

por Carlos Saraza
Tomado de Mikael Nº 7
Primer cuatrimestre de 1975

on motivo de los alevosos asesinatos del Profesor Jordán Bruno Genta y del Dr. Carlos Alberto Sacheri, colaborador este último de nuestra Revista, caídos ambos por Dios y por la Patria, MIKAEL cree conveniente esclarecer a sus lectores sobre el sentido del martirio.
El martirio es un hecho permanente en la vida de la Iglesia. A partir de Cristo, el Mártir Supremo, y pasando por las crueles persecuciones de los primeros tiempos, la sangre ha sellado, sella y sellará siempre el testimonio de la Iglesia a lo largo de los siglos.
1. Cristo-Mártir e Iglesia-Mártir
El martirio se da en el punto de confluencia de un gran amor y de un gran odio: el amor de Dios (encarnado en el mártir) y el odio del mundo (encarnado en el verdugo). Por eso nunca el martirio alcanzó una plenitud tan grande como cuando Jesús murió en la cruz. Cristo es el Mártir por antonomasia y su Martirio es paradigmático: por una parte la causa de su muerte fue su excesivo amor para con nosotros (amándonos, nos amó hasta el fin), y por otra sobre Él se concentró el odio satánico de todos los siglos. De ahí que no es posible penetrar en el misterio del martirio si previamente no recurrimos al misterio de la Cruz.
La muerte en el Calvario no fue para Cristo un hecho inesperado. Desde los comienzos de su vida pública, el Señor profetizó sus futuros sufrimientos y su pasión. Con especial énfasis lo hizo delante de los atónitos discípulos que esperaban un mesías mundano: "y comenzó a enseñarles que el Hijo de Dios debía sufrir mucho.." (Mc.8,31). Nos resulta extraño este "deber" de Jesús. No significa que no pudiera elegir otro modo para salvarnos sino que quiso que en el plan salvífico por Él determinado entrara necesariamente el sufrimiento y la muerte, única manera de hacer su pascua a la gloria de la resurrección. Toda la vida de Jesús debe ser entendida a la luz de la Cruz. Toda su vida fue un caminar hacia Jerusalén. Si el Verbo se hizo carne fue para tener un cuerpo que ofrecer como víctima de su Sacrificio.
Resulta impresionante pensar cómo la Iglesia nace del corazón mártir de Cristo atravesado por la lanza del soldado. De ese corazón abierto brotó agua y sangre, que representan los dos sacramentos principales el Bautismo y la Eucaristía, sacramentos con los cuales se construye la Iglesia. Nace, pues, la Iglesia como fruto de un martirio, nace ella misma mártir, empapada en la sangre de su esposo Cristo. La Iglesia se edifica sobre la sangre. Y entre Cristo que muere y la Iglesia que nace está María, la "Madre dolorosa" que pronuncia junto a la cruz su "fíat", prolongación del "fíat" de la Anunciación. Mujer, he ahí a tu hijo, le dice Jesús. Si María había dado a luz a Cristo sin dolor, ahora, juntamente con su Hijo, da a luz a la Iglesia —representada en Juan— en el dolor de su mística agonía.
Por eso la Iglesia, como dice Urs von Balthasar (*) no puede ser descrita morfológicamente si no se la describe también genéticamente. El lugar genético de la Iglesia es la cruz, el martirio.
2. Martirio y testimonio
Cristo Mártir y la Iglesia Mártir —Esposo y Esposa desposados en la sangre— están en el origen de todo martirio cristiano.
¿Que es el martirio? En el Nuevo Testamento se encuentra repetidas veces el sustantivo griego "martyrion", que quiere decir "testimonio", y el adjetivo "martyr", que significa "testigo". El mismo Cristo resucitado usó la expresión durante su encuentro con los discípulos de Emaús: "Entonces les abrió la inteligencia para que entendiesen las Escrituras, y les dijo: Que así está escrito, que el Mesías tenía que padecer y resucitar al tercer día, y que se predicase en su nombre la penitencia para la remisión de los pecados a todas las naciones, comenzando por Jerusalén. Y vosotros sois testigos (martyres) de estas cosas" (Le. 24,45-48). Ya antes de morir, al prometer a sus apóstoles el Espíritu Santo, puso la venida del mismo Espíritu en relación con el "testimonio" que los suyos estarían llamados a dar: "Cuando viniere el Consolador, que yo os enviaré de parte del Padre, el Espíritu de verdad, que procede del Padre, él dará testimonio (martyrései) acerca de mí, y vosotros daréis también testimonio, porque desde el principio estáis conmigo" (Jo.15,26-27). Y al ascender al cielo les dijo: "Seréis mis testigos (martyres) en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta el extremo de la tierra" (Act. 1,8).
El libro de los Hechos refiere cómo "daban los apóstoles con gran poder el testimonio de la Resurrección del Señor Jesús" (Act. '4,33) Por haber sido "testigos" fueron capaces de dar "testimonio": "Vimos y somos testigos", diría San Juan (1 Jo. 1,2).
La identificación que se advierte entre "martirio' y "testimonio" permitió a los Santos Padres y autores antiguos usar indistintamente uno u otro vocablo. Así, por ejemplo, Orígenes dice que "todo el que da testimonio de la verdad ya sea de palabra, ya de obra, ya de cualquier otra manera se ponga de parte de ella, puede con razón ser llamado mártir" (2). Los mártires son, pues, los testigos de la verdad, los testigos de Cristo, o mejor, aquellos a través de los cuales Cristo da testimonio.
Un cristiano puede dar testimonio —y, por ende, ser mártir— de diversas maneras. Su vida misma, si es fiel al mandato de Cristo, es toda ella un testimonio, un martirio. Clemente de Alejandría afirma que "el gnóstico [es decir, el cristiano perfecto] dará testimonio (martyrégei) de noche, dará testimonio de día: por su palabra, por su vida, por su carácter dará testimonio. Morando ya en la misma casa con el Señor, familiar y comensal suyo, permanece en el espíritu: puro en su carne, puro en su corazón, santificado en su palabra. El mundo, dice la Escritura, está crucificado para él y él para el mundo (Gal.6.14). Éste, llevando consigo por todas partes la cruz del Salvador, sigue tras las huellas del Señor, como las huellas de Dios, hecho santo de santos" (3). La vida de fe, la vida de pureza, la vida de oración, es testimonio, y, por consiguiente, martirio. Más aún, una vida así constituye una preparación para el martirio supremo, que es el de la sangre, una disposición al martirio cruento, como les decía Orígenes a un grupo de fieles: "Yo no dudo que en esta reunión hay hombres, de Dios sólo conocidos, que son para Él ya mártires, según el testimonio de su conciencia, pues están prontos, si se les pide, a derramar su sangre por el nombre de Nuestro Señor Jesucristo; yo no dudo que hay quienes han tomado su cruz y lo siguen" (4).
Una primera aproximación, más bien semántica, nos ha mostrado cómo el "martirio" es un "testimonio". Sin embargo para que el martirio alcance su perfecta consumación el testimonio debe ser supremo, es decir, llegar hasta la sangre, hasta la propia muerte. Todo otro testimonio que no llegue a ese extremo podrá legítimamente ser llamado "martirio" pero por cierta similitud con el martirio en sentido estricto.
3. Martirio y sangre
El primer cristiano que, siguiendo las huellas de Cristo, llevó su testimonio hasta el derramamiento de su propia sangre fue San Esteban, justamente llamado "protomártir". Por primera vez la sangre se une al testimonio y con ello se integra el concepto pleno del martirio cristiano: testimonio que se confirma con la propia vida, que se firma y se rubrica con la propia sangre. Esteban cumple de manera perfecta la descripción que traza Clemente de Alejandría del verdadero mártir: éste durante la vida da testimonio por las obras, ante los tribunales da testimonio con las palabras, y finalmente ante la muerte da el testimonio de su sangre (5). Obras, palabras, sangre. Tal es el martirio en sentido plenario.
Por ello ninguno puede ser "mártir" si previamente no ha sido "confesor", como se decía en la Iglesia primitiva. Generalmente en las primeras persecuciones los jueces emplazaban al cristiano para un día señalado en el cual se lo conminaba a renegar de Cristo. El héroe cristiano en vez de renegar, "confesaba" a Cristo, prolongando así la "confesión" previa de su vida, en obras y en palabras. Pero sólo al morir merecía ser denominado "mártir", con todo el rigor de la expresión.
La historia nos ha dejado un precioso ejemplo de ello en el relato del martirio de un grupo de cristianos de Lyon los cuales, por humildad, torturados días tras día, se negaban rotundamente a ser llamados "mártires" hasta que no alcanzasen la muerte. Ellos, en su concepto, no pasaban de ser modestos "confesores". Dice el relato, que incluye Eusebio en su Historia Eclesiástica: "Fueron estos mártires hasta tal punto emuladores e imitadores de Cristo... que aun estando en tan grande gloria y sufrido el martirio no una ni dos, sino muchas veces, pues de las fieras se les volvía a la cárcel, y sus cuerpos estaban por todas partes cubiertos de quemaduras, de cardenales y llagas, ni ellos se proclamaron jamás a sí mismos mártires, ni nos consentían siquiera a nosotros que los llamáramos con ese nombre; y si alguna vez, por escrito o por palabra, los llamábamos así, nos reprendían ásperamente. Con mucho gusto cedían la denominación del martirio a Cristo, que es el mártir fiel y verdadero, el primogénito de los muertos y autor de la vida de Dios, y se acordaban de los mártires salidos ya, de este mundo y decían: 'Aquellos sí que son ya mártires, pues Cristo se dignó levantarlos al cielo, sellando por la muerte su martirio; mas nosotros no pasamos de humildes confesores». Y al decir esto, suplicaban, entre lágrimas, a los hermanos que se hicieran por ellos fervientes oraciones para que llegaran a la consumación de su martirio" (6).
Los primeros cristianos, enfrentados con las terribles persecuciones de que fueron objeto, eran muy conscientes de la necesidad que tenían de prepararse para el martirio en su sentido plenario. Por eso los catecúmenos, a la par que para el bautismo, eran instruidos para el martirio (7). Lo cual no debe sorprendernos demasiado ya que hay perfecta continuidad entre bautismo y martirio: el bautizado "muere" sacramentalmente con Cristo, el mártir "muere" físicamente con Cristo. Por otra parte el mismo Señor expresó esta continuidad cuando, luego de haber sido bautizado en el Jordán, manifestó cuánto anhelaba que llegase la hora de su pasión a la que llamó "bautismo": "con bautismo tengo que ser bautizado, y ¡cómo me siento apremiado hasta que se cumpla! (Lc. 12,50). Bautismo y martirio, agua y sangre. Ambos brotaron del costado de Cristo atravesado por la lanza.
El mártir es un testigo del valor de las cosas divinas y de su absoluta preferencia de éstas a todo lo humano, incluso a la propia vida. Por eso el martirio, en su sentido más estricto, incluye la muerte. "El mártir —enseña Santo Tomás— es así llamado por ser en cierto modo un testigo de la fe cristiana, de esa fe que nos prescribe menospreciar las cosas visibles en favor de las invisibles. Es, pues, propio del martirio que el hombre dé testimonio de la fe, mostrando con sus obras el poco caso que hace de los bienes de este mundo para llegar a los bienes futuros e invisibles. Ahora bien, mientras el hombre sigue con vida corporal, tal menosprecio no se ha afirmado en su totalidad, ya que los hombres siempre pospusieron a los familiares y todos los bienes, e incluso han sufrido dolores corporales, con tal de conservar la vida. Por lo cual Satanás alegó contra Job: "¡Piel por piel! Cuanto el hombre tiene lo dará para conservar su alma" (Job 2,4), es decir, su vida corporal. De donde se desprende que, para que se dé perfecta razón de martirio se requiere que alguien sufra la muerte por Cristo" (8).
San Ignacio de Antioquía sentía arder en su corazón el anhelo de llegar hasta el fin de su testimonio, hasta el martirio cruento, y así rogaba a sus amigos que trataban de evitar su muerte: "Dejadme ser imitador de la Pasión de mi Dios" (9). Deseaba vehementemente el martirio porque quería asemejarse más a su Señor. El martirio era, para él, la perfecta imitación de Jesús, el modo más sublime de "completar en su carne lo que que alguien sufra la muerte por Cristo" (8).
4. Martirio y fortaleza
El martirio es la prueba más ardua de valor e intrepidez. Es una "agonía", un combate frontal. Tertuliano exhortaba así a los condenados: "Habéis de librar una hermosa lid, en la que el árbitro para los premios será el Dios vivo; el entrenador y asistente en la lucha, el Espíritu Santo; la recompensa, la corona eterna de esencia angélica, la ciudadanía de los cielos y la gloria en los siglos de los siglos" (10). La belleza de la causa nada quita a la terribilidad del dolor.
Los mártires deben enfrentarse con un enemigo, " el mundo", el adversario de Cristo, un mundo hostil y cruel, al cual vencen, dice San Agustín, "no resistiendo, sino muriendo" (11). Los mártires son como ovejas entre lobos, afirma en otro lugar el mismo Santo Doctor: "Nuestro Señor Jesucristo da con sus enseñanzas brío y temple a los mártires, diciendo: 'Ved que os envío cual ovejas entre lobos' (Mt. 10,16). Ponderad bien, hermanos míos, el proceder de Cristo. Un lobo nada más que venga a muchas ovejas, las cuales se espantarán aunque fueren millares, y bien que no todas sean despedazadas, a todas las invade, por lo menos, el pánico. ¡Extraña conducta, extraña resolución y gobierno extraño este del Señor, que, lejos de permitir se acerque un lobo a las ovejas, envía las ovejas a los lobos!". (12).
El martirio implica un acto de firmeza en el bien. En ello se basa Santo Tomás para enseñar que es un acto virtuoso. "Es propio de la virtud el hacer que el sujeto se conserve en el bien de la razón. Dicho bien consiste en la verdad, como objeto propio y en la justicia, como efecto propio. Ahora bien, pertenece a la esencia del martirio mantenerse firme en la verdad y en la justicia contra los ataques de los perseguidores. Por lo que es manifiesto que el martirio es un acto de virtud" (13). Más adelante, el Doctor Angélico lo ubica en la virtud de la fortaleza: "Es propio de la fortaleza mantener firme al hombre en el bien de la virtud contra los peligros, sobre todo contra los peligros de muerte, y más particularmente de la muerte en la guerra. Ahora bien, es manifiesto que en el martirio el hombre se mantiene firmemente en el bien de la virtud, al no abandonar la fe y la justicia ante los peligros de muerte, que amenazan inminentes, en una especie de combate particular, de parte de los perseguidores. Por eso San Cipriano dice en un sermón 'La multitud, llena de admiración, contempló este combate celestial, y vio cómo en la batalla los siervos de Cristo se mantenían firmes con voz libre, alma inmaculada y fuerza divina' De donde queda manifiesto que el martirio es un acto de fortaleza. Y por eso la Iglesia aplica a los mártires aquellas palabras: 'se hicieron fuertes en la guerra' " (14).
El mártir ejercita la virtud de la fortaleza no tanto atacando cuanto soportando, en lo cual reside lo mejor de dicha virtud ya que "el acto principal de la fortaleza es soportar, y a él pertenece el martirio, no al acto secundario, que consiste en atacar" (15). Por eso se alaba tanto la paciencia de los mártires.
Ni el cobarde ni el mediocre lograrán, pues, la palma de martirio. "Todos los que queréis seguir la milicia de Cristo exhorta Orígenes, los que deseáis permanecer en sus campamentos, arrojad lejos de vosotros el miedo del alma, lejos la cobardía del corazón, pues el soldado de Crisito ha de decir con confianza "Si se asentaren contra mí campamentos, no temerá mi corazón. Si se levantare contra mí guerra, en eso mismo tendré yo esperan za' (Ps. 26,3)" (16).
5. Martirio y fe
Muchos son hoy los que juzgan que es mártir aquel que murre por defender sus propias convicciones, aunque en sí sean erradas. No es esa la doctrina tradicional de la Iglesia, según la cual sólo es mártir aquel que muere por la fe verdadera, por la fe católica. Ya Clemente de Alejandría desenmascaraba a aquellos exaltados herejes marcionitas que se entregaban a la muerte por odio al Creador: "Estos se matan a sí mismos sin dar testimonio de nada (amartyros), pues no llevan la marca del martirio fiel desde el momento que no reconocen al Dios verdadero. Entréganse a una muerte vana, a la manera como los gimnofisitas indios se arrojan a un vano fuego" (17). San Cipriano fue aún más explícito: "No puede tener a Dios por Padre quien no tiene a la Iglesia como Madre. .. No puede ser mártir quien no está dentro de la Iglesia... Ese tal puede ser sacrificado, pero no coronado" (18).
Morir no es, pues, suficiente. Hay que morir por la verdadera causa. Porque al mártir lo hace la causa, no la pena. No son mártires auténticos, dice San Agustín, los que padecen por la iniquidad sino por la justicia; "Sara persiguió a Agar: la que perseguía era santa, mientras la que padecía era inicua... El mismo Cristo fue crucificado entre dos ladrones. Los unía la pasión, pero los diferenciaba la causa. Así se oye en el salmo (42,1) la voz de los auténticos mártires, que quieren ser separados de los mártires falsos: Júzgame, oh Dios, y separa mi causa de la gente no santa. No dice 'separa mi pena' sino 'separa mi causa'. La pena puede ser semejante a la de los impíos, pero la causa es desemejante. Así dicen, los mártires: Injustamente padezco, ayúdame (Ps. 118,86). Se juzgó digno de ser ayudado con justicia porque lo perseguían con injusticia, no merecía ayuda, sino corrección" (19).
De ahí la hermosa expresión atribuida a San Máximo: la madre del martirio es la fe católica que ilustres atletas sellaron con su sangre" (20). Y la de San Agustín: "Por la verdad combatieron con fortaleza nuestros mártires" (21).
Se comprende así cuan grave es la tergiversación que se intenta en la actualidad al pretender la elaboración de un "martirologio de la subversión". A este respecto hemos leído no hace mucho en un semanario la siguiente noticia: "El canónigo Wenceslao Calderón de la Cruz durante el sermón dominical de una iglesia trujillana, a 540 km. de Lima, propuso que 'los extremistas que entregaron su vida luchando valientemente por la reivindicación del hombre, pueden ser considerados santos. Anteriormente explicó— la santidad era vista como un principio preferentemente vertical... Actualmente la santidad es preferentemente horizontal' . El sacerdote sostuvo esta revolucionaria teoría para demostrar que Martín Luther King, Luis de la Puente Uceda (político peruano muerto en la guerrilla) y Ernesto Che Guevara, 'entre otros extremistas, pueden ser considerados como santos' ".
Es cierto que el mismo Santo Tomás sostiene que no sólo la fe hace mártires sino también todas las virtudes, pero con tal que sean verdaderamente tales, es decir, procedan de la fe. "Los mártires son llamados testigos —dice— puesto que por sus tormentos corporales dan testimonio de la verdad hasta morir por ella; no de cualquier verdad, sino de la verdad que se ajusta a la piedad (Tit. 1,1), la cual nos ha sido dada a conocer por Cristo por eso se los llama 'mártires de Cristo', como testigos suyos. Tal verdad es la verdad de la fe. Y por eso la causa de todo martirio es la verdad de la fe" (22). Sin embargo, como sigue diciendo el mismo Santo Doctor, no hay que olvidar que "a la verdad de la fe pertenece no sólo la creencia del corazón, sino también la profesión exterior, que se hace no sólo con palabras por las cuales se confiesa esa fe, sino también por hechos por lo que se muestra que se tiene fe, conforme a lo que dice Santiago: Yo por mis obras te mostraré mi fe (Sant. 2, 18)... Y por eso las obras de todas las virtudes, en cuanto referidas a Dios son profesiones de la fe, en la qual se nos hace saber que Dios las exige de nosotros y nos premia por ellas. Y según esto pueden ser causa de martirio. Así la Iglesia celebra el martirio de San Juan Bautista el cual sufrió la muerte no por no renegar de la fe sino por haber reprendido un adulterio" (23).
Por donde se ve que cuando Santo Tomás enseña que la fe es la causa del martirio, entiende la fe en un sentido muy complexivo. Se trata de una fe viva, que se expresa no sólo en el acto interior y expreso de fe sino también en las obras exteriores activadas de la misma fe. Llega, incluso, a decir que sería mártir aquel que muriese por defender una verdad de la geometría o de otra ciencia especulativa ya que "como toda mentira es pecado, el evitar una mentira, contra cualquier verdad que sea, por cuanto la mentira es un pecado contra la ley de Dios, puede ser causa de martirio (24). Y los que mueren por la patria, ¿pueden acaso ser llamados mártires?, se pregunta en la tercera objeción de la misma cuestión. A lo que responde: "El bien de la patria es el más alto entre los bienes humanos. Pero el bien divino, que es la causa propia del martirio, es mejor que el humano. Sin embargo, como el bien humano puede hacerse divino si es referido a Dios, cualquier bien humano puede ser causa de martirio en cuanto referido a Dios" (25). La profesión de la fe —de la fe verdadera— abarca todo esto.
6. Martirio y caridad
Si no hay martirio sin fe, tampoco puede haberlo sin caridad. "Hay herejes —dice San Agustín— que habiendo, a lo mejor, padecido por sus iniquidades y errores alguna molestia, ostentan con ufanía el nombre d¡e mártires, para robar más fácilmente bajo capa, puesto que son lobos... Si entregara mi cuerpo al fuego, dice el Apóstol... como no tuviere caridad, nada me aprovecha. Aunque se llegue al martirio, aunque se llegue a la efusión de sangre, aunque se llegue a la carbonización del cuerpo, nada vale por falta de caridad. Añade la caridad, y aprovecha todo; quita la caridad, y todo lo demás no sirve de nada" (26).
El martirio es la prueba decisiva de la autenticidad de un cristiano: la disposición a morir por Cristo —con la gracia de Dios— es la única respuesta adecuada que un cristiano verdadero puede dar a Cristo que ha querido morir por él. Ya lo decía el mismo Señor: "Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos" (Jo. 15,13). Él la dio por amor a los suyos; los suyos deben estar dispuestos a ofrendarla por amor a Él. Amor con amor se paga. "La caridad de Cristo triunfó en sus mártires", decía San Máximo (27).
El martirio es la consumación más acabada de la vida cristiana. "Llamamos al martirio 'perfección' o consumación (teléiosis), no porque con él termina el hombre su vida, como los demás, sino porque dio una prueba consumada de caridad", escribe Clemente de Alejandría (28). De ahí que el martirio, según enseña Santo Tomás, es el acto más perfecto que el hombre pueda poner. No lo es, sin duda, si lo comparamos con la virtud que lo produce inmediatamente, pues desde este punto de vista, el martirio que consiste en aceptar bien la muerte, no puede ser el acto virtuoso más perfecto, ya que tolerar la muerte no es en sí digno de elogio, sino que lo es solamente en cuanto ordenado a un bien que es acto virtuoso, por ejemplo de fe o de amor de Dios. Pero un acto de virtud puede ser considerado desde otro punto de vista, a saber, "en relación con el primer motivo, que es el amor de caridad; y es sobre todo por esa relación que un acto pertenece a la vida perfecta, ya que, como dice el Apóstol: la caridad es vehículo de perfección (Col. 3,14). El martirio, por su parte, más que cualquier otro acto de virtud, es el que más perfectamente demuestra la perfección de la caridad, ya que tanto mayor amor se demuestra hacia alguien cuanto más amado es lo que se desprecia por él y más odioso lo que por él se soporta. Ahora bien, es evidente que el hombre ama su propia vida sobre todos los otros bienes de la vida presente, y, por el contrario, lo que más odia es la propia muerte, sobre todo si es con dolores de tormentos corporales, cuyo temor hace que aun los mismos animales 'se abstengan de los mayores placeres' como dice San Agustín. Es, por ende, evidente que el martirio es, entre todos los actos humanos, el más perfecto en su género, como signo de la máxima caridad, según aquello de Juan 15 (13): "Nadie tiene mayor caridad que ésta de dar uno la vida por sus amigos" (29).
Conclusión
Tras estas reflexiones se entiende bien el elogio que la Iglesia siempre ha tejido en torno a sus mártires y los honores con que los ha rodeado. Los verdugos, aparentemente triunfantes, han sido olvidados con el correr del tiempo. Sus víctimas, aparentemente vencidos, son hoy venerados en toda la tierra. "Pensaron ellos, porque carecían de la luz de la fe, que los mártires habían sido aniquilados, comenta San Agustín; nosotros, iluminados por la fe, los contemplamos coronados" (30). Los hombres carnales, dice en otro lugar, se horrorizan al ver sus cuerpos carbonizados o decapitados; los hombres espirituales no miran los cuerpos desgarrados, antes miran la integridad de la fe (31). En la gloria serán comparables a los ángeles, sus cuerpos lucirán con singular esplendor, y los afrentosos tormentos sufridos en sus cuerpos se trocarán en honoríficas galanías (32). Justo es, pues, admirar a los mártires. Sin embargo no es lícito considerar el martirio como algo reservado a un grupo de privilegiados. El martirio o, al menos, la disposición al martirio, es constitutivo esencial de la vida cristiana. Nos lo acaba de recordar el Concilio Vaticano II: "Si ese don se da a pocos, conviene sin embargo que todos vivan, preparados para confesar a Cristo delante de los hombres y seguirle, por el camino de la cruz, en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia" (33). Ya lo había dicho León XIII: "Si por ley de la naturaleza estamos obligados a amar especialmente y defender la sociedad en que nacimos, de tal manera que todo buen ciudadano esté pronto a arrostrar hasta la misma muerte por su patria, deber es, y mucho más apremiante en los cristianos, hallarse en igual disposición de ánimo para con la Iglesia. Porque la Iglesia es la ciudad santa de Dios vivo, fundada por Dios, y por Él mismo establecida, la cual, si bien tiene su morada en la tierra, llama sin embargo a los hombres, y los instruye y los guía a la felicidad eterna allá en el cielo. Por consiguiente, se ha de amar la patria donde recibimos esta vida mortal, pero más entrañable amor debemos a la Iglesia, de la cual recibimos la vida del alma que ha de durar eternamente; porque es de todo derecho anteponer a los bienes del cuerpo los del espíritu, y con relación a nuestros deberes para con los hombres son incomparablemente más sagrados los que tenemos para con Dios" (34).
El "mundo" siempre estará exhortando al cristiano a que quite la cruz del horizonte de su vida. Y a que quite, por ende, la posibilidad del martirio. Urs von Balthasar esquematizó admirablemente esta tentación —y la defección subsiguiente— en el cáustico diálogo que publicamos aparte. El cristiano que deja de ser la sal de la tierra hace imposible su martirio: nadie lo perseguirá, porque a nadie molesta. Pero al comportarse así está destruyendo la esencia misma de la vida cristiana. "El que quiera seguirme —dijo Cristo— que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por el evangelio, la salvará" (Mc. 8,34.35); "si el mundo os odia, sabed que me odió a mí primero que a vosotros. Si fueseis del mundo, el mundo os amaría ccmo cosa suya; pero como no sois del mundo, sino que yo os escogí del mundo, por eso el mundo os odia. Acordaos de lo que os dije: no es el siervo mayor que su señor" (Jo. 15,18-20). No se refiere el Señor a una posible eventualidad, sino a una situación inevitable para todo cristiano, porque por el hecho de haberse éste decidido en favor de Cristo, ha provocado necesariamente la decisión opuesta, "el odio del mundo". Entre el cristiano y el "mundo" no puede reinar ninguna suerte de "coexistencia pacífica".
Cristo ha sido tajante: "El que quiera salvar su vida, la perderá". El que quiera quedar bien con el mundo, con el ambiente, con el qué dirán, con el pecado, con una época que busca el paraíso en la tierra, ése tal, aunque aparentemente triunfe en este mundo, perderá su vida. Lo dice el Señor. No sólo perderá esta vida terrena que tanto amaba, al llegar el momento de la muerte, sino que perderá la vida de una manera mucho más radical y dolorosa, la perderá para siempre. En cambio, agrega el Señor, "el que pierda su vida por mí y por el evangelio, la salvará". Es decir, el que no se entrega al placer en este mundo, el que acepta la mortificación como ingrediente necesario de su existencia cristiana, el que no anhela tan sólo el éxito terreno, ése tal, aunque aparentemente fracase en este mundo, salvará su vida. Lo dice el Señor. La salvará no sólo en este mundo, en donde a pesar de todas las tribulaciones, de todas las "pérdidas", conocerá la alegría, el gozo más profundo de quien se sabe fiel a Dios, sino que también la salvará para la otra vida, y por una eternidad.
Según este discurso del Señor, el estado de persecución es el estado normal de la Iglesia en el mundo, y el martirio es para cada uno de los fieles el estado normal de su profesión cristiana. No que la Iglesia deba ser perseguida siempre y en todas partes, pero cuando lo es en algún lugar o en algún momento, debe acordarse que está participando en la cruz de Cristo. "Os he advertido esto —dejó dicho el Señor— para que cuando llegue la hora recordéis que ya lo había dicho" (Jo. 16,4). Ni significa esto que cada cristiano deba necesariamente sufrir un martirio cruento, con derramamiento de sangre, pero lo que sí significa es que cada fiel debería considerar la presunta realización de su propio martirio no como algo raro o exótico sino como la manifestación exterior de un estado interior que debe vivir todos los días. Vivir interiormente en estado de martirio.
La tentación de rehuir la Cruz es constante en la historia de la Iglesia. Ya el Evangelio relata que cuando Jesús explicó a los apóstoles que debía padecer y morir, que iba a ser rechazado y condenado, se le acercó Pedro y comenzó a reprenderlo (cf. Mc. 8,31-33). Reprendía a Jesús porque el Señor no quería presentarse como mesías terreno, triunfador en este mundo, solucionador de los problemas económicos, políticos y sociales. Jesús quería ser el Mesías pero muriendo en cruz. Por eso respondió a las palabras de Pedro con una expresión durísima: "¡Apártate de mí, Satanás! Porque tus pensamientos no son de Dios, sino de los hombres". Pedro era allí la boca de Satanás. Así como en el desierto el demonio había intentado apartar al Señor de su misión redentora, aquí Pedro quiere que Cristo eluda la cruz, lo tienta de infidelidad a su vocación de salvador por medio del dolor. La Iglesia, en el curso de toda su historia, sufre reiteradamente esta misma tentación. Cuando Cristo estaba clavado en cruz, los circunstantes gritaron: "¡Que baje de la cruz y creeremos en Él!" (Mc. 15,32). ¡Otra vez la voz del demonio! Así, a lo largo de los siglos, la Iglesia oye el grito tentador del mundo: Que la Iglesia baje de la cruz, que olvide sus pretensiones divinas y se haga humana, que participe en la edificación de un mundo temporal impermeable al llamado de la eternidad, que no predique más la necesidad del sufrimiento para salvarse. Y creeremos en ella. La aceptaremos en el seno de una nueva sociedad atea y feliz. Pero estos pensamientos "no son de Dios, sino de los hombres". La Iglesia, como tal, jamás consentirá a semejante cosa.
Con motivo de la beatificación de 24 mártires de Corea el Papa Pablo VI pronunció estas inspiradas palabras: "El 'Martirologio' tendría que volver a ser un libro de moda en la Iglesia en su renacimiento actual. Y en el caso presente la historia de estos beatos nos ofrecería, no menos que la de los grandes campeones del cristianismo, el interés propio de las grandes aventuras, de los grandes heroísmos, de los grandes gestos que transfiguran la estatura de personas humildes y escondidas... Mártir, ¿qué quiere decir mártir? Ya el nombre es un elogio paradójico. Dos elementos constituyen su extraordinaria eficacia significativa: el testimonio y la sangre. Son, precisamente, los elementos de la manifestación extraordinaria de Dios en la fe y en la fortaleza de un discípulo de Cristo. El mártir escribe su fe con sangre; con su sacrificio proclama que la verdad que posee y por la que se deja matar vale más que su vida temporal, porque la fe es su nueva vida sobrenatural, presente y para la eternidad. Nadie más inerme, más débil, más manso que él; el mártir es como un cordero; pero nadie es más valiente, más impávido, más victorioso que él. El mártir pone en suma evidencia la verdad que Cristo nos ha traído; el mártir afirma el amor en su medida suprema: el sacrificio. Tal es la grandeza espiritual del mártir, que se transforma en belleza y engendra en quien la comprende ese afecto para nosotros casi inconcebible: el deseo del martirio" (35).
En las circunstancias actuales, tan graves y satánicas, la posibilidad real del martirio cruento no está demasiado lejos de nosotros. Hemos visto ya caer a algunos de nuestros hermanos en la fe y en la amistad. El tiempo apremia. Cada cristiano debe hoy más que nunca, desposarse con el heroísmo, creando en sí un corazón de mártir. Ninguna escuela mejor para ello que el Santo Sacrificio de la Misa, en donde se renueva la Pasión y Muerte de Cristo-Mártir y en donde la Iglesia-Mártir —óptimamente representada en las reliquias de los héroes cristianos que yacen sobre el altar— aprende siempre de nuevo a ofrecerse con Cristo y a consentir en su Sacrificio. Es allí donde beberemos el martirio.
(1) Cf. Seriedad con las cosas, Salamanca 1968, p. 43.
(2) Comm. in Ioan. t. II: PG 14, 175.
(3) Strom. II, 20.
(4) Hom. in Num. X, 2.
(5) Cf. Strom. IV, 4.
(6) Hist. Ecl. V, 2, 1-4. Era, pues, mártir, el cristiano que había dado su vida en testimonio de su fe; confesor, el que la había atestiguado ante un tribunal, pero no había muerto por ella.
(7) Cf. Orígenes, Hom. in Jer. IV, 3.
(8) Summ. Theol. II-II, 124, 4, c.
(9) Ep. ad Rom. 6, 3.
(10) Scorpiace, 3.
(11) Civ. Dei XXII, 9.
(12) Serm. 64, 1.
(13) Summ. Theol. II-II, 124, 1, c.
(14) ibid. 2, c.
(15) ibid. ad 3.
(16) Hom. in Iudic. IX, 1.
(17) Strom. IV, 6.
(18) De Eccl. Un. c. 6. 14.
(19) Epist. 185, II, 9.
(20) Serm. 88.
(21) Epist. 40, IV, 7. El martirio es, así, fruto de la verdadera fe. Pero ¿acaso no hemos afirmado más arriba que el martirio pertenece a la virtud de la fortaleza? S. Tomás se pone a sí mismo esta objeción, y responde: "En el acto de fortaleza debemos considerar dos cosas: el bien en el cual el fuerte permanece inquebrantable, que es el fin de la fortaleza, y la firmeza misma, que le hace no ceder a los que quieren apartarle de ese bien, en lo cual consiste la esencia de la fortaleza. Y así como la fortaleza natural afronta los peligros de muerte, así tambien la fortaleza sobrenatural lo hace firme en el bien de la justicia de Dios por la fe de Jesucristo, según la expresión de S. Pablo (Rom 3, 22). Por eso la fe, en la cual uno se hace fuerte, es el fin del acto del martirio, y la fortaleza es el hábito que produce ese acto" (Summ Theol. 11-11, 124, 2, ad. 1).
(22) Summ. Theol. II-II, 124, 5, c.
(23) Ibid.
(24) Ibid. ad 2.
(25) Ibid. ad 3.
(26) Serm. 138, 2.
(27) Serm. 16. Podemos preguntarnos aquí también: si el martirio está tan estrechamente ligado con la caridad ¿no pertenecerá más bien a esta virtud que a la virtud de la fortaleza, como lo establecimos anteriormente? S. Tomás se pone a sí mismo esta objeción, y responde: "La caridad inclina al acto de martirio como primero y principal motivo, al modo de una virtud que impera; en cambio la fortaleza, como motivo propio, al modo de una virtud efectiva del mismo. De ahí que el martirio sea acto de la caridad como virtud imperante, y de la fortaleza como principio del que emana. Por eso resplandecen en él ambas virtudes; pero el mérito le viene de la caridad, como a todo acto virtuoso. Y por eso sin caridad no vale" (Summ. Theol. II-II, 124, 2, ad 2).
(28) Strom. IV, 4.
(29) Summ. Theol II-II, 124, 3, c.
(30) Serm. 280, 2.
(31) Cf. Hom. 51, 2.
(32) Cf. Serm. 280, 5.
(33) Lumen Gentium, 42.
( M) Enc. "Sapientiae Christianae", 6.
(35) L' Osser. Rom. n" 822 del 22-10-1968, pp. 1-2.