
El paganismo y Lowes Dickinson
Sobre el nuevo paganismo (o neopaganismo), tal como fue espectacularmente predicado por Swinburne, o delicadamente por Walter Pater, no hay necesidad de dejar mucha constancia, excepto como algo que dejó tras de sí incomparables ejercicios en la literatura inglesa. El nuevo paganismo ya no es nuevo, y nunca, en ningún momento, se pareció en lo más mínimo al paganismo. Las ideas sobre la civilización antigua que han arraigado en la mentalidad pública son ciertamente extraordinarias.
El término «pagano» se usa constantemente en la ficción y en la literatura superficial como sinónimo de «hombre sin religión», cuando lo cierto es que el pagano solía ser un hombre con media docena de ellas. Los paganos, según esta noción, se pasaban el día tocándose con coronas de flores y bailando en estado de embriaguez, cuando lo cierto es que, si había dos cosas en las que la mejor civilización pagana creía sinceramente, eran en un sentido de la dignidad bastante rígido y en un sentido de la responsabilidad rígido en exceso. A los paganos se los representa, sobre todo, como ebrios y libertinos, cuando lo cierto es que, sobre todo, eran razonables y respetables. Se les alaba por desobedientes, cuando poseían sólo una gran virtud: su obediencia cívica. Se les envidia y se les admira por ser desvergonzadamente felices, cuando lo cierto es que su único gran pecado fue la desesperación.
Lowes Dickinson, el más maduro y provocador de los escritores que últimamente han abordado este tema y otros similares, es un hombre demasiado sólido como para haber caído en el viejo error de considerar el paganismo como una mera forma de anarquía. Para usar en beneficio propio ese entusiasmo helénico que tiene como ideal el mero apetito y el egotismo, no hace falta conocer gran cosa de filosofía, basta con saber algo de griego. Lowes Dickinson sabe bastante de filosofía, así como mucho griego, y su equivocación, si es que se equivoca, no es la del simple hedonista. Pero la diferencia que establece entre cristianismo y paganismo en la cuestión de los ideales morales – diferencia que expone con maestría en un ensayo titulado «How long halt ye?» [«¿Hasta cuándo claudicaréis?»] publicado en la Independent Review – contiene, en mi opinión, un error más profundo. Según él, el ideal del paganismo no era, claro está, un mero paroxismo de desenfreno, libertad y capricho, sino un ideal de humanidad plena y satisfecha.
Según él, el ideal del cristianismo es un ideal de ascetismo.
Cuando digo que creo que su idea es del todo errónea filosófica e históricamente, no me refiero en este momento a ningún cristianismo ideal de mi creación, y ni siquiera al cristianismo primitivo no manchado por los acontecimientos posteriores. No me baso, como hacen muchos idealistas cristianos modernos, en algunas de las cosas que dijo Jesús. Como tampoco me baso, como hacen muchos otros idealistas cristianos, en algunas de las cosas que Jesús se olvidó de decir. Yo tomo el cristianismo histórico con todos los pecados que arrastra. Lo tomo como tomaría el jacobinismo, el mormonismo o cualquier otro producto humano, impuro y desagradable, y afirmo que el sentido de su acción no se encuentra en el ascetismo. Afirmo que su separación respecto del paganismo no fue el ascetismo. Afirmo que lo que le ha diferenciado del mundo moderno no ha sido el ascetismo. Afirmo que san Simeón el Estilita no se inspiró principalmente en el ascetismo. Afirmo que el principal impulso cristiano no puede describirse como ascetismo, ni siquiera en el caso de los ascetas.
Permítaseme aclarar este punto. Existe un hecho evidente respecto de las relaciones entre cristianismo y paganismo que resulta tan simple que muchos sonreirán al leerlo pero que, a la vez, es de tan gran importancia que los modernos lo olvidan. El hecho primordial sobre el paganismo y el cristianismo es que uno vino después del otro. Lowes Dickinson habla de ellos como si fueran ideales paralelos, incluso se refiere al paganismo como si hubiera sido más reciente y resultara más adecuado para una nueva era. Sugiere que el ideal pagano será el bien último de la humanidad; pero si eso es así, debemos al menos preguntarnos, con más curiosidad de la que nos permite, por qué sucedió que el hombre, tras hallar en esta Tierra, bajo las estrellas, ese bien último, lo desechó. Ése es un enigma extraordinario al que intentaré dar respuesta.
Sólo existe una cosa en el mundo moderno que se haya puesto a la altura del paganismo; sólo existe una cosa en el mundo moderno que, en ese sentido, sepa algo sobre paganismo, y esa cosa es el cristianismo. Este hecho es, en realidad, el punto débil de todo ese neopaganismo hedonista al que me refería. Todo lo que perdura de los antiguos himnos y de las antiguas danzas de Europa, todo lo que nos ha llegado de las festividades dedicadas a Apolo o a Pan, se encuentra en los festivales del mundo cristiano. Si alguien desea sostener en sus manos una cadena cuyos primeros eslabones la unen a los misterios paganos, lo mejor que puede hacer es agarrar una de las varas de flores que se preparan en Pascua, o una de las ristras de salchichas típicas de la Navidad. Todo lo demás, en el mundo moderno, es de origen cristiano, incluso todo lo que parece más anticristiano.
La Revolución Francesa es de origen cristiano. Los periódicos son de origen cristiano. Los anarquistas son de origen cristiano. La ciencia física es de origen cristiano. El ataque al cristianismo es de origen cristiano. En este momento presente, hay sólo una cosa de la que pueda predicarse con cierta exactitud que es de origen pagano, y esa cosa es el cristianismo.
La verdadera diferencia entre paganismo y cristianismo se resume a la perfección en la diferencia que existe entre las virtudes paganas, o naturales, y las tres virtudes cristianas, que la Iglesia de Roma denomina «virtudes de gracia». Las virtudes paganas, o racionales, como son la justicia o la templanza, también han sido adoptadas por el cristianismo. Las tres virtudes místicas que el cristianismo no ha adoptado, sino que las ha inventado, son la fe, la esperanza y la caridad. Sobre estas tres palabras se podría verter gran cantidad de retórica fácil y hueca, pero aquí sólo deseo limitarme a dos hechos que, respecto de ellas, resultan evidentes. El primer hecho evidente (en marcado contraste con el engaño del pagano danzante), el primer hecho evidente, insisto, es que las virtudes paganas, como la justicia y la templanza, son virtudes tristes, mientas que las virtudes místicas de la fe, la esperanza y la caridad, son virtudes alegres y expansivas. Y el segundo hecho evidente, que resulta más evidente aún que el primero, es que las virtudes paganas son razonables, mientras que las virtudes cristianas de la fe, la esperanza y la caridad no podrían ser, en esencia, menos razonables.
Como el término «razonable», y su contrario, pueden prestarse a confusión, tal vez el asunto se acote más si decimos que cada una de esas virtudes cristianas o místicas entraña una paradoja en su naturaleza, y que eso no es así en el caso de las virtudes paganas o racionales. La justicia consiste en encontrar algo que corresponde a un hombre y dárselo. La templanza consiste en hallar el límite adecuado a una indulgencia concreta y regirse por él. Pero la caridad significa perdonar lo imperdonable, pues si no, no es virtud ni es nada. La esperanza significa esperar cuando la situación resulta desesperada, pues si no, no es virtud ni es nada. Y la fe significa creer en lo increíble, pues si no, no es virtud ni es nada.
Resulta sin duda divertido constatar la diferente suerte que han corrido estas tres paradojas en la mentalidad moderna. La caridad es una virtud que está de moda en nuestro tiempo, prendida por el gran faro de Dickens. La esperanza también está de moda en nuestros días; nuestra atención lleva tiempo prendada de ella gracias a la súbita trompeta de plata de Stevenson. Pero la fe no resulta nada moderna, y suele criticarse desde todas las bandas por el hecho de constituir, precisamente, una paradoja. Todo el mundo repite, burlón, la definición infantil según la cual la fe es «el poder de creer en lo que sabemos que es falso». Y sin embargo no hay nada que resulte más paradójico que la esperanza y la caridad. La caridad es el poder de defender lo que sabemos que es indefendible. La esperanza es el poder de permanecer alegres en circunstancias que sabemos desesperadas. Es cierto que existe un estado de esperanza que pertenece a las brillantes perspectivas del mañana, pero esa no es la virtud de la esperanza. La virtud de la esperanza existe sólo tras un terremoto, durante un eclipse. Es cierto que existe algo que suele llamarse caridad, y que equivale a la caridad que se ejerce con los pobres, que se lo merecen. Pero la caridad ejercida con quienes la merecen no es en absoluto caridad, sino justicia. Son quienes no la merecen los que la necesitan, y el ideal, o bien no existe en absoluto, o bien existe del todo para ellos. Por razones prácticas, es en el momento desesperado cuando nos hace falta el hombre esperanzado, y esa virtud, o bien no existe en absoluto, o bien empieza a existir en ese momento. Exactamente en ese instante en que la esperanza deja de ser razonable y pasa a ser útil. Pues bien, el viejo mundo pagano avanzaba derecho hasta que descubrió que avanzar derecho es un enorme error. Era noble, hermoso y razonable, y descubrió, con los últimos estertores de la muerte, esta verdad constante y valiosa que es una herencia de los siglos: que lo razonable no sirve. La edad pagana fue ciertamente un edén, o edad de oro, en ese sentido esencial, que ya no ha de volver. Y no ha de volver en el sentido de que, por más que ahora somos mucho más alegres que los paganos, y tenemos mucha más razón que los paganos, no hay ni uno solo de nosotros que pueda, aun ejerciendo el mayor de los esfuerzos, llegar a ser tan sensato como los paganos. Esa inocencia desnuda del intelecto no la recuperará ni un solo hombre después del cristianismo. Y por esa excelente razón, todos los hombres posteriores al surgimiento del cristianismo saben que resulta desorientadora. Tomemos un ejemplo, el primero que se nos venga a la mente, para ilustrar esa sencillez imposible desde el punto de vista pagano. El mayor tributo al cristianismo en el mundo moderno es el «Ulises» de Tennyson. El poeta lee, en el relato de Ulises, la concepción de un deseo incurable de viajar. Pero el verdadero Ulises no desea en absoluto viajar. Lo que desea es regresar a casa. Demuestra sus cualidades heroicas e inconquistables en su resistencia a las adversidades que le acechan; pero eso es todo. No hay el más mínimo amor a la aventura por la aventura, pues eso es un invento cristiano. No hay amor a Penélope por Penélope; eso también es un invento cristiano. Todo, en ese mundo antiguo, parece haber sido diáfano, evidente.
Un hombre bueno era un hombre bueno; un hombre malo, un hombre malo. Por ello carecían de caridad; la caridad es un agnosticismo reverente hacia la complejidad del alma. Y por ello carecían del arte de la ficción, de la novela; pues la novela es una creación de la idea mística de la caridad. Para ellos, un paisaje agradable era agradable, y un paisaje desagradable era desagradable. Por ello no tenían idea de lo que era una novela de caballerías; pues las novelas de caballerías consisten en pensar que algo es más apetecible por ser más peligroso, y eso es una idea cristiana. En una palabra, no podemos reconstruir, y no podemos imaginar siquiera, el hermoso y asombroso mundo pagano. Era un mundo en el que el sentido común era, en efecto, común.
Espero que lo que pienso respecto de las tres virtudes de las que he hablado haya quedado suficientemente claro. Las tres resultan paradójicas, las tres resultan prácticas, y las tres resultan paradójicas por resultar prácticas. Fue la tensión de la necesidad más imperiosa, así como el terrible conocimiento de que las cosas son como son, lo que llevó al hombre a plantear esos enigmas, y a morir por ellos. Sea cual sea el sentido de la contradicción, el hecho es que la única clase de esperanza que sirve de algo en cualquier batalla es la esperanza que niega la aritmética. Sea cual sea el sentido de la contradicción, el hecho es que la única clase de caridad que desea todo espíritu débil, o que cualquier espíritu fuerte siente, es la caridad que perdona esos pecados que son como escarlata. Sea cual sea el significado de la fe, ha de implicar siempre certidumbre sobre algo que no se puede demostrar. Así, por ejemplo, creemos mediante la fe en la existencia de las demás personas.
Pero existe otra virtud cristiana, una virtud mucho más inequívocamente vinculada al cristianismo, que ilustrará mejor incluso la relación que existe entre la paradoja y la necesidad de tipo práctico. De esta virtud no puede cuestionarse su poder como símbolo histórico; sin duda, Lowes Dickinson no la cuestionaría. Ha sido emblema de cientos de campeones de la cristiandad. Ha sido motivo de mofa para cientos de oponentes al cristianismo. Constituye, en esencia, la base de la distinción que Dickinson plantea entre cristianismo y paganismo. Me estoy refiriendo, claro está, a la virtud de la humildad. No me cuesta lo más mínimo admitir que existe una gran cantidad de falsa humildad oriental (es decir, de humildad estrictamente ascética), mezclada con la corriente principal del cristianismo occidental. No debemos olvidar que cuando hablamos de cristianismo hablamos de todo un continente, y de un periodo que abarca más de mil años. Pero de esta virtud, más aún que de las otras tres, sostengo lo dicho anteriormente.
La civilización descubrió la humildad cristiana por la misma razón imperiosa por la que descubrió la fe y la caridad, es decir, porque la civilización cristiana habría muerto de no haberla descubierto. El gran descubrimiento psicológico del paganismo, que lo llevó a convertirse en cristianismo, puede expresarse con bastante precisión en una sola frase. El pagano pretendía, haciendo gala de una admirable sensatez, pasarla bien consigo mismo. Hacia el final de su civilización ya había descubierto que el hombre no puede pasarla bien consigo mismo y pretender pasarla bien con nada más. Lowes Dickinson ha señalado, con unas palabras tan bien escogidas que no precisan de ulterior dilucidación, la superficialidad absurda de quienes imaginan que el pagano disfrutaba consigo mismo sólo en el sentido material. Es muy cierto que disfrutaba consigo mismo, y ni siquiera sólo intelectualmente, sino moralmente, espiritualmente. Pero era de sí mismo de lo que disfrutaba, algo que es, por otra parte, muy natural. Pues bien, el descubrimiento psicológico es, sencillamente, éste: que mientras se suponía que el disfrute más pleno posible se lograba mediante la extensión de nuestro ego hasta el infinito, la verdad era que el disfrute más pleno posible se logra reduciendo nuestro ego a cero.
La humildad es lo que renueva eternamente la Tierra y las estrellas. Es la humildad, y no el deber, lo que preserva las estrellas del error, del imperdonable error de la resignación casual. Es mediante la humildad como los cielos para nosotros más antiguos siguen frescos y fuertes. La maldición que se produjo antes de la historia ha puesto en nosotros la tendencia a cansarnos de las maravillas. Si viéramos el sol por vez primera, nos parecería el meteoro más temible y hermoso de todos. Pero como lo vemos por centésima vez, lo llamamos, por usar el odioso y blasfemo verso de Wordsworth, «la luz del día común». Nos sentimos inclinados a incrementar nuestras exigencias. Nos sentimos inclinados a exigir seis soles, a exigir un sol azul, a exigir un sol verde. La humildad nos devuelve siempre a la oscuridad primera.
En ella, toda la luz resulta deslumbrante, desconcertante, instantánea. Hasta que no entendamos esa oscuridad primigenia, en la que carecemos de visión y de expectativas, no podremos ensalzar sincera e infantilmente el espléndido sensacionalismo de las cosas. Los términos «pesimismo» y «optimismo», como la mayoría de los términos modernos, están exentos de significado. Pero si pueden usarse en sentido vago para indicar algo, podríamos decir que, en esta importante cuestión, el pesimismo es la base misma del optimismo. El hombre que se destruye a sí mismo crea el universo. Es para el hombre humilde, y sólo para él, para quien el sol es realmente un sol; es para el hombre humilde, y sólo para él , para quien el mar es realmente el mar. Cuando observa todos los rostros en la calle, no sólo se da cuenta de que todos los hombres están vivos, se da cuenta con teatral placer de que no están muertos.
No he hablado de otro aspecto del descubrimiento de la humildad entendida como necesidad psicológica, porque en él suele insistirse más, y resulta en sí mismo más obvio. Pero es igualmente claro que la humildad es una necesidad permanente entendida como condición para el esfuerzo y la autoevaluación. Una de las falacias de la política ultranacionalista es que una nación es más fuerte por despreciar a otras naciones. De hecho, las naciones más fuertes son aquellas que, como Prusia y Japón, partiendo de unos orígenes muy pobres, no se mostraron tan orgullosas como para no sentarse a los pies del extranjero y aprenderlo todo de él. Casi todas las victorias más claras y directas han sido logros de plagiadores. Sí, es cierto que se trata de un subproducto muy secundario de la humildad, pero no por ello deja de ser un producto de la humildad, y por ello triunfa.
Prusia carecía de humildad cristiana en su organización interna, y su organización interna resultaba muy triste. Pero sí tuvo la humildad cristiana suficiente como para copiar descaradamente a Francia (incluso en la poesía de Federico el Grande), y quien tuvo la humildad de copiar tuvo al fin el honor final de conquistar. El caso de los japoneses resulta más obvio aún; su única cualidad cristiana y hermosa es que se han humillado a sí mismos para exaltarse. Sin embargo, todo este aspecto de la exaltación, en tanto que conectado a los aspectos del esfuerzo y la lucha por alcanzar una posición superior a la nuestra, ha quedado suficientemente expuesto por casi todos los escritores idealistas.
Aun así, tal vez valga la pena señalar la interesante disparidad que existe en la cuestión de la humildad entre la idea moderna de lo que es un hombre fuerte y la constancia de hombres fuertes. Carlyle se oponía a la máxima según la cual nadie puede ser un héroe a ojos de su mayordomo. Si lo que pretendía era indicar simplemente que esa máxima supone una diatriba contra el culto al héroe, no podemos sino mostrarnos de acuerdo con él. El culto al héroe es, sin duda, un impulso generoso y humano. Tal vez el héroe tenga sus defectos, pero el culto no ha de tenerlos. Es posible que nadie pueda ser héroe a ojos de su mayordomo. Pero cualquier hombre puede ser el mayordomo de su héroe. Con todo, en realidad, tanto la máxima en sí como la crítica de Carlyle referida a ella, pasan por alto el aspecto más importante en relación con el tema; la verdad psicológica última no es que nadie puede ser un héroe para su mayordomo. La verdad psicológica última, el cimiento del cristianismo, es que nadie puede ser héroe para sí mismo.
Cromwell, según Carlyle, era un hombre fuerte. Pero según él mismo, era débil. El punto débil de la defensa que Carlyle hace de la aristocracia radica, precisamente, en su frase más célebre. Carlyle dijo que casi todos los hombres son necios. El cristianismo, en cambio, haciendo gala de un realismo más seguro y reverente, asegura que necios lo son todos. A esta doctrina se la conoce a veces como doctrina del pecado original. También puede describirse como doctrina de la igualdad de los hombres. Pero su punto esencial es éste: que por más primarios y generales que sean los peligros morales que afectan a los hombres, afectan a todos los hombres. Todos los hombres pueden ser criminales, si se les tienta; todos los hombres pueden ser héroes, si se les inspira. Y esta doctrina echa por tierra la patética creencia de Carlyle (o de cualquiera que defienda esa patética creencia) en «unos pocos sabios». No existen esos «pocos sabios». Toda la aristocracia que ha existido siempre se ha comportado, en lo esencial, igual que un pequeño clan. Toda oligarquía no es más que un corrillo de hombres en la calle o, lo que es lo mismo, un grupo de gente muy alegre, pero no infalible. Y ni a una sola oligarquía en la historia de la humanidad se le han dado tan mal los asuntos prácticos como a las oligarquías más orgullosas: la oligarquía de Polonia, la de Venecia. Y los ejércitos que con más rapidez y por sorpresa han destrozado a los enemigos han sido los ejércitos religiosos: los ejércitos musulmanes, por ejemplo, o los puritanos. Y un ejército religioso puede, por su misma naturaleza, definirse como un ejército en el que a todos sus miembros se les enseña no a ensalzarse a sí mismos, sino a avergonzarse. Muchos ingleses modernos se consideran a sí mismos los robustos descendientes de sus robustos padres puritanos, cuando, en realidad, saldrían corriendo si vieran aparecer una vaca. Si preguntáramos a un padre puritano, si preguntáramos a Bunyan, si se consideraba fuerte, él respondería, con lágrimas en los ojos, que era más débil que el agua. Y a causa de ello habría soportado torturas. Y esa virtud de la humildad, si bien resulta práctica a la hora de ganar batallas, siempre será lo bastante paradójica como para desconcertar a los pedantes.
Va de la mano con las virtudes de la caridad y el respeto. Toda persona generosa admitirá que la única clase de pecado que la caridad debe perdonar es el pecado que resulta inexcusable. Y toda persona generosa admitirá igualmente que el único orgullo verdaderamente perjudicial es el orgullo del hombre que tiene algo para enorgullecerse. El orgullo que, proporcionalmente hablando, no daña el carácter, es el de las cosas que no reflejan ningún mérito de la persona. Así, a un hombre no le hace ningún daño sentirse orgulloso de su país, y le hace un daño comparativamente muy pequeño sentirse orgulloso de sus antepasados remotos.
Más daño le hace enorgullecerse de haber ganado dinero, porque en eso tiene algo más motivo para el orgullo. Y más daño aún le hace enorgullecerse de lo que es más noble que el dinero: el intelecto. Finalmente, lo que más daño le hace es sentir orgullo de lo más valioso de la Tierra: la bondad. El hombre que se siente orgulloso de lo que es, sin duda, un mérito suyo es el fariseo; el hombre a quien ni el mismo Cristo pudo abstenerse de criticar.
Mi objeción a Lowes Dickinson y los defensores del ideal pagano es, pues, ésta. Yo los acuso de ignorar unos descubrimientos humanos que son definitivos en el mundo moral, descubrimientos tan definitivos, aunque no tan materiales, como el descubrimiento de la circulación de la sangre. No podemos regresar a un ideal de razón y cordura, pues la humanidad ha descubierto que la razón no conduce a la cordura. No podemos regresar al ideal del orgullo y el goce, pues la humanidad ha descubierto que el orgullo no conduce al goce. Ignoro por qué extraordinario accidente mental los escritores modernos relacionan constantemente la idea de progreso con la de pensamiento independiente. El progreso es obviamente la antítesis del pensamiento independiente.
Pues, a la sombra del pensamiento independiente o individualista, todo hombre ha de empezar por el principio y sólo llega, con toda probabilidad, tan lejos como su padre. Pero si algo tiene la naturaleza del progreso, ese algo debe ser, sobre todas las cosas, el estudio detallado y la aceptación de todo el pasado. Y acuso a Lowes Dickinson, y a su escuela, de reaccionarios en el único sentido verdadero del término. Si así lo desea, que prescinda él de los grandes misterios históricos: del misterio de la caridad, del misterio de la esperanza, del misterio de la fe. Si así lo desea, que prescinda del arado y de la imprenta. Pero si nos dedicamos a revivir y a perseguir el ideal pagano de una búsqueda propia de lo simple y lo racional, acabaremos donde acabó el paganismo. Y no me refiero a que acabaremos en la destrucción, sino a que acabaremos en el cristianismo.