martes, 6 de enero de 2009

Alocución de S.S. Pío XII en la solemne beatificación de Pío X


Ante la ingente multitud que llenaba la plaza de San Pedro en la ceremonia vespertina del día 3 de junio de 1951, en cuya mañana el Padre Santo había procedido a la solemne beatificación de Su Santidad Pío X, el Vicario de Cristo pronunció en italiano el siguiente discurso:


Astro refulgente
*

na celeste alegría inunda nuestro corazón, un himno de alabanza y gratitud al Omnipotente brota de Nuestros labios por habernos concedido el Señor elevar al honor de los altares a nuestro Beato predecesor Pío X. Es también gozo y reconocimiento de toda la Iglesia, a la que visiblemente representáis, amados hijos e hijas, reunidos aquí ante nuestros ojos como un mar viviente, o que, esparcidos sobre la superficie de la tierra, nos escucháis en la exultación de este día bendito.
Se ha realizado un anhelo común. Desde el tiempo de su piadoso tránsito, mientras ante su tumba se agolpaban en número cada vez mayor las devotas peregrinaciones, de todas las naciones afluían súplicas para implorar la glorificación del inmortal Pontífice. Procedían de los más altos grados de la Jerarquía eclesiástica, del clero secular y regular, de todas las clases sociales, y especialmente de las más humildes, de las que él mismo había brotado como purísima flor. Y de aquí que estos anhelos han sido oídos; he aquí que Dios, en los designios arcanos de su Providencia, ha escogido al indigno sucesor de aquél para saciarlos y hacer resplandecer en esta penumbra, que ofusca el camino todavía incierto del mundo de hoy, el fúlgido astro de su blanca figura que ilumine el camino y afirme los pasos de la Humanidad enferma.
Pero mientras el gozo de que rebosa nuestro corazón nos impulsa irresistiblemente a cantar en él las maravillas de Dios, nuestra voz titubea como si las palabras debiesen faltarnos, insuficientes como son para exaltar dignamente, aun en rápidos rasgos, la vida y las virtudes del sacerdote, del Obispo, del Papa, en la prodigiosa ascensión desde la pequenez de la aldea nativa y desde la humildad de su hogar hasta la cumbre de la grandeza y de la gloria en la tierra y en el cielo.
Desde hace más de dos siglos no había vuelto a amanecer sobre el Pontificado Romano un día de esplendor parangonable con éste, ni había resonado con tal vehemencia y concordia la voz cantora de himnos de todos aquellos para quienes la Cátedra de Pedro es la roca en que está anclada su fe, el faro que conforta su indefectible esperanza, el vínculo que les afirma en la unidad y en la caridad divina.
¡Cuántos aún entre vosotros conservan todavía vivo en su espíritu y en su corazón el recuerdo de nuestro Beato! ¡Cuántos vuelven a ver todavía con el pensamiento, como Nos mismo lo vemos, aquel rostro que respiraba una bondad celeste! ¡Cuántos lo sienten cercano, cercanísimo a ellos, a este sucesor de Pedro, a este Papa del siglo XX, que, en el formidable huracán levantado por los negadores y por los enemigos de Cristo, supo demostrar desde el principio una consumada experiencia en el manejo del timón de la nave de Pedro, pero a quien Dios llamó a Sí cuando la tempestad arreciaba más violenta! ¡Qué dolor, qué desánimo entonces al verle morir, cuando había llegado al colmo la angustia de un mundo sacudido! Pero he aquí que la Iglesia le ve hoy reaparecer, no ya como un remador que lucha fatigosamente en la barra contra los elementos desencadenados, sino como un protector glorioso que desde el cielo lo protege con su mirada tutelar, en la cual brilla la aurora de un día de consuelo y de fuerza, de paz y de victoria.

El buen Pastor

En cuanto a Nos, que estábamos entonces en los comienzos de nuestro sacerdocio, pero ya al servicio de la Santa Sede, no podremos nunca olvidar nuestra intensa emoción cuando, al mediodía de aquel 4 de agosto de 1903, desde la loggia de la basílica vaticana, la voz del Cardenal primer diácono anunció a la multitud que aquel conclave —tan notable por tantos aspectos— había hecho su elección en el Patriarca deVenecia, José Sarto.
Entonces se pronunció por vez primera ante el mundo el nombre de Pío X. ¿Qué iba a significar este nombre para el Papado, para la Iglesia, para la Humanidad? Cuando hoy, casi medio siglo después, repasamos en espíritu el sucederse de los graves y complicados sucesos que lo han llenado, nuestra frente se inclina y nuestras rodillas se doblan en admirada adoración de los designios divinos, cuyo misterio se revela lentamente a los pobres ojos humanos, a medida que se cumplen en el curso de la Historia.
Pastor, buen pastor, lo fue él. Parecía nacido para serlo. En todas las etapas del camino que poco a poco le condujo desde el humilde hogar nativo, pobre de bienes de la tierra, pero rico de fe y de virtudes cristianas, hasta el vértice supremo de la Jerarquía, el hijo de Riese permaneció siempre igual a sí mismo, simple, afable, accesible a todos en su casa parroquial de la aldea, en la sala capitular de Trevíso, en el obispado de Mantua, en la sede patriarcal de Venecia, en el esplendor de la púrpura romana, y continuó siéndolo en la majestad soberana, sobre la silla gestatoria y bajo el peso de la tiara, el día en que la Providencia, modeladora de las almas desde la lejanía del tiempo, inclinó el espíritu y el corazón de sus colegas a poner el cetro caído de las manos lánguidas del gran anciano León XIII, en las paternalmente firmes de él. Justamente de tales manos tenía entonces necesidad el mundo.
No habiendo podido apartar de su cabeza el terrible peso del Sumo Pontificado, él, que había huido siempre los honores y las dignidades, como otros huyen de la vida ignorada y oscura, acopló entre lágrimas el cáliz de las manos del Padre divino.

Cualidades del Santo Padre Pío X

Pero una vez pronunciado su "fíat", este humilde, muerto a las cosas terrenas y sólo anhelante de las celestes, demostró la indomable firmeza, la robustez viril, la grandeza de ánimo de su espíritu, prerrogativas de los héroes, de la santidad.
Desde su primera encíclica, fue como si una llama luminosa se elevara para esclarecer las mentes y encender los corazones. No de modo diverso los discípulos de Emaús sentían encenderse sus pechos mientras el Maestro hablaba y les revelaba el sentido de las escrituras (Luc., 24, 32).
¿No habéis experimentado acaso también vosotros este ardor, amados hijos que vivísteis aquellos días y oísteis de sus labios el diagnóstico exacto de los males y de los errores de la época, indicados juntamente los caminos y los remedios para sanarlos? ¡Qué claridad de pensamiento! ¡Qué fuerza de persuasión! Ciertamente era la ciencia y la sabiduría de un profeta inspirado, la intrépida claridad de un Juan Bautista y de un Pablo de Tarso, era la ternura paterna del Vicario y representante de Cristo, avizor a todas las necesidades, solícito para todos los intereses, atento a todas las miserias de sus hijos. Su palabra era trueno, era espada, era bálsamo; se comunicaba intensamente a toda la Iglesia y se extendía mucho más allá de ella con eficacia; alcanzaba su irresistible vigor no sólo de la indiscutible sustancia del contenido, sino también de su íntimo y penetrante calor. Se sentía hervir en ella el alma de un Pastor que vivía en Dios y de Dios, sin otra mira que conducir hasta él a sus corderos y a sus ovejas. Por eso, fiel a las venerandas tradiciones seculares de sus antecesores, conservó sustancialmente todas las solemnes (que no fastuosas) formas exteriores del ceremonial pontificio; en aquellos momentos su mirada suavemente triste, fija en un punto invisible, mostraba que no a sí mismo, sino a Dios iba dirigido todo el honor.

Virtudes teologales

El mundo que hoy le aclama en la gloria de los Beatos sabe que recorrió el camino que le había asignado la Providencia con una fe de las que trasladan montañas, con una esperanza inconcusa, aun en las horas más oscuras e inciertas, con una caridad que le llevaba a imponerse todos los sacrificios por el servicio de Dios y por la salvación de las almas.
Por estas virtudes teologales, que eran como la urdimbre fundamental de su vida, y que él practicó en un grado de perfección, que superaba incomparablemente toda excelencia puramente natural, su pontificado refulgió como en las edades de oro de la Iglesia.

Virtudes cardinales

Acudiendo en todo instante a la triple fuente de estas virtudes reinas, el Beato Pío X inició y consumó el curso de su vida entera con el ejercicio heroico de las virtudes cardinales: fortaleza firme contra los golpes de ventura, justicia de una inflexible imparcialidad, templanza que se confundía con la renuncia total de sí mismo, prudencia sutil, pero prudencia del espíritu, que es "vida y paz", distinta de la "sabiduría de la carne, que es muerte y enemiga de Dios" (cfr. Rom., 8, 6-7). ¿Será, acaso, verdad, como algunos han afirmado o insinuado, que en el carácter del Beato Pontífice la fortaleza prevaleció con frecuencia sobre la prudencia? Tal ha podido ser la opinión de adversarios, cuya mayor parte eran también enemigos de la Iglesia, pero aun en el caso de que hayan compartido esta apreciación otros, que, por otra parte, admiraban el celo apostólico de Pío X, la contradicen los hechos con sólo que se dirija la mirada a su solicitud pastoral por la libertad de la Iglesia, por la pureza de la doctrina, por la defensa del rebaño de Cristo de inminentes peligros, que no siempre encontraba en algunos toda la comprensión y la adhesión íntima que debería haberse esperado de ellos.
Ahora que el examen más minucioso ha descubierto a fondo todos los actos y las vicisitudes de su pontificado, ahora que se conocen las consecuencias de aquellas vicisitudes, ninguna duda, ninguna reserva es ya posible, y se debe reconocer que, aun en los períodos más difíciles, más ásperos, más graves y de más responsabilidad, Pío X, asistido por la gran alma de su fidelísimo secretario de Estado, el Cardenal Merry del Val, dio prueba de aquella iluminada prudencia que nunca falta en los santos, aunque en sus aplicaciones se encuentre en contraste doloroso, pero inevitable, con los engañosos postulados de la prudencia humana y puramente terrena.
Con su mirada de águila, más perspicaz y más segura que la corta vista de miopes razonadores, veía el mundo tal como era, veía la misión de la Iglesia en el mundo, veía con ojos de santo Pastor cuál era su deber en el seno de una sociedad descritianizada, de una cristiandad contaminada o, al menos, acechada por los errores de la época y por la perversión del siglo.
Iluminado por la claridad de la verdad eterna, guiado por una conciencia delicada, lúcida, de una rectitud inflexible, él tenía frecuentemente sobre el deber del momento y sobre las resoluciones que tenía que tomar, intuiciones cuya perfecta exactitud desconcertaba a los que no estaban iluminados por las mismas luces.

Dulzura y energía

Por naturaleza ninguno era más dulce, más amable que él; ninguno más amigo de la paz, ninguno más paternal. Pero cuando en él hablaba la voz de su conciencia pastoral, no tenía en cuenta sino el sentimiento del deber; éste imponía silencio a todas las consideraciones de la debilidad humana; cortaba de raíz todas las tergiversaciones; decretaba las medidas más enérgicas por penosas que fuesen a su corazón. El humilde "cura de aldea", como a veces se le ha querido llamar —y no es ningún desdoro suyo—, frente a los atentados contra los derechos inalienables de la libertad y dignidad humana, contra los derechos sagrados de Dios y de la Iglesia, sabía erguirse como un gigante con toda la majestad de su autoridad soberana. Entonces su "non possumus" hacía temblar, y a veces retroceder, a los poderosos de la tierra, tranquilizando al mismo tiempo a los vacilantes y galvanizando a los tímidos.
A esta fuerza diamantina de su carácter y de su conducta, manifestada desde los primeros días de su pontificado, se debe atribuir, primero el estupor y después la aversión de quienes quisieron hacer de él el "signum cui contradicetur", revelando así el fondo oscuro de sus propias almas.
No existe, pues, predominio excesivo de la fortaleza sobre la prudencia. Por el contrario, estas dos virtudes, que dan como el crisma a aquellos a quienes Dios predestina para gobernar, estuvieron en Pío X equilibradas hasta tal punto, que en el examen objetivo de los hechos él aparece tan eminente en la una como excelso en la otra. ¿Y no es esta armonía de virtudes, en las altas regiones del heroísmo, impronta de una santidad madura?

Gran figura cumbre

Un hombre, un Pontífice, un santo de tal elevación, difícilmente encontrará al historiador que sepa trazar su figura de conjunto y, al mismo tiempo, todos sus múltiples aspectos.
Pero aun la simple y descarnada enumeración de sus obras y de sus virtudes, tal como Nos mismo podemos en este momento intentarla con breves e incompletos rasgos, basta para despertar la más viva admiración.
De él puede decirse, ciertamente, que en todos los campos a los que dirigió la atención y en los que puso la mano, entró asistido por una inteligencia clara, alta y amplia y por una rara cualidad del ánimo, que le hacía igualmente feliz en el análisis que potente en la síntesis, grabando en todas sus obras la huella de la universalidad y de la unidad que le llevaba a reunirlo y restaurarlo todo en Cristo.
Defensor de la fe, heraldo de la verdad eterna, custodio de las más santas tradiciones, Pío X reveló un sentido finísimo de las necesidades, de las aspiraciones, de las energías de su tiempo. Por eso ocupa un puesto entre los más gloriosos Pontífices, depositarios fieles en la tierra de las llaves del reino de los cielos, a los que la Humanidad es deudora de todos sus verdaderos avances en el camino recto del bien y de todo su genuino progreso.

Promotor de las ciencias

Su celo por el influjo de la Iglesia ha hecho de él un incomparable promotor de las ciencias sagradas y profanas. ¿Será necesario recordar el nuevo impulso dado a los estudios bíblicos, el eficaz incremento a los filosóficos y teológicos, según el método, la doctrina y los principios del Doctor Angélico? Y en el orden de las ciencias humanas, ¿será preciso mencionar la reorganización del Observatorio Astronómico? En el campo de las artes, ¿la renovación de la música sagrada, la reorganización de la pinacoteca?
Pero no fue un mecenas extraño o un teórico puro, satisfecho sólo con señalar un fin, dar una orden del día y dejar después a los demás la ejecución completa. Su obra era una contribución esencial y una dirección efectiva. Sagaz en saber abstenerse de minucias inútiles, llegaba, sin embargo, a lo concreto y a lo particular, determinando con exactitud y sentido práctico el camino que había que recorrer para que el objetivo se consiguiera fácilmente, rápidamente, plenamente. Así obró en la codificación del Derecho canónico, que puede decirse una obra maestra de su pontificado. Desde el comienzo se puso a ello con el iluminado aliento de los grandes, afrontando animosamente el "arduum sane munus" y dedicándose a él con incansable asiduidad. Y si bien —por usar las palabras de su sucesor, Benedicto XV (cfr. Alocución consistorial, 4 diciembre 1916: A.A.S., volumen 8, pág. 466)—, no le fue dado llevar a buen fin la inmensa tarea; sin embargo, sólo él debe ser considerado autor de aquel Código ("is tamen unus huius Codids habendus est auctor"), y por ello su nombre deberá ser celebrado para siempre como uno de los más ilustres Pontífices de la historia del Derecho canónico, junto a un Inocencio III, un Honorio III, un Gregorio IX.

Por la santidad del clero

Si en cada una de estas empresas se movió siempre por el celo, la gloria de Dios, y por la salud y la perfección de las almas, ¿con qué solicitud tuvo que aplicarse al cuidado de los pastores mismos de la sagrada grey, de los cuales depende más directa e inmediatamente el honor de Dios y la santificación de las almas?
Lo dicen sus constantes esfuerzos por dotar a la Esposa de Cristo de un clero de santidad y doctrina que correspondiesen a su altísima misión. ¿Y quién podría releer sin emoción la paternal exhortación "Haerentanimo"(4 de agosto de 1908), en que se refleja nítida su alma sacerdotal, con el recuerdo jubilar de su ordenación?
Penetrado por el pensamiento de San Pablo de que el sacerdote está constituido para los hombres en todas las cosas que tocan a Dios (cfr. Hebreos, 5, 1), nada olvidó de cuanto puede contribuir al más eficaz ejercicio de este sublime oficio.

El "Papa de la doctrina cristiana"

Ante todo, en difundir el conocimiento vivo de la doctrina cristiana. Así promulga sabias instrucciones para confirmar su necesidad, determinar su objeto, establecer su método (Encíclica "Acerbo nimis", 15 abril 1906). No le basta: él mismo cuida de que se componga un nuevo catecismo para adaptar esta enseñanza a todas las edades y a todas las inteligencias. No le basta todavía: algunos domingos explica personalmente el santo Evangelio del día a los fieles de las parroquias de Roma. Con razón se le llamó, pues, el 'Papa de la doctrina cristiana".

La Acción Católica y Popular cristiana

El árido vacío que el espíritu sectario del siglo había cavado en torno al sacerdote se apresura él a colmarlo mediante la activa colaboración de los seglares en el apostolado. No obstante las circunstancias adversas y hasta estimulado por ellas, Pío X procura, si no precisamente inicia, con renovadas directrices, la formación de un laicado fuerte en la fe, unido con perfecta disciplina a los varios grados de la Jerarquía eclesiástica. Y cuanto hoy se admira en Italia y en el mundo, en el vasto campo de la Acción Católica, demuestra cuan providencial fue la obra de nuestro Beato, la cual reverbera sobre él una luz que durante su vida sólo a muy pocos les fue dado plenamente presagiar. De donde las filas de la Acción Católica, entre las almas elegidas a las que recuerdan y veneran como precursoras y promotoras de su saludable movimiento, deben poner por justo título al Beato Pío X.
Otro obstáculo de suma gravedad se oponía a la restauración de una sociedad cristiana y católica; es decir, por una parte, la división en el seno mismo de la sociedad y, por otra, la quiebra de separar a la Iglesia del Estado, particularmente en Italia. Con la amplitud y la claridad de miras propia de los santos, el, sin permitir la misma lesión de los principios inmutables e inolvidables, sabe trazar las reglas para la organización de una acción popular cristiana, mitigar el rigor del "non expedit" y preparar a largo plazo el terreno para aquella conciliación que debería haber traído la paz religiosa en Italia.

El Papa de la Eucaristía

Pero lo que es singularmente propio de este Pontífice es el haber sido el Papa de la Santísima Eucaristía en nuestro tiempo. Aquí fulgura con reflejos como divinos la íntima consonancia y comunión de sentimientos en el Vicario de Cristo con el espíritu mismo de Jesús. Si callásemos en este punto, se levantaría la multitud de los niños de ayer y de hoy para cantar hosannas a aquel que supo abatir las seculares barreras que les mantenían lejos de su Amigo de los tabernáculos. Sólo en un alma sabiamente candida y evangélicamente infantil como la suya podía encontrar resuelto eco el ardiente suspiro de Jesús: "Dejad que los niños se acerquen a Mí", y juntamente la comprensión del dulcísimo deseo de éstos de correr al encuentro del Redentor divino. Así fue el que dio Jesús a los niños y los niños a Jesús. Si Nos callásemos, hablarían los altares mismos del Santísimo Sacramento para testimoniar la exuberante floración de santidad que por obra de este Pontífice de la Eucaristía brotó en innumerables almas, para las cuales la frecuente y diaria comunión es hoy canon fundamental de perfección cristiana.

Hora de gloria

Amados hijos e hijas: Una hora de gloria pasa sobre nosotros en esta tarde luminosa. Es gloria que toca muy de cerca al Pontificado Romano, gloria que irradia a toda la Iglesia entera, gloria que brota aquí cerca de la tumba de un humilde hijo del pueblo, a quien Dios ha elegido, ha enriquecido y ha exaltado. Pero, sobre todo, es gloria de Dios, porque en Pío X se revela el arcano de la sabia y benigna Providencia que asiste a la Iglesia, y por medio de ella al mundo, en todas las épocas de la Historia. ¿Qué iba a significar—nos preguntábamos al principio— el nombre de Pío X? Nos parece verlo ahora claramente. Por su persona y por su obra, Dios quiso preparar a la Iglesia para los nuevos y arduos deberes que los tormentosos tiempos futuros le reservaban. Preparar a tiempo una Iglesia concorde en la doctrina, firme en la disciplina, eficaz en sus pastores; un laicado generoso, un pueblo instruido, una juventud santificada desde los primeros años,una conciencia cristiana atenta a los problemas de la vida social. Si hoy la Iglesia de Dios, lejos de retroceder frente a las fuerzas destructoras de los valores espirituales, sufre, combate y, por la divina virtud, avanza y redime, se debe en gran parte a la acción clarividente y a la santidad de Pío X. Hoy aparece manifiesto cómo todo su pontificado fue sobrenaturalmente dirigido según un designio de amor y de redención, para disponer los ánimos y afrontar nuestras mismas luchas, y para asegurar nuestras victorias y las victorias venideras.
Vosotros, por tanto, que lo sentís presente, vivo y cercano, en la obra desarrollada a lo largo de su vida y en la tutela que desde hoy ejercitará sobre vosotros, confiad en su intercesión y orad juntamente con Nos, así:

Oración al Santo Padre Pío X

¡Oh Beato Pontífice, fiel siervo de tu Señor, humilde y confiado discípulo del divino Maestro, en el dolor y en el gozo, en los trabajos y en las solicitudes, experimentado Pastor de la grey de Cristo!, dirige tu mirada a nosotros que nos postramos ante tus santos despojos.
Difíciles son los tiempos en que vivimos; duras las fatigas que ellos exigen de nosotros. La Esposa de Cristo, confiada en otro tiempo a tus cuidados, se encuentra de nuevo en graves angustias, sus hijos están amenazados por innumerables peligros de alma y cuerpo; el espíritu del mundo, como león rugiente, da vueltas buscando a quien poder devorar. No pocos caen como víctimas suyas. Tienen ojos y no ven; tienen oídos y no oyen. Cierran sus ojos a la luz de la eterna verdad; escuchan las voces de sirenas que insinúan engañosos mensajes. Tú, que fuiste aquí gran suscitador y guía del pueblo de Dios, sé auxilio e intercesor nuestro y de todos aquellos que se profesan seguidores de Cristo. Tú, cuyo corazón se hizo pedazos cuando viste el mundo precipitarse en sangrienta lucha, socorre a la Humanidad, socorre a la cristiandad, expuesta al presente a iguales riesgos; consigue de la misericordia divina el don de una paz duradera y como añadidura de ella el retorno de los espíritus a aquel sentido de verdadera fraternidad, única que puede volver a entronizar entre los hombres y las naciones la justicia y la concordia queridas por Dios.
Así sea.



(*) Los subtítulos en negrilla de los dos discursos han sido añadidos por nosotros para una lectura más reposada y comprensiva. (N.d.E)

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