martes, 2 de diciembre de 2008

El Pensamiento de la Revolución Nacional (7)


por D. Antonio de Oliveira Salazar



Capítulo VI

El interés nacional en la política de la Dictadura


A pesar de su deseo de no malgastar el tiempo, el Dr. Oliveira Salazar, ha comprendido que era necesario mantener cierto contacto con la opinión pública. El discurso inserto a continuación, y que fue pronunciado ante millares de oyentes el día 17 de Mayo de 1931, en el Coliseu dos Recreios, con ocasión de la manifestación organizada por la Unión Nacional, es un balance de la obra económica y financiera realizada, un anuncio de nuevos progresos, y una exposición de pensamientos y proyectos. El discurso tuvo una especial oportunidad por coincidir con el momento en que los adversarios de la Dictadura hacían una última e inútil tentativa para agitar al País.

Hombres que profesaban credos diferentes, venidos de todos los horizontes del pensamiento y de la acción, oriundos de todas las clases, diseminando su vida por todas las formas de actividad, han podido apartar los motivos de división y encontrar en los principios fundamentales de la Unión Nacional aquel terreno común de colaboración de los portugueses, indispensable para la nueva política de nuestra Patria: estamos viendo en Portugal cosas nuevas.
Se agitan en torno a nosotros multitud de egoísmos, de vanidades, de ambiciones de mando, de impacientes intereses individuales que no se subordinan, sino que pretenden sobreponerse a los intereses de la colectividad; y hay muchos millares de portugueses que se sacrifican abnegadamente por el bien común, que toman la defensa de éste como un deber, sea cual fuere el orden de actuación que se les indique, trabajando, obedeciendo, sirviendo: estamos viendo en Portugal cosas nuevas.
Reaccionando contra una atmósfera de irreverencia, de falta de respeto cuando no de declarada subversión; levantándonos contra un ambiente en que parecía que el Poder se bastardeaba y toda autoridad se disolvía; luchando contra la corriente de internacionalismo sospechoso con que las naciones se están dejando contaminar en su más íntima estructura, nosotros partimos de la realidad viva — económica, social, moral y política — de la Nación portuguesa y reconocemos en la veneranda persona del Jefe del Estado no solo el más alto grado de autoridad, sino más aún, la expresión, el reflejo de la propia unidad de la Patria; decididamente hay algo nuevo en Portugal, e importa enfocar a plena luz la fuente de donde brotan las aguas vivas de este renacimiento.
Estábamos cansados de luchas intestinas, de guerra interior legalizada; habíamos presenciado las pugnas de los grupos para la conquista del Poder, y contemplado al partidismo al uso en el goce y disfrute del mismo; habíamos visto cómo el hecho de ser o no ser amigo del gobierno confería tales privilegios e inmunidades, o denegaba tales facultades y derechos, que muchos de nosotros éramos extraños en nuestra propria tierra, y la garantía y la extensión de nuestras libertades no derivaban de las leyes, sino de nuestra filiación partidista; estábamos desolados ante el espectáculo de una inestabilidad gubernativa que devoraba a sus propios fautores e inutilizaba unos tras otros a los hombres de gobierno, haciendo imposible toda obra administrativa y la realización de cualquier pensamiento político; veíamos, apesadumbrados, posponerse o aplazarse la resolución de los grandes problemas nacionales, por temor de aumentar la división y los odios, allí donde serían más necesarios el apaciguamiento y la colaboración general; y en una Europa que se rehacía de los desastres de la guerra e iba a plantear en el terreno de las discusiones problemas trascendentales para nuestros destinos, nos sentíamos reducidos y debilitados por el desorden, y sin alientos para el esfuerzo de reorganización. De lo profundo del alma de la Patria surgió entonces el anhelo de una disciplina que se impusiese a todos, de una autoridad que dirigiese a todos, de una bandera que todos pudiésemos seguir: dictadura nacional, gobierno nacional, política nacional.

I
El interés nacional en la política financiera

Veamos en primer lugar el interés nacional en la política financiera.
Quien tenga presente el atraso en que, en muchos órdenes, se encuentra el País, y la necesidad, por parte del Estado y de los particulares, de invertir en obras y en mejoras públicas y en el
utillage de la producción sumas elevadas, estará de acuerdo, si no vive de fantasías opuestas a la realidad de las cosas, en que el fundamento de toda política financiera verdaderamente nacional debe estar constituido por estos dos objetivos: afirmar el crédito público y particular, y consolidar el valor de nuestra moneda. Quienes hayan seguido con atención la marcha desgraciada de nuestra administración o intervinieron en ella de cualquier modo, pueden enjuiciar mejor las dificultades de la empresa, y no podrán menos de confesar que la marcha seguida hasta ahora no podía ser diferente de lo que fue.
Pretender rehacer económicamente al País; dotarle de puertos, de carreteras y de otros medios de comunicación; mejorar los servicios y su eficacia; desenvolver y abaratar la producción; elevar el nivel de vida de las clases trabajadora y media; iniciar y proseguir una política de estabilización; mejorar e intensificar el comercio exterior y colonial, y todo ello sin recursos abundantes y baratos, que es lo mismo que decir sin crédito, es querer lo imposible.
Pretender lanzar operaciones de crédito sin moralidad administrativa, sin orden en las finanzas y sin estabilidad en la moneda, es caminar en busca de desilusiones y arrastrar livianamente por el suelo el prestigio y hasta el propio decoro del Estado.
Pretender estabilizar la moneda, sangre de la vida económica que se desea ver equilibrada y sana, sin una política definida y persistente de economías y de recaudación regular de ingresos que consoliden el equilibrio y alivien al Tesoro, sin la regularización de las cuentas atrasadas que ponga a la tesorería al abrigo de las grandes sorpresas, sin el pago o la consolidación de la deuda a corto plazo, y sin la reforma del Banco de emisión, es desconocer la interdependencia de los elementos que hay que conjugar para asegurar un pleno éxito a lo que hay de más delicado para las finanzas y para la economía del País.
Pretender reformar el Banco emisor y encomendarle la tarea de mantener la estabilidad de la moneda y no transformarle en instituto regulador del crédito en el mercado nacional; exigirle esta acción y no dotarle de los medios suficientes para ejercitarla, encadenado como está en la posición de inferioridad en que le colocaron las emisiones de billetes para cubrir el déficit de los presupuestos; darle estos medios pero no regular la deuda anterior del Estado, o regular ésta pero no garantizar al Banco contra nuevas intromisiones en su administración o contra nuevas exigencias de billetes por parte del Tesoro; suponer que esta garantía existe, de hecho, sin que se asegure el equilibrio del presupuesto, es confundir vagos deseos de idealistas con la realidad que impone la misma naturaleza de las cosas.
Todas esas conquistas y reformas ya se han hecho o se han preparado, y en ésto radica ciertamente uno de los aspectos que reviste, desde el punto de vista puramente nacional, la política financiera. Pero hay, además, otro que conviene tener en cuenta.
En el campo de la hacienda pública es donde más se ha dejado sentir, tanto en profundidad como en duración, nuestro desorden administrativo; y sin embargo, en pocos órdenes podría el desorden acarrear más graves consecuencias para la vitalidad, para el honor, para la integridad de la Nación portuguesa. La política que pretenda dar robustez a ésta, ha de partir de una impecable administración interna.
Pocos países tienen en su constitución geográfica, a la par que riquezas inapreciables, tantos puntos delicados como el nuestro. Es evidente que nuestras posiciones en el Atlántico, insustituibles pero dispersas y materialmente separadas de la parte continental, y nuestras colonias numerosas y ricas esparcidas por tres partes del mundo, imponen administraciones honestas, libertad de movimientos en relación a los extraños, extrema corrección en los procedimientos, inexistencia de dependencias financieras que comprometan o que puedan ser objeto de compensaciones en especie, en el momento oportuno...
Soy de los que no temen, por sistema, al capital extranjero; soy de los que entienden que debe tener su parte en la obra de reorganización emprendida, al lado del capital portugués repatriado; pero la claridad de nuestra administración y el relativo desahogo de nuestras finanzas son los factores que han de conferirnos siempre el derecho de elegir y de apreciar la oportunidad de la intervención. No se trata aquí solamente de ser honrado por deber, sino de serlo también por interés.
En el primer volumen de las recientes memorias del Príncipe de Bülow cuenta este antiguo canciller del Imperio Alemán sus esfuerzos para conseguir la división y la adjudicación parcial de las colonias portuguesas. El fundamento del trabajo diplomático, por el cual el Emperador Guillermo le felicitó efusivamente, parece que lo dimos nosotros mismos, como lo indica esta breve frase: «Portugal, ese mal pagador, debatíase en una crisis financiera de que estaban siendo víctimas, desde hacía algunos años, Alemania e Inglaterra».
Desmoronóse esta ambición, pero bastó para hacer surgir y para que tomara cuerpo, como seria amenaza, una crisis que nos obligó a reducir el interés de la deuda exterior y a buscar dinero, para despejar la situación, en los mercados extranjeros.
Pasaron los años. Realizamos muchos sacrificios; trabajamos, sufrimos; nos impusimos la terapéutica de quienes quieren salvar la vida y la hacienda; equilibramos el presupuesto; regularizamos nuestras cuentas; ordenamos la administración; pagamos religiosamente nuestras deudas y sus obligaciones; saldamos los empréstitos a corto plazo y los reemplazamos por depósitos en bancos extranjeros; hemos dado tan sólida base a nuestro crédito que nuestros títulos suben cuando otros se estancan, o se mantienen cuando otros se despeñan; nuestra moneda se acepta en todas partes con un valor fijo y vamos a estabilizarla legalmente con solo
nuestros recursos; podemos pedir empréstitos como quien propone negocios, pero no pedimos dinero como quien extiende la mano para recibir una limosna.
En la segunda edición de las Memorias del Principe de Bülow la frase que he citado será o no será tachada por ese imperativo de la verdad que se impone a la nobleza y a la sensibilidad del político y al escrúpulo del historiador. Eso poco importa. Lo que importa es que toda la política verdaderamente nacional esté inspirada por ese principio, que es al mismo tiempo una lección de los hechos: el orden y la perfecta corrección de los procedimientos financieros son, además de condición esencial de nuestro resurgimiento, garantía de la independencia y de la integridad de la Patria.

II
El inferes nacional en la política económica

Si examinamos, por encima de cualquier interés privado, los defectos de nuestra vida económica antes de la Dictadura y de la crisis actual, encontraremos como características dominantes la falta de orientación superior y la falta de organización, que aumentaban las deficiencias nacidas de condiciones de orden general que sólo podían ser establecidas por el Estado, y la existencia de factores materiales o jurídicos contrarios a la creación y equitativa distribución de las riquezas.
La responsabilidad del Estado procedía en ese orden de lo que no hacía, y de lo que realizaba en contra de los intereses generales. Un amigo nuestro pudo definir con las siguientes características esa política económica antinacional: «Limitación de la función del Estado a una actividad burocrática estéril o absorbente; apartamiento del Estado de las fuerzas vivas del trabajo y de la producción, lo que no impedía que ejercieran una tutela plutocrática sobre el proprio Estado los elementos más especuladores de la riqueza, falta de unidad y continuidad; falta de plan orgánico de la economía pública; negación de la íntima solidaridad de los intereses del productor y del consumidor (verdadera política de guerra civil en la economía) ; inestabilidad de la moneda, privando de la base de honestidad a todos los contratos, desorganizando la riqueza, desmoralizando y desprestigiando a la Nación; en ocasiones, su valorización sin criterio fijo, con la consecuencia de la ruina de valiosas industrias... en suma, todo ese complejo de características que se resumen en el desconocimiento práctico de la existencia de la Nación económica por parte de un Estado corroído por un partidismo desordenado y de bajo materialismo: Estado abúlico, que oscila entre la parálisis manifiesta y el impulso demente e irresponsable».
No ha realizado aún el gobierno todo el programa positivo de política económica, contrario a las anteriores negaciones, pero toda la intervención del Estado en ese orden, la amplitud misma de esa intervención y la disciplina a que se han sometido los problemas más especialmente tratados, han abierto ya nuevos horizontes y marcan las líneas generales de una obra que procura definir, organizar y realizar en el orden económico el interés nacional.
Se han espurgado las leyes de todo aquello que impedía o contrariaba la función coordinadora del Estado y los principios de una sana economía; es de esperar que se lleve a feliz término la estabilización monetaria; se han asentado las bases de una obra de crédito que no constituye en estos momentos una simple promesa, sino una realidad indiscutible, al propio tiempo que se ha provocado una baja sensible del interés en la banca y en los préstamos particulares.
La obra magnifica de las carreteras; la incipiente construcción de los grandes puertos de comercio y de los puertos pesqueros, acompañada de la reparación de las construcciones existentes y del necesario dragado; la extensión de las comunicaciones telefónicas; el enlace de las redes ferroviarias con los centros productores, de un lado y los centros importadores, de otro; los subsidios para el sistema de comunicaciones de los pequeños centros rurales; la creación de la Bolsa de Mercancías; la encuesta industrial; los favores y auxilios concedidos a la agricultura; las preferencias otorgadas a la industria nacional; las limitaciones impuestas a la libertad de establecimiento de industrias no exigidas por las necesidades de la producción; los regímenes especiales para algunos productos de la metrópoli o de las colonias, no son piedras sueltas, sin trabazón en el edificio, sino algunos pilares sólidos, que han de ser enlazados por el superior interés de la economía nacional.
De este modo, ningún interés individual, local o de clase prevalece sobre el interés de la colectividad; ninguna obra necesaria depende de presiones políticas o de fines electorales; ninguna disposición beneficia, por favoritismo, a un grupo limitado de intereses. Con esta trayectoria, se pretende que el Estado sea un orientador, pero no un concurrente; que el Estado fomente, pero que no estorbe ni dificulte la acción privada; que el Estado promueva la sindicación, el consorcio, la racionalización de las diversas ramas de la agricultura, la industria y el comercio, sin ser agricultor, comerciante o industrial, o procurando serlo en el menor grado posible; que el País, constituyendo un todo económico con sus colonias, establezca las bases
preferenciales de las permutas, que serán, aquí y allí, complemento indispensable de la producción y el consumo respectivos.
Así es como, desde el punto de vista económico, la política de la Dictadura tiene derecho a ser considerada como política nacional.
Desearía que esta política, elevadamente nacional, no pudiera confundirse con ese nuevo nacionalismo económico que la crisis hace surgir en casi todas partes, tan exclusivista y tan ajeno a los verdaderos intereses de la nación, que nosotros no hemos prohijado, apesar de las dificultades y perjuicios que la actitud de otros nos está causando.
La crisis actual operó un retroceso lamentable en las relaciones de los Estados, habiéndose desandado gran parte del camino recorrido desde la guerra en el sentido de una seria colaboración internacional. Las dificultades de trabajo, los quebrantos, la superproducción y desvalorización de los productos, la paralización de los mercados, constituyen fuentes de tan graves preocupaciones políticas internas y de tales presiones de la opinión sobrexcitada, que en unos y otros países se vuelve a una intensa lucha de tarifas, al exagerado proteccionismo, disfraz de verdadera reserva del mercado para la producción nacional, a las primas directas e indirectas a la exportación, las prohibiciones y restricciones al comercio exterior, es decir, a todo aquello que una anterior experiencia demostró ser perjudicial para los intereses de todos. Por último, se llegó a la negación de aquella libertad del trabajo de los extranjeros bajo la protección de leyes locales, que parecía una conquista definitiva de la economía mundial y del derecho de gentes. En una palabra, es de temer que, con el propósito comprensible de simplificar las soluciones mirando cada cual por si solo, se estén adoptando remedios que constituyen un mal peor que la misma crisis.
Con toda lealtad firmamos el convenio sobre las prohibiciones y restricciones del comercio exterior, y somos de los pocos que aún permanecemos fieles a él; nos abstenemos rigurosamente de contribuir a la anarquía de los mercados con primas a la exportación; hemos sido tan comedidos en la elevación de los aranceles, que son casi generales las protestas de nuestros exportadores y enormes los perjuicios derivados de la baja de precios y de la invasión de los mercados por los productos del exterior; hemos limitado el trabajo de los extranjeros de un modo tan suave, que parece que nadie ha tenido motivo de queja, sin contar las excepciones derivadas de los tratados o de alguna tradicional preferencia de nuestra amistad.
Pues bien: nosotros no hemos obrado así ni por ignorancia, ni por incuria, ni por falta de celo en la defensa de nuestros intereses, sino porque entendíamos que era preciso sacrificarlos para no seguir el camino que seguían otros y, que a nuestro juicio, había de producir mayores perturbaciones. Pero eso mismo nos daba derecho a alguna consideración.
Los malos tiempos traen a veces consigo bienes especiales. Debe pensarse que la situación de Portugal, en el campo restringido del comercio exterior, nos es favorable en el sentido de que teniendo un gran exceso de importaciones sobre las exportaciones, no ha de sernos difícil negociar, y como al mismo tiempo el mundo vuelve al sistema de la permuta directa, nosotros, que no provocamos tal estado de cosas, debemos aprovecharnos de él.
Sean cuales fueren, sin embargo, las consecuencias de los acontecimientos y de las actitudes que van tomando los diversos países en los problemas que surgen con motivo de la cris's, nuestra política económica, — que sinceramente deseamos ver apartada, (porque las condiciones externas lo permitan), de todo estrecho nacionalismo — tiene trazada su orientación: al organizar los intereses de la producción, servirá a la armonía, al progreso y al perfeccionamiento de la economía de la metrópoli y de las colonias, o lo que es lo mismo, de la economía nacional.

III
El interés nacional en la acción política y en la reforma constitucional

Unas palabras más acerca del interés nacional en la política interna y exterior y en la política colonial de la Dictadura.
Tenéis ante vuestros ojos cinco años de gobierno, ásperos, difíciles, entrecortados por graves acontecimientos en la vida internacional. Aquí dentro, erupciones revolucionarias, agitaciones, descontento permanente de los indisciplinados que enarbolan la bandera fácil de sus sueños, de los cuales unos se contentan simplemente con hacer la felicidad de la Nación por medio de decretos, mientras otros se proponen dársela para siempre por medio de la revolución triunfante.
Por ahí fuera se advierte que el mundo está inquieto, agitado, febril. La guerra hizo saltar los antiguos cuadros sociales y políticos; causó estragos en los costumbres públicas y privadas; desequilibrio y empobreció a los pueblos; despertó nuevas ambiciones. Pocos están contentos con su situación y con sus instituciones; los cambios, las transformaciones pacíficas, las revoluciones se suceden a cada paso. Al empuje de las dificultades de los tiempos, ceden las viejas estructuras de los Estados, y los gobiernos, o se inutilizan cediendo a cada instante a la presión de las corrientes contrarias, o reaccionan, reforzando sus posiciones en detrimento del liberalismo y del individualismo. Esto, en muchos casos, parece ser una necesidad vital.
Hay una vida internacional cada vez más intensa, pero además de la legítima, útil y pacífica colaboración entre los pueblos, propáganse doctrinas dañadas por internacionalismos confusos, extrañamente asociados aquí y allá, a vagos imperialismos. Y hay, también, reacciones saludables.
¿Cual es nuestra posición en el choque de tantas doctrinas, intereses y ambiciones?
Portugal es un viejo país libre, homogéneo en su formación, con fronteras inmutables casi desde que se constituyó en estado independiente, pacífico en medio de la accidentada historia de Europa, dedicado preferentemente al mar donde se desenvolvió su fuerza de expansión, descubriendo nuevos territorios que pobló, colonizó, civilizó e incorporó a su propio ser nacional. Somos hijos de ese pasado, y no por mero respeto a la voluntad inequívoca de nuestros padres, sino también por la clara conciencia que tenemos del servicio que prestamos a la paz de Europa y a la civilización en el mundo, reafirmamos serenamente la voluntad de ser en el presente y en el futuro lo que fuimos siempre en el pasado: libres, independientes, colonizadores.
Tenemos por nosotros mismos, aquí y allende los mares, el derecho de ocupación, de conquista, de descubrimiento, de acción colonizadora, de hacer fecunda la tierra en todas las partes del mundo con la hacienda y la sangre de los portugueses, cultivando el suelo, roturando el bosque, comerciando, pacificando, instruyendo. Es la voluntad del pueblo; es el imperativo de la conciencia nacional.
De ella derivan los principios fundamentales del Acta Colonial: de ella se nutre la secular alianza de Portugal e Inglaterra, consagrada una vez más por recientes acontecimientos de la vida diplomática; en ella se apoya el esfuerzo de reorganización de nuestra Marina, que no es tanto arma de guerra como embajada permanente de la Madre Patria cerca de los portugueses de ultramar.
Veamos ahora nuestra vida interna y nuestra reforma constitucional.
Conviene que la síntesis ideológica de transformación orgánica y funcional hacia donde convergerá todo el esfuerzo de la Dictadura, esté bien grabada en el espíritu de aquellos que, como vosotros, habéis de ser para ella apoyo nacional y apóstoles fervorosos. Hay que tener presente que el fin de esta gran actividad renovadora es la implantación de un nacionalismo
político, económico y social, bien entendido, dominado por la soberanía incontestable de un Estado fuerte, frente a todos los elementos componentes de la Nación, jamás susceptible de ser el juguete o la victima de los partidos, de las facciones, de los grupos, de las clases, de las sectas y de los engranajes revolucionarios.
Aceptando y asegurando todas las libertades legítimas, en todos los campos, y armonizándolas entre sí y con la naturaleza y funciones del Estado en el plano en que debe desenvolverse la vida colectiva, se pretende hacer sólido y firme el principio de autoridad, como primera garantía del orden, de la tranquilidad, del progreso y de la prosperidad común. Consiguiendo con la cooperación inteligente y patriótica de la Union Nacional, la estabilidad de la vida gubernativa y la consolidación del Estado, con salvaguarda de todos los derechos e intereses legítimos establecidos en la sociedad por la civilización, ganaremos en Portugal la mayor, la más provechosa, la más venturosa victoria de nuestra época.
Son ciertamente grandes las dificultades que se oponen a esta obra, venidas unas de muy atrás y suscitadas otras por las perturbaciones de nuestro tiempo y por las delicadas circunstancias de nuestra situación. Esto quiere decir que es preciso que todos los buenos ciudadanos estén unidos en el orden y en la actividad pacífica para poder superar todas las eventualidades.
Oficiales y soldados, profesores, magistrados, funcionarios, hombres de pensamiento y hombres de acción, estudiantes de las escuelas, trabajadores de los campos, de las oficinas y de las fábricas, propietarios, agricultores, comerciantes e industriales de mi País: ¡portugueses!, prestemos a la causa de la Patria, de su prosperidad y de su progreso, de su independencia y de su libertad, de su grandeza y de su destino, la colaboración que nos exigen nuestros antepasados, y que será bendecida por nuestros sucesores.


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