por D. Rubén Calderón Bouchet
Tomado de Memoria, Año III, Nº 14.

ecía Papini que para comprender bien a Dante había que ser católico, florentino y poeta. En un artículo que escribí sobre Dante me excusaba de no ser ni florentino ni poeta, pues mi condición de chivilcoyano y un poco periodista, no eran títulos suficientes para emprender una excursión exegética en el más grande de los poemas cristianos, pero... y aquí aparece la punta de una pretensión explicativa, quizá alcanzaran para entender mejor el Martín Fierro.
El poema de José Hernández ha sido examinado desde diversos puntos de mira y por hombres que tenían por oficio los densos análisis literarios. Confieso haber leído el Martín Fierro desde que tengo uso de razón y nunca encontré inconvenientes en el uso de un lenguaje que, a pesar del tiempo transcurrido, seguía siendo el de los paisanos de mis pagos. Lo que siempre me resultó más difícil era entender la situación social de Martín Fierro, porque la palabra "gaucho" asume una cantidad de matices que van desde el matrero hasta el patrón de una estancia a quien se le aplica el adjetivo para designar una serie de condiciones morales y corporales que no eluden un cierto tono de nobleza. Recordemos para el caso ese verso que Hernández pone en boca de Cruz cuando narra el entrevero que tuvo con un cantor desbocado en un rancho donde se había improvisado un baile:
Como nunca he sido vil
poco el peligro me espanta,
ya me refalé la manta y
la eché sobre el candil
poco el peligro me espanta,
ya me refalé la manta y
la eché sobre el candil
La crítica social, generalmente de inspiración marxista, hace de Martín Fierro y de Cruz, dos pobres peones perseguidos por las injusticias de una autoridad implacable al servicio de lo que se llamó la "oligarquía vacuna". El "cliché" no es totalmente falso, pero omite algunas connotaciones que un examen más completo del poema nos haría descubrir. En primer lugar, de donde provenían estos paisanos que en todo momento estaban muy bien dispuestos a poner en claro su condición de hombres libres; más todavía: arrogantes y altivos,
"para mí la tierra es chica
y pudiera ser mayor...".
y pudiera ser mayor...".
Precisamente, los campos de Chivilcoy fueron repartidos, cuando los malones eran frecuentes, entre los viejos veteranos de las guerras de la Independencia y del Brasil y muchos de ellos pararon sus ranchos en las cercanías de algún fortín o de alguna estancia en donde se podían refugiar en caso de malo-queos. Eran hombres acostumbrados al uso de las armas y poco habituados a la serenidad de la vida civil en la que se encontraban un poco incómodos, como si les faltara cancha para retozar a su antojo.
Martín Fierro y Cruz descendían de algunos de esos veteranos de la guerra y habían heredado, junto con la costumbre de instalarse en cualquier parte con un pequeño rodeo, la de sostener con el cuero lo que decían con el pico. De ahí se explica la facilidad con que los abogados y los jueces se quedaron con sus haciendas y las dificultades que tuvo la policía para ponerlos en vereda.
Hay en el gaucho Martín Fierro un descenso y un ascenso del alma que sólo pueden ser comprendidos si se los examina en la clave que da el origen noble y guerrero de la estirpe. Que era un mozo aficionado a amanecerse cantando y armar alguna gresca si a mano venía, surge claramente de su confesión e incluso podemos sospechar que vivía "acollarado" con alguna criolla que no tuvo muchos inconvenientes en amancebarse con otro cuando la situación lo requirió.
De esta situación irregular nacen sus tropiezos con la justicia y la falta de protección que ningún patrón gaucho le hubiera negado si hubiese pertenecido a su clientela. No, Martín Fierro no trabajó en ninguna estancia a no ser como "agregao", y aquí, como solía decir un viejo sargento de caballería: "el que no tiene padrinos, muere infiel".
El fortín y luego su deserción lo convierten en matrero y allí comienza el descenso "ad inferos", con la muerte de un pobre negro al que insultó y mató sin otro motivo que algunos tragos de más que le habían hecho aflorar la mala veta de su temperamento. La pelea posterior en un boliche con un matón del pago no es totalmente negativa, ya que según el consenso paisano "mató bien", es decir, en franca pelea contra un provocador abusivo.
Dejemos la lucha contra la "partida" como un elemento folclórico que se añade con unos muertos más a su gordo prontuario. Es entre los indios cuando Martín Fierro se encuentra nuevamente con su alma y se descubre con el talante de un paladín cristiano: primero en la defensa del indio que quería ser cristiano y al que asistió con Cruz a pesar del contagio, y luego cuando asumió con noble gallardía el combate contra el salvaje ofensor de la cautiva.
Arrepentimiento y redención por e! dolor y el sacrificio, pero sin abandonar su condición de caballero. Lo da a entender claramente cuando el hermano del negro que mató descubre sus intenciones desafiantes, y Fierro, sin provocar el duelo, le contesta con el donaire del que está dispuesto a responder con la vida por la integridad de su honor:
Dejemos la lucha contra la "partida" como un elemento folclórico que se añade con unos muertos más a su gordo prontuario. Es entre los indios cuando Martín Fierro se encuentra nuevamente con su alma y se descubre con el talante de un paladín cristiano: primero en la defensa del indio que quería ser cristiano y al que asistió con Cruz a pesar del contagio, y luego cuando asumió con noble gallardía el combate contra el salvaje ofensor de la cautiva.
Arrepentimiento y redención por e! dolor y el sacrificio, pero sin abandonar su condición de caballero. Lo da a entender claramente cuando el hermano del negro que mató descubre sus intenciones desafiantes, y Fierro, sin provocar el duelo, le contesta con el donaire del que está dispuesto a responder con la vida por la integridad de su honor:
Ya soy viejo y no me gusta
andar metido en peleas,
pero ni sombras me asustan
ni bultos que se menean.
andar metido en peleas,
pero ni sombras me asustan
ni bultos que se menean.
Está claro que su contrición está sostenida en los límites de su orgullo de hombre bien nacido:
"procure siempre acertalla
el honrado y principal,
pero si la acierta mal,
sostenella y no enmendalla".
el honrado y principal,
pero si la acierta mal,
sostenella y no enmendalla".
Incluso cuando se retira de aquella payada memorable, para que quede bien en claro que no escapa a la posibilidad de un duelo a muerte, lo hace despacio y sin apuro, dejando en los presentes la impresión de su serena aceptación del peligro.
He conocido algunos descendientes de esos guerreros que perdieron sus haciendas por pereza, por desidia o por un altivo descuido de su instalación terrena, como si las preocupaciones cotidianas del hombre interesado en sobrevivir no fueran dignas de ellos. No vemos a Don Segundo Sombra cambiando de lugar a cada rato para no apoltronarse y como si dijera, con versos de José Hernández:
"No hago nido en este suelo,
donde hay tanto que sufrir...".
donde hay tanto que sufrir...".
Fue un poco la condición de ese argentino que ya no existe y que se extinguió así, como esa sombra que vio Fabio: "extrañamente agrandada contra el horizonte luminoso. .. y que es más una idea que un ser".
No. Martín Fierro no fue un simple peoncito de estancia; tenía alcurnia y eso se le nota hasta en sus defectos, pero mucho más en las nobles virtudes que aparecen con todo su empaque cuando se juega la vida en la defensa de una mujer.
¿No nos recuerda a Pancho Ramírez ofreciendo su pecho a las lanzas enemigas cuando bolearon el caballo de su amante?
Cruz se llamaba un paisano de mis pagos que tenía fama de valiente y solía "vistear" con un rebenque y un poncho contra un adversario armado con un facón. Lo voltearon de un tiro de escopeta en la espalda cuando contenía las arremetidas de un contrincante enfurecido. Conocí a uno de sus descendientes, muy venido a menos, cuando manejaba una barredora municipal en mi pueblo; todavía me parece que lo veo, alto y erguido en su pescante como si condujera un carro de guerra.
Sí, todos descendían de esa tropa que recibió lotes en las poblaciones fronterizas de Buenos Aires y prolongaron una reyerta estéril hasta que se extinguieron, o se mezclaron con los gringos o se emplearon en la policía para mantener "la lata" colgada en la cintura.