martes, 21 de octubre de 2008

El Papa San Pío X: Memorias (1)


Costó lo suyo, pero lo he logrado. Vayan a título de entremés, las advertencias de los editores y el prólogo del Arzobispo de Valladolid, a las Memorias del Papa San Pío X.

Por el Cardenal Rafael Merry del Val


Advertencia de los Editores

Después de la muerte de Su Santidad Pío X, bajo el Pontificado del Papa Benedicto XV, escribió el Cardenal Merry del Val estas MEMORIAS, redactadas en inglés, idioma que manejaba con igual soltura que el español. Al morir en 1929 el Cardenal, dejó por albacea testamentario a su antiguo subordinado en la Secretaría de Estado y amigo, el Car­denal Nicolás Canali.

Este guardó con veneración los manuscritos del difunto, y, entre ellos, sus MEMORIAS. En 1939, cediendo a las reiteradas instancias de los amigos y admiradores del Cardenal Merry del Val, dio su permiso para la edición inglesa.

En estas MEMORIAS, que rebosan frescura y vida de quien re­fiere los sucesos a que asistió personalmente, surge en toda su hu­milde majestad la santa figura del Papa Pío X. Grande y cordial es la devoción que España y América profesan al Papa de la Eucaristía. Por ello, asociándonos al júbilo despertado por el anuncio de que acaso en muy breve plazo veamos termina­do el proceso de su beatificación, presentamos hoy, traducidas al español, estas MEMORIAS, con el permiso de los propietarios, los señores Burns, Oates and Washbourne, de Londres.

La edición inglesa la prologan los Cardenales, ya difuntos, Hinsley, Arzobispo de Westminster, y Hayes, Arzobispo de Nueva York. Reconociendo el mérito de estos purpurados, nosotros hemos preferido un prólogo propio. Acudimos para ello al Arzobispo de Valladolid, antiguo alumno del Colegio Español, de Roma, excelentísimo señor doctor don Antonio García y García, que co­noció personalmente así al Papa Pío X como a su Cardenal Secreta­rio de Estado.

Los lectores apreciarán el férvido entusiasmo y amor con que el distinguido Prelado vallisoletano remembra las dos grandes figuras de la Historia eclesiástica en los tres primeros lustros de este siglo. Cúmplenos manifestar nuestro más hondo reconocimiento al doc­tor García por la interpretación, tan filial y justiciera a la vez, con que nos presenta las figuras del Papa Pío X y de su digno Secretario de Estado.

Madrid, Diciembre 1946

LOS EDITORES


En la segunda edición

Estando ya canonizado el Papa Pío X, hemos añadido un breve resumen de su vida en forma de Efemérides. Asimismo, reproducimos las dos alocuciones pontificias de S. S. Pío XII, pronunciadas en 1951 y 1954, después de la beatificación y canonización de San Pío X.

Madrid, junio 1954


LOS EDITORES


PRÓLOGO

Escribo este prólogo con íntima complacencia, por tres razones.

La primera razón de mi complacencia en prologar la edi­ción española de este libro es el cariño y admiración que sien­to hacia el gran Cardenal español y Secretario de Estado del Papa Pío X, el dos veces eminentísimo don Rafael Merry del Val: por su dignidad cardenalicia y por sus prendas naturales y sobrenaturales, ciertamente eminentísimas. Paréceme que Dios nuestro Señor me depara ocasión muy propicia para corres­ponder al afecto que el bondadosísimo Cardenal repetidas veces me demostró. No debo, no puedo desaprovecharla.

Añádase que este libro del inolvidable Cardenal Merry del Val habla de Su Santidad Pío X, el Pontífice de la dulcísima fortaleza; quiero decir, el Pontífice en quien vivían abrazadas y brillaban la rigidez de la fortaleza cristiana y las dulzuras y suavidades y delicadezas de la mansedumbre y de la bondad humildes y efusivas. ¡Qué recuerdos se avivan en mi memoria, de impresiones amorosísimas grabadas en mi corazón directamente por la mirada y por la palabra del inmortal Pontífice, el enamorado de la Eucaristía y patriarca de incontables almas en las que él encendió el fuego ardoroso de aquella hambre eucarística que llega a ser, en algunas, hambre devoradora del Pan que da la Vida eterna!

Atrayente, muy atrayente, el autor del libro, y subyugador el Pontífice sobre quien versa, y delicioso el contenido. No es este libro una biografía de Pío X, compuesta con materiales ajenos. Este libro está construido con materiales muy propios del autor: hechos observados por él, presencia­dos por él, en los que él muchas veces actuó; todos relatados llanamente, sencillamente, sin arrebatos de entusiasmo, sin arrobos líricos, sin ponderaciones de tendencia hiperbólica. Arde, sí, el fuego del amor y de la admiración; pero sin llamas o, por lo menos, sin llamaradas deslumbrantes y abrasadoras.

Y, sin embargo, los quince capítulos de este libro, que son como quince retratos del Padre Santo Pío X, ¡como iluminan y calientan el espíritu del lector, y cómo, al terminar su lectura, advierte que su concepto de aquel gran Pontífice se le acrecentó y se le abrillantó sobremanera, y que su amorosa devoción se le arraigó y se le enfervorizó y despide llama de amor muy vivo!


Los quince capítulos son preciosos; pero para mí los más impresionantes han sido el primero y el segundo, el quinto, sexto y séptimo, el once y trece, el catorce y quince. Consti­tuyen el retrato íntimo de Pío X; se ven en ellos los rayos vitalísimos de su personalidad íntima, y al combinarlos con las líneas amplias de las grandes empresas y acontecimientos de su vida pública, surge el retrato "de cuerpo entero", es decir, de su alma entera dentro del ambiente e irradiación completa del Pontífice Augusto, que cierra la serie luminosísima de los Pontífices del siglo XIX y abre la serie de los Pontífices del siglo XX: Benedicto XV, Pío XI, Pío XI!... Para enaltecer estos Pontificados huelgan los epítetos.

Los siglos XIX y XX forman un arco. En ese arco Jesucristo ha colocado como piedra clave un Pontífice santo, cuya san­tidad cubre con la más preciosa pedrería, que son las virtudes heroicas, las empresas más relevantes del Pontífice de la Eu­caristía y del Catecismo; de la Música sacra y de la Liturgia; de los altos estudios de Sagrada Escritura y del Código del Derecho Canónico; del Pontífice develador del Modernismo y fomentador de la piedad y disciplina sacerdotal...

A nadie que haya leído todo lo que antecede es dado ya desconocer la complacencia profunda, cordialísima, con que estoy escribiendo este prólogo, por las tres razones que lige­ramente he desarrollado.

Y mientras voy escribiendo, ¡cómo va creciendo esta com­placencia tan regalada! Es que los recuerdos del Emmo. Car­denal y del Papa Pío X, archivados en mi memoria, salen esplendorosos y se me presentan con tal viveza, que parece estoy viendo al egregio Cardenal aureolado con la modestia, tal como le vi la primera vez en el Colegio Español de Roma, allá por el año 1 896, cuando él era Camarero Secreto de Su Santidad León XIII;

tal como le vi en la Antecámara Pontificia la primera vez que, acompañando a mi señor Obispo, visité al Pontífice de la "Rerum Novarum", tan aristocrático en aquel ambiente regio;

tal como le vi el día de su consagración episcopal en la iglesia española de Montserrat, función en la que yo oficié como uno de los ministros inferiores, admirando la humildad del consagrado en aquella tan divina exaltación;

tal como yo le vi en su despacho de la Academia Diplomática de Nobles Eclesiásticos, cuando era él su presidente, mostrándonos y enseñándonos con encantadora sencillez el manejo de una gramola;

tal como le vi en el Palacio Vaticano, después de la muerte de León XIII, cuando ya actuaba como Secretario del Conclave, cargado con una enorme cartera y encorvado su aire juvenil por el peso del trabajo y las preocupaciones de aquellos días; tal como le vi el día en que se cantó en la Capilla Sixtina el Te Deum por la elección de Su Santidad Pío X, con asistencia del Sacro Colegio Cardenalicio y del Cuerpo diplomático, destacando ya, a pesar de su encorvamiento y aire modestísimo, la figura del futuro Secretario de Estado;

tal como le vi aquel año 1903, cuando, ya Prosecretario de Estado, fuimos a felicitarle los Superiores y alumnos del Colegio Español en su fiesta onomástica, ocasión en la que pude apreciar su humorismo fino y sin ajenjo;
tal como vi en el teatro del mismo Colegio, asistiendo a una velada en homenaje al eminentísimo señor Cardenal Casañas, y riendo muy festivamente ante las ingeniosidades de un pobre trabajo mío, que quería ser una imitación de Selgas, el inimitable escritor murciano;

tal como yo le vi en tantas y tantas ocasiones como se ofrecieron en el decurso de nueve años; y, por último, tal como le vi la última vez, el 2 de febrero de 1905, fiesta de la Purifi­cación de Nuestra Señora, después de haber llevado, acom­pañando al señor Rector del Colegio, la tradicional Candela al Sumo Pontífice...

Paréceme que le estoy viendo en su departamento, tan bondadoso y tan sencillo y tan efusivo, jugando con la cade­na del pectoral y hablándome con un cariño tan penetrante como penetrante era su mirada, que ahora mismo la veo salir de sus ojos y clavárseme dulcemente en el corazón. ¡Qué bueno era el señor Cardenal Merry del Val! ¡Qué santo!

Y si han despertado, llenos de pujanza, los recuerdos del señor Cardenal Merry del Val, no han despertado con menor brío los recuerdos de Su Santidad Pío X.

La primera vez que vi al gran Pontífice fue el día de su elección, cuando dio su primera Bendición urbi et orbi. Paréceme que ahora mismo le estoy viendo y oyéndole can­tar las preces de la Bendición, con aquella su sencillez mayestática, que lo era ab intrínseco, y con aquella su voz tan bien timbrada y aquella su entonación tan adiestrada. Este recuerdo y todos los demás, que constituyen una cadena áurea, extendida desde el 4 de agosto de 1903 hasta el 2 de febrero de 1905, ¡cómo aumentan la dulcedumbre de mi espíritu mientras voy escribiendo este prólogo!

¡Qué cara de dolor y preocupación la de Su Santidad Pío X el día de su coronación, cuando recibió en el pórtico de la Basílica de San Pedro el homenaje del Cabildo Vati­cano y oía el discurso del insigne Cardenal Rampolla, Arcipreste de la Basílica, en aquellos días tan traído y tan llevado!

Escena imborrable, que al cabo de cuarenta años lodavía me conmueve... ¡Aquella cabeza del Papa inclinada, aquella mirada triste, en medio de aquella apoteosis, eran la apoteosis de la humildad del Pontífice Sumo y argumento de la existencia de corazones tan grandes, que en ellos no caben las pequeñeces de las a veces inmensas ambiciones humanas! Sería interminable este prólogo si en él relatase, aunque fuese muy someramente, los recuerdos que guardo del Pontífice Pío X. No es mi memoria un tesoro; pero sí lo es el conjunto de los recuerdos del Papa Pío X, que en ella llevo encerrados. Permítaseme referir alguno más.

¡Qué expresión de gozo en aquella inenarrable Misa pontifical que celebró en la Basílica Vaticana, en la fiesta de San Gregorio, el año de la restauración solemne del Canto Gregoriano! ¡Qué Misa aquélla de Angelis, cantada por varios miles de seminaristas de Roma! ¡Qué Sequentia aquélla y cómo le gustó al Papa, que hizo la repitiéramos; aquella pieza bellísima medieval en honor de San Gregorio, cuando ya Pío X sobre la Silla Gestatoria iba a salir de la Basílica, pero estando todavía junto al Altar de la Confe­sión!

Y otro recuerdo gratísimo de Pío X, el Papa familiarísimo en su trato ordinario y corriente, es el de la primera audiencia concedida al Colegio Español, en la Galería de las Cartas Geográficas. Tanto se acercó a nosotros, sin descender de la dignidad pontificia, que lo rodeamos, acercándonos tanto a El y vitoreándole con tan enardecido entusiasmo, que dulce­mente decía: ¡Oh, estos españoles, cómo les hierve la sangre! Sí; hervía por la fuerza del amor y de la veneración al Vicario de Jesucristo en la tierra, y a un Vicario de Jesucristo que era en verdad amabilísimo, a imitación de Aquel que se retrató a sí mismo con aquellas palabras: Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón.

Otro recuerdo, y éste el el último que voy a consignar en este prólogo. Lo estoy viendo, al Papa, en mi fantasía, en mi corazón. Es recuerdo triste, porque es el último recuerdo per­sonal que guardo de aquel Pontífice, en forma tan sobresa­liente "dulce Jesús en la tierra". El 2 de febrero de 1905 acom­pañé al señor Rector del Colegio Español, don Benjamín Miñana, tan querido de Su Santidad Pío X y tan amigo del señor Cardenal Merry del Val, para hacer la ofrenda de la Candela al Papa, como todos los Colegios de Roma, en la festividad de las Candelas...

Me veo de rodillas delante del Papa, junto a él. Don Benjamín hace la ofrenda; yo presento a Su Santidad unos objetos para que los bendiga y toque; le suplico lo uno y lo otro, y el Papa, con bondad efusiva, lo toca todo y dice: "Sí, todo lo bendigo", y me mira con aquella mirada suya, que tan varias interpretaciones podía tener, pero todas bañadas de limpieza apacible y de bondad paternal; era una mirada que se posaba, y al posarse imprimía y dejaba huella en el alma, en lo hondo del corazón..., y el corazón respondía con una llamarada de amor filial. Todavía respon­de el mío así en este momento.

Es hora de acabar este prólogo.

Lector: lee este libro desde el principio hasta el fin, y verás qué deleite tan exquisito sa­boreas. Mientras vayas leyendo, brotarán de tu corazón exclamaciones como éstas: ¡Qué hermosos son estos cuadros de la vida de Pío X y qué grande es este Pontífice! ¡Qué gran­de lambién el autor de estas Memorias, el fidelísimo y único Secretario de Estado de Pío X, el excelso Cardenal Merry del Val, gloria preclarísima de la Iglesia y de España!

Es de esperar que pronto pueda predicarse en los púlpitos de los templos el panegírico de Su Santidad Pío X; el panegírico de su Cardenal Secretario..., por ventura, también. En el prólogo de su Vida, escrita por Mons. Prof. Pío Cenci, Archivero del Archivo Secreto del Vaticano, lo predicó el entonces Emmo. Cardenal Pacelli, hoy nuestro Santísimo Padre Pío XII. No se puede substancialmente decir más de lo que dicen aquellas siete páginas, en las que todo es oro y pedrería: el fondo y la forma literaria. ¡Lástima que tan valiosa Vida de nuestro Car­denal no esté publicada en castellano!

Y para poner el punto final a este prólogo, un recuerdo fraternal de los Emmos. Sres. Cardenales Hinsley, Arzobispo de Westminster, y Mayes, Arzobispo de Nueva York, cuyos prólogos avaloraron la edición inglesa de estas memorias. Muy ufano estoy de la suerte del mío, que va en compañía de prólogos tan esclarecidos, procedentes de alcurnia tan eminente.

Valladolid, 15 de noviembre de 1946,
fiesta del Doctor San Alberto Magno.

ANTONIO GARCÍA Y GARCÍA, ARZOBISPO DE VALLADOLID

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