viernes, 26 de diciembre de 2008

Ortodoxia (1)


por Gilbert K. Chesterton


Prefacio


ste libro está pensado para ser el compañero de Herejes y para agregarle el lado positivo al negativo. Muchos críticos se quejaron del libro que llamé Herejes porque meramente criticaba las filosofías actuales sin ofrecer ninguna filosofía alternativa. Este libro es un intento de responder a ése desafío. Es inevitablemente afirmativo y, por lo tanto, inevitablemente autobiográfico. El autor se ha visto frente a una dificultad de cierta forma similar a la que se le presentó a Newman al escribir su Apología : se ha visto forzado a ser egocéntrico a fin de ser sincero. Mientras todo lo demás puede ser diferente, el motivo en ambos casos es el mismo. El propósito de este autor es intentar una explicación, no de si la Fe Cristiana puede ser creída, sino de cómo él, personalmente, ha llegado a creer en ella.

El libro, por lo tanto, está construido sobre el principio positivo de un acertijo y su solución. Trata, primero, sobre las especulaciones solitarias y sinceras del propio autor y luego con toda la maravillosa forma en que resultaron repentinamente satisfechas por la teología Cristiana. El autor considera que el hecho equivale a un credo convincente. Pero, si no es así, resulta al menos una coincidencia reiterada y sorprendente.

Gilbert K. Chesterton

I. Introducción en Defensa de Todo el Resto

La única justificación posible para este libro, consiste en que es la respuesta a un desafío. Hasta un mal tirador se honra cuando acepta un duelo. Cuando hace algún tiempo publiqué una serie de apresurados pero sinceros ensayos bajo el título de "Herjes", algunos críticos por cuyas inteligencias siento un caluroso respeto (puedo mencionar especialmente al señor G. S. Street), dijeron que estaba muy bien de mi parte sugerir que todos debían demostrar su teoría cósmica, pero que yo había evitado cuidadosamente consolidar mis consejos con el ejemplo. “Voy a comenzar a preocuparme por mi filosofía”, dijo el señor Street, “cuando el señor Chesterton nos haya expuesto la suya”. Tal vez fue imprudente sugerirle algo así a una persona demasiado dispuesta a escribir libros ante la más leve provocación. Con todo, si bien el señor Street ha inspirado y creado este libro, al fin y al cabo no tiene por qué leerlo. Si lo hace, hallará que en sus páginas, de un modo genérico y personal – y más por medio de un conjunto de imágenes mentales que por series de deducciones – he intentado formular la filosofía en la que he llegado a creer. No voy a llamarla "mi filosofía", porque yo no la hice. Dios y la Humanidad la hicieron; y ella me hizo a mí.

Muchas veces sentí el capricho de escribir una novela sobre un navegante inglés que, embarcado en su yate, calculó levemente mal su ruta y llegó a Inglaterra convencido de haber descubierto una nueva isla en los mares del Sur. No obstante, siempre encuentro que soy demasiado perezoso o estoy demasiado ocupado para escribir esta excelsa obra, por lo que bien puedo ahora revelarla con fines de ilustración filosófica. Probablemente existirá la impresión general de que el hombre se sintió más bien tonto cuando llegó a tierra (armado hasta los dientes y hablando por señas) para plantar la bandera inglesa sobre aquél templo bárbaro que después resultó ser el Pabellón de Brighton. No me preocupa aquí negar que pareció tonto. Pero si ustedes se imaginan que se sintió tonto, o por lo menos que la sensación de tontera fue su única o dominante emoción, eso significa que no han estudiado con suficiente delicadeza la rica sustancia romántica del héroe de este cuento. Su error fue en verdad un error muy envidiable. Y él lo sabía, si era el hombre que yo imagino.

¿Qué podría ser más agradable que sentir, simultáneamente y en pocos minutos, todas las fascinantes angustias del partir combinadas con toda la seguridad humana de volver a casa otra vez? ¿Qué mejor que gozar del encanto de descubrir África sin tener la fastidiosa necesidad de trasladarse a ese continente? ¿Qué podría ser más glorioso que congratularse por descubrir Nueva Gales del Sur y comprender después, en medio de un torrente de lágrimas de alegría, que en realidad no se trataba más que de la vieja Gales del Sur?

Este, al menos en mi opinión, es el problema principal de los filósofos y en cierta forma, el principal problema de este libro. ¿Cómo es posible que el mundo nos asombre y al mismo tiempo nos hallemos en él como en nuestra casa? ¿Cómo puede este extraño pueblito cósmico que es el mundo, con sus monstruosas y antiguas luces, brindarnos la fascinación de ser un poblado exótico y, simultáneamente, el confort y el honor de ser nuestro propio pueblito?

Demostrar que una fe o una filosofía son verdaderas desde todo punto de vista, sería empresa demasiado grande, aún para un libro mucho más grande que éste. Es necesario atenerse a una sola línea de argumentación y esa es la ruta que propongo seguir. Deseo exponer mi fe respondiendo particularmente a esa doble necesidad espiritual: la necesidad de esa mezcla de lo familiar con lo extraño que el cristianismo acertadamente llamó "romance". Porque la misma palabra "romance", lleva en sí el misterio y el antiguo significado de "Roma".

Cualquiera que se disponga a discutir algo, debería empezar siempre especificando qué es lo que no discute. Antes de afirmar qué se propone demostrar, debería declarar qué es lo que no se propone demostrar. Lo que no intento probar, lo que propongo dejar establecido como algo compartido entre mí y el lector promedio, es esta atracción ejercida por una vida activa e imaginativa, pintoresca y llena de poética curiosidad; por una vida como la que el hombre occidental al menos aparenta haber deseado siempre. Si una persona afirma que la extinción es mejor que la existencia o que la mera subsistencia es mejor que la variedad y la aventura, esa persona no es una de esas personas comunes a las que me dirijo. Si un hombre prefiere la nada, nada puedo darle. Pero casi todas las personas que he conocido en esta sociedad occidental en la que vivo, estarían de acuerdo con la proposición general de que necesitamos esta vida de romance práctico; que necesitamos la combinación de algo que es extraño con algo que es familiar y seguro. Necesitamos eso para considerar al mundo combinando una idea de maravilla con una idea de bienvenida. Necesitamos ser felices en este país de las maravillas sin sentirnos necesariamente confortables en él. Éste es el resultado de mi credo y esto es lo que trataré en estas páginas de modo principal.

Pero tengo una razón especial para mencionar al hombre en el yate que creyó descubrir Inglaterra. Porque ese hombre en el yate soy yo. Yo creí haber descubierto a Inglaterra. No sé cómo evitar que este libro sea egocéntrico; y (a decir verdad) no sé cómo evitar que resulte aburrido. Su tedio, sin embargo, me librará del reproche que más me desagrada: el reproche de ser superficial. Sucede que la mera sofistería liviana es, de todas las cosas, la que más desprecio y quizás resulta ser saludable que sea la cosa de la que generalmente se me acusa. No sé de nada más aborrecible que la mera paradoja; esa apenas ingeniosa defensa de lo indefendible. Si fuese cierto (como se dijo) que el señor Bernard Shaw vive de las paradojas, entonces Bernard Shaw tendría que ser otro millonario común más; porque un hombre de su rapidez mental podría inventar un sofisma cada seis minutos. Inventar sofismas es tan fácil como mentir porque es mentir. La verdad, por supuesto, es que el señor Bernard Shaw se encuentra cruelmente limitado por el hecho de que no puede decir una mentira si no está convencido de que es una verdad. Yo mismo me encuentro bajo la misma limitación. Nunca en mi vida dije algo tan sólo porque pensé que sería gracioso; aunque, por supuesto, tengo la humana vanidad de haber podido llegar a creer que era algo gracioso por haberlo dicho yo. Pero una cosa es describir la entrevista con una gorgona o con un grifo – que son criaturas que no existen – y otra muy distinta es descubrir que el rinoceronte existe y luego deleitarse en el hecho de que tiene todo el aspecto de no existir. Es cierto que uno busca la verdad, pero puede ser que uno, instintivamente, persigue las verdades más extraordinarias. Por eso dedico este libro con el más cálido de los sentimientos a todas esas fantásticas personas que odian todo lo que escribo porque consideran (muy acertadamente, por todo lo que sé) que mis obras son tan sólo una pobre payasada o una broma archiconocida.

Si este libro es una broma, pues es una broma contra mí mismo. Soy el hombre que, en un rapto de audacia, descubrió lo que ya había sido descubierto antes de mí. Si hay un elemento de farsa en lo que sigue, la farsa es a mi costa; porque lo que este libro explica es cómo creí que fui el primer hombre en hollar el suelo de Brighton tan sólo para descubrir que era el último. Relata mis gigantescas aventuras en persecución de lo obvio. Nadie puede pensar que mi caso es más ridículo de lo que yo mismo sé que es. Ningún lector me puede acusar aquí de burlarme de él: yo soy el único tonto de esta historia y ningún rebelde me expulsará de mi trono. Admito abiertamente haber tenido todas las ambiciones idiotas de fines del siglo diecinueve. Al igual que todos los demás chiquilines solemnes, yo también traté de adelantarme a mi tiempo. Al igual que ellos, yo también intenté adelantarme en diez minutos a la verdad. Y encontré que estaba mil ochocientos años detrás de ella. Forcé mi voz con dolorosa exageración juvenil declamando mis verdades. Y terminé castigado en la forma más adecuada y graciosa. Porque he mantenido mis verdades pero descubrí, no que no eran verdades, sino que no eran mías. Cuando me hice la ilusión de estar parado allí, solo y sin nadie a mi alrededor, me encontré en la ridícula posición de estar en compañía de toda la cristiandad. Es posible, y que el cielo me perdone, que haya tratado de ser original; pero lo único que conseguí fue logar una mala copia de las tradiciones ya existentes de la religión civilizada. El hombre del yate creyó haber sido el primero en llegar a Inglaterra; yo creí que había sido el primero en llegar a Europa. Quise fundar una herejía propia y, cuando terminé de darle los últimos toques, descubrí que era ortodoxia.

Es posible que alguien encuentre entretenida la historia de este feliz fiasco. Es posible que alguno de mis amigos, o de mis enemigos, se divierta leyendo como, de las verdades de alguna leyenda al azar o de la falsedad de alguna filosofía predominante, aprendí gradualmente cosas que podría haber aprendido de mi catecismo – si lo hubiese leído alguna vez. Puede que exista, o no, algún placer en leer cómo, en un club anarquista o en un templo babilónico, encontré por fin lo que podría haber encontrado en la parroquia de la iglesia más cercana. Si hay alguien que se entretenga leyendo cómo las flores del prado, o las frases en un ómnibus, y los accidentes de la política o los sufrimientos de la juventud confluyeron en determinada secuencia para producir una convicción cierta de ortodoxia cristiana, entonces ese alguien posiblemente pueda leer este libro. Pero en todo hay una razonable división del trabajo. Yo escribí este libro; y nada en el mundo me induciría a leerlo.

Quisiera agregar una nota exclusivamente pedante que, como toda nota, naturalmente debería estar al principio del libro. Estos ensayos están dedicados sólo a argumentar el hecho concreto de que la teología cristiana central (acabadamente resumida en el Credo de los Apóstoles) es la mejor fuente de energía y de sana ética. No tienen la intención de discutir la cuestión, muy fascinante pero bastante distinta, de quién tiene en la actualidad la autoridad para la proclamar ese credo. Cuando aquí se emplea la palabra “ortodoxia”, el término significa el Credo de los Apóstoles – tal como es entendido por todos los que se han llamado cristianos hasta hace muy poco – y la conducta histórica general de quienes sostuvieron ese credo. Por una simple cuestión de espacio, me he visto obligado a limitarme a lo que obtuve de este credo; no entro en la cuestión, muy discutida entre los cristianos modernos, del origen del cual todos nosotros lo obtuvimos. Este no es un tratado eclesiástico, sino una especie de autobiografía desprolija. Ahora, si alguien quisiera conocer mis opiniones sobre la naturaleza concreta de la autoridad que proclama ese credo, el señor G. S. Street sólo tiene que lanzarme otro desafío y con mucho gusto le escribiré otro libro.


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