domingo, 25 de enero de 2009

Ortodoxia (7)









por Gilbert K. Chesterton






VII

La eterna Revolución






e han expuesto las siguientes proposiciones. Primero, que nuestra vida requiere cierta cantidad de fe hasta para perfeccionarla. Segundo, que aún para estar satisfecho resulta necesario algún grado de insatisfacción con las cosas tal como están. Tercero, que, para adquirir el manifiesto equilibrio de los estoicos, no es suficiente con tener esta necesaria aquiescencia y esta necesaria oposición. Porque la mera resignación no posee ni la gigantesca euforia del placer ni la suprema intolerabilidad del dolor. Hay una objeción vital al consejo de limitarse a sonreír mostrando los dientes y soportando. Los héroes griegos no sonreían mostrando los dientes; pero las gárgolas lo hacen – porque son cristianas. Y cuando un cristiano está contento, se encuentra terriblemente contento (en el sentido más estricto de la expresión) porque su alegría es tremenda. Cristo profetizó toda la arquitectura gótica en aquél momento en el que ciertas personas nerviosas y respetables objetaban el griterío de la plebe de Jerusalén (al igual que hoy algunos objetan la presencia de los organilleros callejeros). Fue cuando les dijo: “Si estos callaran, las mismas piedras gritarían”.[106] Bajo el impulso de Su espíritu emergieron como un coro clamoroso las fachadas de las catedrales medievales, recargadas de caras gritonas y bocas abiertas. La profecía se ha cumplido: las mismas piedras están gritando.


Si se aceptan estas cosas, aunque más no sea a los efectos de la discusión, podemos retomar, el hilo del pensamiento sobre el hombre natural allí dónde lo dejamos; ése que los escoceses – con impropia familiaridad – llaman “el viejo”. Podemos hacernos la próxima pregunta que tan obviamente se nos presenta. Se necesita algún grado de satisfacción hasta para mejorar las cosas. Pero ¿qué significa eso de mejorar las cosas? La mayor parte del discurso moderno sobre este tema no es más que un argumento en círculo vicioso – un círculo al que ya hemos considerado como el símbolo de la locura y del mero racionalismo. Según este discurso, la evolución sólo es buena si produce el bien; el bien sólo es bueno si produce la evolución. El elefante se para sobre la tortuga y la tortuga sobre el elefante.


Obviamente, de nada servirá tratar de tomar nuestro ideal del principio natural; por la simple razón que (excepto por alguna teoría humana o divina) no hay principios en la naturaleza. Por ejemplo, el antidemócrata barato de hoy en día les dirá solemnemente que no hay igualdad en la naturaleza. Tiene razón, pero no está viendo el anexo lógico. No hay igualdad en la naturaleza, pero tampoco hay desigualdad en ella. Tanto la igualdad como la desigualdad implican una escala de valores. El extraer un principio aristocrático de la anarquía del reino animal es exactamente tan sentimental como extraer de ella un principio democrático. Tanto la democracia como la aristocracia son ideales humanos: el uno dice que todos los hombres son valiosos y el otro que algunos hombres son más valiosos que otros. Pero la naturaleza no nos dice que los gatos son más valiosos que los ratones; la naturaleza no hace ningún comentario sobre la cuestión. Creemos que el gato es superior porque tenemos (o al menos la mayoría de nosotros tiene) una filosofía particular en el sentido de que la vida es mejor que la muerte. Pero, si el ratón fuese un ratón alemán pesimista, podría llegar a pensar que el gato no lo venció en absoluto. Podría pensar que le ganó al gato llegando a la tumba primero. O podría pensar que, en realidad, logró castigar tremendamente al gato contribuyendo a que siga con vida. De la misma manera en que un microbio podría sentirse orgulloso de provocar una epidemia, el ratón pesimista podría vanagloriarse pensando que consiguió renovar en el gato la tortura de la existencia consciente. Todo depende de la filosofía del ratón. Ni siquiera se puede decir que hay una victoria o una superioridad en la naturaleza a menos que se tenga alguna doctrina sobre qué cosas son superiores. Ni siquiera se puede decir que el gato obtuvo más puntos a menos que haya un sistema de puntaje. Ni siquiera se puede decir que el gato obtuvo la mejor parte a menos que haya una mejor parte para obtener.


No podemos, pues, obtener el ideal mismo a partir de la naturaleza y, al seguir aquí nuestra primera y natural especulación, dejaremos de lado (por el momento) la posibilidad de obtenerlo de Dios. Debemos lograr nuestra propia visión. Pero los intentos de la mayoría de los modernos en expresarla son altamente nebulosos.


Algunos recurren simplemente al reloj: hablan como si el mero paso del tiempo produjera alguna clase de superioridad al punto en que hasta personas del primer calibre mental emplean displicentemente la frase aquella de que la moral humana nunca está al día. ¿Cómo puede algo estar al día? Una fecha no tiene carácter. ¿Cómo podría alguien decir que las fiestas navideñas no son adecuadas para el día 25 de cierto mes? Lo que estos escritores quieren decir, por supuesto, es que la gran mayoría está detrás de la minoría favorita que ellos representan – o delante de ella. Otras ambiguas personas modernas se refugian en metáforas materiales; de hecho, ésta es la marca distintiva principal de las ambiguas personas modernas. Al no atreverse a definir su doctrina de lo bueno, utilizan giros idiomáticos sin pizca de vergüenza, y lo peor de todo es que parecen creer que estas analogías baratas son exquisitamente espirituales y superiores a la antigua moralidad. Así, creen que es muy intelectual hablar acerca de ciertas cosas clasificándolas de “elevadas”. Y esto es, como mínimo, lo contrario de la intelectualidad; es una simple frase pronunciada desde un campanario o desde una veleta. “Tomasito fue un buen niño”, es una afirmación de filosofía pura, digna de un Platón o de un Santo Tomás de Aquino[107]. Pero “Tomasito vivió una vida más elevada” es una burda metáfora pronunciada desde tres metros de altura.


Dicho sea de paso, ésta es casi toda la debilidad de Nietzsche a quien algunos están presentando como un pensador fuerte y audaz. Nadie negará que fue un pensador poético y sugestivo; pero fue casi lo contrario de fuerte. Y no fue audaz en absoluto. Nunca presentó su pensamiento en palabras sencillas e ingeniosas, como sí lo hicieron Aristóteles, Calvino y hasta Carlos Marx – esos temerarios del pensamiento. Nietzsche siempre le escapó a la pregunta con una metáfora como un alegre poeta menor. Dijo “más allá del bien y del mal” porque no tuvo el coraje de decir “mejor que el bien y el mal” o “peor que el bien y el mal”. Si se hubiera enfrentado con este pensamiento sin metáforas se hubiera dado cuenta que constituía un sinsentido. Así, cuando describe a su héroe, no se atreve a decir “el hombre más puro”, o bien “el hombre más feliz”, o bien “el hombre más triste” porque todas estas expresiones representan ideas, y las ideas alarman. En lugar de ello dice “el hombre superior” o bien “el superhombre”; que es una metáfora física para acróbatas o alpinistas. En realidad, Nietzsche es un pensador muy tímido. De hecho no tiene ni idea de la clase de ser humano que quiere ver producido por la evolución. Y si él no lo sabe, por cierto que tampoco lo saben los evolucionistas comunes que nos hablan de cosas más “elevadas”.


Y después están los que recurren a la pura aceptación y a quedarse sentados. La naturaleza ya hará algo algún día. Nadie sabe qué y nadie sabe cuándo. No tenemos ninguna razón para actuar y tampoco para no actuar. Cualquier cosa que suceda estará bien; si se impide cualquier cosa, estará mal. Por otra parte, están los que tratan de adelantarse a la naturaleza haciendo algo, haciendo cualquier cosa. Siendo que posiblemente algún día desarrollaremos alas, ellos se cortan las piernas. Aún cuando, quizás la naturaleza esté tratando de convertirlos en ciempiés y ellos ni se han enterado.


Por último, hay una cuarta clase de personas que toman cualquier cosa que se les ocurre desear y afirman que ése es el fin último de la evolución. Y éstas son las únicas personas sensatas. La única forma sana de proceder con la palabra “evolución” es trabajando por el objetivo que se quiere conquistas y llamar a eso “evolución”. La única forma en que el progreso o el avance pueden tener un sentido inteligible para los seres humanos es teniendo una visión definida y tratando de hacer que el mundo sea como esa visión. Si quieren ponerlo de otra manera: la esencia de esta doctrina es que lo que nos rodea es un mero método y una mera preparación para algo que tenemos que crear. Éste no es un mundo sino más bien el material para un mundo. Dios no nos ha dado tanto los colores de un cuadro sino los colores de una paleta. Pero también nos ha dado un sujeto, un modelo, una visión determinada. Debemos tener en claro qué queremos pintar. Y esto agrega un nuevo principio a nuestra lista de principios. Dijimos que teníamos que estar encariñados con el mundo, aún para cambiarlo. Ahora tenemos que agregar que también tenemos que encariñarnos con otro mundo – real o imaginario – a fin de tener algo hacia dónde cambiar.


No necesitamos debatir aquí las palabras “evolución” o “progreso”. Personalmente prefiero llamarlo “reforma”. Porque reforma implica “forma”. Implica que estamos tratando de darle forma al mundo según una imagen particular; de convertirlo en algo que ya estamos viendo mentalmente. La evolución es una metáfora para un simple proceso automático. El progreso es una metáfora del simple transitar por un camino – muy posiblemente el camino equivocado. Pero la reforma es una metáfora para hombres razonables y decididos; significa que vemos que cierta cosa es deforme y queremos ponerlo en forma. Y sabemos en qué forma.


Y ahora viene todo el colapso y el enorme desatino de nuestra época. Hemos mezclado dos cosas diferentes, dos cosas opuestas. El progreso debería significar que estamos siempre cambiando al mundo para ajustarlo a nuestra visión. Pero en la actualidad, el progreso significa que estamos constantemente cambiando de visión. Debería significar que, despacio pero seguro, estamos estableciendo la justicia y la compasión entre los hombres; pero significa que somos rápidos en dudar de la deseabilidad de la justicia y la compasión. La página exaltada de cualquier sofista prusiano hace que las personas lo duden. El progreso debería significar que estamos constantemente caminando hacia la Nueva Jerusalén. En realidad, significa que la Nueva Jerusalén se está alejando de nosotros. No estamos alterando lo real para acomodarlo al ideal. Estamos alterando el ideal. Es más fácil.


Los ejemplos tontos son siempre más simples. Supongamos que un hombre quisiera una clase particular de mundo; digamos, un mundo azul. No tendría motivos para quejarse de la trivialidad o de la rapidez de su tarea; podría trabajar durante mucho tiempo en su transformación; podría esforzarse durante toda una vida para hacer un mundo azul. Podría tener heroicas aventuras, como por ejemplo darle los últimos toques de azul a un tigre. Podría tener sueños fantásticos, como la salida de una luna azul. Pero trabajando duro, nuestro quijotesco reformador al final dejaría este mundo un poco mejor – desde su punto de vista – y por cierto un poco más azul de lo que era cuando lo encontró. Alterando una brizna de pasto a su color favorito todos los días, avanzaría lentamente; pero si alterara su color favorito todos los días, no avanzaría en absoluto. Si después de haber leído a un nuevo filósofo, empezara a pintarlo todo de rojo o de amarillo, todo su trabajo anterior se desperdiciaría; no le quedaría de él casi nada para mostrar, excepto algunos tigres azules caminando por ahí; muestras de su anterior mala conducta. Y ésta es exactamente la posición del pensador moderno promedio. Se me dirá que éste es decididamente un ejemplo ridículo. Es, literalmente, el retrato objetivo de nuestra historia reciente. Los grandes y serios cambios de nuestra civilización política ocurrieron a principios – y no a fines – del siglo XIX. Pertenecen a la época del blanco y negro en que las personas creían firmemente en los tories, en el protestantismo, en el calvinismo, en la Reforma y, en no pocos casos, en la Revolución. Y si un hombre creía en cualquiera de estas cosas, martillaba sobre ellas sin escepticismo. Hubo un tiempo en el cual la Iglesia Establecida podía haber caído, y la Cámara de los Lores casi cayó. Y eso fue posible porque los Radicales fueron lo suficientemente sabios para ser constantes y consistentes; es decir: fueron lo suficientemente sabios como para ser Conservadores. Pero en la atmósfera actual ya no hay ni tiempo ni tradición suficientes como para que los radicales tiren algo abajo. Hay una gran dosis de verdad en la observación de Lord Hugh Cecil[108] (hecha en el marco de un excelente discurso) en el sentido de que la era de los cambios ya pasó, y que la nuestra es una era de conservación y reposo. Pero probablemente le dolerá a Lord Hugh Cecil darse cuenta (como que ciertamente ya se dio cuenta) de que la nuestra es una época de conservación porque también es una época de completo descreimiento. Dejad que los credos se desvanezcan rápida y frecuentemente si deseáis que las instituciones permanezcan siendo las mismas. Mientras más confusa sea la vida de la mente, tanto más a solas quedará la maquinaria de la materia. El resultado neto de todas nuestras propuestas políticas, colectivismo, tolstoyanismo, neofeudalismo, comunismo, anarquía, burocratismo científico – el único fruto de todas ellas es que la monarquía y la Cámara de los Lores persistirán. El resultado neto de todas las nuevas religiones será que la Iglesia de Inglaterra no será derrocada – y sólo el cielo sabe hasta cuando. Fueron Carlos Marx, Nietzsche, Tolstoy, Cunninghame Grahame, Bernard Shaw y Auberon Herbert quienes, entre todos, sobre sus gigantescas espaldas dobladas, sostuvieron en alto el trono del Arzobispo de Canterbury.


En términos generales podemos decir que el librepensamiento es la mejor de todas las salvaguardas contra la libertad. Administrada al estilo moderno, la emancipación de la mente del esclavo es la mejor forma de evitar la emancipación del esclavo. Enséñenle a preocuparse por si desea ser libre y ya no se liberará. De nuevo: puede decirse que este ejemplo es exagerado o traído de los pelos. Pero insisto: se aplica exactamente a las personas comunes que nos rodean. Es cierto que el esclavo negro, siendo un bárbaro violado, probablemente no tendrá un afecto humano por la lealtad o un afecto humano por la libertad. Pero el hombre que vemos todos los días – el trabajador de la fábrica del señor Gradgrind – el pequeño empleado de la oficina del señor Gradgrind – está demasiado preocupado mentalmente como para creer en la libertad. A él se lo mantiene quieto con literatura revolucionaria. Se lo tranquiliza y se lo mantiene en su sitio con una constante sucesión de estrafalarias filosofías. Será marxista un día y nietzscheano un día más tarde, un Superhombre (probablemente) al día siguiente y un esclavo todos los días. Lo única que queda después de todas las filosofías es la fábrica. La única persona que gana con todas las filosofías es Gradgrid. Hasta le resultaría beneficioso mantener a sus ilotas[109] bien provistos de literatura escéptica. Y ahora que lo pienso, por supuesto: Gradgrid es famoso por sus donaciones a librerías. Para él, tiene sentido. Todos los libros modernos están de su lado. Mientras la visión del cielo esté siempre cambiando, la visión de la tierra seguirá siendo exactamente la misma. Ningún ideal durará lo suficiente como para ser realizado, ni siquiera parcialmente. El joven moderno no cambiará nunca su entorno porque siempre está cambiando de opinión.


Por lo tanto, el primer requerimiento a un ideal que sirva de guía al progreso es que sea permanente. Whistler[110] solía hacer muchos rápidos bosquejos de su hermana; y no importaba si rompía veinte retratos. Pero hubiera importado si, al levantar la vista veinte veces, hubiera encontrado cada vez a una persona distinta posando plácidamente para el retrato. Por lo tanto (comparativamente hablando) no importan las veces que la humanidad fracasa en imitar su ideal; porque si éste es permanente todos sus anteriores fracasos serán útiles. Y sí importa tremendamente con qué frecuencia la humanidad cambia de ideal; porque, si lo cambia, todos sus anteriores fracasos serán inútiles. La pregunta, por lo tanto, es: ¿Cómo podemos mantener al artista insatisfecho con sus retratos mientras evitamos que se vuelva vitalmente descontento de su arte? ¿Cómo podemos hacer que un hombre esté eternamente insatisfecho de su obra pero siempre satisfecho de su profesión? ¿Cómo podemos asegurarnos que el pintor tirará el retrato por la ventana en lugar de recurrir al más natural y más humano expediente de tirar a la modelo por la ventana?


Las normas estrictas no sólo son necesarias para gobernar, también son necesarias para rebelarse. Un ideal permanente y familiar es necesario para cualquier clase de revolución. El ser humano a veces obra lentamente con nuevas ideas; pero sólo obrará rápidamente con viejas ideas. Si meramente habré de flotar y desvanecer, bien podría ser hacia algo anárquico; pero si he de rebelarme, tendrá que ser por algo respetable. En esto reside toda la debilidad de ciertas escuelas progresistas y de evolución moral. Sugieren que ha habido un lento avance hacia la moralidad, con un cambio imperceptible cada año o cada instante. Esta teoría tiene sólo una gran desventaja. Habla de un lento avance hacia la justicia, pero no admite un avance rápido. No le permite a un hombre ponerse de pié y declarar que tal o cual estado de cosas es intrínsecamente intolerable. Para aclarar la cuestión, lo mejor es poner un ejemplo. Algunos de los vegetarianos idealistas, como el señor Salt, afirman que ha llegado el tiempo de no comer más carne; con lo cual, implícitamente, están reconociendo que hubo un tiempo en dónde comer carne estaba bien. Pero sugieren – en términos que podrían ser citados – que algún día estará mal tomar leche y comer huevos. No quiero discutir aquí la cuestión de qué es justicia respecto de los animales. Sólo digo que sea lo que fuere esa justicia, debería ser, la justicia más rápida permitida por las circunstancias. Si se comete una injusticia con un animal, deberíamos poder correr a salvarlo. Pero ¿cómo podemos precipitarnos si, quizás, estamos adelantados a nuestro tiempo? ¿Cómo podemos correr a tomar un tren que no llegará sino dentro de unos pocos siglos? ¿Cómo puedo denunciar a un hombre que desuella gatos, si él tan sólo es ahora lo que yo posiblemente llegaré a ser bebiéndome un vaso de leche? Una fantástica y demente secta rusa se dedicó a correr por las calles soltando a todos los animales de tiro de los carros. ¿Cómo podré juntar el coraje de soltar al caballo del cabriolé que acabo de alquilar cuando no sé si es mi reloj evolucionista el que está tan sólo un poco adelantado o el del cochero es el que atrasa un poco? Supongamos que le digo al explotador: “La esclavitud correspondió a una etapa ya pasada de la evolución”. Y supongamos que él me contesta: “Y mi explotación corresponde a la etapa actual de la evolución”. ¿Cómo puedo rebatirlo si no hay una prueba de referencia permanente? Si los explotadores pueden estar retrasados respecto de la moralidad común y corriente, ¿por qué no podrían los filántropos estar demasiado adelantados respecto de ella? ¿Qué cuernos es la moralidad común y corriente si no es – en el sentido literal de la expresión – una moralidad que siempre corre a alejarse?


Por lo tanto, podemos decir que tanto el innovador como el conservador necesitan un ideal permanente; porque se lo necesita, tanto si queremos que las órdenes del rey sean prontamente ejecutadas, como si queremos que el rey sea prontamente ejecutado. La guillotina tendrá muchos pecados pero hagámosle justicia: no tiene nada de evolutivo. El mejor argumento evolucionista encuentra su mejor refutación en el hacha. El evolucionista pregunta: “¿Dónde trazas la línea divisoria?”, y el revolucionario le responde: “La trazo aquí, exactamente entre tu cabeza y tu cuerpo”. En cualquier momento dado tiene que haber un bien y un mal abstractos si se va a proceder en contra de algo; tiene que haber algo eterno si ha de haber algo repentino. Por lo tanto, para todos los propósitos humanos, tanto para alterar las cosas o para mantenerlas tal cual están; tanto para fundar un sistema para siempre, como en China; o bien para alterarlo cada mes como a principios de la Revolución Francesa, en todos los casos es igualmente necesario que la visión sea una visión permanente. Ése es nuestro primer requerimiento.


Ni bien terminé de escribir lo que antecede, otra vez más sentí la presencia de algo más en la discusión, como cuando una persona siente el tañido de las campanas de una iglesia por sobre el ruido de la calle. Algo parecía estar diciéndome: “Mi ideal, por fin, está establecido; puesto que fue establecido antes de la fundación del mundo. Mi visión de la perfección es garantizadamente inalterable, porque se llama Edén. Puedes alterar el lugar hacia dónde te diriges, pero no puede alterar el lugar del que provienes. Para el ortodoxo siempre tiene que haber un motivo para la revolución; porque en el corazón de los hombres, Dios ha sido puesto bajo los pies de Satanás. En el mundo superior, el infierno una vez se rebeló contra el cielo. Pero en este mundo, es el cielo el que se está rebelando contra el infierno. Para el ortodoxo siempre puede haber una revolución, porque una revolución es una restauración. En cualquier instante se puede luchar por la perfección que ningún hombre ha visto desde Adán. No hay costumbre cambiante, ni evolución cambiante, que le pueda hacer al bien original más que el bien. El hombre ha tenido concubinas desde que las vacas han tenido cuernos: y aún así no son parte de él si son pecaminosas. Los hombres pueden haber estado oprimidos desde que los peces se hallan bajo el agua; y aún así no deben estarlo, si la opresión es pecaminosa. La cadena le puede parecer al esclavo y la pintura a la prostituta tan natural como la pluma le parece al pájaro o la cueva al zorro; y aún así no son naturales si son pecaminosos. Alzo mi leyenda prehistórica para desafiar toda tu historia. Tu visión no es meramente un juego: es un hecho.” Hice una pausa para tomar nota de esta nueva coincidencia del cristianismo, pero seguí adelante.


Seguí con la siguiente necesidad de cualquier ideal de progreso. Tal como ya dijimos, ciertas personas parecen creer en un progreso automático e impersonal de la naturaleza de las cosas. Pero queda claro que no se puede fomentar ninguna actividad política diciendo que el progreso es natural e inevitable; ésa no sería razón para actuar sino más bien una razón para no hacer nada. Si estamos destinados a mejorar, no tenemos que preocuparnos por mejorar. La doctrina pura del progreso es la mejor de todas las razones para no ser progresista. Pero no es sobre ninguno de estos comentarios obvios que quiero llamar la atención.


El único punto que llama la atención es que, si la suponemos como algo natural, la mejora tendría que ser bastante simple. Es concebible que el mundo esté avanzando hacia una consumación, pero difícilmente lo esté haciendo hacia alguna disposición particular de muchas cualidades. Tanto como para tomar nuestro ejemplo original: la Naturaleza en si misma puede estar volviéndose más azul; es decir: involucrada en un proceso tan simple que puede ser impersonal. Pero la Naturaleza no puede estar haciendo un retrato elaborado con muchos colores elegidos ex profeso, a menos que la Naturaleza sea personal. Si el fin del mundo consistiese sólo de oscuridad o sólo de luz, podría venir lenta e inevitablemente al igual que el anochecer o el amanecer. Pero si el fin del mundo ha de ser un claroscuro elaborado y artístico, pues entonces tiene que haber un diseño en él, sea humano o divino. Por el simple transcurso del tiempo, el mundo puede volverse negro como un cuadro viejo o desteñido como un sobretodo viejo; pero si se convierte en una particular obra de arte en blanco y negro – pues entonces hay un artista.


Si la diferencia no fuese evidente, daré un ejemplo común. Constantemente oímos un particular credo cósmico de parte de los humanitaristas modernos. Empleo el término “humanitarista” en su sentido común para expresar esa clase de individuo que aboga por los reclamos de todas las criaturas en contra de los reclamos de la humanidad. Estas personas nos dicen que, a lo largo de las épocas, nos hemos vuelto más y más humanos; es decir: que, uno tras otro, grupos o sectores de seres – esclavos, niños, mujeres, vacas o lo que fuere – fueron gradualmente admitidos a participar de la misericordia o la justicia. Nos dicen que en el pasado creímos que estaba bien comer a otros seres humanos (nunca creímos eso); pero aquí no me estoy ocupando de la historia que nos relatan, que es altamente ahistórica. De hecho, la antropofagia es ciertamente una costumbre decadente, no una costumbre primitiva. Es mucho más probable que una persona moderna se ponga a comer carne humana por extravagancia, a que lo hiciera algún primitivo por ignorancia. Aquí sólo estoy siguiendo los lineamientos del argumento humanitarista que consiste en sostener que el ser humano se ha vuelto progresivamente cada vez más compasivo, primero con los ciudadanos, luego con los esclavos, luego con los animales y por último (presumiblemente) con las plantas. Creo que está mal sentarse sobre una persona. Pronto voy a pensar que está mal sentarse sobre un caballo. Eventualmente estará mal (supongo) que me siente sobre una silla. Ésta es la tendencia del argumento. Y en cuanto tal, es posible desarrollarlo en términos de evolución o progreso inevitable. Podemos sentir que una perpetua tendencia a tocar cada vez menos y menos cosas podría ser una tendencia primitiva inconsciente, como la de una especie que produce cada vez menos descendientes. Esta tendencia bien puede ser evolutiva, porque es estúpida.


El darwinismo puede servir para respaldar dos actitudes morales trastornadas pero no sirve para respaldar una sola moral sensata. Podemos usar al parentesco y a la competencia de todas las criaturas vivientes para ser maniáticamente crueles o maniáticamente sentimentales, pero no para cultivar un sano cariño por los animales. Sobre una base humanitarista se puede ser inhumano o absurdamente humanitario; lo que no se puede ser es humano. Que usted y el tigre son una sola cosa podría ser una razón para ser cariñoso con el tigre. Pero también podría ser una razón para ser cruel como un tigre. Un camino podría ser el de entrenar al tigre para que éste lo imite a usted; aunque el camino más corto sería el de usted imitando al tigre. Pero en ninguno de los dos casos la evolución nos dirá como tratar a un tigre de modo razonable, esto es: admirando sus rayas mientras evitamos sus garras.


Si deseamos tratar a un tigre de modo razonable, tendremos que retroceder hasta el Jardín de Edén. El recordatorio obstinado se reitera: sólo lo sobrenatural conlleva una visión sensata de la Naturaleza. La esencia de todo panteísmo, evolucionismo y moderna religión cósmica está realmente en la proposición que afirma que la Naturaleza es nuestra madre. Desgraciadamente, si considera usted a la Naturaleza como madre, descubrirá que es una madrastra. En esto, el punto principal del cristianismo fue que la Naturaleza no es nuestra madre. Es nuestra hermana. Podemos estar orgullosos de su belleza desde el momento en que tenemos el mismo padre; pero la Naturaleza no tiene ninguna autoridad sobre nosotros. Tenemos que admirarla, no imitarla. Esto le otorga al típico placer terrenal cristiano un toque de liviandad que es casi frívolo. La Naturaleza fue una madre solemne para los adoradores de Isis[111] y de Cibeles[112]. La naturaleza fue una madre solemne para Wordsworth[113] y para Emerson. Pero la Naturaleza no fue solemne para San Francisco de Asís ni para George Herbert. Para San Francisco la Naturaleza es una hermana, incluso una hermanita menor; una pequeña hermanita bailarina que nos hace sonreír y a la cual podemos amar.


Sin embargo, es difícil que éste sea nuestro tema principal aquí. Lo he traído a colación sólo para mostrar que constantemente, como si fuese por casualidad, la llave calza hasta en las cerraduras más pequeñas. Nuestro tema principal es que, si en la Naturaleza existe una mera tendencia hacia la mejora impersonal, presumiblemente debería ser una tendencia simple hacia algún éxito simple. Podemos imaginar que alguna tendencia biológica automática podría estar operando para dotarnos de narices más largas. Pero la pregunta es: ¿queremos tener narices más y más largas? Se me ocurre que no. Creo que la mayoría de nosotros le diría a su nariz: “Llegarás hasta aquí y no pasarás; aquí se quebrará la soberbia de tu punta”.[114] Lo que queremos es una nariz del largo apropiado que nos asegure una cara interesante. Pero no podemos imaginarnos una mera tendencia biológica hacia la producción de caras interesantes; porque una cara interesante está dada por una particular disposición de ojos, nariz y boca, en una relación mutua por demás compleja. La proporción no puede ser una tendencia. O bien es algo accidental, o bien es un diseño. Lo mismo sucede con la moralidad humana y su relación con los humanitaristas y los anti-humanitaristas. Es concebible que estemos en camino a manipular cada vez menos objetos; a no andar a caballo, a no cortar flores. Eventualmente podríamos llegar a no incomodar la mente del hombre ni siquiera mediante argumentos; a no molestar el sueño de los pájaros ni siquiera tosiendo. La apoteosis final podría ser la de un hombre sentado, completamente quieto, que no se animaría a agitarse por miedo a perturbar a una mosca, ni a comer por miedo a incomodar a algún microbio. Quizás estemos tendiendo inconscientemente hacia una culminación tan elemental. Pero ¿queremos una culminación tan elemental? De modo similar, podríamos estar evolucionando inconscientemente por la línea de desarrollo opuesta, por la nietzscheana – la del superhombre aplastando a superhombres y tirándolos a una pila de tiranos hasta aplastar al universo por pura diversión. Pero ¿queremos que el universo sea aplastado por pura diversión? ¿No queda bastante claro que lo que realmente esperamos es una gestión particular y una propuesta combinada de estas dos cosas; una cierta cantidad de restricción y respeto y también una cierta cantidad de energía y señorío? Para que nuestra vida alguna vez llegue a ser tan hermosa como un cuento de hadas tendremos que recordar que toda la belleza de los cuentos de hadas reside en que el príncipe tiene un asombro que apenas no llega a ser miedo. Si le teme al gigante ése será su fin; pero también, si no está asombrado por el gigante, ése sería el fin del cuento de hadas. La clave de todo el asunto está en que debe ser lo suficientemente humilde como para asombrarse y lo suficientemente soberbio como para desafiar. De modo que nuestra actitud para con el gigante del mundo no debe ser ni la de una delicadeza cada vez mayor, ni la de un desprecio cada vez mayor. Tiene que ser una proporción particular de ambas cosas: la proporción exactamente correcta. Tenemos que reverenciar las cosas externas lo suficiente como para caminar con cuidado por el pasto. Y también tenemos que desdeñar las cosas externas lo suficiente como para escupirle a las estrellas en el momento adecuado. No obstante, estas dos cosas – si es que hemos de ser buenos o felices – tienen que combinarse, no en una combinación cualquiera sino en una combinación determinada. La felicidad perfecta de los hombres sobre la tierra – si es que llega alguna vez – no será algo chato y sólido como la satisfacción de los animales. Será un equilibrio exacto e inestable; como el de un romance desesperado. El ser humano tiene que tener en si mismo exactamente la fe necesaria para tener aventuras, y dudar de si mismo justo lo suficiente como para disfrutarlas.


Éste es, pues, nuestro segundo requisito para el ideal del progreso. Primero, tiene que ser permanente; segundo, tiene que estar compuesto. Si ha de satisfacer nuestras almas, no debe ser la mera victoria de una cosa que se traga todo lo demás, sea amor, u orgullo, o paz, aventura. Tiene que ser un cuadro definido, compuesto por estos elementos en su mejor proporción y relación. No me preocupa en este momento negar que una culminación feliz como ésa podría estar reservada al género humano por la propia constitución de las cosas. Sólo quiero señalar que, si una felicidad así nos ha sido determinada, tiene que haberlo sido por alguna inteligencia; porque sólo una inteligencia puede lograr las proporciones exactas de una felicidad compleja. Si la beatificación del mundo es tan sólo obra de la naturaleza, pues entonces tiene que ser tan simple como el congelamiento del mundo o el incendio del mundo. Pero, si la beatificación del mundo no es una obra de la naturaleza sino una obra de arte, pues entonces hay un artista involucrado. Y otra vez, aquí mi pensamiento fue interrumpido por la voz ancestral que decía: “Podría haberte dicho eso hace mucho tiempo. Si hay algún progreso real, sólo puede ser mi clase de progreso, el progreso hacia toda una urbe de virtudes y dominaciones en dónde la justicia y la paz se combinan para darse un beso. Una fuerza impersonal puede estar guiándote hacia una llanura perfectamente llana o hacia una cumbre de perfecta altura. Pero sólo un Dios personal puede posiblemente estar guiándote (si es que realmente eres guiado) hacia una ciudad con la cantidad justa de calles y con las proporciones justas; una ciudad en la cual cada uno de vosotros puede contribuir exactamente la cantidad justa de su propio color a los variados colores del manto de José.” [115]


Por segunda vez, pues, el cristianismo había aparecido con la respuesta exacta que yo necesitaba. Yo había dicho: “El ideal tiene que ser permanente” y la Iglesia me contestó: “Mi ideal es permanente; ha existido antes que todo lo demás.” Luego dije: “Tiene que estar artísticamente combinado, como un retrato”; y la Iglesia me contestó: “El mío es casi literalmente un retrato; y hasta sé quién lo pintó.” Y luego seguí con un tercer elemento, uno que me pareció necesario para la Utopía de un objetivo de progreso. Y de los tres es el que resulta infinitamente más difícil de expresar. Quizás podría decirse de la siguiente manera: tenemos que mantenernos alerta hasta en Utopía, no sea que caigamos de ella de la misma manera en que nos caímos del Edén.
Ya hemos subrayado que una de las razones para ser progresista es que las cosas tienden a mejorar naturalmente. Pero la única razón real para ser progresista es que las cosas tienden naturalmente a empeorar. No sólo la corrupción de las cosas es el mejor argumento para ser progresista; también es el único argumento contra ser conservador. La teoría conservadora sería realmente bastante convincente e incontestable de no ser por este único hecho. Pero todo conservadorismo está basado en la idea de que si uno deja las cosas en paz, las cosas quedarán tal como son. Pero no quedan. Dejen una cosa en paz y la expondrán a un torrente de cambios. Abandonen un poste blanco a su suerte y muy pronto será un poste negro. Si realmente quieren mantenerlo blanco, cada tanto tendrán que pintarlo de nuevo; esto es: constantemente tendrán que tener una revolución. En resumen, si quieren tener el viejo poste blanco, tendrán que tener un nuevo poste blanco. Pero, esto que es verdad hasta de las cosas inanimadas, resulta cierto en un sentido bastante especial y terrible respecto de todas las cosas humanas. Se requiere una vigilancia casi antinatural de parte del ciudadano por la horrible rapidez con la que envejecen las instituciones humanas. En las novelas románticas y en el periodismo existe la costumbre de hablar sobre personas que sufrieron opresiones pasadas. Pero, de hecho, los hombres casi siempre han sufrido bajo opresiones nuevas; bajo opresiones que habían sido libertades públicas apenas veinte años atrás. Así, Inglaterra enloqueció de júbilo con la monarquía patriótica de Isabel, y luego (casi inmediatamente después) enloqueció de furia, atrapada en la tiranía de Carlos I. Así, también, en Francia la monarquía se volvió intolerable no justo después de haber sido tolerada sino después de haber sido adorada. El hijo de Luis el bienamado fue Luis el guillotinado. De la misma manera, la Inglaterra del Siglo XIX confió enteramente en el industrial radical considerándolo un mero tribuno del pueblo, hasta que de pronto escuchamos el grito del socialista acusándolo de comer cruda a la gente. Así, otra vez, hasta casi el último instante hemos confiado en los diarios como órganos de la opinión pública. Es apenas recién que algunos de nosotros han visto (y no en forma lenta sino de repente) que obviamente no son nada de eso. Por su propia naturaleza, son el pasatiempo de unos pocos hombres ricos. No tenemos ninguna necesidad de rebelarnos contra la antigüedad; tenemos que rebelarnos contra la novedad. Son los nuevos gobernantes, el capitalista o el editor, los que realmente manejan al mundo. No hay ningún peligro de que un rey moderno intente violar la constitución; es mucho más probable que la ignorará y trabajará a sus espaldas. No abusará de su regio poder; es mucho más probable que abuse su regia falta de poder, del hecho que está libre de crítica y de publicidad. Porque el rey es la persona más privada de nuestro tiempo. Nadie tendrá necesidad luchar contra ninguna propuesta de censurar a la prensa. No necesitamos una censura de la prensa. Ya tenemos una censura por la prensa.


El tercer hecho que le pediremos prever a nuestra teoría perfecta del progreso es esta sorprendente rapidez con la que los sistemas populares se vuelven opresores. Nuestra teoría tendrá que estar siempre alerta para detectar todo privilegio abusivo, y todo bien efectivo que se haya convertido en mal. En esta cuestión estoy por entero de parte de los revolucionarios. Realmente tienen razón en sospechar constantemente de las instituciones humanas; tienen razón en no confiar en príncipes ni en ningún hijo de vecino. El cacique elegido para ser el amigo del pueblo se vuelve enemigo del pueblo; el diario fundado para decir la verdad existe ahora para evitar que se diga la verdad. Como decía, aquí sentí que, por fin, estaba de parte del revolucionario. Y después contuve el aliento de nuevo porque me di cuenta de que estaba, otra vez, de parte del ortodoxo.


El cristianismo volvió a hablar y me dijo: “Siempre sostuve que los seres humanos son, por naturaleza, reincidentes; que la virtud humana, por su propia naturaleza, tiende a oxidarse o a corromperse; siempre dije que los seres humanos, como tales, caen en el mal, especialmente los seres humanos felices, especialmente los seres humanos orgullosos y prósperos. A esta eterna revolución, a esta desconfianza mantenida por siglos, vosotros (siendo ambiguamente modernos) la llamáis la doctrina del progreso. Si fuerais filósofos la llamaríais, como la llamo yo: la doctrina del pecado original. Podéis llamarla el avance cósmico todo lo que queráis; yo la llamo por lo que es: la Caída.”


Hablé de la ortodoxia que caía como una espada; aquí debo confesar que cayó como un hacha de guerra. Porque, realmente – cuando me detuve a pensar en ello – el cristianismo resultaba ser lo único que nos quedaba con derecho real a cuestionar el poder de los bien alimentados y los bien educados. Con bastante frecuencia he escuchado a los socialistas, y hasta a los demócratas, decir que las condiciones materiales de los pobres por fuerza tienen que degradarlos mental y moralmente. He escuchado a científicos (y todavía quedan científicos que no se oponen a la democracia) decir que, si a los pobres les ofrecemos condiciones de vida más sanas, el vicio y el mal desaparecerán. Los he escuchado con tremenda atención y con horrible fascinación. Porque fue como observar a un hombre serruchando enérgicamente la rama sobre la cual estaba sentado. Si estos alegres demócratas pudiesen demostrar sus argumentos, le darían con ello a la democracia un golpe mortal. Si los pobres están moralmente corrompidos por las causas apuntadas, la idea de elevarlos puede ser – o no – una idea práctica. Pero, sin duda, sería práctico quitarles sus privilegios. Si la persona que tiene un mal dormitorio no puede emitir un buen voto, entonces la primera y más inmediata deducción es la de que no debe emitir ese voto. La clase gobernante, no sin razón, podría decir: “Puede llevarnos algún tiempo reformar su dormitorio. Pero, si es tan bruto como usted dice, a él le llevará muy poco tiempo arruinar nuestro país. Por lo tanto, seguiremos su consejo y no le daremos la oportunidad.” Me divierte terriblemente observar la manera en que los más serios socialistas están diligentemente poniendo los cimientos para la aristocracia, explayándose insípidamente sobre la evidente incapacidad de los pobres para gobernar. Es como escuchar a alguien entrando a una reunión de gala disculpándose por no estar adecuadamente vestido y explicando que acaba de estar ebrio, tiene el hábito de quitarse la ropa en medio de la calle y, por lo demás, acaba de cambiar el uniforme de presidiario por lo que tiene puesto. Uno siente como que, en cualquier momento, el dueño de casa podría llegar a decirle que, con tantos problemas, podría no haber venido en absoluto. Es lo que sucede cuando el socialista común nos demuestra, con cara radiante, que los pobres, después de sus desdichadas experiencias, no pueden ser realmente confiables. En cualquier momento, el rico podría llegar a decir: “Muy bien; pues entonces no confiemos en ellos” para luego cerrarle la puerta en la cara. Sobre la base de la visión que el señor Blatchford tiene acerca de la herencia y el medioambiente, el alegato en favor de la aristocracia es bastante abrumador. Si casas limpias y aire limpio producen espíritus limpios, ¿por qué no darle el poder a quienes (al menos por ahora) indudablemente poseen ese aire limpio? Si mejores condiciones harán que los pobres sean más capaces de gobernarse a si mismos, ¿por qué las mejores condiciones de las que ya gozan los ricos no los hacen más capaces de gobernar a los pobres? El argumento ambientalista común es bastante obvio: la clase acomodada debería ser nuestra vanguardia en Utopía.


¿Existe alguna réplica a la proposición de que quienes tienen las mejores oportunidades serían, probablemente, nuestros mejores conductores? ¿Existe alguna réplica al argumento de que, quienes han respirado aire puro pueden tomar mejores decisiones que quienes respiran aire viciado? Por todo lo que sé existe solamente una respuesta, y esa respuesta es el cristianismo. Sólo la Iglesia cristiana puede ofrecer una objeción racional a la confianza absoluta en los ricos. Porque desde el principio esta Iglesia ha sostenido que el peligro no está en el medioambiente del hombre sino en el hombre mismo. Más allá de ello, ha sostenido que, si vamos a hablar de un medioambiente peligroso, el más peligroso de todos es el opulento. Ya sé que la mayoría de los industriales modernos ha estado realmente ocupada en fabricar agujas con ojos muchísimo más grandes. También sé que los más modernos biólogos están más que ansiosos por descubrir a un camello muy pequeño. Pero, si reducimos al camello a su mínima expresión, o agrandamos el ojo de la aguja al máximo posible, estaremos entendiendo las palabras de Cristo en el sentido menos probable de su intención.[116] Porque, como mínimo, Sus palabras significan que no es demasiado probable que un rico sea moralmente confiable. El cristianismo, aún entibiado, es lo suficientemente ardiente como para hacer hervir a toda la sociedad moderna hasta disolverla. Los requerimientos más mínimos de la Iglesia constituirían un ultimátum mortal para este mundo. Porque todo el mundo moderno está absolutamente basado sobre el supuesto – no de que los ricos son necesarios (lo cual sería sostenible) – sino que son confiables, lo cual, para un cristiano, no es sostenible. Eternamente, en todas las discusiones sobre diarios, compañías, aristocracias o políticas partidarias, escuchará usted ese argumento de que las personas ricas no pueden ser sobornadas. El hecho, por supuesto, es que el rico está sobornado; ya fue sobornado. Precisamente por eso es rico. Todo el argumento del cristianismo es que una persona que depende de los lujos de esta vida es una persona corrupta, espiritualmente corrupta, políticamente corrupta, financieramente corrupta. Hay una cosa que Cristo y todos los santos cristianos han estado repitiendo con una especie de feroz monotonía. Han dicho simplemente que el ser rico equivale a estar en un particular peligro de desastre moral. No es demostrablemente contrario al cristianismo el matar a los ricos si violan una justicia determinable. No es demostrablemente contrario al cristianismo coronar a los ricos como gobernantes convenientes de la sociedad. Es cierto que no está demostrado que sea contrario al cristianismo el rebelarse contra los ricos o el someterse a los ricos. Pero por lo menos tan cierto es que resulta contrario al cristianismo el confiar en los ricos, el considerarlos moralmente más seguros que los pobres. Un cristiano puede decir con coherencia: “Respeto la jerarquía de ese hombre, aunque sé que acepta sobornos.” Lo que un cristiano no puede decir es lo que todos los modernos dicen desde el desayuno hasta la cena: “Una persona de ese rango no aceptaría sobornos”. Porque es parte del dogma cristiano que cualquier persona, de cualquier jerarquía puede llegar a aceptar sobornos. Y no sólo es parte del dogma cristiano; por una curiosa coincidencia resulta ser que también es parte de la historia humana conocida. Cuando las personas dicen que un hombre “de esa posición” sería incorruptible, no hay ninguna necesidad de traer a colación al cristianismo en la discusión. ¿Acaso Lord Bacon[117] fue un lustrabotas? ¿Acaso el Duque de Marlborough[118] fue un barrendero? En la mejor de las Utopías, tengo que estar preparado para la caída moral de cualquier hombre, desde cualquier posición, en cualquier momento. Especialmente para mi caída, de mi posición, en este momento.


Hay una buena cantidad de producción periodística publicada al efecto de demostrar que el cristianismo está emparentado con la democracia, y la mayor parte de esta producción carece de la fuerza y de la claridad necesarias para refutar el hecho de que estos dos conceptos se han enfrentado con frecuencia. El verdadero nivel en el cual el cristianismo y la democracia coinciden se encuentra a mucha mayor profundidad. La idea especial y peculiarmente contraria al cristianismo es la idea de Carlyle: la idea de que gobierne la persona que siente que puede gobernar. Sea lo que fuere lo cristiano, esto es pagano. Si nuestra fe ha de hacer algún comentario en absoluto sobre el gobierno, su comentario debe ser que debe gobernar la persona que no piensa que puede gobernar. El héroe de Carlyle podrá decir: “Yo seré rey”; pero el santo cristiano debe decir: “Nolo episcopari”. [119] Si la gran paradoja del cristianismo tiene un significado, éste es que debemos tomar la corona en nuestras manos y salir de caza por lugares áridos y rincones oscuros hasta encontrar a ese hombre que se considera indigno de llevarla. Carlyle estaba equivocado; no debemos coronar a la persona excepcional que sabe que puede gobernar. Por el contrario, debemos coronar a la mucho más excepcional persona que sabe que no puede.


Ahora bien, éste es uno de los dos o tres parapetos vitales de la democracia práctica. La mera maquinaria electoral no es democracia, aunque en la actualidad no es fácil instrumentar un método democrático más simple. Pero hasta la maquinaria electoral es profundamente cristiana en el sentido práctico de que intenta recabar la opinión de aquellos que de otro modo serían demasiado modestos como para ofrecerla. Es una aventura mística; es confiar especialmente en aquellos que no confían en si mismos. Ese enigma es estrictamente propio de la cristiandad. No hay nada realmente humilde en la abnegación del budista; el moderado hindú es moderado, pero no es modesto. Hay algo psicológicamente cristiano en la idea de buscar la opinión de los ignorados en lugar de tomar el obvio camino de aceptar la opinión de los destacados. Puede parecer un tanto curioso decir que el votar es particularmente cristiano. Decir que el escrutar es cristiano puede parecer bastante absurdo. Pero el escrutar, en su idea fundamental, es muy cristiano. Es alentar al humilde; es ir y decirle a la persona modesta: “Vamos amigo; elévate más”. Y si existe algún leve defecto en el escrutar – esto es: en su perfecta y cabal piedad – ello se debe tan sólo a que posiblemente puede llegar a olvidarse un poco de alentar la modestia en el que escruta.


La aristocracia no es una institución; la aristocracia es un pecado; generalmente uno muy venial. Es tan sólo la tendencia o el deslizamiento de los hombres hacia una suerte de natural pomposidad o elogio de los poderosos, algo que constituye la cosa más fácil y obvia del mundo.


Una de las cien refutaciones posibles a la superficial y perversa interpretación moderna del concepto de “fuerza” es que los agentes más rápidos y audaces son también los más frágiles y sensibles. Las cosas más rápidas son las cosas blandas. Un pájaro puede ser activo porque es elástico. Una piedra es impotente porque es dura. Por su propia naturaleza, una piedra tiene que caer; porque dureza significa debilidad. El pájaro, por su naturaleza intrínseca, puede ir hacia arriba; porque la fragilidad es fuerza. En la fuerza perfecta hay una especie de ligereza, hay algo etéreo que puede mantenerse en el aire. Los investigadores modernos de la historia de los milagros han admitido solemnemente que una de las características de los grandes santos fue su poder de “levitación”. Podrían ir más lejos: una de las características de los grandes santos es su poder de liviandad. Los ángeles pueden volar porque se pueden tomar livianamente a si mismos. Ése ha sido siempre el instinto de la cristiandad y, en especial, el instinto del arte cristiano. Recordemos como Fra Angélico[120] representaba a sus ángeles, no sólo como pájaros, sino casi como mariposas. Recordemos como el arte medieval más serio estuvo lleno de luz y de ondulantes cortinas, de pies rápidos y saltarines. Fue lo que los modernos prerrafaelistas[121] no pudieron imitar en los verdaderos prerrafaelistas. Burne-Jones[122] nunca pudo recuperar la profunda levedad de la Edad Media. En los antiguos cuadros cristianos, el cielo que está sobre cada figura es como un paracaídas azul o dorado. Cada figura parece a punto de salir volando y quedarse flotando por los cielos. La capa andrajosa del pordiosero lo transportará hacia arriba al igual que las radiantes plumas de los ángeles. Pero los reyes en su pesado oro y los orgullosos en sus mantos de púrpura se hundirán hacia abajo por su propia naturaleza, porque el orgullo no puede alcanzar la levedad o la levitación. El orgullo es arrastre descendente hacia una fácil solemnidad. Hay una especie de seriedad egoísta en la que uno se puede “establecer” o “caer”; pero hay un alegre altruismo al que hay que “alcanzar” o “ascender”. Una persona “cae” en el sillón de su oscuro estudio pero, cuando trata de alcanzar el cielo azul, sus manos se dirigen hacia arriba. La seriedad no es una virtud. Sería una herejía, pero una herejía mucho más sensata, decir que la seriedad es un vicio. En realidad, el tomarnos demasiado en serio es una tendencia natural o una falencia; porque es lo más fácil que podemos hacer. Es mucho más fácil escribir un buen artículo de fondo en el Times que un buen chiste en el Punch. Es que la solemnidad nos viene naturalmente, pero la risa es un salto acrobático. Es fácil ser pesado y difícil ser liviano. Satanás cayó por culpa de la fuerza de la gravedad.


Ahora bien, ha sido el extraño honor de Europa desde que se hizo cristiana que, mientras tuvo aristocracias, siempre en el fondo de su corazón las ha tratado como una debilidad – por lo general como una debilidad que es necesario tolerar. Si alguien desea comprender esta cuestión lo mejor que puede hacer es salir del cristianismo e ir a algún otro entorno filosófico. Que compare, por ejemplo, las clases sociales de Europa con las castas de la India. Allí, la aristocracia es mucho más terrible porque es mucho más intelectual. Allí se cree en serio que la escala de las clases es una escala de valores espirituales; que el panadero es mejor que el carnicero en un sentido invisible y sagrado. Pero, en ese sentido sagrado, ninguna versión del cristianismo, ni la más ignorante o perversa, sostuvo jamás que un hidalgo es mejor que un carnicero. Ninguna versión del cristianismo, por más ignorante o extravagante que fuese, sugirió jamás que un duque no sería condenado. En la sociedad pagana pudo llegar a haber (no lo sé) alguna división seria de ese tipo entre el hombre libre y el esclavo. Pero en la sociedad cristiana siempre hemos pensado que el caballero es una especie de broma; si bien admito que en algunas cruzadas y concilios se ganó el derecho a ser considerado una broma pesada. Es que nosotros en Europa, nunca y en el fondo de nuestro corazón, tomamos a la aristocracia realmente en serio. Ha sido tan sólo un ocasional extranjero extra-europeo (como el Dr. Oscar Levy[123], el único nietzscheano inteligente) quien hasta ha conseguido, por un instante, tomar a la aristocracia en serio. Puede ser un prejuicio patriótico – aunque no lo creo – pero me parece que la aristocracia inglesa es, no sólo el prototipo, sino la flor y nata de todas las aristocracias actuales; tiene todas las virtudes oligárquicas, así como todos sus defectos. Es informal, es amable, es valiente en cuestiones obvias; pero tiene un gran mérito que sobrepasa a todos los anteriores. El enorme y muy obvio mérito de la aristocracia inglesa es que resulta imposible tomarla en serio.


En resumen; ni bien había formulado lentamente – como de costumbre – la necesidad de una ley pareja para Utopía cuando – como de costumbre – me encontré con que el cristianismo me había ganado de mano. Toda la historia de mi Utopía es igual de divertidamente triste. Cada vez que salía corriendo de mi estudio de arquitectura con los planos para una nueva torre, terminaba encontrándola allá afuera, brillando al sol desde hacía mil años. En el sentido antiguo y en parte en el moderno, Dios había respondido a mi oración de “Anticípate, Oh Señor, en todos nuestros actos” [124] Sin vanidad, realmente creo que hubo un momento en que podría haber llegado a inventar en mi propia mente el juramento matrimonial (como institución); tan sólo para descubrir después que ya estaba inventado. Pero, puesto que sería demasiado largo mostrar cómo, hecho tras hecho, pulgada tras pulgada, mi propia concepción de Utopía tuvo respuesta en el Nuevo Testamento, voy a tomar tan sólo el caso éste del matrimonio como indicador de la tendencia convergente – quizás debería decir colapso convergente – de todo el resto.


Cuando los adversarios usuales del socialismo hablan acerca de las imposibilidades y las alteraciones de la naturaleza humana siempre olvidan hacer una importante diferenciación. En la moderna concepción ideal de la sociedad hay algunos deseos que quizás no son realizables; pero hay otros deseos que no son deseables. Que todas las personas vivan en casas igualmente hermosas es un sueño que puede – o no – ser alcanzado. Pero que todos los seres humanos vivan en la misma hermosa casa no es un sueño en absoluto; es una pesadilla. Que un hombre sea amable con todas las ancianas es un ideal que puede no ser alcanzado. Pero que un hombre considere a todas las ancianas exactamente como si fueran su madre no es tan sólo un ideal inalcanzable sino un ideal que no debería ser alcanzado. No sé si el lector estará de acuerdo conmigo en estos ejemplos pero agregaré uno que siempre me ha impresionado sobremanera. Nunca pude concebir ni tolerar una Utopía que no me dejase la libertad que más aprecio: la libertad de encadenarme. Una anarquía absoluta no sólo haría imposible tener disciplina o fidelidad; también haría imposible toda diversión. Para tomar un caso obvio: el apostar no valdría la pena si una apuesta no fuese un compromiso. La disolución de todos los contratos no sólo arruinaría la moral sino que arruinaría hasta al juego. Ahora bien, las apuestas y los juegos similares son tan sólo las expresiones imitadas y modificadas del instinto original del hombre por la aventura y el romance, algo de lo cual se ha hablado mucho en estas páginas. Pero los peligros, las recompensas, los castigos y las conquistas de las aventuras tienen que ser reales porque, de lo contrario, la aventura es sólo una cambiante y cruel pesadilla. Si apuesto, me tienen que hacer pagar; de lo contrario, no hay poesía en apostar. Si desafío, me tienen que hacer pelear, o no hay poesía en desafiar. Si juro ser leal, tengo que ser maldecido cuando sea desleal, de lo contrario el jurar no tiene gracia. No se podría construir ni siquiera un cuento de hadas de las experiencias de alguien que, después de haber sido tragado por una ballena, se encontrase en la punta de la Torre Eiffel; o después de haber sido convertido en un sapo de pronto se comportase como un flamingo. Hasta en la más exagerada de las novelas los resultados tienen que ser reales; tienen que ser irrevocables. El matrimonio cristiano es el gran ejemplo de un resultado real e irrevocable; por eso es que se convirtió en el tema principal y en el centro de toda la literatura romántica. Y, en último término, esto es lo que pediría – y en forma imperativa – de cualquier paraíso social; pediría que se me haga cumplir el contrato, que se tomen en serio mis juramentos y mis compromisos; le pediría a Utopía que vengue mi honor en mí mismo.


Todos mis utópicos amigos modernos se miran entre si con dudas en los ojos ya que su última esperanza es la disolución de todos los compromisos especiales. Pero, otra vez, creo escuchar como un eco la respuesta de más allá del mundo: “Tendrás obligaciones reales y, por lo tanto, aventuras reales cuando llegues a mi Utopía. Pero la obligación más rigurosa y la aventura más difícil es llegar hasta allí.”






Para volver a El Cruzamante haga click sobre la imagen del caballero