
por Gilbert K. Chesterton
III
El suicidio del pensamiento
as frases que se dicen en la calle no son sólo enérgicas sino también sutiles; porque una expresión idiomática muchas veces puede terminar en una grieta demasiado pequeña para una definición. Hay frases populares que podrían haber sido acuñadas por el señor Henry James[22] en una agonía de precisión verbal. Y no hay verdad más sutil que la cotidiana referencia al hombre que tiene "el corazón en el lugar adecuado". Es algo que incorpora la idea de la proporción normal; no sólo afirma la existencia de una función sino también su justa relación con otras funciones. Más aún; la negación de esta frase describiría con peculiar precisión esa algo enfermiza compasión y perversa condescendencia de la mayoría de los personajes representativos modernos. Por ejemplo, si tuviese que describir con justicia el carácter del señor Bernard Shaw, lo más exacto que podría expresar sería decir que tiene un corazón heroicamente grande y generoso; pero no un corazón en el lugar adecuado. Y esto se aplica de la misma manera a la típica sociedad de nuestro tiempo.El mundo moderno no es malvado; en ciertos aspectos el mundo moderno es demasiado bueno. Está lleno de plenas y desperdiciadas virtudes. Cuando una religión se desmembra (como se desmembró el cristianismo con la Reforma) no es tan sólo que los vicios quedan sueltos. Es cierto que los vicios quedan sueltos y se esparcen haciendo daño. Pero también las virtudes quedan sueltas, y las virtudes se esparcen de un modo más salvaje; con lo cual las virtudes hacen un daño más terrible. El mundo moderno está repleto de virtudes cristianas que se han vuelto locas. Y esas virtudes enloquecieron porque han quedado aisladas las unas de las otras y están deambulando solas. Así, a algunos científicos les importa la verdad; pero sus verdades carecen de misericordia. Así, a algunos humanitaristas sólo les importa la misericordia pero su misericordia (lamento tener que decirlo) muchas veces carece de verdad. Por ejemplo, el señor Blatchford[23] ataca al cristianismo porque está furioso por una virtud cristiana: la meramente mística y casi irracional virtud de la caridad. Tiene la extraña idea de que puede facilitar el perdón de los pecados diciendo que no hay pecados que perdonar. El señor Blatchford no es solamente un primer cristiano, es el único primer cristiano que realmente tendría que haber sido comido por los leones. Porque, en su caso, la acusación pagana es realmente cierta: su caridad significaría tan sólo simple anarquía. Es realmente enemigo de la raza humana por ser tan humano. En el otro extremo podemos tener al cáustico realista que ha asesinado en si mismo todo placer humano por los cuentos felices o por los bálsamos del corazón. Torquemada[24] torturó a la gente físicamente en aras de la verdad moral. Zola[25] torturó a la gente moralmente en aras de la salud física. Pero en la época de Torquemada al menos había un sistema en el cual, en cierta medida, la justicia y la paz se podían dar un beso. Actualmente ni siquiera se saludan. Pero, aparte de la verdad y la misericordia, el caso de la dislocación de la humildad es mucho peor.
Nos ocuparemos aquí de tan sólo un aspecto de la humildad. La humildad fue pensada como un freno a la arrogancia y a lo ilimitado de los apetitos del hombre. El ser humano siempre ha estado superando sus compasiones con sus propias, inventadas, nuevas necesidades. Su mismo poder para gozar destruyó la mitad de sus deleites. Reclamando el placer, perdió el mayor placer de todos; porque el placer más grande es el de la sorpresa. A partir de esto se hizo evidente que, si el hombre quería agrandar su mundo, debía siempre hacerse pequeño a si mismo. Aún las ambiciosas visiones, las altas ciudades, y los elevados pináculos son creaciones de la humildad. Los gigantes que pisotean bosques enteros como si fuesen pasto, son creaciones de la humildad. Torres que se esfuman sobrepasando en altura a la más solitaria de las estrellas, son creaciones de la humildad. Porque las torres no son altas a menos que las miremos desde abajo; y los gigantes no son gigantes a menos que sean más altos que nosotros. Toda esta gigantesca imaginación que constituye, quizás, uno de los mayores placeres del hombre, es en lo fundamental completamente humilde. Sin humildad es imposible disfrutar algo – incluso el orgullo.
De lo que padecemos en la actualidad es de una humildad puesta en el lugar equivocado. La modestia se ha desplazado del órgano de la ambición. Se ha instalado sobre el órgano de la convicción; un lugar en el cual nunca se pensó que debería estar. Se suponía que el hombre podía dudar de si mismo pero no dudar de la verdad. Y actualmente esto es exactamente al revés. Hoy en día la parte del ser humano que el hombre exalta es exactamente la parte que no debería exaltar – a si mismo. Y la parte de la cual duda es exactamente la parte de la que no debería dudar – la Razón Divina. Huxley[26] predicó una humildad que se limitaba a aprender de la naturaleza. Pero el nuevo escéptico es tan humilde que duda hasta de que pueda aprender. Por ello estaríamos equivocados si dijésemos apresuradamente que no existe una humildad típica de nuestro tiempo. La verdad es que hay una humildad típica de nuestro tiempo, pero sucede que, prácticamente, es una humildad más venenosa que las más extremas postraciones del asceta. La antigua humildad fue una espuela que le impedía al hombre detenerse; no un clavo en su zapato que le impedía avanzar. Porque la antigua humildad hacía que el hombre dudara de sus esfuerzos; lo que lo hacía trabajar más duro. La nueva humildad hace que el hombre dude de sus objetivos; lo cual lo lleva a dejar de trabajar en absoluto.
En cada esquina podemos encontrarnos con una persona que profiere la delirante y blasfema afirmación de que puede estar equivocado. Todos los días nos encontramos con alguien que nos dice que, por supuesto, su punto de vista podría no ser el correcto. Por supuesto que su punto de vista tiene que ser el correcto. Si no lo fuera, no sería su punto de vista. Estamos en el mejor camino de producir una raza de personas mentalmente tan modestas que ya no creerán ni en la tabla de multiplicar. Estamos en peligro de ver filósofos que dudan de la ley de la gravedad como si ésta fuese un capricho inventado por ellos. Los burlones de antaño eran demasiado orgullosos como para dejarse convencer, pero éstos son demasiado humildes para convencerse. Los humildes heredarán la tierra; pero éstos son demasiado humildes hasta para reclamar su herencia. Nuestro segundo problema es exactamente esta impotencia intelectual.
El capítulo anterior estuvo dedicado a un único hecho de observación directa: que el hombre corría más peligro de enfermar por la razón que por la imaginación. El capítulo no fue pensado para atacar la autoridad de la razón; en última instancia, su propósito fue más bien el de defenderla. Porque necesita ser defendida. Todo el mundo moderno está en guerra contra la razón; y la torre ya se tambalea.
Se dice con frecuencia que los sabios no le encuentran respuesta al enigma de la religión. Pero el problema con nuestros sabios no es que no pueden ver la respuesta; el problema que tienen es que no pueden ver ni siquiera al enigma. Son como niños, tan estúpidos que no perciben nada de paradójico en la jocosa afirmación de que una puerta es una puerta. Por ejemplo, los modernos latitudinarios[27] hablan de la autoridad en la religión, no sólo como si no habría razón alguna para su existencia sino como si nunca hubiese habido razón alguna para su existencia. No sólo dejan de ver su base filosófica sino que hasta les resulta imposible ver sus causas históricas. Sin duda, la autoridad religiosa ha sido con frecuencia opresiva o irracional; así como todo sistema legal (y especialmente nuestro sistema actual) ha sido insensible y lleno de cruel apatía. Es racional atacar a la policía; no, ¡qué digo!, es glorioso. Pero los críticos modernos de la autoridad religiosa son como personas que atacan a la policía sin haber oído jamás hablar de ladrones. Y es que la mente humana se halla expuesta a un peligro grande y posible: un peligro tan prácticamente concreto como el robo. Es contra este peligro que se levantó, para bien o para mal, la autoridad religiosa como una barrera. Y ciertamente algo tiene que ser levantado a modo de barrera contra él si nuestra especie ha de evitar la ruina.
El peligro está en que el intelecto humano es libre de autodestruirse. Así como una generación podría evitar la existencia misma de la generación siguiente entrando todos al monasterio o saltando al mar; del mismo modo un grupo de pensadores puede evitar hasta cierto punto todo pensamiento posterior enseñándole a la generación siguiente que el pensamiento humano no tiene nada de válido. Es inútil hablar siempre de la alternativa entre razón o fe. La propia razón es cuestión de fe. Es un acto de fe afirmar que nuestros pensamientos tienen alguna relación en absoluto con la realidad. Si usted es tan sólo un escéptico, tarde o temprano tendrá que preguntarse: “¿Por que ha de salir bien cualquier cosa; incluso la observación y la deducción? ¿Por qué la buena lógica no ha de ser tan engañosa como la mala lógica? ¿No son ambas movimientos en el cerebro de un mono confundido?” El escéptico joven nos dice: “Tengo derecho a pensar por mi mismo”. Pero el escéptico viejo, el escéptico total, nos dirá: “No tengo derecho a pensar por mi mismo. No tengo derecho a pensar en absoluto”.
Hay un pensamiento que paraliza al pensamiento. Ése es el único pensamiento de debería ser inmovilizado. Ése es el mal crucial contra el cual estuvo dirigida toda autoridad religiosa. Aparece sólo al final de las épocas decadentes como la nuestra. El señor H. G. Wells[28] ya levantó su ruinosa bandera al escribir una delicada pieza de escepticismo llamada “Dudas del Instrumento”. En ella, cuestiona al cerebro mismo e intenta eliminar por completo la realidad de todas sus propias afirmaciones, ya sean pasadas, presentes o futuras. Y es contra esta extensa ruina que se estructuraron y se gobernaron todos los sistemas militares religiosos. Las creencias y las cruzadas, las jerarquías y las horribles persecuciones no se organizaron, como dicen los ignorantes, para suprimir a la razón. Se organizaron para la difícil tarea de defenderla. El hombre supo, por ciego instinto, que una vez que las cosas se cuestionasen de forma salvaje, la razón podría ser la primera en ser cuestionada. La autoridad de los sacerdotes para absolver; la autoridad de los papas para definir la autoridad; incluso la autoridad de los inquisidores para aterrorizar: todas fueron sólo débiles defensas erigidas alrededor de una autoridad central, más indemostrable y más sobrenatural que todas ellas – la autoridad del hombre para pensar. Sabemos que esto es así; no tenemos excusa alguna para no saberlo. Porque podemos oír como el escepticismo rompe el círculo de las autoridades y, en el mismo momento, podemos ver a la razón tambalearse sobre su trono. En la medida en que la religión se va, la razón se va con ella. Porque ambos son de la misma clase primaria y autoritaria. Ambos son métodos de demostración que no pueden ser demostrados. Y mediante el acto de destruir la idea de la autoridad divina hemos destruido en gran medida la idea de esa autoridad humana mediante la cual hacemos cálculos integrales y diferenciales. Con un tirón largo y sostenido hemos tratado de quitarle la mitra al pontífice; y resultó que le arrancamos la cabeza junto con la mitra.
Para que no se diga que todo esto es simplemente un conjunto de afirmaciones sin fundamento, quizás sea conveniente – aunque aburrido – repasar rápidamente las principales modas intelectuales modernas que producen este efecto de paralizar al propio pensamiento. El materialismo y la doctrina de que todo es una ilusión personal producen ambos algo de este efecto, porque si la mente es mecánica, el pensamiento no puede ser demasiado excitante, y si el cosmos es irreal, no hay nada en qué pensar. Pero en estos casos el efecto es indirecto y podría ponerse en duda. En otros casos es directo y claro; especialmente en el caso de lo que comúnmente se llama evolución.
La evolución es un buen ejemplo de esa inteligencia moderna que, si hay algo que destruye, es a si misma. La evolución es, o bien una descripción científica inocente de cómo sucedieron ciertas cosas terrenales, o bien y si es algo más que eso, constituye un ataque a si misma. Si hay algo que la evolución destruye, no es a la religión sino al racionalismo. Si la evolución simplemente significa que una cosa positiva llamada mono se convirtió muy lentamente en otra cosa positiva llamada hombre, pues en ese caso no le resulta urticante ni al más ortodoxo porque un Dios personal puede hacer las cosas tanto lenta como rápidamente; en especial si, como el Dios cristiano, es un Dios que está más allá del tiempo. Pero si significa algo más, eso querrá decir que no hay un mono que cambie y tampoco hay un hombre en el cual se puede transformar. Significará que no hay una cosa que sea tal cosa. En el mejor de los casos, habrá sólo algo así como un flujo de todo y cualquier cosa. Y éste no es un ataque a la fe sino un ataque a la mente; nadie puede pensar si no hay algo acerca de lo cual pensar. Nadie puede pensar si no está separado del objeto pensado. Descartes dijo: “Pienso, luego existo”. El filósofo evolucionista invierte y negativiza el epigrama diciendo: “No soy, luego no puedo pensar.”
Después está el ataque opuesto al pensamiento: es el que propone el señor H. H. Wells cuando insiste en que cada cosa por separado es “única” y que no hay categorías en absoluto. Esto también es tan sólo destructivo. Pensar significa conectar cosas entre sí, y el pensamiento se detiene si las cosas no pueden ser conectadas. Ni hace falta decir que este escepticismo que prohíbe el pensamiento, prohíbe también el lenguaje; una persona no podría ni siquiera abrir la boca sin contradecirlo. Por ello, cuando el señor Wells dice (como lo ha hecho en alguna parte): “todas las sillas son muy diferentes”, no sólo está emitiendo una afirmación errada sino una contradicción en los términos. Si todas las sillas fuesen diferentes nadie podría decir “todas las sillas”.
Similar a las anteriores es la falsa teoría del progreso que sostiene que alteramos el examen en lugar de tratar de pasar el examen. Con frecuencia escuchamos, por ejemplo: “Lo que está bien para una época está mal para la otra”. Esto resulta bastante razonable si lo que se quiere decir es que hay un objetivo fijo y que ciertos métodos son adecuados para ciertas épocas y no para algunas otras. Si, pongamos por caso, las mujeres desean ser elegantes, es posible que logren progresar volviéndose más gordas en una época y más flacas en otra. Pero nadie puede decir que progresarán dejando de querer ser elegantes y comenzando a desear ser oblongas. Si el criterio varía, ¿cómo puede haber progreso siendo que éste implica un criterio? Nietzsche[29] empezó con esa idea insensata de que los hombres de otrora consideraban bueno lo que hoy llamamos malo. Si fuese cierto, no podríamos hoy hablar ni de superarlos, ni de haber sido superados por ellos. ¿Cómo puede usted adelantarse a Juan si ambos caminan en direcciones diferentes? No se puede discutir si un pueblo tuvo más éxito en ser miserable que otro pueblo en ser feliz. Sería como discutir si Milton[30] era más puritano de lo que un cerdo es gordo.
Es cierto que una persona (una persona tonta) puede hacer del cambio mismo su objetivo o su ideal. Pero, como ideal, el cambio mismo se vuelve incambiable. Si el idólatra del cambio quisiera estimar su propio progreso, tendría que ser férreamente leal a su ideal de cambio y no tendría que empezar a flirtear con el ideal de la monotonía. El progreso mismo no puede progresar. Dicho sea de paso, vale la pena apuntar que, cuando Tennyson[31] – de un modo alocado y débil – festejó la idea de una infinita alteración de la sociedad, instintivamente eligió una metáfora que sugiere un tedio aprisionado. Escribió:
“Dejad al mundo girar por siempre por los tintineantes surcos del cambio.”
Concibió al cambio mismo como un surco incambiable; y así es. El cambio es casi el surco más estrecho y más difícil en el cual el hombre puede llegar a meterse.
Sin embargo, el argumento principal aquí es que esta idea de la alteración fundamental constituye una de las cosas que hace simplemente imposible pensar acerca del pasado o del futuro. La teoría de un cambio completo en las normas de la historia humana no nos priva simplemente del placer de honrar a nuestros padres; nos priva hasta del más moderno y aristocrático placer de despreciarlos.
Este breve resumen de las fuerzas destructoras del pensamiento que operan en nuestro tiempo no estaría completo sin alguna referencia al pragmatismo[32]. Si bien he defendido y habré de defender al método pragmático como guía preliminar a la verdad, existe una aplicación extrema del mismo que implica la ausencia de cualquier clase de verdad. Lo que quiero decir puede expresarse brevemente así: estoy de acuerdo con los pragmáticos en que la verdad objetiva no lo es todo y que hay una exigencia imperiosa de creer en las cosas que le son necesarias a la mente humana. Pero digo que una de esas exigencias es, precisamente, el creer en una verdad objetiva. El pragmático le dice al hombre que piense en lo que debe pensar y que se despreocupe del Absoluto. Pero precisamente una de las cosas en las que tiene que pensar es en el Absoluto. Esta filosofía, realmente, es una especie de paradoja verbal. El pragmatismo es una cuestión de necesidades humanas; y una de las primeras necesidades humanas es la de ser algo más que un pragmático. El pragmatismo extremo es tan inhumano como el determinismo al cual tan vigorosamente ataca. El determinista (que, para hacerle justicia, no pretende que es un ser humano) convierte en un sinsentido al sentido humano de la opción real. El pragmático, que se profesa especialmente humano, convierte en sinsentido al sentido humano del hecho real.
Para resumir nuestra argumentación hasta aquí, podemos decir que la característica de la mayoría de las filosofías actuales es que no sólo tienen un toque de manía sino un toque de manía suicida. Quienes se hacen tantas preguntas, se han golpeado la cabeza contra los límites del pensamiento humano y se han roto la crisma. Esto es lo que hace tan inútiles las advertencias de los ortodoxos y los alardeos de los progresistas acerca de la peligrosa juventud del librepensamiento[33]. Lo que estamos viendo no es la juventud del librepensamiento; es la senectud y la disolución final del librepensamiento. Es inútil que los obispos y los grandes piadosos capitostes discutan acerca de las terribles cosas que sucederán si el escepticismo desbocado sigue su curso. Ya ha terminado de seguir su curso. Es inútil que elocuentes ateos hablen de las grandes verdades que serán reveladas una vez que veamos el comienzo del librepensamiento. Ya hemos visto su fin. El librepensamiento ya no tiene más preguntas para hacer; ya se ha cuestionado hasta a si mismo. No es posible imaginarse una visión más increíble que la de una ciudad en la que las personas se cuestionan a si mismas preguntándose si son si mismas. No es posible imaginarse un mundo más escéptico que aquél en el cual las personas dudan hasta de la existencia del mundo. Ciertamente, el mundo hubiera logrado quedar en bancarrota más rápido y de un modo más limpio de no ser por la tímida aplicación de esas indefendibles leyes contra la blasfemia o por esa absurda pretensión de que la Inglaterra moderna es cristiana. Pero la bancarrota hubiera llegado de todos modos. A los ateos militantes se los persigue injustamente; pero no porque sean una minoría nueva sino porque son una minoría vieja. El librepensamiento ha agotado su propia libertad. Está cansada de su propio éxito. Si hoy cualquier librepensador exalta la libertad filosófica como si fuera el amanecer, sólo consigue hacer el papel de aquél hombre de Mark Twain[34] que salió envuelto en sus sábanas para ver salir al sol y llegó justo a tiempo para ver cómo se ponía. Si algún cura asustado todavía dice que sucederá algo terrible cuando se haya difundido la tiniebla del librepensamiento, sólo podemos responderle con las elevadas y poderosas palabras del señor Belloc:[35] "Os imploro; no os preocupéis por el aumento de las fuerzas que ya se están disolviendo. Os habéis equivocado con la hora de la noche: ya es de mañana." No quedan preguntas por hacer. Hemos estado buscando preguntas en los rincones más oscuros y en los picos más extraordinarios. Hemos encontrado todas las preguntas que se pueden encontrar. Ya es tiempo de dejar de buscar preguntas y comenzar a buscar respuestas.
Tan sólo unas palabras más. Al comienzo de este esquema negativo preliminar dije que nuestra desgracia mental ha sido producida por una razón desbocada y no por una imaginación desbocada. Una persona no se vuelve loca por hacer una estatua de una milla de altura sino por tratar de pensarla y concebirla en pulgadas cuadradas. Ahora bien, hay una escuela de pensadores que se ha dado cuenta de esto y ha corrido a tomarlo como una forma de renovar la salud pagana del mundo. Estas personas ven que la razón destruye pero la voluntad, según ellos, es creadora. La autoridad definitiva, dicen, es la voluntad y no la razón. El argumento final no es por qué el hombre exige una cosa sino el hecho que la exige. No tengo lugar suficiente aquí para exponer esta filosofía de la Voluntad. Supongo que nos viene de Nietzsche, quien predicó algo que se llama egoísmo. Eso, por cierto, fue bastante ingenuo porque Nietzsche negó al egoísmo simplemente predicándolo. El predicar algo es regalarlo. Primero el egoísta define a la vida como una guerra sin cuartel y luego se toma todo el trabajo posible en adiestrar a sus enemigos para esa guerra. Es que para predicar el egoísmo hay que practicar el altruismo. Pero, sea como fuere que comenzó, el punto de vista está bastante difundido en la literatura actual. La principal defensa de estos pensadores es que no son pensadores; son hombres de acción, son hacedores. Nos dicen que la opción en sí es la cosa divina. De este modo, el señor Bernard Shaw atacó la vieja idea de que los actos de los hombres deben ser juzgados por la medida del deseo de obtener la felicidad. Nos dice que un hombre no actúa impulsado por su felicidad sino por su voluntad. La persona no dice: "La mermelada me hará feliz" sino "Quiero mermelada". Y en todo esto hay otros que le siguen con un entusiasmo aún mayor. El señor John Davidson[36], un notable poeta, está tan apasionadamente excitado por esto que se siente obligado a escribir en prosa. Publica una breve obra de teatro con varios largos prefacios. Esto es bastante natural en el señor Shaw cuyas obras de teatro son todas prefacios. El señor Shaw es (al menos sospecho que es) el único hombre sobre la tierra que jamás ha escrito poesía. Pero que el señor Davidson (que sabe escribir excelente poesía) se ponga a escribir una trabajosa prosa metafísica en defensa de esta doctrina de la voluntad, demuestra que la doctrina voluntarista se ha adueñado de las personas. Hasta el señor H. G. Wells ha hablado, a medias, en este lenguaje manifestando que las acciones no se deberían juzgar como si uno fuese un pensador sino como si fuese artista. Se debería decir "siento que esta curva está bien"; o bien que "aquella línea debería ir para allá". Todos ellos están entusiasmados y es comprensible que lo estén. Porque piensan que, mediante esta doctrina de la divina autoridad de la voluntad, pueden salir de la condenada fortaleza del racionalismo. Creen que pueden escapar.
Pero no pueden. La pura exaltación de la volición termina en el mismo colapso y en el mismo desierto que la mera práctica de la lógica. Exactamente de la misma manera en que el pensamiento completamente libre incluye la duda sobre el pensamiento mismo, la unilateralidad de la mera volición paraliza la voluntad. El señor Bernard Shaw no se ha dado cuenta de la verdadera diferencia que hay entre la vieja, utilitaria, prueba por el placer (por supuesto burda y fácilmente tergiversable) y la que él propone. La verdadera diferencia entre la prueba por la felicidad y la prueba por la voluntad es simplemente que la de la felicidad es una prueba y la otra no lo es. Si una persona salta por sobre un peñasco, se puede discutir sobre si su acción estaba, o no, dirigida a lograr la felicidad; lo que no se puede discutir es que esa acción fue un producto de su voluntad. Por supuesto que lo fue. Se puede elogiar una acción diciendo que estaba orientada a producir placer, o dolor, o a descubrir la verdad, o a salvar el alma. Pero no se puede elogiar una acción porque denota voluntad; decir que denota voluntad es lo mismo que decir que es una acción. Mediante este elogio de la voluntad no se puede decir realmente que un curso de acción es mejor que otro. Y sin embargo, el optar por un curso de acción, porque es mejor que otro, es justamente la definición de la voluntad que se está elogiando.
La idolatría de la voluntad conduce a la negación de la voluntad. Quedarse admirando la mera opción es negarse a optar. Si el señor Bernard Shaw se me aproxima y me exige querer algo de un modo volitivo diciéndome "¡Quiera cualquier cosa!" su expresión equivaldría a decir "No me importa qué es lo que usted quiere"; y eso, a su vez, es lo mismo que decir "no tengo voluntad respecto de la cuestión". No se puede admirar a la voluntad en general porque la esencia de la voluntad consiste en ser particular. Un brillante anarquista como el señor John Davidson se siente irritado por la moralidad común, por lo que invoca a la voluntad - voluntad para cualquier cosa. Sólo quiere que la humanidad quiera algo. Pero es que la humanidad ya quiere algo. Quiere la moralidad común. El señor Davidson se rebela contra la ley y nos dice que queramos algo, que queramos cualquier cosa. Pero ya hemos querido algo. Hemos querido la ley contra la cual él se rebela.
Todos los idólatras de la voluntad, desde Nietzsche hasta el señor Davidson, en realidad están bastante vacíos de volición. No pueden querer, apenas si pueden desear. Y por si alguien quisiera la prueba de ello, la misma es bastante fácil de encontrar. Y está en lo siguiente: siempre hablan de la voluntad como de algo que se expande y que derriba barreras. Y la voluntad es más bien lo opuesto. Cada acto de la voluntad es un acto de autolimitación. Desear la acción implica desear la limitación. En ese sentido, todo acto es un acto de autosacrificio. Cuando alguien elije una cosa, está rechazando todo lo demás. La objeción que las personas de esta escuela solían hacerle al acto del matrimonio es, en realidad, una objeción a todos los actos. Cada acción es una irrevocable selección y exclusión. Así como usted renuncia a todas las demás mujeres cuando se casa con una mujer, de la misma manera si toma usted un curso de acción habrá dejado de lado todos los demás cursos posibles. Si usted se convierte en el Rey de Inglaterra, habrá renunciado al puesto del Ujier de Brompton. Si usted se muda a Roma, habrá sacrificado una rica y sugestiva vida en Wimbledon. La existencia de este aspecto negativo y limitante de la voluntad es lo que convierte la mayor parte del discurso de los anárquicos adoradores de la voluntad en algo apenas poco mejor que una tontería. Por ejemplo, el señor John Davidson nos insta a que no tengamos nada que ver con el “No deberás”; pero es seguramente obvio que ése “No deberás” es tan sólo uno de los corolarios necesarios a “Yo quiero”. “Yo quiero ir al espectáculo del Lord Mayor y tu no deberás detenerme”. El anarquismo nos convoca a ser artistas audaces y creativos; a ignorar las leyes y los límites. Pero es imposible ser artista ignorando leyes y límites. El arte es limitación; la esencia de toda pintura es el marco. Si dibujo a una jirafa, tengo que dibujarla con un cuello largo. Si usted, para ser audaz y creativo, insiste en querer dibujar una jirafa de cuello corto, pues se encontrará con que no es usted libre de dibujar una jirafa. En el momento en que se ingresa al mundo de los hechos, uno entra al mundo de los límites. Es posible liberar a las cosas de leyes accidentales o externas, pero no de las leyes inherentes a su propia naturaleza. Puede usted, si lo desea, liberar al tigre enjaulado de sus barrotes; pero no podrá liberarlo de sus manchas. No libere al camello de la carga de su joroba: puede terminar liberándolo de ser un camello. No vayan por allí como demagogos, alentando a los triángulos a liberarse de la prisión de sus tres lados. Si un triángulo se escapa de sus tres lados, su vida habrá llegado a un fin lamentable. Alguien escribió un libro titulado “Los Amores de los Triángulos”; nunca lo leí, pero estoy seguro de que si alguna vez los triángulos fueron amados, fue por ser triangulares. Y esto es indudablemente así en el caso de toda creación artística pues la misma, en cierto modo, es el ejemplo más decisivo de la voluntad pura. El artista ama sus limitaciones: constituyen el objeto que está haciendo. El pintor se alegra de que la tela sea plana. El escultor se alegra de que la arcilla no es multicolor.
Por si el asunto no quedó claro, un ejemplo histórico puede llegar a ilustrarlo. La Revolución Francesa fue realmente una cosa heroica y decisiva; y lo fue porque los jacobinos querían algo definido y limitado. Deseaban las libertades de la democracia, pero también los vetos de la democracia. Quisieron tener votos y no tener títulos de nobleza. El republicanismo tuvo un costado ascético en Franklin y en Robespierre así como un costado expansivo en Danton o en Wilkes. Consecuentemente estas personas crearon algo que tiene una sólida sustancia y forma: la justa igualdad social y la riqueza campesina de Francia. Pero, desde entonces, la mente revolucionaria o especulativa de Europa se ha debilitado huyendo de toda propuesta a causa de las limitaciones de aquella propuesta original. El liberalismo se ha degradado para convertirse en liberalidad. Los hombres han tratado de convertir el verbo transitivo “revolucionar” en un verbo intransitivo. El jacobino podía señalarle a usted no sólo el sistema contra el que quería rebelarse sino también (lo que es más importante) el sistema contra el cual no se rebelaría, el sistema en el cual confiaría. Pero el nuevo rebelde es un escéptico y no confía plenamente en nada. No tiene lealtades y, por consiguiente, jamás podrá ser realmente un revolucionario. Y, en realidad, el hecho de que duda de todo se interpone en su camino cuando quiere denunciar cualquier cosa. Porque toda denuncia implica una doctrina moral de alguna clase; y el revolucionario moderno duda no sólo de la institución que denuncia sino hasta la doctrina en virtud de la cual la denuncia. Así, escribe un libro quejándose de que la opresión imperial insulta la pureza de las mujeres y después va y escribe otro libro (acerca del problema sexual) en el cual se insulta a si mismo. Maldice al Sultán porque las muchachas cristianas pierden su virginidad y luego insulta a la señora Grundy [37] porque la mantienen. Como político proclamará que la guerra es un desperdicio de vidas y después, como filósofo, dirá que vivir es perder el tiempo. Un pesimista ruso denunciará a un policía por matar a un campesino y después demostrará, por los principios filosóficos más elevados, que el campesino tenía derecho a suicidarse. Una persona denuncia el matrimonio diciendo que es una mentira, y después denuncia a los aristócratas excéntricos por practicar el matrimonio como si fuese una mentira. Dice que la bandera es una baratija, y después va y critica a los opresores de Polonia o de Irlanda por haber secuestrado esa baratija. La persona perteneciente a esta escuela primero acude a una reunión política en dónde se queja de que los salvajes son tratados como si fuesen bestias; y luego toma su sombrero y su paraguas, y acude a una reunión científica en dónde demuestra que, prácticamente, son bestias. En resumen, el revolucionario moderno, siendo infinitamente escéptico, está continuamente ocupado en minar sus propias minas. En sus libros sobre política ataca a los hombres por pisotear a la moral; y en sus libros sobre ética ataca a la moral por pisotear a los hombres. Consecuentemente, el revolucionario moderno se ha vuelto prácticamente inservible para cualquier propósito revolucionario. Por rebelarse contra todo ya no tiene derecho a rebelarse contra nada.
Podría agregarse que la misma esterilidad y bancarrota se observa en todos los feroces y terribles tipos de literatura, especialmente en la sátira. La sátira puede ser loca y anárquica, pero presupone una superioridad admitida de ciertas cosas sobre otras; presupone una norma. Cuando los niños de la calle se ríen de la obesidad de algún distinguido periodista, esos niños están inconscientemente presuponiendo una norma de escultura griega. Están apelando al Apolo de mármol. Y la curiosa desaparición de la sátira de nuestra literatura es un ejemplo de que la mordacidad desaparece cuando falta todo principio a cuya costa se puede ser mordaz. Nietzsche tenía algún talento natural para el sarcasmo: podía mofarse, aunque no reír; y siempre hay algo incorpóreo y falto de peso en su sátira simplemente porque carece de una masa de moralidad común para respaldarla. Él mismo es más grotesco que cualquiera de las cosas que denuncia. Pero sin duda, Nietzsche se mantendrá muy bien como exponente del fracaso total de la violencia abstracta. El reblandecimiento cerebral que finalmente se apoderó de él, no fue un accidente físico. Si Nietzsche no hubiera terminado en la imbecilidad, lo que terminaría en la imbecilidad sería el nietzscheismo. El que piensa en el aislamiento y con orgullo termina siendo idiota. Todo hombre que no quiere que se le ablande el corazón, forzosamente termina en que se le ablanda el cerebro.
Este postrer intento de evadir el intelectualismo termina en intelectualismo y, por lo tanto, en la muerte. El ataque falla. La idolatría a la ausencia de normas y la idolatría materialista terminan, ambas, en el mismo vacío. Nietzsche escala montañas impresionantes pero, al final, termina en el Tibet. Se sienta al lado de Tolstoy[38] en el país de la nada y el Nirvana[39]. Los dos quedan desconcertados – uno porque no debe aferrarse a nada; el otro porque no debe soltar nada. La voluntad tolstoyana está congelada por un instinto budista que dice que todas las acciones especiales son malas. Pero Nietzsche está bastante igual de congelado en su visión de que todas las acciones especiales son buenas; porque, si todas las acciones especiales son buenas, entonces ninguna de ellas es especial. Los dos están parados en una encrucijada: el uno odia a todos los caminos y el otro ama a todos los caminos. El resultado es – bueno, algunas cosas no son difíciles de calcular. Ambos están en una encrucijada.
Aquí (gracias a Dios) termino la primera y más aburrida cuestión de este libro – la somera panorámica del pensamiento reciente. Después de esto comenzaré a bosquejar una visión de la vida que puede no interesarle al lector pero la cual, en todo caso, me interesa a mí. Tengo frente a mí, al cerrar esta página, una pila de libros modernos que he estado hojeando para este propósito – es una pila de ingenuidades, una pila de futilidades. Por el accidente de mi actual equidistancia, puedo ver la colisión inevitable de las filosofías de Tolstoy y Schopenhauer[40], Nietzsche y Shaw, de un modo tan claro como se podría ver desde el aire el inevitable choque de dos trenes. Todos ellos están en camino al vacío del asilo. Porque la locura podría definirse como la utilización de la actividad mental hasta el logro de la invalidez mental; y estas personas casi han llegado a ella. El que piensa que está hecho de vidrio, piensa en la destrucción del pensamiento porque el vidrio no puede pensar. De este modo, quien no quiere rechazar nada, quiere la destrucción de la voluntad, porque la voluntad no implica sólo la opción por algo sino el rechazo de casi todo. Y al deambular entre estos inteligentes, maravillosos, tediosos e inútiles libros modernos, el título de uno de ellos me ha llamado la atención. Se llama "Juana de Arco", por Anatole France[41]. Le he dado sólo un vistazo, pero ese vistazo fue suficiente para hacerme recordar la "Vida de Jesús" de Renan[42]. Tiene el mismo extraño método de reverencia escéptica. Desacredita historias sobrenaturales que tienen algún fundamento simplemente contando historias naturales que no tienen fundamento alguno. Dado que no podemos creer en lo que un santo hizo, tenemos que pretender que sabemos exactamente lo que sintió. Pero no menciono a ninguno de estos libros para criticarlos. Los menciono porque la combinación accidental de los nombres evocó dos sanas imágenes que hicieron explotar a todos los libros que tenía ante mí. Juana de Arco no estaba atascada ante una encrucijada, ni por rechazar todos los caminos como Tolstoy, ni por aceptarlos a todos como Nietzsche. Eligió un camino y lo recorrió como un rayo. Y aún así, si me detengo a pensar en ella, Juana tenía en su fuero interno todo lo que es verdad ya sea en Tolstoy o en Nietzsche; todo lo que fue hasta apenas tolerable en cada uno de ellos. Pensé en todo lo que hay de noble en Tolstoy: su placer en las cosas simples, especialmente en la compasión simple, las cosas terrenales de todos los días, el respeto por los pobres, la dignidad de los relegados. Juana de Arco tuvo todo eso y algo más: soportó la pobreza además de admirarla, mientras que Tolstoy fue tan sólo un aristócrata tratando de descifrar su secreto. Y después pensé en todo lo que fue valiente, orgulloso y patético en el pobre Nietzsche y su rebelión contra el vacío y la mediocridad de nuestro tiempo. Pensé en su llamado al equilibrio extático del peligro, su hambre por el galope de grandes caballos, su llamado a las armas. Pues Juana de Arco tuvo todo eso y, de nuevo, con la diferencia que no ensalzó la lucha sino que luchó. Sabemos que no le tuvo miedo a un ejército mientras que Nietzsche, por todo lo que sabemos, se asustó de una vaca. Tolstoy sólo alabó al campesino; Juana fue la campesina. Nietzsche sólo alabó al guerrero; Juana fue la guerrera. Juana de Arco los superó a los dos en el terreno de sus propias ideas antagónicas. Fue más gentil que el primero y más violenta que el segundo. Y, aún así, fue una persona perfectamente práctica que hizo algo mientras los otros dos son furibundos especuladores que no han hecho nada. Fue imposible evitar que se me cruzara por la mente la idea de que ella y su fe quizás tuvieron un secreto de unidad y utilidad moral que se ha perdido. Y, de la mano de ese pensamiento, apareció otro más grande y la colosal figura del Maestro de Juana también cruzó el teatro de mis pensamientos. La misma dificultad moderna que oscureció el sujeto-asunto de Anatole France también oscureció el de Ernesto Renan. Renan también separó la misericordia de su héroe de la combatividad de su héroe. Renan hasta representó la justa furia en Jerusalén como un mero colapso nervioso después de las idílicas expectativas de Galilea. ¡Como si existiese alguna inconsistencia entre amar lo humano y odiar lo inhumano! Ciertos altruistas, con voces delgadas y débiles, denuncian a Cristo tildándolo de egoísta. Ciertos egoístas (con voces más delgadas y débiles todavía) lo denuncian tildándolo de altruista. En nuestro ambiente actual esta clase de cavilaciones resulta bastante comprensible. El amor de un héroe es más terrible que el odio de un tirano. El odio de un héroe es más generoso que el amor de un filántropo. Existe una salud enorme y heroica de la cual los contemporáneos sólo pueden coleccionar algunos fragmentos. Existe un gigante del cual sólo vemos los brazos y las piernas amputadas caminando por allí. Han desgarrado el alma de Cristo en necios jirones etiquetados como egoísmo y altruismo. Y todos están igual de perplejos por Su formidable magnificencia y por su formidable humildad. Se han distribuido Sus ropas entre ellos, y por Su túnica han echado suertes; a pesar de que la túnica carecía por completo de costuras de principio a fin.