lunes, 20 de octubre de 2008

Herejes (7)


por Gilbert K. Chesterton
Sobre nosotros ha estallado con cierta virulencia una nueva moral relacionada con el problema de la bebida; y los entusiastas en el asunto van desde el hombre que a las 12.30 ya es violentamente expulsado del pub por culpa de su estado de embriaguez hasta la mujer que destroza las barras de los bares con un hacha. En estas discusiones, casi siempre se piensa que una posición sensata y moderada pasa por decir que el vino y demás licores deberían tomarse sólo como medicina. Y yo me atrevo a disentir de ello con especial ferocidad. La única manera verdaderamente peligrosa e inmoral de beber vino es considerarlo una medicina. Y la razón es esta: si alguien bebe vino para obtener placer, trata de obtener algo excepcional, algo que no espera tener a todas horas, algo que, a menos que esté algo perturbado, no tratará de obtener a todas horas. Pero si alguien bebe vino para obtener salud, está tratando de obtener algo natural, es decir, algo de lo cual no debe carecer, algo cuya ausencia tal vez le cueste aceptar. Tal vez el éxtasis de estar en éxtasis no convenza al hombre; resulta más deslumbrante ver un destello del éxtasis de ser alguien común y corriente. Si existiera un ungüento mágico, y si se lo lleváramos a un hombre fuerte y le dijéramos: «Con esto podrás tirarte del Monumento al Incendio de Londres y no te pasará nada», sin duda lo haría, aunque no se pasaría el día haciéndolo, para deleite de los ciudadanos.

Pero si se lo lleváramos a un ciego y le dijéramos: «Esto te permitirá ver», se sentiría bajo una fuerte tentación. Sería difícil para él no frotarse los ojos cada vez que oyera el sonido de los cascos de un caballo, o los pájaros cantando al despuntar el día. Nos es fácil negarnos nuestra propia diversión; nos es difícil negarnos nuestra propia normalidad. De ahí deriva un hecho que todo médico conoce: que suele ser peligroso dar alcohol a los enfermos, incluso cuando lo necesitan. No hace falta que diga que no comparto la idea de que sea necesariamente injustificable dar alcohol a los enfermos para proporcionarles un estímulo. Pero sí creo que dárselo a los sanos, para proporcionarles diversión, es su verdadero uso, mucho más coherente con la salud.

Lo sensato en este asunto parece ser, como sucede con tantas cosas sensatas, una paradoja. Bebe porque eres feliz, pero nunca si eres desgraciado. No bebas nunca si te sientes mal por no beber, o serás como esos bebedores de ginebra de los tugurios, que tienen la cara gris. En cambio, bebe si serías feliz sin beber, y serás como el risueño campesino italiano. No bebas nunca porque lo necesitas, pues eso es beber racionalmente, y una vía segura a la muerte y el infierno. Bebe porque no lo necesitas, pues eso es beber irracionalmente, y en ese acto se encierra la antigua salud del mundo.

Durante más de treinta años, la sombra y la gloria de una gran personalidad oriental han planeado sobre nuestra literatura inglesa. La traducción que Fitzgerald hizo de Omar Jayyam concentraba con inmortal agudeza todo el oscuro y vago hedonismo de nuestro tiempo. Del esplendor literario de la obra sería banal hablar; en muy pocos libros los hombres han combinado con tanta maestría la precisión alegre del epigrama con la tristeza vaga de la canción. Pero de su influencia filosófica, ética y religiosa, que ha sido casi tan grande en su brillantez, sí me gustaría decir algo, algo – lo confieso – de hostilidad insobornable. Hay muchas cosas que pueden decirse con­tra el espíritu del Rubaiyat, y contra su prodigiosa influencia. Pero una en concreto se alza ominosa sobre todas las demás y supone una desgracia y una calamidad para nosotros. Se trata del terrible golpe que ese gran poema le ha asestado a la sociabilidad y a la alegría de vivir.
Alguien ha llamado a Omar «el triste y alegre persa viejo». Triste es; alegre no, en absoluto, en ningún sentido de la palabra. Ha sido más enemigo de la alegría que los puritanos.

Un oriental pensativo y grácil se agazapa bajo el rosal, con su jarra de vino y sus pergaminos de poemas. Puede resultar raro que los pensamientos de alguien viajen, al recordarlo, hasta la cabecera de una cama donde un médico administra coñac. Y puede resultar más raro aún que viajen hasta el bebedor de ginebra de Houndsditch. Pero una gran unidad filosófica los vincula a los tres en un lazo malvado. El consumo de vino de Omar Jayyam es malo no porque sea consumo de vino. Es malo, y muy malo, porque es un consumo médico. Es la forma de beber de un hombre que bebe porque no es feliz. El suyo es un vino que lo separa del universo, y no un vino que se lo revela. No es un consumo poético, que es dichoso e instintivo; es un consumo racional, que es tan prosaico como una inversión, tan insípido como una dosis de manzanilla.
Desde el punto de vista del sentimiento, que no del estilo, existe un vieja canción inglesa dedicada a la bebida que se alza esplendorosa muchos cielos por encima de sus versos:
«Pasad de mano en mano la jarra, camaradas,y dejad que corra la sidra».

Pues esta canción fue compuesta por hombres felices para expresar el valor de las cosas que verdaderamente lo tienen, la hermandad, la alegría y el breve y amable asueto de los pobres.

Por supuesto, la mayor parte de los reproches morales dirigidos con­tra la moral de Omar son tan falsos e infantiles como los reproches suelen ser. Un crítico cuya obra he leído se atrevió a la necedad de llamar a los partidarios de Omar ateos y materialistas. Y para un levantino resulta casi imposible ser ninguna de las dos cosas; en Oriente Medio la metafísica se comprende demasiado bien para que suceda eso. La verdadera objeción que un cristiano filosófico podría plantear a la religión de Omar no es que no deja sitio a Dios, sino que le deja demasiado sitio. El suyo es ese teísmo terrible que no imagina nada más que la deidad, y que niega del todo los perfiles de la personalidad y la voluntad humanas.

La bola no cuestiona lo afirmado o lo negado mas cae aquí o allá, según la arroje el Jugadory Aquél que al campo de juego te ha lanzadolo sabe todo, todo lo sabe – todo lo ha calculado.

Un pensador cristiano, como podría ser san Agustín o Dante, objetaría a esto, pues no tiene en cuenta el libre albedrío, que es el valor y la dignidad del alma. La oposición del más elevado cristianismo a esa forma de escepticismo no es en absoluto que éste niegue la existencia de Dios, sino que niega la existencia del hombre.

En este culto del pesimista que busca placer, el Rubaiyat, en nuestro tiempo, figura a la cabeza de la lista. Pero no está solo. Muchos de los intelectos más brillantes de nuestro tiempo nos han instado a la misma privación consciente de una rara delicia. Walter Pater dijo que todos nos encontrábamos bajo sentencia de muerte, y que la única vía era disfrutar de los momentos exquisitos por los momentos exquisitos mismos. La misma lección la impartía la muy poderosa y muy desolada filosofía de Oscar Wilde. Se trata de la religión del carpe diem; pero la religión del carpe diem no es la religión de las personas felices, sino de las personas desgraciadas. La gran dicha no recoge los capullos de las rosas mientras puede; sus ojos están fijos en la rosa inmortal que vio el Dante. La gran dicha posee en su seno el sentido de la inmortalidad; el esplendor mismo de la juventud es la sensación de contar con todo el espacio del mundo para estirar las piernas. En toda la gran literatura cómica, en Tristram Shandy o en Pickwick, existe esta sensación de espacio e incorruptibilidad; sentimos que los personajes son personas inmortales en un relato eterno.

Cierto es que, sin duda, la felicidad más aguda se produce sobre todo en ciertos momentos pasajeros; pero no es cierto que debamos pensar en ellos como pasajeros, o disfrutarlos sólo «por ellos mismos». Hacerlo así es racionalizar la felicidad y, por tanto, destruirla. La felicidad es un misterio, como la religión, y no debe racionalizarse nunca. Supongamos que un hombre experimenta un momento realmente espléndido de placer. No me refiero a un simple barniz de alegría, me refiero a algo que contenga una felicidad violenta; un hombre puede tener, pongamos por caso, un momento de éxtasis con un primer amor, o un instante de victoria en una batalla.
El amante goza del momento, pero no precisamente por el momento en sí. Goza de él por la mujer, o por él mismo. El guerrero disfruta del momento, pero no por el momento en sí; disfruta del momento por su bandera.

La causa que esa bandera representa puede ser absurda, fugaz. El amor puede ser encaprichamiento y durar una semana. Pero el patriota cree que la bandera es eterna; el amante cree que su amor es algo que no terminará nunca. Esos momentos están llenos de eternidad, y son felices porque no parecen momentáneos.

Una vez que los vemos como momentos a la manera de Pater, se vuelven tan fríos como Pater y su estilo. El hombre no puede amar cosas mortales. Sólo puede amar cosas que por un instante son inmortales. El error de Pater se pone de manifiesto en su frase más célebre. Nos pide que ardamos con una llama dura como una gema. Las llamas nunca son duras, nunca son como gemas. No pueden tocarse ni manipularse. Del mismo modo, las emociones humanas nunca son duras, nunca son como gemas. Siempre resulta peligroso, como sucede con las llamas, tocarlas, o incluso examinarlas. Sólo hay un modo en que nuestras pasiones pueden hacerse duras como gemas, y es convirtiéndonos nosotros mismos en seres duros como gemas. Así, nunca se ha asestado un golpe tan duro, tan esterilizador, a los amores naturales y la risa del hombre como con ese carpe diem de los estetas. Para toda clase de placer hace falta un espíritu totalmente distinto; cierta timidez, cierta esperanza indefinida, cierta expectativa infantil.

La pureza y la simplicidad son esenciales para las pasiones. Incluso el vicio exige cierta virginidad.

El efecto de Omar (o de Fitzgerald) sobre el otro mundo podemos llegar a tolerarlo, pero su mano en este mundo ha resultado una carga muy pesada y paralizante. Los puritanos, como ya he dicho, son mucho más alegres que él. Los nuevos estetas seguidores de Thoreau o Tolstói resultan una compañía mucho más animada. Pues, aunque la entrega a la bebida y otros placeres pueda parecernos negación ociosa, logran proporcionar al hombre innumerables placeres naturales y, sobre todo, ese poder natural del hombre que es la felicidad.

Thoreau era capaz de disfrutar del amanecer sin necesidad de tomarse un café. Y si Tolstói no puede admirar el matrimonio, al menos es lo bastante sano como para admirar el barro. La naturaleza puede disfrutarse sin siquiera los lujos más naturales. Para la contemplación de unos bellos matorrales no hace falta vino. Pero ni la naturaleza, ni el vino, ni nada, puede disfrutarse si nuestra actitud hacia la felicidad es errónea, y Omar (o Fitzgerald) demostraba una actitud errónea hacia la felicidad. Él, así como aquellos en quienes influyó, no entienden que si hemos de ser verdaderamente alegres, debemos creer que existe cierta alegría eterna en la naturaleza de las cosas. No podremos disfrutar plenamente ni siquiera de un baile a menos que creamos que las estrellas bailan al mismo compás. Nadie, sino el hombre serio, puede ser divertido. «El vino – rezan las Escrituras – alegra el corazón del hombre.» Pero sólo del hombre que lo tiene. En definitiva, el hombre no puede regocijarse más que en la naturaleza de las cosas.

En definitiva, el hombre no puede disfrutar más que de la religión. En la historia de la humanidad hubo un tiempo en que el hombre creía que las estrellas danzaban al son de sus templos, y ese hombre danzaba como nunca ha danzado desde entonces. Con este viejo eudemonismo pagano la sabiduría del Rubaiyat tiene tan poco que hacer como con cualquier variedad cristiana. No es más báquico que santo. Dionisos y su iglesia se asentaban en una joie de vivre muy seria, como la de Walt Whitman. Dionisos hizo del vino no una medicina, sino un sacramento. Jesús también hizo del vino un sacramento, y no una medicina. Omar, por el contrario, lo convierte no en un sacramento, sino en una medicina.

Bebe porque la vida no es alegre. Se embriaga porque no está contento. «Bebed – dice – porque no sabéis cuándo llegasteis ni por qué. Bebed, porque no sabéis cuándo os iréis ni adónde. Bebed, porque las estrellas son crueles y el mundo tan trivial como un peonza. Bebed, porque no hay nada en que confiar, nada por lo que luchar. Bebed, porque todo degenera en una igualdad soez y en una paz maligna.» Y así se alza y nos alarga la copa con la mano. Y en el elevado altar de la cristiandad se yergue otra figura que también sostiene la copa de vino. «Bebed – dice –, pues todo el mundo es tan rojo como este vino, encarnado del amor y la ira de Dios. Bebed, pues las trompetas llaman a la batalla y este es el estribo. Bebed, pues yo sé cuándo llegasteis y por qué. Bebed, pues yo sé cuándo os iréis y adónde.»

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