viernes, 3 de abril de 2009

La Caballería: la Fuerza Armada al servicio de la Verdad desarmada (6)



por el R.P. Alfredo Sáenz, S.J.



La Caballería
Ediciones Excalibur, Buenos Aires, 1982






III. QUIEN CONFERÍA EL ORDEN DE LA CABALLERÍA

Ya hemos aludido a aquel viejo proverbio según e! cual "nadie nace caballero". Hemos dicho, asimismo, que, en principio, incluso a los plebeyos se les podía conferir la Caballería, por su valor y su especial abnegación. Si era cierto aquello de que "La Caballería confería nobleza", resultaba obvio que la manera de ser ennoblecido sin títulos previos fuera justamente el ser armado caballero. La institución suscitó, naturalmente, el anhelo entusiasta de la mejor juventud. Francisco Bernardone, hijo de un comerciante de Asís, soñó a los veinte años con llegar a ser caballero. El atractivo esplendoroso de tal título tuvo por cierto mucho que ver con el fervor que tantos jóvenes pusieron en lanzarse a la Cruzada. La Caballería se bebía de generación en generación. "Don Galaor —leemos en Amadís de Gaula—, que con el ermitaño se criaba, como ya oímos, siendo ya en edad de diez y ocho años, hízose valiente de cuerpo y membrudo, y siempre leía en unos libros que el buen hombre le daba de los hechos antiguos que los caballeros en armas pasaron; de manera que cuasi con ello, como con lo natural con que naciera, fue movido a gran deseo de ser caballero" (50).
El jóven candidato esperaba su ingreso con entusiasmo impaciente. Era su idea fija, su gran ideal. ¿Cuándo seré caballero?, se decía el escudero. Y el caballero decía a su mujer: ¿Cuándo nuestros hijos llegarán a ser caballeros? La Caballería era el sueño, la meta. Esas generaciones tenían el tormento, la pasión de la Caballería.¿A quién pertenecía el derecho de crear nuevos caballeros? ¿Quién hacía de consagrador?
En los comienzos de la Caballería, todo caballero tenía el derecho de hacer caballeros, según parecería deducirse de esta recomendación de Lulio: "Tampoco un caballero debe armar caballero si ignora la Orden de Caballería, porque es desordenado el caballero que hace otro caballero sin saberle enseñar las costumbres que pertenecen al caballero" (51).
Y el Rey Sabio enseña: "Hechos no pueden ser los Caballeros por mano de hombre que Caballero no sea. Porque los Sabios antiguos, que todas las cosas ordenaron con razón, no tuvieron que era cosa con guisa, ni que pudiese ser con derecho, dar un hombre a otro, lo que no tuviese. Y así como las Ordenes de los Oradores no las podría ninguno dar, sino el que las tiene; otro tal no ha dé poder hacer ningún Caballero, sino el que lo es. . . Y por ende es menester que en la Caballería haya dos personas, aquel que la da, y el que la recibe. . . Asimismo el Clérigo, ni hombre de Religión, no tuvieron que podrían hacer Caballeros; porque sería cosa muy sin razón, de entrometerse en hecho de Caballería, aquellos que no quieren, ni tienen poder de meter allí las manos, para obrar de ella" (52).
Todos los integrantes del estamento caballeresco tenían pues el derecho de hacer entrar nuevos miembros en el mismo, y tantos cuantos quisiesen. En la mano y en la espada de todo caballero latía un poder verdaderamente capaz de crear otros caballeros. Era como un sacerdocio militar. Acá, como en otros aspectos, la Caballería fue inconscientemente calcada sobre la Iglesia.Claro que en la práctica tal derecho no era ejercido por todos los caballeros. El candidato, joven y sin experiencia, paseaba curiosamente la mirada a Su alrededor, y se preguntaba con cierta ansiedad: ¿Qué padrino elegir? Muchas veces, era su propio padre. Nada más frecuente, en los cantares de gesta, que ver a un padre armar a su hijo. Y si no el padre, los parientes más próximos. Otras veces, los jóvenes escuderos tenían interés de colocarse bajo el patrocinio de algún noble rico y poderoso, pidiendo en ocasiones la colación a un duque, al Rey o al mismo Emperador. Los Reyes y Emperadores vieron con gusto esta tendencia, pretendiendo reservarse a sí mismos, si no la creación, al menos la confirmación de los nuevos caballeros. Pero dicha tentativa fracasó, prevaleciendo el antiguo uso. Los jóvenes, por lo general, siguieron pidiendo la colación a sus padres, y sus señores directos, a algún gran barón de la vecindad, o a un simple caballero, siendo la "confirmación" real sumamente rara.
Hasta acá no nos hemos referido sino a un solo consagrador, pero a veces se prefería que fuesen varios. Un lujo semejante, como es obvio, no convenía sino a hijos de reyes, de duques o de condes. En tal caso, los consagradores se distribuían los trabajos. Uno le calzaba la primera espuela, el segundo la otra; un tercero, el señor de más jerarquía, le ceñía la espada; un cuarto, le daba la palmada; un quinto, por fin, presentaba al novel caballero el brioso caballo que le pertenecería. Dicho ceremonial era a la vez austero e imponente. Todos los que tomaban parte en él cumplían su oficio con la mayor seriedad. Las espuelas se la calzaban gravemente, solemnemente le ceñían la espada, intensamente le daban el fuerte golpe de palma sobre la nuca. Era casi un ritual, sereno y bellísimo.Las ceremonias a las que hemos aludido fueron por así decir "laicas". Sin embargo, a partir del siglo XII, en algunas ocasiones y en ciertos países, fue el clero quien se encargó de armar a los nuevos caballeros. Escuderos hubo que no trepidaron en viajar a Roma para tener el honor de ser armados por el Vicario de Cristo. Otros se arrojaban a las rodillas de sus Obispos, y les pedían humildemente la espada de los caballeros. Asimismo los Abades, que influían sobre cierto número de castillos y consiguientes castellanos, se destacaron, sobre todo en Inglaterra, por su ardor en armar nuevos caballeros. No así en España; esta raza tan altiva inventó un día con toda naturalidad el armamiento "por sí mismo"; los escuderos españoles se ceñían ellos mismos la armadura caballeresca. Incluso hubo casos en que un hombre se consideraba dichoso 'de haber sido armado por una mujer; no era un síntoma de afeminamiento decadente sino una muestra de la elevación que la Edad Media supo comunicar al carácter de la mujer y a su papel en la sociedad. La mujer tenía también algo de heroína, y cuando los caballeros resolvían partir para las Cruzadas, no eran precisamente las mujeres las que los desalentaban (53).
Una vez que los escuderos eran armados caballeros, ingresaban en una especie de cuerpo, corporación o collegium, en el cual todos sus miembros se sentían solidarios. Entre las variadas fórmulas que acompañaban el acto de recepción de un nuevo caballero, había una que rezaba así: "Yo te recibo gustosamente en nuestro colegio".

(50) Amadís de Gaula, I. I, cap. V, en "Libros de Caballerías", Biblioteca de Autores Españoles, tomo 40, Madrid, 1909, p. 15. En adelante, cuando citemos el Amadís, lo haremos según esta edición.
(51) Libro de la Orden de Caballería, prólogo, 9..., p. 107.
(52) Las Siete Partidas, 2º Partida, título XXI, ley 11.
(53) Cf. L. GAUTIER, La Chevalerie..., pp. 255-266.

IV. DONDE Y CUANDO SE INGRESABA EN EL ORDEN DE LA CABALLERÍA

Según ya dijimos, el escudero era a veces armado caballero en el mismo campo de batalla, tras una insigne proeza, en un arrebato de entusiasmo. Esta costumbre parece tener a su favor una gran antigüedad, ya que la encontramos registrada en los más viejos poemas. Tales colaciones de la Caballería, como es obvio, nada tenían de complicado; se hacían en dos minutos. Así leemos en Amadís: "Galaor se fue donde el de las armas de los leones... y dijo: —'Señor caballero, demandóos un don. ..; ruégoos por cortesía que me hagáis caballero, sin más tardar. . .'. —'Pues que así es, dijo él, en el nombre de Dios sea, y ahora nos vamos a alguna iglesia para tener la vigilia'. —'No es necesario, dijo Galaor, que ya hoy he oído misa, y vi el verdadero cuerpo de Dios'. —'Esto basta, dijo el de los leones'. Y poniéndole la espuela diestra y besándolo, le dijo: —'Ahora sois caballero, y tomad la espada de quien más os agradare'" (54). Asimismo se cuenta del Arzobispo Turpin que, en una ocasión, arrojándose a la batalla, lanzó este extraño grito: "Yo soy obispo, hacedme caballero". A partir del siglo XIII hubo cada vez más colaciones de Caballería en el campo de batalla, lo cual no dejaba de provocar abusos. Sin embargo tal procedimiento no era del todo ilógico, ya que la Caballería era considerada como una recompensa, como la más noble y envidiable de todas las recompensas: a la tarde de un gran combate no dejaría de ser glorioso recibir la "palmada" y calzar las espuelas de oro.
Cualquiera sea la poesía de estas colaciones en el campo de batalla, lo más común seguía siendo que el candidato se resignase a entrar en la Caballería por una vía más prosaica. La mayor parte de los noveles caballeros eran armados en tiempos de paz.
La ceremonia tenía por escenario un castillo o una iglesia, según que la familia del pretendiente hubiese adoptado el ritual militar o el ritual litúrgico, de los que enseguida hablaremos. Cuando se trataba de una iglesia, se elegía generalmente el monasterio más cercano, y sólo por excepción y en épocas más tardías algunos prefirieron ir a algún santuario célebre, como Santiago o el Santo Sepulcro. Sin" embargo durante mucho tiempo lo más común fue que el rito se celebrase al estilo laico, y consiguientemente en un castillo. ¿Qué parte del castillo se reservaba para ello? Generalmente la "plaza de armas", aprovechando sobre todo la escalinata. Sin duda que desde el punto de vista estético, no había sitio más hermoso. Realizada en lo alto de las gradas, la ceremonia tomaba un aspecto grandioso, ante los mil espectadores que la seguían. Pero cuando se llegaba a los últimos actos del ritual militar, cuando el nuevo caballero debía saltar sobre su brioso caballo, galopar un rato, y abatir un estafermo, ni la escalinata ni la plaza bastaban. Era forzoso salir del castillo: el nuevo caballero iba al frente, encabezando a la multitud. La ceremonia terminaba en pleno campo.Tales eran los lugares donde se recibía la Caballería, sea en guerra o en paz. En algunos casos extraordinarios se la recibió en el lecho de muerte (55).
Cuando se confería la Caballería en tiempos de paz, que era, como ya dijimos, lo normal, y ello se realizaba en la iglesia, se solía elegir con preferencia las grandes fiestas del año litúrgico. Eran días de gozo para todos, nobles y plebeyos, que llenaban los templos. Nuestros viejos poemas nombran cinco fiestas especialmente consagradas a ello: Navidad, Pascua, Ascensión, Pentecostés y San Juan. En Europa, una sola de esas fiestas cae en invierno, y era por lo mismo la menos buscada; ya que la colación de la Caballería podía ser al aire libre, por lo general se prefería la primavera y la consiguiente alegría.
Armar a un caballero en invierno, parecía casi un contrasentido. Pascua y Pentecostés eran evidentemente las fiestas privilegiadas. La floración de los nuevos caballeros se agregaba a la de la primaveral naturaleza. Nuestros padres sentían muy vivamente estas armonías. Por otra parte, Pascua era la fiesta de las fiestas, la cumbre del año litúrgico. Más aún, tanto Pascua como Pentecostés contaban, desde la más remota antigüedad, con una noche preparatoria de "vigilia". Entre la "vela de armas" de los candidatos a la Caballería y las poéticas vigilias litúrgicas de Pascua y Pentecostés había una correlación nada fortuita. La vigilia de Pascua es el momento predilecto del Bautismo, y los caballeros salían de la iglesia como nuevas creaturas, para su nueva milicia. Pentecostés es el aniversario de la fundación de esta Iglesia a la que todos los caballeros consagraban su espada y su vida. Más aún que Pascua, Pentecostés era una solemnidad caballeresca. ¿Qué palabras son más aplicables al novel caballero que las de la secuencia de dicha fiesta: "In labore requies, in aestu temperies, in fletu solatium"? Los futuros soldados gustaban singularmente de este hermoso verso, ellos que se disponían a emprender prontamente tan rudas hazañas, a veces bajo el sol ardiente de Tierra Santa.
Escenario grandioso el de estas consagraciones caballerescas: jóvenes ardientes avanzando con paso grave hacia los antiguos caballeros que iban a ser sus padrinos; la idea del Cristo pascual, vencedor de la muerte, y de la Iglesia madre dominando todo el cuadro; Dios y la fidelidad, la guerra y la juventud; todos estos elementos se interpenetraban y acababan por fundirse en un original y curiosa armonía enérgica, altiva, militar y viril.
No fueron sin embargo las fiestas litúrgicas los únicos días que vieron nacer nuevos caballeros. A veces se elegía otras ocasiones festivas. A propósito, por ejemplo, del bautismo o del casamiento de un noble, se aprovechaba para ceñir la espada a algunos escuderos. Asimismo cuando el hijo de un rey o de un conde era armado caballero, para honrar y solemnizar más dicha fiesta, se la realizaba en medio de un cortejo de veinte, cincuenta o cien nuevos armados (56).

(54) Amadís de Gaula..., I. I, cap. XI-----p. 26.
(55) Cf. L. GAUTIER, La Chevalerie..., pp. 253-256.
(56) Ibid., pp. 250-253.

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