jueves, 9 de abril de 2009

Principios económicos de la nueva Constitución



Discursos del Dr. Antonio de Oliveira Salazar



CAPITULO IX


Principios económicos de la nueva Constitución







Este discurso, pronunciado en el domicilio de la Unión Nacional el dia 16 de Marzo de 1933, puede considerarse como un complemento del de 30 de Ju­nio de 1932. El discurso estaba destinado a la ciudad de Oporto, a donde fue transmitido por la radio. En él se encuentran muchas de las pricipales lineas direc­tivas del pensamiento de Oliveira Salazar.

La crisis del pensamiento económico



s hoy el día siguiente al de la catástrofe del dólar, estamos a poco más de un año de la caída de la libra, y probablemente en víspera del desmoronamiento de casi todo lo que aún apa­renta estar en pie. Fenómenos de tal gravedad como éstos serían bastantes para llenar un si­glo, si diversos acontecimientos extraordinarios sucediéndose en plazos cortísimos, no hubiesen embotado nuestra sensibilidad.
Vemos cómo se quiebran, unas tras otras, las orgullosas cons­trucciones económicas de nuestro tiempo: la política de los cartels poderosos, la política de los trusts formidables, la política de los salarios altos, la política de la sobreproducción, la polí­tica del crédito superabundante, la política de las valoraciones artificiales, la política de los grandes gastos públicos, la política de los con­sumos excesivos, la política de los nacionalis­mos exclusivistas, la política del Estado policía que no hace nada, y la política del Estado productor que pretende hacerlo todo.
En to­dos los climas y en todos los continentes, las medidas más opuestas, las orientaciones más encontradas, producen sólo ruinas; en las fi­nanzas públicas, en el crédito, en los capitales, en la propiedad, en los salarios, en el mundo del trabajo se amontonan los escombros en una devastación sin igual. Parece que nunca hubo tanta desgracia ni tanta miseria, y ni siquiera han podido huir de ellas los que creían poder desafiar al mundo con la extensión de sus terri­torios y las montañas de oro de sus riquezas. El momento económico y social no puede estar más perturbado, ni puede ser más oscuro.
¿Y precisamente cuando aún no se adivina la luz que ha de alumbrar los tiempos nuevos, es cuando los hombres del gobierno van a lanzar en el proyecto de Constitución las grandes lí­neas de la construcción futura? Muchos lo juz­garán osado; no pocos lo creerán, al menos, pre­maturo. Pues bien, yo que en los momentos de alucinación colectiva temo más a los remedios que a los males, creo que es éste el momento oportuno de trazar en esta pequeña casa portu­guesa, cuyos intereses a nadie importarán en el mundo más que a nosotros, las grandes líneas directivas de su gobierno, los principios funda­mentales de su estructura económica, el espí­ritu, por así decir, de su actividad y de su tra­bajo. La fase aguda de la presente crisis está a punto ciertamente de pasar, como antes de ésta pasaron otras que parecía que el mundo no era capaz de resistir. Pero una cosa son los sínto­mas que pueden desaparecer, y otra la dolencia profunda que mina la vida económica y social, que multiplica las crisis y las hace cada vez más violentas y más devastadoras, que engen­dra este malestar permanente, que amenaza en ciertos momentos todo lo que la Humanidad ha acumulado en siglos de trabajo como beneficios de la civilización.
Hay, de hecho, en la vida de las sociedades modernas una crisis más grave que la crisis de la moneda y de los cambios y del crédito y de los precios y de las finanzas públicas, más grave porque es la madre de to­das ellas: es la crisis del pensamiento económico, mejor dicho, la crisis de los principios infor­madores de la vida económica.
Hemos adulterado el concepto de riqueza; lo hemos separado de su propio fin de sustentar, con dignidad, la vida humana; hemos hecho de él una categoría independiente que nada tiene que ver con el interés colectivo, ni con la moral, y hemos supuesto que amontonar bienes sin uti­lidad social, sin normas de justicia en su adqui­sición y en su uso, podía constituir una finali­dad de los individuos, de los Estados o de las naciones.
Hemos deformado la noción del trabajo y la persona del trabajador. Olvidamos su dignidad de ser humano, consideramos tan sólo su valor de máquina productora, medimos y pesamos su energía, y no nos acordamos siquiera de que es elemento de una familia, y que la vida no está solo en él, sino en su mujer, en sus hijos, en su hogar.
Fuimos más lejos: disociamos el hogar; uti­lizamos a la mujer y al niño como valores se­cundarios, más baratos, de la producción — unidades sueltas, elementos igualmente inde­pendientes unos de otros, sin vínculos, sin afec­tos, sin vida común — y destrozamos práctica­mente la familia. De un sólo golpe desmembramos el núcleo familiar, aumentamos la con­currencia de trabajadores con la mano de obra femenina, y no le dimos en forma de salario lo que corresponde a la productividad de una buena ama de casa y a la utilidad social de una ejemplar madre de familia.
Desligamos al trabajador del cuadro natural de su profesión: libre de los vínculos asociati­vos, quedó solo; sin la disciplina de la asociación, quedó libre, pero débil. Luego consentimos que se agremiase con otros, y él lo hizo, como reac­ción, no para cumplir un fin de solidaridad y consciente de la necesidad de coordinar todos los elementos para la obra de producción de la riqueza, sino contra alguien o contra algo: contra los patronos, considerados como clase enemiga, contra el Estado, que es la garantía del orden; hasta contra otros obreros, en una fatal repercusión de las violencias y excesos prac­ticados, o de las imposiciones que, realizadas en un sector, desequilibran a veces, y en detrimento de los propios trabajadores, las otras ramas de la producción. Ni elevación intelectual o moral, ni perfeccionamiento técnico, ni instrumentos de previsión, ni espíritu de cooperación: sólo odio, odio destructor.
Empujamos al Estado, primero hacia una pa­sividad absoluta, que no tenía o no quería tener nada que ver con la organización de la economía nacional, y después hacia un intervencionismo absorbente de la producción, de la distribución y del consumo de las riquezas. Siempre que lo hizo, donde quiera que lo hizo, frustró las ini­ciativas, se sobrecargó de funcionarios, aumentó de un modo desmedido los gastos y los impuestos, disminuyó la producción, dilapidó grandes sumas de riqueza privada, restringió la libertad individual, se hizo pesado, enemigo insoportable de la Nación.
Los que ciegamente impelidos por la lógica de sus falsos principios, quisieron lle­gar hasta las últimas consecuencias, montaron la máquina con la ostentación de los grandes planes, con el rigor aparente de la ciencia y de la técnica más perfecta, pero el trabajador libre, el «hombre» desapareció, arrastrado por el colo­sal engranaje, sin elasticidad y sin espíritu, mo­vilizados los operarios como máquinas, o trans­feridos como rebaños, que se llevan de una región porque se han concluido los pastos.
Sí; la crisis que sufrimos va ciertamente a pasar, pero lo esencial es saber si la enferme­dad que mina la economía de las sociedades mo­dernas será, por fin, atacada, porque si bien es cierto que se está consumando ante nuestros ojos el proceso de la democracia y del indivi­dualismo, el proceso de la economía materialista está concluso: todo falló.
Tenemos, pues, vedado ese camino, y no veo otro que sustituir los gra­ves yerros que han torcido la visión de los conductores de hombres en el mundo, por con­ceptos equilibrados, justos y humanos de la riqueza, del trabajo, de la familia, de la asocia­ción, del Estado.


II Nuevos conceptos económicos

a) La riqueza

El hombre es esencialmente vanidoso, y dicen — aunque no me parece exacto — que la mujer lo es más aún. De este defecto natural proviene el deseo de agradar, la tendencia a la ostenta­ción, a la superficialidad. Alguien ha afirmado que nada hay más necesario que lo superfluo, lo que constituye una gran verdad si se mira a los convencionalismos de la vida social.
Vistas, no obstante, las cosas a la luz del simple buen sentido, tal expresión traduce una desviación de la vida económica, porque se ha alterado o inver­tido el orden natural de las necesidades huma­nas, por el hecho de que lo absolutamente indis­pensable para la vida ha cedido el lugar a lo superfino.
El desequilibrio de las diversas pren­das de nuestro vestido — mucho más pobres las interiores que las de fuera —, y de las habita­ciones de nuestras casas, en que la comodidad se concentra en la sala mientras falta la higiene en los dormitorios, constituyen aspectos bana­les, pintorescos si queréis, de un problema, que en el fondo es grave.
La cultura, la educación acostumbran a corregir algún tanto estos defectos, pero en Portugal hace siglos que la vida social tiende hacia las exteriorizaciones mentirosas, de igual modo que se advierte una gran falta de correspondencia entre la apariencia externa y la verdad de nuestra vida.
Abandonado el problema a las tendencias vi­ciosas de la humanidad, recibió una solución en parte absurda: la producción desenvolvió, ex­plotó este desequilibrio en su provecho, exageró los consumos artificiales, creó una avalancha de necesidades puramente ficticias, y resultó de ahí que sin haber lo estrictamente indispensa­ble, había la superproducción de lo superfluo.
Aún se fue más lejos y por peor camino: se­parada la riqueza del interés de la vida huma­na, la producción se encaminó osadamente ha­cia donde había de ser desconocida, negada, traicionada, aniquilada, sin que los Estados, guardianes y directores de las naciones, actua­sen en presencia de esa economía suicida. Véa­se si puede haber mayor absurdo que trabajar para morir, y que el fin de la vida económica sea aniquilar la vida humana. La vida humana tiene exigencias múltiples, y es de desear que cada vez tenga más. Mas esta vía ascendente de necesidades y de rique­zas acumuladas no debe olvidar que no hay pro­greso cuando la vida es más rica, sino cuando es más elevada, más noble en su llama interior y en su proyección externa.
Interesa a la colectividad, para la defensa de la civilización, la producción de cosas verdaderamente útiles y bellas y la generalización de su disfrute a todos los hombres, debiendo ser igualmente rechazados la indiferencia por la conservación y belleza de la vida y el interés exclusivo por las cosas materiales de los hom­bres. El criterio puramente utilitario haría mezquina la vida social y no sería digno del hombre. No es indiferente en la vida particular o en la vida colectiva tener o dejar de tener un criterio racional para definir las necesidades, la utili­dad y la riqueza.
La elección de lo que nos es preciso, individual o colectivamente, forma parte de la base de la vida y es por si sola suscep­tible de imprimir nuevas orientaciones a la eco­nomía nacional y a toda la administración pú­blica. Culpamos muchas veces a los hombres públicos de las desviaciones que la política ha impreso a la marcha de los negocios y a la eje­cución de los planes generales, y pocas veces nos hemos acordado de que tal vez el origen de esa desorientación administrativa esté en nues­tro viciado concepto de la producción, de la ri­queza, de la utilidad de las cosas: se ha cons­truido el palacio antes que la carretera, se ha hecho la avenida antes de tener agua y el jar­dín tiene que regarse con las alcantarillas de las calles.
En resumen: la riqueza, los bienes, la pro­ducción no constituyen fines en sí mismos; han de encaminarse a lograr el bienestar indi­vidual y a servir el interés colectivo; y nada significan si no están subordinados a la conser­vación y elevación de la vida humana. A este objetivo deben encaminarse el conjunto de la producción nacional y la actividad administra­tiva del Estado, dispuestas uno y otra lo más posible conforme al orden racional de las nece­sidades de los individuos y de la Nación.
Por éso se afirma que la organización económica debe realizar el máximo de producción socialmente útil y que es obligación del Estado velar por la moral, la salubridad y la higiene públicas.

b) El trabajo

La riqueza es hija del trabajo y quien presta el trabajo es el trabajador. Damos a esta palabra una significación am­plísima y hacemos entrar en esta categoría eco­nómica todo esfuerzo de orden intelectual o físico que tiene intervención y utilidad directa o indirecta en el proceso de la producción, des­de el profesor al gobernante, desde el agente de orden al simple obrero.
No es sólo trabajo el es­fuerzo manual, el trabajo puramente mecánico de vigilar a la máquina o de sustituirla; mu­chas otras especies de trabajo intervienen en la producción, valorizando, multiplicando el ren­dimiento de aquel.
Es el trabajo que crea, que emprende, que orienta, que dirige, que fiscaliza. Nuestro pueblo dice con profundo buen sentido: el cuidado es el que hace el trabajo. Frase senci­lla, que contiene una verdad de buena observa­ción. En horas de preocupación, de silencio, de meditación, a veces de aparente ociosidad, es cuando los hombres que dirigen desde arriba la vida económica, disponen del tiempo y del tra­bajo ajenos, sistematizan, coordinan los esfuer­zos dispersos de otros hombres, para el mayor rendimiento del conjunto y el mejor interés de la colectividad.
El trabajo del inventor, del técnico, del jefe de oficina es el que permite vi­vir al simple trabajador. En este sentido amplio, el trabajo es un deber social. La solidaridad de intereses que constituye la base de la sociedad obliga a cada uno de nosotros a contribuir con la inteligencia o con la acción a la formación del patrimonio común: el hombre que no trabaja perjudica a los demás.
Como el trabajo es un esfuerzo pe­noso, muchos procuran huir de él, no siendo, por lo demás, exacto que sólo las necesidades apremiantes de la vida obliguen a los hombres a trabajar, y que sea preciso carecer de bienes de fortuna para someterse a la ley del trabajo. La educación y la coacción social que pesa so­bre todos nosotros produce ese efecto, pero don­de la sociedad no llega, debe llegar la ley, enta­blando una lucha eficaz contra todos los parasi­tismos.
Una de las ideas más falsas en economía es la que concede un gran valor a los que se limi­tan a gozar de la vida y a gastar el dinero. Ten­drían quizá la utilidad de hacer circular más velozmente la riqueza adquirida o imprimir un mayor impulso a la producción por el consumo anormal de productos. Sin embargo, nada más contrario a la sana razón que emplear cantida­des enormes de trabajo en cosas que sólo sir­ven para ser dilapidadas.
Si el hombre no debe ser esclavo de la riqueza, tampoco debe organi­zar su vida de tal modo que se convierta en esclavo del trabajo. El trabajo, todo el trabajo tiene la misma nobleza y la misma dignidad, en cuanto sea una contribución proporcionada a las facultades de cada uno a favor de la colectividad a que per­tenece.
Pero siendo igualmente digno desde el punto de vista humano, no tiene el mismo va­lor desde el punto de vista económico y social. Tiene utilidades diferentes, tiene rendimientos diversos y por eso mismo no puede tener igual retribución. Por ese motivo hay diferencias en­tre los individuos, entre los géneros de vida, entre las clases sociales. Nuestras generaciones que han adulterado el sentido de tantas cosas, también han adulterado ésta: unos desprecian el trabajo manual y otros rebajan la superiori­dad de la inteligencia, reivindicando como un gran honor llamarse también trabajadores.
Lo son efectivamente, pero si en el primer caso se comete una injusticia contra la dignidad del trabajo, hay en el segundo un bajo servilismo ante la fuerza material de las masas obreras: unos y otros están fuera de la verdad.
Como fundamento del trabajo está la nece­sidad fundamental de conservar y transmitir la vida. La base del trabajo es la vida del traba­jador. Como muchos hombres no disponen para vivir de otra cosa que el potencial de su traba­jo, hay que llegar forzosamente a dos conclu­siones: la primera, que es preciso organizar la economía nacional de manera que tengan tra­bajo los obreros; y la segunda, que el trabajo se organice y regule de modo que el salario per­mita vivir a los trabajadores. El salario es la más adecuada remuneración del trabajo.
Puede el trabajador estar asociado a la empresa, puede estar interesado en sus be­neficios, pero los que no tienen con qué vivir no pueden esperar ni especular, ni pueden dejar de recibir: por eso, la forma ideal que debe constituir la base de muchas combinaciones po­sibles es el salario suficiente. Todo lo demás es demasiado vago, demasiado lejano, demasiado abstracto para que pueda interesar de veras.
No hay límite para la elevación del nivel de vida de quien trabaja; no hay mal alguno en que se eleve cada vez más, siempre que lo soporte el conjunto de la economía del País. El salario, por consiguiente, no tiene que tener un límite máximo, pero puede fijársele un límite mínimo, para que no baje del que imponen las exigen­cias de una vida suficiente y digna.

c) La familia

Elevémonos en este orden de consideracio­nes y planteemos este problema: ¿la produc­ción que tiene en cuenta al trabajador, puede ignorar la existencia de la familia? El hombre que trabaja no está solo; vive encuadrado en una sociedad natural, que generalmente no es la familia de donde procede, sino la familia que él mismo constituyó.
Cuando la producción des­conoce a la familia, comienza por ofrecer tra­bajo a todos los miembros de ella que lo pue­dan prestar — la mujer y los hijos menores — , y parece que estos salarios suplementarios son un beneficio apreciable. En realidad, es todo lo contrario. Quien dice familia, dice hogar; quien dice hogar, dice atmósfera moral y economía propia: economía mixta de consumo y produc­ción.
El trabajo de la mujer fuera de casa dis­grega el hogar, separa a los miembros de la fa­milia, los hace un poco extraños los unos a los otros. Desaparece la vida en común, padece la obra educadora de los hijos, disminuye el nú­mero de éstos; y con el deficiente o imposible funcionamiento de la economía doméstica, en el arreglo de la casa, en la preparación de la alimentación y de los vestidos, se produce una pérdida importante, raras veces compensada materialmente con el salario percibido.
De vez en cuando se pierde de vista la impor­tancia de los factores morales en el rendimien­to del trabajo. El exceso de mecánica, que uti­liza el esfuerzo manual, le hace desinteresarse de la disposición interior. En todo caso, aún hoy sigue siendo exacto que en la mayor parte de los órdenes de la producción la alegría, el buen espíritu, la felicidad de vivir constituyen energías que aumentan la cantidad y la calidad del trabajo producido.
La familia es la fuente más pura de los factores morales de la pro­ducción. Así consideramos como lógico en la vida so­cial y como útil a la economía la existencia re­gular de la familia del trabajador; considera­mos fundamental que sea el trabajador quien la sustente; sostenemos que no debe ser fomen­tado el trabajo de la mujer casada e incluso generalmente el de la mujer soltera, que forma parte de la familia y que no tiene la responsabilidad de la, misma.
Jamás hubo ninguna buena ama de casa que no tuviese mucho que hacer. La familia exige a su vez otras dos instituciones: la propiedad privada, y la herencia. Pri­mero la propiedad: la de los bienes que pueda gozar y la de los bienes que le puedan rentar. La intimidad de la vida familiar exige calor, aislamiento, en una palabra, casa, casa inde­pendiente, casa propia, casa nuestra.
Hay imposibilidad, incluso habrá en muchos casos inconveniente en que el trabajador posea los me­dios de producción, y en dejar dividir la tierra en minúsculas parcelas a fin de dar a todos un trozo para el cultivo. Sin embargo, es útilísimo que el instinto de propiedad que acompaña al hombre pueda ejercitarse en la posesión de la parte material de su hogar. La familia que se cobija bajo techo propio es naturalmente más económica, más estable, mejor constituida.
Por eso, no nos interesan los grandes falansterios, las construcciones colosales para habitaciones obreras, con sus restaurantes anejos y su mesa común. Todo eso puede servir para los encuen­tros casuales de la vida, para las poblaciones seminómadas de la alta civilización actual; pa­ra nuestro modo de ser independiente, y para bien de nuestra sencillez morigerada, preferi­mos la casa pequeña, independiente, habitada en plena propiedad por la familia.
La herencia es el reflejo de la propiedad, del instinto de perpetuidad de la raza; con la san­gre se transmite el fruto del trabajo, de la eco­nomía, de grandes privaciones muchas veces. No hay utilidad social alguna en que no se transmitan los bienes, normalmente dentro de la familia, y en que la herencia alcance sólo a los bienes de disfrute o de consumo, y no a los que sean productivos. La formación natural de las economías resulta estimulada por la posibi­lidad de su rendimiento y de su libre disposición, lo que, además, es altamente beneficioso para la solidez y estabilidad de la familia, por constituir el elemento indispensable de equili­brio en los altibajos de la vida. Hay muchas cosas contra las que nunca podrán luchar las mejores y más completas instituciones de pre­visión.

d) La asociación profesional

En el campo de la actividad profesional, tam­poco el trabajador debe estar solo. De un modo natural tenderá a asociarse con otros para de­fender mejor los intereses morales y materia­les de la profesión. Ahora bien, el sindicato pro­fesional es, por la homogeneidad de intereses dentro de la producción, la mejor base de orga­nización del trabajo, y el punto de apoyo, el eje de las instituciones que procuran elevarle, edu­carle, defenderle contra la injusticia y la adver­sidad.
En la gran producción moderna, extraordinariamente concentrada, ya no se puede tener la pretensión de restablecer en el antiguo aspecto familiar las relaciones del obrero y el patrono; pero hay que compensar lo que por ese lado se ha perdido con el establecimiento de esas relaciones a base del sindicato con la em­presa.
El sindicato puede reemplazar la infinita variedad de relaciones existentes entre los di­versos factores de la producción, ya que permite soluciones aplicables a todos los intereses del mismo orden, en lo que concierne a la remu­neración y a las condiciones del trabajo. El sin­dicato disminuye, por medio de una interven­ción racional, lo que hay de frágil y de precario en el empleo del trabajo, sustituyendo las posi­ciones meramente individuales por las que re­sultan de las propias posiciones económicas de los intereses que hay que defender.
La profesión obtiene del sindicato cohesión, conciencia de la propia dignidad. No hay sindi­cato donde no existe espíritu corporativo, con­ciencia del valor del trabajo y del lugar que ocupa en el conjunto de la producción, compren­sión de la necesidad de cooperar con todos los demás factores al progreso de la economía na­cional. Donde no existan estas cualidades y haya sólo espíritu de lucha de clases, no habrá verdaderamente un sindicato, sino la asociación revolucionaria, la fuerza al servicio del desor­den.
Toda la producción puede ser organizada so­bre la base del sindicato, para conocimiento de sus posibilidades, estudio de sus problemas, re­glamentación de sus movimientos, y labor de asesoramiento de la actividad gubernativa. Más aún: la extensión del principio sindical a todos los intereses intelectuales o morales de la Na­ción hace posible una perfecta organización de ésta y su incorporación al Estado — nunca con­fusión — sobre una base de realidad y de verdad, a la que no podrá aspirar lo que aún hoy se llama la representación nacional. Pasemos adelante.

e) El Estado

Sobre la unidad económica - la Nación - actúa el Estado.
¿En qué sentido y dentro de qué límites puede considerarse la organización económica como elemento de la organización política? La vida política no se confunde con la vida económica, la organización económica es dife­rente de la organización política, incluso en el campo económico, pero nada de esto quiere de­cir que el Estado no deba tener un pensamiento económico, que no dé una dirección superior a la economía del País, de los principios a que mentó de la riqueza su fuerza y prosperidad, y en la justicia la base del orden y de la paz en­tre los ciudadanos.
Nunca el Estado, suprema expresión del agregado nacional, podría desin­teresarse de la mayor o menor consistencia de la economía del País, de los principios a que obedece su expansión, y de la aplicación de la justicia en las relaciones sociales. Contra todas las clarísimas lecciones de la experiencia, entienden muchos que debe el Es­tado ampliar sus funciones económicas, organi­zando por sí mismo la producción y la distribu­ción de la riqueza. Por ese camino se han incluído en la actividad del Estado la organiza­ción y distribución del crédito, los medios de transporte, la construcción, la explotación de las riquezas del suelo, la repoblación forestal, diversas ramas de la producción agrícola e in­dustrial, el comercio de ciertos géneros, cuando no todo el comercio exterior.
Pero, excepto en los momentos en que sea preciso salvar del me­jor modo posible los valores supremos de la economía nacional, arrastrados por el encade­namiento de los desequilibrios provocados por las crisis, las funciones del Estado deben ser mucho más limitadas y esencialmente distintas.
No hay en esta socialización creciente ni in­terés económico — mayor producción de riqueza en mejores condiciones de coste —, ni interés social — más justa distribución de los benefi­cios, mejor atmósfera para la valorización de los individuos — , ni interés político — mayor independencia del Estado, mayores garantías de las libertades públicas, defensa más eficaz de los intereses colectivos. El Estado debe mantenerse por encima del mundo de la producción, igualmente apartado del monopolio absorcionista y de la interven­ción por medio de la concurrencia.
Cuando, a través de sus órganos, su acción tiene influen­cia económica decisiva, el Estado corre el ries­go de corromperse. Hay peligro para la inde­pendencia del Poder, para la justicia, para la libertad e igualdad de los ciudadanos, y para el interés general, cuando la organización, de la producción y la distribución de las riquezas de­pende de la voluntad del Estado, de igual modo que lo hay cuando ha sido presa de la plutocra­cia de un país.
El Estado no debe ser el señor de la riqueza nacional, ni colocarse en condi­ciones de ser corrompido por ella. Para ser un árbitro supremo de todos los intereses, es pre­ciso no dejarse maniatar por ninguno de ellos.
Normalmente el Estado debe tomar sobre sí la protección y la alta dirección de la economía nacional por la defensa exterior, la paz pública, la administración de justicia, la creación de las condiciones económicas y sociales de la produc­ción, la asistencia técnica y el desarrollo de la instrucción, el sostenimiento de todos los ser­vicios auxiliares de la actividad económica, la corrección de los defectos que a veces derivan del libre juego de las actividades privadas (co­mo por ejemplo, la desigual distribución de la población y la deficiente estructura de la pro­piedad rural), la especial protección a las cla­ses desheredadas, y la asistencia, cuando no puede conseguirse, mediante la acción de las instituciones privadas, la satisfacción de las necesidades humanas.
Desgraciadamente, en el libre juego de las actividades privadas no siem­pre triunfa la justicia, ni siempre se administra de un modo satisfactorio, dada la inferioridad económica de muchos. De aquí que esa aspira­ción a lo justo en las relaciones sociales nos debe impulsar a proteger a los débiles contra los posibles abusos de los fuertes, y a los pobres contra el exceso de su misma pobreza.
En la función educadora que debe darse a este mode­rado intervencionismo, el progreso no está en que el Estado extienda sus funciones, despo­jando a los particulares, sino que, por el con­trario pueda abandonar un campo cualquiera de actuación por ser ya en él suficiente la ini­ciativa privada.
A propósito de lo poco aguda que es la crisis en Portugal, han observado muchos que el he­cho se debe a nuestro atraso y a la fisonomía es­pecial de nuestra economía. Yo hice notar antes que nadie, dispuesto a corregir mi afirmación en el momento oportuno, que no todo avance es progreso, y que el pretendido atraso puede con­sistir tan sólo en no haberse distanciado tanto de los principios de una economía racional.
Ahora, como en todos los momentos críticos, es preciso elegir, saber escoger y saber sacrificar lo accidental a lo esencial, la materia al espí­ritu, la grandeza al equilibrio, la riqueza a la equidad, el derroche a la economía, la lucha a la cooperación.
Recabamos para nosotros la misión de hacer que la vida económica nacional esté presidida por un criterio elevado de justicia y de equili­brio humano. Queremos que el trabajo sea dig­nificado y la propiedad coordinada con la so­ciedad. Queremos marchar hacia una economía nueva, trabajando al unísono con la naturaleza humana, bajo la autoridad de un Estado fuerte que defienda los intereses supremos de la Na­ción, su riqueza y su trabajo, tanto contra los excesos capitalistas, como contra el bolchevis­mo destructor.
Queremos ir en orden a la satis­facción de las reivindicaciones obreras, dentro del orden, de la justicia y del equilibrio nacio­nal, hasta donde no fueron capaces de ir otros que prometieron llegar hasta el fin.
Queremos defender las masas proletarias de sus falsos apóstoles y demostrar con nuestra actitud que no existe una cuestión económica que nos di­vida, sino en el fondo, como demostramos hace poco para que se abran los ojos que se obstinan en permanecer cerrados, un concepto diferente de la vida, otra idea distinta de la civilización.
Resta saber si vamos a dejar perder, ante la amenaza de una nueva época de barbarie, y sin conciencia de su superioridad, lo que hay de trascendente y de eternamente verdadero y bello en nuestro patriotismo lusitano, latino y cristiano.




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