontrarse con una realidad constituida por cuerpos, que se mueven en el espacio conforme a leyes perfectamente cognoscibles. Desgraciadamente esta realidad sólo puede ser conocida por el pensamiento, y en la imposibilidad de explicar la capacidad que éste puede tener para captar el mundo de los cuerpos de modo puramente inmaterial, naufraga toda la filosofía de Hobbes.
Es difícil exponer rigurosamente la perentoria afirmación de un mundo extramental exclusivamente corporal, contradicha por un saber formado por signos mentales arbitrarios: realismo empirista, idealismo y nominalismo son los extremos intelectuales que mueven esta bizarra doctrina más atenta a la paradoja que al equilibrio conceptual.
Los cuerpos, independientes del pensamiento, forman la realidad. El pensamiento, mero juego de imágenes y signos irreales, no puede representar adecuadamente a los cuerpos. La paradoja: sé de la realidad de los cuerpos a través de la irrealidad de mis fantasmas mentales. Su teoría del signo contradice su ontología.
"But knowledge is power", afirma Hobbes. Las ideas son meros instrumentos para tomar posesión de las cosas. La ontología debe ser simple para facilitar la tarea del poder. No se trata de buscar la unidad teórica entre el ente y la noción por la que ejerzo mi dominio sobre él. La coherencia viene dada por el efectivo poder ejercido.
Destrucción de la teología natural
El mismo espíritu de simplificación utilitaria conducirá su reflexión sobre las causas del universo. Un mundo movido por leyes mecánicas exige dos causas: la eficiente y la material. Esto es, algo capaz de efectuar un movimiento y el correlato pasivo apto para recibirlo: nada mejor para formular una auténtica economía del poder. Puesto en la faena de explicar el mundo y su aparición, Hobbes finge creer, por razones desmentidas por la razón de su sistema, en la existencia de un Creador. Este sería el misterioso mecánico inventor do la gran máquina universal. Si consideramos su principio fundamental: toda moción es necesariamente causada por mociones anteriores y fatalmente determinadas por éstas, el Supremo Mecánico tiene pocas probabilidades de haber fabricado libremente su artefacto.
Hobbes y los teólogos ingleses de su época
Sin lugar a dudas estas ideas chocaban con el pensamiento tradicional. En este sentido los teólogos ingleses, pese a su independencia de Roma, no eran una excepción, y desconfiaban como de la peste de todas las explicaciones mecánicas del universo, porque reducían a nada el dogma de la Creación y el papel de la Providencia divina. Sin Providencia no hay Revelación.
El conocimiento de las leyes mecánicas del cosmos físico, declaraba la cesantía de los Misterios y del reinado de las Santas Escrituras. No importaba a los sostenedores de la tradición que los nuevos físicos estuvieran dispuestos a reconocer a la religión un precario papel pedagógico en un período de la historia.
La afirmación de haber superado ese tiempo indigente, parecía inspirada por un espíritu de orgullo satánico. Cualquiera algo informado en los intríngulis del demasiado célebre proceso de Galileo, sabe que éste fue el motivo principal de su choque con la Iglesia.
El Estado y el miedo
Hay un aspecto, en las últimas conclusiones del libro de Hobbcs sobre los cuerpos, que conviene retener para la posterior comprensión de su antropología y por ende de su teoría política. Esta es su doctrina sobre las sensaciones. Las mociones impuestas por los cuerpos a los órganos de los sentidos, generan los fantasmas y, al mismo tiempo, provocan sensaciones de placer y dolor.
Como esta situación es difícil de explicar a partir de sus principios, provoca un ligero cambio en la conducción metódica de su investigación y abre un corto crédito a la introspección: "The causes of the motions of the mind, are known, not only by ratiotination, but also by the experience of every man that takes the pains to observe those motions within himself".
La filosofía civil de Hobbes dependerá largamente de este método, pues el poder necesita un conocimiento claro de los apetitos y pasiones humanas desatados por la búsqueda del placer y el miedo al dolor, para poder ejercer sobre ellos su dominio. El estado debe proveer al hombre de una dosis de temor suficiente para que éste pueda comprender el placer de la obediencia.
Una doctrina del hombre para la manipulación del Poder
Las reflexiones sobre el hombre las expuso Hobbes en la primera parte del Leviathan y en un tratado especial, publicado en 1650 con el título de "Human Nature". El mismo libro apareció ocho años después en una edición latina con el nombre de "De Homine".
Los primeros capítulos del Leviathan son un feliz resumen de las ideas contenidas en él. Precisamente porque el conocimiento es poder, conviene simplificar las mociones de la naturaleza humana y reducir su repertorio a reacciones elementales. El hombre es un cuerpo dotado de órganos sometidos al impacto de los cuerpos externos. Los estímulos mundanos provocan reacciones orgánicas y éstas generan las imágenes del mundo mental: los sueños y las fantasías de la imaginación son como las ondas provocadas en un lago por la caída de una piedra: "imagination is nothing but decaying sense".
Como el hombre es un centro de dominación sobre las cosas, y el conocimiento una reacción viviente frente a los cuerpos capaces de impresionar los sentidos, éstos constituyen un sistema de respuestas destinadas a ejercer un poder sobre la realidad. Hobbes comprende la dificultad de concebir cómo el cerebro ordena sistemáticamente la variedad de las impresiones e impone la unidad de las ideas generales a partir de los datos singulares de los sentidos.
El viejo problema de lo uno y lo múltiple vuelve a poner a prueba su sistema filosófico. Algo dijo sobre ello en el "De Corpore", a propósito de los universales, y tuvimos la oportunidad de anotar la pobreza de la solución. Ahora busca una respuesta psicológica con una módica teoría de la asociación de ideas que no resulta más satisfactoria. Pero hay algo en esa doctrina, capaz de despertar en el lector atento un cierto respeto por la audacia intelectual y la coherencia del viejo maestro inglés: la intención práctica de su propósito más profundo.
El hombre, con la ayuda de sus esquemas computadores, da respuesta dominadora a la variedad de sus impresiones y las somete a la unidad de sus necesidades concretas. Cuando la experiencia demuestra el acierto general del esquema explicativo por el dominio efectivo sobre las cosas necesarias, el proceso energético del poder se reduplica con un estímulo placentero; por el contrario, cuando fracasa, la vida tolal del sujeto se siente afectada por sensaciones penosas, tristes, disminuidas y decrece el caudal vital: "Pleasures mark the risisng and pain the lowering of the vital energies". El deleite consiste en vencer las dificultades dominándolas en un activo conocimiento: "Felicity, therefore, by which we mean delight consisteth no in having prospered but in prospering". No podemos detener el tiempo ni hacer cesar el movimienlo, pero podemos movernos en la línea del mayor vigor y felicidad. El secreto del conocimiento está en saber usar las variantes económicas del esfuerzo.
El honor y el pragmatismo del Poder
Don Salvador de Madariaga diría de esta filosofía que es inglesa en la veta más profunda de su radical activismo. Inglesa y moderna en la línea del pensamiento que convierte el conocimiento en poder y busca, detrás del dominio efectivo del hombre singular sobre los acontecimientos, la instalación de un poder capaz de lograr dominio sobro el hombre mismo, mediante la organización socio-política de su actividad. "And because the power of one man resisteth and hindereth the effects of the power of another, power simply is no more but the excess of the power of one abone that of another; for equal powers opposed destroy one another, and such opposition is called contention".
Para los que gustan apreciar las variaciones de lenguaje en los cambios sociales, el léxico de Hobbes sería la muestra más cabal del paso de una sociedad caballeresca al mundo impregnado por las instancias utilitarias de la burguesía. El término honor pierde su significación tradicional y se convierte en el reconocimiento del poder de cada uno. "Avoir tue son homme est un honneur", escribe en francés con la intención de usar la frase para comprender el valor del poder personal en la formación del poder social.
Un hombre, como cualquier otra cosa, tiene el precio impuesto por su comprador, pero éste depende de sus necesidades, y cuando adquiere un poder paga conforme a las exigencias de esa necesidad. En pocas palabras: cada hombre es lo que puede dentro de una situación determinada. A partir de esta idea del hombre, como centro de poder, traza las líneas de una psicología de las pasiones fundada en el más descarnado egoísmo.
Aumentar su propio poder con el poder de los otros, es móvil fundamental de la conducta humana y el mayor placer alcanzable en esta vida. Ver disminuido su poder, por la concurrencia victoriosa de los poderes adversos, es el colmo de la miseria y el peor dolor experimentable. Antropología interpretada en términos de energía física, apta para ser calculada con un metro de tipo matemático.
Los basamentos racionalistas de una "ingeniería" social
La parte más considerable del pensamiento de Hobbes es su filosofía política. En esta disciplina del saber llevó hasta sus últimas consecuencias los principios de su ontología y de su antropología. La teoría política de Hobbes está expuesta en tres libros: "De corpore político", "De cive" y "Leviathan".
El siglo XVII creyó haber descubierto por primera vez la idea de naturaleza. Su empeño más tenaz fue investigar las leyes que rigen su proceso y con este conocimiento adquirir un dominio sobre la realidad capaz de liberarlo para siempre de la superstición y de los poderes fundados en la teología.
Dios es autor de la naturaleza y fabricador del universo. Conocer bien los principios del mecanismo ideado por Dios es hacer un poco obvia la revelación y dejar sin empleo el oficio demasiado costoso de la Iglesia. La sociedad es concebida en la línea de esta interpretación mecanicista, como un artificio montado sobre un elemento natural, el hombre.
Descubrir la íntima legalidad que lleva al hombre a la fabricación del artefacto civil, es proveerse de un medio seguro para dominar su funcionamiento. Para Hobbes la organización del aparato estatal es un problema candente. Todos sus escritos políticos tienen el propósito de responder por el valor y los límites de la soberanía, frente a los reclamos de las libertades parlamentarias. El título de "Leviathan" dado al más completo de sus libros sobre el problema político le fue sugerido por este pasaje de Job: "non est potestas super terram quae comparetur ei".
Impreso en la tapa del libro aparece un gigante constituido por miles de pequeñas figuras humanas. El gigante lleva en una mano la espada del poder temporal y en la otra la cruz de la potestad espiritual. Concebido como una máquina, el "Leviathan" puede ser estudiado pieza por pieza como un aparato.
Éste mecanismo toma nacimiento en la mente del hombre; "in the motions of the mind". Para comprender el origen de esas mociones se parte de una situación pre-social en donde el hombre toma del mundo lo que puede y vive en perpetua querella con sus semejantes.
El estado de naturaleza y la artificialidad de la sociedad política
El hombre es un lobo para el hombre, pero lo es, no porque esté íntimamente corrompido por el pecado, sino por la imposibilidad de hallar un clima de paz sin renunciar a las libertades, madres de la guerra.
El Estado nacerá del impulso racional hacia la paz. Para comprender esta inclinación debemos considerar las leyes de la natnraleza humana. La primera es el derecho del hombre para usar sus fuerzas en la propia preservación. Esto implica el derecho anexo de procurarse todo lo conveniente al cumplimiento de ese propósito fundamental y, por lo tanto, el de poder quitar a otro lo necesario para la preservación personal.
El estado de naturaleza no es precisamente el paraíso terrenal. La guerra de todos contra todos, es su cotidiana realidad. El hombre aspira a salir de esa situación y para lograrlo cuenta con la inleligencia. El primer paso es abandonar el derecho natural a todas las cosas en común decisión con los otros.
Esta es, para Hobbes, la ley del Evangelio: no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a tí. Principio áureo del egoísmo y punto de partida ubérrimo de todas las virtudes, pues, aunque parezca extraño, la gratitud, la obligación, el deber y el amor al prójimo se inspiran en él. Fuente inextinguible de la "self preservation" es la base de la sabiduría social: "nadie da nada si no es con la intención de su propio bien".
Hace una excepción con la virtud de justicia: el hombre que obra justamente por miedo carece de justicia. En la conducta del justo descubre una cierta gratuidad, inexplicable en los límites de su antropología. El hombre justo cumple con su palabra aunque esto no lo beneficie. Parece imposible, pero es bueno que así sea para la mejor preservación del orden social.
El pensamiento político de Hobbes obedece al mismo reflejo vital del liberalismo burgués y del marxismo: la sociedad es un artificio inventado por el hombre para evitar los efectos destructivos del egoísmo. El egoísmo está en el fundamento del orden social, pero para explicar, justificar y exigir el sacrificio individual deben admitirse instancias altruistas capaces de obrar por sí solas o sin razón aparente.
El liberalismo confía en la mecánica intrínseca del interés general, misteriosamente armonizado con el interés particular. El marxismo cree en un cambio de naturaleza en el ser humano promovido por la modificación de la infra-estructura económica.
Hobbes vacila en el elenco de sus propias preferencias. Admite la importancia de la disposición interior del sujeto en la constitución del orden: la ley no puede ser meramente policial y externa. La voluntad tiene un papel importante para cumplir y el orden social exige un conveniente ordenamiento del apetito y por ende una suerte de interiorización de la ley.
Este pensamiento explica el consentimiento con que se funda su contrato: "the mutual agreement by which the great Leviathan is constructed". La sociedad política es convencional, no natural. Para llegar al contrato se hace menester una previa preparación del ánimo. En esta buena disposición reside el trabajo de la vida interior.
Es algo más que un concordato, dice el mismo Hobbes: "it is a real unity of them all in one and the same person, made by convenant of everyman with everyman: I authorise and give up my right of goberning myself to this man, or this assembly of men, on this condition that thou give up thy right to him, and authorise all his actions in like manner".
Hacia la construcción de un egoísmo social
El "Leviathan" es la obra de esta convención. No interesa a Hobbes si el contrato social ha sido resuelto en una asamblea popular con la asistencia de todos los contratantes, o ha sido impuesto por la fuerza de la conquista. Implícita o explícita, la convención es siempre el fondo del problema. El contrato social no se hace entre los súbitos y el soberano como partes distintas de una relación jurídica. El contrato es entre los subditos, y la soberanía aparece como resultado del contrato, pero no entra en él en condición de término.
Esto explica suficientemente por qué razón el subdito no puede reclamar al soberano cumplimiento de compromisos que éste no ha hecho nunca...
Los hombres, como personas naturales y dueñas de sí, contratan. Del contrato nace la persona jurídica del Estado. Construido el Leviathan, éste encarna la voluntad de todos. La multitud se convierte en una persona, la ley natural en ley civil, los impulsos egoístas en sociales. El Estado es una entidad nacida de una decisión voluntaria. La voluntad de todos constituye la voluntad del Estado y ésta se impone a sus subditos convirtiéndose en fuente de obligaciones.
Su existencia está justificada porque da la paz, condición esencial de la autoconservación. Hobbes admite un límite para la soberanía, mi propia defensa: "when the sovereign cannot defend me, need not obey hit»". La posibilidad de reclamar el derecho a ser defendido tiene muy pocas probabilidades de realizarse, pues recabar un derecho contra el Estado, es recabar para sí el uso de la espada, pero este derecho ha sido decididamente abandonado al formar el Estado.
El fin del Estado es la paz y a este propósito subordina todos sus actos, pero como los actos humanos nacen de las opiniones, el Estado tiene el poder de impedir la expresión de opiniones capaces de alterar la paz.
Hobbes considera la monarquía como el sistema más adecuado para realizar el objetivo fundamental del Estado. El rey está directamente interesado en el bienestar de sus subditos porque conviene a la consolidación de su corona. Los conductores populares disputan unos con otros y terminan pensando más en el partido que en la nación: "A democracy is no more than aristocracy of orators, interrupted sometimes with the temporary monarchy of one orator".
Modernidad y totalitarismo del Leviathan
No inventó para presidir su Leviathan nada semejante a la voluntad general o al sentido de la historia. Inglés en sus defectos como en sus virtudes, se aferra a una noción concreta y personal de la soberanía.
En este orden de cosas, el Leviathan encarna, en sus líneas pronunciadas, la idea moderna del Estado: supremacía del orden legal sobre el moral, concentración de todos los poderes sociales en el poder político, organización mecánica de un sistema administrativo unitario, asunción del poder espiritual por el poder temporal.
La desaparición de los cuerpos intermedios entraña la abolición de la propiedad. Un particular puede poseer un terreno y eso quiere decir que ningún otro particular debe disputárselo, pero quien da la potestad sobre el predio es el Estado, por lo tanto el Estado puede recabar para sí la posesión del bien.
Creado por la voluntad de todos los individuos, la realeza del Leviathan no admite la existencia de sociedades anteriores a la suya propia. Si esos grupos comunitarios existían, su razón de ser desaparece en el poder total del Leviathan. El Estado es obra de la voluntad humana.
En un contexto filosófico clásico, este artefacto depende del libre arbitrio, y por ende puede ser de una manera o de otra según el país y las circunstancias históricas. En la articulación del pensamiento de Hobbes, nada menos libre que la fabricación de este mecanismo. Su constitución obedece a motivaciones internas capaces de determinar el ejercicio de la voluntad convirtiéndola en el dócil ejecutor de movimientos naturales, tan inexorables como las revoluciones de los astros.
En su determinismo político Hobbes va más lejos que Locke y anuncia, en parte, las lucubraciones rusonianas del "Contrato Social" y de la dialéctica marxista. En ambos casos, el Leviathan augura el advenimiento del Estado Totalitario.
Provisoriedad y destrucción de la ley natural y del orden natural
Refuerza esta filiación la idea sostenida por Hobbes sobre la ley natural. Esta ley cumple su función durante el "estado de naturaleza", cuando la lucha de todos contra todos, se hace al ritmo de esos principios llamados por Hobbes: leyes naturales. El contrato implícito o explícito de los miembros de una futura comunidad política crea el Leviathan; entonces la ley natural desaparece y en su lugar rige el ordenamiento positivo impuesto por el soberano: "The law of nature orders him to obey the positive law, and does nothing else".
La ley natural de autoconservación se transforma en otra cosa, cuando el hombre asume su condición política. Esa ley es, de acuerdo con la lengua de Hobbes, un "Theorem", o sea una situación de hecho y una expresión cabal de la condición humana. Cambia la situación del hombre, y el cambio modifica el "modus operandi" del "theorem".
El contrato estatal repite, con otra música, la versión del primer principio del egoísmo: el hombre hará siempre todo lo que pueda para defender sus propios intereses. El Soberano nunca puede ser injusto con sus súbditos, pues cada súbdito es autor de aquello que hace al Soberano. La ley de la naturaleza y la ley civil se contienen mutuamente y poseen la misma extensión.
Del desorden natural al sistema del orden civil hay una suerte de "salto cualitativo" donde el hombre asume una nueva condición, creada por la ley civil. No hay distinción entre orden legal y orden moral, ni hay tensión entre intereses individuales y sociales, porque lo social es el trámite indispensable para preservar lo individual.
Hobbes y Marx
Esto nos hace pensar en un célebre párrafo de Marx, donde el profeta de la sociedad futura explica el cambio producido en el hombre por el paso del orden burgués al comunista: "Cuando el verdadero hombre individual se haya apropiado del ciudadano abstracto, y, en tanto hombre individual, en su vida empírica, en su trabajo individual, en sus relaciones personales, se haya convertido en ser genérico, una vez haya reconocido la esencia social de sus fuerzas propias y las haya organizado en consecuencia, y que, por consiguiente no separará nada de sí para alienarlo en poder político, la fuerza social; entonces por primera vez se habrá cumplido la emancipación humana". (Oeuvres Philosophiques, Molitor, 1.1, p. 202).
La profecía de Marx anuncia un hombre liberado del poder político. El Leviathan sugiere la más completa entrega a ese poder.
El parentesco de uno y otro pensamiento reside en la previsión de una nueva condición humana capaz de conciliar los intereses individuales haciéndolos desaparecer en los colectivos. No consideramos la existencia del leviatán marxista encargado de la operación, porque es dogma de fe comunista que una vez provocada la mutación, desaparece sin dejar residuos.
Profanidad y racionalismo
Hobbes como pensador político, es el eslabón entre el Renacimiento y la Ilustración inglesa. Del hombre renacentista tiene el punto de vista profano en todo lo referente al poder espiritual.
De la Ilustración, la convicción inquebrantable en el poder de la razón para construir un orden socio-político al margen de la fe revelada. De sus contemporáneos ingleses tomó el gusto de buscar en la Biblia los argumentos para apoyar sus criterios. El Soberano es uno, y oponer a su autoridad los límites de una potestad religiosa, es contrario a la razón, a la índole del poder político y a la enseñanza de las Sagradas Escrituras. La razón descubre el error de dividir la soberanía oponiendo la supremacía papal al gobierno: "canons against laws, and a ghosty authority against the civil".
Introducir la división en el seno del bien nacional es impedir la paz, propósito del orden político. El poder espiritual tiene la pretensión de señalar el pecado, el bien y el mal. El pecado es la transgresión a una ley promulgada por la autoridad civil. Resulta absurdo suponer la existencia de un poder para reafirmar aquello que la ley expresa con toda claridad, o lo que es peor, para contradecir lo que ella taxativamente afirma.
Hobbes no niega la divina inspiración de los santos del Antiguo y del Nuevo Testamento, pero no ve como una consecuencia lógica la transmisión hereditaria de esa inspiración. En pocas palabras: el Espíritu Santo existe, pero su actuación es innocua y no contradice los intereses de la soberanía política.
Decir de un hombre que habla por inspiración divina, es expresar la elevada opinión que nos merecen sus ideas.
Sin duda Dios existe, piensa Hobbes. Pero escapa a nuestra comprensión y elude la red de nuestro conocimiento. Los atributos asumidos por Dios en las Sagradas Escrituras están acomodados a las flaquezas de nuestra inteligencia. La religión nace del miedo a un poder invisible y este temor impone las obligaciones del culto.
La determinación de las leyes religiosas y la reglamentación de las ceremonias cultuales es competencia del Estado. ¿Por qué se iba a privar al Leviathan de organizar por su cuenta lo que da poder sobre el alma?
"El Reino de Cristo —escribía Hobbes— no es de este mundo. Ese Reino no comenzará hasta el último día". En el día de hoy tenemos que obedecer al soberano, no nos podemos desligar de esa obediencia con el pretexto de obedecer a Dios. Cualesquiera sean las formas nuevas de concebir al Soberano: Revolución, Pueblo, Jefe Carismático o Alma Nacional, ¿no hacen suyas las reclamaciones del Leviathan?
... y en el exilio
Los defensores de la libertad de expresión generalmente la limitan al pensamiento propio. Hobbes conocía el caso de su ilustre predecesor y no se hacía ilusiones respecto a la liberalidad de los liberales. Para evitar que Inglaterra pecara contra la filosofía puso el Canal de la Mancha de por medio. En Francia respiró tranquilo y volvió a hallar el clima de las viejas conversaciones con Fray Martín Mersenne. Tres años antes de su llegada a París, Renato Descartes había publicado su "Discurso 'del Método" y en esa época preparaba la publicación de sus "Meditaciones". Hobbes halló en la capital francesa un ambiente propicio a la labor intelectual y se dio con ardor al estudio de la filosofía. Uno de sus primeros trabajos fueron sus objeciones críticas al sistema cartesiano. Mersenne las hizo conocer al autor de las "Meditaciones", pero éste no las recibió con su habitual serenidad. Hobbes hizo diligencias para entrar en conversación con el filósofo francés, pero Descartes se negó a establecer relaciones con el autor de críticas tan ásperas. Pese a los esfuerzos de Mersenne no se produjo la corriente de simpatía esperada por el inquieto fraile. Este advirtió una de esas insuperables repugnancias espirituales y con sagaz discreción no insistió en auspiciar el encuentro. En sus "Objeciones recogidas de la boca de diversos teólogos y filósofos" presenta nuevamente a Descartes la crítica de Hobbes a sus "Meditaciones", pero sin nombrarlo. Descartes respondió con amabilidad y no encontró en ellas graves pecados contra la filosofía. Más tarde admitirá la competencia de Hobbes en el terreno de la política, pero seguirá considerándolo unmal metafísico y un pobre matemático. Hobbes confesó siempre un gran respeto por Descartes, aunque reconocía que su cabeza no estaba hecha para la filosofía. Según él debía confinarse al dominio de la geometría, su ámbito natural, y nunca le perdonó haber escrito, contra su conciencia, un tratado sobre la "Transubstanciación" con el solo propósito de quedar bien con los jesuítas. Hobbes tenía su pensamiento puesto en la guerra civil desatada en Inglaterra y aunque momentáneamente dedicaba parte de su tiempo al estudio de las matemáticas, en 1642 publicó en latín su libro "De Cive", donde renovaba los temas tratados en su trabajo anterior. Poco más o menos por esa época comenzó a redactar "El Leviatán" en su lengua nativa. Lo escribió con sumo cuidado y se tomó varios años en terminarlo. Durante ese tiempo llevó una vida de penurias económicas soportadas con estoica entereza. Su amistad con Marsenne le valió conocer a Gassendi, "The sweetest natured man in the world", según su amistosa expresión. La buena naturaleza de Gassendi dulcificó en parte su ostracismo y el escaso brillo de su situación financiera. La guerra civil arreciaba en Inglaterra y pronto comenzaron a llegar a Francia los vencidos de partido monárquico. La corte, administrada mezquinamente por Mazarino, no fue muy generosa con los príncipes de la corona inglesa. Hobbes fue designado profesor de matemáticas del Príncipe de Gales. Posición brillante por el título pero mal retribuida. Las relaciones con el futuro Carlos II no fueron más allá de los cursos programados y de algunas sugestiones sobre las ciencias que el Príncipe halló de su gusto. Se ha querido ver en el cinismo político de Carlos II la influencia del autor del Leviatán. Hobbes se ha pronunciado con toda claridad sobre la extensión de esa pretendida influencia: el príncipie era muy niño —dijo en cierta oportunidad— para recibir las enseñanzas de su filosofía.
El retorno
El "Leviathan" fue publicado en Londres en 1651 y su consecuencia más inmediata fue permitir el retorno de Hobbes a Inglaterra Este hecho dio lugar a muchas apreciaciones enconosas.
¿Era su libro una apología descarada del gobierno de Cromwell? ¿O una pura coincidencia entre un hecho político y las ideas sostenidas por Hobbes desde hacía mucho tiempo? La situación política de Inglaterra había cambiado y con ella el detentar de la soberanía. La apología del poder absoluto, tan poco a tono con las pretensiones parlamentarias de la década anterior, hallaban ahora, en la persona del Protector, una nueva encarnación de su principio.
Conviene recordar, en descargo de Hobbes, que el libro fue publicado en 1651 y recién en 1653 Cromwell asumió la dictadura con el título de Protector. Era muy difícil —sugiere Stephen— que en 1650 alguien supiera con seguridad la futura importancia de Oliverio Cromwell.
Contra la insidiosa aproximación de Hobbes a Cromwell se impone el hecho de su reincorporación a la familia del Conde de Devonshire, con la cual convivirá hasta el fin de su larga existencia. Su vida retomó en Londres el ritmo estudioso de París. Como en Francia, frecuentó las figuras más notables de la inteligencia y como era algo poeta en sus horas de nostalgia, tuvo amistad con Waller, Cowley y Davenant. Sus relaciones con Milton fueron poco cordiales; no podía soportar al profeta del "Paraíso Perdido".
Entre los hombres de ciencia trató mucho a Harvey. El autor de la famosa teoría sobre la circulación de la sangre debió haberlo estimado bastante, pues algunos años más tarde lo recordó gratamente en su testamento dejándole diez libras esterlinas como regalo.
Había pasado generosamente los sesenta años cuando publicó en latín su libro "De Corpore" donde asentaba los principios filosóficos omitidos en sus obras anteriores. Era la base y el fundamento de todo el sistema, por esa razón conviene leerlo en primer lugar, si se quiere comprender con orden la filosofía de Hobbes.
El libro, escrito en 1655, desató una larga controversia científica con Wallis que ocupó los últimos quince años de su vida. Croom Robertson, en su biografía sobre Hobbes, trae una información completa sobre el hecho. Las opiniones asentadas por uno y otro protagonista sólo pueden tener un interés histórico. Científicamente hablando los disparates formulados por Hobbes pertenecen al dominio de la teratología o del humor, según el ánimo del lector.
Había cumplido los noventa años cuando escribió su "Decameron Physiologicum" con el loable propósito de asentar un golpe definitivo a sus adversarios. Impresiona la vitalidad del anciano Hobbes, tan seguro y rotundo en sus afirmaciones como en sus mejores años. Las ideas sostenidas en la obra no tenían valor, y de algún modo probaban la opinión de Descartes en lo referente a la ignorancia geométrica de Hobbes.
En 1659 estuvo presente cuando Carlos II entró en Londres. El Monarca recordó con cariño a su viejo profesor de matemáticas y lo recibió con frecuencia entre sus allegados. Amaba el genio cáustico y brillante del anciano y gustaba de su conversación. Esta actitud del rey habla en favor de un Hobbes poco aficionado al martirio, pero de ningún modo apóstata convicto de la monarquía.
La disposición más permanente de su ánimo se manifestó en sus relaciones con la religión. Sospechoso de ateísmo, hizo lo posible para salvar su integridad física de cualquier acusación formal ante los tribunales, pero en ningún momento dejó de escribir contra las pretensiones del poder espiritual.
Una vejez larga y llena de actividad intelectual.
Escritos en prosa y en verso, ensayos sobre cuestiones jurídicas, una autobiografía en yámbicos latinos, una traducción inglesa de los cantos IX a XII de la Odisea y la larga controversia con la universidad de Oxford, testimonian su vigor y su gusto por la vida. En 1675 abandonó definitivamente Londres y pasó sus últimos años en Chatsworth y Hardwick. En octubre de 1679 cayó enfermo y murió el cuatro de diciembre de ese mismo año. Fue enterrado en la Iglesia Parroquial de Hault Hucknall. Sobre su lápida escribieron esta frase latina que no revela nada: "Vir probus et fama eruditionis domi forisque bene cognitus".
2. EL PENSAMIENTO DE TOMAS HOBBES
El descubrimiento de los principios de Euclides a la edad de cuarenta años fue, al mismo tiempo, el encuentro de la veta más auténtica de su inteligencia. Razonador implacable, su doctrina es un sistema severamente deducido de unos cuantos principios tomados por evidencias primeras. Por supuesto —escribe Leslie Stephen—, como todo hombre en quien predomina la argumentación lógica, fue espléndidamente unilateral. No voy a reprocharle este defecto de inteligencia.
La unilateralidad es madre fecunda de muchos descubrimientos geniales.
El verdadero camino del saber es calle real, abierta por el concurso mancomunado de todos los talentos. Los aventurados solitarios que buscan por propia cuenta un sendero apartado, concurren a la labor común, así sea con la noticia decepcionante de que por allí no se va a ninguna parte.
Hobbes coincide con los grandes pensadores de todos los tiempos por la coherencia sistemática con que ordena los distintos temas de su reflexión y, conforme a la mejor tradición de la inteligencia greco-latina, su filosofía natural es el fundamento de su pensamiento político.
Es frecuente la crítica que declara obsoletas una y otra reflexión. Las ciencias físicas recién se constituían y Hobbes tenía de ellas el conocimiento de un aficionado. Su Leviathan es una construcción intelectual desprovista de fundamento científico y pertenece más a un capítulo de la teratología política que a una auténtica fisiología del orden social. Una consideración de esta naturaleza haría obvio el análisis de su pensamiento, pero en tanto las formas teratológicas del estado se imponen con más frecuencia que las normales, no resulta totalmente inútil indagar los presupuestos teóricos de ese Leviathan, cuya realidad está hoy mucho más cerca de producirse que en tiempos de Hobbes.
Del mecanicismo a la fisiología social
Sin lugar a dudas, las ciencias físicas tendían a una interpretación puramente mecánica del universo. Una observación más atenta a los aspectos cualitativos de la realidad desmentiría el rigor cuantitativo de su interpretación. Su idea del hombre tiene una asombrosa aptitud para ser desmontada en piezas como la de un juguete automático: un complejo maquinal de reflejos condicionados por un par de impulsos primarios.
El miedo preside los movimientos psíquicos y coloca la piedra fundamental de la ciencia social. Examinado el valor teórico de esta sumaria fisiología aparece sin esfuerzo su falsedad radical, pero si la observamos en una perspectiva operativo-técnica, no es difícil descubrir que el alma puede reducirse a una asociación mecánica de reflejos desatados por el terror. ¿No es ésta la última palabra en la técnica del dominio político?
La contemporaneidad de Hobbes está en su idea del conocimiento: "knowledge is power", escribirá con todas las letras, y la función posesiva adjudicada al saber da a su praxis política un sabor extrañamente actual.
Pero sigamos los pasos de su razonamiento: el fenómeno universal es el movimiento. Copérnico lo ha probado definitivamente cuando descubrió el movimiento de las estrellas. Galileo piensa cada tipo de movimiento explicado por una inmutación previa. Harvey ve al cuerpo humano como un mecanismo cuyas mociones obedecen a principios comunes a toda la naturaleza: la circulación de la sangre como las evoluciones de los planetas, obedecen a leyes semejantes.
Cuando lo hayamos estudiado bien se observará el fondo geométrico común de la fisiología y de la astronomía. Hobbes, como Comte un par de siglos más tarde, se pregunta si el nuevo método científico puede ser útil en la constitución do lu ciencia civil. Anticipa el punto de partida capaz de dar nacimiento a una respuesta afirmativa: los fenómenos sociales son movimientos cuyos principios generales deben ser buscados en la mecánica del cuerpo humano.
Antes de tratar la consideración de una forma compleja del movimiento, conviene indagar sus modalidades más simples: la realidad está formada por átomos que se mueven en todas direcciones, se mezclan y se combinan en complejos encadenamientos para constituir !a heterogénea variedad de lo visible. El átomo no tiene ninguna propiedad especial, a no ser la aptitud para moverse en el espacio adecuándose a su naturaleza: "give me space and movement, and I will make the world".
La receta no puede ser más simple, y repite el aforismo de Arquímedes con su palanca, en un contexto más pretensioso. El mundo, en el pensamiento de Hobbes, está constituido por partículas corpóreas moviéndose en el espacio. Lo que no tiene cuerpo, simplemente carece de realidad. El universo entero es un cuerpo y por ende también lo son sus partes constitutivas y lo que no es parte del universo "is no-thing", dirá con flema imperturbable.
"Imperialismo" corporalista
La religión quiere que haya espíritus. Hobbes no tiene gran interés en entablar querellas con la Iglesia por contradecir afirmaciones bíblicas, y se limita a negar el carácter naturalmente evidente de esas realidades. Si las Sagradas Escrituras afirman su existencia, así será, pero entonces deben ser pensadas como una suerte de cuerpos. Tal vez no tengan la consistencia y el peso de las cosas sensibles, pero alguna han de tener, pues necesitan inevitablemente del espacio para manifestarse. La conclusión extraída de su ingravidez permite señalar su insignificancia entitativa: "they cannot make their existence known, for they cannot affect motion".
La posibilidad real de los espíritus en el mundo de Hobbes se reduce a muy poca cosa, a tanto como el conocimiento natural que de Dios tenemos. Para este moderno adversario de Platón, como para el gran maestro griego, ser es igual a ser conocido, pero Hobbes carga el acento sobre los datos sensibles y reduce el ser a ser cuerpo y el conocer a conocer cuerpos.
La reflexión de Hobbes sobre los espíritus pone de relieve dos aspectos de su inteligencia: la inclinación por la empiria y el gusto por el manejo irónico de los temas religiosos. Su intención no era negar abiertamente la existencia de Dios, pero su ontología resultaba totalmente inadecuada para expresar una idea del ser espiritual. Lo real es corporal y toda existencia apela al testimonio de los sentidos, porque la sensación es principio del conocimiento. Este se produce por la inmutación provocada en un órgano sensorial por el movimiento de otro cuerpo: "all mutation is motion, motion can have no cause except motion".
El Poder: "libido dominandi"
El pensamiento es expresión del movimiento corporal. Un epifenómeno, dirán los materialistas más modernos. Para Hobbes los movimientos del cerebro tienen sus designios: conocer las causas de un efecto dado, para poder dominar y usar prácticamente ese efecto.
Poder sobre la naturaleza externa en primer lugar, luego poder sobre el hombre y la sociedad, en la medida que el conocimiento puede penetrar en uno y otro. La nota moderna de este poder reside en su autosuficiencia. No tiene nada que ver con la noción clásica del dominium. No es señorío del espíritu sobre las pasiones para llevar el alma hacia Dios. Es una fría "libido dominandi" instalada sobre la vida para someterla a los cálculos de la voluntad.
Con todo, en la conciencia de Hobbes, brilla el espejismo de un propósito generoso: el colmo de las calamidades es la guerra. Conocer los automatismos provocadores de querellas y someterlos a la razón, es el objetivo honorable de la sabiduría civil y la finalidad de su poderío.
Destrucción nominalista del pensamiento y del lenguaje
Considerado en su nivel entitativo, el pensamiento es una moción provocada por el movimiento de los cuerpos sobre los sentidos. La moción pronuncia un juicio sobre la realidad y éste puede ser verdadero o falso. El problema de la naturaleza de este juicio no es fácil de resolver con los instrumentos nocionales usados por Hobbes. Intenta hacerlo en un capítulo cuyo enunciado es todo un programa: computatio sive logica. Todo razonamiento en lo más profundo de su naturaleza es una operación matemática. La aproximación lenguaje-número, le inspirará una teoría de los signos donde trata de distinguir, bastante inútilmente, entre un sistema significativo convencional y otro con fundamento in re.
Admite al lenguaje como un sistema arbitrario de signos ideados por el hombre para enumerar las cosas. El valor universal de la palabra se funda en la semejanza física, por ende la ciencia, que versa sobre el universal es, como el lenguaje, un sistema arbitrario de signos.
No voy a entrar en los detalles de su lógica nominalista y repetir argumentos que tienen la venerable edad de la lógica misma. La certeza, para Hobbes, pertenece al mundo del pensamiento, pero el pensamiento es irreal y las palabras usadas para exponerlo arbitrarias. Con este par de afirmaciones de la lógica, Hobbes destruye su ontología: ¿pues qué son las cosas acerca de las cuales pensamos y hablamos, y de las que nos separan la doble irrealidad del pensamiento y del lenguaje?
Sin responder a la dificultad, ni observar la contradicción entre su realismo ontológico y su idealismo lógico, Hobbes divide la realidad en cuatro clases: cuerpos, fantasmas, accidentes y nombres. La inclusión del accidente no responde al espíritu de su teoría y el nombre, en tanto signo es una convención, en tanto ente, un movimiento del aire o un trazo de un cuerpo sobre otro.
Lo real se limita a los cuerpos y los fantasmas (imágenes). El problema del conocimiento consiste en descubrir la conexión entre ambos. Formula una suposición hipotética: si desaparecieran los cuerpos quedaría en la interioridad de la mente una representación imaginaria de la realidad que ésta tomaría por la realidad misma. El mundo mental tiene también su espacio y su tiempo, correlatos subjetivos del tiempo y el espacio reales: ¿cuál es la diferencia entre el ser extra-mental y el ser percibido?
Una teoría del ente real excesivamente simplista incuba una lógica sin fundamento ontológico; el resultado inevitable de esta amalgama es una interpretación caótica del conocimiento. Esta confusión intelectual deja una cantidad de cabos sueltos, recogidos más tarde por otros pensadores con la buena intención de ordenar. Hume, Locke y Berkeley han sido anticipados por el autor del Leviathan en muchas de sus conclusiones fundamentales.
"But knowledge is power": una ontología al servicio del Poder
Cuando Hobbes abandona el resbaloso terreno de la gnoseología y la lógica, vuelve a encontrarse con una realidad constituida por cuerpos, que se mueven en el espacio conforme a leyes perfectamente cognoscibles. Desgraciadamente esta realidad sólo puede ser conocida por el pensamiento, y en la imposibilidad de explicar la capacidad que éste puede tener para captar el mundo de los cuerpos de modo puramente inmaterial, naufraga toda la filosofía de Hobbes.
Es difícil exponer rigurosamente la perentoria afirmación de un mundo extramental exclusivamente corporal, contradicha por un saber formado por signos mentales arbitrarios: realismo empirista, idealismo y nominalismo son los extremos intelectuales que mueven esta bizarra doctrina más atenta a la paradoja que al equilibrio conceptual.
Los cuerpos, independientes del pensamiento, forman la realidad. El pensamiento, mero juego de imágenes y signos irreales, no puede representar adecuadamente a los cuerpos. La paradoja: sé de la realidad de los cuerpos a través de la irrealidad de mis fantasmas mentales. Su teoría del signo contradice su ontología.
"But knowledge is power", afirma Hobbes. Las ideas son meros instrumentos para tomar posesión de las cosas. La ontología debe ser simple para facilitar la tarea del poder. No se trata de buscar la unidad teórica entre el ente y la noción por la que ejerzo mi dominio sobre él. La coherencia viene dada por el efectivo poder ejercido.
Destrucción de la teología natural
El mismo espíritu de simplificación utilitaria conducirá su reflexión sobre las causas del universo. Un mundo movido por leyes mecánicas exige dos causas: la eficiente y la material. Esto es, algo capaz de efectuar un movimiento y el correlato pasivo apto para recibirlo: nada mejor para formular una auténtica economía del poder. Puesto en la faena de explicar el mundo y su aparición, Hobbes finge creer, por razones desmentidas por la razón de su sistema, en la existencia de un Creador. Este sería el misterioso mecánico inventor do la gran máquina universal. Si consideramos su principio fundamental: toda moción es necesariamente causada por mociones anteriores y fatalmente determinadas por éstas, el Supremo Mecánico tiene pocas probabilidades de haber fabricado libremente su artefacto.
Hobbes y los teólogos ingleses de su época
Sin lugar a dudas estas ideas chocaban con el pensamiento tradicional. En este sentido los teólogos ingleses, pese a su independencia de Roma, no eran una excepción, y desconfiaban como de la peste de todas las explicaciones mecánicas del universo, porque reducían a nada el dogma de la Creación y el papel de la Providencia divina. Sin Providencia no hay Revelación.
El conocimiento de las leyes mecánicas del cosmos físico, declaraba la cesantía de los Misterios y del reinado de las Santas Escrituras. No importaba a los sostenedores de la tradición que los nuevos físicos estuvieran dispuestos a reconocer a la religión un precario papel pedagógico en un período de la historia.
La afirmación de haber superado ese tiempo indigente, parecía inspirada por un espíritu de orgullo satánico. Cualquiera algo informado en los intríngulis del demasiado célebre proceso de Galileo, sabe que éste fue el motivo principal de su choque con la Iglesia.
El Estado y el miedo
Hay un aspecto, en las últimas conclusiones del libro de Hobbcs sobre los cuerpos, que conviene retener para la posterior comprensión de su antropología y por ende de su teoría política. Esta es su doctrina sobre las sensaciones. Las mociones impuestas por los cuerpos a los órganos de los sentidos, generan los fantasmas y, al mismo tiempo, provocan sensaciones de placer y dolor.
Como esta situación es difícil de explicar a partir de sus principios, provoca un ligero cambio en la conducción metódica de su investigación y abre un corto crédito a la introspección: "The causes of the motions of the mind, are known, not only by ratiotination, but also by the experience of every man that takes the pains to observe those motions within himself".
La filosofía civil de Hobbes dependerá largamente de este método, pues el poder necesita un conocimiento claro de los apetitos y pasiones humanas desatados por la búsqueda del placer y el miedo al dolor, para poder ejercer sobre ellos su dominio. El estado debe proveer al hombre de una dosis de temor suficiente para que éste pueda comprender el placer de la obediencia.
Una doctrina del hombre para la manipulación del Poder
Las reflexiones sobre el hombre las expuso Hobbes en la primera parte del Leviathan y en un tratado especial, publicado en 1650 con el título de "Human Nature". El mismo libro apareció ocho años después en una edición latina con el nombre de "De Homine".
Los primeros capítulos del Leviathan son un feliz resumen de las ideas contenidas en él. Precisamente porque el conocimiento es poder, conviene simplificar las mociones de la naturaleza humana y reducir su repertorio a reacciones elementales. El hombre es un cuerpo dotado de órganos sometidos al impacto de los cuerpos externos. Los estímulos mundanos provocan reacciones orgánicas y éstas generan las imágenes del mundo mental: los sueños y las fantasías de la imaginación son como las ondas provocadas en un lago por la caída de una piedra: "imagination is nothing but decaying sense".
Como el hombre es un centro de dominación sobre las cosas, y el conocimiento una reacción viviente frente a los cuerpos capaces de impresionar los sentidos, éstos constituyen un sistema de respuestas destinadas a ejercer un poder sobre la realidad. Hobbes comprende la dificultad de concebir cómo el cerebro ordena sistemáticamente la variedad de las impresiones e impone la unidad de las ideas generales a partir de los datos singulares de los sentidos.
El viejo problema de lo uno y lo múltiple vuelve a poner a prueba su sistema filosófico. Algo dijo sobre ello en el "De Corpore", a propósito de los universales, y tuvimos la oportunidad de anotar la pobreza de la solución. Ahora busca una respuesta psicológica con una módica teoría de la asociación de ideas que no resulta más satisfactoria. Pero hay algo en esa doctrina, capaz de despertar en el lector atento un cierto respeto por la audacia intelectual y la coherencia del viejo maestro inglés: la intención práctica de su propósito más profundo.
El hombre, con la ayuda de sus esquemas computadores, da respuesta dominadora a la variedad de sus impresiones y las somete a la unidad de sus necesidades concretas. Cuando la experiencia demuestra el acierto general del esquema explicativo por el dominio efectivo sobre las cosas necesarias, el proceso energético del poder se reduplica con un estímulo placentero; por el contrario, cuando fracasa, la vida tolal del sujeto se siente afectada por sensaciones penosas, tristes, disminuidas y decrece el caudal vital: "Pleasures mark the risisng and pain the lowering of the vital energies". El deleite consiste en vencer las dificultades dominándolas en un activo conocimiento: "Felicity, therefore, by which we mean delight consisteth no in having prospered but in prospering". No podemos detener el tiempo ni hacer cesar el movimienlo, pero podemos movernos en la línea del mayor vigor y felicidad. El secreto del conocimiento está en saber usar las variantes económicas del esfuerzo.
El honor y el pragmatismo del Poder
Don Salvador de Madariaga diría de esta filosofía que es inglesa en la veta más profunda de su radical activismo. Inglesa y moderna en la línea del pensamiento que convierte el conocimiento en poder y busca, detrás del dominio efectivo del hombre singular sobre los acontecimientos, la instalación de un poder capaz de lograr dominio sobro el hombre mismo, mediante la organización socio-política de su actividad. "And because the power of one man resisteth and hindereth the effects of the power of another, power simply is no more but the excess of the power of one abone that of another; for equal powers opposed destroy one another, and such opposition is called contention".
Para los que gustan apreciar las variaciones de lenguaje en los cambios sociales, el léxico de Hobbes sería la muestra más cabal del paso de una sociedad caballeresca al mundo impregnado por las instancias utilitarias de la burguesía. El término honor pierde su significación tradicional y se convierte en el reconocimiento del poder de cada uno. "Avoir tue son homme est un honneur", escribe en francés con la intención de usar la frase para comprender el valor del poder personal en la formación del poder social.
Un hombre, como cualquier otra cosa, tiene el precio impuesto por su comprador, pero éste depende de sus necesidades, y cuando adquiere un poder paga conforme a las exigencias de esa necesidad. En pocas palabras: cada hombre es lo que puede dentro de una situación determinada. A partir de esta idea del hombre, como centro de poder, traza las líneas de una psicología de las pasiones fundada en el más descarnado egoísmo.
Aumentar su propio poder con el poder de los otros, es móvil fundamental de la conducta humana y el mayor placer alcanzable en esta vida. Ver disminuido su poder, por la concurrencia victoriosa de los poderes adversos, es el colmo de la miseria y el peor dolor experimentable. Antropología interpretada en términos de energía física, apta para ser calculada con un metro de tipo matemático.
Los basamentos racionalistas de una "ingeniería" social
La parte más considerable del pensamiento de Hobbes es su filosofía política. En esta disciplina del saber llevó hasta sus últimas consecuencias los principios de su ontología y de su antropología. La teoría política de Hobbes está expuesta en tres libros: "De corpore político", "De cive" y "Leviathan".
El siglo XVII creyó haber descubierto por primera vez la idea de naturaleza. Su empeño más tenaz fue investigar las leyes que rigen su proceso y con este conocimiento adquirir un dominio sobre la realidad capaz de liberarlo para siempre de la superstición y de los poderes fundados en la teología.
Dios es autor de la naturaleza y fabricador del universo. Conocer bien los principios del mecanismo ideado por Dios es hacer un poco obvia la revelación y dejar sin empleo el oficio demasiado costoso de la Iglesia. La sociedad es concebida en la línea de esta interpretación mecanicista, como un artificio montado sobre un elemento natural, el hombre.
Descubrir la íntima legalidad que lleva al hombre a la fabricación del artefacto civil, es proveerse de un medio seguro para dominar su funcionamiento. Para Hobbes la organización del aparato estatal es un problema candente. Todos sus escritos políticos tienen el propósito de responder por el valor y los límites de la soberanía, frente a los reclamos de las libertades parlamentarias. El título de "Leviathan" dado al más completo de sus libros sobre el problema político le fue sugerido por este pasaje de Job: "non est potestas super terram quae comparetur ei".
Impreso en la tapa del libro aparece un gigante constituido por miles de pequeñas figuras humanas. El gigante lleva en una mano la espada del poder temporal y en la otra la cruz de la potestad espiritual. Concebido como una máquina, el "Leviathan" puede ser estudiado pieza por pieza como un aparato.
Éste mecanismo toma nacimiento en la mente del hombre; "in the motions of the mind". Para comprender el origen de esas mociones se parte de una situación pre-social en donde el hombre toma del mundo lo que puede y vive en perpetua querella con sus semejantes.
El estado de naturaleza y la artificialidad de la sociedad política
El hombre es un lobo para el hombre, pero lo es, no porque esté íntimamente corrompido por el pecado, sino por la imposibilidad de hallar un clima de paz sin renunciar a las libertades, madres de la guerra.
El Estado nacerá del impulso racional hacia la paz. Para comprender esta inclinación debemos considerar las leyes de la natnraleza humana. La primera es el derecho del hombre para usar sus fuerzas en la propia preservación. Esto implica el derecho anexo de procurarse todo lo conveniente al cumplimiento de ese propósito fundamental y, por lo tanto, el de poder quitar a otro lo necesario para la preservación personal.
El estado de naturaleza no es precisamente el paraíso terrenal. La guerra de todos contra todos, es su cotidiana realidad. El hombre aspira a salir de esa situación y para lograrlo cuenta con la inleligencia. El primer paso es abandonar el derecho natural a todas las cosas en común decisión con los otros.
Esta es, para Hobbes, la ley del Evangelio: no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a tí. Principio áureo del egoísmo y punto de partida ubérrimo de todas las virtudes, pues, aunque parezca extraño, la gratitud, la obligación, el deber y el amor al prójimo se inspiran en él. Fuente inextinguible de la "self preservation" es la base de la sabiduría social: "nadie da nada si no es con la intención de su propio bien".
Hace una excepción con la virtud de justicia: el hombre que obra justamente por miedo carece de justicia. En la conducta del justo descubre una cierta gratuidad, inexplicable en los límites de su antropología. El hombre justo cumple con su palabra aunque esto no lo beneficie. Parece imposible, pero es bueno que así sea para la mejor preservación del orden social.
El pensamiento político de Hobbes obedece al mismo reflejo vital del liberalismo burgués y del marxismo: la sociedad es un artificio inventado por el hombre para evitar los efectos destructivos del egoísmo. El egoísmo está en el fundamento del orden social, pero para explicar, justificar y exigir el sacrificio individual deben admitirse instancias altruistas capaces de obrar por sí solas o sin razón aparente.
El liberalismo confía en la mecánica intrínseca del interés general, misteriosamente armonizado con el interés particular. El marxismo cree en un cambio de naturaleza en el ser humano promovido por la modificación de la infra-estructura económica.
Hobbes vacila en el elenco de sus propias preferencias. Admite la importancia de la disposición interior del sujeto en la constitución del orden: la ley no puede ser meramente policial y externa. La voluntad tiene un papel importante para cumplir y el orden social exige un conveniente ordenamiento del apetito y por ende una suerte de interiorización de la ley.
Este pensamiento explica el consentimiento con que se funda su contrato: "the mutual agreement by which the great Leviathan is constructed". La sociedad política es convencional, no natural. Para llegar al contrato se hace menester una previa preparación del ánimo. En esta buena disposición reside el trabajo de la vida interior.
Es algo más que un concordato, dice el mismo Hobbes: "it is a real unity of them all in one and the same person, made by convenant of everyman with everyman: I authorise and give up my right of goberning myself to this man, or this assembly of men, on this condition that thou give up thy right to him, and authorise all his actions in like manner".
Hacia la construcción de un egoísmo social
El "Leviathan" es la obra de esta convención. No interesa a Hobbes si el contrato social ha sido resuelto en una asamblea popular con la asistencia de todos los contratantes, o ha sido impuesto por la fuerza de la conquista. Implícita o explícita, la convención es siempre el fondo del problema. El contrato social no se hace entre los súbitos y el soberano como partes distintas de una relación jurídica. El contrato es entre los subditos, y la soberanía aparece como resultado del contrato, pero no entra en él en condición de término.
Esto explica suficientemente por qué razón el subdito no puede reclamar al soberano cumplimiento de compromisos que éste no ha hecho nunca...
Los hombres, como personas naturales y dueñas de sí, contratan. Del contrato nace la persona jurídica del Estado. Construido el Leviathan, éste encarna la voluntad de todos. La multitud se convierte en una persona, la ley natural en ley civil, los impulsos egoístas en sociales. El Estado es una entidad nacida de una decisión voluntaria. La voluntad de todos constituye la voluntad del Estado y ésta se impone a sus subditos convirtiéndose en fuente de obligaciones.
Su existencia está justificada porque da la paz, condición esencial de la autoconservación. Hobbes admite un límite para la soberanía, mi propia defensa: "when the sovereign cannot defend me, need not obey hit»". La posibilidad de reclamar el derecho a ser defendido tiene muy pocas probabilidades de realizarse, pues recabar un derecho contra el Estado, es recabar para sí el uso de la espada, pero este derecho ha sido decididamente abandonado al formar el Estado.
El fin del Estado es la paz y a este propósito subordina todos sus actos, pero como los actos humanos nacen de las opiniones, el Estado tiene el poder de impedir la expresión de opiniones capaces de alterar la paz.
Hobbes considera la monarquía como el sistema más adecuado para realizar el objetivo fundamental del Estado. El rey está directamente interesado en el bienestar de sus subditos porque conviene a la consolidación de su corona. Los conductores populares disputan unos con otros y terminan pensando más en el partido que en la nación: "A democracy is no more than aristocracy of orators, interrupted sometimes with the temporary monarchy of one orator".
Modernidad y totalitarismo del Leviathan
No inventó para presidir su Leviathan nada semejante a la voluntad general o al sentido de la historia. Inglés en sus defectos como en sus virtudes, se aferra a una noción concreta y personal de la soberanía.
En este orden de cosas, el Leviathan encarna, en sus líneas pronunciadas, la idea moderna del Estado: supremacía del orden legal sobre el moral, concentración de todos los poderes sociales en el poder político, organización mecánica de un sistema administrativo unitario, asunción del poder espiritual por el poder temporal.
La desaparición de los cuerpos intermedios entraña la abolición de la propiedad. Un particular puede poseer un terreno y eso quiere decir que ningún otro particular debe disputárselo, pero quien da la potestad sobre el predio es el Estado, por lo tanto el Estado puede recabar para sí la posesión del bien.
Creado por la voluntad de todos los individuos, la realeza del Leviathan no admite la existencia de sociedades anteriores a la suya propia. Si esos grupos comunitarios existían, su razón de ser desaparece en el poder total del Leviathan. El Estado es obra de la voluntad humana.
En un contexto filosófico clásico, este artefacto depende del libre arbitrio, y por ende puede ser de una manera o de otra según el país y las circunstancias históricas. En la articulación del pensamiento de Hobbes, nada menos libre que la fabricación de este mecanismo. Su constitución obedece a motivaciones internas capaces de determinar el ejercicio de la voluntad convirtiéndola en el dócil ejecutor de movimientos naturales, tan inexorables como las revoluciones de los astros.
En su determinismo político Hobbes va más lejos que Locke y anuncia, en parte, las lucubraciones rusonianas del "Contrato Social" y de la dialéctica marxista. En ambos casos, el Leviathan augura el advenimiento del Estado Totalitario.
Provisoriedad y destrucción de la ley natural y del orden natural
Refuerza esta filiación la idea sostenida por Hobbes sobre la ley natural. Esta ley cumple su función durante el "estado de naturaleza", cuando la lucha de todos contra todos, se hace al ritmo de esos principios llamados por Hobbes: leyes naturales. El contrato implícito o explícito de los miembros de una futura comunidad política crea el Leviathan; entonces la ley natural desaparece y en su lugar rige el ordenamiento positivo impuesto por el soberano: "The law of nature orders him to obey the positive law, and does nothing else".
La ley natural de autoconservación se transforma en otra cosa, cuando el hombre asume su condición política. Esa ley es, de acuerdo con la lengua de Hobbes, un "Theorem", o sea una situación de hecho y una expresión cabal de la condición humana. Cambia la situación del hombre, y el cambio modifica el "modus operandi" del "theorem".
El contrato estatal repite, con otra música, la versión del primer principio del egoísmo: el hombre hará siempre todo lo que pueda para defender sus propios intereses. El Soberano nunca puede ser injusto con sus súbditos, pues cada súbdito es autor de aquello que hace al Soberano. La ley de la naturaleza y la ley civil se contienen mutuamente y poseen la misma extensión.
Del desorden natural al sistema del orden civil hay una suerte de "salto cualitativo" donde el hombre asume una nueva condición, creada por la ley civil. No hay distinción entre orden legal y orden moral, ni hay tensión entre intereses individuales y sociales, porque lo social es el trámite indispensable para preservar lo individual.
Hobbes y Marx
Esto nos hace pensar en un célebre párrafo de Marx, donde el profeta de la sociedad futura explica el cambio producido en el hombre por el paso del orden burgués al comunista: "Cuando el verdadero hombre individual se haya apropiado del ciudadano abstracto, y, en tanto hombre individual, en su vida empírica, en su trabajo individual, en sus relaciones personales, se haya convertido en ser genérico, una vez haya reconocido la esencia social de sus fuerzas propias y las haya organizado en consecuencia, y que, por consiguiente no separará nada de sí para alienarlo en poder político, la fuerza social; entonces por primera vez se habrá cumplido la emancipación humana". (Oeuvres Philosophiques, Molitor, 1.1, p. 202).
La profecía de Marx anuncia un hombre liberado del poder político. El Leviathan sugiere la más completa entrega a ese poder.
El parentesco de uno y otro pensamiento reside en la previsión de una nueva condición humana capaz de conciliar los intereses individuales haciéndolos desaparecer en los colectivos. No consideramos la existencia del leviatán marxista encargado de la operación, porque es dogma de fe comunista que una vez provocada la mutación, desaparece sin dejar residuos.
Profanidad y racionalismo
Hobbes como pensador político, es el eslabón entre el Renacimiento y la Ilustración inglesa. Del hombre renacentista tiene el punto de vista profano en todo lo referente al poder espiritual.
De la Ilustración, la convicción inquebrantable en el poder de la razón para construir un orden socio-político al margen de la fe revelada. De sus contemporáneos ingleses tomó el gusto de buscar en la Biblia los argumentos para apoyar sus criterios. El Soberano es uno, y oponer a su autoridad los límites de una potestad religiosa, es contrario a la razón, a la índole del poder político y a la enseñanza de las Sagradas Escrituras. La razón descubre el error de dividir la soberanía oponiendo la supremacía papal al gobierno: "canons against laws, and a ghosty authority against the civil".
Introducir la división en el seno del bien nacional es impedir la paz, propósito del orden político. El poder espiritual tiene la pretensión de señalar el pecado, el bien y el mal. El pecado es la transgresión a una ley promulgada por la autoridad civil. Resulta absurdo suponer la existencia de un poder para reafirmar aquello que la ley expresa con toda claridad, o lo que es peor, para contradecir lo que ella taxativamente afirma.
Hobbes no niega la divina inspiración de los santos del Antiguo y del Nuevo Testamento, pero no ve como una consecuencia lógica la transmisión hereditaria de esa inspiración. En pocas palabras: el Espíritu Santo existe, pero su actuación es innocua y no contradice los intereses de la soberanía política.
Decir de un hombre que habla por inspiración divina, es expresar la elevada opinión que nos merecen sus ideas.
Sin duda Dios existe, piensa Hobbes. Pero escapa a nuestra comprensión y elude la red de nuestro conocimiento. Los atributos asumidos por Dios en las Sagradas Escrituras están acomodados a las flaquezas de nuestra inteligencia. La religión nace del miedo a un poder invisible y este temor impone las obligaciones del culto.
La determinación de las leyes religiosas y la reglamentación de las ceremonias cultuales es competencia del Estado. ¿Por qué se iba a privar al Leviathan de organizar por su cuenta lo que da poder sobre el alma?
"El Reino de Cristo —escribía Hobbes— no es de este mundo. Ese Reino no comenzará hasta el último día". En el día de hoy tenemos que obedecer al soberano, no nos podemos desligar de esa obediencia con el pretexto de obedecer a Dios. Cualesquiera sean las formas nuevas de concebir al Soberano: Revolución, Pueblo, Jefe Carismático o Alma Nacional, ¿no hacen suyas las reclamaciones del Leviathan?