
por Gilbert K. Chesterton
VI
Las Paradojas del Cristianismo
l verdadero problema con este mundo nuestro no está en que es irracional; ni siquiera está en que es razonable. La clase más común de problema es que resulta casi razonable, pero no tanto. La vida no es algo ilógico; y sin embargo es una trampa mortal para los expertos en lógica. Lo que sucede es que parece un poco más matemático y regular de lo que realmente es. Su exactitud es obvia, pero su inexactitud está oculta; su insensatez está al acecho. Daré un burdo ejemplo de lo que quiero decir. Supongan que una criatura matemática de la luna tuviese que investigar el cuerpo humano. Observaría de inmediato que lo esencial de ese cuerpo es que todo está duplicado. Una persona es, en realidad, dos personas; el de la derecha es exactamente igual al de la izquierda. Después de anotar que hay un brazo a la derecha y otro a la izquierda, una pierna a la derecha y otra a la izquierda, podría continuar investigando y seguiría hallando a cada lado el mismo número de dedos, el mismo número de dedos gordos en los pies, un par de ojos, un par de orejas, un par de agujeros en la nariz y hasta un par de hemisferios cerebrales. Por último, presumiría que es una ley y, al hallar el corazón en un lado, deduciría que hay otro en el lado opuesto. Y justo en ese momento, cuando más creyera que está en lo cierto, estaría equivocado.
Este silencioso desvío de la exactitud por una pulgada es lo que constituye el elemento misterioso que hay en todo. Es como si el universo fuese secretamente traicionero. Una manzana o una naranja son lo suficientemente redondas como para que puedan ser llamadas redondas, pero no son redondas después de todo. La tierra tiene una forma de naranja a fin de tentar a algún astrónomo ingenuo a llamarla globo. La hoja de pasto y la hoja de una espada tienen similitudes que justifican que se las designe por la misma palabra pero, bien miradas, no son iguales. En todas partes hay un elemento subrepticio e incalculable en las cosas. Se le escapa a los racionalistas, pero se les escapa a último momento. De la gran curva que tiene el perfil de nuestra tierra se podría inferir fácilmente que cada pulgada de la misma está curvada de forma idéntica. Parece irracional que un ser humano tenga un hemisferio cerebral a cada lado y no tenga un corazón a cada lado. Y aún así, los científicos continúan organizando expediciones al Polo Norte porque siguen encariñados con la idea de un paisaje plano. Los científicos están también organizando expediciones para encontrar el corazón del hombre y, cuando tratan de hallarlo, por lo general empiezan por el lado equivocado.
Ahora bien, la mejor forma de comprobar la existencia de la perspicacia o la inspiración es verificando si resulta capaz de adivinar estas malformaciones o sorpresas ocultas. Si nuestro matemático de la luna vio los dos brazos y las dos orejas, podría deducir los dos omóplatos y los dos hemisferios cerebrales. Pero si adivinara el lugar correcto del corazón, yo lo llamaría algo más que un matemático. Ahora bien, ésta es exactamente la afirmación que sostengo desde que abogo por el cristianismo. No es tan sólo que el cristianismo deduce verdades lógicas. Sucede que cuando, de pronto, se vuelve ilógico es porque ha encontrado, por decirlo así, una verdad ilógica. No es tan sólo que acierta acerca de las cosas sino que falla – por decirlo de algún modo – exactamente en dónde las cosas también fallan. Su plan se condice con las secretas irregularidades y espera lo inesperado. Es simple acerca de la verdad simple, pero se vuelve obstinado en relación con la verdad sutil. Admitirá que una persona tiene dos manos, pero no admitirá (aunque todos los modernistas aúllen por ello) la deducción aparentemente obvia de que tiene dos corazones. Mi propósito en este capítulo es señalar esto; mostrar que cuando sentimos que hay algo paradójico en la teología cristiana, por lo general hallaremos que hay algo paradójico también en la verdad.
Ya he aludido a esa frase sin sentido según la cual, éste o aquél credo no puede ser creído en nuestra época. Por supuesto que cualquier cosa puede ser creída en cualquier época. Pero, por extraño que parezca, existe realmente un sentido en el cual un credo, si es que es creído en absoluto, puede ser creído de una manera más estable en una sociedad compleja que una sociedad simple. Si una persona encuentra que el cristianismo es verdadero en Birmingham, tendrá en realidad más razones para su fe que si lo hubiera hallado verdadero en Mercia.[75] Porque mientras más complicada parezca la coincidencia,, menos coincidencia puede ser. Si cayeran copos de nieve en la forma de, digamos, el corazón de Midlothian,[76] eso podría ser un accidente. Pero si cayesen copos de nieve con la forma exacta del laberinto de Hampton Court[77] creo que a eso se lo podría llamar milagro. Es exactamente un milagro como ése que he llegado a sentir respecto de la filosofía del cristianismo. La complejidad de nuestro mundo moderno demuestra la verdad del credo con mayor perfección que cualquiera de los problemas simples de las épocas de fe. Fue en Notting Hill y en Battersea[78] que comencé a ver que el cristianismo era verdadero. Es por esta complejidad que la fe tiene esa elaboración de doctrinas y detalles que tanto desespera a quienes admiran el cristianismo sin creer en él. Pero una vez que cree, el creyente está orgulloso de la complejidad de su credo, de la misma forma en que los científicos están orgullosos de la complejidad de la ciencia. Demuestra la riqueza de sus descubrimientos. Si está en lo cierto en absoluto, será un halago decir que está elaboradamente en lo cierto. Un palo puede calzar en un agujero y una piedra puede calzar en un pozo por accidente. Pero tanto una llave como una cerradura son complejas. Si una llave calza en una cerradura, sabemos que es la llave correcta.
Pero esta precisión intrínseca del asunto hace muy difícil lo que ahora tenemos que hacer, que es describir esta acumulación de la verdad. Es muy difícil para un hombre defender cualquier cosa de la que está completamente convencido. Es comparativamente más fácil hacerlo cuando está sólo parcialmente convencido. Cuando su convicción es sólo parcial es porque ha encontrado la prueba de esto o de lo otro y puede exponerla. Pero una persona no se convence de una teoría filosófica cuando encuentra que hay algo que la demuestra. Sólo estará realmente convencido si encuentra que todo la demuestra. Y mientras más razones convergentes encuentre apoyando su convicción, más incómodo se sentirá cuando se le pida de repente que las resuma. Si se le preguntase súbitamente a un hombre inteligente común: “¿Por qué prefiere usted la civilización a la barbarie salvaje?” el individuo miraría desesperado a su alrededor buscando un objeto tras otro y sólo sería capaz de responder vagamente, “Bueno, ahí está ese estante lleno de libros . . . y el carbón en la carbonera . . . y los pianos . . . y los policías.” El problema de la civilización es que es un problema complejo. ¡Ha hecho tantas cosas! Pero precisamente esa multiplicidad de pruebas, que debería convertir la respuesta en aplastante, hace que la respuesta sea imposible.
Por consiguiente, existe una especie de enorme impotencia en relación con toda convicción completa. La creencia es tan grande que se necesita mucho tiempo para traducirla en acción. Y lo más extraño de todo es que esta vacilación surge principalmente de lo indiferente que resulta el lugar por dónde uno tendría que empezar. Todos los caminos conducen a Roma; razón por la cual muchas personas nunca llegan a ella. En el caso de la defensa de la convicción cristiana, confieso que me daría lo mismo comenzar el argumento tanto con un tema como con otro; podría comenzar con un nabo o con un taxímetro. Pero si he de ser en absoluto cuidadoso de expresarme con claridad, creo que lo más aconsejable será continuar con los argumentos ya expuestos en el capítulo anterior que estaba dedicado a exponer la primera de estas coincidencias, o más bien ratificaciones, místicas. Todo lo que hasta ese momento había escuchado sobre la teología cristiana me alienaba de ella. Fui pagano a la edad de doce años y un completo agnóstico a los dieciséis; y no puedo entender cómo alguien puede pasar la edad de diecisiete años sin haberse hecho una pregunta tan simple. Conservé, por cierto, una nebulosa reverencia por una deidad cósmica y un gran interés histórico por el Fundador del cristianismo. Pero lo consideré conscientemente como un hombre; aunque, quizás y hasta en ese punto, estimé que le sacaba ventaja a algunos de sus críticos modernos. Leí la literatura científica y escéptica de mi tiempo – toda ella. Al menos lo que pude encontrar escrito en inglés y disponible por ahí. Y no leí nada más. Me refiero a que no leí otra cosa sobre cualquier otro aspecto de la filosofía. Las novelas baratas de terror que también leí estaban, por cierto, dentro de la saludable y heroica tradición cristiana, pero yo no lo sabía en ese momento. Nunca leí una sola línea de apologética cristiana. Hasta el día de hoy leo lo menos que puedo sobre ella. Fueron Huxley y Herbert Spencer quienes me trajeron de regreso a la ortodoxia teológica. Fueron ellos quienes sembraron en mi mente las primeras tremendas dudas sobre la duda. Nuestras abuelas estaban bastante en lo cierto cuando afirmaban que Tom Paine[79] y los librepensadores perturbaban el pensamiento. Lo perturban. Al mío lo perturbaron horriblemente. Los racionalistas hicieron que me preguntara si la razón sirve para algo en absoluto; y cuando terminé con Herbert Spencer llegué hasta a poner en duda (por primera vez) que la evolución hubiese ocurrido jamás. Cuando terminé de leer la última de las clases ateas del Coronel Ingersoll,[80] se me cruzó por la cabeza la espantosa observación “Por poco, con tus argumentos, haces de mí un cristiano.”[81] Me encontré en un estado desesperante.
Se puede ilustrar de muchas maneras este extraño efecto que tienen los grandes agnósticos de provocar dudas más profundas que las de ellos. Elegiré sólo una. Mientras leía y releía los comentarios no-cristianos o anticristianos sobre la fe, desde Huxley hasta Bradlaugh[82], una leve y atroz impresión creció en mi mente, en forma gradual pero bien gráfica – la impresión de que el cristianismo tenía que ser de lo más extraordinario. Porque (tal como se desprendía de lo que entendí) no era tan sólo que el cristianismo adolecía de los más flagrantes defectos sino que, aparentemente, tenía el talento místico de combinar defectos que parecían inconsistentes entre si. Se lo atacaba desde todos lados y por razones contradictorias. Ni bien un racionalista terminaba de demostrar que estaba ubicado demasiado hacia el Este, venía otro que demostraba con la misma claridad que estaba demasiado al Oeste. Ni bien se había calmado mi indignación por su angular y agresiva cuadratura, se me instaba a ver y condenar su enervante y sensual redondez. Para el caso de que algún lector no haya tropezado también con lo que quiero decir, daré algunos ejemplos de esta contradicción intrínseca en el ataque de los escépticos, tal como los recuerdo al azar. Los ejemplos serán cuatro o cinco. Hay como cincuenta más.
Así, por ejemplo, quedé muy impresionado por el elocuente ataque al cristianismo como algo inhumanamente lúgubre; porque pensé (y sigo pensando) que el pesimismo sincero es un pecado imperdonable. El pesimismo insincero es una conquista social más bien aceptable y, por suerte, casi todos los pesimistas no son sinceros. Pero si el cristianismo era, como decían estas personas, una cosa puramente pesimista y contraria a la vida, pues en ese caso yo estaba dispuesto a hacer volar la Catedral de San Pablo por los aires. Pero lo más extraordinario de todo era que, después de haberme demostrado en el Capítulo I (a mi entera satisfacción) que el cristianismo era demasiado pesimista, venía el Capítulo II en dónde me empezaban a demostrar que era, en buena medida, demasiado optimista. Una de las acusaciones era que el cristianismo, por medio de lágrimas y terrores enfermizos, impedía que las personas buscaran alegrías y placeres en el seno de la Naturaleza. Pero la siguiente acusación era que consolaba a las personas con una providencia ficticia y las ponía en una guardería infantil pintada en tonos color de rosa. Uno de los grandes agnósticos se preguntaba por qué se consideraba a la Naturaleza como insuficientemente hermosa y por qué se decía que resultaba difícil ser libre. El otro gran agnóstico objetaba que el optimismo cristiano era “el manto de la ficción tejido por manos piadosas” colocado para ocultar el hecho que la Naturaleza era fea y que resultaba imposible ser libre. Apenas uno de los racionalistas terminaba de presentar al cristianismo como una pesadilla ya venía otro a decir que era el paraíso de los tontos. Esto me extrañó; las acusaciones resultaban inconsistentes. El cristianismo no podía ser la máscara negra de un mundo blanco y, al mismo tiempo, la máscara blanca de un mundo negro. La situación del cristiano no podía ser simultáneamente tan confortable que fuera cobardía aferrarse a ella y tan incómoda que fuera idiotez soportarla. Si distorsionaba la visión humana, tenía que distorsionarla de una manera o de la otra; yo no podía usar anteojos con vidrios coloreados de verde y rosa al mismo tiempo. Con terrible placer, como todos los jóvenes de aquella época, mi lengua desgranaba las burlas que Swinburne[83] le lanzaba a la insipidez del credo:
“Has vencido, oh pálido Galileo,el mundo se ha vuelto gris con Tu aliento.”
Pero cuando leí la descripción que del paganismo hacía el mismo poeta (por ejemplo, en “Atlanta”), me quedé con la impresión de que el mundo había sido posiblemente más gris antes de que el Galileo respirara sobre él. En realidad el poeta sostenía que, en abstracto, la vida misma era más negra que la boca del lobo. Y aún así, de alguna manera, el cristianismo la había logrado oscurecer. La misma persona que acusaba al cristianismo de pesimismo, era un pesimista. Algo estaba mal. Y por un momento se me cruzó por la mente que los mejores jueces de la relación entre la religión y la felicidad no podían ser quienes, en si mismos, no poseían ni religión ni felicidad.
Queda sobreentendido que no llegué apresuradamente a la conclusión de que las acusaciones eran falsas o los acusadores tontos. Simplemente deduje que el cristianismo tenía que ser algo más estrafalario y más malvado de lo que ellos decían. Algo podía tener estos dos defectos opuestos; pero, de tenerlos, tendría que ser bastante grotesco. Un hombre puede ser demasiado gordo en cierta parte de su cuerpo y demasiado flaco en la otra; pero su figura sería muy extraña. Llegado a este punto, mis pensamientos sólo se centraban en la extraña figura de la religión cristiana y no me adscribí a ninguna figura extraña en la mente racionalista.
He aquí otro ejemplo de la misma clase. Me pareció que había un argumento sólido contra el cristianismo en la acusación de que, en todo lo llamado “cristiano”, hay algo tímido, monacal y poco viril; especialmente en su actitud frente a la resistencia y a la lucha. Los grandes escépticos del Siglo XIX eran mayormente viriles. Bradlaugh de un modo expansivo, Huxley de un modo reticente, eran decididamente hombres. En comparación, parecía sostenible que hay algo débil y demasiado paciente acerca de los consejos cristianos. La paradoja del Evangelio acerca de la otra mejilla, el hecho de que los sacerdotes nunca peleaban, y cientos de cosas más hacían plausible la acusación de que el cristianismo constituía un intento de hacer que los hombres fuesen como ovejas. Lo leí y lo creí; y si no hubiera leído nada diferente, lo hubiera seguido creyendo. Pero leí algo muy diferente. Volteé la página de mi manual agnóstico y mi cerebro quedó dado vuelta. Ahora se me decía que tenía que odiar al cristianismo, no porque había peleado poco sino porque había peleado demasiado. Según esto, el cristianismo parecía ser la madre de todas las guerras. El cristianismo había inundado al mundo con sangre. Había empezado por enojarme con el cristiano porque nunca se enfurecía. Y ahora me pedían que me enojase con él porque su furia había sido la cosa más enorme y horrible en la historia de la humanidad; porque su furia había empapado la tierra y ahumado al sol. Las personas que le reprochaban al cristianismo la sumisión y la no-resistencia de los monasterios eran las mismas que le reprochaban también el coraje de las Cruzadas. Era (de un modo o de otro) culpa del cristianismo, tanto que Eduardo el Confesor[84] no luchara como que lo hiciera Ricardo Corazón de León[85]. Los cuáqueros (se nos decía) eran los únicos cristianos típicos; y sin embargo las masacres de Cromwell[86] y de Alba[87] fueron crímenes típicamente cristianos. ¿Qué podía significar todo eso? ¿Qué era este cristianismo que siempre prohibía la guerra y siempre producía guerras? ¿Cuál podía ser la naturaleza de algo que uno podía despreciar, primero porque no quería pelear y después porque siempre estaba peleando? ¿En qué mundo de acertijos había nacido este monstruoso asesinato y esta monstruosa sumisión? La figura del cristianismo se me hacía más insólita a cada instante.
Y voy al tercer caso, que es el más extraño de todos porque implica una objeción real a la fe. La única verdadera objeción al cristianismo es, simplemente, que es una religión. El mundo es un lugar grande, lleno de diferentes clases de gentes. El cristianismo – podría decirse – es una cosa confinada a cierta clase de gente; habiendo comenzado en Palestina, prácticamente se detuvo en Europa. En mi juventud, quedé realmente impresionado por este argumento y me sentí inclinado hacia la doctrina frecuentemente predicada en las Sociedades Éticas – me refiero a la que sostiene que existe una gran iglesia inconsciente de toda la humanidad fundada en la omnipresencia de la conciencia humana. Se afirmaba allí que los credos dividían a los hombres pero al menos la moral los unía. El espíritu podía buscar en los países y en las eras más extrañas y remotas, y siempre seguiría encontrando un esencial sentido común ético. Podría encontrar a Confucio bajo árboles orientales y estaría escribiendo: “No robarás”. Podría descifrar el más enigmático jeroglífico en el desierto más primigenio y el significado, una vez descifrado, sería: “Los niños pequeños no deben mentir”. Creí en esta doctrina de la hermandad de todos los seres humanos poseedores de un sentido moral, y sigo creyendo en ella – además de otras cosas. Y estaba profundamente enojado con el cristianismo por sugerir (suponía yo) que épocas e imperios enteros habían carecido por completo de esta luz de justicia y razón. Pero después encontré algo sorprendente. Encontré que la misma gente que decía que la humanidad constituía una sola iglesia, desde Platón hasta Emerson[88], era la misma gente que decía que la moralidad ha cambiado por completo y que lo que estaba bien en una época, estaba mal en la otra. Si preguntaba, digamos, por un altar, me decían que no lo necesitamos porque los seres humanos, nuestros hermanos, nos ofrecían claros oráculos y un solo credo en sus costumbres e ideales universales. Pero si tímidamente se me ocurría señalar que una de las costumbres universales del ser humano fue la de tener un altar, mis maestros agnósticos hacían un giro de ciento ochenta grados y me decían que los seres humanos siempre habían vivido en la oscuridad y en la superstición de los salvajes. Hallé que su crítica cotidiana al cristianismo era que representaba la luz para ciertas personas y había dejado morir en la oscuridad a otras. Pero también encontré que se jactaban especialmente de que la ciencia y el progreso constituían el descubrimiento de ciertas personas y que todas las demás habían muerto en la oscuridad. Su principal insulto al cristianismo era, en realidad, una forma de lisonjearse a si mismos, y parecía haber una rara injusticia en toda su relativa insistencia en ambas cosas. Cuando se trataba de considerar a algún pagano o a algún agnóstico, teníamos que recordar que todos los seres humanos tienen una religión común; pero cuando se trataba de algún místico o espiritualista, sólo teníamos que considerar cuan absurdas religiones tenían ciertas personas. Podíamos confiar en la ética de Epícteto[89] porque la ética nunca cambiaba. Pero no teníamos que confiar en la ética de Bossuet[90], porque la ética había cambiado. No había cambiado en dos mil años, pero lo había hecho en doscientos.
Esto empezaba a ser alarmante. No parecía tanto que el cristianismo fuese lo suficientemente malo como para incluir todos los defectos, sino más bien que cualquier palo era suficientemente bueno para pegarle al cristianismo. Y de nuevo: ¿qué podía tener ese algo asombroso que la gente ansiaba tanto contradecir que, al hacerlo, no le importaba contradecirse? Por todas partes veía lo mismo. No puedo ocupar más espacio con los detalles de esta discusión, pero para que nadie diga que he seleccionado injustamente tres casos accidentales, recorreré brevemente algunos otros. Así, algunos escépticos escribieron que el gran crimen del cristianismo fue su ataque a la familia; que había arrastrado a las mujeres hacia la soledad y la contemplación del convento, lejos de sus hogares y de sus hijos. Pero después, otros escépticos (levemente más avanzados) decían que el gran crimen del cristianismo consistía en habernos impuesto el matrimonio; que había condenado a las mujeres al tedio de sus hogares y de sus hijos, prohibiéndoles la soledad y la contemplación. Con lo cual, la acusación terminaba invirtiéndose. O bien ciertas frases en las Epístolas o en el ritual del matrimonio demostraban, según los anticristianos, desprecio por el intelecto de la mujer. Pero encontré que los anticristianos mismos manifestaban desprecio por el intelecto femenino cuando su gran burla de la Iglesia en el continente europeo consistía en señalar que “sólo las mujeres” concurrían a ella. O bien el cristianismo era criticado por sus costumbres de austeridad y de ayuno, con sus hábitos de telas burdas y sus arvejas secas. Pero al minuto siguiente el cristianismo resultaba denostado por su pompa y su ritualismo; por sus altares de pórfido y sus mantos dorados. Se lo criticaba por ser demasiado simple y por ser demasiado colorido. Por otra parte, el cristianismo siempre fue acusado de reprimir demasiado la sexualidad; hasta que Bradlaugh, el malthusiano[91], descubrió que la había reprimido demasiado poco. Con frecuencia se lo acusa, de una sola tirada, de respetabilidad mojigata y de extravagancia religiosa. Entre las tapas del mismo folleto ateo, encontré a la fe censurada por su desunión “Todos opinan algo diferente” y también censurada por su unión “Lo que evita que el mundo se vaya al demonio es la diferencia de opiniones”. En la misma conversación un librepensador amigo mío le reprochó al cristianismo su desprecio por los judíos y después despreció al cristianismo por ser de origen judío.
Quería ser justo entonces y quiero ser justo ahora. En aquél momento no concluí que el ataque contra el cristianismo estaba completamente equivocado. Sólo llegué a la conclusión de que, si el cristianismo estaba equivocado, pues lo estaba y mucho. Todos esos horrores amenazadores podían combinarse en una sola cosa; pero en dicho caso, esa cosa tenía que ser muy rara y única. Existen hombres que son miserables y también despilfarradores; pero no abundan. Existen personas sensuales y también ascéticas; pero son raros. Ahora, si existía realmente esta masa de locas contradicciones, pietismo con sed de sangre, magnificencia con exceso de harapos, austeridad con ostentación y lujuria visual, misoginia con proteccionismo femenino, pesimismo solemne con optimismo estúpido; si este mal existía, tenía que haber en él algo bastante supremo y único. En todo caso, en mis maestros racionalistas no encontré ninguna explicación para semejante corrupción excepcional. A sus ojos (hablando en teoría) el cristianismo era sólo uno de los mitos comunes y sólo uno de los errores ordinarios de los mortales. Ellos no me ofrecían ninguna clave para esta retorcida y antinatural perversidad. Semejante paradoja del mal ya adquiría la estatura de lo sobrenatural. En verdad, era casi tan sobrenatural como la infalibilidad del Papa. Una institución histórica que jamás ha hecho nada bien es un milagro por lo menos tan grande como una institución que jamás se puede equivocar. Realmente, desde esta óptica si Jesús de Nazaret no fue el Cristo, tendría que haber sido el Anticristo.
Y después, en un momento de tranquilidad, un extraño pensamiento cayó sobre mí como un rayo silencioso. De pronto se me había ocurrido otra explicación. Supongamos que muchas personas nos hacen comentarios sobre un desconocido. Supongamos que estamos intrigados por el hecho de que algunos nos dicen que el hombre era demasiado alto y otros nos dicen que era demasiado bajo; que algunos objetan su obesidad y otros su delgadez; algunos lo consideran demasiado morocho y otros demasiado rubio. Una de las explicaciones sería – tal como lo vimos ya – que el sujeto es realmente estrafalario. Pero hay otra explicación: el sujeto podría ser perfectamente normal. Personas increíblemente altas podrían percibirlo como demasiado bajo. Personas muy bajas lo percibirían como demasiado alto. Vetustos gordinflones podrían considerarlo insuficientemente relleno; garbosos vejetes esmirriados podrían opinar que está hinchado más allá de los límites de la elegancia. Quizás los suecos, que tienen cabellos color de lino, lo llamarían morocho mientras que los negros lo considerarían definitivamente rubio. Quizás, en resumen, este fulano extraordinario no es más que alguien común y corriente; o por lo menos un fenómeno normal; un término medio central. Quizás es el cristianismo el que está cuerdo y todos sus críticos están locos – de muchas maneras diferentes. Verifiqué esta idea preguntándome si en los acusadores no habría algo de enfermizo que podría explicar sus acusaciones. Me sorprendí al comprobar que esta llave calzaba en la cerradura. Por ejemplo, resultaba ciertamente ridículo que el mundo acusara al cristianismo de austeridad física y de pompa artística al mismo tiempo. Pero no menos ridículo, muy ridículo, era que el mundo moderno mismo combinara extrema lujuria física con una extrema ausencia de esplendor artístico. Para el hombre moderno, la ropa de Becket[92] resultaba demasiado lujosa y su comida demasiado austera. Pero, por el otro lado, el hombre moderno era algo excepcional en la historia: ninguno antes de él había elaborado jamás una gastronomía tan elaborada y una vestimenta tan horrenda. El hombre moderno hallaba a la iglesia demasiado simple exactamente allí en dónde la vida moderna es demasiado compleja; hallaba a la iglesia demasiado fastuosa exactamente allí en dónde la vida moderna es demasiado lúgubre. El hombre al que le desagradaban los ayunos y las comidas austeras enloquecía por los postres. El hombre al que le desagradaban los fastuosos atuendos llevaba un par de pantalones despampanantes. Y, si en absoluto había algo de locura en el asunto, seguramente estaba en esos ridículos pantalones y no en la túnica simplemente vistosa. Si había algo de capricho en absoluto, estaba en los extravagantes postres y no en el pan y el vino.
Revisé todos los casos y encontré que, hasta allí, la llave seguía calzando. El hecho que Swinburne estuviese irritado por la infelicidad de los cristianos y más irritado todavía por su felicidad se podía explicar fácilmente. Ya no era una complicación de la enfermedad del cristianismo sino una complicación de la enfermedad de Swinburne. Las restricciones de los cristianos lo entristecían porque él era más hedonista de lo que cualquier persona sana podía llegar a ser. La fe de los cristianos lo enfurecía porque él era más pesimista de lo que una persona sana puede llegar a ser. De la misma manera, los mathusianos atacaban al cristianismo no porque hubiese algo especialmente anti-malthusiano en él sino porque hay algo un poco anti-humano en el maltusianismo.
Sin embargo, pensé que no podía ser del todo cierto que el cristianismo fuese simplemente sensato y se hallase en el término medio. Había en él realmente un elemento de énfasis y hasta de exaltación que justificaba la crítica superficial de los secularistas. El cristianismo podía ser sabio, y comencé a pensar cada vez más que era sabio, pero no era tan sólo mundanamente sabio; no era tan sólo moderado y respetable. Sus fieros Cruzados y sus mansos santos podían equilibrarse entre si; pero aún con esto los Cruzados habían sido muy feroces y los santos muy humildes, más allá de lo decente. Ahora bien, justo a esta altura de la especulación fue que recordé mis reflexiones sobre el mártir y el suicida. En esa cuestión había aparecido esa combinación de dos posiciones casi demenciales que, sin embargo y de alguna manera, resultaban en cordura. Ésta era tan sólo otra de esas contradicciones, y yo ya había encontrado que eran ciertas. Ésta era exactamente una de esas paradojas en las que los escépticos encontraban el error del credo mientras que yo había encontrado en ellas su acierto. Por más exageradamente que los cristianos amasen al mártir y odiasen al suicida, nunca sintieron esas pasiones de un modo más exaltado de lo que yo las había sentido mucho antes de soñar siquiera acerca del cristianismo. Luego, se abrió la parte más difícil e interesante del proceso mental y comencé a rastrear esta idea a tientas a través de todos los enormes pensamientos de nuestra teología. La idea era aquella que había bosquejado en lo referente al optimista y al pesimista: no queremos una amalgama o un compromiso, sino ambas cosas en toda su energía; amor y furia, ardientes ambos. Aquí sólo rastrearé sus relaciones con la ética. Aunque no necesito recordarle al lector que la idea de esta combinación es, por cierto, central a la ortodoxia teológica. Porque esa ortodoxia ha insistido especialmente en que Cristo no fue un ser diferente de Dios y del hombre, como un elfo; ni tampoco un ser mitad humano y mitad otra cosa, como un centauro, sino ambas cosas a la vez y ambas cosas plenamente, muy hombre y muy Dios. Pues bien, permítanme rastrear esta noción tal como la encontré.
Todas las personas cuerdas pueden constatar que la cordura es una especie de equilibrio; que alguien puede estar loco y comer demasiado, o estar loco y comer demasiado poco. Algunos modernos, por cierto, han surgido con nebulosas versiones de progreso y evolución que tratan de destruir el “mesón” o justo término medio de Aristóteles. [93]
Estas personas parecen querer sugerir que todos nosotros estamos destinados a morir de hambre progresivamente, o bien a comer desayunos cada vez más grandes cada mañana hasta el fin de los tiempos. Pero la gran obviedad del mesón sigue siendo válida para todos los hombres pensantes, y los modernos no han alterado ningún equilibrio excepto el de ellos mismos. Ahora bien, una vez concedido que todos tenemos que mantenernos en equilibrio, lo verdaderamente interesante está en la pregunta de cómo es posible hacerlo. Ése fue el problema que el paganismo trató de resolver, y ése fue el problema que el cristianismo resolvió, y de una manera muy curiosa.
El paganismo declaró que la virtud residía en el equilibrio; el cristianismo declaró que residía en el conflicto: en la colisión de dos pasiones aparentemente opuestas. Por supuestos que estas pasiones no eran realmente inconsistentes; pero eran de tal modo que resultaban difíciles de sostener simultáneamente. Sigamos por un momento la pista del mártir y del suicida, y tomemos el caso del coraje. No hay cualidad que haya confundido tanto los cerebros y enredado tanto las definiciones de los sabios meramente racionales. El coraje es casi una contradicción en los términos. Significa un fuerte deseo de vivir que toma la forma de una disposición a morir. “Quien quiera perder su vida se salvará” no es un fragmento de misticismo para santos y héroes. [94] Es un consejo común y corriente para marineros o alpinistas. Podría estar impreso en una guía o en un manual de entrenamiento para escaladores. Esta paradoja encierra todo el principio del coraje; incluyendo al coraje mundano y hasta al coraje bastante brutal. Un hombre aislado sobre un peñasco a la orilla del mar puede llegar a salvar su vida si se anima a arriesgarse a cruzar un precipicio. Podrá alejarse de la muerte sólo caminando continuamente a una pulgada de distancia de ella.
Un soldado rodeado de enemigos, si quiere romper el cerco, tendrá que combinar un fuerte deseo de vivir con una extraña indiferencia ante la muerte. No deberá aferrarse simplemente a la vida, porque en ese caso será un cobarde y no se evadirá. Tampoco debe simplemente esperar la muerte, porque en ese caso será un suicida y tampoco escapará. Deberá salvar su vida con una furiosa indiferencia por ella; deberá desear la vida como el agua y, a pesar de ello, beberla como si fuese vino. Creo que ningún filósofo ha expresado este acertijo romántico con adecuada lucidez; y por cierto que yo tampoco lo he logrado. Pero el cristianismo ha hecho más que eso: ha marcado los límites de la paradoja con las terribles tumbas del suicida y del héroe, mostrando la distancia que hay entre el que muere porque quiere vivir y el que muere porque quiere morir. Y desde siempre ha mantenido al tope de las lanzas europeas la bandera del misterio de la caballería: el coraje cristiano, que es un desprecio por la muerte; y no el coraje chino, que es un desprecio por la vida.
Después de eso empecé a darme cuenta de que esta doble pasión constituía la clave cristiana para la ética en general. En todos los ordenes, el credo actuaba de moderador en el silencioso choque de dos emociones impetuosas. Tómese, por ejemplo, la cuestión de la modestia, ese equilibrio entre el mero orgullo y la mera denigración. El pagano promedio, al igual que el agnóstico promedio, dirá simplemente que está satisfecho de si mismo, pero no insolentemente autosatisfecho, que los hay mejore y peores en grandes cantidades, que sus postres son sobrios pero que él se encarga de recibirlos. En resumen: caminará con la cabeza alzada pero no necesariamente alzando la nariz. Esta es una postura viril y racional, pero se expone a la objeción que ya hemos notado cuando vimos el compromiso entre el optimismo y el pesimismo – la “resignación” de Matthew Arnold. Una mezcla de dos cosas implica la disolución de las dos cosas; ninguna está presente con la plenitud de su vigor ni contribuye con la totalidad de su color. Este orgullo moderado y apropiado no eleva el corazón como un toque de trompetas; nadie se vestiría de púrpura y oro por algo así. Por otra parte, esta tímida modestia racional no limpia el alma con fuego haciéndola clara como un cristal; no convierte al hombre – como lo hace la humildad estricta e inquisitiva – en casi un niño pequeño que puede sentarse a los pies de una brizna de pasto. No lo hace mirar hacia arriba para ver maravillas; porque Alicia tiene que hacerse pequeña si es que quiere ser la Alicia del País de las Maravillas. De esta manera, la tímida modestia racional pierde tanto la poesía de ser orgullosa como la poesía de ser humilde. Lo que el cristianismo buscó con sus raros métodos fue rescatar ambas poesías.
Separó las dos ideas y las exageró a ambas. En cierto sentido el Hombre sería más arrogante que nunca antes; en otro sentido el hombre sería más humilde que nunca antes. En la medida en que soy un Hombre, soy el rey de la Creación. En la medida en que soy un hombre, soy el principal pecador. Toda la humildad que había significado pesimismo, que había significado que el ser humano tuviese una indefinida o malévola visión de todo su destino – todo eso tenía que desaparecer. No oiríamos más el clamor del Eclesiastés acerca de que la humanidad no tenía preeminencia por sobre las bestias, o el terrible lamento de Homero diciendo que el hombre era tan sólo la más triste de las bestias del campo. El Hombre era la estatua de Dios caminando por el jardín. El Hombre tenía preeminencia por sobre todas las bestias; el hombre sólo estaba triste porque no era una bestia sino un dios roto. Los griegos habían hablado de hombres arrastrándose por la tierra como si se aferraran a ella. Ahora el Hombre hollaría la tierra como para conquistarla. El cristianismo sostuvo así una idea de la dignidad del hombre que sólo podía expresarse mediante coronas radiantes como el sol y abanicos hechos de plumas de pavo real. Y sin embargo, al mismo tiempo, era capaz de contener una idea de la abyecta pequeñez del hombre que sólo podía ser expresada, mediante el ayuno y una fantástica sumisión, en las grises cenizas de Santo Domingo[95] y en las blancas nieves de San Bernardo[96].
Cuando uno se ponía a pensar en su propio ser, había suficiente perspectiva y restricción para cualquier cantidad de austera abnegación y amarga verdad. Aquí el caballero realista podía dejarse ir – siempre y cuando se dejara ir dentro de si mismo. Había un campo de juego abierto para el feliz pesimista. Dejen que diga cualquier cosa contra si mismo con tal de que no blasfeme contra el objetivo original de su ser; dejemos que se llame un tonto y hasta un maldito estúpido (aunque eso ya sería calvinista); con tal que no diga que los tontos no merecen ser salvados. No debe decir que el hombre, el hombre, puede carecer de valor. Aquí, otra vez, el cristianismo superó la dificultad de combinar dos furiosos opuestos, manteniéndolos a ambos y manteniéndolos furiosos a los dos. La Iglesia fue positiva sobre ambos aspectos. Difícilmente alguien puede exagerar la pequeñez de su propio ser. Difícilmente alguien pueda exagerar la importancia de su propia alma.
Tomen otro caso: la complicada cuestión que la caridad, algo que ciertos idealistas muy despiadados parecen creer que es bastante fácil. La caridad es una paradoja, al igual que la modestia y el coraje. Expresada lisa y llanamente, la caridad significa una de dos cosas: o bien el perdón de lo imperdonable, o bien el amor a personas imposibles de amar. Pero si nos preguntamos (como lo hicimos en el caso del orgullo) qué es lo que un pagano sensato sentiría acerca de una cuestión como ésa, probablemente estaríamos empezando por el fondo del asunto. Un pagano sensato diría que hay personas a las que se puede perdonar y personas a las que no se puede: si un esclavo roba algo de vino, uno puede reírse; pero si un esclavo traiciona a su benefactor, uno puede matarlo y maldecirlo aún después de muerto. En la medida en que la acción era perdonable, la persona era perdonable. Esto, otra vez, es racional y hasta reconfortante; pero es una dilución. No deja espacio a un horror absoluto por la injusticia de la misma intensidad que el aprecio por la belleza de la inocencia. Y no deja lugar a la ternura de los seres humanos por otros seres humanos; algo que constituye toda la fascinación de quienes son caritativos. El cristianismo intervino en esto del mismo modo en que ya vimos. Sorprendentemente comenzó con una espada y separó una cosa de la otra. Separó al crimen del criminal. Al criminal debemos perdonarlo setenta veces siete veces. Al crimen no lo debemos perdonar en absoluto. No era suficiente que los esclavos que robaban vino inspirasen, en parte enojo y en parte compasión. Teníamos que enojarnos mucho más que antes con el robo y ser mucho más compasivos que antes con el ladrón. De pronto había espacio para que el enojo y el amor corriesen en libertad. Y mientras más consideraba al cristianismo, más hallaba que, aparte de establecer una norma y un orden, su objetivo principal consistía en dejar espacio para que las cosas buenas corriesen en libertad.
La libertad mental y la libertad emocional no son tan simples como parecen. Realmente, requieren un equilibrio casi tan delicado como las leyes y las condiciones de la libertad sociopolítica. El anarquista estético común que se pone a sentirlo todo libremente termina enredado en una paradoja que al final le impide sentir en absoluto. Se escapa de los límites del hogar para perseguir a la poesía. Pero, al dejar de sentirse dentro de los límites de su hogar, cesa también de sentir la “Odisea”[97]. Se libera de prejuicios nacionales y está más allá del patriotismo. Pero, el estar más allá del patriotismo significa estar más allá de “Enrique V”[98]. Semejante literato está simplemente fuera de toda literatura: es más un prisionero que cualquier extremista. Porque, si hay una pared entre usted y el mundo, no hay mucha diferencia entre quedar encerrado adentro y quedar encerrado afuera. No queremos la universalidad que hay fuera de los sentimientos normales; queremos la universalidad que está dentro de los sentimientos normales. Hay una gran diferencia entre librarse de ellos como quien se libera de una prisión y librarse de ellos como quien se libera de una ciudad. Estoy libre del Castillo de Windsor (es decir: no estoy detenido allí por la fuerza); pero de ninguna manera me he liberado de ese edificio. ¿Cómo un hombre aproximadamente libre de emociones refinadas podría hacerlas vibrar en un espacio abierto sin perjuicio o desastre? Ése fue el logro de la paradoja cristiana de las pasiones paralelas. Una vez concedido el dogma original de la guerra entre lo divino y lo diabólico, podían soltarse en catarata la rebelión y la ruina del mundo, el optimismo y el pesimismo, como si fueran poesía pura.
San Francisco[99], alabando todo lo bueno, podía ser un optimista más alborotador que Walt Whitman[100]. San Jerónimo[101], denunciando al demonio, podía pintar al mundo más negro que Schopenhauer. Ambas pasiones pudieron ser libres porque se las mantenía en su lugar. El optimista podía derramar todos los elogios que quería sobre la alegre música de las marchas, las trompetas doradas y los rojos estandartes yendo a la batalla. Pero no debía decir que la lucha era inútil. El pesimista podría describir, con todo el dramatismo que quisiera, las agotadoras marchas o las heridas sangrantes. Pero no debía decir que la lucha era desesperanzada. Lo mismo se aplicaba a todos los demás problemas morales, como el orgullo, la protesta, y la compasión. Al tener definida su doctrina principal, la Iglesia no sólo podía mantener lado a lado cosas aparentemente inconsistentes sino, más aún, les permitía salir libres en una suerte de violencia artística que de otro modo sólo le era posible a los anarquistas. La humildad se hizo más dramática que la locura. El Cristianismo Medieval se convirtió en un elevado y raro golpe de efecto teatral de moralidad – con cosas que son a la virtud lo que los crímenes de Nerón[102] son al vicio. Los espíritus de la indignación y de la caridad adoptaron formas terribles y atractivas, abarcando desde la violencia monacal que azotó como a un perro al primero y más grande de los Plantagenetas[103] hasta la sublime piedad de Santa Catalina[104] quien, en el desastre oficial, besó la cabeza ensangrentada del criminal. La poesía podía ser tanto una actuación como una composición. Este estilo heroico y monumental de la ética ha desaparecido por completo con la religión sobrenatural. Ellos, siendo humildes, podían exhibirse; nosotros somos demasiado orgullosos para ser prominentes. Nuestros maestros de ética actuales escriben razonablemente sobre la reforma penal; pero no es probable que veamos al señor Cadbury[105], o a algún otro eminente filántropo, ir a la cárcel de Reading para abrazar un cadáver estrangulado antes de que sea arrojado a la fosa común. Nuestros maestros de ética hablan débilmente contra el poder de los millonarios; pero no es probable que veamos como al señor Rockefeller, o a algún otro tirano moderno, lo azotan públicamente en la Abadía de Westminster.
De este modo, las acusaciones por partida doble de los secularistas, a pesar de que no ofrecen más que oscuridad y confusión, arrojan una luz real sobre la fe. Es cierto que la Iglesia histórica exaltó el celibato y la familia al mismo tiempo; que estuvo – si es posible ponerlo así – feroz y simultáneamente por tener hijos y por no tenerlos. Ha mantenido estas cosas lado a lado como dos fuertes colores; rojo y blanco, como el rojo y el blanco del escudo de San Jorge. Siempre tuvo una saludable aversión por el rosado. Odia esa combinación de dos colores que es el débil recurso de los filósofos. Odia esa evolución del blanco al negro que equivale a un sucio gris. De hecho, toda la teoría de la Iglesia sobre la virginidad puede ser simbolizada por la afirmación que el blanco es un color y no meramente la ausencia de un color. Todo lo que estoy sugiriendo aquí puede expresarse diciendo que el cristianismo, en la mayoría de estos casos, trató de mantener dos colores, en coexistencia pero puros. No es una mezcla como el anaranjado o el morado; es más bien como la seda bicolor, porque la seda bicolor siempre está tejida a ángulos rectos, con dos colores que forman una cruz.
Lo mismo sucede, por supuesto, con las acusaciones contradictorias de los anti-cristianos respecto del sometimiento y las masacres. Es cierto que la Iglesia a algunos hombres les dijo que combatieran y a otros que no lo hagan. Es cierto que aquellos que combatieron lo hicieron como relámpagos y los que no lo hicieron fueron como estatuas. Todo esto simplemente significa que la Iglesia prefirió utilizar a sus Superhombres y a sus Tolstoyanos. Tiene que haber algún bien en la vida guerrera, ya que a tantos buenos hombres les gustó ser soldados. Tiene que haber algún bien en la idea de la no-violencia, ya que a tantos buenos hombres les gustó ser cuáqueros. Todo lo que hizo la Iglesia (en este sentido) fue evitar que estas cosas buenas se excluyesen mutuamente. Los tolstoyanos, al tener todos los escrúpulos del monje, simplemente se hicieron monjes. Los cuáqueros se convirtieron en un club en vez de convertirse en una secta. Los monjes dijeron todo lo que Tolstoy dice; derramaron lúcidos lamentos acerca de la crueldad de las batallas y lo inútil de la venganza. Pero los tolstoyanos no son completamente adecuados para gobernar al mundo y, en la era de la fe, tampoco se les permitió gobernarlo. El mundo no se perdió la última carga de Sir James Douglas ni el estandarte de Juana de Arco. Y a veces esta pura misericordia y esta pura fiereza se encontraron y justificaron su alianza; la paradoja de todos los profetas se cumplió y en el alma de San Luis, el león se echó junto al cordero. Pero recuerden que este texto resulta interpretado muy livianamente. Constantemente se nos asegura, especialmente a través de nuestras tendencias tolstoyanas, que cuando el león se echa junto al cordero, el león se vuelve ovejuno. Pero ésa es brutal anexión e imperialismo de parte del cordero. Eso es simplemente el cordero absorbiendo al león en lugar del león comiéndose al cordero. El problema real es: ¿puede el león echarse junto al cordero y, a pesar de ello, mantener su regia ferocidad? Ése es el problema que encaró la Iglesia. Ése es el milagro que realizó.
Esto es lo que yo llamo adivinar las excentricidades ocultas de la vida. Esto es saber que el corazón de un hombre está a la izquierda y no en el medio. Esto es saber, no sólo que la tierra es redonda, sino conocer exactamente dónde es plana. La doctrina cristiana detectó las extravagancias de la vida. No sólo descubrió la ley sino que previó las excepciones. Subestiman al cristianismo quienes dicen que descubrió la compasión. Cualquiera puede descubrir la compasión. De hecho, todo el mundo lo hizo. Pero descubrir un plan para ser compasivo y también severo – eso fue anticipar una extraña necesidad de la naturaleza humana. Porque nadie quiere que se le perdone un gran pecado como si fuese uno pequeño. Cualquiera puede decir que no deberíamos ser ni muy miserables ni muy felices. Pero descubrir hasta qué punto uno puede ser bastante miserable sin que se vuelva imposible ser bastante feliz – eso fue todo un hallazgo en psicología. Cualquiera puede decir: “Ni fanfarrón ni sumiso” y eso sería una delimitación. Pero decir: “Aquí puedes fanfarronear y aquí puedes obedecer”, eso es emancipación.
El gran logro de la ética cristiana fue este descubrimiento de un nuevo equilibrio. El paganismo había sido como una columna de mármol, erguida en su proporcionalidad simétrica. El cristianismo fue como una enorme e irregular roca romántica que, a pesar de oscilar sobre su pedestal al menor toque, podía quedar sobre su trono por miles de años porque sus exageradas prominencias se equilibraban mutuamente. En una catedral gótica todas las columnas eran diferentes, pero todas eran necesarias. Cada soporte parecía accidental y fantástico; cada contrafuerte era volante. Del mismo modo, en la cristiandad, los accidentes aparentes se equilibraban. Becket vistió una camisa de crin bajo su oro y su carmesí; y habría mucho para decir de la combinación porque Becket obtuvo el beneficio de la camisa de crin mientras el pueblo en la calle obtenía el del carmesí y el oro. Al menos esta solución es mejor que la del millonario moderno que, hacia afuera viste de negro y de gris para los demás, y mantiene al oro cerca de su corazón. Pero el equilibrio no estuvo siempre confinado al cuerpo de un hombre como el de Becket. Con frecuencia el equilibrio estuvo distribuido por todo el cuerpo de la cristiandad. Porque un hombre rezaba y ayunaba en las nieves del Norte, podían lanzarse flores en su festival en las ciudades del Sur; y porque ciertos fanáticos tomaban agua en las arenas de Siria, los hombres podían seguir tomando sidra en los huertos de Inglaterra. Eso fue lo que hizo que la cristiandad fuese, simultáneamente, mucho más sorprendente y mucho más interesante que el imperio pagano. Del mismo modo, la catedral de Amiens no es mejor pero sí más interesante que el Partenón.
Si alguien desea una prueba de todo esto, que considere el curioso hecho de que bajo el cristianismo, Europa – manteniéndose como unidad – se subdividió en naciones individuales. El patriotismo es un ejemplo perfecto de este deliberado equilibrar un énfasis con otro énfasis. El instinto del Imperio pagano hubiera dicho: “Seréis todos ciudadanos romanos y os desarrollaréis en forma similar; que los alemanes se vuelvan menos lentos y menos tradicionales mientras los franceses se vuelven menos revolucionarios y menos rápidos.” Pero el instinto de la Europa cristiana dijo: “Que los alemanes sigan siendo lentos y tradicionales y que el francés pueda ser rápido y revolucionario con mayor seguridad. Compensemos estos excesos. Ese disparate llamado Alemania corregirá esa otra locura llamada Francia.”
Por último, lo más importante. Exactamente esto es lo que explica aquello que resulta tan inexplicable para los críticos modernos de la historia del cristianismo. Me refiero a las monstruosas guerras por pequeñeces teológicas; a los terremotos de emoción por un gesto o por una palabra. Fueron cuestiones por tan sólo una pulgada; pero una pulgada lo es todo cuando uno está manteniendo el equilibrio. Sobre algunas cosas, la Iglesia no podía apartarse ni por el espesor de un pelo si quería continuar con su grande y audaz experimento de equilibrio inestable. Una vez que se dejara a una idea volverse menos poderosa podía suceder que otra idea se volviese demasiado poderosa. El pastor cristiano no estaba conduciendo a un hato de ovejas sino a una manada de toros y de tigres con tremendos ideales y doctrinas absorbentes, cada una de ellas lo suficientemente fuerte como para convertirse en una falsa religión y devastar al mundo. Hay que recordar que la Iglesia, como domadora de leones que era, se involucró específicamente en ideas peligrosas. La idea del nacimiento a través del Espíritu Santo, la idea de la muerte de un ser divino, del perdón de los pecados, o la del cumplimiento de las profecías; son todas ideas de las cuales cualquiera puede ver que basta un pequeño toque para convertirlas en algo blasfemo o feroz. Bastaba con que los artífices del Mediterráneo dejasen caer el más pequeño eslabón y el león del pesimismo ancestral rompería sus cadenas en los olvidados bosques del Norte. De estas ecualizaciones teológicas hablaré más adelante. Baste aquí con señalar que, si se cometía un pequeño error en la doctrina, se podía causar un enorme daño a la felicidad humana. Una frase mal redactada acerca de la naturaleza del simbolismo hubiera roto todas las mejores estatuas de Europa. Un desliz en las definiciones hubiera podido detener todas las danzas, resecar todos los árboles de Navidad y romper todos los huevos de Pascua. Las doctrinas tenían que ser definidas dentro de límites estrictos, aún para que el hombre pudiese disfrutar de libertades humanas generales. La Iglesia tenía que ser prudente, aunque más no fuese para que el mundo pudiese ser imprudente.
Éste es el emocionante romance de la Ortodoxia. Las personas han adquirido el tonto hábito de hablar de la ortodoxia como algo pesado, aburrido y seguro. Nunca hubo algo tan peligroso y excitante como la ortodoxia. Era cordura: y ser cuerdo es mucho más dramático que estar loco. Era el equilibrio del ser humano conduciendo caballos desbocados que querían correr una vez hacia un lado y luego hacia el otro, manteniendo sin embargo en cada actitud la gracia de la escultura y la precisión de la aritmética. La Iglesia, en sus primeras épocas, fue dura y rápida con todos los caballos de guerra. Sin embargo, decir que meramente se enloqueció con una idea como cualquier fanatismo vulgar es falsear completamente la historia. Viró hacia la izquierda y hacia la derecha exactamente lo necesario para evitar enormes obstáculos. Dejó a un costado la gran mole del arrianismo que, apoyado por todos los poderes mundanos, amenazaba con hacer del cristianismo algo demasiado mundano. Y al siguiente instante ya estaba virando para evitar un orientalismo que lo hubiera alejado demasiado de la realidad. La Iglesia en su ortodoxia nunca tomó un curso tibio ni aceptó convencionalismos; la Iglesia en su ortodoxia nunca fue respetable. Hubiera sido más fácil aceptar el poder mundano de los arrianos. En el Siglo XVII calvinista hubiera sido fácil caer en el pozo sin fondo de la predestinación. Es fácil ser un loco; es fácil ser un hereje. Siempre es fácil dejar que la época se salga con la suya; lo difícil es salirnos con la nuestra. Siempre es sencillo ser moderno, como que es fácil ser pedante. Caer en cualquiera de esas trampas abiertas de errores y exageraciones que, moda tras moda, secta tras secta, jalonaron la ruta histórica de la cristiandad – eso, por cierto que hubiera sido simple. Siempre es simple caer; hay infinitos ángulos en los que uno cae y sólo uno en el que queda parado. Hubiera sido por cierto conveniente y acomodaticio caer en cualquiera de los caprichos de moda, desde el gnosticismo hasta el cientificismo cristiano. Pero el haberlos evitado a todos ha sido una aventura tempestuosa y, en mi visión, el carruaje celestial vuela tronando a través de las épocas, dejando las tediosas herejías postradas y dispersas a un lado mientras la indómita verdad se mantiene insistente pero erguida.