lunes, 10 de noviembre de 2008

El Papa San Pío X: Memorias (9)


por S.E.R. Cardenal Rafael Merry del Val



Capítulo VIII

SU CULTURA Y ELOCUENCIA


Ninguna fuente de información más digna de crédito so­bre los primeros años y educación del Pontífice Pío X que el testimonio del canónigo Marchesan deTreviso, cuida­dosamente reunido y publicado en su Vida de Pío X. En dicho volumen, el autor testifica el aprovechamiento de Giuseppe Sarto en el estudio de los clásicos y de la litera­tura, aprovechamiento que le valió siempre los plácemes de sus profesores, y del que más tarde dio pruebas abundantes en innumerables discursos, alocuciones, sermones y cartas pastorales, no menos que en su correspondencia particular.

Pío X estaba sumido hondamente en el trabajo pastoral, único objeto de su vida, como Párroco, como Obispo y como Supremo Pontífice, para poder dedicar una parte considera­ble de tiempo a las actividades literarias o artísticas. No obs­tante, cuando la ocasión se presentaba, revelaba las dotes y los gustos de una mente cultivada, tanto en el campo literario como en el artístico. Había leído mucho. Las Santas Escrituras, la Teología y la Historia parecían ser sus materias preferidas, y aun en medio de las tareas cotidia­nas y de la incesante labor de su elevado ministerio —lo he comprobado personalmente—, gustaba leer varias obras y mantener contacto con el pensamiento moderno.

Una y otra vez había de sorprenderme con su exacto conocimiento de naciones y pueblos distantes, de sus tradiciones, costumbres y carácter peculiar. De aquí la facilidad que poseía para ha­cerse cargo de una situación y apreciar los puntos de vista y sentimientos predominantes de países tan distintos del suyo, que nunca había visitado. Sin hacer mención de países cuya información se encuen­tra más al alcance de una mentalidad occidental, su com­prensión, por ejemplo, de las intrincadas cuestiones relacio­nadas con los eslavos, con su liturgia y sus aspiraciones na­cionales, era a veces notable. Debíase esto, sin duda, en gran parte, a los conocimientos adquiridos con el contacto de muchos representantes de aquellas nacionalidades durante los nueve años que residió en Venecia.

Tenía siempre ante su mesa las publicaciones más recien­tes en italiano y francés sobre los más diversos asuntos. Leía el francés sin la menor dificultad y con verdadero placer, aun­que le intimidaba siempre hablar esta lengua, principalmen­te, presumo, porque no conseguía dominar su pronunciación y acento. No obstante, en algunas ocasiones le oí seguir una conver­sación privada en este idioma, y una de las veces, precisa­mente después de la solemne beatificación de Juana de Arco, ante centenares de peregrinos reunidos en San Pedro para su solemne audiencia, los sorprendió gratamente a todos con una larga respuesta en francés al discurso de homenaje que le fue dirigido.

Había escrito el texto original en italiano y orde­nado su traducción. En la esperanza de inducir a Su Santidad a vencer su re­pugnancia de hablar en francés y hacerle adquirir una mayor confianza en sí mismo para hacerlo así, recuerdo se me ocu­rrió darle cuenta de lo que me había sucedido a mi mismo días antes. Uno de los representantes diplomáticos acreditados cerca de la Santa Sede que, ciertamente, no había sido escolar fran­cés, deseoso de imprimir en mi mente la agitación que reina­ba en su país en relación con un asunto ardientemente deba­tido, me aseguraba que les animaux sont tres agites lá-bas (los animales estaban allí muy agitados). Evidentemente, había adoptado la expresión italiana gli animi sonó molto agitati, y había traducido animi por animaux (animales) y no por áni­mos o espíritus. Naturalmente, que hice cuanto pude para mantener mi seriedad. Argüía yo a Su Santidad que, después de todo, si un Minis­tro era capaz de cometer tales pinas en una entrevista de ca­rácter oficial, el Santo Padre no tenía por qué avergonzarse de incurrir en algún pequeño desliz en el curso de una conversa­ción privada.

Pero, lejos de convencer al Santo Padre o indu­cirle a no acobardarse por las raras equivocaciones que pu­diera cometer al emplear un idioma extranjero, mi argumen­to le hizo sacar una conclusión opuesta. Riendo de corazón mi anécdota, exclamó: "Ahora com­prenderéis el porqué no deseo correr ese riesgo. Sería verda­deramente horrible para un Papa decir una tontería semejan­te." No pude ya contradecirle.

La oración fúnebre de Monseñor Sarto con motivo de la muerte de Monseñor Rota, Obispo de Mantua, es una exce­lente prueba de su estilo y del cuidado y precisión con que escribía. Creo que si, al menos, alguna de sus numerosas composiciones fueran publicadas y más ampliamente divulgadas, sería todavía más apreciado el dominio de la lengua y el gus­to literario de Pío X.

Manejaba la pluma con increíble facilidad y rapidez. Su escritura era especialmente clara, y era capaz de llenar pági­nas enteras de un borrador con muy pocas correcciones. En medio de su trabajo, muchas veces, en el intervalo entre una y otra audiencia, solía enviarme una nota, bien para transmi­tirme o pedirme una información urgente, bien para hacerme una sugestión o darme órdenes. Muchos de estos autógrafos se hallan todavía en mi poder.

Todos están claramente escritos, sin una tachadura, correc­tamente puntuados, fechados y dirigidos. Era, en verdad, un misterio para mí cómo se las arreglaba para escribirlos y despa­charlos con aquella celeridad en el curso de la mañana cuan­do no tenía un momento para sí, y cuando las audiencias y el trabajo de toda clase le abrumaban sin interrupción. Traté más de una vez de oponerme, rogándole me llamara o me enviara a buscar, con el fin de ahorrarle un cansancio innecesario. ''No —me decía—; los dos estamos demasiado ocupados para per­der el tiempo, y es más rápido que yo escriba."

La admirable Exhortatio ad Clerum que el Santo Padre de­dicó al Clero de todo el mundo, al celebrar su jubileo sacerdotal, fue escrita en sus ratos libres, página por página, en el espacio de unos quince días. Como de día en día el trabajo progresaba, accedió a leér­melo, rogándome le expresara mis objeciones. Se trataba de una labor personalísima suya, y era, en verdad, una exhorta­ción admirable. En el breve prólogo que el Cardenal Bourne hizo para la edición inglesa, declara muy bien: "Las palabras del Santo Pío X, dirigidas a sus colegas sacerdotales en el quincuagésimo aniversario de su propia ordenación de sacerdote, perma­necerán constantemente en el pensamiento de todos aque­llos que han sido llamados al altar. Brotaron del corazón de un verdadero sacerdote, modelado a semejanza de su Maes­tro, como Sacerdote y Obispo, y bajo la carga del supremo pontificado. ¡Quiera Dios que las ardientes palabras del San­to Pontífice, Vicario de Cristo en la tierra durante once años, restauren, fortalezcan y graben indeleblemente en los cora­zones de todos sus sacerdotes las enseñanzas fundamentales que las mismas sugieren!"

Los que pudiéramos calificar como documentos formales u oficiales de Su Santidad, tales como las alocuciones al Sa­cro Colegio, las cartas apostólicas y otros, no eran, por lo común, redactadas por él directamente, aunque de hecho, para la compilación de estos extensos documentos, frecuen­temente preparaba él mismo los borradores o facilitaba notas, y nunca dejaba de dar instrucciones precisas o de revisar cui­dadosamente todas las partes del trabajo que le preparaban sus subordinados.

Pero, por ejemplo, la conmovedora alocución de Pío X a los Cardenales recién elegidos en el Consistorio de mayo de 1914, y posteriormente publicada en el Acta Apostolicae Sedis, era original suya, desde el principio al fin y escrita de su puño y letra. Poseo el manuscrito de este último discurso, pronun­ciado inmediatamente después de impuesta la birreta roja a los nuevos miembros del Sacro Colegio, entre los que se en­contraba el Arzobispo de Bolonia, Cardenal Della Chiesa. El recuerdo de esta alocución leída tres meses antes de su muer­te, tan manifiestamente inspirada por su celo apostólico y digna de un gran Pontífice, ha de hallarse aún fresco en el ánimo de muchos de los que la escucharon, y produjo la más honda impresión en todos los presentes.

Lo mismo podría decirse de otras alocuciones dirigidas a entidades u organizaciones de distinta clase. En tales ocasio­nes, el Santo Padre, o bien leía el documento escrito prepara­do por él, o bien hablaba con el texto en la mano, aunque apenas si le echaba una ojeada en el curso de su conversa­ción. No pocos se inclinan a pensar que, como orador, Pío X esta­ba en sus mejores momentos cuando improvisaba, lo que ha­cía frecuentemente. Sus palabras afluían copiosas en frases correctas y en un lenguaje pleno de significación, libre de toda retórica artificiosa o de fraseología vana. Que sentía intensa­mente cuando decía, ninguno de sus oyentes podría dudarlo. Su celo, la rica armonía de su timbre de voz, la dignidad de su gesto y el destello de su porte, prendía la atención de todos y prestaba un encanto exquisito a su dicción, renovando la fuer­za convincente de sus argumentos habituales.

Monseñor Touchet, ilustre Obispo de Orleáns y a su vez brillante orador, no ocultaba su admiración más sincera por la oratoria del Santo Padre, que tuvo ocasión de apreciar en distintas oportunidades, durante su visita a Roma. Disfrutaba escuchándole. Es más, adoptó la costumbre de enviar sus dis­cursos y escritos a Pío X, y se complacía con las acertadas observaciones hechas por el Santo Padre, que a menudo se las comunicaba en amistosa correspondencia. No estará de más mencionar la respuesta de Su Santidad al saludo leído por Monseñor Touchet en la Sala del Consistorio, con motivo de la beatificación de Juana de Arco. Tomo esta respuesta del borrador original, tal como salió de la pluma del Santo Padre, y trato en lo posible de dejar intactas en mi traducción las frases características del texto original.

En la mañana del 20 de abril de 1909, ante una gran muchedumbre, pronunció Su Santidad el siguiente discurso, después de unas palabras preliminares: "¡Oh venerables hermanos e hijos amadísimos que, en cumplimiento de los deberes de vuestra profesión, predicáis y practicáis sin respeto humano las enseñanzas de la Iglesia Católica, y, por esta misma razón, no solamente sufrís menos­precio y desdén, sino que sois objeto de pública censura, ta­chados de enemigos de vuestra Patria y difamados por cobar­des calumniadores que no vacilan en herir gravemente los corazones católicos, precisados más que nunca de todos los auxilios de la divina gracia para perdonar a aquellos que les ofenden tan vilmente!

"Si el Catolicismo fuera un enemigo de la Patria, no sería una religión divina. La Patria es un nombre que trae a nuestra memoria los recuerdos más queridos, y bien sea porque lle­vamos la misma sangre que aquellos nacidos en nuestro pro­pio suelo, o bien debido a la aún más noble semejanza de afectos y tradiciones, nuestra Patria es no sólo digna de amor, sino de predilección.

"Y si esto ocurre siempre y con carácter general, ¡con cuánto mayor motivo debe ser así cuando nuestro país está ligado por indisolubles lazos a esta Patria, que no está limitada a los contornos de un océano o rodeada de una cadena de monta­ñas, que no habla una, sino todas las lenguas: la Patria que abarca en su latitud el mundo visible y el del más allá del sepulcro: la Iglesia Católica!

"A todos aquellos políticos que creen ver en la Iglesia un enemigo y por ello la combaten sin cesar; a los sectarios que con un odio inspirado por Satanás la calumnian constante­mente, envileciéndola y atacándola; a los falsos campeones de la ciencia, que con sofismas de todo género pretenden censurarla como si constituyera un enemigo de la libertad, de la civilización o del progreso intelectual, contestadles que la Iglesia, señora de las almas y directora de los corazones de los hombres, ejerce su supremacía ante el mundo entero por­que ella sola, por ser la esposa de Cristo y poseerlo todo en común con su fiel Esposo, es la depositaría de la Verdad, ella sola puede recabar de todas las naciones veneración y amor.

"Por esta razón, todo aquel que se rebele contra su autori­dad, temeroso de su supremacía en el dominio del Estado, impone barreras a la verdad; el que proclama que su autori­dad es extraña al país, desea que la verdad sea también extra­ña a esa nación, el que teme que esta autoridad pueda perju­dicar a la libertad y a la grandeza de un pueblo, confiesa abiertamente que una nación puede ser grande y libre sin la verdad.

"De aquí que si un Estado, un Gobierno o una Autoridad —cualquiera que fuere su nombre— hace guerra a la verdad, no puede pretender inspirar amor mientras se oponga de este modo al sentimiento humano más sagrado. Tal Autoridad po­drá mantenerse por pura fuerza, podrá ser temida, porque, indudablemente, la espada del castigo conmina a la obedien­cia, podrá ser aplaudida por hipocresía, interés o servilismo; podrá ser aun acatada, ya que la religión aprueba nuestra su­misión a los humanos poderes siempre y cuando éstos no obliguen a ningún acto contrario a las divinas leyes, en cuyo caso todos estarían obligados a oponer su resistencia, sin por ello constituirse en rebeldes.

"No obstante, aunque este deber de sumisión en todo aque­llo que no se oponga a las obligaciones prescritas por la religión, hará aún más meritoria la obediencia, no será lo sufi­ciente para convertir esta obediencia en afectuosa, alegre y espontánea, de forma tal que merezca el calificativo de amor y de veneración

"Sentimos, pues, veneración por la Patria, que en suave unión con la Iglesia contribuye al verdadero bienestar de la Humanidad. Y ésta es la razón del porqué los auténticos cau­dillos, campeones y salvadores de un país han surgido siem­pre de entre las filas de los mejores católicos, de que los San­tos sean invocados en los himnos de nuestra santa liturgia como Patronos de su país, ellos siguieron el ejemplo del Santo de los santos, que mientras obedeció a aquellos que ejercían autoridad y pagaba el tributo al César, al aproximarse a Jerusalén y prever su próxima ruina, derramó lágrimas abundan­tes; pues siendo una ciudad tan amada y favorecida por el Señor, no se había aprovechado de tantas gracias ni de la visita que Él mismo se dignó hacerle con el solo objeto de derramar sobre ella toda clase de bendiciones."


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