jueves, 11 de diciembre de 2008

Herejes (19)


por Gilbert K. Chesterton


XIX.


De los novelistas de los pobres y de los pobres





n nuestra época se plantean ideas muy curiosas en relación con la doctrina de la fraternidad humana. La verdadera doctrina es algo que nosotros, a pesar de todo nuestro humanitarismo moderno, no comprendemos del todo, y mucho menos practicamos. Por ejemplo, darle una patada a nuestro mayordomo y tirarlo escaleras abajo no tiene nada de antidemocrático. Tal vez esté mal, pero no es antifraternal. En cierto sentido, el golpe, o la patada, puede considerarse una confesión de igualdad: nos encontramos con nuestro mayordomo cuerpo a cuerpo, y casi le concedemos el privilegio de participar en un duelo. No tiene nada de antidemocrático, aunque pueda resultar poco razonable, esperar mucho del mayordomo, y sucumbir a una sorpresa extrema cuando no se muestra a la altura de su divina estatura. Lo que es en verdad antidemocrático y antifraternal no es esperar que el mayordomo sea más o menos divino. Lo que es verdaderamente antidemocrático y antifraternal es afirmar, como afirman muchos humanitaristas modernos: «Por supuesto que hay que hacer concesiones a aquellos que se encuentran en un plano más bajo». Sin duda, considerando todas las cosas, podría decirse sin exageración, que lo verdaderamente antidemocrático y antifraternal es la práctica habitual de no dar una patada al mayordomo y hacerle caer escaleras abajo.

Como una inmensa parte del mundo moderno no comparte el sentimiento democrático serio, la afirmación que acabo de formular parecerá a muchos carente de seriedad. La democracia no es filantropía. No es siquiera altruismo, ni reforma social. La democracia no se basa en la compasión hacia el hombre corriente. La democracia se basa en la reverencia al hombre corriente o, si se prefiere, incluso en el temor al hombre corriente.

No protege al hombre porque éste sea miserable, sino porque es sublime. No objeta tanto el hecho de que el hombre corriente sea esclavo como el hecho de que no sea rey, pues su sueño es siempre el sueño de la primera república romana, el de una nación de reyes.

Descontando una república genuina, lo más democrático del mundo es un despotismo hereditario. Me refiero a un despotismo en el que no haya traza alguna de estupideces sobre la inteligencia o las aptitudes especiales para ocupar los cargos. El despotismo racional – o lo que es lo mismo, el despotismo selectivo – siempre supone una maldición para la humanidad, porque, con él, al hombre corriente lo malinterpreta y lo gobierna mal algún necio que no siente el menor respeto fraternal por él. Pero el despotismo irracional siempre es democrático, porque con él se entroniza al hombre corriente. La peor forma de esclavitud es la que se conoce como cesarismo, o la elección de algún hombre decidido o brillante como déspota porque resulta adecuado. Pues ello implica que los hombres escogen a un representante no porque él los representa, sino porque no los representa.

Los hombres se fían de un hombre corriente, como Jorge III o Guillermo IV, porque ellos mismos son hombres corrientes y lo comprenden. Los hombres se fían de un hombre corriente porque se fían de sí mismos. Pero cuando los hombres se fían de un hombre excepcional es porque no se fían de sí mismos. Por ello, la adoración a los grandes hombres siempre surge en épocas de debilidad y cobardía. Nunca oímos hablar de los grandes hombres hasta que todos los demás hombres son pequeños.

El despotismo hereditario es democrático en esencia y sentimiento, porque elige al azar entre la humanidad.

Si no declara que todo hombre puede gobernar, sí declara algo que le sigue en la lista de cosas más democráticas: que cualquier hombre puede gobernar. La aristocracia hereditaria es mucho peor y más peligrosa, porque los números y la multiplicidad de una aristocracia hacen posible, en ocasiones, que figure como aristocracia del intelecto. Algunos de sus miembros tendrán, presumiblemente, cerebro y de ese modo ellos, en cualquier caso, constituirán una aristocracia intelectual dentro de la aristocracia social. Gobernarán la aristocracia en virtud de su intelecto, y gobernarán el país en virtud de su pertenencia a la aristocracia. De ese modo se establecerá una doble falsedad, y millones de personas hechas a imagen y semejanza de Dios, que afortunadamente para sus esposas y familias, no son ni caballeros ni hombres listos, serán representadas por alguien como Balfour o Wyndham (demasiado caballero para considerarlo simplemente listo, y demasiado listo para considerarlo simplemente caballero). Pero incluso una aristocracia hereditaria puede exhibir de vez en cuando, así sea involuntariamente, algo de la cualidad democrática básica que es propia del despotismo hereditario.

Resulta divertido pensar cuánto ingenio conservador se ha malgastado en defensa de la Cámara de los Lores por hombres que pretendían desesperadamente demostrar que la Cámara de los Lores estaba formada por hombres listos. Ciertamente, puede hacerse una buena defensa de la Cámara de los Lores, aunque los defensores de la nobleza suelen tener reparos a la hora de usarla: esa defensa dice que la Cámara de los Lores, en su composición absoluta, está formada por hombres tontos. Sería, verdaderamente, una defensa plausible para un ente por lo demás indefendible, señalar que los hombres listos de la Cámara de los Comunes, que deben su poder a su inteligencia, tendrían, en última instancia que pasar el control del lord medio, que debe su poder a la casualidad. Pero, claro está, habría muchas respuestas posibles a ese planteamiento, como por ejemplo que la Cámara de los Lores ya no es una cámara de lores, sino de comerciantes y financieros, o que el grueso de la nobleza no vota, y que por tanto deja la cámara en manos de los necios, los especialistas y esos viejos caballeros locos que se dedican a sus pasatiempos.

Pero en ciertas ocasiones, la Cámara de los Lores, incluso asumiendo todas esas desventajas, es, en cierto sentido, representativa. Cuando todos los lores se aliaron para votar contra el segundo intento del señor Gladstone de que se aprobara la creación de un parlamento irlandés, por ejemplo, quienes dijeron que los nobles representaban al pueblo inglés tenían toda la razón. Todos aquellos ancianos venerables que habían nacido en la aristocracia eran, en aquel momento y sobre aquella cuestión, los aliados perfectos de todos los viejos venerables que habían nacido pobres o que pertenecían a la clase media. Ese grupo de aristócratas representaba verdaderamente al pueblo inglés, es decir, era sincero, ignorante, vagamente alterado, casi unánime y, como el pueblo inglés, se equivocaba del todo. La democracia racional, sin duda, es mejor en tanto que expresión de la voluntad popular que el método hereditario, que se basa en el azar. Si se trata de contar con alguna clase de democracia, lo mejor es que ésta sea democracia racional. Pero si hemos de gobernarnos por alguna clase de oligarquía, lo mejor es que ésta sea una oligarquía irracional. En ese caso, al menos, los que nos gobernarán serán hombres.

Pero lo que de veras hace falta para que la democracia funcione como es debido no es sólo un sistema democrático, ni siquiera una filosofía democrática, sino una emoción democrática. Ésta, como casi todas las cosas elementales e imprescindibles, resulta siempre difícil de describir. Pero su descripción se hace más difícil todavía en nuestra era de las luces, por la sencilla razón de que cada vez cuesta más dar con ella. Se trata de cierta actitud instintiva que siente que las cosas en las que todos los hombres coinciden son absolutamente importantes, mientras que las cosas en las que todos los hombres difieren (como puede ser la simple inteligencia) carecen casi por completo de importancia. El caso más próximo en nuestra vida cotidiana sería la celeridad con la que, en cualquier momento impactante, o ante la muerte, nos concentramos sólo en la humanidad.

Tras un descubrimiento algo impactante, diríamos algo así como: «Hay un hombre muerto debajo del sofá», y no «Hay un hombre muerto de considerable refinamiento personal debajo del sofá». Diríamos «Una mujer ha caído al agua», y no «Una mujer de exquisita educación ha caído al agua». Nadie diría: «En su jardín trasero reposan los restos de un preclaro pensador». Nadie diría: «A menos que se dé prisa y se lo impida, un hombre con muy buen oído musical se arrojará por ese acantilado». Pero esa emoción, que todos nosotros relacionamos con cosas como el nacimiento y la muerte, se vuelve innata y constante para algunas personas en momentos corrientes, en lugares comunes. Para san Francisco de Asís se trataba de algo innato, lo mismo que para Walt Whitman. No puede esperarse que, en ese grado tan raro y espléndido, alcance a toda una comunidad, a toda una civilización. Pero una comunidad puede poseer mucha más cantidad que otra, una civilización mucha más que otra. Tal vez ninguna comunidad haya poseído tanta como la de los primeros franciscanos. Y tal vez ninguna comunidad haya gozado de tan poca como la nuestra.

En nuestra época, si se somete a examen detallado, todo tiene esa cualidad antidemocrática. En la religión y la moral hemos de admitir, en abstracto, que los pecados de las clases educadas han sido tan graves como los de las clases pobres e ignorantes, si no más. Pero en la práctica, la gran diferencia entre la ética medieval y la nuestra es que ésta concentra su atención en pecados que son los de los ignorantes, y prácticamente niega que los pecados de las clases altas puedan considerarse en absoluto como tales. Siempre estamos hablando del pecado de beber en exceso, porque es obvio que los pobres lo cometen con mayor frecuencia que los ricos.

Pero siempre negamos que exista el pecado de orgullo, porque resultaría muy obvio que en los ricos se da con mayor frecuencia que en los pobres. Estamos siempre listos a convertir en santo o profeta al hombre educado que se va a los campos a proporcionar sus sabios consejos a los que carecen de formación. Pero la idea medieval de santo o de profeta difería no poco de la actual.

El santo o profeta medieval era un hombre sin educación que entraba en las grandes mansiones para ofrecer sus sabios consejos a las clases educadas. Los viejos tiranos eran lo bastante insolentes para despojar a los pobres de sus bienes, pero no tanto como para sermonearles. Eran los caballeros los que oprimían a los pobres, pero eran los pobres los que sermoneaban a los caballeros. Y de la misma manera que somos antidemocráticos en la fe y la moral, también somos, en virtud de la naturaleza misma de nuestra actitud en esos aspectos, antidemocráticos en el tono de nuestra política práctica. Prueba de que, en esencia, no somos un Estado democrático, es que siempre nos preguntamos qué debemos hacer con los pobres. Si fuéramos demócratas nos preguntaríamos qué van a hacer los pobres con nosotros. La clase dirigente siempre se pregunta: «¿Qué leyes debemos aprobar?», cuando, en un Estado puramente democrático, se preguntaría: «¿Qué leyes somos capaces de obedecer?». Tal vez nunca haya existido un Estado puramente democrático. Pero incluso las edades feudales eran, en la práctica, mucho más democráticas que ésta, hasta el punto de que cada señor feudal sabía que todas las leyes que promulgara acabarían, con toda probabilidad, aplicándose a él. Quizá le despojaran de sus plumas por incumplir la ley suntuaria. Quizá le cortaran la cabeza tras condenarlo por alta traición.

Pero las leyes modernas son casi siempre leyes hechas para que las cumpla la clase gobernada, no quienes gobiernan. Contamos con leyes que regulan los usos de los establecimientos públicos, pero no tenemos leyes suntuarias. Ello equivale a decir que nos regimos por leyes contra las fiestas y la hospitalidad de los pobres, pero no con­tra las fiestas y la hospitalidad de los ricos. Tenemos leyes contra la blasfemia, es decir, contra esa manera de hablar ordinaria y ofensiva que sólo practican las personas más rudas y siniestras. Pero carecemos de leyes contra la herejía, es decir, contra el envenenamiento intelectual de todo el pueblo, una actividad que sólo los hombres más prósperos y prominentes pueden desarrollar. El mal de la aristocracia no es que conduzca necesariamente al incremento de lo malo o al padecimiento de lo triste; el mal de la aristocracia es que lo deja todo en manos de una clase de personas que siempre puede infligir lo que ella nunca sufrirá. Sea bueno o malo lo que, según sus intenciones, acaben infligiendo, siempre resultará frívolo. La crítica a la clase gobernante de la Inglaterra moderna no es que sea egoísta. Podría considerarse que los oligarcas ingleses son generosos hasta el ridículo. La crítica a esa clase dirigente es, sencillamente, que cuando legisla para todos los hombres, siempre se omite a sí misma.

Así pues, somos antidemocráticos en nuestra religión, como lo demuestran nuestros esfuerzos por «elevar» a los pobres. Somos antidemocráticos en nuestro gobierno, como demuestran nuestros inocentes intentos de gobernarlos bien. Pero sobre todo somos antidemocráticos en nuestra literatura, como demuestra el torrente de novelas acerca de los pobres y de los estudios serios sobre los pobres que los editores vierten sobre nosotros todos los meses. Y cuanto más «moderno» sea el libro, con menos sentimiento democrático contará, seguramente.

Un pobre es alguien que no tiene mucho dinero. Se trata de una descripción que a muchos resultará, tal vez, simple e innecesaria pero que, a la luz de la gran cantidad de ficciones y hechos modernos, resulta ciertamente imprescindible. La mayoría de nuestros realistas y sociólogos habla del pobre como si se tratara de un pulpo o un caimán. No hay más necesidad de estudiar la psicología de la pobreza que de estudiar la psicología del mal carácter, la psicología de la vanidad, o la de los espíritus animales. Un hombre debe de saber algo de la emoción que siente otro hombre que ha sido insultado, no por haber sido insultado él también, sino por ser hombre. Y debe de saber algo de las emociones del pobre, no por ser pobre, sino sencillamente por ser hombre. Por tanto, en todos los escritores que describen la pobreza, mi primera objeción será que ha estudiado el tema. Un demócrata lo habría imaginado.

Se han dicho cosas muy duras sobre el interés de la religión por los marginados, y sobre el interés de la política y la sociedad por los marginados, pero sin duda el más despreciable de todos es el interés de los artistas por los marginados. Se supone, al menos, que el predicador religioso se interesa por el frutero ambulante porque es un hombre; el político, en cierto sentido muy difuminado y pervertido, se interesa por el frutero ambulante porque es un ciudadano. Con todo, siempre y cuando se limite a buscar impresiones o, en otras palabras, a copiar, su ejercicio, aunque aburrido, no deja de ser sincero. Pero cuando pretende dar a entender que describe el núcleo espiritual del frutero ambulante, sus escasos vicios y sus delicadas virtudes, entonces debemos objetar que su pretensión es descabellada. Debemos recordarle que es periodista, y nada más. Tiene menos autoridad psicológica que un misionero loco.

Pues, en el sentido literal y derivado del término, es un periodista, mientras que el misionero es «eternalista». Y éste, al menos, pretende contar con una visión permanente de las cargas del hombre, mientras que la visión del periodista se mantiene sólo de un día para el otro. El misionero se acerca al pobre para decirle que se halla en la misma condición que los demás hombres; el periodista se acerca a los demás hombres para decirles lo diferente que es el pobre de todos ellos.

Si las novelas modernas sobre los pobres – como las de Arthur Morrison, o las de Somerset Maugham –, escritas con gran maestría, pretenden causar sensación, sólo puedo decir que se trata de un objetivo muy loable y razonable, y que lo consiguen. Causar sensación, agitar la imaginación, como sucede con el contacto con el agua fría, es siempre algo bueno y vigorizante. Sin duda, los hombres siempre buscarán reproducir esa sensación (entre otras formas) recurriendo al estudio de actividades curiosas protagonizadas por pueblos remotos o ajenos.

En el siglo XII, los hombres obtenían esa sensación leyendo relatos sobre hombres africanos con cabezas de perro. En el siglo XX, la obtienen leyendo historias sobre boers con cabezas de cerdo. Los hombres del siglo XX, hay que admitirlo, resultan ser más crédulos que aquéllos. Pues no se tiene constancia de que, en el siglo XII, los hombres organizaran una cruzada sanguinaria con el único objeto de alterar la singular constitución cefálica de los africanos. Pero puede resultar (e incluso puede considerarse legítimo) que, como todos esos monstruos han desaparecido ya de la mitología popular, resulte necesario que, en nuestra ficción, creemos la imagen del horrible y peludo habitante del este de Londres, el «eastender», sólo para mantener vivo en nosotros ese asombro temeroso e infantil ante las peculiaridades externas. Pero en la Edad Media (haciendo gala de un sentido común mucho más desarrollado de lo que hoy nos sentimos inclinados a admitir), la historia natural se consideraba, en el fondo, algo así como una broma y, en cambio, el alma gozaba de gran importancia.

De ahí que, mientras que en su historia natural figuraban hombres con cabeza de perro, no pretendían contar con una psicología de los hombres con cabeza de perro. No pretendían reproducir la mente de los hombres con cabeza de perro, compartir sus más íntimos secretos, comulgar con todas sus cuasidivinas reflexiones. No escribían novelas sobre las criaturas semicaninas, no les atribuían los males más viejos ni las últimas ocurrencias. Si lo que queremos es hacer saltar al lector de su asiento, puede permitirse que el autor presente a los personajes como monstruos; hacer saltar a alguien es siempre un acto cristiano. Pero lo que no puede consentirse es que los hombres se presenten a si mismos como monstruos, o que se hagan saltar a si mismos. En resumen, nuestra ficción sobre los pobres puede defenderse como forma estética, pero no como hecho espiritual.

Un enorme obstáculo se interpone en el camino de su realidad. Los hombres que la escriben, y quienes la leen, son hombres que pertenecen a las clases media y alta o, como mínimo, personas que se integran en lo que se denomina vagamente «clases educadas». Así, el hecho de que se trate de la vida tal como la ve el hombre refinado demuestra que no puede tratarse de la vida tal como la vive el hombre no refinado. Los ricos escriben historias sobre los pobres, y los describen como personas que pronuncian palabras rudas, soeces o ásperas. Pero si los pobres escribieran novelas sobre ustedes o sobre mi, nos describirían como personas que hablamos con tono agudo y voz afectada, voz que nosotros sólo oímos en boca de alguna duquesa en algunas farsas en tres actos. El novelista de los pobres crea el efecto que desea gracias al hecho de que algunos de los detalles que describe resultan extraños al lector; pero esos detalles, por la propia naturaleza del caso, no pueden ser extraños en sí mismos. No pueden resultar extraños al alma que él dice estudiar. Los novelistas de los pobres crean el efecto deseado describiendo la niebla gris que cubre tanto la fábrica lúgubre como la lúgubre taberna. Pero, para el hombre al que se supone que está estudiando, debe de existir exactamente la misma diferencia entre la fábrica y la taberna como la que, para un hombre de clase media, existe entre quedarse en la oficina hasta tarde y acudir a cenar a Pagani’s. El novelista de los pobres se contenta con señalar que, a los ojos de su personaje, un pico parece sucio, y una taza de peltre parece sucia. Pero el hombre al que se supone que estudia los distingue tan bien como un oficinista distingue entre un libro de cuentas y una edición de lujo. El claroscuro de la vida se pierde inevitablemente; para nosotros, las luces y las sombras se mezclan en una especie de gris. Pero esas luces y esas sombras no se funden en un gris en esa vida, no más que en cualquier otra, al menos.

La clase de hombre realmente capaz de expresar los placeres de los pobres sería la misma clase de hombre capaz de compartirlos. Dicho en pocas palabras, estos libros no constituyen un documento de la psicología de la pobreza. Son un documento de la psicología de la riqueza y la cultura, en el momento en que éstas entran en contacto con la pobreza. No son una descripción del estado de los barrios marginales, sino sólo una descripción oscura y siniestra del estado de sus habitantes. Podrían ofrecerse innumerables ejemplos de la cualidad esencialmente poco comprensiva e impopular de estos escritores realistas. Pero tal vez el más simple y el más obvio con el que podemos concluir sea el hecho mismo de que estos escritores son realistas. Los pobres son melodramáticos y románticos por naturaleza; todos los pobres creen en sentencias morales y en máximas de cartilla escolar. Tal vez sea ése el significado último del gran proverbio: «Bienaventurados los pobres». Los pobres son bienaventurados porque siempre convierten el mundo, o tratan de convertirlo, en una comedia del teatro Adelphi. Algunos inocentes pedagogos y filántropos (pues incluso los filántropos pueden ser inocentes) han mostrado gran asombro ante el hecho de que las masas prefieren libritos de terror a tratados científicos, y melodramas a obras en las que se plantean cuestiones serias. La razón de ello es muy simple. La historia realista resulta sin duda más artística que la historia melodramática.

Si lo que uno desea es un tratamiento comedido, unas proporciones delicadas, una unidad en la atmósfera artística, entonces la historia realista le saca gran ventaja al melodrama. En todo lo que es luz, color y ornamentación, la historia realista le saca gran ventaja al melodrama. Pero el melodrama goza, al menos, de una indiscutible ventaja sobre la historia realista: el melodrama se parece mucho más a la vida. Se parece mucho más al hombre, y más concretamente al hombre pobre. Es muy banal y poco artístico que una mujer pobre, en el teatro Adelphi, diga: «¿Acaso cree que venderé a mi propio hijo?». Pero es que las mujeres de Battersea High Road dicen: «¿Acaso cree que venderé a mi propio hijo?». Lo dicen siempre que tienen ocasión. Por toda la calle se oye esa frase pronunciada en una especie de murmullo constante. Se trata de una muestra de arte dramático muy rancio y muy flojo (por no decir más) que un obrero se enfrente a su patrón y le diga: «Soy un ser humano». Pero es que un obrero dice «soy un ser humano» dos o tres veces al día. En realidad, resulta seguramente tedioso oír hablar a los obreros tras las candilejas, pero eso es porque, afuera, en la calle, siempre son melodramáticos. En resumen, el melodrama, si es aburrido, lo es porque se ajusta demasiado a la realidad. Un problema parecido se da en las historias sobre escolares. Stalky and Co., la obra de Kipling, es mucho más entretenida (si es que hablamos de entretenimiento) que Eric; or Little by Little, del fallecido Dean Farrar. Pero Eric se parece mucho más a la vida real de las escuelas. Pues la vida real en las escuelas, el verdadero mundo infantil, está lleno de las cosas de las que Eric está llena: envaramiento, compasión descarada, pecados tontos, una débil pero continua tendencia hacia lo heroico. Melodrama, en una palabra.

Y si deseamos establecer una base firme en cualquier intento de ayudar a los pobres, no debemos volvernos realistas y observarlos desde afuera. Debemos volvernos melodramáticos y observarlos desde dentro. El novelista no debe sacarse del bolsillo el cuaderno de notas y decir: «Soy un experto en hombres». Debe imitar al obrero del teatro Adelphi, golpearse el pecho y exclamar: «Soy un ser humano».


Para volver a El Cruzamante haga click sobre la imagen del caballero