martes, 13 de enero de 2009

Ortodoxia (4)




por Gilbert K. Chesterton



IV




La ética del país de los elfos










uando el hombre de negocios critica el idealismo de su joven asistente, es común que lo haga diciendo algo así como: “Oh, sí; cuando uno es joven se tienen esas ideas abstractas y se arman esos castillos en el aire; pero a la edad madura todas esas cosas se rompen como si fuesen nubes y uno termina creyendo en políticas prácticas, usando la maquinaria que se tiene y tomando al mundo tal como es.” Al menos, cuando era joven, así me hablaban esos venerables y filantrópicos ancianos que ahora se encuentran en sus honorables tumbas. Pero crecí desde entonces y descubrí que aquellos ancianos filántropos mentían. Lo que realmente sucedió fue exactamente lo contrario de lo que predijeron. Me dijeron que perdería mis ideales y comenzaría a creer en los métodos de los políticos prácticos. Pues sucede que no perdí mis ideales en lo más mínimo; mi fe en las cosas fundamentales es hoy exactamente la misma que siempre tuve. Lo que sí perdí fue mi infantil fe en la política práctica. Estoy mucho menos preocupado por las Elecciones Generales y sigo tan preocupado como siempre por la Batalla de Armagedón[43]. Cuando era una criatura, a su sola mención saltaba al regazo de mi madre. No; la visión es siempre sólida y confiable. La visión es siempre un hecho. Es la realidad la que, con frecuencia, resulta un fraude. Creo en el liberalismo tanto como siempre creí; y más todavía de lo que siempre creí. Mi rosado tiempo de inocencia fue cuando todavía creía en los liberales.

Menciono el caso de la perdurabilidad de una de mis creencias porque, teniendo ahora que rastrear las raíces de mi especulación personal, creo que ésta podría considerarse como mi única tendencia positiva. Me criaron como liberal y siempre he creído en la democracia, en esa elemental doctrina liberal de una humanidad que se autogobierna. Si alguien encuentra que esta frase es vaga o trillada, lo único que puedo hacer es detenerme por un momento para explicar que el principio democrático, tal como yo lo entiendo, puede ser establecido con dos proposiciones. La primera de ellas es que las cosas comunes a todos los hombres son más importantes que las cosas particulares de cualquier hombre. Las cosas comunes son más valiosas que las cosas extraordinarias, y no sólo eso: hasta son más extraordinarias. El Hombre es más terrible que los hombres; es algo más extraño. El sentido del milagro de la humanidad en si misma debería sernos siempre más vívido que cualquiera de las maravillas del poder, del intelecto, del arte o de la civilización. El mero ser humano sobre dos pies, como tal, debería ser concebido como algo más emocionante que cualquier música y más sorprendente que cualquier caricatura. La muerte es hasta más trágica que el morir de hambre. El tener una nariz es hasta más cómico que el tener una nariz normanda.

El primer principio de la democracia es que lo esencial en los seres humanos lo constituyen las cosas que tienen en común, y no las cosas que tienen por separado. Y el segundo principio es tan sólo que el instinto o el impulso político es una de esas cosas que tienen en común. Enamorarse es más poético que hurgar en la poesía. El argumento democrático es que el gobierno (ayudando a regir la tribu) es algo así como enamorarse y no algo así como hurgar en poesía. No es algo análogo a tocar el órgano en una iglesia, pintar sobre vitela, descubrir el Polo Norte (ese siniestro hábito), dar vueltas en el aire, ser un astrónomo, o cosas por el estilo. Porque no queremos que una persona haga estas cosas en absoluto, a menos que las haga bien. Por el contrario, es análogo a escribir nuestras propias cartas de amor o sonarnos nuestra propia nariz. Estas son las cosas que queremos que una persona haga por si misma, incluso si las hace mal. No estoy aquí argumentando acerca de la verdad de ninguno de estos conceptos; sé que hay algunos modernos que están pidiendo que sus esposas sean elegidas por científicos y, por todo lo que sé, pronto podrían pedir que sean enfermeras las que les limpian la nariz. Digo tan sólo que la humanidad reconoce estas funciones humanas universales y que la democracia clasifica al gobierno entre ellas. En resumen, la fe democrática consiste en que las cosas más terriblemente importantes deben ser dejadas libradas a los propios hombres comunes – la complementación de los sexos, la crianza de los jóvenes, las leyes del Estado. Eso es democracia, y en eso siempre he creído.

Pero hay una cosa que no he podido comprender desde mi juventud al día de hoy. Nunca pude entender de dónde ha sacado la gente la idea de que la democracia en alguna forma se opone a la tradición. Es obvio que la tradición sólo es democracia extendida en el tiempo. Significa confiar en el consenso de las voces humanas antes que confiar en algún documento aislado o arbitrario. La persona que cita a algún historiador alemán en contra de la tradición de la Iglesia Católica, por ejemplo, está estrictamente apelando a la aristocracia. Está apelando a la superioridad de un experto en contra de la horrible autoridad de un populacho. Es bastante fácil de ver por qué una leyenda es tratada, y debe ser tratada, con más respeto que un libro de historia. La leyenda está generalmente armada por la mayoría de la gente cuerda de una aldea. El libro está generalmente escrito por el único hombre de la aldea que está loco. Quienes agitan contra la tradición diciendo que los hombres del pasado eran ignorantes podrían ir y agitar eso en el Carlton Club[44] afirmando a renglón seguido que los votantes de los barrios bajos son ignorantes. Y no nos convencerían. Porque si le adjudicamos una gran importancia a la opinión casi unánime de las personas comunes cuando estamos tratando cuestiones cotidianas, no hay razón alguna para desechar esa misma opinión cuando estamos tratando de historia o de fábulas. La tradición podría, en esto, definirse como una extensión de la franquicia. La tradición significa otorgarle el voto a la más oscura de todas las clases: la de nuestros antepasados. Constituye la democracia de los muertos. La tradición se niega a someterse a la pequeña y arrogante oligarquía de quienes casualmente se pasean por ahí en la actualidad. Todos los demócratas objeta que las personas sean descalificadas por el accidente de su nacimiento; la tradición objeta que sean descalificadas por el accidente de su muerte. La democracia nos sugiere no menospreciar la opinión de una buena persona, aunque sea nuestro mucamo; la tradición nos pide no despreciar la opinión de una buena persona, aunque sea nuestro padre. En todo caso, yo no puedo separar estas dos ideas de democracia y tradición; se me hace evidente que ambas son la misma idea. Tendremos a los muertos en nuestros concejos. Los antiguos griegos votaban con piedras; los muertos votarán con las piedras de sus lápidas. Y todo será bastante correcto y oficial, ya que la mayoría de las lápidas – como la mayoría de las papeletas electorales – están marcadas con una cruz.

De modo que lo primero que tengo que decir es que, si he tenido un sesgo, ese sesgo siempre fue a favor de la democracia y, por lo tanto, de la tradición. Antes de dedicarnos a cualquier introducción teórica o lógica, me conformo con permitirme esta ecuación personal. Siempre he estado más inclinado a creer en la multitud de la gente trabajadora que en esa clase literaria, especial y problemática, a la cual pertenezco. Prefiero hasta los caprichos y los prejuicios de las personas que ven la vida desde adentro, antes que las más claras demostraciones de las personas que ven la vida desde afuera. Siempre confiaré más en las fábulas de las viejas esposas que en los hechos de las viejas solteronas. Mientras la fantasía sea fantasía innata, por mí puede ir tan lejos como le plazca.

Ahora bien, tengo que elaborar una proposición general y no pretendo disponer de una formación especial para estas cosas. Por ello, propongo hacerlo escribiendo, una detrás de la otra, las tres o cuatro ideas fundamentales que he encontrado para mí, aproximadamente en el mismo órden en que las encontré. Después, las sintetizaré en borrador, resumiendo mi filosofía personal o religión natural; luego de lo cual describiré mi increíble descubrimiento de que todo el asunto ya había sido descubierto antes. Porque fue descubierto por el cristianismo. Pero de las profundas convicciones que habré de poner en orden, la primera de todas tiene que ver con este elemento de la tradición popular. Y sin la precedente explicación en lo que se refiere a la tradición y a la democracia, me hubiera resultado muy difícil dejar en claro mi experiencia mental. Así como están las cosas, no sé si puedo dejarla en claro; pero al menos lo intentaré.

Mi primera y última filosofía, ésa en la que creo con certeza inquebrantable, es la que aprendí en la guardería infantil. En general, la aprendí de una niñera; esto es, de la solemne y estelar sacerdotisa tanto de la democracia como de la tradición. Las cosas en las que en aquella época más creí, son las mismas cosas en las que más creo ahora. Y son esas cosas llamadas cuentos de hadas. A mí me parecen cosas completamente razonables. No son fantasías: comparadas con los cuentos de hadas, son otras cosas las que resultan fantásticas. Comparadas con ellas, la religión y el racionalismo son ambos anormales, si bien la religión es anormalmente cierta y el racionalismo es anormalmente falso. El país de las hadas no es más que el radiante país del sentido común. No es la tierra que juzga al cielo; es el cielo que juzga a la tierra. De este modo, al menos para mí, no era la tierra la que criticaba al país de los elfos sino que éste criticaba a la tierra. Conocí el mágico tronco del poroto antes de haber saboreado un poroto; tuve la certeza del hombre en la luna antes de tener la certeza de la luna. Y esto coincidía plenamente con todas las tradiciones populares. Los poetas menores modernos son naturalistas y hablan del bosque y del arroyo; pero los cantores de las antiguas epopeyas eran sobrenaturalistas y hablaban de los dioses del arroyo y del bosque. Esto es lo que los modernos quieren decir cuando manifiestan que los antiguos no "apreciaban a la Naturaleza" porque sostenían que la Naturaleza era divina. Las viejas niñeras no les cuentan a los niños acerca del pasto, sino de las hadas que bailan sobre el pasto; y los antiguos griegos no podían ver los árboles por culpa de las ninfas del bosque.

Pero aquí tengo que ocuparme de lo que sucede cuando la ética y la filosofía se alimentan con cuentos de hadas. Si estuviera describiendo esos cuentos en detalle, podría apuntar muchos nobles y sanos principios que surgen de ellos. Ahí está la caballerosa lección de "Jack, el Matador de Gigantes" que nos enseña que hay que matar a los gigantes porque son gigantescos. Es la rebelión del hombre contra el orgullo como tal. Porque el rebelde es más antiguo que los reinados, y el jacobino tiene más tradición que el jacobita partidario de Jacobo II de Inglaterra. Ahí está la lección de la "Cenicienta", que es la misma que la del Magnificat – exaltavit humiles. Está la gran lección de "La Bella y la Bestia"; que nos enseña que algo tiene que ser amado antes de que sea amable. Ahí está la terrible alegoría de "La Bella Durmiente" que nos dice cómo la criatura humana fue bendecida con todos los regalos de cumpleaños y, sin embargo, maldecida con la muerte; y cómo quizás la muerte puede ser suavizada y convertida en un sueño. Pero no estoy interesado en ninguno de los estatutos particulares del país de los elfos, sino en todo el espíritu de sus leyes que aprendí antes de que pudiese hablar y que retendré cuando ya no pueda escribir. Estoy interesado en cierta forma de ver la vida; forma que se creó en mí por los cuentos de hadas pero que, desde entonces, me ha sido gentilmente ratificada por los simples hechos.

Se lo podría expresar de la siguiente forma: existen ciertas secuencias de desarrollo (casos en que una cosa sigue después de otra) que son, en el sentido estricto de la palabra, razonables. Son, en el sentido estricto del término, necesarias. Es el caso de las secuencias matemáticas y las meramente lógicas. Nosotros, los del país de los elfos (siendo que somos las más razonables de las criaturas), admitimos esa razón y esa necesidad. Por ejemplo, si las Hermanas Feas son mayores que Cenicienta, es necesario (en el más férreo y terminante de los sentidos) que Cenicienta sea más joven que las Hermanas Feas. No hay más remedio que aceptarlo. Sobre ese hecho, Haeckel puede hablar de fatalismo todo lo que quiera: realmente tiene que ser así. Si Jack es el hijo del molinero, el molinero es el padre de Jack. Lo decreta la fría razón desde su horrendo trono; y nosotros en el país de las hadas nos sometemos. Si de los tres hermanos todos cabalgan, habrá seis animales y dieciocho piernas involucradas. Eso es verdadero racionalismo y el país de las hadas está repleto de él. Pero, a medida en que saqué la cabeza por encima del cerco de los elfos y comencé a tener noticia del mundo natural, pude observar una cosa extraordinaria. Observé que muy doctas personas con anteojos estaban hablando de las cosas reales que sucedían – la puesta del sol, la muerte y todo eso – como si éstas fuesen racionales e inevitables. Hablaban como si el hecho de que los árboles tienen frutos fuese exactamente tan necesario como el hecho de que dos más uno son tres. Pues no lo es. Existe una enorme diferencia sometiendo la cuestión a la prueba del país de las hadas, que es una prueba por la imaginación. Usted no se puede imaginar que dos más uno no sumen tres. Pero le será fácil imaginar árboles que no dan frutos. Los puede imaginar dando velas de oro o tigres colgando de la cola. Estos señores de anteojos hablaban mucho de un hombre llamado Newton y decían que fue golpeado por una manzana y que había descubierto una ley. Pero nadie conseguía hacerles ver la diferencia entre una verdadera ley, la ley de la razón, y el simple hecho de que las manzanas caen. Si la manzana chocó contra la nariz de Newton, la nariz de Newton chocó contra la manzana. Eso se llama verdadera necesidad: porque no podemos concebir que ocurra lo primero sin que ocurra lo segundo. Pero podríamos muy bien concebir una manzana que no cayese sobre la nariz de Newton; podríamos imaginarla volando raudamente por los aires hasta ir a chocar contra la nariz de cualquier otro y por la cual ese otro sintiese un desagrado más manifiesto. Nosotros, en nuestros cuentos de hadas siempre hemos mantenido esta estricta distinción entre la ciencia de las relaciones mentales, en la que realmente existen leyes, y la ciencia de los hechos físicos, en la que no hay leyes sino tan sólo extrañas reiteraciones. Nosotros creemos en los milagros físicos, pero no en imposibilidades mentales. Creemos que el tallo de un poroto creció hasta el cielo; pero eso no confunde en absoluto nuestras convicciones filosóficas sobre la cuestión de cuantos porotos hacen falta para sumar cinco.

En esto reside la peculiar perfección en el tono y en las verdades de los cuentos para niños. El hombre de ciencia dice: “Corte el cabo y la manzana caerá”. Pero lo dice en forma tranquila, como si una idea llevase a la otra. En cambio, la bruja en el cuento de hadas dice: “Haz sonar el cuerno y el castillo del ogro se derrumbará”. Pero no lo dice como algo en lo cual el efecto surge obviamente de la causa. Sin duda, le ha dado el consejo a muchos héroes y ha visto caer muchos castillos, pero no ha perdido ni su capacidad de asombro ni la razón. No se devana los sesos hasta imaginarse una conexión mental necesaria entre el cuerno y la torre que se derrumba. Pero los grandes científicos sí se devanan los sesos hasta que se imaginan la necesaria conexión mental entre la manzana que abandona el árbol y la manzana cayendo al suelo. Realmente hablan como si hubiesen encontrado no sólo un conjunto de hechos maravillosos sino una verdad conectando esos hechos entre si. Hablan como si la conexión física entre dos cosas extrañas las conectase filosóficamente. Piensan que, porque una cosa incomprensible constantemente sigue después de otra cosa incomprensible, las dos cosas juntas de alguna manera se las ingenian para constituir una cosa comprensible. Así, dos acertijos negros hacen una solución blanca.

En el país de las hadas evitamos la palabra “ley”; pero en el país de la ciencia todos están particularmente enamorados de ella. De este modo, a una interesante conjetura acerca de cómo ciertos pueblos olvidados pronunciaban el alfabeto, en el país de la ciencia la llamarán Ley de Grimm[45]. Pero la Ley de Grimm es por lejos menos intelectual que los Cuentos de Grimm. En todo caso, los cuentos son, con certeza, cuentos de hadas; mientras que la ley no es una ley. Una ley implica que conocemos la naturaleza de la generalización y el fenómeno; no que meramente hemos observado algunos de sus efectos. Si hay una ley que dice que los carteristas deben ir a prisión, eso implica que existe una conexión mental imaginable entre la idea de una prisión y la idea de robarle a alguien la cartera. Y sabemos cual es esa idea. Sabemos por qué le quitamos la libertad a un hombre que se toma libertades. Pero no podemos decir por qué un huevo se convierte en un pollo; como que tampoco, y con la misma imposibilidad, podemos decir por qué un oso podría convertirse en un príncipe azul. En tanto que ideas, el huevo y el pollo se hallan a mayor distancia que el oso y el príncipe; porque ningún huevo por si mismo sugiere a un pollo, mientras que ciertos príncipes sí nos sugieren a los osos. Puesto, pues, que ciertas transformaciones suceden de hecho, es esencial que las consideremos del modo filosófico de los cuentos de hadas y no de la manera afilosófica de la ciencia y las “Leyes de la Naturaleza”. Si se nos preguntara por qué los huevos se convierten en pájaros o las frutas se caen en otoño, tendríamos que responder exactamente como el hada madrina le hubiera respondido a Cenicienta si ella le hubiese preguntado por qué los ratones se convirtieron en caballos o por qué el vestido se le cayó del cuerpo a las doce de la noche. Tendríamos que responder que es magia. No es una “ley” porque no entendemos su fórmula general. No es una necesidad porque, si bien podemos contar con que sucederá en la práctica, no tenemos derecho a decir que siempre tiene que suceder. El argumento de que contamos con el curso ordinario de las cosas no es (como creyó Huxley) un argumento que demuestre la existencia de leyes inmutables. Es que no contamos con él; apostamos por él. Percibimos el riesgo de la remota posibilidad de un milagro del mismo modo en que lo hacemos con un panqueque envenenado o un cometa capaz de destruir a la tierra. Lo dejamos fuera de la cuenta, no porque sea un milagro – y, por lo tanto un imposible – sino porque, siendo un milagro, constituye por lo tanto una excepción. Todos los términos empleados en los libros de ciencia, “ley”, “necesidad”, “orden”, “tendencia”, etc. son a-intelectuales en realidad porque presuponen una síntesis que no poseemos. Las únicas palabras con las que siempre me he sentido satisfecho al describir a la Naturaleza han sido los términos utilizados en los libros de cuentos de hadas: “encanto”, “sortilegio”, “fascinación”. Estas palabras expresan la arbitrariedad del hecho y su misterio. Un árbol da frutos porque es un árbol mágico. El agua corre hacia abajo por la ladera porque está embrujada. El sol brilla porque también está embrujado.

Niego por completo que esto sea fantástico o siquiera místico. Veremos algo de misticismo más adelante; pero este lenguaje de cuento de hadas aplicado a las cosas es simplemente racional y agnóstico. Es el único modo en que puedo expresar con palabras mi clara y definida percepción de que una cosa es bastante distinta de otra; que no hay una conexión lógica entre volar y poner huevos. El místico es el hombre que habla de una “ley” que jamás ha visto. Más aún: el científico común es estrictamente sentimental. Es un sentimental en el sentido esencial del concepto; está empapado y alucinado por meras asociaciones. Ha visto tantas veces a los pájaros volando y poniendo huevos que siente que tiene que haber alguna tierna y soñadora conexión entre las dos ideas; pero sucede que no la hay. Es posible que un amante abandonado sea incapaz de disociar a la luna del amor perdido; de la misma forma el materialista será incapaz de disociar a la luna de las mareas. En ambos casos no hay más conexión alguna que la de haber percibido las cosas en forma simultánea. Un sentimental podrá derramar lágrimas al percibir el perfume de las flores del manzano porque eso le hace recordar su infancia. Del mismo modo, el profesor materialista (aún cuando oculte sus lágrimas) es también un sentimental porque, en virtud de alguna umbrosa asociación personal, las flores del manzano le hacen acordarse de las manzanas. Y a todo esto, el frío racionalista del país de las hadas seguirá sin poder entender por qué, en principio, el manzano no podría dar tulipanes carmesíes cuando, de hecho, en su país, a veces los da.

El milagro elemental, sin embargo, no es un mero capricho derivado de los cuentos de hadas. Por el contrario, todo el calor de los cuentos de hadas se deriva de él. Así como nos gustan las historias de amor porque existe el instinto sexual, del mismo modo a todos nos gustan las historias sorprendentes porque nos tocan la fibra del ancestral instinto del asombro. Esto queda demostrado por el hecho de que, cuando somos niños de muy corta edad, no necesitamos cuentos de hadas; sólo necesitamos cuentos. La simple vida es suficientemente interesante. Un niño de siete años se entusiasmará si se le dice que Tomasito abrió la puerta y vio un dragón. Pero un niño de tres se entusiasmará con sólo decirle que Tomasito abrió la puerta. Los niños adoran los cuentos románticos, pero las criaturas prefieren los cuentos realistas – porque los encuentran románticos. De hecho, casi la única persona que me puedo imaginar, a la que se le podría leer una novela moderna sin aburrirla, es un bebé.

Lo cual demuestra que hasta los cuentos infantiles sólo se hacen eco de un afán casi prenatal de interés y asombro. Estos cuentos nos dicen que las manzanas son doradas sólo para refrescar en nosotros el olvidado momento en que hallamos que eran verdes. Nos hablan de ríos de vino sólo para hacernos recordar por un fantástico momento que en realidad lo que tienen es agua. Dije que esto es completamente razonable y hasta agnóstico. En realidad, en este punto soy partidario del agnosticismo superior; es decir, de la Ignorancia, para decirlo con un nombre mejor. Hemos leído en todos los libros científicos, y por supuesto en todas las novelas, la historia del hombre que olvidó como se llamaba. Esta persona deambula por las calles y puede verlo y apreciarlo todo; sólo que no puede recordar quién es. Pues bien, toda persona es el hombre de esa historia. Todo hombre ha olvidado quién es. Se puede entender el cosmos pero nunca el ego; el ser está más lejos de nosotros que cualquier estrella. Amarás al Señor tu Dios; pero no te conocerás a ti mismo. Estamos todos sufriendo la misma calamidad: todos hemos olvidado nuestros nombres. Hemos olvidado aquello que realmente somos. Todo lo que llamamos sentido común y racionalidad y practicidad y positivismo sólo significa que en relación con ciertos niveles muertos de nuestra vida nos olvidamos de que hemos olvidado. Y todo lo que llamamos espíritu y arte y éxtasis sólo significa que por un tremendo instante nos acordamos que olvidamos.

Pero a pesar de que caminamos por las calles (como el hombre sin memoria de la novela) con una especie de admiración semi consciente, lo que sentimos a pesar de todo es admiración. Sólo que es admiración en inglés y no admiración en latín. El asombro tiene un elemento positivo de elogio. Éste es el próximo mojón que debemos marcar definitivamente en nuestro camino por el país de las hadas. En el próximo capítulo hablaré de optimistas y de pesimistas en su aspecto intelectual, en la medida en que lo tienen. Aquí sólo estoy tratando de describir esas enormes emociones que no pueden ser descriptas. Y la emoción más fuerte de todas fue descubrir que la vida era tan preciosa como enigmática. Era un éxtasis porque era una aventura; y era una aventura porque constituía una oportunidad. La excelencia del cuento de hadas no se veía afectada por el hecho de que podía haber más dragones que princesas; simplemente era bueno estar en un cuento de hadas. La prueba de toda felicidad es la gratitud; y yo me sentí agradecido, aunque no sabía muy bien a quien agradecer. Los niños están agradecidos cuando Santa Claus les pone regalos y caramelos en las medias. ¿No podía yo estarle agradecido a Santa Claus porque puso en mis medias el regalo de dos piernas milagrosas? A la gente le agradecemos regalos de cumpleaños tales como cigarros y pantuflas. ¿Acaso no puedo agradecerle a nadie el regalo de mi nacimiento?

Allí estaban, pues, estas dos primeras percepciones, indefendibles e indiscutibles. El mundo era una sacudida, pero no era solamente chocante; la existencia era una sorpresa, pero era una sorpresa agradable. De hecho, mis primeras opiniones quedaron exactamente expresadas en un acertijo que se me ha quedado en el cerebro desde mi niñez. La pregunta era: “¿Qué dijo la primera rana?”. Y la respuesta era: “Señor, ¡cómo me hiciste saltar!” Eso expresa sucintamente todo lo que estoy diciendo. Dios hizo saltar a la rana; pero la rana prefiere saltar. Y, cuando estas cosas están establecidas, entra en escena el segundo gran principio de la filosofía de las hadas.

Lo puede ver cualquiera simplemente con leer “Los Cuentos de Hadas de Grimm” o las hermosas colecciones del señor Andrew Lang[46]. Por puro placer de pedantería lo llamaré la Doctrina de la Felicidad Condicional. Touchstone[47] habló del gran valor del “si” condicional. De acuerdo con la ética de los elfos toda virtud reside en un “si”. La característica de lo que un hada dice siempre es: “Podrás vivir en un palacio de oro y zafiros si no pronuncias la palabra vaca”; o bien “Podrás vivir feliz con la hija del rey si no le muestras una cebolla”. La visión siempre depende de un veto. Todo el vértigo, todas las cosas colosales que se conceden dependen de una pequeña cosa que se retiene. Todas las cosas fantásticas y turbulentas que se liberan y se dejan sueltas por ahí dependen de una cosa que se prohíbe. El señor W. B. Yeats[48] en su exquisita y aguda poesía élfica describe a los elfos como carentes de ley; se lanzan en inocente anarquía sobre los desenfrenados caballos del aire:

“Cabalga sobre la cresta de la marea desordenada
y baila sobre las montañas como una llama.”

Es terrible decir que el señor W. B. Yeats no entiende al país de las hadas. Pero lo digo. Es un irlandés irónico, lleno de reacciones intelectuales. No es lo suficientemente estúpido como para entender ese país. Las hadas prefieren al tipo rústico, como yo mismo; personas que se quedan boquiabiertas, sonríen, y hacen lo que se les dice. El señor Yeats le adjudica al país de los elfos toda la justiciera insurrección de su propia raza. Pero la desobediencia civil de Irlanda es desobediencia civil cristiana, fundada en la razón y la justicia. El Fenian se está rebelando contra algo que entiende demasiado bien; pero el verdadero ciudadano del país de las hadas obedece a algo que no entiende en absoluto. En el cuento de hadas, una incomprensible felicidad depende de una incomprensible condición. Se abre una caja y salen volando todos los males del mundo. Se olvida una palabra, y desaparecen ciudades enteras. Se prende una lámpara y el amor se va volando. Se corta una flor y se sacrifican vidas humanas. Se come una manzana y se pierde la esperanza en Dios.

Este es el tono de los cuentos de hadas, y por cierto que no es una situación sin ley. Ni siquiera es libertad, aunque, por comparación, las personas que padecen una malvada tiranía moderna puedan creer que lo es. Las personas que están en la cárcel de Portland pueden llegar a creer que en Fleet Street [49] uno es libre; pero un estudio detallado demostraría que tanto las hadas como los periodistas son esclavos de su deber.

Las hadas madrinas son por lo menos tan estrictas como otras madrinas. Cenicienta recibió un carruaje proveniente del País de las Maravillas y un cochero proveniente de ninguna parte, pero recibió la órden – que bien podría haber provenido de Brixton [50] – de estar de regreso antes de medianoche. También tenía zapatos de cristal, y no puede ser coincidencia que el cristal sea una sustancia tan común en el folklore. Esta princesa vive en un castillo de cristal, aquella otra sobre una montaña de cristal; ésta ve todas las cosas en un espejo de cristal y todas podrían vivir en viviendas de cristal si nadie tirase piedras. Es que este débil brillo de cristal por todas partes es la expresión del hecho que la felicidad es refulgente pero frágil, como la sustancia que más fácilmente hacen añicos las sirvientas y los gatos. Y también este sentimiento de cuento de hadas arraigó en mi y se convirtió en mi y llegó a ser mi sentimiento hacia todo el mundo. Sentí como si la vida misma fuese brillante como un diamante pero frágil como el cristal de una ventana; y cuando comparaba el cosmos con ese terrible cristal recuerdo que sentía un estremecimiento. Tenía miedo de que Dios dejase caer el cosmos y éste se rompiese en mil pedazos.

Quisiera apuntar, sin embargo, que ser frágil no es lo mismo que ser perecedero. Golpeen un vidrio y no resistirá ni un instante; simplemente no lo golpeen y durará miles de años.

Así me pareció que era la dicha del hombre, ya sea en el país de los elfos o en la tierra; la felicidad dependía de no hacer algo. Algo que, por otra parte, uno podía hacer en cualquier momento y, con mucha frecuencia, no era obvio por qué no había que hacerlo. Ahora bien, la cuestión a subrayar es que eso, a mí, no me pareció injusto. Si el tercer hijo del molinero le dijo al hada “Explícame por qué no debo pararme de cabeza en el palacio de las hadas”, el hada podría muy bien contestar: “Bueno, si se trata de eso, explícame el palacio de las hadas”. Si Cenicienta preguntara: “¿Cómo es que tengo que irme del baile antes de las doce?”, su hada madrina podría contestar: “¿Como es que estarás allí hasta las doce?” Si en mi testamento le dejo a un hombre diez elefantes parlantes y cien caballos alados, mi heredero no se puede quejar si hay condiciones que forman parte de la pequeña excentricidad del regalo. Y la existencia, en si misma, me pareció un legado tan excéntrico que no podía quejarme por no comprender las limitaciones de la visión cuando no entendía la visión que estaban limitando. El marco no era más extraño que la pintura. La prohibición puede muy bien ser tan maravillosa como la visión; puede ser tan sorprendente como el sol, tan elusiva como las aguas y tan fantástica y terrible como los árboles gigantes.

Fue por esta razón (y podemos llamarla la filosofía del hada madrina) que nunca pude unirme a los jóvenes de mi tiempo en sentir lo que ellos llamaban el sentimiento general de rebelión. Me habría resistido – supongo – a cualquier regla mala, y de estas reglas y sus definiciones trataré en otro capítulo. Pero no me sentí inclinado a resistir cualquier regla sólo porque fuera misteriosa. Las propiedades se adjudican a veces según normas ridículas, como el partir una vara o el pago de un grano de pimienta. Por mi parte estuve dispuesto a poseer la vastedad de los cielos y la tierra en virtud de una fantasía feudal como ésa. La fantasía no podía ser más maravillosa que el hecho de que me estaba permitido quedarme con todo. A esta altura voy a dar sólo un ejemplo ético para ilustrar lo que quiero decir. Nunca pude mezclarme con el murmullo general de aquella emergente generación en contra de la monogamia porque ninguna restricción del sexo me pareció tan inusual y tan inesperada como el sexo mismo. Que, al igual que a Endimión[51], se me permitiera hacerle el amor a la luna y después que fuera yo a quejarme de que Júpiter mantenía a sus propias lunas en un harén, me pareció un anticlímax vulgar después de haber sido criado en cuentos de hadas como los de Endimión. El mantenerse junto a una mujer es un precio pequeño a pagar por lo mucho que significa conocer a una mujer. Quejarse de que uno sólo puede casarse una vez es como quejarse de que sólo se puede nacer una vez. La discusión de aquella generación era desproporcionada comparada con la terrible excitación que producía aquello de lo cual se estaba hablando. Demostraba que había, no una sensibilidad exagerada por el sexo, sino una curiosa insensibilidad hacia él. El hombre que se queja de que no puede entrar al Edén por cinco portales a la vez es un tonto. La poligamia es una falta de conciencia del sexo; es como el hombre que arranca cinco peras sólo porque está distraído. Los estetas han llegado a los últimos extravagantes límites del lenguaje en su exaltación de las cosas que se pueden amar. Un plumerillo los hace llorar; un escarabajo brillante los hace ponerse de rodillas. Y, sin embargo, sus emociones jamás me impresionaron, ni siquiera por un instante, y la razón de ello es que nunca se les ocurrió pagar por su placer con ninguna clase de sacrificio simbólico. Me di cuenta de que había hombres capaces de ayunar por cuarenta días para oír el canto de un mirlo. Había hombres capaces de atravesar las llamas para encontrar una prímula. Y sin embargo, estos amantes de la belleza ni siquiera se podían mantener sobrios en compensación por el mirlo. No querían pasar por el matrimonio cristiano común en recompensa por la prímula. Es completamente cierto que la felicidad extraordinaria se debería pagar con una moral común. Oscar Wilde[52] decía que las puestas de sol no resultaban valoradas porque nadie podría a pagar por una puesta de sol. Pero Oscar Wilde estaba equivocado; podemos pagar por las puestas de sol. Podemos pagar por ellas no siendo como Oscar Wilde.

Pues bien, dejé los cuentos de hadas tirados sobre el piso de la guardería infantil y desde entonces no encontré ningún libro más sensato que aquellos. Dejé a la niñera guardiana de la tradición y la democracia, y desde entonces no volví a encontrar a otro personaje moderno tan sanamente radical o tan sanamente conservador. Pero la cuestión que merece un comentario importante reside en que, cuando salí por primera vez a la atmósfera mental del mundo moderno, encontré que ese mundo moderno se oponía en dos instancias a mi niñera y a los cuentos infantiles. Me llevó mucho tiempo darme cuenta de que el mundo moderno está equivocado y mi niñera tenía razón. Y la cosa realmente curiosa fue que el pensamiento moderno contradecía esta fe básica de mi niñez en dos de sus doctrinas más esenciales. Ya expliqué que los cuentos de hadas anclaron en mí dos convicciones muy esenciales: primero, que este mundo es un lugar maravilloso y sorprendente que hubiera podido ser bastante diferente pero resulta que es bastante encantador; y segundo, que ante esta maravilla y placer uno haría bien en ser modesto y aceptar las más extrañas limitaciones que pide esta rara bondad. Pero encontré que todo el mundo moderno estaba lanzándose como una marea alta contra estas dos queridas ideas, y la conmoción producida por el choque generó dos sentimientos repentinos y espontáneos que llevo conmigo desde entonces y que, a pesar de su crudeza inicial, con el tiempo se han consolidado y convertido en convicciones.

En primer lugar, encontré a todo el mundo moderno hablando de fatalismo científico; diciendo que todo es como desde siempre ha tenido que ser, desarrollándose sin error desde el principio. Según esto, la hoja en el árbol es verde porque jamás hubiera podido ser de otra forma. Pero sucede que el filósofo del cuento de hadas está contento de que la hoja sea verde precisamente porque hubiera podido ser escarlata. Siente como si se hubiera vuelto verde un instante antes de que él la mirara. Está encantado con que la nieve sea blanca por la estrictamente razonable razón de que podría haber sido negra. Para él, cada color conlleva una audaz calidad como si hubiese sido elegido; el rojo de las rosas del jardín no es sólo decisivo sino dramático, como la sangre repentinamente derramada. El filósofo del cuento de hadas siente que algo ha sido hecho. Pero los grandes deterministas del siglo diecinueve estaban decididamente en contra de esta sensación nativa de que algo ocurrió hace apenas un instante. En realidad, de acuerdo a ellos, nada sucedió realmente desde el inicio del mundo. Nada habría ocurrido desde que ocurrió la existencia; y ni siquiera estaban muy seguros en cuanto a la fecha de eso.

El mundo moderno tal como lo encontré estaba sólidamente a favor del calvinismo moderno, a favor de la necesidad de que las cosas fuesen lo que son. Pero, cuando se me ocurrió preguntarles, encontré que en realidad no tenían ninguna prueba de esta inevitable reiteración de las cosas excepto el hecho de que se repetían. Ahora bien, la mera repetición me hacía las cosas más bien extrañas antes que más racionales. Era como si, después de haber visto por la calle una nariz de perfil curioso y después de haberla desechado como un accidente, hubiera visto después seis narices con el mismo extraño perfil. Por un momento hubiera podido sospechar que tenía que tratarse de alguna sociedad secreta local. Así, un elefante con una trompa era algo raro; pero que todos los elefantes tuviesen trompas parecía una conspiración. Estoy hablando aquí tan sólo de una emoción, de una emoción que era obstinada y sutil a la vez. Pero la reiteración en la Naturaleza parecía a veces una repetición exaltada, como la del maestro de escuela enojado que repite lo mismo una y otra vez. El pasto parecía hacerme señales con todos sus dedos al mismo tiempo; la multitud de estrellas parecía hacer reverencias pidiendo ser comprendida. El sol me hacía verlo como si estuviese saliendo mil veces. Las recurrencias del universo aumentaban hasta alcanzar el ritmo enloquecedor de un encantamiento y comencé a vislumbrar una idea.

Todo el enorme materialismo que domina a la mente moderna descansa en última instancia sobre una presunción; una falsa presunción. Se supone que si algo se repite constantemente es porque probablemente está muerto; porque es como un pedazo de relojería. La gente siente que, si el universo fuese personal, variaría; si el sol estuviese vivo, bailaría. Y esto es una falacia, aún en relación con hechos conocidos. Porque la variación en los asuntos humanos generalmente es algo que se introduce en ellos no por la vida sino por la muerte; por el desgaste o por el colapso de su fuerza o de su deseo. Una persona varía sus movimientos a causa de algún leve elemento de fracaso o de fatiga. Se sube a un ómnibus porque está cansado de caminar; o se pone a caminar porque está cansado de estar sentado. Pero si su vida y su alegría fuesen tan gigantescas como para no cansarse nunca de ir a Islington[53], pues iría a Islington con la misma regularidad con la que el Támesis[54] va a Sheerness[55]. La propia velocidad y éxtasis de su vida tendrían la serenidad de la muerte. El sol sale todas las mañanas. Yo no salgo todas las mañanas; pero la variación no se debe a mi actividad sino a mi pereza. Ahora bien, para expresar la cuestión con una frase popular, es posible que sea cierto que el sol se levanta regularmente porque nunca se cansa de levantarse. Su rutina podría deberse, no a que es inanimado, sino a que está repleto de vida. Lo que quiero decir puede observarse en los niños cuando encuentran algún juego o alguna broma que los divierte en forma especial. Un niño balancea sus piernas por exceso, no por falta, de vitalidad. Los niños quieren que las cosas se repitan y que no cambien porque rebosan de vitalidad, porque son agresivamente libres en espíritu. Siempre nos piden: “Hazlo otra vez”; y la persona adulta lo vuelve a hacer hasta casi morir de cansancio. Es que los adultos no son lo suficientemente fuertes como para divertirse con la monotonía. Pero quizás Dios es lo suficientemente fuerte como para divertirse con la monotonía. Quizás, cada mañana, Dios le dice al sol “Hazlo otra vez” y cada atardecer le dice “Hazlo otra vez” a la luna. Es posible que no sea la necesidad la que hace que todas las margaritas sean iguales; quizás Dios hace cada margarita por separado, pero nunca se ha cansado de hacerlas. Quizás Él tiene el eterno deseo de la infancia; porque nosotros hemos pecado y nos hemos vuelto viejos y resulta que nuestro Padre es más joven que nosotros. La repetición de la Naturaleza puede no ser una mera recurrencia; es posible que sea un encore [56] teatral. El cielo puede ejecutar un encore con el pájaro que puso un huevo. Si el ser humano concibe y da a luz un niño humano en lugar de dar a luz un pez, un murciélago o un grifo, la razón podría no ser que somos prisioneros de un destino animal sin vida y sin propósito. Quizás nuestra pequeña tragedia ha conmovido a los dioses, quizás la disfrutan desde sus galerías estelares, quizás es tan sólo que al final de cada drama humano el hombre es llamado una y otra vez a salir ante el telón. La repetición puede seguir, por mera preferencia, por millones de años; y en cualquier instante puede cesar. El hombre puede estar sobre la tierra generación tras generación, y aún así cada nacimiento puede ser su definitivamente última aparición.

Esa fue mi primera convicción; producida por el choque de mis emociones infantiles al encontrarse a mitad de camino con el credo moderno. Siempre había percibido a los hechos como milagros, en el sentido que son maravillosos. Ahora comencé a pensarlos como milagros en el sentido más estricto de que eran premeditados. Lo que quiero decir es que eran, o podían ser, ejercicios repetidos de alguna voluntad. En resumen, siempre creí que el mundo implicaba magia: lo que ahora se me ocurrió fue que quizás implicaba un mago. Y esto estimulaba la profunda sensación siempre presente y subconsciente de que este mundo nuestro tiene algún propósito. Y si hay un propósito, también hay una persona que lo tiene. Siempre sentí la vida principalmente como un cuento: y, si hay un cuento, hay un relator.

Pero el pensamiento moderno también golpeó a mi segunda tradición humana. Es que iba en contra de la sensación proveniente de los cuentos de hadas en cuanto a límites y condiciones estrictas. La única cosa que entusiasmaba a ese pensamiento era hablar de expansión y de inmensidades. Herbert Spencer[57] se hubiera enojado mucho si alguien lo hubiera llamado imperialista, por lo que es de lamentar profundamente que nadie lo haya hecho. Porque fue un imperialista y del tipo más bajo. Popularizó esa desgraciada noción de que el tamaño del sistema solar tendría que humillar al dogma espiritual del hombre. ¿Por qué habría un hombre de rendir su dignidad ante el sistema solar y no ante una ballena? Si el simple tamaño es prueba de que el hombre no está hecho a imagen y semejanza de Dios, entonces una ballena podría ser la imagen de Dios; bien que una imagen algo carente de formas, digamos que un retrato impresionista. Es bastante inútil argumentar que el hombre es pequeño comparado con el cosmos desde el momento en que siempre ha sido pequeño hasta comparado con un árbol. Pero Herbert Spencer en su precipitado imperialismo insistiría en que, de algún modo, hemos sido conquistados y anexados por el universo astronómico. Habló de los hombres y de sus ideales exactamente como los unionistas más insolentes hablan de los irlandeses y de sus ideas. Convirtió a la humanidad en una pequeña nacionalidad. Y su maléfica influencia se puede percibir en los más talentosos y honorables autores científicos posteriores; especialmente en las primeras novelas del señor H. G. Wells. Muchos moralistas exageraron al pintar a la tierra como perversa. Pero el señor Wells y su escuela hicieron algo perverso del cielo. Según ellos deberíamos alzar la mirada hacia las estrellas porque de ellas provendrá nuestra ruina.

Pero la expansión de la que hablo fue mucho más funesta que todo eso. Ya he subrayado que el materialista, al igual que el loco, está en prisión; en la prisión de un pensamiento único. Y estas personas parecen pensar que resulta singularmente inspirador andar repitiendo que la prisión es muy grande. El tamaño de este universo científico no era ninguna novedad, ni ofrecía ningún consuelo. El cosmos era eterno pero ni en la constelación más fantástica podía haber en él algo realmente interesante; algo como, por ejemplo, el perdón o el libre albedrío. La grandiosidad o lo infinito del secreto de este cosmos no le agregaban nada. Era como decirle al preso de la cárcel de Reading que se pondría contento al escuchar que ahora la cárcel cubría la mitad del país. El guardián no tendría otra cosa para mostrarle al preso que más corredores largos, iluminados con fantasmagóricas luces y vacíos de todo lo que es humano. De la misma forma, estos expansores del universo no tenían nada para mostrarnos excepto más y más infinitos corredores del espacio, iluminados por soles fantasmagóricos y vacíos de todo lo que es divino.

En el país de las hadas había existido una ley real, una ley que podía ser violada, porque, por definición, una ley es algo que puede ser violado. Pero la maquinaria de esta prisión cósmica no era algo que podíamos violar; porque nosotros mismos seríamos sólo una parte de su maquinaria. Éramos, o bien incapaces de hacer cosas, o bien estábamos condenados a hacerlas. La idea de lo místicamente condicional casi desaparecía; uno no podía tener ni la firmeza de respetar las leyes, ni la diversión de violarlas. La enormidad de este espacio no tenía nada de esa frescura y de esa erupción de aire fresco que hemos celebrado en el universo del poeta. Este universo moderno era, literalmente, un imperio; eso es: era enorme, pero no era libre. Uno entraba en habitaciones cada vez más grandes y sin ventanas; habitaciones grandes al estilo babilónico; pero nunca se podía encontrar la más pequeña ventana o sentir el susurro del aire exterior.

Sus infernales paralelos parecían expandirse con la distancia; pero, para mí, todas las buenas cosas tienen que confluir en un punto – las espadas, por ejemplo. Así, después de encontrar tan emocionalmente insatisfactoria la jactancia del enorme cosmos, comencé a discutir sobre ella un poco; y pronto encontré que toda la actitud era todavía más chata de lo que había creído. De acuerdo con estas personas, el cosmos era una sola cosa puesto que tenía una sola ley inquebrantada. Sólo que (según decían), siendo una cosa, es también la única que existe. ¿Por qué, entonces, tanta particular insistencia en describirlo como enorme? No hay nada con qué compararlo. Sería exactamente tan razonable declararlo pequeño. Una persona podría decir: “Me encanta este vasto cosmos, con su multitud de estrellas y su abundancia de diferentes criaturas”. Pero, si se trata de eso, ¿por qué no podría alguien decir: “Me encanta este pequeño y agradable cosmos, con su discreta cantidad de estrellas y su prolija provisión de seres vivos, tal como a mi me gusta?” Cualquiera de estas manifestaciones es tan buena como la otra; pero ambas no son sino sentimientos. Es tan sólo un sentimiento alegrarse porque el sol es más grande que la tierra; y es un sentimiento igualmente sano alegrarse de que el sol no sea más grande de lo que es. Una persona elije emocionarse por la vastedad del mundo; ¿por qué no habría de optar por emocionarse con su pequeñez?

Pues, casualmente, yo tuve esa emoción. Cuando uno está encariñado con algo tiende a llamarlo por diminutivos, aún si es un elefante o un guardia real. La razón es que cualquier cosa, aunque sea enorme, si puede ser concebida como completa, también puede concebirse como pequeña. Si los mostachos militares no sugiriesen una espada o las trompas no sugiriesen una cola, esos objetos serían vastísimos porque sería inmensurables. Pero, desde el momento en que uno puede imaginar un guardia real, también puede imaginar un guardia real pequeño. Al momento de ver un elefante, puede usted bautizarlo de “Pequeñín”. Si puede usted hacer una estatua de algo, también puede hacer una estatuilla. Las personas que mencioné afirmaban que el universo era una cosa coherente; pero no estaban encariñados con el universo. Por el contrario, yo estaba terriblemente encariñado con él y quería dirigirme a él en diminutivo. Muchas veces lo hice y no pareció importarle. En realidad de verdad, sentí que estos no demasiado brillantes dogmas de vitalidad se expresaban mejor considerando al mundo pequeño y no considerándolo grande. Porque en relación con la infinitud había una especie de displicencia que constituía la inversa del cuidado extremo y piadoso que sentía yo al tocar lo invaluable y lo riesgoso de la vida. Ellos sólo exhibían un aburrido despilfarro; pero yo por mi parte sentía una especie de sagrada moderación. Porque la prudencia es por lejos más romántica que la extravagancia. Para ellos las estrellas representaban un interminable ingreso de centavos; pero respecto del dorado sol y de la plateada luna yo me sentía como el escolar que tiene en su bolsillo una libra esterlina de oro y un chelín plateado.

La mejor forma de expresar estas convicciones subconscientes es con el colorido y el tono de ciertos cuentos. Por eso dije que sólo las historias mágicas pueden expresar mi sensación de que la vida no es únicamente un placer sino una especie de excéntrico privilegio. Puedo expresar esa otra sensación de confortabilidad cósmica, refiriéndome a ese otro libro que siempre se lee en la infancia: "Robinson Crusoe"[58]; que leí más o menos por aquella época y que debe su eterno vigor al hecho de que celebra la poesía de los límites y no sólo eso: celebra incluso al loco romanticismo de la prudencia. Crusoe es un hombre sobre una pequeña roca, con algunas pocas cosas confortables apenas rescatadas del mar. Lo mejor del libro es simplemente la lista de cosas salvadas del naufragio. El más grande de los poemas resulta ser un inventario. Cada implemento de cocina se vuelve ideal porque Crusoe podría haberlo perdido en el mar. En esas horas vacías o ingratas del día, es un buen ejercicio mirar cualquier cosa - el atizador del fuego, o el estante de los libros – y pensar en lo feliz en que uno sería de haberlo podido rescatar del naufragio trayéndolo a la isla solitaria. Pero un ejercicio mejor aún es recordar como todas las cosas se han salvado por un pelo: todo lo que tenemos se ha salvado de un naufragio. Toda persona ha tenido una horrible aventura: de no ser por un recóndito y atemporal nacimiento, no hubiera sido; al igual que los niños que nunca vieron la luz. Durante mi niñez, las personas hablaban mucho de los hombres de genio impedidos o arruinados. Era común decir que más de uno era un “Gran Podría-Haber-Sido”. Para mí es algo mucho más concreto y sorprendente que cualquier hombre en la calle sea un “Gran Podría-No-Haber-Sido”.

Pero realmente me sentí (y la fantasía puede parecer tonta) como si todo el orden y el número de las cosas del mundo fuesen los restos del barco de Crusoe. Que había dos sexos y un sol era análogo al hecho de las dos pistolas y un hacha de Crusoe. Era expresamente importante que ninguna de estas cosas se perdiera; pero, de alguna manera, resultaba más bien divertido que no se les podía agregar nada. Los árboles y los planetas parecían haberse salvado de un naufragio; y cuando vi el Matterhorn [59] me sentí feliz de que no fue pasado por alto en la confusión. Me sentí algo mezquino respecto de las estrellas, como si fuesen zafiros (Milton las llama así en su Edén); y acaparaba a las montañas. Porque el universo es una única joya y, si bien es un lugar común hablar de una joya diciendo que es incomparable e invaluable, de ésta no es un lugar común: es verdad. El cosmos es por cierto sin par y sin precio: lo es porque no puede haber otro.

De este modo termina, con inevitable imperfección, el intento de expresar las cosas inexpresables. Estas son mis posiciones definitivas frente a la vida; las tierras para las semillas de mi doctrina. Estas son las cosas que, de alguna nebulosa manera, pensé antes de aprender a escribir y sentí antes de poder pensar. A fin de que podamos proceder con mayor facilidad después, las recapitularé aquí brevemente.

Primero, sentí en mis huesos que el mundo no se explica por si mismo. Es posible que sea un milagro con una explicación sobrenatural; y es posible que sea un truco de hechicería con una explicación natural. Pero la explicación del truco del conjuro, si me ha de satisfacer, tendrá que ser mejor que las explicaciones naturales que he escuchado hasta ahora. Cierta o falsa, la cosa es magia. Segundo, llegué a sentir como que la magia tiene que tener un significado, y el significado tiene que tener a alguien que lo signifique. Había algo personal en el mundo, como en una obra de arte. Fuese su significado lo que fuese, significaba algo con fuerza. Tercero, pensé que este propósito era hermoso en su diseño original, a pesar de sus defectos, como por ejemplo los dragones. Cuarto, que la manera apropiada de mostrarse agradecido era a través de alguna forma de humildad y restricción: deberíamos agradecerle a Dios la cerveza y la borgoña no tomando demasiado de ninguna de las dos. Le debíamos, también, acatamiento a lo que fuere que nos ha hecho. Y, por último y lo más extraño de todo es que se me ocurrió la indefinida y gran impresión de que todo lo bueno había sido rescatado de alguna catástrofe primigenia, por lo que debía ser atesorado y considerado sagrado. El hombre había salvado a su bien de la misma manera en que Crusoe había salvado a sus pertenencias: las había salvado de un naufragio. Todo esto lo sentí a pesar de que la época no me había dado ningún estímulo para creerlo. Y durante todo este tiempo no había siquiera pensado en la teología cristiana.


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