domingo, 4 de enero de 2009

Ortodoxia (2)







por Gilbert Keith Chesterton



Capítulo II



El Maniático










a gente absolutamente mundana no entiende ni al mundo; se apoya en algunas pocas máximas cínicas que ni siquiera son ciertas. Recuerdo que cierta vez paseaba con un próspero editor que hizo una observación que yo ya había escuchado antes muchas veces; en realidad es casi un apotegma del mundo moderno. Sucedió, sin embargo, que la había oído con demasiada frecuencia y recién en ese momento comprendí de repente que carecía de significado. El editor dijo acerca de cierta persona: “Ese hombre llegará lejos; tiene fe en si mismo”. Recuerdo que, en el momento en que alcé la cabeza para escuchar mejor, mi mirada cayó sobre un ómnibus cuyo destino estaba indicado por un cartel que rezaba “Hanwell” [2] Le respondí al editor: “¿Quiere que le diga dónde están los hombres que más fe se tienen? Porque puedo decírselo. Conozco personas que se tienen una fe más colosal que la de Napoleón o la de César. Sé dónde fulgura la estrella fija de la certeza y el éxito. Puedo guiarlo hasta el trono de los superhombres. Las personas que realmente se tienen fe están todas en el manicomio.” Me contestó diciendo que, al fin y al cabo, había muchas personas que tenían fe en si mismas y que no estaban encerradas en asilos para lunáticos. “Sí, las hay” – retruqué – “y de todas las personas del mundo usted es quien más debe conocerlas. Aquel poeta borracho a quien usted le rechazó una tragedia lúgubre, creía en sí mismo. Aquel viejo pastor que escribió una obra épica y de quien usted se ha estado escondiendo en la trastienda, se tenía fe. Si consultara su experiencia comercial en lugar de consultar su horrenda filosofía individualista, sabría usted que el tenerse fe es una de las características más comunes de los fracasados. Los actores que no saben actuar, se tienen fe; al igual que los deudores que no le pagarán. Sería mucho más correcto decir que una persona fracasará con toda seguridad precisamente porque se tiene fe. La fe completa en uno mismo no es meramente un pecado; tenerse fe absoluta es una debilidad. Creer absolutamente en uno mismo es un credo tan histérico y supersticioso como el de creer en Joanna Southcote.[3] El hombre que profesa ese credo tiene la palabra “Hanwell” escrita sobre su frente de un modo tan claro como el cartel de ese ómnibus”. Y a todo esto, mi amigo el editor contestó con esta muy profunda y efectiva observación: “Bueno, pero si un hombre no cree ni siquiera en si mismo, ¿en qué tiene que creer?” Después de una larga pausa le respondí: "Iré a casa y escribiré un libro contestando a esa pregunta." Y éste es el libro que escribí para contestarla.

De modo que creo que este libro podría muy bien comenzar en dónde comenzó nuestra discusión – en las cercanías del manicomio. Los grandes científicos modernos están muy convencidos de la necesidad de comenzar toda investigación con hechos concretos. Los grandes religiosos antiguos estaban igualmente convencidos de esa necesidad. Comenzaban con el hecho del pecado – un hecho concreto, tan concreto como las papas. Más allá de si el hombre podía, o no podía, ser lavado con aguas milagrosas, no existió duda de que, de todas formas, quería ser lavado. Pero ciertos líderes religiosos de Londres – y no simples materialistas – han comenzado en nuestros días a negar, no la discutible propiedad del agua, sino la indiscutible suciedad. Ciertos teólogos ponen en duda el pecado original, que es la única parte realmente demostrable de la teología cristiana. Algunos discípulos del Reverendo R. J. Campbell, en su casi fastidiosa espiritualidad, admiten una inocencia divina que no pueden ver ni en sueños, mientras niegan esencialmente el pecado humano que pueden ver hasta en la calle. Tanto los más grandes santos como los más grandes escépticos han adoptado el mal positivo como el punto de partida de sus argumentos. Si resulta ser cierto (como ciertamente lo es) que un hombre puede llegar a sentir un placer exquisito desollando a un gato, pues entonces el filósofo de la religión tiene sólo dos conclusiones para deducir: o bien está forzado a negar la existencia de Dios, como lo hacen todos los ateos; o bien tiene que negar la deificación material del hombre, como lo hacen todos los cristianos. Lo que los nuevos teólogos parecen haber adoptado como solución racional al dilema es el recurso de negar el gato.

En esta curiosa situación resulta obvio que hoy no es posible (con alguna esperanza de concitar el consenso universal) comenzar, como lo hacían nuestros padres, con el hecho del pecado. Especialmente este hecho, que a ellos les quedaba (como me queda a mí) más claro que el agua, es justo el hecho que hoy resulta especialmente diluido o negado. Pero, si bien los modernos niegan la existencia del pecado, no creo que, al menos hasta ahora, hayan negado la existencia del manicomio. Todavía todos estamos de acuerdo en que el colapso del intelecto existe y es tan inconfundible como el colapso de un edificio. Los hombres niegan al infierno, pero todavía no niegan a Hanwell. A los fines de nuestro argumento principal, pues, el primero bien podría sustituir al segundo. Lo que quiero decir es que, así como antes todos los pensamientos y todas las teorías se juzgaban por la medida en que tendían a hacer que el hombre perdiera su alma, para nuestros fines todos los pensamientos modernos y todas las teorías actuales podrían ser juzgadas por la medida en que tienden a hacer que un hombre pierda el juicio.

Es cierto que algunos hablan de la locura livianamente y muy sueltos de cuerpo como si fuese, en si misma, algo atractivo. Pero un instante de reflexión basta para comprender que, cuando una enfermedad resulta atractiva, generalmente se trata de la enfermedad de algún otro. Una persona ciega puede ser pintoresca; pero se requieren dos ojos para verlo pintoresco. Y de un modo similar, la más salvaje de las poesías sobre la locura sólo puede ser disfrutada por los cuerdos. Al demente, su demencia le parecerá bastante prosaica; porque es bastante cierta. Una persona que cree ser una gallina se considerará exactamente tan común y corriente como una gallina. Una persona que cree ser un pedazo de vidrio será, para si mismo, tan aburrido como un pedazo de vidrio. Será la homogeneidad de su mente la que lo hará aburrido, y la que lo vuelve loco. Lo encontramos hasta divertido porque nos damos cuenta de la ironía de su idea; sólo porque él no percibe la ironía de su idea es que lo encierran en Hanwell en absoluto. En resumen: las cosas raras sólo asombran a la gente común. Las cosas raras no asombran a la gente rara. Esto explica por qué la gente común tiene una vida mucho más interesante y por qué la gente rara siempre se anda quejando de lo aburrido que es vivir. También por esto las nuevas novelas mueren con tanta rapidez mientras los viejos cuentos de hadas perduran por siempre. Los antiguos cuentos de hadas hacían del héroe un muchacho humano normal; son las aventuras de este muchacho las que asombran; y le asombran porque es normal. En cambio, en la novela psicológica moderna el héroe es anormal; el centro no es central. Consecuentemente las más increíbles aventuras no consiguen afectarlo y el libro se vuelve monótono. Se puede escribir un cuento a partir de un héroe entre dragones, pero no partiendo de un dragón entre dragones. El cuento de hadas especula con lo que el hombre cuerdo hará en un mundo loco. La sobria y realista novela actual especula con lo que un sujeto esencialmente desequilibrado hará en un mundo aburrido.

Comencemos, pues, con el manicomio; y partamos de esta posada maldita y fantástica en pos de nuestra travesía intelectual. Ahora bien, ya que estamos a punto de echarle un vistazo a la filosofía de la cordura, lo primero que tenemos que hacer es librarnos de un error grande y muy común. En todas partes existe por allí la noción de que la imaginación – y, en especial, la imaginación mística – es peligrosa para el equilibrio mental de una persona. Con frecuencia se considera que los poetas son psicológicamente poco confiables y, en términos generales, existe una vaga asociación entre una frente coronada de laureles y una cabeza con un tricornio sobre ella. Los hechos y la historia contradicen esta interpretación por completo. La mayoría de los poetas realmente grandes no sólo fue cuerda sino, por el contrario, tuvo rasgos extremadamente comerciales, y si Shakespeare realmente se dedicó alguna vez a criar caballos ello fue porque resultó ser la persona probablemente más adecuada para criarlos. La imaginación no cría demencia. Lo que cría demencia es la razón. Los poetas no se vuelven locos; los que se pueden volver locos son los jugadores de ajedrez. Los matemáticos se vuelven locos, y los cajeros; pero es muy raro que les suceda a los artistas creativos. Como se verá más adelante, de ninguna manera estoy atacando a la lógica. Lo único que digo es que el peligro está en la lógica, no en la imaginación. La paternidad artística es tan saludable como la paternidad física. Más aún, merece ser destacado que, en aquellos casos en los que un poeta fue realmente mórbido, el hecho, por regla general, obedeció a que tenían algún punto racional débil en su cerebro. Poe[4], por ejemplo, fue realmente mórbido; pero no porque fuese poético sino porque fue especialmente analítico. Hasta el ajedrez le resultaba demasiado poético. Le desagradaba el ajedrez porque estaba lleno de caballos y de castillos, al igual que un poema. Sobre un damero, prefería abiertamente las fichas negras porque se parecían más a los simples puntos negros de un diagrama. Quizás el argumento de mayor peso sea el siguiente: de todos los poetas ingleses, sólo uno se volvió loco; Cowper[5]. Y es indiscutible que fue llevado a la locura por la lógica, por la fea y extraña lógica de la predestinación. La poesía no fue su enfermedad sino su medicina; la poesía fue lo que, en parte, lo mantuvo sano. A veces consiguió olvidar el rojo y sediento infierno al que lo arrastraba su terrible necesitarismo[6] entre las anchas aguas y los blancos lirios del Ouse.[7] Cowper, condenado por Juan Calvino[8], casi resulta salvado por John Gilpin.[9] Por todas partes podemos ver que los hombres no enloquecen por haber soñado. Los críticos están mucho más enloquecidos que los poetas. Homero es bastante íntegro y calmado; son los críticos quienes lo despedazan y lo convierten en harapos extravagantes. Shakespeare es bastante fiel a si mismo; son tan sólo algunos críticos los que han descubierto que no era él sino algún otro[10]. Y a pesar de que San Juan el Evangelista vio muchos monstruos extraños en su visión, nunca vio una criatura tan salvaje como alguno de ésos que lo comentan.

El hecho general es simple. La poesía es sensata porque flota con facilidad sobre un mar infinito; la razón intenta cruzar ese mar infinito para hacerlo finito. El resultado es el agotamiento mental, similar al agotamiento físico del señor Holbein[11]. El aceptarlo todo es un ejercicio; el entenderlo todo es un sufrimiento. El poeta sólo desea exaltación y expansión; un mundo en el cual pueda estirarse. El poeta sólo pide poder meter la cabeza en los cielos. Es el especialista en lógica el que trata de meter los cielos en su cabeza. Y es la cabeza de él la que se parte.

Es un detalle, aunque no insignificante, que este conspicuo error se halla por lo común apoyado por una cita conspicuamente incorrecta. Todos hemos escuchado a personas recitar la célebre línea de Dryden[12] que dice: “El gran genio está en estrecha alianza con la locura”. Pero resulta que Dryden no dijo que el gran genio está en estrecha alianza con la locura. Dryden era un genio y lo sabía mejor. Hubiera sido difícil encontrar a un hombre más romántico o más sensato que él. Lo que Dryden dijo fue: “Los grandes intelectos están frecuentemente en estrecha alianza con la locura”, y eso es cierto. La que corre el peligro de un colapso es la pura agilidad intelectual. Por otra parte, la gente tendría que recordar también la clase de hombre de la que hablaba Dryden. No estaba hablando de un visionario alejado del mundo como Vaughan[13] o como George Herbert[14]. Hablaba de un cínico hombre de mundo, de un diplomático, de un gran político práctico. Esas personas están, por cierto, estrechamente aliadas a la locura. Los incesantes cálculos que hacen acerca de sus propios cerebros y acerca de los de otras personas constituyen una actividad peligrosa. Siempre es peligroso para la mente explorar a la mente. Cierta frívola persona preguntó por qué decimos “loco como un sombrerero”. Una persona más frívola todavía podría contestar que el sombrerero está loco porque tiene que medir la cabeza de las personas.

Y si con frecuencia los grandes razonadores son maniáticos, igualmente cierto es que los maniáticos son grandes razonadores. Cuando estuve enzarzado con el Clarion [15] en una controversia sobre la cuestión del libre albedrío, ese talentoso escritor que es el señor R. B. Suthers dijo que el libre albedrío es una locura porque significaba acciones sin causa y las acciones sin causa serían las de un demente. No me detendré aquí sobre este desastroso traspié de lógica determinista. Obviamente, si cualquier acción, hasta la de un demente, puede ser incausada, pues entonces el determinismo está liquidado. Si la cadena causal puede romperse en el caso de un loco, entonces se le puede romper a cualquiera. Pero mi propósito es señalar algo más práctico. Era natural, quizás, que un socialista marxista moderno no supiera nada del libre albedrío. Pero fue por cierto notable que un socialista marxista moderno no supiera nada de lunáticos. Lo último que se puede decir de un loco es que sus acciones carecen de causa. Solamente las acciones menores de cualquier persona sana pueden ser llamadas, y en forma muy laxa, incausadas: el silbar mientras se camina; escarbar el pasto con un bastón; golpear los tacones o frotarse las manos. Es el hombre sano el que hace esas cosas inútiles; el hombre enfermo no es lo suficientemente fuerte como para estar ocioso. Son exactamente esas acciones descuidadas y sin causa las que un demente nunca entendería; porque el demente (al igual que el determinista) por lo general ve demasiadas causas en todo. El loco le daría un significado conspirador a esas actividades triviales. Pensaría que el escarbar la hierba constituye un ataque a la propiedad privada. Pensaría que el golpear los tacones es la señal a un cómplice. Si por un instante el loco se descuidara, se volvería cuerdo. Cualquiera que haya tenido la desgracia de hablar con personas atacadas por – o al borde de – un desorden mental, sabe que la cualidad más siniestra de estas personas es una horrible capacidad para los detalles; esa capacidad de conectar una cosa con otra para elaborar un mapa más complicado que un laberinto. Si discute usted con un loco, lo más probable es que lleve las de perder porque en varias formas la mente del loco se moverá mucho más rápido ya que no se detiene en las cosas que exige el sano juicio. El loco no está limitado por el sentido del humor, ni por la caridad, ni por las pedestres certezas de la experiencia. Es más lógico porque ha perdido ciertos afectos propios de la cordura. En este sentido, la frase común que se usa para señalar la insania resulta engañosa. El loco no es quien ha perdido la razón. El loco es quien lo ha perdido todo menos la razón.

Cuando el loco explica algo, su explicación es siempre completa y, con mucha frecuencia, también es satisfactoria en un sentido puramente racional. O bien, para ser más estrictos: la explicación del loco, si no es concluyente, al menos es irrefutable; y esto puede ser observado en las dos o tres clases más comunes de locura. Si, por ejemplo, un hombre le dice que todo el mundo conspira contra él, a usted le resultará imposible refutarlo, a menos que le diga que todo el mundo niega ser un conspirador; lo cual es exactamente lo que harían los conspiradores. La explicación de él se ajusta a los hechos tanto como la de usted. O bien, si un hombre dice que es el Rey de Inglaterra, de nada serviría responderle que las autoridades vigentes lo consideran loco por decirlo; porque, si fuese el Rey de Inglaterra, eso podría ser lo más aconsejable que podrían hacer las autoridades vigentes. O bien, si un hombre dice que es Jesucristo, el responderle diciendo que el mundo niega su divinidad no lo refutará, porque el mundo también negó la divinidad de Cristo.

Y, sin embargo, el hombre está equivocado. Pero, si tratamos de rastrear su error en términos exactos, descubriremos que no es algo tan fácil de hacer como se supone. Quizás lo más aproximado sería decir que su mente se mueve en un círculo perfecto pero estrecho. Un círculo pequeño es bastante igual de infinito que un círculo grande; pero, si bien es casi tan infinito, no es igual de grande. De la misma forma, la explicación del demente es casi tan completa como la del cuerdo, pero no es tan amplia. Una bala es casi tan redonda como el mundo; pero no es el mundo. La universalidad estrecha existe; la eternidad pequeña y restringida existe; pueden ustedes observarlo en muchas religiones modernas. Ahora bien, hablando explícita y empíricamente, podríamos decir que el signo más evidente e inconfundible de la locura es esa combinación de totalidad lógica y contracción espiritual. La teoría del loco explica una gran cantidad de cosas, pero no las explica en gran medida. Lo que quiero decir es que, si usted o yo estuviésemos tratando con una mente que se está volviendo enferma, en forma principal no tendríamos que preocuparnos tanto por darle argumentos sino por darle aire; tendríamos que tratar de convencerla de que existe algo más limpio y más fresco fuera de la asfixia de un único argumento. Supongamos, por ejemplo, que se trata del primer caso que mencioné como típico. Supongamos que se trata del caso del hombre que acusa a todo el mundo de conspirar contra él. Si tuviésemos que expresar nuestra más sentida protesta y combatir esa obsesión, supongo que diríamos algo como: “Oh, admito que su caso es real y que lo siente de corazón, y que muchas cosas encajan en otras tal como lo dice usted. Admito que su explicación explica muchas cosas, pero ¡cuántas cosas no explica! ¿No hay en el mundo más historia que la suya? ¿Todo el mundo está ocupado con los asuntos de usted? Supongamos que concedemos los detalles. Supongamos que, cuando el hombre en la calle pareció no verlo, quizás fue por astucia. Quizás el policía que le preguntó su nombre lo hizo porque ya lo sabía. Pero ¡cuánto más feliz sería si tan sólo supiese que a todas estas personas usted no les importa para nada! ¡Cuanto más amplia sería su vida si usted pudiera empequeñecerse en ella; si pudiera observar realmente a las demás personas con curiosidad y placer comunes; si pudiera verlas caminar tal como son en su radiante egoísmo y en su viril indiferencia! Al no estar ellas interesadas en usted, podría empezar usted a interesarse en ellas. Podría escapar de este pequeño y mezquino teatro en el que siempre se representa su dramita personal y se encontraría usted bajo un cielo más despejado y en una calle llena de espléndidos desconocidos.” O supongamos que se trata del segundo caso de locura, el del hombre que pretende la corona. Nuestro impulso sería el de contestar: “¡Está bien! Quizás usted sabe que es el Rey de Inglaterra, pero ¿por qué le importa tanto? Haga un magnífico esfuerzo y se convertirá en un ser humano, y con eso podrá mirar desde arriba a todos los reyes de la tierra.” O bien podría tratarse del tercer caso, el del loco que decía ser Jesucristo. Si le dijéramos lo que sentimos, le podríamos decir: “Así que usted es el Creador y el Redentor del mundo. ¡Pero qué mundo más pequeño debe ser! ¡Qué cielo más pequeño debe habitar usted, con ángeles no más grandes que mariposas! ¡Debe ser muy triste ser Dios y, para colmo, un Dios inadecuado! Realmente, ¿no hay una vida más plena y un amor más maravilloso que el de usted? ¿Es realmente en su mezquina y penosa compasión que todo lo encarnado debe depositar su fe? ¡Cuánto más feliz sería usted si el martillo de un Dios más grande pudiera hacer añicos su pequeño cosmos, desparramando las estrellas como si fueran chispas y dejándolo a usted al aire libre, libre como los demás hombres para mirar tanto hacia arriba como hacia abajo!"

Hay que recordar que incluso la ciencia más puramente práctica ataca la enfermedad mental desde este punto de vista. No trata de discutir con ella como si fuese una herejía sino, simplemente, trata de romperla como se hace con un encantamiento. Ni la ciencia moderna ni la antigua religión creen en la completa libertad de pensamiento. La teología rechaza ciertos pensamientos llamándolos blasfemos. La ciencia rechaza ciertos pensamientos llamándolos enfermizos. Por ejemplo, algunas sociedades religiosas desaconsejaron, con mayor o menor éxito, que la persona pensara en el sexo. La nueva sociedad científica desaconseja terminantemente que las personas piensen en la muerte. La muerte es un hecho, pero es un hecho que se considera morboso. Y, al someter a tratamiento a quienes presentan una morbosidad con un toque de manía, la ciencia moderna se preocupa de la lógica pura mucho menos todavía que un derviche danzante. En estos casos no es suficiente que el pobre hombre desee la verdad; lo que tiene que desear es la salud. Nada puede salvarlo, excepto un ciego, casi bestial, hambre de normalidad. Una persona no puede salir de su enfermedad mental pensando, porque es precisamente el órgano del pensamiento el que se le ha enfermado volviéndose ingobernable como si se hubiese tornado independiente. Sólo puede ser salvado por la voluntad o por la fe. En el instante en que su razón aislada se empiece a mover, se moverá en la vieja senda circular; andará dando vueltas por su círculo lógico exactamente de la misma manera en que el hombre viajando en un vagón de tercera clase por el Inner Circle [16] andará dando vueltas por el Inner Circle hasta que consiga ejecutar la voluntaria, vigorosa y mística acción de bajarse en Gower Street.

En esto, todo depende de la decisión; hay que cerrar una puerta para siempre. Todo remedio es un remedio desesperado. Toda curación es milagrosa. Curar a un loco no es discutir con un filósofo; es exorcizar al demonio. Y por más suavemente que procedan los médicos y los psicólogos en esta materia, sus actitudes son profundamente intolerantes – tan intolerantes como las de Bloody Mary.[17] Porque su verdadera convicción es ésta: el paciente, si quiere seguir viviendo, tiene que dejar de pensar. El criterio es el de la amputación intelectual. Si tu cabeza te ofende, pues córtala; porque más vale ingresar al Reino de los Cielos, no sólo como un niño sino como un imbécil, y no que todo tu intelecto sea arrojado al infierno – o a Hanwell.[18]

Así es el loco real. Por lo común es un razonador, y con frecuencia un razonador exitoso. Sin duda podría ser conquistado en forma puramente racional planteándole su caso en forma lógica. Pero se le puede plantear ese caso con mucha mayor precisión en términos más generales e incluso más estéticos. El loco se encuentra en la limpia y bien iluminada prisión de una sola idea: se ha agudizado hasta un extremo penoso. Carece de la sana incertidumbre y de la sana complejidad. Ahora bien, tal como lo expliqué en la introducción, en estos capítulos no me propongo tanto ofrecer el diagrama de una doctrina como las imágenes de un punto de vista. Y he descrito en detalle mi visión del maniático por la siguiente razón: es que el maniático me produce la misma impresión que los pensadores modernos. Ese inconfundible tono, o esa nota, que oigo desde Hanwell, también la oigo desde las cátedras científicas y los centros de enseñanza de la actualidad; y muchos médicos de enfermos mentales tienen de enfermos mentales algo más que sus pacientes. Todos tienen exactamente la combinación que hemos observado: la combinación de una razón expansiva y exhaustiva con la contracción del sentido común. Son universales tan sólo en el sentido en que toman una sola delgada explicación y la llevan muy lejos. Pero, por más que se lo pueda estirar indefinidamente, un modelo seguirá siendo una modelo. Estas personas ven un tablero de ajedrez en blanco sobre negro; y aún cuando pavimentemos al universo entero con él, seguirán viéndolo en blanco sobre negro. Al igual que el loco, estas personas no pueden modificar su punto de vista; les resulta imposible hacer el esfuerzo mental para verlo de pronto en negro sobre blanco.

Para empezar, tomen ustedes el caso más obvio del materialismo. Como explicación del mundo, el materialismo tiene una especie de simpleza demencial. Posee justo la misma cualidad que el argumento del loco; nos produce la misma sensación de abarcarlo todo y de excluirlo todo simultáneamente. Contemplen a un materialista capaz y sincero como por ejemplo McCabe[19], y tendrán exactamente esa inigualable sensación. McCabe lo entiende todo, y parece que nada vale la pena ser entendido. Su cosmos podrá estar completo en cada remache y en cada engranaje, pero aún así sigue siendo más pequeño que nuestro mundo. De algún modo, su esquema, como el lúcido esquema del loco, parece no tomar conciencia de las energías externas y de la enorme indiferencia del mundo; su esquema no contiene un pensamiento sobre las cosas reales del mundo tales como la lucha contra otros pueblos, o las madres orgullosas, o el primer amor, o el miedo de navegar por el mar. Su tierra es tan enorme y su cosmos es tan diminuto. Su cosmos es algo así como el agujero más pequeño en el cual el hombre puede esconder la cabeza.

Hay que entender que aquí no estoy discutiendo la relación de estos credos con la verdad sino su relación con la salud. Más adelante en la discusión me dedicaré a atacar la cuestión de la veracidad objetiva; aquí sólo estoy hablando de un fenómeno psicológico. Por ahora, no pretendo demostrarle a Haeckel[20] que el materialismo es falso, como que tampoco intento demostrarle al hombre que se creyó Cristo que fue víctima de un error. Tan sólo quiero subrayar aquí el hecho de que ambos casos presentan la misma clase de atributo: son, en igual sentido, completos e incompletos a la vez. Si una persona es encerrada en Hanwell, el hecho puede ser explicado diciendo que un público indiferente crucificó a un dios que el mundo no merecía. La explicación, explica. En forma similar, se puede explicar el orden del universo diciendo que todas las cosas, incluso las almas de las personas, son hojas que se despliegan en forma inevitable sobre las ramas de un árbol completamente inconsciente – el ciego destino de la materia. La explicación, explica. Aunque no, por supuesto, en forma tan completa como la del loco. Pero la cuestión aquí es que la mente humana normal no sólo objeta ambas explicaciones sino que siente la misma objeción ante las dos. Lo que la mente normal diría, aproximadamente, es que, si el hombre de Hanwell es realmente Dios, pues no es gran cosa como Dios; y si el cosmos de los materialistas es el cosmos real, ese cosmos no es gran cosa. El concepto se ha encogido. La deidad es menos divina que muchas personas; y (de acuerdo con Haeckel) la totalidad de la vida es algo mucho más gris, estrecho y trivial que muchos de sus aspectos tomados por separado. La parte parece ser más grande que el todo.

Porque debemos recordar que la filosofía materialista (más allá de si es verdadera o no), resulta ciertamente mucho más limitante que cualquier religión. En cierto sentido, por supuesto, todas las ideas inteligentes son estrechas. No pueden ser más amplias que ellas mismas. Un cristiano sólo está restringido en el mismo sentido en el que lo está un ateo. El cristiano no puede pensar que el cristianismo es falso y seguir siendo un cristiano; y el ateo no puede pensar que el ateísmo es falso y seguir siendo ateo. Pero sucede que hay un sentido muy especial en el cual el materialismo tiene más restricciones que el espiritualismo. El señor McCabe piensa que soy un esclavo porque no me está permitido creer en el determinismo. Y yo a mi vez pienso que el señor McCabe es un esclavo porque no le está permitido creer en las hadas. Ahora, si examinamos las dos prohibiciones, veremos que la de él es una prohibición mucho más restrictiva que la mía. El cristiano es bastante libre de creer en que hay una cantidad apreciable de orden establecido y de desarrollo inevitable en el universo. Pero al materialista no le está permitido admitir en su inmaculada máquina la más mínima mancha de espiritualidad o de milagro. Al pobre señor McCabe no le está permitido conservar ni al más pequeño duende; ni aunque se esconda en una flor. El cristiano admite que el universo es múltiple y hasta heterogéneo, así como la persona cuerda sabe de si misma que es compleja. La persona cuerda sabe que tiene un toque de bestia, un toque de demonio, un toque de santo y un toque de ciudadano. Más aún: la persona realmente cuerda hasta sabe que tiene un toque de locura. Pero el materialista está seguro de que el mundo es bastante simple y sólido; del mismo modo en que el loco está bastante seguro de ser sensato. El materialista está seguro de que la historia no ha sido más que, simple y exclusivamente, una cadena causal; exactamente así como la interesante persona antes mencionada está segura de ser simple y solamente una gallina. Los materialistas y los locos nunca tienen dudas.

En realidad, las doctrinas espirituales no limitan a la mente como lo hacen las negaciones materialistas. Aún si creo en la inmortalidad no tengo que pensar en ella. Pero si no creo en la inmortalidad, no debo pensar en ella. En el primer caso, tengo el camino abierto y puedo ir tan lejos como quiera; en el segundo caso el camino está cerrado. Pero el caso es más concluyente todavía y el paralelo con la locura es aún más extraño. Nuestra imputación a la exhaustiva y lógica teoría del loco fue que, fuese verdadera o falsa, destruía gradualmente su humanidad. Ahora la imputación a las principales deducciones del materialista es que, sean verdaderas o falsas, destruyen gradualmente su humanidad. Y no me refiero sólo a que destruyen la bondad. Me refiero a la esperanza, al coraje, a la poesía, a la iniciativa; a todo lo que es humano. Por ejemplo, cuando el materialismo lleva las personas a un fatalismo absoluto (como generalmente sucede), resulta bastante inútil pretender que, en cualquier sentido que sea, constituye una fuerza liberadora. Es absurdo decir que alguien promueve la libertad de un modo especial cuando utiliza la libertad de pensar para destruir al libre albedrío.

Los deterministas vienen a atar, no a desatar. Hacen muy bien en llamar a su ley la “cadena” causal. Es la peor cadena que jamás amarró al ser humano. Se puede usar el lenguaje de la libertad todo lo que se quiera para difundir el materialismo, pero es obvio que ese lenguaje resulta inaplicable a la totalidad de la doctrina, del mismo modo en que resulta inaplicable al hombre encerrado en un manicomio. Si lo desean, pueden decir que el hombre es libre de pensar que es un huevo hervido. Pero de seguro será de más peso e importancia el hecho de que, si es un huevo hervido, no será libre de comer, beber, dormir, pasear o fumarse un cigarrillo. En forma similar podrán ustedes decir, si lo desean, que el audaz especulador determinista es libre de no creer en la realidad de la voluntad. Pero de seguro será de más peso e importancia el hecho de que no es libre de alabar, de maldecir, de agradecer, de justificar, de urgir, de castigar, de resistir tentaciones, de agitar muchedumbres, de hacer promesas de fin de año, de perdonar pecadores, de oponerse a tiranos; ni siquiera es libre de decir "gracias” cuando alguien le alcanza la mostaza.

Pasando a otro tema, no puedo dejar de apuntar la extraña falacia que presenta al materialismo fatalista como algo en cierta forma favorable a la misericordia, a la abolición de los castigos crueles, o a la abolición de los castigos sean de la clase que fueren. Esto es notoriamente contrario a la verdad. Es sostenible que la doctrina de la necesidad no cambia nada en absoluto; que deja azotando al flagelador y alentando al buen amigo igual que antes. Pero, obviamente, si resulta que detiene a alguno de los dos, detendrá al buen amigo que alienta. Que los pecados sean inevitables es un hecho que no evitará el castigo; en todo caso, si es que evita algo, evitará la persuasión. El determinismo tiene tantas probabilidades de inducir a la crueldad como ciertamente las tiene de inducir a la cobardía. El determinismo no es incompatible con el tratamiento cruel de los criminales. Es (quizás) incompatible con darles un tratamiento generoso; con cualquier apelación a sus mejores sentimientos o con la exhortación a superar su conflicto moral. El determinista no cree en la eficacia de apelar a la voluntad, pero cree en la eficacia de cambiar el entorno. No le puede decir al pecador: “Anda, y no peques más”, porque, según su concepción, el pecador no puede evitar el pecado. Pero puede sumergirlo en aceite hirviendo porque el aceite hirviendo es un entorno. Por consiguiente, considerado como un personaje, el materialista posee el fantástico perfil del loco. Ambos adoptan una postura que es, al mismo tiempo, incontestable e intolerable.

Por supuesto, lo señalado no se aplica tan sólo al materialista. Lo mismo podría decirse de cualquier otro extremo de lógica especulativa. Existe una clase de escéptico que es mucho más terrible que el que cree que todo comenzó en la materia. Podemos toparnos con el escéptico que cree que todo comenzó dentro de él. Éste es uno que duda, no de la existencia de ángeles y demonios, sino de la existencia de seres humanos y de vacas. Para él, sus propios amigos no son sino una mitología creada por él mismo. Creó a su propio padre y a su propia madre. Esta horrible fantasía posee una cosa que decididamente atrae al, algo místico, egoísmo actual. Ése editor que pensaba que los hombres obtendrían éxito creyendo en si mismos; esos buscadores del superhombre que lo buscan mirándose al espejo; esos escritores que hablan de impresionar con sus personalidades en lugar de crear vida para el mundo; todas estas personas se encuentran sólo a una pulgada de ese tremendo vacío. Y luego, cuando este amable mundo que existe alrededor del ser humano haya sido ennegrecido como una mentira; cuando los amigos se desvanezcan y se vuelvan fantasmas; cuando fallen todos los cimientos del mundo; cuando el hombre, no creyendo en nada ni en nadie, se encuentre solo en su propia pesadilla; pues entonces, en vengativa ironía, se escribirá sobre él el gran lema individualista. Las estrellas serán sólo puntos en la oscuridad de su cerebro; el rostro de su madre será tan sólo un boceto que su propio lápiz demente dibujó sobre la pared de su celda. Pero sobre la puerta de su celda estará escrito con aterradora verdad: “Aquí hay uno que cree en si mismo”.

No obstante, todo lo que nos interesa aquí es que este extremismo intelectual panegoísta presenta la misma paradoja que aquél otro extremo del materialismo. Es igual de completo en teoría e igual de amputador en la práctica. En aras de ser simples, es más fácil explicar la noción diciendo que una persona puede creer que está constantemente en un sueño. Ahora bien, es obvio que no se le puede demostrar positivamente que no está en un sueño por la simple razón de que no se le puede ofrecer ninguna prueba que no se le podría ofrecer también en un sueño. Pero si el hombre comenzara a incendiar Londres y a decir que su ama de llaves pronto lo llamará para desayunar, lo llevaríamos y lo pondríamos, junto con otros especialistas en lógica, en ese lugar que tantas veces hemos mencionado en este capítulo. La persona que no puede creerle a sus sentidos está loca, y la persona que no puede creerle a nada fuera de sus sentidos está igual de loca; y su locura no queda demostrada por ningún error de argumentación sino por el hecho que toda la vida de estas personas está manifiestamente errada. Ambos se han encerrado en sendas cajas que del lado interno tienen pintado el sol y las estrellas; ambos son incapaces de salir, el uno a la salud y a la felicidad del cielo y el otro ni siquiera a la salud y a la felicidad de la tierra. La posición de los dos es bastante razonable; más aún: en cierto sentido es infinitamente razonable del mismo modo en que una moneda de tres peniques es infinitamente circular. Pero existe la infinitud malvada, y la eternidad vil y esclava. Es divertido observar que muchos de los modernos, ya sean escépticos o místicos, han adoptado como signo cierto símbolo oriental que es el símbolo mismo de esta definitiva nulidad. Cuando quieren representar a la eternidad lo hacen mediante una serpiente que se muerde la cola. Hay un sorprendente sarcasmo en la imagen de esta más que insatisfactoria comida. La eternidad de los fatalistas materialistas, la eternidad de los pesimistas orientales, la eternidad de los arrogantes teósofos y de los encumbrados científicos actuales está, de veras, muy bien representada por una serpiente que se come la cola; un animal degradado que se destruye hasta a si mismo.

Este capítulo es puramente práctico y está dedicado a lo que en la actualidad constituye el principal signo y el principal elemento de la demencia. Resumiendo, podemos decir, pues, que es la razón utilizada sin raíces; la razón en el vacío. La persona que comienza a pensar sin los primeros principios adecuados, se vuelve loca; comienza a pensar desde el lado equivocado. Y a lo largo del resto de estas páginas tenemos que tratar de descubrir cuál es el lado correcto. Pero, en conclusión, si esto es lo que enloquece a las personas, podríamos preguntar: ¿qué es lo que las mantiene cuerdas? Hacia el fin de este libro espero dar una respuesta definitiva; algunos pensarán que demasiado definitiva. Pero, por el momento y en la misma forma estrictamente práctica, es posible dar una respuesta general a la pregunta de qué es lo que, en la historia humana real, ha mantenido la salud mental de los seres humanos. Es el misticismo el que nos ha mantenido mentalmente sanos. Mientras tengáis misterio, tendréis salud; destruid el misterio y habréis creado la enfermedad. El hombre común siempre ha estado mentalmente sano porque siempre fue un místico. Siempre aceptó la media luz. Siempre estuvo con un pie sobre la tierra y con el otro en el país de las hadas. Siempre se ha sentido libre de dudar de sus dioses pero (a diferencia del agnóstico[21] actual) también se sintió libre para creer en ellos. Siempre le importó más la verdad que la consistencia. Si vio dos verdades que parecían contradecirse, tomo las dos verdades y las contradicciones junto con ellas. Su visión espiritual es estereoscópica, al igual que su visión biológica: ve dos imágenes en forma simultánea y sin embargo, o justo por eso, ve mejor. Así, siempre ha creído que existe algo llamado destino pero también algo llamado libre albedrío. Así, creyó que los niños eran realmente del reino de los cielos, pero sin embargo debían obedecer a los reinos de la tierra. Admiró a la juventud porque era joven y a la vejez porque no lo era. Es exactamente este equilibrio de contradicciones aparentes lo que ha constituido toda la vitalidad del hombre sano. Todo el secreto del misticismo consiste en que el ser humano puede entenderlo todo con la ayuda de lo que no entiende. El experto en lógica enfermo busca dilucidarlo todo y consigue hacer que todo sea misterioso. El místico permite que una cosa siga siendo misteriosa y todo lo demás se vuelve lúcido. El determinista expone con bastante claridad la teoría causal, y después se encuentra con que no le puede decir “si le parece” a su mucama. El cristiano permite que el libre albedrío continúe siendo un misterio sagrado pero, a consecuencia de eso, sus indicaciones a la mucama adquieren una claridad meridiana. Deposita la semilla del dogma en una oscuridad central, pero la semilla se ramifica en todas direcciones derrochando salud natural. Así como tomamos el círculo para simbolizar a la razón y a la locura, podríamos muy bien tomar a la cruz como símbolo tanto del misterio como de la salud. El budismo es centrípeto pero el cristianismo es centrífugo; se escapa hacia afuera. Porque el círculo es perfecto e infinito por naturaleza; pero su tamaño está fijado para siempre y nunca puede ser ni mayor, ni menor. Pero la cruz, si bien tiene una colisión y una contradicción en su corazón, puede extender sus cuatro brazos por toda la eternidad sin cambiar su forma. Puede crecer sin cambiar porque tiene una paradoja en su centro. El círculo vuelve sobre si mismo y está limitado. La cruz abre los brazos a los cuatro vientos y es un cartel indicador para viajeros libres.

Los símbolos, por si mismos, tienen hasta un valor nebuloso cuando se habla de estas cuestiones profundas y otro símbolo de naturaleza física expresará adecuadamente el verdadero lugar del misticismo para la humanidad. El único objeto creado al que no podemos mirar es el único objeto a cuya luz lo vemos todo. Como el sol al atardecer, el misticismo explica todo lo demás por la llama de su propia, victoriosa, invisibilidad. El intelectualismo autárquico es tan sólo luz de luna, luz sin calor, luz secundaria, reflejada por un mundo muerto. Y los griegos tuvieron razón cuando hicieron de Apolo tanto el dios de la imaginación como el dios de la salud; porque fue tanto el protector de la poesía como el protector de las curaciones. De los dogmas necesarios y de un credo especial hablaré más adelante. Pero ese trascendentalismo en virtud del cual todos los hombres viven tiene en forma principal mucho de la posición del sol en el cielo. Lo percibimos como una especie de espléndida confusión; es algo brillante y al mismo tiempo sin forma definida, es luz y sombra simultáneamente. Pero el círculo de la luna es claro e inconfundible, tan recurrente como inevitable, es como el círculo de Euclides sobre un pizarrón. Porque la luna es completamente razonable; y la luna es la madre de los lunáticos y les ha dado el nombre a todos ellos.


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