lunes, 10 de noviembre de 2008

El Pensamiento de la Revolución Nacional (4)



por el Dr. Antonio de Oliveira Salazar


CAPITULO III

Dictadura administrativa y revo­lución política

Este discurso viene a ser un balance de la obra realizada por la Dictadura al cuarto año de su adve­nimiento. El acto tuvo lugar el 28 de Mayo de 1928, en una reunión celebrada en la Sala do Risco con asistencia de los jefes y oficiales del Ejército y la Marina.

En aquella ocasión el Dr. Oliveira Salazar, llevaba dos años desempeñando el Ministerio de Hacienda.



El desorden político, financiero, económico y social

Se dice que los reyes no tienen memoria; pero parece que los pueblos aún la tienen peor. Si se fuera a dar crédito a las cosas que por ahí se escriben y a muchas más que por ahí se dicen, los cuatro años de Dictadura que han transcurrido serian inexistentes en la historia de Portugal. En el ansia de mejoras y de mayo­res progresos, se esfuma el recuerdo de los ma­les que veníamos sufriendo, y no se aprecia de­bidamente el bien que ahora disfrutamos. Acordémonos del pasado, para hacer justicia al presente. Antes de haberse iniciado el trabajo de reor­ganización, una sola palabra — desorden — definía en todos los aspectos la situación de Portugal.

El desorden político

En la cumbre — en parte causa, en parte efecto de todos los demás desórdenes—el irregular fun­cionamiento de los poderes públicos. Fueran los que fueran el valor de los hombres y la recti­tud de sus intenciones, los partidos, las fac­ciones, los grupos, los centros políticos se creían legítima encarnación de la democracia, ejercían de hecho la soberanía nacional, y or­ganizaban, además, los movimientos sedicio­sos. La Presidencia de la República no tenia fuerza ni estabilidad. El Parlamento ofrecía permanentemente un espectáculo de desacuer­do, de tumulto, de incapacidad legislativa o de obstruccionismo, escandalizando al País con sus procedimientos y la inferior calidad de su trabajo. A los ministerios les faltaba consisten­cia; no podían gobernar incluso cuando sus miembros lo querían. La administración pú­blica, comprendiendo en ella la de los núcleos autárquicos y la de las colonias, no represen­taba la unidad, ni la acción progresiva del Es­tado; era, por el contrario, el símbolo vivo de la desconexión general, de la irregularidad, de la falta de coordinación, apta para engendrar el escepticismo, la indiferencia y el pesimismo en los mejores espíritus.
Desorden: el desorden político.

El desorden financiero

En correspondencia con éste, que envene­naba toda la vida portuguesa, existían en la me­trópoli y en las colonias el desorden financiero y el desorden económico, agravándose mutua­mente y aumentando el desorden político, en un circulo vicioso de males nacionales. No está en mi ánimo examinar minuciosamente aquel estado de desequilibrio financiero en que se absorbían todos los ingresos normales, todo el rendimiento de los nuevos impuestos y tasas votadas por el Parlamento, sin enjugar el déficit que devoraba las emisiones de billetes del Banco de Portugal y las disponibilidades de la Caja Económica Portuguesa, los bonos del Tesoro y la deuda consolidada, mientras que en el presupuesto, en la Tesorería y en las cuen­tas, los excesos de las autonomías legales o ile­gales, y los atrasos en los pagos, en las liquidaciones, en los contratos y en las estadísticas, introducían la incertidumbre y la confusión. Renuncio a fatigaros con números, pero hay una cifra que merece la pena de ser citada. Ya después de la guerra, y apesar de los esfuerzos interesantes, pero aislados, que se hicieron para remediar la situación, el déficit anual, redu­cido a oro al cambio medio de cada ejercicio, fue de cerca de cinco millones de libras esterli­nas, lo que representa, en seis años, unos treinta millones de libras, o sean tres mil millones de escudos. Y es sabido que de tan grandes sumas gastadas, fue bien modesta la parte destinada a un enriquecimiento verdadero y a una valori­zación, del activo nacional.
Desorden: el desor­den financiero.

El desorden económico

Impotente por las dificultades políticas, em­barazado por las dificultades financieras, el Estado no fomentaba, sino devoraba la riqueza de la Nación, consumiendo o dejando consumir el capital colectivo que venía del pasado, y las sumas enormes con que gravaba el porvenir. No tubo ni podía tener la atención ni los fondos necesarios para restablecer o ampliar el sis­tema de comunicaciones terrestres y maríti­mas, estimular la expansión de la agricultura, la industria y el comercio, resolver el problema de la electricidad, y despertar una nueva actividad, fecunda y bien ordenada, en la metró­poli y en los dominios coloniales.

¿Qué tiene de extraordinario que las tasas de interés se ele­varan, a causa de estos males, a más del 11 por 100 en los bonos del Tesoro, y del 15, el 20 y aún el 25 por 100 en los contratos privados? ¿Cómo admirarse de que la producción nacional fuera cara y difícil, combatida por la concur­rencia extranjera en el mercado interior? ¿Quién puede extrañarse de que fueran muy pocos los que emplearan el dinero en la amplia­ción y mejora de la población urbana y rural? Era lógica la carestía de la vida; era fatal la desconfianza en el porvenir de Portugal, tanto dentro como fuera donde el crédito disminuía angustiosamente; era inevitable que los emi­grantes abandonasen en número creciente el País y descendiera el índice del crecimiento de la población.

En el vértigo de billetes, de pre­cios y de cambios, el espíritu de especulación y de aventura sustituyó al negocio bien estu­diado y dirigido; la usura desenfrenada reem­plazó a la moderada y legítima remuneración del capital; y surgieron numerosos parasitis­mos en el lugar que debían ocupar las ganan­cias lícitas en la creación de riquezas.
Desor­
den: el desorden económico.


El desorden social

Un poco de miseria, un mucho de indisciplina, la debilidad de los gobiernos, las camarade­rías y las complicidades equívocas, engendra­ron la anarquía en las fábricas, en los servi­cios, en las calles.

Imperaba en el País un régi­men de inseguridad, de subversión, de huelga y de atentado. Cuando la debilidad de los go­biernos no les permite ser para los ciudadanos la garantía eficaz del derecho de cada uno, o bien los individuos se deciden a defender anár­quicamente su propria vida, o se dejan vencer y aplastar maniatados por el terror que una minoría audaz utiliza para violar la justicia sin sanciones.

En todo caso, desorden: el de­sorden social.

II La batalla del orden

Tales eran los aspectos más salientes de la grave crisis que atravesaba la Nación. Tales los hechos que explican el que se reclamase desde todas partes, en vísperas de la Dicta­dura, el esfuerzo de salvación nacional, que diese a este pobre País la condición básica del trabajo y de la prosperidad: el orden. Comien za entonces la gran batalla, no librada aún en todos los terrenos, ni ganada enteramente en aquellos en que se dió. Sin embargo, gracias al patriotismo del pueblo y al apoyo de la fuerza pública, puede ya afirmarse que están echados los cimientos y levantados los más sólidos pi­lares de la obra de reorganización. Se comprende fácilmente que no hubiera modo de poner manos a una obra que exigía paz, orden en las calles, colaboración nacional y la renuncia al espíritu de facción, si no se empezaba por una solución política transito­ria-, que era la implantación de la propria Dic­tadura. Suspendiendo los derechos que la Na­ción de hecho no ejercía, imponiendo silencio a unos, garantizando a todos seguridad y tran­quilidad, la Dictadura dio a la gobernación pública la posibilidad de un trabajo fecundo.

El problema financiero

Siendo imposible atacar simultáneamente y con igual intensidad todos los problemas, era necesario concentrar los mayores esfuerzos en aquel cuya solución, habida cuenta de la inter­dependencia de causas y efectos, se pudiese aprovechar como elemento dominante para re­solver los demás, y sin resolver el cual nada se podría emprender o realizar que fuera sólido y grande. Ese problema era el problema financiero. El déficit anual fue sustituido por saldos importantes en las cuentas, que no pueden continuar siendo tan elevados, pero con los cuales se afirmaron las condiciones de sólido equilibrio de las finanzas públicas. Se pagó integramente la deuda flotante exterior; va diminuyendo de un modo progresivo la deuda flotante interior mediante el reembolso y la consolidación, y debe desaparecer por com­pleto en dos o tres años, como máximo, de polí­tica igual a la que venimos siguiendo. La teso­rería tiene siempre elevadas disponibilidades, que la ponen enteramente a cubierto de opera­ciones ruinosas realizadas bajo el imperio de necesidades apremiantes. La estadística se va regularizando y poniendo al día, y camina hacia la deseada perfección, dando hoy ya al País un puesto honroso en el concierto inter­nacional. El crédito de Portugal sube de día en día en todas partes, echándose así las bases de las operaciones de crédito que sea indispensa­ble realizar para concluir la restauración fi­nanciera, la consolidación monetaria, y el im­pulso de la producción, las comunicaciones y la riqueza general. Se cancelan las deudas antiguas, se liquidan las cuestiones enojosas que hace años venían arrastrándose, se procura una mejor distribu­ción de las cargas tributarias, se acentúa la regularidad en los ingresos y en los pagos, se refuerza la fiscalización, para que todo marche en orden dentro de la ley.

Concentración, regularidad, defensa del contribuyente, carácter sagrado de los contratos, imperio absoluto de la ley: tales son los principios básicos de la administración y de las reformas. Todas ellas, desde las que afectan al presupuesto y a la deuda pública, hasta las que hacen referencia a la contabilidad, señalan una marcha ininter­rumpida hacia el orden financiero. Tal es, a grandes rasgos, lo que se refiere al primer pro­blema.

El problema económico

De este conjunto de hechos surgieron nuevas condiciones de vida económica, al contrario de lo que afirman detractores apasionados, para quienes se han secado todas las fuentes de la riqueza nacional. Esta administración, que se califica de agotadora es la que ha arbitrado recursos para el arreglo de las carreteras, para las mejoras de los puertos, para el servicio de los empréstitos destinados a otras obras de fomento; cuando tengamos debidamente con­cluidos los respectivos proyectos.

Por obra de esa misma administración ha sido posible crear la Caja Nacional de Crédito — banco de la agri­cultura y de la industria—, y dejar libres para mejoras municipales y para aplicaciones agrí­colas y fabriles los cientos de millones de es­cudos que las economías privadas van confian­do a la Caja Económica Portuguesa.

No concurriendo el Estado a absorber, con destino a gas­tos improductivos, los nuevos capitales que se forman, baja el tipo de interés en el Banco de Portugal, en la banca privada y en la Caja Ge­neral de Depósitos, y la usura va siendo com­batida en sus últimos reductos, especialmente por el crédito agrícola de tramitación sen­cilla y concesión rápida, debiendo advertirse que tal mejora representa para el capital cir­culante de la economía nacional una desgravación mayor que la sobrecarga tributaria.

Al propio tiempo se estudian las soluciones del pro­blema hidroeléctrico, para que los grandes apro­vechamientos que han de hacerse, sean, no valo­res financieros, sino valores económicos prima­rios en el progreso del País, porque a ellos se liga el aumento de la producción industrial y en gran parte de la agrícola, por medio de la irri­gación de los campos.

Se vé, pues, con toda claridad el pensamiento dominante en este problema: la Dictadura se esfuerza por realizar las tres condiciones esen­ciales de la producción,—medios rápidos de trans­porte, crédito fácil, energía barata — y espera que, con la ayuda de los técnicos y el auxilio protector de las tarifas, aumente y mejore la pro­ducción del País. Hemos conseguido ya mejoras y existen bue­nas perspectivas para lo futuro; pero no pode­mos ofrecer aún resultados completos y defini­tivos. No son los problemas económicos iguales a los financieros, en cuya solución la goberna­ción pública tiene una acción predominante y en algunos puntos casi exclusiva.

El Estado ha de crear condiciones de producción interna y de expansión exterior; pero a los individuos com­pete aprovecharlas por medio del trabajo, la técnica y la asociación, para obtener un máximo rendimiento. Hay que hacer una gran obra de organización, difícil para nuestro individua­lismo, pero necesaria para el bien de todos; obra tanto más necesaria cuanto que es grave la crisis en todo el mundo, y es enorme la resisten­cia de los mercados a la admisión de productos extranjeros, por lo que son precisas la mayor ponderación y calma, la mayor economía en los gastos, la mayor prudencia en los negocios, la mayor restricción en nuestros pagos aplazables o puramente suntuarios, para que la tormenta pase sin mayores pérdidas y ruinas, y podamos edificar para lo futuro una economía sólida, equilibrada y sana.

Así es, en pocas palabras, cómo se ha enfocado el problema económico. La misma obra ordenadora de las finanzas y de la economía se extiende de la metrópoli a las colonias, esencialmente ligadas con la propia existencia de Portugal y con las exigencias de su desenvolvimiento. Pero es evidente que una acción amplia relativa a los problemas de nues­tros dominios ultramarinos sólo es posible, al igual que aquí, después del saneamiento finan­ciero. El Acta Colonial, de acuerdo con nuestro espíritu histórico, nacionalista y civilizador, refleja, además de ciertas reivindicaciones fun­damentales, la necesidad del orden en la admi­nistración y el gobierno de las colonias; la regularización de las deudas coloniales, la necesidad de una obra ordenadora en sus haciendas pro­pias, lo mismo que en las nuestras; las brigadas de técnicos enviadas a Angola, la creación del Banco de Fomento y los contratos de los Ban­cos emisores, la necesidad de la ordenación de su economía, que deseamos progresiva, bien constituida y sólida.

Las directrices son idén­ticas; los procedimientos los mismos. Con el orden en la administración, el orden financiero, y sobre éste y por medio de éste, el desarrollo económico.

El problema social

¿Qué he de deciros ahora del problema so­cial, en el cual englobaría la higiene, la asis­tencia, la instrucción, la educación, los proble­mas de trabajo? Que no ha llegado aun la hora de las grandes resoluciones. Tenemos la con­ciencia de nuestro atraso en materia de institu­ciones y leyes que se relacionan con esos pro­blemas; tenemos la conciencia de nuestra res­ponsabilidad, que nos muestra ese orden de cosas como un vasto campo de acción gubernati­va, tanto de ejecución directa como de ayuda a las iniciativas de los individuos y de las colectividades; tenemos la conciencia de la falta de me­dios materiales para una obra de gran volu­men. De aquí lo poco que se ha hecho y lo mu­cho que se intenta hacer: declaración que es más que una promesa, porque constituye un programa. No es preciso haber venido, como yo, de abajo, del pueblo, del trabajo, de la pobreza, para sentir vivamente la inferioridad de las condiciones de vida, material y moral, que su­fre, en contraste con toda la Europa occidental, el pueblo portugués, y para señalar las nuevas fuentes de energía que brotan aquí como en el seno de todas las sociedades modernas, y que ningún hombre público osaría desconocer o des­preciar.

La obra de rejuvenecer y vigorizar los cua­dros sociales abiertos a todos por la ley, cerra­dos a muchos por las condiciones económicas, sólo puede obtenerse, de hecho, por una amplia obra de asistencia y de educación, que, si por una parte es costosa, tiene por otra la ventaja de valorizar el capital humano y de aumentar en grandes proporciones su rendimiento actual. En casi todas partes el mundo del trabajo está dominado por una equivocada ideología, que liga las mejoras conseguidas a determina­das fórmulas políticas, que los hechos van su­cesivamente demostrando que son menos aptas para resolver los problemas; de igual modo que la lucha de clases los complica y que los gobiernos débiles, al dejar crecer la indisciplina, acaban por hacerlos más agudos en detrimento de toda la colectividad.

Hay que decir incluso que las dictaduras se han mostrado singular­mente activas en cuanto al desenvolvimiento de la legislación y de las instituciones que van elevando las condiciones de vida de la masa tra­bajadora, gracias a la mayor facilidad con que, sobre la base del orden y de la disciplina, pue­den acometer aquel problema sin espíritu de partido o de clase, sino con entera subordina­ción al mayor interés nacional. Nosotros no podremos emprender con ampli­tud todo cuanto en este campo hay que hacer — ordenar y realizar —, sino con finanzas sóli­das y economía próspera, siendo preciso que ésta se desarrolle y robustezca, para que no precipitemos soluciones que acabarían por ser inútiles, si no contraproducentes. No quiere ésto decir que, por parte de las distintas ramas de la administración pública, que se relacionan con esos intereses y en que se plantean esas cuestiones, no se hayan mul­tiplicado esfuerzos y sacrificios valiosos para aumentar el rendimiento de los servicios, y ha­cer mejor y mas productiva la aplicación de los fondos públicos. En ningún orden hay retroce­sos, sino, por el contrario, en todos hay mejo­ras y progresos. Pero ésto solo no puede satis­facernos. La empresa que la Dictadura tomó a su cargo, nos obliga a ir más lejos, y se irá.


El problema político

Ahora, dos palabras sobre el problema polí­tico. El señor Presidente del Consejo (1) ha decla­rado que, al fin, iban a ser preparadas la re­forma de la Constitución política y la organi­zación nacional destinada a continuar y comple­tar la restauración general del País.

Su autoridad de Jefe del Gobierno y de General con brillante hoja de servicios, ha marcado nítidamente una posición, que concuerda con las supremas nece­sidades del Estado y con el pensamiento-—quiero crerlo — de todos aquellos que dan a la Dicta­dura su verdadera significación.

Permitidme que razone brevemente mi coincidencia con este punto de vista. Puede afirmarse que entre los hombres que en Portugal piensan en las cosas públicas, se dan tres posiciones distintas en relación con este problema. Las resumiré en las tres proposicio­nes siguientes:

1. La Dictadura nada tiene que ver con la política.

2. La Dictadura es, en sí misma, la solución del problema político.

3. La Dictadura debe resolver el problema político portugués.

Examinemos, por su orden, estas tres acti­tudes.

La primera tesis, es decir, la Dictadura nada tiene que ver con la política, es defendida prin­cipalmente por los elementos desafectos o ene­migos de la Dictadura. Según ellos, la única razón de ser de la Dictadura sería la necesidad de una obra administrativa. La Dictadura no tendría más finalidad que realizar una obra de administración, concluida la cual no habría que hacer más que restablecer el orden constitu­cional, suspenso o violado desde el 28 de Mayo de 1926. Quien fije un momento la atención en esta actitud mental, descubre fácilmente que a su vez se apoya en otros dos conceptos: uno acerca de la administración, y otro acerca de la naturaleza o del origen de los males que aque­jaban al País. En verdad, si la Dictadura hubiese de hacer solo administración y no política, sería por que aquella podía separarse de ésta. Y éso no corresponde a la realidad de los hechos.

Es cierto que se puede administrar fuera de toda política partidista, pero en este sentido estricto, no se ha de decir que se puede, sino que se debe. En cambio, si se piensa en la ver­dadera, en la elevada acepción de la palabra política, creo que sin ella es imposible hacer una obra administrativa que valga y que se imponga. Aparte el pequeño expediente, que es más bien la ejecución material de un precepto puede afirmarse que la verdadera administra­ción tiene detrás de sí un concepto del Estado, de la finalidad social, del poder público y sus limitaciones, de la justicia, de la riqueza y de sus funciones en las sociedades humanas, es decir, una doctrina económico política, e in­cluso si queréis, una filosofía. ¡Desdichados los gobiernos, mejor dicho, desgraciados los pue­blos cuyos gobiernos no pueden definir los principios superiores a que responde su admi­nistración pública!

Mas no es éste el único concepto erróneo en que se apoyan quienes recomiendan una Dicta­dura simplemente administrativa. Otro error es creer que todos los males nacionales proce­dían de los hombres a quienes estaba confiada la carga de la gobernación, y que, apartados esos hombres y sustituidos por otros, quedaría resuelto el problema. De este modo se reduce a una viciosa concepción partidista, una de las más delicadas y complejas cuestiones nacio­nales.

Soy de aquellos que, habiendo meditado lar­gamente sobre los distintos accidentes de la vida pública portuguesa, atribuyen a los hom­bres del pasado responsabilidades que, aunque grandes, son de todos modos menores que las que vulgarmente se les achacan; y nunca he podido comprender que sean ellos precisamen­te quienes prefieran que se atribuya a incom­petencia, a falta de honestidad y a ambición, lo que con mayor fundamento hay que suponer derivado de vicios de organización social o de defectos de las fórmulas políticas.

De lo cual deduzco que la Dictadura que go­bierna y que administra no es, ni puede ser, en el campo de los principios o en el de las reali­dades nacionales, un simple paréntesis de la vida política partidista. Pasemos adelante.

La segunda proposición afirma que la Dictadura es, en si misma, la solu­ción del problema político. Estimo que tam­bién aqui hay error o exageración. Es indudable que la Dictadura, aun conside­rada solo como la concentración en el gobierno de la facultad de legislar, es una fórmula polí­tica; pero no se puede afirmar que represente una solución duradera del problema político. Por el contrario, es esencialmente una fórmula transitoria. Como las dictaduras nacen con frecuencia de conflictos entre las autoridades y de abusos de la libertad, y ordinariamente echan mano de medidas represivas de la libertad de reu­nión y de la libertad de imprenta, hay muchos que confunden la dictadura con la opresión.

No es ésta la esencia de la dictadura, y enten­dida la libertad (única noción para mi exacta), como la garantía plena del derecho de cada uno, la dictadura puede incluso, sin sofisma, sustituir con ventaja en este aspecto a muchos regímenes denominados liberales. En todo caso, es un poder casi sin fiscalización, y esta caracte­rística hace de ella un instrumento delicado, que fácilmente se gasta, y del que también con faci­lidad se puede abusar.

Por ese motivo, no es bueno que aspire a la eternidad.

Llegamos asi a la tercera proposición, única, a mi ver, verdadera: la Dictadura debe resol­ver el problema político portugués. ¿Por qué debe hacerlo? Porque la experien­cia ha demostrado que las fórmulas políticas que hemos empleado, plantas exóticas impor­tadas, no nos han dado el gobierno que necesi­tamos, nos han lanzado a los unos contra los otros en luchas estériles, y han sembrado odios que nos dividían, mientras la Nación, en su parte más selecta, se mantenía frente al Esta­do, indiferente, disgustada e inerte.

¿Para qué ha de hacerlo? Para que su obra reformadora no se inutilice y se continúe, para que su espíritu de disciplina y de trabajo se consolide y se propague, para que pueda crear­se una mentalidad nueva que es indispensable para la regeneración de nuestras costumbres políticas y administrativas, para el orden so­cial y jurídico, para la paz pública, para la prosperidad de la Nación.

¿Cómo ha de hacerlo? Por medio de una obra educadora que modifique los defectos principales de nuestra formación, reemplace por la organización nuestra desorganización actual e integre la Nación, toda la Nación en el Estado, por medio de un nuevo estatuto constitucional.

¿Puede hacerlo? Si todos los portugueses de buena voluntad, a los cuales nos dirijimos, qui­sieran ayudarnos, todo ello es factible. Quiero expresarlo mejor todo ello se hará, porque no se puede admitir que este Pais arrastre una existencia miserable entre dos únicos gobier­nos — demagogia y dictadura más o menos parlamentaria — y en relación con los cuales la Nación acostumbra a tener dos únicas acti­tudes- o humillarse o volverse de espaldas; y ambas son indignas de ella. No ocultemos que la tarea es ardua, y que en lo porvenir la batalla aún será más dura. ¿Pero se ha triunfado alguna vez sin lucha?

(1) General Domingos de Oliveira

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