martes, 2 de diciembre de 2008

El Papa San Pío X: Memorias (14)


por S.E.R. Cardenal Rafael Merry del Val


Capítulo XIII


SU HUMILDAD






Ubi humilitas ibi maiestas (Donde hay humildad, allí reina la majestad.) (SAN AGUSTÍN, Sermón 14) La verdad de este axioma de San Agustín, creo que en pocas personas se ha dado de modo tan perfecto como en Pío X Verdadera, profunda, natural, tales eran las cual dades principales que caracterizaban la hum Idad del Santo Padre. Me llamaba especialmente la atención que esta cualidad se había convertido en una faceta tan característica de su temperamento, que venía a ser en él como una segunda naturaleza.

No había en su humildad nada de esta actitud superficial, tímida y falsa que sólo es indicio de debilidad y que, algunas veces, puede ser simplemente una forma de autosugestión, de un oculto anhelo de estimación o de un miedo sutil a afrontar la crítica. Amaba demasiado a verdad y era harto sincero en todas sus cosas para afectar una aparienc a exterior de virtud que no sentía.

Ningún esfuerzo le costaba el ser humilde, porque tenía una baja idea de sí mismo. La arraigada convicción de que todos nuestros dones vienen de Dios, le hacía mucho más fácil admirar las dotes que descubría en otras personas que reconocer las que él mismo poseía.

La adulación y la lisonja, tanto en público como en privado, le repugnaban sobremanera, y si alguna persona osaba dirigírsele en esta forma, procuraba, con una respuesta seca o con una réplica humorística, disimular su descontento.

Pero confieso que no me explico cómo nadie se atrevía a adularle, ya que incluso el proferir una palabra de sincera y espontánea admiración, parecía fuera de lugar en su presencia y se apagaba en los labios antes de ser pronunciada; tal era el respeto que inspiraba la sinceridad y dignidad de su carácter. "Como en la hornaza se prueba la plata y en el crisol el oro, así se prueba el hombre por la boca del que le alaba." (Prov. XXVII, 21.)

Me daba la impresión de que en su vida privada le era necesario un propósito decidido de su parte, e incluso un verdadero esfuerzo, para convencerse de que él era el Supremo Pontífice, investido de todas las prerrogativas de tan elevado puesto. Habitualmente, parecía considerarse a sí mismo como el humilde sacerdote de hacía algunos años o como uno de los muchos Obispos, sin aspiración a distinguirse de modo especial. Y, sin embargo, en el ejercicio de su soberanía y autoridad nadie hubiera podido superarle en la dignidad de su continente ni en la fuerza de su mandato.

Si fuera posible encontrar un símil, diría que le parecía tan natural prescindir en ocasiones de su eminente dignidad, asumirla de nuevo cuando era preciso, como despojarse y volverse a cubrir con la tiara o los ornamentos que tenía que emplear en las ceremonias solemnes, que con tanta majestad presidía en la Capilla Sixtina o en San Pedro.

Como ejemplo de lo que trato de demostrar, recuerdo unincidente que llamó particularmente mi atención en dos ocasiones diferentes.

Me encontraba presentando al Santo Padre una petición urgente de un Obispo, en solicitud de que le fuera concedida una facultad especial en circunstancias que hacían imprescindible la intervención directa de Su Santidad. Después de escuchar atentamente mis manifestaciones, leyó el documento por sí mismo, lentamente, y, sin alzar los ojos, me dijo: "Esta es una facultad que sólo el Papa puede otorgar." "Sí, Santo Padre —repliqué—, y por ello me he permitido molestaros con ello." Tras de lo cual, con grave actitud, casi sin respiración, como hablando consigo mismo, añadió: "Sí, sí, no hay más remedio; actuemos como Papa" (da, giá, facciamo da Papa). Y tomando su pluma escribió la dispensa en forma adecuada, me la entregó y pasó a hablarme de otros asuntos.

Idénticos pensamientos revelaba a veces en una palabra que afluía a sus labios en presencia de muestras profundas de respeto que no podía evitar. Muy recientemente, el Obispo de Angers me ha descrito la indeleble impresión que le causara su primera audiencia con su Santidad. "Yo estaba arrodillado —escribe Monseñor Rumeau— a los pies de Pío X; pero era evidente que mi actitud perturbaba al Santo Padre, y haciéndome señas de que me levantara, me dijo: "No, de rodillas, no, Monseñor; yo soy el último de los sacerdotes de Cristo" (lo sonó l'ultimo dei sacerdoti di Dio). Y al urgirle, solicitando su opinión en una cuestión grave, observaba que, antes de contestarme, dirigía invariablemente su mirada al Crucifijo que tenía sobre la mesa, como buscando allí consejo."

Ubi humilitas, ibi maiestas. Sencillas como eran sus costumbres, paternal y familiar como parecía en privado, la dignidad de su porte, la tranquila y modesta nobleza de toda su persona, nunca dejaba de impresionar a aquellos que acudían a sus recepciones oficiales o que tenían el privilegio de verle oficiar en las grandes solemnidades. ¡Con cuántas personas he tropezado que se jactaban de su alto linaje y elevada alcurnia y que hubieran podido aprender de Pío X la distinción de que carecían!

Tampoco sus sentimientos desdecían de este aspecto exterior. Su delicadeza era patente en cada instante; ¡es tan verdadero, que el refinamiento es con frecuencia el resultado de la virtud más que el producto meramente accidental de una noble descendencia!

Ya he mencionado su exquisita cortesía para todos; puedo añadir que una de las cosas que más le repugnaban y que provocaba su indignación era que sus servidores fueran reprendidos por actos no cometidos o censurados por faltas de que no eran responsables personalmente. A este respecto, bastará con mencionar mi propia experiencia.

Es lógico e inevitable que el Cardenal Secretario de Estado tenga que afrontar críticas procedentes de todos los sectores, tanto en el orden oficial como en el privado. Tiene que estar preparado para que le achaquen faltas sólo debidas a ajenos errores y a soportar indefectiblemente la responsabilidad de actos que no son siempre suyos o que no estaba en su mano evitar. Esto sucede diariamente.

Pero la repetición de este hecho contrariaba profundamente a Pío X y daba lugar en muchas ocasiones a su indignada protesta. "No puedo tolerar esa injusticia —solía exclamar—. ¿Por qué no la emprenden conmigo? Si alguien tiene la culpa, ése soy yo. ¿Por qué han de censuraros siempre a vos por todo?"

Y lo que así sentía con relación a mí, lo era igualmente con sus restantes servidores, sin excluir a aquellos de condición más modesta. Nunca escatimó su protección a aquellos que le servían.

Con bastante frecuencia encontraba enorme dificultad para persuadirle de nuestro deseo de afrontar las protestas de que el Santo Padre era objeto, como era nuestro deber, situándonos entre él y sus detractores, aun en casos en que no éramos directamente responsables. Pero esto iba en contra de su temperamento y le contrariaba, pues le parecía indigno y poco leal. Además, cuando desaprobaba los actos de sus subordinados, aun sufriendo las consecuencias de sus equivocaciones, trataba de excusarles o de disculpar sus errores.

No creo que muchas personas tuvieran ocasión de comprobar la admirable inteligencia del Santo Padre o de apreciar sus numerosos éxitos, ya que siempre procuraba ocultarlos cuidadosamente, si le era posible. Interrumpía, sin embargo, esta norma cuando se hallaba solo o entre personas de su intimidad.

Le encantaba ser testigo del éxito o fama obtenidos por otras personas, especialmente si a ello había él contribuido con sus sugerencias o intervención personal.

Alguna vez, cuando en presencia suya se ensalzaban estos méritos sin mencionar su nombre, aparecía en su rostro una expresión jovial, y me decía después, sonriendo satisfecho: "Creo que yo también tuve algo que ver en eso."

En cartas a mí dirigidas, y en las enviadas a otras personas interesando su opinión sobre algún plan en proyecto o sobre el texto de algún documento preparado por él, terminaba siempre con la indicación expresa de que habíamos de modificar, suprimir o añadir lo que creyéramos conveniente. En los casos en que su idea no encontraba la aprobación, solicitaba de buen grado, y de todos los sectores, que le manifestaran sus observaciones críticas, sin la menor señal de molestia. Si lograban convencerle, le oían decir nvariablemente estas palabras. "Bien; mi trabajo ha quedado en nada. No hay duda de que existen mejores cabezas que la mía. Mejor dicho, que saben más."

Aun cuando muchas veces ocurría que su primitiva opinión volvía de nuevo a aparecer como la única razonable y era adoptada definitivamente, evitaba hacer alusión alguna al error y trataba de escudar a los responsables de éste contra toda censura o crítica.

Nada era capaz de inducir a Pío X a exaltar a su propia familia, ni jamás soñó en elevar el nivel social de los suyos, dado el alto puesto que él mismo había alcanzado. "Cuando yo muera —decía— mis hermanas volverán a su aguja; sólo se beneficiarán con mi seguro de vida." Debo hacer notar que jamás ninguno de sus numerosos parientes demostró la menor contrariedad en relación con esta actitud. Todos ellos, empezando por su hermano, lo consideraban como la cosa más natural.

Todos conocíamos el cálido afecto que profesaba a su sobrino, Monseñor Giovanni Battista Parolin, sacerdote, cuyas elevadas cualidades habían ganado la estima de cuantos le rodeaban Muchas personas esperaban, lógicamente, que el Santo Padre le diera un puesto en el Vaticano para disfrutar de este modo de su colaboración y compañía. No hay duda de que una decisión de esta clase hubiera proporcionado verdadera satisfacción a Su Santidad, y que la presencia de Monseñor Parolin en su vida íntima le hubiera procurado un descanso de la tediosa formalidad de sus deberes oficiales.

Pero nuestros repetidos esfuerzos para persuadirle a proporcionarse este placer tan legítimo, en el que no había motivo posible de la menor crítica, estaban condenados al fracaso. Su respuesta era siempre la misma: "Sí, don Battista es un buen sacerdote, pero es joven y debe trabajar en su ministerio. Tiene una parroquia, y allí está mejor que en un palacio."

En 1913, Monseñor Parolin, después de diez años de incesante trabajo en la parroquia de Possagno, allá en la montaña, fue propuesto por su Obispo, Monseñor Longhin, para una canonjía, y le encargó de la parroquia de la catedral de Treviso. En ella encontró la casa rectoral en estado deplorable y necesitada de urgente reparación Pío X acudió en su socorro y restauró el templo, invirtiendo en ello veinticinco mil liras. Al entregar la suma a su sobrino, le dijo con su tono característico: "Aquí tenéis mi regalo por vuestro nombramiento; nada más tenéis que esperar de mí"

Fue su sucesor, Benedicto XV, quien, por indicación mía, y el mismo día de su elección, nombró a Monseñor Parolin canónigo de San Pedro.

Monseñor Parolin sólo acudía a Roma dos o tres veces al año, y permanecía unos diez días. En una ocasión, mientras conversaba con Su Santidad durante las horas de más calor de una tarde de pleno verano, el Santo Padre fue acometido de fuerte sed, y con gusto hubiera bebido un vaso de agua. Monseñor Parolin, como es lógico, se levantó inmediatamente para llamar a un servidor, pero el Santo Padre se lo impidió, ya que, según dijo, había salido su ayuda de cámara privado y quizá se sintiera herido en su amor propio si a su regreso creía haber descuidado su deber, comprobando que otro había tenido que asumir su puesto. Se pasó sin el vaso de agua hasta la hora de la cena.

El mismo espíritu de desprendimiento, e insistiendo siempre en el principio de separar claramente su propia persona, que tenía en tan poco, y los privilegios de su elevado puesto, que no podía ignorar, le indujo a no consentir jamás a sus hermanas residir en el Vaticano, a pesar de que vivían en éste tantas personas menos acreedoras a este privilegio. Les proporcionó un piso pequeño en la vecina plaza y recibía su visita una o dos veces por semana, generalmente los miércoles y domingos. Aunque no hacía alusión al asunto, estoy seguro de que esta norma de conducta que se impuso le costaba un gran sacrificio, pues sus hermanas, que le querían mucho, eran verdaderamente dignas del afecto que él, a su vez, les profesaba.

Cuando Rosa, la mayor, con la que se hallaba especialmente unido, cayó enferma y murió, sintió en lo más hondo de su corazón la imposibilidad de acudir a asistirla.

Esta actitud hacia sí mismo y a cuanto directamente le concernía, se hizo también patente en su testamento, en el que tan sólo expresó el deseo de que se otorgara una pensión de cien liras mensuales a tres de sus hermanas que vivían en Roma. Esto es más digno de notar cuanto que contrasta grandemente con la generosa esplendidez que demostraba, siempre que tenía oportunidad de ayudar a los necesitados.

Las cláusulas concretas del testamento y últimas voluntades de Pío X, en relación con su familia, son las siguientes:

"Nacido pobre, habiendo vivido pobre y cierto de morir muy pobre, siento no poder corresponder como se merecen a las muchas personas que me han favorecido de modo especial, particularmente en Mantua, Venecia y Roma, y por ello, no pudiendo demostrarles mi gratitud de otro modo, pido al Señor les recompense con sus mejores bendiciones.

"Debiendo velar por mis hermanas, Rosa, María y Ana, que han vivido siempre conmigo y me han servido sin recibir, en cambio, la más pequeña recompensa, las recomiendo a la generosidad de la Santa Sede para que les sea otorgada una pensión mensual de trescientas liras, mientras viva una de ellas.

"Siendo el resto de mis parientes cercanos todos pobres, encarezco a la Santa Sede conceda, mientras vivan, mil liras anuales a mi hermano Angelo Sarto y a mis otras hermanas: Teresa, Antonia y Lucía... La prima de diez mil liras que habrá de pagar la Compañía de Seguros de Vida deberá ser distribuida por partes iguales entre mi hermano y mis hermanas." (12 de junio de 1911).


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