lunes, 27 de octubre de 2008

Herejes (9)



por Gilbert K. Chesterton

IX. Los humores de George Moore


George Moore inició la carrera literaria publicando sus confesiones personales, lo que no tendría nada de malo si no hubiera seguido escribiéndolas el resto de su vida.


Se trata de un hombre de mente genuinamente impetuosa, y de gran dominio sobre un tipo de convicción esquiva y retórica que excita y agrada. Se halla en un estado perpetuo de sinceridad temporal. Ha demostrado su admiración por los excéntricos modernos más admirables, hasta que éstos no han sido capaces de soportarlo más. Hay que admitir sin reservas que todo lo que escribe surge de un poder mental auténtico. El relato en el que expone sus motivos para abandonar la Iglesia católica es tal vez el tributo más admirable a esa confesión que se haya escrito en los últimos años. Pero lo cierto es que la debilidad que han dejado al desnudo los muchos méritos de Moore es, de hecho, esa debilidad que la Iglesia católica combate tan bien.


Moore odia el catolicismo porque éste destruye la casa de espejos en la que vive. A Moore no le disgusta tanto que le pidan que crea en la existencia espiritual de milagros o sacramentos, le disgusta que le pidan que crea en la existencia real de otras personas. Como Pater, su maestro, y los demás estetas, su verdadera batalla con la vida es que ésta no es un sueño que puede ser modelado por quien lo sueña. No es el dogma sobre la realidad del otro mundo lo que le preocupa, es el dogma sobre la realidad de éste.


La verdad es que la tradición del cristianismo (que sigue siendo la única ética coherente de Europa) descansa sobre dos o tres paradojas o misterios que pueden impugnarse fácilmente mediante argumentos y que se justifican con facilidad en la vida. Una de ellas, por ejemplo, es la paradoja de la esperanza – o fe –, según la cual cuanto más desesperada es la situación, más fe debe tener el hombre. Stevenson lo comprendía bien, y por eso Moore no comprende a Stevenson. Otra paradoja es la de la caridad, o caballerosidad, según la cual cuanto más débil es una cosa, más debe respetarse, o según la cual cuanto más indefendible resulta algo, tanto más debe atraernos el convertirlo en un objeto de cierta clase de defensa. Thackeray lo comprendía bien, y por eso Moore no comprende a Thackeray. Y así, uno de esos misterios prácticos y vigentes de la tradición cristiana, que la Iglesia católica, como he dicho, ha sabido poner en evidencia, es el del orgullo entendido como pecado.


El pecado es una debilidad del carácter; acaba con la risa, acaba con la maravilla, acaba con lo caballeresco, acaba con la energía. La tradición cristiana lo comprende bien, y por eso Moore no comprende la tradición cristiana.
Pues la verdad es mucho más extraña aún de lo que parece ser en la doctrina formal del pecado de orgullo. No sólo es verdad que la humildad es algo mucho más sensato y vigoroso que el orgullo, es que incluso la vanidad es algo mucho más sensato y vigoroso que el orgullo.


La vanidad es social, se trata casi de un tipo de camaradería; el orgullo es solitario y poco civilizado. La vanidad es activa, busca el aplauso de multitudes infinitas; el orgullo es pasivo, desea sólo el aplauso de una persona, a la cual ya tiene. La vanidad es divertida, y puede reírse incluso de sí misma; el orgullo es aburrido, y ni siquiera sonríe. Todas estas diferencias son las diferencias que existen entre Stevenson y Moore, quien, como él mismo nos informa, ha «apartado a Stevenson de un plumazo». Ignoro adónde lo habrá apartado, pero esté donde esté, supongo que lo estará pasando estupendamente porque fue lo bastante listo como para ser vanidoso y no orgulloso. Stevenson poseía una vanidad aérea, mientras que Moore posee un orgullo polvoriento.
De ahí que Stevenson, con su vanidad, además de divertir a los demás, se divirtió él también, mientras que los efectos más logrados del absurdo de Moore se ocultan a sus propios ojos.


Si comparamos esta locura solemne con la locura alegre con la que Stevenson salpica sus propios libros y atruena contra sus críticos, no nos resultará difícil adivinar por qué Stevenson halló al menos una especie de filosofía final con la cual vivir, mientras que Moore recorre siempre el mundo en busca de una nueva. Stevenson descubrió que el secreto de la vida radica en la risa y la humildad. El yo es la gorgona. La vanidad la ve en el espejo de otros hombres y vive. El orgullo la estudia por sí misma y se vuelve de piedra.


Conviene ahondar más en este defecto de Moore, porque se trata de una debilidad bastante general en su obra. El egoísmo de Moore no es meramente una debilidad moral, se trata también de una debilidad estética muy constante e influyente. Es seguro que Moore nos interesaría mucho más si él no se interesara tanto en sí mismo. Tenemos la sensación de que nos muestra una galería de hermosos cuadros, y que, en cada uno de ellos, mediante una convención discordante, el artista ha representado la misma figura en la misma actitud.


«El Gran Canal y, a lo lejos, el señor Moore», «Efecto del señor Moore a través de la niebla en Escocia», «El señor Moore junto a la lumbre», «Ruinas del señor Moore a la luz de la luna», etcétera, en una serie interminable.


Sin duda, él respondería que en esos libros su intención era revelarse a sí mismo. Pero la respuesta es que en esos libros no lo logra. Una de las miles de objeciones que puede hacerse al pecado de orgullo está precisamente en ello, en que la auto-conciencia necesariamente destruye auto-revelación. El hombre que piensa mucho en sí mismo tratará de contar con muchos rostros, de alcanzar una excelencia teatral en todos los puntos, de convertirse en una enciclopedia de cultura, y su verdadera personalidad se perderá en ese falso universalismo. Pensar en sí mismo le llevará a tratar de ser el universo; y tratar de ser el universo le hará dejar de ser cualquier cosa. Si, por el contrario, el hombre es lo bastante sensato como para pensar sólo en el universo, pensará en él a su manera. Mantendrá virgen el secreto de Dios. Verá la hierba como ningún otro hombre puede verla, y verá un sol que sólo él conoce.


Este hecho aparece de modo muy claro en las Confessions de Moore. Al leerlas no sentimos la presencia de una personalidad definida, como la de Thackeray o Matthew Arnold. Sólo leemos una sucesión de opiniones bastante agudas y muy conflictivas que podrían haber sido pronunciadas por cualquier persona inteligente pero que solicitan nuestra admiración porque fueron pronunciadas por Moore. Él es el único hilo que une catolicismo y protestantismo, realismo y misticismo, él, o más bien su nombre. Queda absorto incluso por opiniones que ya no comparte, y espera que a nosotros también nos impresionen.


E introduce la primera persona del singular en lugares en los que no haría falta; incluso donde hacerlo resta fuerza a la simplicidad de una afirmación. Donde otro diría: «Hace un buen día», Moore declara: «Visto a través de mis sentidos, el día me parecía bueno». Donde otro diría: «Sin duda Milton posee un estilo depurado», Moore manifestaría: «En tanto que maestro del estilo, Milton siempre me impresionó». La némesis de ese carácter tan centrado en sí mismo es ser del todo improductivo. Moore ha iniciado muchas cruzadas interesantes, pero las ha abandonado antes de que sus discípulos pudieran seguirlas. Incluso cuando se alinea con la verdad, resulta tan voluble como los hijos de la falsedad. Y ni siquiera cuando encuentra la realidad halla descanso. Cuenta, eso sí, con una cualidad irlandesa de la que nunca ha carecido un hijo de ese país: la combatividad. Se trata sin duda de una gran virtud, y más en estos tiempos. Pero carece de la tenacidad en las convicciones que acompaña ese espíritu luchador en hombres como Bernard Shaw. Su debilidad en la introspección y su egoísmo en toda su gloria no le impiden combatir, pero siempre le impedirán ganar.


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