viernes, 3 de abril de 2009

El Ejército y la Revolución Nacional




Discursos del Dr. Antonio de Oliveira Salazar



CAPITULO VII


El Ejército y la Revolución Nacional







La oficialidad del Ejército y de la Marina, deseosa de testimoniar su reconocimiento al Sr. Oliveira Salazar por la obra extraordinaria realizada desde el Mi­nisterio de Hacienda, abrió una suscripción para regalarle las insignias de la Gran Cruz de la Orden de la Torre y de la Espada. En el acto de la entrega, ve­rificado en la Sala del Consejo de Estado el día 28 de Mayo de 1932, pronunció el entonces Ministro de Ha­cienda un discurso en el que, luego de dar las gracias por el homenaje, desenvolvió el tema de la parte que había de corresponder al Ejército en la responsabi­lidad por la ejecución del movimiento inspirador de la revolución nacional. Coincidió el discurso con la publicación del proyecto de Constitución.


No constituye ofensa para nadie reconocer que los desastres morales y materiales de las últi­mas décadas llevaron al último límite la deca­dencia de la Nación Portuguesa. En la política, en la administración, en la economía pública y
privada se advertía el mismo espectáculo de desorden permanente, con la natural conse­cuencia del desprestigio interno y externo del Estado. Todos aquellos por cuyas manos hayan pasado, por un motivo o por otro, los casos más salientes de este período de envilecimiento, pue­den atestiguar cuanto había de vacío, de parasi­tario, de ficticio, en la administración pública, en los asuntos comerciales, en la industria, en la banca y en la finaliza, en la vida social. Puede decirse que habían desaparecido de la vida por­tuguesa la seriedad y la justicia. La indisci­plina era, en consecuencia, general.
Al igual que en todas las épocas parecidas, sobre la masa confusa de la población que se afana y que con la fatiga del trabajo apenas advierte las deficiencias de la vida colectiva, vimos generalizarse los dos tipos más vulgares de todas las decadencias: los beneficiarios del desorden, que extendían las redes de sus nego­cios, explotaciones y compromisos, poco claros y poco limpios; y los que del simple disgusto por la marcha de las cosas van pasando a la indife­rencia y al escepticismo. Entre ambos, queda­ban arrinconados, sin fe en el resurgimiento de la Patria, muchos de los mejores valores de Portugal.
En tales circunstancias, desorganizadas y en trance de disolución todas las fuerzas sociales, el mayor problema era encontrar el punto de apoyo para la reacción salvadora.
El Ejército, quebrantado por las inclemen­cias de los últimos tiempos — la guerra, las re­voluciones y las reformas, — no es aún lo que todos deseamos que sea; mas por exigencia de su propia constitución vive apartado de la po­lítica, sometido a una jerarquía y a una disci­plina, sereno y firme, como prenda del orden público y de la seguridad nacional. Esa misma superioridad de disciplina existente en una fuerza organizada en nombre del honor y del destino de la Patria, era el único factor capaz de apartar, con el menor número de convulsio­nes y peligros, los obstáculos elevados por los artilugios existentes, y apoyar al Poder Nuevo, empeñado en la obra de salvación y resurgi­miento de la Patria.
Así fue; pero el cauce por donde pudieron ser encaminados todos los anhelos de nueva vida, de orden, de justicia, de trabajo pacífico, de prosperidad material, de renovación de la men­talidad portuguesa: este paso dado por el Ejér­cito que ahorraba a la Nación luchas sangrien­tas, el predominio de las facciones victoriosas y las mayores divisiones y desgracias, dio al movimiento iniciado, por lógica imposición de su origen, una extensión y una amplitud diferen­tes de las que pretendieron y que hubieron de te­ner las diversas revoluciones pasadas. Como hombre de gobierno, y en la seguridad de que así velo por el prestigio del Ejército en los ins­tantes en que pretendo asegurar el apoyo necesario a una obra que de otro modo no sería po­sible realizar, he luchado siempre porque no se rebaje, ni se reduzca a las proporciones de un pronunciamento militar o de una revolución partidista la intervención de la fuerza armada. He sostenido siempre, en contra de las varias tendencias esbozadas aquí y allá, que no podría ser el pensamiento inicial del 28 de Mayo, y que sería en todo caso, contrario a los deberes del Ejército y a su prestigio, reducir el problema portugués a una combinación de fuerzas parti­distas, a la sustitución en el gobierno de una facción por otra facción; y que, por el contrario, lo que se había pretendido era establecer un conjunto de condiciones políticas, administra­tivas, económicas, sociales y culturales sus­ceptibles de asegurar, por medio de una verda­dera revolución, el renacimiento de la Nación Portuguesa.
Con arreglo a este principio, único que reputo verdadero, el Ejército no tiene que hacer polí­tica, ni tiene la obligación de apoyar a determi­nados gobiernos, sino que debe ser la prenda y garantía de la revolución nacional.
Hay quien piensa, desde luego con la mejor intención y absolutamente identificado con el pensamiento renovador de la Dictadura, que el método empleado por ésta no ha sido el que las circunstancias exigían, y que debió hacerse una más amplia apelación y un mayor uso de la violencia.
Comprendo perfectamente que la idea de violencia — en su doble aspecto de fuerza ex­traña al derecho y de enunciación de principios legales con desconocimiento de los derechos ajenos generalmente respetados — surja, al primer impulso, en espíritus fuertemente impre­sionados por la magnitud de los males, de las resistencias y de los peligros, y con los ejem­plos exteriores de los dos polos opuestos de la política ultraconservadora y ultrarrevolucionaria. Pero he creído siempre que los procedimientos revolucionarios de violencia estarían contrain­dicados entre nosotros, por las experiencias del pasado, varias veces repetidas y siempre frus­tradas, por la naturaleza y circunstancias del movimiento militar, por el enfermizo sentimen­talismo del pueblo portugués, por los peligros de una aventura confusa cuando son tantos y tan difíciles los problemas, por la falta de hom­bres preparados para las exigencias de la acción en los puestos dominantes de los diversos sec­tores, y sobre todo, por la posibilidad de obte­ner los mismos resultados por procedimiento más en consonancia con nuestro temperamento y con las condiciones de la vida portuguesa. Además, un poder que se considera limitado por la moral y por el derecho, no puede hacer lo que quiere, sino solamente lo que debe.
En un cuerpo social tan enfermo, no pueden darse golpes muy rudos sin grave riesgo; en tal estado de ruina, los constructores del futuro han de servirse, al menos transitoriamente, de materiales que, en otras circunstancias, serían desechados.
Se confunde en Portugal tantas veces la jus­ticia con la violencia, que es corriente que no se produzcan reacciones contra el crimen, y en cambio se produzcan contra la pena. Cuando este hecho se da en un medio reducido, tejido de solidaridades, dependencias, compromisos e inteligencias que van de un extremo a otro de los campos en lucha, resulta difícil y excesiva­mente pesada la obra de saneamiento, no ya sólo en el campo político, por medio de la vio­lencia sino también en el de los servicios pú­blicos y en el de la actividad económica y so­cial, en simple aplicación de la más pura y res­petuosa legalidad.
Duramente, penosamente, la Dictadura ha cas­tigado, unos tras otros, a los mayores preva­ricadores, y comprendo que las conciencias rec­tas se subleven al ver que lleve años una tarea que podría realizar en pocos días un gobierno en la plenitud de su fuerza revolucionaria. Pero el problema está precisamente en saber si el ejer­cicio fulminante de ese poder discrecional no agotaría las posibilidades de toda obra de re­construcción.
La reflexión y la experiencia en armonía con las aspiraciones nacionales que determinaron y que mantienen la Dictadura, me afirman en la idea de que la fuerza es absolutamente indispen­sable para la reconstrucción de Portugal, pero que ha de ser usada con serenidad y con pru­dencia, capaces de asegurar la continuidad de la obra y de apartar las complicaciones que la perjudiquen o que la hagan imposible. Estamos condenados a elegir entre la anarquía y la dis­ciplina impuesta por un gobierno de autoridad. Nadie por eso me superará en la arraigada con­vicción de que el Estado Nuevo debe ser bien fuerte y resistente para dominar las corrientes revolucionarias, asegurar la unidad nacional, coordinar la actividad de todos los elementos, en una palabra, emprender y realizar la verda­dera revolución, que debe ser iniciada por esta generación y proseguida por las que le suce­dan. Todos comprenderán, por lo tanto, que la nueva organización del Estado y la reforma de la sociedad portuguesa no se pueden llevar a cabo en medio de las ráfagas del temporal de­sencadenado por nosotros mismos.
En este pensamiento de revolución pacífica pero integral, que pretende abrazar todas las manifestaciones de la vida portuguesa y no tan sólo la capa política — mero fruto y exponente de nuestra desorganización social —, sé inspira el proyecto de Constitución presentado hoy al País. Ese proyecto procura construir, sin los riesgos de los saltos bruscos, el Nuevo Estado que ha de ser Portugal, cerrando la época de li­beralismo individualista, e instaurando el pre­dominio del equilibrado nacionalismo que se inspira en el destino histórico de la Nación Por­tuguesa y en los principios de la verdadera ciencia social.
Quien acepte los principios representados por este proyecto, ni habrá de pretender combina­ciones de ninguna especie con elementos que continúan aferrados a las antiguas ideas parti­distas y parlamentaristas, por muy elevada que sea su honorabilidad personal y sus servicios pasados, ni podrá lanzarse a aventura alguna confiada a la violencia. Se pretende de un modo reflexivo y resuelto, constituir en Portugal un Estado fuerte, con todas las garantías para los ciudadanos, para la Nación y sus elementos orgánicos, para la independencia del mando que el País confíe a su Jefe, y para la eficacia del gobierno libremente nombrado por él, en aten­ción a las necesidades de la administración pú­blica.
Al lado de una u otra experiencia política que el tiempo podrá o no acreditar, y que el futuro podrá mejorar o sustituir, el proyecto de Cons­titución Política encierra un elevado programa para la Nación Portuguesa, y ofrece al mundo, atormentado por la crisis y con todo el hori­zonte ennegrecido, un sistema jurídico que pro­cura, en lo que a nosotros respecta, oponer una barrera a «todos los desórdenes del pensamien­to y de la vida social, desórdenes contrarios a la naturaleza y fines de la Nación y del Estado y a las instituciones básicas de la Sociedad» (1). Confío en que esa Constitución merecerá el apoyo del Ejército y la adhesión de todos los buenos patriotas deseosos de la renovación de Portugal.
Dos palabras más, y concluyo. Oigo decir que hay personas que no están satisfechas con la Dictadura. Formo en la primera fila de los des­contentos. Cuando repaso mentalmente los mu­chos y difíciles problemas que tenemos delante de nosotros; cuando veo que el tiempo pasa y las soluciones tardan; cuando me acuerdo de que el País está poco menos que desorganizado y que es preciso robustecer su economía, elevar su nivel de vida, someter a una disciplina las clases sociales, aumentar el rendimiento de los servicios públicos y de la producción privada, dar mayor consistencia a nuestro sentido de Nación con una caracterizada finalidad histórica, hacer al País sano y fuerte en espera de un momento decisivo que puede surgir y sor­prendernos; cuando veo la amplitud del progra­ma y contemplo las dificultades, los obstáculos, las deficiencias de todo orden con que es pre­ciso luchar, y por encima de todo, todavía tan­ta miseria, tanta injusticia, tanta inmoralidad, mido con dolor la gran distancia que separa nuestra capacidad de realizar de nuestros de­seos de servir.
Sin embargo, si recuerdo algunos rasgos de un pasado reciente, triste por el desorden y de­cadencia en que caímos, y veo que en pocos años luchando con las consecuencias de la anti­gua depresión y de la crisis mundial, ha sido posible equilibrar las cuentas públicas, extin­guir la deuda flotante exterior, disminuir la deuda interior en un millón de contos (2), re­constituir el Banco de Portugal y la moneda, restablecer el crédito del Estado, imprimir un gran impulso a las obras públicas y a las mejo­ras locales, dar una finalidad y una vitalidad nuevas a la instrucción nacional, iniciar la res­tauración de la Marina de Guerra, fomentar el desarrollo de la agricultura, proteger a la in­dustria, echar las bases de una mayor solida­ridad entre la metrópoli y las diversas partes del Imperio Colonial Portugués, esbozar nume­rosos trabajos en todos los órdenes de la administración pública, asegurar por todas partes el orden y la tranquilidad, condiciones vitales de la producción; si, además de todo ésto, observo que la vida pública y la prensa tienen mayor elevación, que la administración va poniéndose en condiciones de servir realmente al País, que el escepticismo va siendo reemplazado por la confianza, que va formándose una nueva men­talidad en el sentido de comprender la autori­dad, aunque exigiendo al Poder aquellas since­ridad y justicia que no conocíamos, no puedo dejar de creer en los resultados de esta obra, y tengo fe, una fe ciega en el renacimiento de nuestra Patria.
Soy un portugués a quien las circunstancias han colocado en situación de poder dirigir a to­dos los buenos portugueses una palabra de me­ditación y un llamamiento patriótico. Este pe­riodo de la historia es grave para toda la Hu­manidad. Los Estados vacilan bajo el peso de los más graves problemas de orden nacional e internacional. Parece en ocasiones que la lógica o la terrible fatalidad del espíritu de revolu­ción, de guerra y de ruina amenaza, cada día más, con frustrar la aspiración activa de paz, de cooperación y de prosperidad. En este mar de dudas y de peligros el drama de Portugal está naturalmente lleno de inquietudes. Pero estas mismas gravísimas dificultades son las que nos obligan a un trabajo más persistente, a un apoyo más decidido, a una resolución más firme de llevar adelante la obra de reorganiza­ción social y política de Portugal.
Es preciso llegar hasta el fin: lo exigen el recuerdo de los iniciadores del movimiento del 28 de Mayo, los destinos de nuestra Patria y el honor del Ejército.

(1) Del preámbulo del proyecto de Constitución.,
(2) Cada conto equivale a i.ooo escudos

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