
La falacia de la joven nación
ecir de un hombre que es idealista es decir sólo que es un hombre. Aun así, sería posible realizar alguna distinción válida entre una y otra clase de idealistas. Una distinción posible, por ejemplo, podría realizarse si se afirmara que la humanidad se divide entre idealistas conscientes e idealistas inconscientes. De manera similar, la humanidad se divide en ritualistas conscientes e inconscientes. Lo curioso, tanto en ese ejemplo como en otros, es que es el ritualismo consciente el que resulta comparativamente simple, mientras que el ritualismo inconsciente es pesado y complicado. El ritual que comparativamente aparece como burdo y directo es el que la gente llama «ritualístico». Consiste en cosas sencillas, como pueden ser el pan, el vino y el fuego, y en hombres postrándose en el suelo. Pero el ritual que resulta en realidad más complejo, así como muy colorido, elaborado e innecesariamente formal es el ritual en el que la gente participa sin saberlo. No consiste en cosas sencillas, como son el pan, el vino o el fuego, sino en otras ciertamente peculiares, locales, excepcionales e ingeniosas, cosas como felpudos, picaportes, timbres eléctricos, sombreros de seda, corbatas blancas, cartas brillantes y confeti. La verdad es que el hombre moderno apenas regresa a las cosas muy viejas y muy simples, excepto cuando ejecuta alguna pantomima religiosa. El hombre moderno sólo se aparta del ritual cuando entra en una iglesia ritualista. En el caso de esas antiguas y místicas formalidades podemos decir, al menos, que el ritual no es sólo ritual; que los símbolos que se emplean son, en la mayoría de casos, símbolos que pertenecen a la poesía primaria de la humanidad. El más feroz oponente de los ceremoniales cristianos admitirá que si el catolicismo no hubiera instituido el rito del pan y el vino, probablemente lo habrían hecho otros. Cualquiera con cierto instinto poético admitirá que, para el instinto humano corriente, el pan simboliza algo que no puede simbolizarse fácilmente de ningún otro modo; que el vino, para el instinto humano corriente, simboliza algo que no puede simbolizarse fácilmente de ningún otro modo. Las corbatas blancas por la noche también son rituales, pero nada más que rituales. Nadie pretenderá que las corbatas blancas por la noche constituyen algo primigenio y poético. Nadie puede sostener que el instinto humano corriente puede tender a simbolizar, en cualquier época y en cualquier país, la idea de la noche mediante una corbata blanca. Más bien me supongo que el instinto humano corriente tendería a simbolizar la noche mediante corbatas que incorporaran alguno de los colores del anochecer, y no el blanco, tonos como el granate o el morado, corbatas de color cárdeno u oliva, o de reflejos dorados, oscuros. J. A. Kensit, por ejemplo, tiene la impresión de no ser ritualista.Pero la vida diaria de J. A. Kensit, como la de cualquier otro moderno corriente es, en realidad, un catálogo continuo y comprimido de pantomimas místicas. Por tomar un ejemplo entre cientos, imaginemos que el señor Kensit se quita el sombrero al paso de una dama. Considerado en abstracto, ¿qué puede ser más solemne y absurdo, que para simbolizar la existencia del otro sexo, alguien se quite una prenda de ropa y la agite en el aire? No se trata, repito, de un símbolo natural y primitivo, como el fuego o los alimentos. El hombre podría, del mismo modo, tener que quitarse el chaleco en presencia de una dama. Y si un hombre, por el ritual social de la civilización, tuviera que quitarse el chaleco en presencia de una dama, todos los hombres caballerosos y sensatos lo harían. Por expresarlo en pocas palabras, el señor Kensit, y aquellos que están de acuerdo con él, pueden pensar, y pensar sinceramente, que los hombres dedican demasiado incienso y ceremonias a la adoración del otro mundo. Pero nadie piensa que puede dedicar demasiado incienso y ceremonias a la adoración de éste. Todos los hombres, por tanto, son ritualistas, pero son ritualistas conscientes o inconscientes.
Los primeros por lo general se conforman con unos pocos signos muy sencillos y elementales; los ritualistas inconscientes no se conforman con menos que la totalidad de la vida humana, y acaban siendo ritualistas casi hasta la locura. A los primeros se les llama ritualistas porque inventan y recuerdan un rito. A los segundos se les llama antirritualistas porque obedecen y olvidan miles de ellos.
Pues bien, algo parecido a la distinción que he trazado con inevitable prolijidad, sobre los ritualistas conscientes e inconscientes, existe también entre los idealistas conscientes e inconscientes. Resulta ocioso arremeter contra los cínicos y los materialistas; los cínicos no existen, los materialistas no existen. Todo hombre es idealista. Pero sucede que con frecuencia el hombre se equivoca de ideal. Todo hombre es irremediablemente sentimental pero, desgraciadamente, su sentimiento es con frecuencia falso. Cuando hablamos, por ejemplo, de algún personaje comercial sin escrúpulos, y decimos de él que sería capaz de cualquier cosa por dinero, recurrimos a una expresión bastante inexacta, y le ofendemos en gran medida. No sería capaz de cualquier cosa por dinero. Sería capaz de algunas cosas; vendería su alma por dinero, por ejemplo; y como afirmó Mirabeau con gran sentido del humor, haría muy bien en «aceptar dinero a cambio de ese estiércol». Sería capaz de oprimir a la humanidad por dinero. Pero resulta que ni la humanidad ni el alma son cosas en las que cree; no son sus ideales. Sin embargo, él tiene sus propios ideales, tenues y delicados; y no sería capaz de violarlos por dinero.
No tomaría la sopa directamente de la sopera por dinero. No llevaría el frac del revés por dinero. No haría público, por dinero, un informe en el que se revelara que padece reblandecimiento cerebral. En la práctica real de la vida encontramos, en materia de ideales, exactamente lo mismo que ya hemos descrito en el caso del ritual.
Encontramos que, mientras existe un peligro verdadero de fanatismo en los hombres que defienden ideales espirituales, el peligro inminente y permanente de fanatismo proviene de aquellos que defienden ideales mundanos. La gente que afirma que los ideales son peligrosos, que los ideales engañan e intoxican, tienen toda la razón. Pero el ideal que más intoxica es el ideal menos idealista de todos. Y el que menos intoxica es el ideal absolutamente ideal. Y eso nos hace súbitamente sobrios, que es lo que producen las alturas, los precipicios y las grandes distancias.
Claro que es un gran mal confundir una nube con una bahía; pero de todos modos, la nube que puede confundirse con más facilidad con una bahía es la nube que se halla más cerca de la tierra. De modo análogo, podemos admitir que puede resultar peligroso confundir un ideal con algo práctico. Pero señalaremos que, en este sentido, el ideal más peligroso de todos es el que parece un poco práctico. Es difícil alcanzar un ideal elevado y, en consecuencia, resulta casi imposible que nos convenzamos a nosotros mismos de que lo hemos alcanzado.
Pero es fácil alcanzar un ideal de poco vuelo y, en consecuencia, resulta más fácil aún convencernos a nosotros mismos de que lo hemos alcanzado cuando en realidad no lo hemos hecho. Tomemos un ejemplo al azar. Desear ser arcángel podría considerarse una ambición elevada; el hombre que persiguiera ese ideal exhibiría muy probablemente signos de ascetismo, e incluso de frenesí, pero no, creo yo, de engaño. No creería que es un arcángel y no se pondría a agitar las manos creyendo que son alas. Pero supongamos que un hombre cuerdo persigue un ideal poco elevado: supongamos que deseara ser un caballero. Cualquiera que conozca un poco el mundo sabrá que en nueve semanas se habrá convencido a sí mismo de que lo es; y, aunque ése no fuese claramente el caso, el resultado se traduciría en trastornos y calamidades muy reales y muy prácticas en la vida social. Así, no son los ideales descabellados los que atentan contra el mundo práctico, sino los ideales más pedestres.
Este asunto puede ilustrarse, tal vez, mediante un paralelismo extraído de nuestra política moderna. Cuando los hombres nos dicen que los viejos políticos liberales del tipo de Gladstone se preocupaban por los ideales, esos hombres hablan sin sentido, claro está, pues aquellos políticos se preocupaban por muchísimas otras cosas, incluidos los votos. Y cuando hay hombres que nos dicen que los políticos modernos como Chamberlain o, en otro sentido, lord Rosebery se preocupan sólo de los votos o de los intereses materiales, vuelven a expresar un absurdo, pues esos hombres se preocupan de los ideales tanto como todos los demás hombres.
Con todo, la distinción real que puede trazarse es la siguiente: que para el viejo político el ideal era un ideal y nada más. Y para el nuevo político, su sueño no es sólo un sueño, sino una realidad. El viejo político habría dicho: «Sería conveniente que una federación republicana dominara el mundo». Pero el político moderno no dice: «Sería conveniente que un imperialismo británico dominara el mundo». Lo que dice es: «Es conveniente que un imperialismo británico domine el mundo», cuando la realidad no es en absoluto así. El viejo liberal diría: «Debería haber un buen gobierno irlandés en Irlanda». Pero, por lo general, el unionista moderno no dice: «Debería haber un buen gobierno inglés en Irlanda», sino: «Hay un buen gobierno inglés en Irlanda», lo cual es absurdo. En resumen, los políticos modernos parecen pensar que un hombre se vuelve práctico por hacer, simplemente, afirmaciones sólo sobre cuestiones prácticas. Al parecer, un engaño no importa siempre y cuando sea un engaño materialista. De manera instintiva, muchos de nosotros sentimos que, en los asuntos de índole práctica, lo cierto es precisamente lo contrario.
Yo, sin duda alguna, preferiría compartir mi residencia con un caballero que se creyera Dios que con un caballero que se creyera saltamontes. Verse acosado continuamente por imágenes prácticas y problemas prácticos, estar pensando siempre en que las cosas son reales, urgentes, están en proceso de compleción..., esas cosas no demuestran que un hombre sea práctico; esas cosas se encuentran entre las señales más comunes que identifican a los lunáticos. Que nuestros políticos modernos sean materialistas no es nada comparado con el hecho de que están enfermos. Que un hombre, en sus visiones, vea ángeles, puede hacerle sobrenaturalista en exceso. Pero que sólo vea serpientes en un delirium tremens no lo convierte en naturalista.
Y cuando nos detenemos a examinar las principales nociones de nuestros políticos prácticos, descubrimos que esas nociones son, sobre todo, ilusorias. De ese hecho pueden hallarse numerosos ejemplos. Tomemos uno de ellos; el caso de esa extraña clase de ideas que subyacen a la palabra «unión», y todos los elogios que la cubren. La unión, claro está, no es en sí misma mejor de lo que la separación lo es, en sí misma. Constituir un partido a favor de la unión y un partido a favor de la separación resulta tan absurdo como crear un partido a favor de subir por la escalera y otro a favor de bajar por ella. La cuestión no es si subimos o si bajamos, sino hacia dónde vamos y para qué. La unión hace la fuerza. Y la unión también hace la debilidad. Resulta bueno contar con dos caballos para que tiren de un carro; pero no lo es tratar de convertir dos tartanas de dos ruedas en un carruaje de cuatro. Convertir diez naciones en un solo imperio puede resultar tan factible como convertir diez chelines en medio soberano. Pero también puede suceder que resulte tan absurdo como convertir diez terrier en un mastín. La cuestión, en todos los casos, no es la unión o la ausencia de unión, sino la identidad o la ausencia de identidad. Debido a ciertas causas históricas o morales, dos naciones pueden sentirse tan unidas en conjunto como para prestarse ayuda mutua. Así, Inglaterra y Escocia pasan el tiempo dedicándose cumplidos. Pero sus energías y sus ambientes corren distintos y paralelos y, en consecuencia, no colisionan. Escocia sigue siendo educada y calvinista; Inglaterra sigue siendo poco educada y feliz. Pero por otras causas morales y otras causas políticas, dos naciones pueden estar tan unidas que no dejan de entorpecerse. Sus líneas se tocan, no corren paralelas.
Así, por ejemplo, Inglaterra e Irlanda están tan unidas que los irlandeses, en ocasiones, son capaces de gobernar Inglaterra, pero nunca pueden gobernar a Irlanda.
Los sistemas educativos, incluida la última Ley de Educación, son aquí, como en el caso de Escocia, un buen indicador del tema. La inmensa mayoría de los irlandeses cree en un estricto catolicismo; la inmensa mayoría de los ingleses, en un vago protestantismo. El partido irlandés en el Parlamento de la Unión tiene peso suficiente como para impedir que la educación inglesa sea indefinidamente protestante, pero resulta demasiado pequeño para impedir que la educación irlandesa sea definidamente católica. Este es un estado de cosas que ningún hombre en su sano juicio desearía que continuara, de no haber sido hechizado por el sentimentalismo de la mera palabra «unión».
Este ejemplo de la unión, sin embargo, no es el que deseo extraer de la muy cimentada inutilidad y el engaño que subyace a todas las ideas preconcebidas en relación con el político moderno y práctico. Lo que quiero es hablar específicamente de otro engaño mucho más general, que invade las mentes y los discursos de todos los hombres prácticos de todos los partidos; se trata de un error infantil construido sobre una sola metáfora falsa. Me refiero al planteamiento moderno sobre las naciones jóvenes y las naciones nuevas, a la idea de que Estados Unidos es joven y Nueva Zelanda, nueva. Todo eso no es sino un juego de palabras. Es muy discutible si, en ambos casos, no se trata de países mucho más viejos que Inglaterra e Irlanda.
Por supuesto que puede usarse la metáfora de la juventud en el caso de Estados Unidos o las colonias, si la usamos estrictamente para dar a entender un origen reciente. Pero la usamos (porque la usamos) para dar a entender vigor o vivacidad, sinceridad o inexperiencia, esperanza, larga vida por delante, y cualquier otro atributo romántico de la juventud. En ese caso, está claro que nos dejamos engañar por una figura rancia del discurso.
Resulta fácil verlo con claridad si aplicamos ese mismo símil a cualquier otra institución análoga a la institución de una nacionalidad independiente. Si un club llamado «La Liga de la Leche y de la Soda» (pongamos por caso) hubiera abierto sus puertas ayer, como sin duda sucedió, entonces, claro está, La Liga de la Leche y de la Soda sería un club joven, en el sentido de que abrió sus puertas ayer, pero en ningún otro sentido. Podría estar formado en su totalidad por caballeros ancianos y moribundos. Podría ser, él mismo, un club moribundo. Podríamos afirmar que se trata de un club joven, si nos fijáramos estrictamente en el hecho de que se fundó ayer. Pero también podríamos considerarlo un club muy viejo, fijándonos estrictamente en que lo más probable es que mañana mismo entre en bancarrota.
Todo esto parece muy obvio cuando lo expresamos de este modo. Cualquiera que se creyera el engaño de la comunidad joven en relación con un banco o una carnicería, sería enviado directo al manicomio. Pero toda la moderna noción política de que América y las colonias deben ser muy vigorosas porque son nuevas, reposa sobre cimientos igual de endebles. Que Estados Unidos se fundara mucho después que Inglaterra no hace más probable en grado alguno que Estados Unidos no perezca mucho antes que Inglaterra. Que Inglaterra existiera antes que sus colonias no hace menos probable que vaya a existir después de que sus colonias hayan dejado de hacerlo. Y cuando nos fijamos en la historia del mundo, descubrimos que las grandes naciones europeas han sobrevivido casi siempre a la vitalidad de sus colonias. Cuando nos fijamos en la historia del mundo, descubrimos que si hay una cosa que nace vieja y muere joven, esa cosa es una colonia. Las colonias griegas se fueron a pique mucho antes que la civilización griega. Las colonias españolas se han desmembrado mucho antes que la nación española. Tampoco parece haber razón para dudar de la posibilidad, ni siquiera de la probabilidad, de concluir que la civilización colonial, que debe su origen a Inglaterra, vaya a ser mucho más breve y mucho menos vigorosa que la civilización de la propia Inglaterra. La nación inglesa seguirá recorriendo el camino de todas las naciones europeas cuando la raza anglosajona sucumba al destino de todas las modas. Así, claro está, lo que interesa es saber si tenemos, en el caso de América y las colonias, pruebas reales de una juventud moral e intelectual que puedan contraponerse a la indiscutible trivialidad de una juventud meramente cronológica. Consciente o inconscientemente, sabemos que carecemos de esas pruebas y, por tanto, consciente o inconscientemente, decidimos inventárnoslas.
De esa pura y plácida invención, puede hallarse un buen ejemplo en un poema reciente de Rudyard Kipling. Refiriéndose al pueblo inglés y a la guerra de Sudáfrica, Kipling afirma que «en las naciones jóvenes buscamos a quienes supieran disparar y montar». Algunas personas consideran insultante esta frase. A mí lo que me ocupa en este momento es el hecho evidente de su falsedad. Las colonias proporcionaron tropas voluntarias que resultaron muy útiles, pero no fueron las mejores tropas ni consumaron las hazañas más exitosas. El mejor trabajo en el bando inglés de esa guerra lo realizaron, como era de esperar, los mejores regimientos ingleses. Los hombres capaces de disparar y montar no eran los entusiastas vendedores de maíz venidos de Melbourne, o al menos no más que los entusiastas oficinistas de Cheapside. Los hombres capaces de disparar y montar fueron aquellos a quienes se les había enseñado a hacerlo en la disciplina de un ejército organizado correspondiente a una de las grandes potencias europeas. Los colonos son, cómo no, tan valientes y atléticos como cualquier otro hombre blanco y sin duda su mérito fue considerable. Lo único que deseo señalar a este respecto es que, para avalar esta teoría de la nación nueva, resulta imprescindible mantener que las fuerzas coloniales resultaron más útiles y heroicas que los artilleros que participaron en la batalla de Colenso, o que los integrantes del Quinto Regimiento.
Algo similar se intenta, y con menor éxito aún, al presentar la literatura de las colonias como una realidad fresca, vigorosa e importante. Las revistas imperialistas no dejan de bombardearnos con genios procedentes de Queensland o Canadá, a través de quienes se espera que aspiremos los aromas de montes y praderas.
De hecho, cualquiera que esté vagamente interesado por la literatura como tal (y yo, concretamente, confieso que sólo estoy vagamente interesado por la literatura como tal) admitirá sin problemas que las historias de esos genios no huelen a nada que no sea la tinta de las imprentas, que ni siquiera es de primera calidad. Mediante un gran esfuerzo de imaginación imperial, el generoso pueblo inglés quiere leer en esas obras un ejemplo de fuerza y de novedad. Pero la fuerza y la novedad no se hallan en los nuevos autores; la fuerza y la novedad se hallan en el corazón antiguo del inglés.
Cualquiera que las estudie con imparcialidad constatará que los escritores de primera categoría procedentes de las colonias no son siquiera novedosos en sus descripciones de los ambientes, y no sólo no producen una nueva clase de buena literatura, sino que ni siquiera están, en ningún sentido, produciendo una nueva clase de mala literatura. Los escritores de primera categoría de los nuevos países son casi exactamente como los escritores de segunda categoría que existen en los viejos países. Eso sí, ellos sienten el misterio de la naturaleza salvaje, el misterio de los montes, pues todos los hombres sencillos y sinceros lo sienten, tanto si se encuentran en Melbourne, en Margate o al sur de Saint Pancras. Pero cuando escriben con mayor honestidad y éxito, no lo hacen recurriendo al misterio de la naturaleza salvaje, sino a un trasfondo, ya sea expresado o asumido, de nuestra civilización más urbana y romántica. Lo que de verdad mueve sus almas con dulce terror no es el misterio de la naturaleza salvaje, sino «el misterio del coche de alquiler».
Existen, cómo no, excepciones a esta generalización.
La única verdaderamente extraordinaria es la de Olive Schreiner, que sin duda es la excepción que confirma la regla. Olive Schreiner es una novelista valiente, brillante y realista. Pero si es todo eso es precisamente porque no es inglesa. Su afinidad tribal la relaciona con el país de Teniers y Maarten Maartens, es decir, con un país de realistas. Su afinidad literaria la relaciona con la ficción pesimista del continente; con los novelistas para los que incluso su compasión resulta cruel. Olive Schreiner es la única colona inglesa no convencional, por la sencilla razón de que Sudáfrica es la única colonia inglesa que no es inglesa, y que seguramente no lo será nunca. Y, claro está, también se dan excepciones individuales en menor escala. Recuerdo, en concreto, unos relatos australianos del señor McIlwain, que eran muy hábiles y efectivos y que por esa razón, supongo yo, no fueron presentados al público al son de trompetas. Pero mi reserva general, si se plantea ante cualquiera que sienta cierto amor por las letras, no será rebatida si se comprende bien. No es cierto que la civilización colonial en conjunto nos proporcione una literatura que sorprenda y renueve la nuestra. Para nosotros tal vez sea algo muy bueno mantener la ilusión de que ello es así, pero eso es otra cosa. Las colonias pueden haber proporcionado a Inglaterra una nueva emoción; yo sólo digo que no han proporcionado al mundo un libro nuevo.
Respecto a esas colonias inglesas, no deseo que se me malinterprete. No digo de ellas, ni de Estados Unidos, que no tengan futuro, ni que no vayan a ser grandes naciones. Simplemente niego que estén «destinadas» a tener futuro. Niego (claro está) que ninguna creación humana esté destinada a ser nada. Todas esas absurdas metáforas físicas, como las de la juventud y la vejez, las de la vida y la muerte son, aplicadas a las naciones, intentos pseudocientíficos de ocultar a los hombres la terrible libertad de su alma solitaria.
Respecto de Estados Unidos, sin duda, resulta urgente y esencial realizar una advertencia. América, cómo no, como cualquier otra creación humana, puede, en un sentido espiritual, vivir o morir tanto como decida hacerlo. Pero en el momento presente, la cuestión que Estados Unidos debe considerar muy seriamente no es lo cerca que se halla de su nacimiento, de su origen, sino lo cerca que puede hallarse de su final. Que la civilización americana sea joven es meramente una cuestión verbal; pero que esté o no muriendo puede constituir para el país una cuestión práctica y urgente. Una vez desechada, tras unos instantes de reflexión, la atractiva metáfora física inducida por la palabra «juventud », ¿qué pruebas serias tenemos de que Estados Unidos sea una fuerza fresca, y no una fuerza más bien ajada? Cuenta con muchos habitantes, como China; dispone de mucho dinero, como la derrotada Cartago y la moribunda Venecia. Está llena de ímpetu y excitación, como Atenas tras su ruina y todas las ciudades griegas durante su declive. Se siente atraída por las cosas nuevas; pero lo cierto es que a los viejos siempre les atraen las cosas nuevas. Los jóvenes leen crónicas, mientras que los viejos leen periódicos. Admira la fuerza y el atractivo físico; admira una belleza grande y bárbara en sus mujeres, por ejemplo; pero eso también lo hacía Roma cuando los godos se encontraban a sus puertas. Todas esas son cosas compatibles con un tedio esencial y con la decadencia. Hay tres formas o símbolos principales en los que una nación puede mostrarse alegre y grande: en los héroes de los gobiernos, en los héroes de las armas y en los héroes de las artes. Más allá del gobierno que constituye, por así decirlo, la forma misma y el cuerpo de una nación, lo más significativo sobre cualquier ciudadano es su actitud artística en relación con una festividad, y su actitud moral en relación con una pelea; es decir, su manera de aceptar la vida y su manera de aceptar la muerte.
Sometida a esas pruebas eternas, América no parece, en modo alguno, especialmente fresca ni inmaculada. Surge con toda la debilidad y el cansancio de nuestra Inglaterra moderna, o de cualquier otra potencia europea. En su política, se ha arrojado, lo mismo que Inglaterra, a un oportunismo y falsedad asombrosos. En cuanto a la guerra y la actitud nacional respecto de ella, su parecido con Inglaterra es aún más manifiesto y melancólico.
Puede afirmarse con total exactitud que se dan tres etapas en la vida de los pueblos fuertes: al principio se trata de una potencia pequeña, y combate contra potencias pequeñas. Luego es una gran potencia, y combate contra grandes potencias. Después, es una gran potencia y combate contra potencias pequeñas, aunque finge que se trata de potencias enormes, para reavivar las brasas de su antigua emoción y vanidad. Después de eso, el paso siguiente pasa por convertirse, él mismo, en una potencia pequeña.
Inglaterra exhibió descaradamente ese síntoma de decadencia durante la guerra contra el Transvaal; pero Estados Unidos lo exhibió más descaradamente aún en su guerra contra España. Y, al hacerlo, mostró de manera más acusada y absurda que en ninguna otra parte el contraste irónico que existe entre la elección despreocupada de una línea muy fuerte y la elección cuidadosa de un enemigo débil. América añadió a todos sus otros elementos tardorromanos y bizantinos el del triunfo de Caracalla: el triunfo sobre nadie.
Pero cuando llegamos a la última prueba de nacionalidad, la del arte y las letras, el caso resulta casi terrible.
Las colonias inglesas no han producido grandes artistas; y ese hecho tal vez demuestre que todavía están preñadas de posibilidades silenciosas, de una fuerza en la reserva. Pero Estados Unidos sí ha producido grandes artistas. Y ese hecho demuestra sin duda que el país está lleno de excelente inutilidad y del fin de todas las cosas. Sean lo que sean los genios americanos, no son jóvenes dioses creando un mundo joven. ¿Es el arte de Whistler un arte valiente, bárbaro, feliz e impaciente? ¿Nos transmite Henry James el espíritu de un colegial? No. Las colonias no han hablado, y se hallan a salvo.
Pero de América ha surgido un grito dulce y asombroso, tan inconfundible como el lamento de un moribundo.