domingo, 16 de noviembre de 2008

Herejes (14)



por Gilbert K. Chesterton

XIV

De ciertos escritores modernos y la institución de la familia


Uno pensaría que la familia puede ser considerada, en justicia, una institución humana definitiva. Todo el mundo admitiría que la familia ha constituido la célula básica y la unidad central de casi todas las sociedades que hasta la fecha han existido, excepto algunas como la de Lacedemonia, que buscaba la «eficacia» y que, en consecuencia, pereció sin dejar el menor rastro. El cristianismo, por más grande que fuera la revolución que trajo consigo, no alteró esta santidad antigua e indómita, sino que se limitó a revertirla. No negó la trinidad de padre, madre e hijo, sino que la leyó de atrás adelante, convirtiéndola en la trinidad del hijo, la madre y el padre.


Y no la llamó familia, sino Sagrada Familia, pues muchas cosas se hacen sagradas cuando se vuelven del revés. Pero algunas lumbreras de nuestra propia decadencia han lanzado un ataque serio contra la familia.


La han impugnado, erróneamente, me parece a mí; y sus defensores la han defendido, y la han defendido erróneamente. La defensa que suele hacerse de la familia es que, entre el bullicio y las veleidades de la vida, ésta es tranquila, agradable y sólida. Pero otra defensa de la familia es posible y, para mí, evidente. Se trata de una defensa que pasa por afirmar que la familia no es ni tranquila, ni agradable, ni sólida.


Hoy en día no está de moda defender las ventajas de las comunidades pequeñas. Se nos convence de que debemos ir en pos de grandes imperios y grandes ideas. Sin embargo, existe una ventaja en los Estados, las ciudades y los pueblos pequeños, que sólo los ciegos por voluntad propia ignorarán: el hombre que vive en una comunidad pequeña, vive en un mundo mucho mayor. Sabe mucho más sobre las extremas variedades y las diferencias irreductibles que se dan entre los hombres. La razón de ello es obvia. En una comunidad grande podemos escoger a nuestros compañeros, mientras que en una comunidad pequeña nuestros compañeros nos vienen dados.
Así, en todas las sociedades extensas y altamente civilizadas, los grupos se forman a partir de lo que se conoce como «simpatía», y dejan afuera al mundo real más que las puertas de cualquier monasterio. En realidad, los clanes no tienen nada de cerrado. Las que sí son cerradas son las camarillas. Los hombres del clan viven juntos porque llevan el mismo tartán, o porque descienden de la misma vaca sagrada; pero en sus almas, gracias a la divina suerte de las cosas, habrá siempre más colores que en cualquier tartán. Por el contrario, los hombres de la camarilla viven juntos porque tienen el mismo tipo de alma, y su cerrazón es la cerrazón de la coincidencia espiritual y el conformismo, como el que existe en el infierno.

Las grandes sociedades existen para formar camarillas. Las grandes sociedades son sociedades para la promoción de la cerrazón. Se trata de una maquinaria que tiene como finalidad privar al individuo solitario y sensible de toda experiencia de concesión amarga y limitante. Se trata, en otras palabras, de una sociedad para la prevención del conocimiento cristiano.

Ese cambio, por ejemplo, se aprecia en la transformación moderna de lo que llamamos «club». Cuando Londres era más pequeña, más autosuficiente y más provinciana, el club era lo que sigue siendo en los pueblos, lo contrario de lo que es hoy en las grandes ciudades. En aquellos tiempos, el club se valoraba como el lugar en que el hombre podía ser sociable. Hoy, el club se valora como lugar en el que el hombre puede ser insociable.

Cuanto más crece y se sofistica nuestra civilización, más deja de ser el club un lugar en que el hombre puede participar en una acalorada discusión, y más se convierte en un lugar en que puede tomarse, como se dice, para mi asombro, una comida tranquila. Su función es proporcionar comodidad al hombre, y proporcionarle comodidad es lo contrario de hacerlo sociable.
La sociabilidad, como todo lo bueno, está llena de incomodidades, peligros y renuncias. El club tiende a producir la más degradada de todas las combinaciones: el anacoreta lujoso, el hombre en quien concurren la indulgencia de un Lúculo con la soledad enfermiza de un Simeón Estilita. Si mañana por la mañana nos bloqueara de pronto una nevada en la calle donde vivimos, apareceríamos al instante en un mundo mucho mayor y mucho más salvaje que el que hayamos podido conocer nunca. Y la típica persona moderna hace grandes esfuerzos por escapar de la calle donde vive. En primer lugar, inventa la higiene moderna y se va a Margate. Luego inventa la cultura moderna y se va a Florencia. Y más tarde inventa el imperialismo moderno y se va a Tombuctú.

Llega hasta los confines más fantásticos de la Tierra. Finge cazar tigres. Casi se monta en un camello. Y, entodo ello, esencialmente, sigue huyendo de la calle en la que nació. Y para esa huida siempre tiene a punto una explicación: dice que huye de su calle porque es aburrida. Miente. En realidad, huye de su calle porque le resulta demasiado emocionante. Y es emocionante porque es exigente. Y es exigente porque está viva. Puede visitar Venecia porque, para él, los venecianos son sólo venecianos; pero la gente de su calle está formada por hombres y mujeres. Puede estudiar a los chinos porque, para él, los chinos son algo pasivo que puede estudiarse; pero si estudia a la ancianita que vive al lado, se vuelve activo. Se ve obligado a huir, por decirlo en pocas palabras, de la sociedad de sus iguales, que le resulta demasiado estimulante; de una sociedad de hombres libres, perversos, personales y deliberadamente diferentes a él. La calle de Brixton le resulta demasiado vivaz y fatigosa. Debe calmarse y tranquilizarse rodeado de tigres y buitres, de camellos y cocodrilos. Esas criaturas sí son distintas a él. Pero, ni en su forma, ni en su color, ni en su atuendo libran con él una competencia intelectual decisiva. No persiguen destruir sus principios ni afirmar los suyos. El monstruo más raro de la calle residencial sí lo persigue. El camello no esboza una sonrisa de superioridad porque el señor Robinson carezca de joroba, mientras que el caballero ilustrado del número 5 sí esboza una sonrisa de superioridad porque la casa de Robinson carece de friso. El buitre no estallará en carcajadas porque un hombre no vuela, mientras que el oficial del número 9 sí estallará en carcajadas porque un hombre no fuma. La queja que solemos hacer a nuestros vecinos es que, como suele decirse, no se ocupan de sus asuntos. En realidad, no es que nuestros vecinos no se ocupen de sus asuntos. Si nuestros vecinos no se ocuparan de sus asuntos, les exigirían el pago del alquiler, y en breve dejarían de ser nuestros vecinos. Lo que decimos cuando expresamos que nuestros vecinos no se ocupan de sus asuntos es algo mucho más profundo.

No es que nos desagraden por carecer de la energía necesaria como para interesarse por ellos mismos. Nos desagradan porque tienen tanta energía que pueden interesarse, además, por nosotros. Dicho de otro modo, lo que tememos de nuestros vecinos no es la estrechez de su horizonte, sino su suprema tendencia a ensancharlo. Y la aversión por la humanidad corriente posee ese carácter general; no se trata de una aversión a su debilidad (como se hace creer), sino a su energía. Los misántropos fingen despreciar a la humanidad por sus debilidades, cuando en realidad la odian por su fuerza.

Esta mengua de las extraordinarias vivacidad y variedad de los hombres corrientes es perfectamente razonable y excusable siempre y cuando no pretenda convertirse en superioridad de ninguna clase. Es cuando se llama aristocracia o esteticismo, o superioridad de la burguesía, cuando su debilidad inherente debe, en justicia, ser señalada. La pesadez es el más disculpable de los vicios, pero la más imperdonable de las virtudes.

Nietzsche, que representa como nadie esa pretensión de los pesados, plantea en alguna parte una descripción – una descripción muy convincente desde el punto de vista estrictamente literario – del desagrado y el desdén que le consumen cuando ve a la gente corriente, con sus rostros corrientes, sus voces corrientes, sus mentes corrientes. Como ya he dicho, esta actitud resultaría casi hermosa si se nos permitiese verla como patética.

La aristocracia de Nietzsche ostenta todo lo sagrado que pertenece a los débiles. Cuando nos hace sentir que no es capaz de soportar los rostros innumerables, las voces incesantes, la omnipresencia sobrecogedora propia de las muchedumbres, contará con la comprensión de todo el que se haya sentido enfermo a bordo de un vapor, o cansado en un ómnibus atestado. Todos los hombres han odiado a la humanidad al sentirse menos que un hombre. Todos los hombres se han visto cegados por una humanidad que era como una niebla espesa, han sentido las fosas nasales impregnadas de asfixiante humanidad. Pero cuando Nietzsche, exhibiendo una increíble falta de humor y de imaginación, nos pide que creamos que su aristocracia es una aristocracia de fuertes músculos, una aristocracia de fuertes voluntades, es necesario señalar la verdad: se trata de una aristocracia de nervios débiles.

Nosotros nos buscamos a los amigos y a los enemigos. Pero es Dios quien nos busca al vecino de al lado. De ahí que éste venga a nosotros ataviado con todos los terrores de la naturaleza; es tan raro como las estrellas, tan imprudente y tan indiferente como la lluvia. Es un hombre; la más terrible de todas las bestias. Por ello, las viejas religiones y el antiguo lenguaje de las Escrituras mostraban tal sabiduría al hablar, no del deber de uno para con la humanidad, sino del deber de uno para con el prójimo. El deber para con la humanidad suele adoptar la forma de decisión, que es personal y puede incluso ser agradable. Ese deber puede ser un pasatiempo, puede convertirse incluso en una distracción. Podemos trabajar en el East End porque estamos especialmente capacitados para trabajar allí, o porque creemos que lo estamos. Podemos luchar por la causa de la paz internacional porque somos aficionados a la lucha. El martirio más monstruoso, la experiencia más repulsiva, puede ser el resultado de una elección personal, o de una especie de gusto. Podemos sentirnos atraídos por los locos, o interesados especialmente por los leprosos. Pueden encantarnos los negros porque son negros, o los socialistas alemanes porque son pedantes. Pero a nuestro vecino tenemos que quererlo porque está ahí. Es una razón mucho más alarmante para una operación mucho más seria. El vecino es la muestra de humanidad que nos ha sido dada.

Y precisamente porque puede ser alguien, es todo el mundo. Porque es un accidente, es un símbolo. Sin duda, los hombres escapan de sus entornos estrechos y llegan a tierras que les resultan muy mortíferas. Pero esto es natural, porque no escapan de la muerte, sino de la vida. Y este principio se aplica a todos los estratos del sistema social de la humanidad. Es más que razonable que los hombres vayan en busca de cierta variedad del tipo humano, siempre y cuando sea eso lo que buscan, y no la mera variedad humana. No tiene nada de malo que un diplomático británico busque la sociedad de los generales japoneses, si lo que quiere encontrar son generales japoneses. Pero si lo que quiere es gente distinta a él, le iría mucho mejor metiéndose en su casa y hablando de religión con la criada. Resulta razonable que el genio local salga dispuesto a conquistar Londres, si lo que quiere es conquistar Londres. Pero si lo que quiere es conquistar algo fundamental y simbólicamente hostil, además de muy fuerte, mejor le iría quedándose donde está y discutiendo con el rector. El hombre de los barrios residenciales hace bien si se va hasta Ramsgate porque le gusta Ramsgate; algo, por otra parte, difícil de imaginar. Pero si, como dice, se desplaza hasta Ramsgate «para variar», variedad más romántica e incluso melodramática la encontraría saltando la tapia que le separa de la casa de sus vecinos. Las consecuencias serían mucho más definitivas que las que puede ofrecerle Ramsgate.

Pues bien, del mismo modo que este principio es aplicable al imperio, a la nación que éste contiene, a la ciudad, a la calle, también es aplicable a cada hogar de esa calle. La institución de la familia ha de ser elogiada exactamente por los mismos motivos por lo que lo es la institución de la nación, la institución de la ciudad. Para la persona es bueno vivir en familia por la misma razón por la que le es bueno vivir sitiado en una ciudad. Para la persona es bueno vivir en familia por la misma razón por la que le resulta hermoso y agradable encontrarse atrapado por la nieve en la calle. Todas esas cosas le obligan a darse cuenta de que la vida no es algo que provenga del exterior, sino que proviene del interior. Sobre todo, son razones que inciden en el hecho de que la vida, si es una vida fascinante, estimulante, es algo que, por naturaleza, existe a pesar de nosotros mismos. Los escritores modernos que han sugerido, de un modo más o menos abierto, que la familia es una institución perniciosa, se han limitado a sugerir, por lo general, con bastante dureza, acritud y amargura, que tal vez la familia no siempre resulte muy propicia. Cuando lo cierto es que la familia resulta una buena institución precisamente por no ser propicia. Es precisamente por contener tantas diferencias y variedades por lo que resulta tan completa. Es, como dicen los sentimentales, como un pequeño reino y, como casi todos los reinos pequeños, se halla generalmente en un estado parecido a la anarquía.

Precisamente porque a nuestro hermano George no le interesan nuestras dificultades religiosas sino el restaurante Trocadero, es por lo que la familia posee las características vigorizantes de una mancomunidad. Es precisamente porque el tío Henry no aprueba las aspiraciones teatrales de nuestra prima Sarah por lo que la familia es como la humanidad. Los hombres y mujeres que, por buenos y malos motivos, se rebelan contra la familia, se están rebelando simplemente, por buenos y malos motivos, contra la humanidad. Nuestro hermano menor es malo, como la humanidad. Nuestro abuelo es tonto, como el mundo. Es viejo, como el mundo. Los que desean, con razón o sin ella, apartarse de todo eso, desean sin duda entrar en un mundo más pequeño.

La inmensidad y la variedad de la familia les alarma y les aterroriza. Sarah desea hallar un mundo que esté formado en su totalidad por obras teatrales; George desea pensar que el Trocadero es el cosmos. No digo en absoluto que la huida a ese mundo más pequeño no pueda ser lo conveniente para el individuo, del mismo modo en que puede serlo la huida a un monasterio.

Pero lo que sí digo es que cualquier cosa que haga a esas personas creer, erróneamente, que el mundo al que acceden es en realidad más grande y más variado que el suyo, será negativa y artificial. El mejor modo que tiene un hombre de poner a prueba su disposición a hallar la variedad corriente de la humanidad es bajar por una chimenea escogida al azar y tratar de llevarse lo mejor posible con las personas que encuentre en el interior de la casa. Y eso es, en esencia, lo que todos nosotros hicimos el día en que vinimos al mundo.

Esa es, en efecto, la sublime y especial novela de caballerías de la familia. Es romántica, porque se trata de algo impredecible. Es romántica, porque es todo lo que sus enemigos le atribuyen. Es romántica, porque es arbitraria. Es romántica, porque está allí. Mientras tengamos a grupos de hombres escogidos racionalmente, tendremos un cierto ambiente especial, o sectario. Cuando tenemos a grupos de hombres escogidos irracionalmente es cuando tenemos hombres. El elemento de aventura empieza a existir, pues una aventura es, por naturaleza, algo que viene a nosotros. Es algo que nos escoge a nosotros y no algo que nosotros escogemos.

Enamorarse se ha entendido a menudo como la aventura suprema, el accidente romántico supremo. Y es cierto, en el sentido de que en el enamoramiento hay algo externo a nosotros mismos, algo que es una especie de fatalismo alegre. El amor nos toma, nos transfigura y nos tortura. Rompe nuestros corazones con una belleza insoportable, insoportable como la belleza de la música.

Pero en el sentido de que nosotros, claro está, tenemos algo que ver con el asunto; en el sentido de que estamos, de algún modo, preparados para enamorarnos, y en cierto modo, nos lanzamos a amar; en el sentido de que, hasta cierto punto, escogemos e incluso juzgamos; en todos esos sentidos enamorarnos no es verdaderamente romántico, no es en absoluto una aventura.
En este sentido, la aventura suprema no es enamorarse.
La aventura suprema es nacer. Al hacerlo, entramos de pronto en una trampa espléndida y desconcertante.

Al hacerlo, vemos algo con lo que no habíamos soñado. Nuestros padres están ahí, al acecho, y se lanzan sobre nosotros, como bandoleros ocultos tras unos arbustos. Nuestro tío es una sorpresa. Nuestra tía surge de la nada. Cuando, mediante el acto de nacer, entramos en la familia, entramos en un mundo incalculable, en un mundo que cuenta con sus propias leyes, en un mundo que podría seguir existiendo sin nosotros, en un mundo que no hemos construido nosotros. En otras palabras, cuando entramos en la familia, lo hacemos en un cuento de hadas.

Ese aspecto de narración fantástica debe asociarse a la familia y a nuestras relaciones con ella de por vida. Y esa fantasía es lo más profundo de la vida, más profundo aún que la realidad. Porque incluso si se demostrara que la realidad nos confunde, seguiríamos sin poder demostrar que es poco importante, o poco impresionante.

Incluso si los hechos son falsos, siguen siendo muy raros. Y esa extrañeza de la vida, ese elemento inesperado e incluso perverso de las cosas que suceden, sigue siendo inevitablemente interesante. Las circunstancias que podemos regular pueden domesticarse o volverse «pesimistas», pero las «circunstancias sobre las que carecemos de control» siguen siendo divinas para aquellos que, como Micawber, son capaces de apelar a ellas y renovar su fuerza. La gente se pregunta por qué la novela es el género literario más popular. La gente se pregunta por qué se leen más novelas que ensayos científicos, que obras sobre metafísica. La razón es muy simple: sencillamente porque la novela es más verdadera que las otras obras. En ocasiones, legítimamente, la vida aparece en forma de ensayo científico. A veces, más legítimamente aún, la vida aparece en forma de obra de metafísica. Pero la vida es siempre una novela.

Nuestra existencia puede dejar de ser canción; puede dejar incluso de ser un lamento hermoso. Tal vez nuestra existencia no sea una justicia inteligible, o incluso puede ser un mal cognoscible. Pero nuestra existencia sigue siendo una historia. En el fiero alfabeto de todos los atardeceres se lee: «Continuará...». Si contamos con la inteligencia mínima, podremos llevar a cabo una deducción filosófica exacta, y estaremos seguros de su corrección. Con la fuerza mental necesaria, podremos realizar todos los descubrimientos científicos, con la certeza de que serán correctos. Pero ni el intelecto más gigantesco es capaz de llegar al fin del relato más sencillo, más tonto, y tener la certeza de haberlo hecho bien. Eso es porque el relato tiene detrás, no sólo intelecto, que es en parte mecánico, sino voluntad, que es, en esencia, divina. El narrador puede enviar a su héroe a la horca, y al infierno mismo, si así lo decide. Y la misma civilización, la civilización caballeresca europea del siglo XIII, produjo algo llamado «ficción» en el siglo XVIII. Cuando Tomás de Aquino proclamó la libertad espiritual del hombre, creó todas las malas novelas que hoy circulan por las bibliotecas.

Pero para que la vida pueda ser una historia, o un relato, para nosotros, hace falta que al menos gran parte de ella nos venga dada sin nuestro permiso. Si deseamos que la vida sea un sistema, ello puede ser una molestia.

Pero si lo que queremos es que sea un drama, entonces resulta esencial. No hay duda de que ese drama puede haber sido escrito por alguien que nos gusta muy poco. Pero nos gustaría todavía menos si su autor apareciera tras el telón a cada hora, y nos obligara a inventarnos el acto siguiente. El hombre controla muchas cosas en su vida; controla un número suficiente de cosas como para ser el héroe de la novela. Pero si lo controlara todo, sería tan heroico que no habría novela. Y la razón por la cual las vidas de los ricos son, en el fondo, tan anodinas y desprovistas de acción es porque los ricos escogen los acontecimientos. Los ricos resultan aburridos porque son omnipotentes. No sienten la aventura porque son capaces de crear aventuras. Lo que hace que la vida se mantenga como algo romántico y lleno de fieras posibilidades es precisamente la exis­tencia de esas grandes limitaciones que nos obligan a encon­trarnos con cosas que no nos gustan o no esperamos. Es inútil que los modernos arrogantes hablen del hecho de hallarse en un entorno hostil. Nacer en esta Tierra es hacerlo en un entorno hostil y, por eso mismo, se nace en una novela.

De todas esas grandes limitaciones y marcos que modelan y crean la poesía y la variedad de la vida, la familia es la más absoluta e importante. Pero eso los modernos lo malinterpretan, porque imaginan que la novela existiría perfectamente en ese estado absoluto que ellos llaman libertad. Creen que si, a un gesto del hombre, el sol cayera del cielo, eso sería un asunto desconcertante y romántico. Pero lo desconcertante y lo romántico en relación con el sol es que no se cae del cielo.
Los modernos buscan, bajo todas las formas posibles, un mundo en el que no existan las limitaciones, es decir, un mundo sin perfiles. O, lo que es lo mismo, un mundo sin formas. Y no hay nada más burdo que esa infinitud. Ellos dicen que quieren ser tan fuertes como el universo, pero lo que en realidad quieren es que el universo sea tan débil como ellos.


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