domingo, 18 de enero de 2009

Ortodoxia (5)






por Gilbert K. Chesterton






V



La bandera del Mundo







uando era muchacho, había dos curiosas clases de hombres dando vueltas por ahí. Se los llamaba el optimista y el pesimista. Yo mismo usaba esas palabras, pero no me da vergüenza confesar que nunca tuve una idea demasiado concreta de lo que significaban. Lo único que podría considerarse evidente es que podían significar lo que se decía; ya que la explicación usual era que el optimista pensaba que el mundo era tan bueno como podía serlo mientras que el pesimista pensaba que era tan malo como podía ser. Desde el momento en que estas afirmaciones no eran más que colosales sinsentidos, uno no podía hacer más que salir en busca de otras explicaciones. Un optimista no podía ser una persona que pensaba que todo está bien y nada está mal. Porque eso no tiene sentido; es como decir que todo está a la derecha y nada a la izquierda. Considerándolo en conjunto, llegué a la conclusión de que el optimista creía en que todo – excepto el pesimista – era bueno, mientras que para el pesimista todo estaba mal, excepto él mismo. Sería injusto omitir de la lista, la misteriosa pero sugestiva definición dada, según se dice, por una pequeña niña: “Un optimista es un hombre que te mira a los ojos y un pesimista es un hombre que te mira los pies.” No estoy seguro, pero quizás ésta es la mejor definición de todas. Tiene hasta una especie de verdad alegórica. Porque podría establecerse una distinción útil entre ese pensador más bien tedioso que sólo piensa constantemente en nuestro contacto con la tierra y ese otro pensador más feliz que prefiere considerar el primario poder de nuestra visión y nuestra capacidad de elegir caminos.

Pero esta alternativa entre el optimista y el pesimista constituye un profundo error. La presunción implícita es que un hombre puede criticar este mundo como si estuviese por comprarse una casa; como si le estuviesen mostrando un nuevo edificio de departamentos. La persona que llegase a este mundo proveniente de algún otro mundo, podría discutir si la ventaja de tener bosques en pleno verano compensa la existencia de perros rabiosos, así como un hombre buscando vivienda podría evaluar la existencia de teléfono contra la ausencia de una vista al mar. Pero ningún ser humano se halla en esa posición. Una persona pertenece a este mundo aún antes de poder empezar a preguntarse si es lindo pertenecer a él. Ya peleó por la bandera y con frecuencia hasta obtuvo resonantes victorias para la bandera, incluso antes de ser reclutado. Para ser breves y expresar lo esencial de la cuestión: tiene una lealtad antes de tener cualquier admiración.

En el capítulo anterior se ha dicho que los cuentos de hadas son la mejor forma de expresar ese sentimiento primario en cuanto a que el mundo es extraño pero también atractivo. El lector, si lo desea, puede pasar por alto el período siguiente de esa literatura belicosa y hasta patriotera que, por lo general, sigue a la de los cuentos de hadas en la vida de un niño. Le debemos, todos, mucha sana moralidad a la literatura de terror barata. Haya sido cual fuere la razón, me pareció y me sigue pareciendo que nuestra actitud hacia la vida se puede expresar mejor en términos de una especie de lealtad militar que en términos de crítica y aprobación. Mi aceptación del universo no es optimismo, es más parecido a patriotismo. Es una cuestión de lealtad elemental. El mundo no es un socucho alquilado en Brighton del que nos podemos mudar porque es miserable. Es la fortaleza de nuestra familia con la bandera flameando sobre la torreta, y mientras más miserable es, menos la abandonaríamos. La cuestión no es si este mundo es demasiado triste como para amarlo o bien demasiado alegre como para no amarlo; la cuestión es que cuando se ama una cosa, su alegría es una razón para amarla y su tristeza es una razón para amarla más todavía. Para el patriota inglés, todos los pensamientos optimistas sobre Inglaterra y todos los pensamientos pesimistas acerca de ella constituyen razones igualmente valederas. De modo similar, el optimismo y el pesimismo, son argumentos equivalentes para el patriota cósmico.

Supongamos que nos enfrentamos con algo desesperante – digamos el Pimlico.[60] Si pensamos en lo que sería realmente mejor para Pimlico, encontraremos que el hilo del pensamiento nos lleva, o bien hacia el gobierno, o bien hacia lo místico y lo arbitrario. No alcanza con que una persona desapruebe a Pimlico. En un caso así, sólo podría cortarse las venas o mudarse a Chelsea. Ni tampoco, por cierto, alcanza con que una persona apruebe a Pimlico; porque en ese caso Pimlico permanecería siendo lo que es; o sea: horrible. La única forma de salir del problema parece ser que alguien ame a Pimlico; que alguien lo ame con un vínculo trascendental y sin ninguna razón mundana. Si surgiese un hombre que amase a Pimlico, pues entonces en Pimlico surgirían torres de marfil y pináculos dorados; Pimlico se vestiría como se viste una mujer cuando es amada. Porque la decoración no está para ocultar las cosas horribles sino para decorar las que ya son adorables. Una madre no le pone una corbata azul a su hijo porque, sin ella, el niño sería tan feo. Un amante no le regala un collar a una muchacha para tapar su cuello. Si las personas amasen a Pimlico como las madres aman a sus hijos – arbitrariamente y sólo porque son suyos – en un año o dos Pimlico podría ser más hermoso que Florencia. Algunos lectores me podrán decir que esto es sólo fantasía. Mi respuesta es que esta es la verdadera historia de la humanidad. Es un hecho que ésta es la forma en que las ciudades se hicieron grandes. Vayan atrás hacia las más remotas raíces de la civilización y las hallarán anudadas alrededor de alguna piedra sagrada o rodeando alguna fuente sagrada. Las personas primero le rindieron honores a un sitio y sólo después conquistaron glorias para él. Los hombres no amaron a Roma porque era grande; fue grande porque la amaron.

Las teorías sociales sobre el contrato social del Siglo XVIII han sido expuestas en nuestro tiempo a mucha crítica torpe. Es posible demostrar que estaban en lo cierto, en la medida en que querían expresar que, detrás de todo gobierno histórico, está la idea de consenso y cooperación. Pero estuvieron realmente equivocadas en la medida en que sugerían que los hombres alguna vez tendieron al orden o a la ética por medio de un intercambio consciente de intereses. La moralidad no comenzó con un hombre diciéndole al otro: “No te pegaré si no me pegas”. No hay ni vestigios de una transacción semejante. Pero sí hay vestigios de ambos hombres diciendo: “No debemos pegarnos en este lugar sagrado”. Obtuvieron su moralidad respetando su religión. No cultivaron la valentía. Pero combatieron por su templo y hallaron que se habían vuelto valientes. No cultivaron la limpieza. Pero se purificaron para el altar, y hallaron que estaban limpios. La historia de los judíos es el único documento antiguo que conoce la mayoría de los ingleses y los hechos pueden ser suficientemente bien juzgados por él. Los Diez Mandamientos, que en lo sustancial son comunes a toda la humanidad, fueron meramente órdenes militares; un código de instrucciones de regimiento, emitidas para proteger cierto arca a través de cierto desierto. La anarquía era mala porque ponía en peligro lo sagrado. Y recién cuando hicieron un día sagrado para Dios se dieron cuenta de que habían hecho un día sagrado para los hombres.

Si me conceden que esta inmemorial devoción a un lugar o a una cosa es una fuente de energía creativa, podemos seguir y pasar a un hecho peculiar. Reiteremos por un instante que el único verdadero optimismo es una especie de patriotismo universal. ¿Cuál es el problema con el pesimista? Creo que se puede definir diciendo es un antipatriota cósmico. ¿Y cuál es el problema con el antipatriota? Creo que eso puede ser definido, sin excesiva amargura, diciendo que es un amigo sincero. ¿Y cuál es el problema con un amigo sincero? Aquí chocamos contra la roca de la vida real y la inmutable naturaleza humana.

Me animo a decir que lo que está mal con el amigo sincero es que simplemente no es sincero. Está escondiendo algo: su propio depresivo placer en decir cosas desagradables. Tiene un secreto deseo de herir, no de ayudar. Realmente creo que esto es lo que hace a cierta clase de antipatriotas tan irritantes para los ciudadanos sanos. Y no estoy hablando (por supuesto) del antipatriotismo que sólo irrita a febriles corredores de bolsa y a actrices verborrágicas; porque eso es solamente patriotismo expresado en forma directa. Una persona que dice que ningún patriota debería criticar a la guerra contra los boers hasta que no haya terminado, lo que está diciendo es que ningún buen hijo debería advertirle a su madre que puede caer por un precipicio hasta que no haya caído. Pero hay una clase de antipatriota que realmente enfurece a las personas honestas, y se explica por lo que ya he sugerido. Es el amigo sincero insincero; la persona que dice: “Lamento decir que estamos arruinados”, y no lo lamenta en absoluto. Y, sin retórica alguna, puede ser llamado traidor; porque está usando ese feo conocimiento que le permitió fortalecer al ejército para desalentar a la gente a unirse a él. Puesto que le está permitido ser pesimista como asesor militar se permite ser pesimista como sargento de reclutamiento. Exactamente del mismo modo, el antipatriota cósmico es el pesimista que utiliza la libertad que la vida le permite a sus consejeros para alejar a la gente de su bandera. Concedo que este pesimista sólo afirma hechos; pero aún así sigue siendo esencial saber cuales son sus emociones; cual es su motivo. Puede ser que mil doscientas personas en Tottenham estén atacadas de viruela; pero quisiéramos saber si esto lo dice algún gran filósofo que quiere maldecir a los dioses, o lo dice algún funcionario común que quiere ayudarlos.

La maldad del pesimista no es, pues, que castiga a los dioses y a los hombres, sino que no ama lo que castiga – no posee esa primigenia y sobrenatural lealtad para con las cosas. ¿Qué es lo que está mal con la persona comúnmente llamada optimista? Obviamente que el optimista, deseando defender el honor de este mundo, se pone a defender lo indefendible. Es el patriotero del universo. Es el que dirá: “Mi cosmos, en el acierto y en el error”[61]. Estará menos inclinado a reformar las cosas y más inclinado a responder a los ataques con esa especie de respuestas oficiales de primera fila que tratan de calmar a todo el mundo con promesas. No limpiará al mundo lavándolo sino blanqueándolo con una mano de cal. Todo esto – que es aplicable a cierto tipo de optimista – nos lleva a una cuestión psicológica realmente interesante que no podría ser explicada sin lo que antecede.

Dijimos que tiene que haber una lealtad primaria para con la vida. La pregunta es: ¿debería ser una lealtad natural o sobrenatural? Si quieren ustedes ponerlo de otra forma: ¿debería ser una lealtad racional o irracional? Ahora bien, lo extraordinario es que el mal optimismo – es decir, el blanqueo; la débil defensa de cualquier cosa – viene junto con el optimismo racional. El optimismo racional conduce a la parálisis; es el optimismo irracional el que conduce a la reforma. Permítaseme explicarlo recurriendo una vez más al paralelo con el patriotismo. La persona que más probablemente arruinará el lugar al que ama es aquella que lo ama por alguna razón. La persona que mejorará el lugar es la persona que lo ama sin razón alguna. Si una persona ama alguna característica de Pimlico – por más improbable que parezca – es posible que termine defendiendo esa característica en contra de Pimlico mismo. Pero si simplemente ama a Pimlico en si, es posible que lo elimine convirtiéndolo en la Nueva Jerusalén. No niego que la reforma puede ser excesiva; sólo estoy diciendo que es el patriota místico el que reforma. La simple patriotería autocomplaciente es más común entre quienes tienen alguna pedante razón para su patriotismo. Los peores patrioteros no aman a Inglaterra sino a una teoría sobre Inglaterra. Si amamos a Inglaterra por ser un imperio, podemos estar sobrevaluando el éxito que tenemos en gobernar a los hindúes. Pero, si la amamos por ser una nación, podremos sobrellevar todos los acontecimientos; porque seguiría siendo una nación aún si los hindúes nos gobernaran a nosotros.
Consecuentemente, sólo permitirán la falsificación de la historia aquellos cuyo patriotismo depende de la historia. A una persona que ama a Inglaterra por ser inglesa no le importará cómo surgió Inglaterra. Pero una persona que ama a Inglaterra por ser anglosajona probablemente irá en contra de todos los hechos con tal de satisfacer su capricho. Puede terminar (como Carlyle[62] y Freeman) afirmando que la Conquista Normanda fue una Conquista Sajona. Puede terminar en la más absoluta irracionalidad – porque tiene una razón para ello. Un hombre que ama a Francia por ser militarista tratará de justificar al ejército de 1870. Pero un hombre que ama a Francia por ser Francia tratará de fortalecer al ejército de 1870. Esto es exactamente lo que han hecho los franceses y Francia es un buen ejemplo de la paradoja en funcionamiento. En ninguna otra parte hay un patriotismo más puramente abstracto y arbitrario; y en ningún otro lugar hay reformas más drásticas y extensas. Mientras más trascendental sea vuestro patriotismo, más prácticamente efectivas serán vuestras políticas.

Quizás la instancia más cotidiana de esta cuestión se dé en el caso de las mujeres y su extraña y sólida lealtad. Cierta gente estúpida implantó la idea de que, desde el momento en que obviamente las mujeres apoyan a los suyos contra lo que venga, las mujeres son ciegas y no se dan cuenta de nada. Esta gente difícilmente haya conocido a una mujer en absoluto. Porque las mismas mujeres que están dispuestas a defender a sus hombres contra viento y marea, son – en su trato cotidiano con el hombre – casi morbosamente conscientes de la debilidad de los argumentos o de la testarudez de él. Cuando un hombre tiene un amigo, lo aprecia y lo deja ser tal cual es. En cambio, su esposa lo ama y constantemente está tratando de convertirlo en otra persona. Las mujeres que son profundamente místicas en sus creencias, resultan también profundamente cínicas en su crítica. Thackeray[63] expresó esto muy bien cuando hizo que la madre de Pendennis, a pesar de idolatrar a su hijo como a un dios, presumiera que fracasaría como hombre. Subestimó su virtud y sobreestimó su valor. El devoto es enteramente libre para criticar; el fanático puede ser un escéptico sin correr riesgos. El amor no es ciego; eso es lo último que puede ser. El amor es un vínculo, y mientras más fuerte sea el vínculo, menos ciego es.

Al menos esto es lo que terminó siendo mi posición frente a todo aquello llamado optimismo, pesimismo y progreso. Antes de llevar a cabo cualquier reforma universal deberíamos hacerle un juramento de lealtad al universo. Una persona tiene que estar interesada en la vida para poder desinteresarse de las opiniones sobre ella. “Hijo mío, dame tu corazón”; el corazón tiene que estar comprometido con lo adecuado, porque en el momento en que tenemos el corazón fijamente puesto en algo, nuestras manos quedan libres.

Tengo que hacer una pausa aquí para anticiparme a una crítica obvia. Se me dirá que una persona racional aceptará al mundo como algo en el que se mezclan lo bueno y lo malo, y lo hará con una satisfacción y una entereza razonables. Y ésta es exactamente la actitud que considero equivocada. Ya sé que resulta una actitud muy común en nuestros tiempos; como que ha sido perfectamente descrita en aquellas serenas líneas de Matthew Arnold[64] que resultan más estridentemente blasfemas que los alaridos de Schopenhauer:

“Vivimos bastante: y si una vidaes en grandes logros tan mezquina;aún si soportable, difícilmente ha de merecerestas pompas mundanas, este dolor de nacer.”

Ya sé que esta sensación inunda nuestra época; pero pienso que es también lo que la congela. Porque para nuestros enormes proyectos de fe y de revolución, lo que necesitamos no es la fría aceptación del mundo como un compromiso, sino alguna forma en que podamos odiarlo y amarlo de todo corazón. No nos sirve que la alegría y la rabia se anulen mutuamente para producir un vulgar compromiso; lo que necesitamos es un entusiasmo más feroz y una insatisfacción más feroz todavía. Tenemos que sentir que el universo es el castillo del ogro a asaltar y, simultáneamente, que es nuestra propia choza a la que podemos regresar cuando cae el sol.

Nadie duda que el hombre común puede arreglárselas en este mundo. Pero lo que exigimos no es que tenga la fortaleza de estar en él sino la fortaleza de vivirlo. ¿Puede odiarlo lo suficiente como para cambiarlo y puede amarlo lo suficiente como para pensar que vale la pena cambiarlo? ¿Puede ver sus colosales bondades sin sentir aceptación aunque sea una sola vez? ¿ Puede ver sus maldades colosales sin desesperarse aunque sea una sola vez? En breve: ¿puede no sólo ser a la vez optimista y pesimista, sino fanáticamente pesimista y fanáticamente optimista? ¿Podrá ser tan pagano como para morir por el mundo y tan cristiano como para ofrendarle su muerte? Sostengo que ésta es la combinación en la que fracasa el optimista racional y tiene éxito el optimista irracional. Es el optimista irracional el que está dispuesto a hacer pedazos a todo el universo por el bien del universo mismo.

He puesto todas estas cosas, no en su madura secuencia lógica, sino tal como me vinieron; y esta visión se me aclaró y se me hizo más nítida en forma accidental. Bajo la larga sombra de Ibsen[65], de pronto surgió la pregunta de si no sería algo bueno asesinarse a uno mismo. Había pomposos modernos que nos decían que ni siquiera teníamos que decir “pobre diablo” a propósito de un hombre que se había volado los sesos, porque en realidad era una persona envidiable y sólo se los había volado a causa de su excepcional excelencia. El señor William Archer[66] hasta sugirió que en la próxima edad dorada habría máquinas automáticas en las cuales bastaría con introducir una moneda en la ranura para que una persona pudiese suicidarse al costo de un penique. Respecto de esto me encontré en una posición hostil a todos los que se llamaban liberales y humanos. No es tan sólo que el suicidio es pecado; es EL pecado. Es la maldad última y absoluta; es la negativa a interesarse por la existencia; la negativa a jurarle lealtad a la vida. El hombre que mata a un hombre, mata a un hombre. El hombre que se mata a si mismo, mata a todos los hombres – por lo que a él concierne, borra a todo el resto del mundo. Su acción es peor (considerándolo en forma simbólica) que cualquier violación o cualquier atentado con explosivos. Porque destruye todos los edificios y es una afrenta a todas las mujeres. El ladrón se conforma con diamantes pero no así el suicida: ése es su crimen. No puede ser sobornado ni siquiera por las esplendorosas piedras de la Ciudad Celestial. El ladrón respeta lo que roba, aunque no a quien se lo roba. Pero el suicida insulta a todo lo que existe sobre la tierra no robándolo. Denigra a toda flor rehusando vivir por ella. No existe ni la más pequeña criatura en el cosmos para la cual su muerte no sea una injuria. Cuando un hombre se ahorca colgándose de un árbol, las hojas podrían caer indignadas y los pájaros salir volando furiosos; porque cada uno de ellos ha recibido una afrenta personal. Por supuesto que pueden existir patéticas excusas emocionales para la acción. Con frecuencia las hay para la violación, y casi siempre las hay para el atentado con explosivos. Pero, si se trata de ideas claras y del sentido inteligente de las cosas, hay mucho más de verdad racional y filosófica en el entierro en las encrucijadas y en el empalamiento [67] que en las máquinas automáticas para suicidarse del señor Archer. Tiene sentido sepultar aparte a los suicidas. Ese crimen es diferente de otros crímenes, y lo es porque imposibilita hasta al crimen.

Aproximadamente por la misma época leí la solemne puerilidad de algún librepensador: decía que el suicidio era igual al martirio. La manifiesta falacia de esto me ayudó a clarificar la cuestión. Es obvio que el suicidio es lo opuesto del martirio. Un mártir es una persona que se preocupa tanto por algo externo a él que se olvida de su propia vida personal. Un suicida es alguien que se preocupa tan poco por cualquier cosa externa a él que quiere ponerle fin a todo. El primero quiere que algo comience; el segundo quiere que algo termine. En otras palabras, el mártir es noble porque proclama este último vínculo con la vida (aunque renuncie al mundo y execre a la humanidad); pone su corazón fuera de si mismo; muere para que algo pueda vivir. El suicida es innoble porque no tiene este vínculo con el ser: es un mero destructor; destruye al universo espiritualmente. Y después recordé la estaca y la encrucijada, y el raro hecho que la cristiandad haya manifestado tener esta extraña crueldad para con el suicida. Porque el cristianismo había manifestado un exaltado entusiasmo por el mártir. El cristianismo ascético estaba siendo acusado, no por entero sin razón, de llevar el martirio y el ascetismo a un punto desolado y pesimista. Los primeros cristianos hablaron de la muerte con una horrible felicidad. Blasfemaron contra los hermosos deberes del cuerpo. Podían olfatear la tumba desde lejos como quien percibe el perfume de un campo lleno de flores. Y todo esto le había parecido a muchos como la misma poesía del pesimismo. Y, sin embargo, allí está la estaca en la encrucijada para mostrar lo que el cristianismo pensó del pesimista.

Ésta fue la primera de una larga serie de enigmas con los que el cristianismo entró en la discusión. Y junto con él apareció una peculiaridad que habré de tratar con mayor detalle, que es una característica de todas las nociones cristianas, pero que claramente comenzó con ésta. La actitud cristiana para con el mártir y el suicida no fue lo que tan frecuentemente afirman las morales modernas. No fue una cuestión de gradación. No se trataba de que siempre hay que poner un límite en alguna parte y que el auto-inmolado por exaltación caía dentro de ese límite y el auto-inmolado por tristeza caía fuera de él. Evidentemente, el sentimiento cristiano no era meramente que el suicida estaba llevando el martirio demasiado lejos. El sentimiento cristiano estaba furiosamente a favor de uno y furiosamente en contra del otro: estas dos cosas, que parecían tan semejantes, estaban en los extremos opuestos del cielo y del infierno. Una persona arrojaba su vida lejos de si y resultaba ser tan buena que sus huesos resecos podían curar ciudades enteras durante una peste. La otra persona arrojaba su vida lejos de si y resultaba ser tan malvada que sus huesos ensuciarían a sus hermanos. No estoy diciendo que esta ferocidad estaba bien. Pero ¿por qué esta ferocidad?

Aquí fue dónde por primera vez sentí que mis vagabundos pies transitaban por un sendero ya hollado. El cristianismo también había sentido esta oposición entre el mártir y el suicida: ¿acaso la había sentido por la misma razón? ¿Había el cristianismo sentido lo mismo que yo no podía (y no puedo) expresar – esta necesidad de primero serle leal a las cosas y luego arruinarlas para reformarlas? Y después recordé la acusación que se le hacía al cristianismo: que combinaba estas dos cosas que yo estaba tratando desesperadamente de combinar. El cristianismo estaba siendo acusado de ser, al mismo tiempo, demasiado optimista en cuanto al universo y demasiado pesimista en cuanto al mundo. Ante esa coincidencia, de repente me detuve.

En la controversia moderna ha surgido el hábito imbécil de decir que tal o cual credo puede ser sostenido en una época pero no en otra. Se nos dice que algún dogma resultó creíble en el Siglo XII pero que ya no es creíble en el XX. Con el mismo principio se podría decir que una filosofía puede ser creída los Lunes pero no los Martes. También se podría decir que una visión del cosmos es adecuada para las tres y media pero inadecuada para las cuatro y media. Lo que un hombre puede creer depende de su filosofía; no del reloj o del siglo. Si una persona cree en la ley natural inalterable, no puede creer en ningún milagro, en ninguna época. Si una persona cree en una voluntad detrás de la ley, puede creer en cualquier milagro en cualquier época. Supongamos, en aras de la discusión, que estamos tratando acerca de un caso de curación milagrosa. Un materialista del Siglo XII no creería en ella más de lo que cree un materialista del Siglo XX. Pero un científico cristiano del Siglo XX puede creerla tanto como la creía un cristiano del Siglo XII. Es simplemente cuestión de la teoría que un hombre tiene de las cosas. Por lo tanto, cuando tratamos cualquier respuesta histórica, la cuestión no es la de establecer si fue dada en nuestra época sino si fue dada en respuesta a nuestra pregunta. Y mientras más pensaba acerca del cuándo y del cómo de la aparición del cristianismo en este mundo, tanto más sentí que el cristianismo había venido para responder a esta pregunta.

Por lo común, los cristianos amplios y tolerantes son los que alaban al cristianismo del modo más indefendible. Hablan como si la piedad o la compasión no hubieran existido nunca antes del advenimiento del cristianismo, un asunto sobre el cual cualquier medieval hubiera estado ansioso por corregirlos. Dicen que lo destacado del cristianismo es que fue el primero en predicar la simpleza y la auto-moderación, o la meditación y la sinceridad. Dirán que soy muy rígido (sea lo que fuere que eso significa) si digo que lo notable del cristianismo es que fue el primero en predicar el cristianismo. Su peculiaridad consistió en ser peculiar, y la simpleza y la sinceridad no son peculiares sino ideales evidentes de toda la humanidad. El cristianismo fue la respuesta a un acertijo, no la última obviedad pronunciada después de una larga conversación. Hace poco leí en un excelente semanario de tendencia puritana la observación que el cristianismo, despojado de la estructura del dogma (como quien habla de un hombre despojado de su estructura ósea), resultaba no ser nada más que la doctrina cuáquera de la Luz Interior[68]. Ahora bien, si yo dijera que el cristianismo vino al mundo especialmente para destruir la doctrina de la Luz Interior, eso sería una exageración. Pero estaría mucho más cerca de la verdad. Los últimos estoicos[69], como Marco Aurelio[70], fueron exactamente las personas que creyeron en la Luz Interior. Su dignidad, su fatiga, su triste preocupación hacia afuera por los demás, su incurable preocupación hacia adentro por si mismos; todo ello se debió a la Luz Interior y existió tan sólo en virtud de esa tenue iluminación. Observen como Marco Aurelio insiste, tal como siempre lo hacen los moralistas introspectivos, en las pequeñas cosas que se hacen o se dejan de hacer. Es porque no ama ni odia lo suficiente como para hacer una revolución moral. Se levanta temprano por la mañana, exactamente al igual que nuestros propios aristócratas que viven la Vida Simple, porque eso es mucho más fácil que detener los juegos en el anfiteatro o que devolverle al pueblo inglés sus tierras. Marco Aurelio es el más insufrible de los tipos humanos. Es un egoísta generoso. Un egoísta generoso es una persona cuyo orgullo carece de la excusa de la pasión. De todas las formas de iluminismo posibles, la peor de todas es ésa que la gente llama de la Luz Interior. De todas las religiones horribles, la más horrible de todas es la del culto al dios interior. Cualquiera que conozca un cuerpo sabrá cómo funciona; cualquiera que conozca a alguien del Centro Superior del Pensamiento sabrá cómo funciona. Pero que Jones deba adorar al dios en su interior termina resultando en que Jones deberá adorar a Jones. Dejen que Jones adore al sol o a la luna; cualquier cosa antes que a la Luz Interior; dejen que Jones adore a los gatos o a los cocodrilos si es que puede encontrar alguno por la calle, pero no al dios interior. El cristianismo vino al mundo en primer lugar para afirmar violentamente que el ser humano no tenía que mirar sólo hacia su interior sino también hacia afuera, para percibir con asombro y con entusiasmo una compañía divina y a un capitán divino. Lo único divertido en ser cristiano fue que el hombre ya no se quedaba a solas con la Luz Interior sino que, definitivamente, reconocía una luz externa, brillante como el sol, clara como la luna, terrible como un ejército con banderas.

De cualquier modo, sería mejor que Jones no adorase al sol ni a la luna. Porque si lo hace, habrá una tendencia en él de imitarlos; de decir que, porque el sol quema vivos a los insectos, él también puede quemarlos vivos. Podrá pensar que, porque el sol le da insolación a las personas, él le puede dar paperas al vecino. Podrá pensar que, porque la luna tiene fama de enloquecer a la gente, él puede volver loca a su mujer. Este lado feo del optimismo meramente externo también apareció en el mundo antiguo. Aproximadamente por la época en que el idealismo estoico comenzó a mostrar las debilidades del pesimismo, el antiguo culto de sus antepasados a la naturaleza empezó a mostrar las enormes debilidades del optimismo. El culto a la naturaleza es bastante bueno mientras la sociedad es joven, o bien, en otras palabras, el panteísmo[71] está bien mientras sea el culto a Pan[72]. Pero la Naturaleza tiene otro costado que la experiencia y el pecado no tardan en descubrir, y no es ninguna trivialidad decir del dios Pan que pronto mostró su casco partido. La única objeción a la Religión Natural es que, de algún modo, siempre termina siendo antinatural. Por la mañana un hombre ama a la Naturaleza por su inocencia y por su cordialidad; y por la noche, si todavía la ama, lo hará por su oscuridad y su crueldad. Se bañará al amanecer en agua clara como lo hizo el Hombre Sabio de los estoicos, pero, de alguna manera, en la oscuridad del atardecer de ese día, estará bañándose en la sangre caliente de un toro como lo hizo Juliano el Apóstata[73]. El mero afán por la salud siempre termina en algo insalubre. La naturaleza física no debe convertirse en objeto de obediencia; debe ser disfrutada, no adorada. No hay que tomar en serio a las estrellas y a las montañas. Si lo hacemos, terminaremos en dónde terminó el culto pagano a la Naturaleza. Porque la tierra es generosa, podemos terminar imitando todas sus crueldades. Porque la sexualidad es sana, podemos enloquecer de sexualidad. Con los paganos, el simple optimismo llegó a su demencial y apropiado final. La teoría de que todo era bueno se convirtió en una orgía de todo lo malo.

Por el otro lado, nuestros pesimistas idealistas estuvieron representados por los antiguos restos de los estoicos. Marco Aurelio y sus amigos realmente abandonaron la idea de que había algo bueno en el universo y se concentraron exclusivamente en el dios interior. No tenían esperanza alguna en ninguna virtud de la naturaleza, y apenas cierta esperanza de que hubiese alguna virtud en la sociedad. No estaban lo suficientemente interesados en el mundo exterior para destruirlo o para revolucionarlo. No amaron la ciudad lo suficiente como para prenderle fuego. De esta manera, el mundo antiguo se encontró con exactamente el mismo desolado dilema que tenemos hoy. Las únicas personas que realmente disfrutaban del mundo estaban ocupados en romperlo; y a las personas virtuosas esas personas no les importaban lo suficiente como para derrocarlas. En este dilema – que era el mismo que el nuestro – apareció de repente el cristianismo ofreciendo una respuesta singular que, eventualmente, el mundo terminó aceptando como la respuesta. Fue la respuesta entonces y creo que sigue siendo la respuesta hoy.

Fue como el corte de una espada; fragmentó y en ningún sentido unió sentimentalmente. En breve: separó a Dios del cosmos. Esa trascendencia y esa diferenciación de la deidad, que algunos cristianos hoy quisieran quitar del cristianismo, fue realmente la única razón por la que se quería ser cristiano. Fue lo más esencial de la respuesta cristiana al triste pesimista y al optimista más triste todavía. Y ya que estoy tratando aquí el problema particular de estas personas, me limitaré a mencionar brevemente esta gran sugerencia metafísica: todas las descripciones del principio creador o sustentador de las cosas tienen que ser metafóricas porque tienen que ser verbales. Así, el panteísta está forzado a hablar de Dios en todas las cosas como si estuviese en una caja. Así el evolucionista tiene, por su propia definición, la idea de ser desenrollado como una alfombra. Todos los términos, ya sean religiosos o irreligiosos, están expuestos a esta acusación. La única pregunta es la de si todos los términos son inútiles o bien si se puede, con una frase así, cubrir una idea diferenciada acerca del origen de las cosas. Pienso que se puede; y el evolucionista evidentemente también lo piensa, o no estaría hablando de evolución. Y la frase básica de todo el deísmo cristiano fue que Dios era un creador, de la misma forma en que lo es un artista. Un poeta está tan separado de su poesía que habla de ella como algo que “le salió”. Hasta al transmitirla se separa de ella. Este principio de que toda creación y procreación es una ruptura resulta por lo menos tan consistente a lo largo del cosmos como el principio evolutivo de que todo cambio es una bifurcación. Una mujer pierde un niño incluso cuando tiene un niño. Toda creación es separación. El nacimiento es una partida tan solemne como la muerte.

El principal principio filosófico del cristianismo fue que este divorcio en el divino acto de la creación – semejante al que separa al poeta del poema y a la madre del niño recién nacido – correspondía a la verdadera descripción del acto mediante el cual la energía absoluta hizo al mundo. De acuerdo con la mayoría de los filósofos, Dios, al hacer al mundo, lo esclavizó. De acuerdo con el cristianismo, al hacerlo, lo liberó. Dios escribió, no tanto un poema sino más bien una obra de teatro; una obra que planeó perfecta pero que, necesariamente, quedó encomendada a actores y a escenógrafos humanos que, desde entonces, la han convertido en un gran desbarajuste. Discutiré la verdad de este teorema más tarde. Aquí sólo deseo señalar con qué sorprendente suavidad el cristianismo superó el dilema que hemos discutido en este capítulo. De esta manera uno podía al menos ser feliz o indignado sin degradarse a ser ni pesimista ni optimista. Dentro de este sistema se podía combatir a todas las fuerzas de la existencia sin desertar la bandera de la existencia. Se podía estar en paz con el universo y, sin embargo, en guerra contra el mundo. San Jorge podía pelear contra el dragón, por más que se hinchara el monstruo en el cosmos para parecer más grande que las poderosas ciudades y más alto que las eternas montañas. El dragón hubiera podido ser muerto en nombre del mundo aún si hubiera sido tan grande como el mundo entero. San Jorge no tenía por qué considerar ninguna clase de obvios riesgos o proporciones en la escala de las cosas, sino tan sólo el secreto original de su diseño. Podía blandir su espada contra el dragón incluso si éste lo era todo; incluso si los cielos vacíos por sobre su cabeza no eran más que el enorme arco de las fauces abiertas del dragón.

Y después vino una experiencia imposible de describir. Fue como si, desde mi nacimiento, hubiera estado chapuceando con dos enormes e inmanejables máquinas de diferentes formas y sin conexión aparente – el mundo y la tradición cristiana. Había encontrado un hueco en el mundo: el hecho que, de alguna manera, uno tiene que encontrar la forma de amar al mundo sin confiar en él; de alguna forma uno tiene que amar al mundo sin ser mundano. Y encontré esa característica prominente de la teología cristiana, aguda como una dura espina: la dogmática insistencia de que Dios era personal y había creado al mundo separado de si mismo. El dogma de la espina cabía exactamente en el hueco – era evidente que había sido diseñada para calzar allí – y, después de eso, lo extraño empezó a suceder. Una vez que estas dos partes de aquellas dos máquinas quedaron unidas, todas las demás partes, una después de la otra, comenzaron a acoplarse y a ensamblarse con una exactitud pasmosa. Pude oír como en toda la maquinaria perno tras perno caía en su lugar con un clic de alivio. Habiendo conseguido ordenar una parte, todas las demás partes estaban repitiendo ese orden del mismo modo en que un reloj tras otro marcan el mediodía. Intuición tras intuición resultaba contestada por doctrina tras doctrina. Me sentí como alguien que había avanzado en un país hostil para conquistar una alta fortaleza y, al caer esa fortaleza, el país entero se me había rendido y ahora me apoyaba sólidamente. Era como si todo el país se iluminara con una luz que llegaba hasta los primeros prados de mi niñez. Todas esas ciegas fantasías de la adolescencia que en el cuarto capítulo traté en vano de dibujar sobre la oscuridad, de pronto se volvieron transparentes y lozanas. Había tenido razón cuando sentí que las rosas eran rojas por alguna suerte de elección: era la elección divina. Había tenido razón cuando sentí que casi prefería decir que el pasto tenía el color equivocado antes que decir que, por necesidad, tenía que tener ese color; en realidad podría tener cualquier otro color. Mi intuición de que la felicidad pendía del loco hilo de una condición realmente tenía sentido una vez que todo se había dicho: tenía el sentido de la doctrina de la Caída. Incluso esos monstruos, borrosos e informes, de nociones que no había podido describir y menos aún defender, se colocaron tranquilamente en su lugar como colosales cariátides[74] del credo. La fantasía de que el comos no era inmenso y vacío sino pequeño y agradable tenía ahora un significado pleno, porque todo lo que sea una obra de arte tiene que ser pequeña a los ojos del artista. Para Dios, las estrellas sólo pueden ser pequeñas y valiosas, como diamantes. Y mi recurrente intuición que, de alguna manera, el bien no era meramente una herramienta a usar sino una reliquia a ser guardada – como los restos del naufragio de Crusoe – constituía la versión disparatada de algo originalmente sabio; porque, de acuerdo al cristianismo, éramos realmente los sobrevivientes de un naufragio, tripulantes de un barco dorado que se había hundido antes del comienzo del mundo.

Pero la cuestión importante era que eso invertía por entero la razón para el optimismo. Y, en el instante en que la inversión se produjo, la sensación fue como la del repentino alivio que se siente cuando un hueso es vuelto a poner en su lugar. Muchas veces me había definido como optimista para evitar la demasiado evidente blasfemia del pesimismo. Pero todo el optimismo de la época había resultado falso y descorazonador porque constantemente estaba tratando de demostrar que encajamos en este mundo. El optimismo cristiano está basado sobre el hecho de que no encajamos en el mundo. Había tratado de ser feliz diciéndome que el hombre es un animal, igual a cualquier otro, que le imploraba su alimento a Dios. Pero ahora era realmente feliz porque había aprendido que el hombre es una monstruosidad. Había tenido razón en sentir que todas las cosas eran raras, porque yo mismo era, al mismo tiempo, peor y mejor que todas las cosas. El placer del optimista era prosaico porque se fundamentaba en que todo es natural; en cambio el placer del cristiano era poético porque se fundamentaba en que, a la luz de lo sobrenatural, todo resulta artificial. El filósofo moderno había insistido en decirme una y otra vez que yo estaba en el lugar adecuado, pero yo seguía sintiéndome deprimido, incluso estando de acuerdo. Pero cuando escuché que estaba en el lugar equivocado mi alma cantó de alegría como un pájaro en primavera. Ese conocimiento encontró e iluminó habitaciones olvidadas en el oscuro edificio de mi infancia. Ahora sabía por qué el pasto verde siempre me había parecido tan raro como la barba verde de un gigante; o por qué podía sentir nostalgias del hogar estando en mi propia casa.






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