
Discursos del Dr. Antonio de Oliveira Salazar
CAPITULO VII
El Ejército y la Revolución Nacional
La oficialidad del Ejército y de la Marina, deseosa de testimoniar su reconocimiento al Sr. Oliveira Salazar por la obra extraordinaria realizada desde el Ministerio de Hacienda, abrió una suscripción para regalarle las insignias de la Gran Cruz de la Orden de la Torre y de la Espada. En el acto de la entrega, verificado en la Sala del Consejo de Estado el día 28 de Mayo de 1932, pronunció el entonces Ministro de Hacienda un discurso en el que, luego de dar las gracias por el homenaje, desenvolvió el tema de la parte que había de corresponder al Ejército en la responsabilidad por la ejecución del movimiento inspirador de la revolución nacional. Coincidió el discurso con la publicación del proyecto de Constitución.
No constituye ofensa para nadie reconocer que los desastres morales y materiales de las últimas décadas llevaron al último límite la decadencia de la Nación Portuguesa. En la política, en la administración, en la economía pública y
privada se advertía el mismo espectáculo de desorden permanente, con la natural consecuencia del desprestigio interno y externo del Estado. Todos aquellos por cuyas manos hayan pasado, por un motivo o por otro, los casos más salientes de este período de envilecimiento, pueden atestiguar cuanto había de vacío, de parasitario, de ficticio, en la administración pública, en los asuntos comerciales, en la industria, en la banca y en la finaliza, en la vida social. Puede decirse que habían desaparecido de la vida portuguesa la seriedad y la justicia. La indisciplina era, en consecuencia, general.
Al igual que en todas las épocas parecidas, sobre la masa confusa de la población que se afana y que con la fatiga del trabajo apenas advierte las deficiencias de la vida colectiva, vimos generalizarse los dos tipos más vulgares de todas las decadencias: los beneficiarios del desorden, que extendían las redes de sus negocios, explotaciones y compromisos, poco claros y poco limpios; y los que del simple disgusto por la marcha de las cosas van pasando a la indiferencia y al escepticismo. Entre ambos, quedaban arrinconados, sin fe en el resurgimiento de la Patria, muchos de los mejores valores de Portugal.
En tales circunstancias, desorganizadas y en trance de disolución todas las fuerzas sociales, el mayor problema era encontrar el punto de apoyo para la reacción salvadora.
El Ejército, quebrantado por las inclemencias de los últimos tiempos — la guerra, las revoluciones y las reformas, — no es aún lo que todos deseamos que sea; mas por exigencia de su propia constitución vive apartado de la política, sometido a una jerarquía y a una disciplina, sereno y firme, como prenda del orden público y de la seguridad nacional. Esa misma superioridad de disciplina existente en una fuerza organizada en nombre del honor y del destino de la Patria, era el único factor capaz de apartar, con el menor número de convulsiones y peligros, los obstáculos elevados por los artilugios existentes, y apoyar al Poder Nuevo, empeñado en la obra de salvación y resurgimiento de la Patria.
Así fue; pero el cauce por donde pudieron ser encaminados todos los anhelos de nueva vida, de orden, de justicia, de trabajo pacífico, de prosperidad material, de renovación de la mentalidad portuguesa: este paso dado por el Ejército que ahorraba a la Nación luchas sangrientas, el predominio de las facciones victoriosas y las mayores divisiones y desgracias, dio al movimiento iniciado, por lógica imposición de su origen, una extensión y una amplitud diferentes de las que pretendieron y que hubieron de tener las diversas revoluciones pasadas. Como hombre de gobierno, y en la seguridad de que así velo por el prestigio del Ejército en los instantes en que pretendo asegurar el apoyo necesario a una obra que de otro modo no sería posible realizar, he luchado siempre porque no se rebaje, ni se reduzca a las proporciones de un pronunciamento militar o de una revolución partidista la intervención de la fuerza armada. He sostenido siempre, en contra de las varias tendencias esbozadas aquí y allá, que no podría ser el pensamiento inicial del 28 de Mayo, y que sería en todo caso, contrario a los deberes del Ejército y a su prestigio, reducir el problema portugués a una combinación de fuerzas partidistas, a la sustitución en el gobierno de una facción por otra facción; y que, por el contrario, lo que se había pretendido era establecer un conjunto de condiciones políticas, administrativas, económicas, sociales y culturales susceptibles de asegurar, por medio de una verdadera revolución, el renacimiento de la Nación Portuguesa.
Con arreglo a este principio, único que reputo verdadero, el Ejército no tiene que hacer política, ni tiene la obligación de apoyar a determinados gobiernos, sino que debe ser la prenda y garantía de la revolución nacional.
Hay quien piensa, desde luego con la mejor intención y absolutamente identificado con el pensamiento renovador de la Dictadura, que el método empleado por ésta no ha sido el que las circunstancias exigían, y que debió hacerse una más amplia apelación y un mayor uso de la violencia.
Comprendo perfectamente que la idea de violencia — en su doble aspecto de fuerza extraña al derecho y de enunciación de principios legales con desconocimiento de los derechos ajenos generalmente respetados — surja, al primer impulso, en espíritus fuertemente impresionados por la magnitud de los males, de las resistencias y de los peligros, y con los ejemplos exteriores de los dos polos opuestos de la política ultraconservadora y ultrarrevolucionaria. Pero he creído siempre que los procedimientos revolucionarios de violencia estarían contraindicados entre nosotros, por las experiencias del pasado, varias veces repetidas y siempre frustradas, por la naturaleza y circunstancias del movimiento militar, por el enfermizo sentimentalismo del pueblo portugués, por los peligros de una aventura confusa cuando son tantos y tan difíciles los problemas, por la falta de hombres preparados para las exigencias de la acción en los puestos dominantes de los diversos sectores, y sobre todo, por la posibilidad de obtener los mismos resultados por procedimiento más en consonancia con nuestro temperamento y con las condiciones de la vida portuguesa. Además, un poder que se considera limitado por la moral y por el derecho, no puede hacer lo que quiere, sino solamente lo que debe.
En un cuerpo social tan enfermo, no pueden darse golpes muy rudos sin grave riesgo; en tal estado de ruina, los constructores del futuro han de servirse, al menos transitoriamente, de materiales que, en otras circunstancias, serían desechados.
Se confunde en Portugal tantas veces la justicia con la violencia, que es corriente que no se produzcan reacciones contra el crimen, y en cambio se produzcan contra la pena. Cuando este hecho se da en un medio reducido, tejido de solidaridades, dependencias, compromisos e inteligencias que van de un extremo a otro de los campos en lucha, resulta difícil y excesivamente pesada la obra de saneamiento, no ya sólo en el campo político, por medio de la violencia sino también en el de los servicios públicos y en el de la actividad económica y social, en simple aplicación de la más pura y respetuosa legalidad.
Duramente, penosamente, la Dictadura ha castigado, unos tras otros, a los mayores prevaricadores, y comprendo que las conciencias rectas se subleven al ver que lleve años una tarea que podría realizar en pocos días un gobierno en la plenitud de su fuerza revolucionaria. Pero el problema está precisamente en saber si el ejercicio fulminante de ese poder discrecional no agotaría las posibilidades de toda obra de reconstrucción.
La reflexión y la experiencia en armonía con las aspiraciones nacionales que determinaron y que mantienen la Dictadura, me afirman en la idea de que la fuerza es absolutamente indispensable para la reconstrucción de Portugal, pero que ha de ser usada con serenidad y con prudencia, capaces de asegurar la continuidad de la obra y de apartar las complicaciones que la perjudiquen o que la hagan imposible. Estamos condenados a elegir entre la anarquía y la disciplina impuesta por un gobierno de autoridad. Nadie por eso me superará en la arraigada convicción de que el Estado Nuevo debe ser bien fuerte y resistente para dominar las corrientes revolucionarias, asegurar la unidad nacional, coordinar la actividad de todos los elementos, en una palabra, emprender y realizar la verdadera revolución, que debe ser iniciada por esta generación y proseguida por las que le sucedan. Todos comprenderán, por lo tanto, que la nueva organización del Estado y la reforma de la sociedad portuguesa no se pueden llevar a cabo en medio de las ráfagas del temporal desencadenado por nosotros mismos.
En este pensamiento de revolución pacífica pero integral, que pretende abrazar todas las manifestaciones de la vida portuguesa y no tan sólo la capa política — mero fruto y exponente de nuestra desorganización social —, sé inspira el proyecto de Constitución presentado hoy al País. Ese proyecto procura construir, sin los riesgos de los saltos bruscos, el Nuevo Estado que ha de ser Portugal, cerrando la época de liberalismo individualista, e instaurando el predominio del equilibrado nacionalismo que se inspira en el destino histórico de la Nación Portuguesa y en los principios de la verdadera ciencia social.
Quien acepte los principios representados por este proyecto, ni habrá de pretender combinaciones de ninguna especie con elementos que continúan aferrados a las antiguas ideas partidistas y parlamentaristas, por muy elevada que sea su honorabilidad personal y sus servicios pasados, ni podrá lanzarse a aventura alguna confiada a la violencia. Se pretende de un modo reflexivo y resuelto, constituir en Portugal un Estado fuerte, con todas las garantías para los ciudadanos, para la Nación y sus elementos orgánicos, para la independencia del mando que el País confíe a su Jefe, y para la eficacia del gobierno libremente nombrado por él, en atención a las necesidades de la administración pública.
Al lado de una u otra experiencia política que el tiempo podrá o no acreditar, y que el futuro podrá mejorar o sustituir, el proyecto de Constitución Política encierra un elevado programa para la Nación Portuguesa, y ofrece al mundo, atormentado por la crisis y con todo el horizonte ennegrecido, un sistema jurídico que procura, en lo que a nosotros respecta, oponer una barrera a «todos los desórdenes del pensamiento y de la vida social, desórdenes contrarios a la naturaleza y fines de la Nación y del Estado y a las instituciones básicas de la Sociedad» (1). Confío en que esa Constitución merecerá el apoyo del Ejército y la adhesión de todos los buenos patriotas deseosos de la renovación de Portugal.
Dos palabras más, y concluyo. Oigo decir que hay personas que no están satisfechas con la Dictadura. Formo en la primera fila de los descontentos. Cuando repaso mentalmente los muchos y difíciles problemas que tenemos delante de nosotros; cuando veo que el tiempo pasa y las soluciones tardan; cuando me acuerdo de que el País está poco menos que desorganizado y que es preciso robustecer su economía, elevar su nivel de vida, someter a una disciplina las clases sociales, aumentar el rendimiento de los servicios públicos y de la producción privada, dar mayor consistencia a nuestro sentido de Nación con una caracterizada finalidad histórica, hacer al País sano y fuerte en espera de un momento decisivo que puede surgir y sorprendernos; cuando veo la amplitud del programa y contemplo las dificultades, los obstáculos, las deficiencias de todo orden con que es preciso luchar, y por encima de todo, todavía tanta miseria, tanta injusticia, tanta inmoralidad, mido con dolor la gran distancia que separa nuestra capacidad de realizar de nuestros deseos de servir.
Sin embargo, si recuerdo algunos rasgos de un pasado reciente, triste por el desorden y decadencia en que caímos, y veo que en pocos años luchando con las consecuencias de la antigua depresión y de la crisis mundial, ha sido posible equilibrar las cuentas públicas, extinguir la deuda flotante exterior, disminuir la deuda interior en un millón de contos (2), reconstituir el Banco de Portugal y la moneda, restablecer el crédito del Estado, imprimir un gran impulso a las obras públicas y a las mejoras locales, dar una finalidad y una vitalidad nuevas a la instrucción nacional, iniciar la restauración de la Marina de Guerra, fomentar el desarrollo de la agricultura, proteger a la industria, echar las bases de una mayor solidaridad entre la metrópoli y las diversas partes del Imperio Colonial Portugués, esbozar numerosos trabajos en todos los órdenes de la administración pública, asegurar por todas partes el orden y la tranquilidad, condiciones vitales de la producción; si, además de todo ésto, observo que la vida pública y la prensa tienen mayor elevación, que la administración va poniéndose en condiciones de servir realmente al País, que el escepticismo va siendo reemplazado por la confianza, que va formándose una nueva mentalidad en el sentido de comprender la autoridad, aunque exigiendo al Poder aquellas sinceridad y justicia que no conocíamos, no puedo dejar de creer en los resultados de esta obra, y tengo fe, una fe ciega en el renacimiento de nuestra Patria.
Soy un portugués a quien las circunstancias han colocado en situación de poder dirigir a todos los buenos portugueses una palabra de meditación y un llamamiento patriótico. Este periodo de la historia es grave para toda la Humanidad. Los Estados vacilan bajo el peso de los más graves problemas de orden nacional e internacional. Parece en ocasiones que la lógica o la terrible fatalidad del espíritu de revolución, de guerra y de ruina amenaza, cada día más, con frustrar la aspiración activa de paz, de cooperación y de prosperidad. En este mar de dudas y de peligros el drama de Portugal está naturalmente lleno de inquietudes. Pero estas mismas gravísimas dificultades son las que nos obligan a un trabajo más persistente, a un apoyo más decidido, a una resolución más firme de llevar adelante la obra de reorganización social y política de Portugal.
Es preciso llegar hasta el fin: lo exigen el recuerdo de los iniciadores del movimiento del 28 de Mayo, los destinos de nuestra Patria y el honor del Ejército.
(1) Del preámbulo del proyecto de Constitución.,
(2) Cada conto equivale a i.ooo escudos