viernes, 14 de noviembre de 2008

El Papa San Pío X: Memorias (10)


por S.E.R. Cardenal Rafael Merry del Val


Capítulo IX

PIO X Y LAS ARTES


La Iglesia ha dispensado siempre su generosa protección a las artes donde quiera que haya ejercido su influencia. Roma es un testimonio elocuente de este aserto, de la tradi­cional munificencia de sus Pontífices y de sus ilustrados es­fuerzos, no sólo para conservar los monumentos antiguos y las innumerables reliquias del pasado, así paganas como cris­tianas, sino también para alentar la actividad de artistas que daban pruebas de un genuino talento.

Y esto ha sido igual­mente cierto en períodos agitados de la Historia, cuando los Pontífices estaban abrumados con problemas económicos y por los arduos deberes de su apostólico ministerio. Sin embargo, es evidente que, considerados individualmen­te, no todos los Papas han sido personalmente dotados de un temperamento artístico ni nclinados por su educación a pro­fesar un interés especial por el arte.

Ya he apuntado que Pío X estaba demasiado absorbido, como sacerdote y como pastor, por su enorme celo y gran actividad en pro de la salvación de las almas, para disponer de tiempo suficiente que dedicar a otros menesteres, a pesar del interés que en ello pudiera tener Pero amaba las cosas bellas, y había visto muchas en el transcurso de su vida en Mantua, Padua y Venecia, así como en sus raras visitas a Roma.

Disfrutaba con el trato de artistas ilustres, a quienes siempre acogía gustoso y con miras a au­mentar sus conocimientos artísticos. Este trato, unido a sus lecturas, contribuyó, sin duda, a educar su gusto, que era ex­celente y refinado de por sí, a veces casi severo. La Exposición de Arte Sacro organizada en Venecia, en la preciosa iglesia de los Santos Juan y Pablo, debió su origen a la iniciativa alentadora del Patriarca, Cardenal Sarto, que se tomó infinitos trabajos para asegurar su éxito. A este propósito debo hacer constar su costumbre de re­cordar lo maravillosamente que se hallan descritas las verda­des de la fe católica en los tesoros inapreciables del arte cris­tiano antiguo, tan profusamente esparcidos por Italia, y cómo los maestros de antaño estaban imbuidos del verdadero espí­ritu de la Iglesia. "En la Italia moderna —decía con frecuen­cia—, la vida y el sentimiento de ese lenguaje sublime están dormidos y es preciso despertarlos una vez más."

Censuraba rigurosamente cualquier negligencia en la vigi­lancia debida a los tesoros artísticos e históricos. Las circula­res que repetidamente dirigía al clero de Italia y del extranje­ro, dando instrucciones precisas y reglas prácticas en este sen­tido, merecen una atención más minuciosa de la que hasta ahora se les ha prestado. Afirmaba sin vacilación que los museos y galerías de arte son necesarios para la conservación de herencias valiosas, ya que si éstas se perdieran o deterioraran, no podrían ser nunca repuestas. Pero consideraba dichas instituciones en cierto modo inadecuadas, y de buena gana las hubiera suplido de otra manera. Sustentaba el criterio de que las obras artísticas e históricas debían permanecer en el lugar para el que habían sido creadas, y que el separarlas de su sitio, a menudo, desfi­gura el fin buscado por sus autores.

Es más: a su juicio, la distribución por todo el país de las inspiradas producciones del genio humano y de los recuerdos del pasado, ayudaba a cultivar, más que ningún otro elemento, el gusto del pueblo, despertando las dotes naturales de los presuntos artistas. "Cuando la lección —decía— ha de aprenderse entre las pa­redes privilegiadas de un museo, en las grandes ciudades, o en ocasiones limitadas que exigen molestias y gastos, muy pocos pueden, en realidad, beneficiarse de la mismas; y, como consecuencia de esta tendencia de nuestros días, ya no existe el proceso gradual de una asimilación inconsciente que pre­valecía en el pasado."

El 28 de marzo de 1909, Pío X inauguró la nueva galería que con tanto trabajo logró erigir para la mejor y más segura custodia de los célebres cuadros de la colección vaticana. Muchos recordarán todavía la antigua pinacoteca, situada en el tercer piso del palacio. Con frecuencia, muchas tardes, en los breves intervalos de descanso o recreo que se permitía el Santo Padre, especialmente en los comienzos de su laborioso pontificado, paseaba por la galería de pinturas, entonces si­tuada, como se recordará, en la logia superior del Vaticano, al nivel de las habitaciones privadas de Su Santidad.

Pío X se dio cuenta inmediata del hecho de que la galería, tal como existía entonces, no ofrecía espacio suficiente para todos los cuadros, muchos de los cuales se hallaban amonto­nados, lo que no era digno de colección tan importante. Además, la situación al Norte de las salas, expuestas a los fríos vientos de "tramontana" y a las bajas temperaturas, ha­bía demostrado ser perjudicial para algunos de los cuadros más antiguos y delicados. Por otra parte, la proximidad al te­jado y a departamentos habitados no ofrecía tampoco seguri­dad bastante en caso de incendio u otros accidentes.

El Santo Padre me habló repetidamente de todo esto con el mayor interés. Perseguía, sin embargo, otra finalidad cuando se decidió a erigir la nueva Pinacoteca. Las muchas y valiosas pinturas que se encontraban, tanto en la Biblioteca Vaticana como en el Museo Lateranense o en diversos vestíbulos del palacio, donde pasaban casi inadvertidas, habían atraído su atención. Sugirió, por tanto, el plan de reunir todas estas obras, con el propósito de dar amplias facilidades para el estudio de los grandes maestros, formando una galería de pinturas más en consonancia con las mejores tradiciones de los Romanos Pontífices. Esta era la idea de Pío X, y la constancia con que fue llevada a la práctica es buena prueba de su inteligente interés en el cultivo y progreso de las artes.

El Pontífice poseía ¡deas muy concretas sobre la decora­ción, la cual consideraba admisible en iglesias de valor artís­tico evidente. Benedicto XIV, en su clásico tratado sobre la Beatificación y Canonización de los Siervos de Dios, estudia, bajo el epígrafe "Ornatus Vaticani Templi"', los adornos tran­sitorios con que es costumbre decorar la gran Basílica. Este ilustre Pontífice justifica el hábito establecido, observando que el carácter excepcional de estas ornamentaciones contribuye a impresionar el ánimo del pueblo con la solemnidad de la celebración. Nuestro interés se despierta, naturalmente, con menor intensidad mediante aquello que se halla siempre a nuestro alcance, por muy bello que sea, ab assuetis non fit passio, e indudablemente comprendemos mejor la significa­ción plena de una ceremonia cuando nos es dado contem­plar una decoración especialmente adaptada a este fin.

Pío X no mostró inclinación a poner en duda este principio, pero objetaba firmemente su empleo indistinto y exagerado. "Por el amor de Dios, respetad las líneas arquitectónicas de nuestras iglesias y la armonía de su trazado; no estropeéis su auténtica belleza con vuestros trapos rojos (stracci rossi)." Esta amonestación la escuché repetida y frecuentemente de los labios de Pío X, al referirse al excesivo empleo de paños baratos y colgaduras insustanciales colocados en iglesias y capillas, aun de la misma Roma, con ocasión de importantes festividades. Censuraba francamente la cobertura exagerada del mármol de las paredes y de los soberbios pilares y finos arcos de nuestros edificios sagrados, que tan poco tienen que ocultar y tanto que admirar.

Juzgaba absurdo tratar de amen­guar su esplendor con adornos chillones, precisamente en aquellos días solemnes que ofrecían la mejor oportunidad de cultivar el gusto de las multitudes y fomentar en ellas el apre­cio de la genuina belleza de la casa de Dios.

Durante los once años que duró el pontificado de Pío X se construyeron en Roma y en sus alrededores gran número de iglesias. Muchas de ellas se erigieron totalmente a expensas de Su Santidad; a todos contribuyó con esplendidez, y los planos de sus trazados fueron, en la mayoría de los casos, sometidos a su aprobación. Las necesidades urgentes de los grandes y densamente poblados distritos de los suburbios de la ciudad y de los sec­tores rurales hacían absolutamente necesaria la erección de nuevos templos y parroquias. "Hay muchísimas iglesias be­llas en Roma, y, sin embargo, no son, en modo alguno, sufi­cientes —acostumbraba decir el Santo Padre—. De buena gana trasladaría una docena de las situadas en el centro a las afue­ras de la ciudad, pues entonces no nos veríamos obligados a construir otras nuevas."

Al cambiar impresiones con los arquitectos descendía al detalle más nimio de los planes que le presentaban, y los es­tudiaba detenidamente con el mayor cuidado antes de autori­zar el comienzo de las obras. Su experiencia como párroco le sirvió grandemente en relación con la distribución práctica y el adecuado emplazamiento de los edificios. Con la ¡dea siem­pre fija en su imaginación de facilitar el trabajo del sacerdote, insistía constantemente en la conveniencia de construir la casa parroquial adosada a la iglesia, y, si era posible, una escuela cercana, un salón para las reuniones parroquiales, un centro obrero y otras semejantes.

No alentaba nuevas modalidades en el estilo arquitectónico de las construcciones religiosas, especialmente en Roma, y demostraba marcada preferencia por la arquitectura clásica, que creía debía imitarse dentro de los límites de una adaptación y gasto razonables. "¿Por qué ir lejos a buscar nuevas ideas? —solía decir—. Tomad como modelo alguna de las antiguas Basílicas; tene­mos a nuestro alcance gran número de iglesias espléndidas y existen otras muchas en el país con las que sería difícil rivali­zar; mejor será reproducir las antiguas en mayor o menor es­cala que perder el tiempo en buscar novedades sin gusto, de un estilo excéntrico o indefinido."

Además de la pintura y de la arquitectura, existían otras modalidades artesanas de habilidad y destreza que atraían las inclinaciones artísticas de Pío X, prestándole oportunidad de demostrar su sentido de observación y el refinamiento de sus gustos. El arte del encaje era uno de ellos, y nada es de extrañar en él esta afición, teniendo en cuenta su origen veneciano y el gran interés que le inspiraba todo lo que pu­diera sobresalir en su país natal.

El canónigo Marchesan ha publicado el texto de un autó­grafo debido a la pluma del Patriarca, Cardenal Sarto, en Murano, con ocasión de una visita guiada a la fábrica de en­caje de aquella localidad el 12 de enero de 1898. El Santo Padre decidió patrocinar esta empresa con el doble objeto de favorecer su progreso y de obtener una mejora y ayuda espiri­tual para las numerosas jóvenes pobres venidas de partes di­ferentes de la ciudad. La circular que en lengua latina dirigió al clero poco des­pués de tomar posesión de su sede patriarcal es una prueba de este interés, no menos que el característico autógrafo que podría traducirse como sigue: "Al visitar la escuela del taller de encajes en Murano he quedado sorprendido por la belleza de este trabajo, que tan amablemente me fue mostrado, y me fui, en verdad, satisfecho de la disciplina del establecimiento, en el cual cerca de cuatrocientas jóvenes, en medio de su ardua y difícil tarea, practican las virtudes de la vida cristiana. Formulo la esperanza de que los directores y patronos de la escuela puedan encontrar el medio de vender estas maravi­llosas labores, proporcionando así un bienestar a las obreras y aliviando las necesidades de esta localidad tan pobre."

Un extenso conocimiento de las diversas escuelas y méto­dos de fabricación del encaje, en casa y fuera, le permitía hablar con suficiencia de las sutiles particularidades de los merletti a piombino, punto in aria, punto tagliato o punto a reticella, y a primera vista podía conocer sin dificultad los méritos o defectos de cualquier encaje que viniera a parar a sus manos, al serle ofrecido un mantel de altar, un roquete o un alba.

No puedo por menos de pensar en los donantes de estos objetos, que muchas veces se hubieran encontrado perplejos si hubiesen conocido la exactitud con que el Papa apreciaba y discernía el verdadero mérito y valor de los obsequios que le presentaban.


1 "Quia tamen minus animum movent quae procul is semper sunt, templa consuevimus, etsi arte et materia apprime nobília, cum statae queadam aut extra ordinem celebritates indderint, adscrito cultu et temporarus ornamentis excolere, ut novitas commendet quod assiduitate quodammodo viluerat." (bened. XIV, Op.: de Servorum Dei Beatificatione et Canonizatione, t. VII)

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