
por S.E.R. Cardenal Rafael Merry del Val
XVSU FAMILIA
ntes de dar por terminadas estas Memorias, quisiera hacer mención de algunos hechos concernientes a la familia de Pío X que más particularmente han llegado a mi conocimiento personal Ellos ¡lustran las tradiciones domésticas de su hogar y muestran el ambiente que tanto contribuyó a la formación de su carácter individual, y que él elevó aún más con la santidad de sus virtudes.Ya me he referido a su propio renunciamiento, que le inducía a no buscar ventajas temporales para los suyos, como hubiera podido hacer tan fácilmente desde los diferentes puestos de su brillante carrera.
En este sentido, dio al mundo entero y, especialmente, al clero, un ejemplo casi inédito de desinterés y sencillez de espíritu, demostrando que únicamente perseguía fines espirituales.
Cuando en el otoño de 1917 sobrevino la desastrosa invasión de las provincias venecianas y el enemigo se adentró en el país, entre el Isonzo y el Piave, hubo necesidad de evacuar a toda prisa ciudades y pueblos próximos a la línea de combate, bien para evitar que cayeran sus habitantes en manos del enemigo, bien para facilitar la urgente tarea de una inmediata defensa. La gente huía a millares, y entre los desgraciados refugiados de Gemona, Cavaso, Venecia, Salzano, Riese y otras localidades se encontraban varios sobrinos de Pío X.
Ninguno de ellos había vivido nunca con desahogo. Ganaban en distintas profesiones un modesto sustento que les bastaba para no pasar grandes privaciones. Uno de ellos era escultor, dos o tres desempeñaban puestos de maestros de escuela; algunos mantenían un pequeño negocio o industria, y otros habían obtenido modestos empleos en la Administración local.
Al estallar la tormenta, veintitrés de ellos, entre hombres, mujeres y niños, se vieron obligados a huir en pocas horas, abandonando sus tranquilos hogares y cuantos bienes les pertenecían, sin más equipaje que un pequeño hatillo. Algunos hubieron de salir a pie, teniendo que andar varias millas para poder llegar al ferrocarril más próximo que les trasladara a un lugar de refugio transitorio. Giuseppina Parolin Salvadori, sobrina del Papa, escapó con dificultad de Gemona en llamas; huyó, en medio de indecibles sufrimientos, a través del Tagliamento, sola, sin protección algún y separada de su marido.
Después de un viaje interminable, cuyas penalidades no necesito describir, todos llegaron a Roma una noche, dirigiéndose al pequeño piso de la plaza Rusticucci, donde vivían las hermanas mayores del Papa. No se les negó hospitalidad, como era natural, aunque allí no había medios disponibles de poder proporcionar alojamiento adecuado a veintitrés huéspedes inesperados: ni habitaciones, ni camas, ni los elementos más indispensables a la vida cotidiana. Amontonados todos durante aquella primera noche y el día siguiente, eran, en verdad, dignos de lástima. ¡Y eran los familiares del Santo Padre!.
Me dirigí a verlos tan pronto como me fue posible, con la esperanza de poderles prestar alguna ayuda. La escena que presencié permanecerá siempre grabada en mi memoria. Les encontré reunidos en una sola habitación, sentados o de pie, colocados en semicírculo, pues no había suficientes sillas para todos. Había niños de distintas edades, dos o tres en brazos de sus madres, otros sentados en las rodillas del padre y el resto mirando extrañados a uno y otro lado con ojos ansiosos. Todos tenían el aspecto resignado y sereno. Ni una lamentación; ninguno profirió la menor queja, pero la expresión de sus rostros revelaba bien a las claras las penalidades sufridas. Su actitud, llena de dignidad y admirable sencillez, era la misma que trascendía siempre en Pío X.
Después de intercambiar unas breves frases de saludo, a mis expresiones de cálida simpatía sólo replicaron que "había tanta gente sufriendo igual o más que ellos". Traté de averiguar lo que precisaban con más urgencia, y todos me contestaron unánimemente: "Quisiéramos encontrar trabajo para no constituir una carga para nadie; si Vuestra Eminencia puede ayudarnos en este sentido, se lo agradeceremos profundamente."
Pero lo que más me impresionó de todo fue que, ni entonces ni nunca, hicieran ninguno de ellos la menor alusión directa o indirecta a su estrecho parentesco con el anterior Pontífice; no parecían darse cuenta de que esta circunstancia era título suficiente para que se les dispensara una atención especial o para esperar una ayuda de la generosidad de la Santa Sede. Este aspecto de la cuestión no parecía ni habérseles pasado por la imaginación. Benedicto XV, a quien hablé de este ejemplo raro y edificante, compartió plenamente mi admiración, y contribuyó muy gustoso a aliviar los sufrimientos de corazones tan nobles.
No tuve gran dificultad para encontrarles ocupación en trabajos provisionales, ya que toda gestión en favor suyo hallaba cordial acogida.
Los Padres Jesuítas del Collegio Massimo aceptaron encantados los servicios de uno de ellos como profesor; otros dos se colocaron en seguida como empleados en empresas privadas, y las Hermanas de la Doctrine Chrétienne recibieron a la signora I. Parolin como profesora encargada de la clase de niñas en la Escuela de Monteverde.
La Embajada española ofreció amablemente asilo a buen número de refugiados en la hospedería aneja a la iglesia nacional de la vía Monserrato, y los Padres Agustinos de Santa Mónica dieron generosa hospitalidad a otro grupo.
Las Franciscanas Misioneras de María, encargadas del Instituto fundado por Pío X en la vía Portuense para los pobres huérfanos de Messina y Reggio Calabria, consideraron como un verdadero privilegio el poder alojar a tres sobrinas de su amado fundador. Con seguridad que Pío X no pensó nunca que la casa que él había dotado con tal munificiencia para las víctimas del gran terremoto habría un día de abrir sus puertas para acoger a sus propios parientes, víctimas de la Gran Guerra.
Por último, quiero hacer mención del caso de Bepi Vigna, un muchacho de catorce años, cuyo padre trabajaba en el arsenal de Venecia, donde él mismo prestaba sus servicios como aprendiz. Conseguimos ingresarle en una fábrica, a corta distancia de San Pedro. Todas las mañanas pasaba bajo mis ventanas en dirección a su trabajo, vestido con una simple blusa, para ganar ¡dos liras diarias! Ciertamente que no era una ocupación muy lucrativa ni un puesto muy distinguido para una persona que sólo tres años antes hubiera sido recibido en el Vaticano con la mayor consideración, como familiar del Pontífice reinante.
Pero ni él ni los suyos paraban mientes en esto, y los jefes de la fábrica, al testificar, un mes más tarde, su buena conducta, expresaban su admiración por no haberle oído jamás hacer alusión ni entre sus compañeros ni a otras personas de la fábrica de su parentesco de sobrino-nieto de Pío X.
Inmediatamente después de la firma del armisticio, todos estos refugiados ejemplares se apresuraron a regresar a su hogar; pero, desgraciadamente, en circunstancias harto difíciles y bien distintas de las que habían conocido antes de la guerra.