viernes, 12 de diciembre de 2008

El Papa San Pío X: Memorias (15)


por S.E.R. Cardenal Rafael Merry del Val



XIV

ULTIMA ENFERMEDAD Y MUERTE







"¡Muy bien, siervo bueno y fiel!" S. Mat. XXV, 21

uán repentinamente llegó el fin! Después del ataque de influenza que sufrió el Santo Padre en 1913, debido, sin duda, a lo menos en parte, al exceso de trabajo realizado, Pío X recobró notablemente sus fuerzas. A decir verdad, nunca estuvo tan enfermo como la gente creía, a juzgar por los informes exagerados de la Prensa, y durante toda su enfermedad y convalecencia se mantuvo tan jovial y lleno de vida, que era difícil conseguir que permaneciera ocioso.
"Si no fuera por estos dignos doctores y me guiara exclusivamente de mi propio criterio, hace ya tiempo que me habría levantado", repetía constantemente durante los días que permaneció en cama. Algunas veces le vi incorporarse bruscamente de la almohada para firmar un documento que yo le presentaba, y me decía sonriendo, mientras su mano escribía firme: "Eminencia, ya veis cómo mis manos obedecen todavía", y rubricaba la firma con su habitual energía.
Al reanudar su vida normal parecía encontrarse mejor de lo que le había visto en muchos años. Aumentó su actividad. Parecía haber adquirido nuevas fuerzas y haberse desprendido, en cierto modo, de la pesada carga de los años. El obligado reposo a que se había sometido, había sido evidentemente una verdadera bendición para su salud, y todos teníamos motivos suficientes para esperar que así podría continuar varios años.
Y, efectivamente, así continuó, pero solamente hasta agosto de 1914, o sea, hasta el comienzo de la Gran Guerra. Es difícil explicar lo hondamente que le afectó la temible tragedia. Como ya he indicado, había previsto y predicho explícitamente el conflicto europeo desde hacía mucho tiempo. La pena y el dolor que le invadieron al estallar la conflagración fueron muy intensos. Día y noche el horrible espectáculo de la cruenta lucha atormentaba su imaginación, a lo que se unía una visión clarísima de los sufrimientos y angustias que se derivarían inevitablemente de la catástrofe.
La invasión de Bélgica y las noticias de las primeras batallas le llenaron de amarga pena. Esperaba febrilmente la comprobación documental de los hechos para trazar su línea de conducta definitiva y elevar sin miedo su voz en defensa de los sagrados principios de la justicia y de la paz. Pero la voz del Maestro se hizo oír antes que tuviera tiempo más que para dictar una exhortación preliminar que lleva fecha del 2 de agosto.
Después de la fiesta de la Asunción, el 15 de agosto, el Santo Padre dio muestras de una ligera indisposición catarral; pero ni él ni ninguno de los que le rodeaban dio importancia ninguna a síntoma tan leve, cuya causa se achacaba de modo principal al excesivo calor de aquel verano. Tampoco yo me sentí muy bien, y aquella mañana del 18 de agosto no pude acudir, como de costumbre, a despachar con el Santo Padre. Delegué mi misión en Monseñor Canali, sustituto de la Secretaría, con el fin de que sometiera a Su Santidad uno o dos asuntos de carácter urgente que tenía entre manos. A su regreso, me informó que el Papa no ofrecía señales de estar enfermo y que le había encargado personalmente me dijera no había novedad alguna de importancia. "Decid al Cardenal —fueron sus palabras— que se reponga pronto, pues cuando él está enfermo, yo también me siento mal." Sus médicos, continuamente alertas y dispuestos a no consentir la menor imprudencia, no dieron importancia a su indisposición, y después de recetarle un remedio corriente, expresaron su convicción de que en un día se hallaría completamente restablecido. Sus hermanas, siempre inquietas cuando presentían la más leve enfermedad, tampoco se preocuparon en absoluto de su estado. Contra su costumbre, se dirigieron a mí para informarme que no había motivo de alarma y que encontraría perfectamente al Santo Padre a la mañana siguiente.
Nadie ha podido explicarse todavía el brusco cambio que se produjo la noche siguiente. Monseñor Bressan, el fiel capellán del Papa, que dormía en una habitación contigua, desde donde podía oír perfectamente al Santo Padre, sólo notó que se hallaba un poco intranquilo. Sin embargo, como observara que no se levantaba a su hora habitual, Monseñor Bressan acudió a su lado, encontrándole febril y molesto. Inmediatamente fueron llamados los médicos. El examen de éstos comprobó que los pulmones del Santo Padre se hallaban congestionados, y advirtieron que estaba seriamente enfermo. Hacia las ocho vinieron a transmitirme estos informes. La noticia me dejó anonadado, pues comprendí en seguida la gravedad del caso y el peligro de un fallo en el corazón. Dije al doctor Marchiafava que, a mi juicio, era inevitable el fin. El Santo Padre había sufrido, en mi opinión, demasiadas impresiones con motivo de los acontecimientos mundiales, y no podría resistir por mucho tiempo una enfermedad grave. Aunque inclinados a juzgarme demasiado pesimista, los médicos diagnosticaron el caso como francamente serio, aunque no desesperado, reservándose todavía el veredicto final.
El rumor de que Pío X se hallaba enfermo de peligro cundió rápidamente por la ciudad, y al Vaticano comenzaron a afluir personas de todas las clases sociales en demanda de noticias. Muchas de ellas, que muy pocos días antes le habían visto en perfecta salud, no podían creer que estuviera en trance de muerte.
A las diez se produjo una grave crisis. Corrí a la cabecera del Santo Padre y le encontré pugnando por respirar. Los médicos habían sido nuevamente convocados y le aplicaban los remedios habituales al caso, ayudados por un Hermano de San Juan de Dios. Al verme me estrechó fuertemente la mano. "¡Eminencia..., Eminencia!", fue todo cuanto dijo. El peligro inminente de un colapso fatal hacía imperiosa la necesidad de administrarle los Santos Sacramentos sin tardanza. Las últimas palabras que a continuación oí de sus labios, fueron: "Me resigno totalmente." Poco después había perdido la facultad de hablar, aunque permaneció consciente y dirigía su inteligente mirada de unos a otros, manifestando, sin lugar a dudas, que se daba perfecta cuenta de su estado.
Monseñor Sacristán le administró con las menores formalidades posibles el Santo Viático y la Extremaunción. Una mesita colocada al lado de su cama, cubierta con un paño blanco, un Crucifijo y dos velas encendidas, constituían el único aparato de la ceremonia. No podía por menos de pensar en que, después de todo, Pío X estaba recibiendo los últimos auxilios de la Iglesia del modo por él preferido, y que debía hallarse satisfecho de haber podido evitar la publicidad y solemnidad que por lo común son inseparables del lecho de muerte de un Pontífice. Era la misma escena que pudiéramos haber presenciado en la humilde casita de un labriego moribundo, sin pompa ni esplendor de ninguna clase.
Allí estaban sus fieles hermanas llorando en silencio. Eramos muy pocos; ¡todo había ocurrido con tal rapidez! Aquel instante ha sido descrito muy acertadamente con las siguientes palabras: "No se daba uno cuenta del tiempo transcurrido, y todo resultaba irreal."
"Repentinamente comenzaron a sonar las graves notas de la gran campana de San Pedro, tocando pro Pontífice agonizante, y a esta señal se expuso el Santísimo Sacramento en todas las Basílicas patriarcales de Roma, dando principio las rogativas especiales. El cálido sirocco, el murmullo alejado de la plaza de San Pedro, los Prelados y servidores hablando en voz baja, el sonido de la campana: ¡qué extraño me parecía todo! Y tras aquello, ¡la catastrófica situación internacional y la guerra!"
No existen motivos para afirmar, como lo hicieron algunos, que durante las anteriores semanas la salud del Santc Padre hubiera dado motivo de preocupación. En apoyo de cuanto vengo diciendo a este respecto, podría añadir que la mayoría de los Cardenales se hallaban ausentes de Roma disfrutando sus acostumbradas vacaciones veraniegas. En realidad, a no haber sido por el comienzo de la guerra, yo mismo me hubiera trasladado a Monte Mario, a corta distancia de Vaticano, como el Papa amablemente me urgía todos los años una vez celebrado el aniversario de su coronación, el 9 de agosto.
Sin pérdida de tiempo fueron avisados los pocos Cardenales que se encontraban en Roma. Al conocer el grave estado de Su Santidad, todos acudieron rápidamente al Palacio con la mayor ansiedad. El primero en llegar fue el Cardenal Bisleti. Por la Secretaría de Estado se cursaron telegramas a los miembros del Sacro Colegio. El Cardenal Della Volpe, Camarlengo de Su Santidad, llegó a Roma a la mañana siguiente.
Los enérgicos remedios aplicados por los médicos dieron su resultado y lograron reaccionar considerablemente al Santo Padre. Todo el día permaneció medio incorporado entre almohadas, con perfecta calma y paz. Ninguna otra crisis se presentó a turbar la serenidad del augusto enfermo ni tampoco dio éste muestra alguna de agitación o desasosiego. Aunque incapaz de hablar, reconocía a todos los presentes y, de vez en cuando, hacía lentamente la señal de la Cruz. El asfixiante día de verano se nos hizo interminable en aquella habitación contigua a la de Su Santidad, desde la que veíamos su cama y adonde nos habíamos retirado para dejarle libre la mayor cantidad de aire posible. Allí esperábamos, en el transcurso lento de las horas, su tránsito a la eternidad.
Hacia las once de la noche entré en su cuarto, tratando de no hacer ruido, por el lado opuesto al en que su cama se hallaba orientada. Pero me sintió y volvió inmediatamente la cabeza, siguiéndome con su mirada penetrante, mientras yo me acercaba al pie del lecho. Levantó un brazo para saludarme y, al sentarme a su lado, me cogió una mano, reteniéndola con una fuerza que me sorprendió. Me miró fijamente a los ojos. ¡Cómo hubiera deseado en aquel momento poder leer sus pensamientos y oír su voz mientras uno y otro nos mirábamos fijamente! ¿Qué querría decir con aquellos ojos que parecían hablarme? ¿Recordaba, quizá, los largos años que habíamos convivido familiarmente, luchando juntos? ¿Trataba de consolarme por vez postrera de la profunda pena que en vano trataba de ocultarle?
Permaneció así, cogido a mí, sin moverse, cerca de cuarenta minutos. De cuando en cuando aflojaba su presión para acariciarme, y de nuevo asía mi mano fuertemente.
Por último, al cabo de unos instantes, dejó caer hacia atrás pesadamente la cabeza sobre la almohada y cerró los ojos. No parecía sino que había querido decirme adiós. Nunca olvidaré la escena de nuestra separación. La conservo tan viva en la memoria como si aún me encontrara en aquella inolvidable noche, sorprendiéndome a mí mismo al repetir las palabras de San Lorenzo, que pocos días antes habíamos leído ambos en el Breviario: "Quoprogrederis sine filio, pater? Quo sacerdos sánete sine ministro properas?" (¿Adonde vas, oh padre, sin tu hijo? ¿Adonde te marchas, santo sacerdote, sin tu ministro?)
Momentos después, el doctor Marchiafava, que estaba en la habitación contigua escribiendo el último parte oficial de la salud del Papa, me hizo señas de acercarme a él, y, con gran sorpresa de mi parte, me pidió le ayudara a redactar el texto. Al interrogarle en qué forma le podría yo ser útil en una cuestión que no era de la esfera de mi competencia, el doctor me replicó que había interpretado mal su ruego; no quería mi ayuda para redactar el informe científico; deseaba, únicamente, le sugiriera una palabra que pudiese dar a todos ¡dea de la extraordinaria serenidad del Santo Padre frente a la muerte. "Miradle —me dijo—, ¿no está realmente admirable?"
Mediada la noche, me instaron reiteradamente a que me fuera un rato a descansar, asegurándome que Su Santidad todavía viviría unas horas. No había transcurrido una, cuando recibí el aviso de regresar sin demora a su lado, pero antes que pudiera llegar a su cabecera, Pío X se había extinguido suavemente y su alma hermosa se hallaba con Dios.

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