miércoles, 29 de abril de 2009

Literatura y Modernismo






por el Dr. Jorge Norberto Ferro




Tomado de La Quimera del Progresismo,
Colección Clásicos Contrarrevolucionarios,
Buenos Aires, 1981







abido es que la literatura es caja de resonancia de todo conflicto humano. ¿Cómo ha reflejado el problema del Modernismo? Distinguiremos dos momentos: la crisis de principios de siglo y el replanteo neomodernista posterior al Concilio Vaticano II.

EL MODERNISMO DE PRINCIPIOS DE SIGLO


Las abstrusas tesis modernistas intentaron llegar al gran público mediante la novela El Santo, de Antonio Fogazzaro (1842-1910), puesta en el Index en 1906. No nos detendremos en su análisis, recomendando simplemente el trabajo de J. Ploncard D'Assac, "El Santo", incluido en La Revolución mediante la Iglesia, México, Ed. Tradición, 1975. La lectura de la novela nos brinda un acabado cuadro del modernismo: el "religioso enamorado", con esa ya clásica mezcla de sensualidad de sacristía, la pedantería de los católicos "cultos", algunas buenas intenciones que naufragan en un humanismo inmanentista, y la deliberada voluntad de destruir la Iglesia desde adentro, con una "estrategia sin tiempo". Sobre esto transcribiremos dos párrafos:

El padre Pablo no supo contener un gesto de impaciencia. Selva también pareció un poco fastidiada, porque, a la verdad, un acuerdo, en cuanto a ciertas ideas fundamentales, era necesarios. Sin él, la reunión podía resultar peor que inútil, peligrosa.
—Hay muchos católicos —dijo— en Italia y fuera de Italia, que desean una reforma de la Iglesia. La deseamos sin rebelión, ejecutada por la legítima autoridad. Deseamos reformas en el culto, reformas en la enseñanza religiosa, reformas en la disciplina del clero, reformas también en el supremo gobierno de la Iglesia. Para esto tenemos necesidad de crear una opinión que induzca a la autoridad legítima a obrar de conformidad con ella, sea dentro de veinte años, de treinta o de cincuenta. Pero, los que pensamos así, estamos disgregados. No sabemos unos de otros, excepto de aquellos pocos que publican artículos o libros. Es muy probable que haya en el mundo católico una grandísima cantidad de personas religiosas y cultas que piensen como nosotros. He creído que sería útilísimo para la propaganda de nuestras ideas que, al menos, nos conociéramos. Esta noche nos reuniremos aquí unos cuantos para una primera inteligencia (pág. 41).


(...) ¿Masonería católica? Bueno: masonería de las catacumbas. ¿La teme usted, señor abate? ¿Teme usted que se corten tantas cabezas de un solo hachazo? Pero yo le pregunto: ¿Dónde está el hacha capaz de eso? Uno a uno, todos pueden ser 'heridos: hoy, el profesor Dañe, por ejemplo; el padre Faré, mañana; pasado este fraile; pero el día en que ese fantástico arpón del abate Marinier pescase, enlazados por un hilo, a seglares de fama, sacerdotes, frailes, obispos, acaso cardenales, dígame usted: ¿quién sería el pescador, pequeño o grande, que, espantado, no dejara caer otra vez al agua el arpón y su presa?... (pág. 50).

(Los subrayados son nuestros).

Citamos por la edición de "Suplemento de Joyas Literaturas", Bs. As., 1928. Y es en esta edición que quisiéramos detenernos. Los editores pertenecen a aquella cohorte de "enemigos personales de la Santísima Trinidad", al decir de Anzoátegui, furiosos masones que comían asado los Viernes Santos, y que ya no se encuentran, porque el Demonio usa sicarios más sofisticados. Pues bien, estos prometeicos libertarios se hacen la obligación de justificar la inclusión de un autor sedicente católico en la impoluta colección, para lo cual enmarcan la obra entre un prólogo firmado con las iniciales R. M. T. y una larga advertencia final "A los lectores", ésta sin firma. Y es en estos dos escritos donde vemos claramente la actitud del Mundo frente al Modernismo: un cierto entusiasmo en el prólogo, cuyo autor ve un aliado en las filas enemigas, y un discreto desencanto en el epílogo anónimo, que no se hace demasiadas ilusiones, pero que no vacila en utilizar a los modernistas como ayudantes segundones, no muy inteligentes, pero ya que estan... Triste destino éste, ser usado sin mayor entusiasmo. Pero veámoslo directamente. Leemos al final del prólogo:

Dos palabras no más sobre los problemas que se suscitan en este libro. Por debajo del catolicismo social, estéril y seco, comienzan a brotar corrientes de aguas vivas que dan esperanzas de un próximo reverdecimiento de la fe católica. Hasta ahora son movimientos aislados; grupos de pensadores católicos de un espíritu amplio, jugoso y vivo, que saben de la magnificencia de la vida y no quieren estarse encerrados en el huerto yermo, sin aguas ni flores ni frutos, cercado de inescalables murallas barroqueñas, donde la Iglesia oficial se consume. Vanamente, como vieja solterona. En las iglesias protestantes hay tendencias idénticas.
Dos rumbos toma principalmente el pensamiento de estos católicos. Los unos, hombres de ciencia, examinan los viejos libros eclesiásticos y la historia de los dogmas, haciendo una crítica científica, para sacar la hebra de oro de la verdad histórica de la intrincada maraña de tradiciones y leyendas, guardadas todas tercamente por el cancerbero del índice.
Otros pensadores persiguen principalmente la obra social cristiana: quieren reencarnar en la Iglesia, aliada secular del más fuerte, el verdadero espíritu evangélico, llevándola a intervenir con brío en los problemas sociales de cada día, dando en todos aquella nota de ideal puro, por encima de toda mezquina pasión e interés, que hoy no resuena sino débilmente en boca de contadas individualidades, ya que la Iglesia olvida su misión y está reducida a uno de tantos poderes egoístas y terrenos. Dejando a un lado las cuestiones de ultratumba, siempre vibrantes y fuertes, se quiere hacer que los hombres vivan una vida más noble, más justa y más dichosa. "Traigamos el cielo a la tierra", podría ser el grito de estas modernas tendencias que vivifican el Cristianismo. Nunca como hoy, en los tiempos modernos, han estado vivas las cuestiones religiosas en la conciencia humana. Todo lleva a pensar que estamos en la alborada de un gran renacimiento de la fe cristiana. "El Santo" representa aquí un papel análogo al de "La cabaña del Tío Tom" en la abolición de la esclavitud. Mezclados con su interesante ficción novelesca van los problemas religiosos del día, expuestos en la forma más sugestiva y palpitante. Así ha conseguido llevar hacia la crisis del catolicismo el pensamiento público del mundo entero.

R. M. T.

Más definida es la nota final. Vale la pena leerla completa:

A LOS LECTORES.
La obra que precede no encuadra tal vez bien y enteramente en la índole de las que hasta hoy hemos preferido para constituir la colección de nuestro SUPLEMENTO. No obstante, tiene el mérito, en la literatura mundial, de ser la producción de uno de los más atildados escritores de la Italia contemporánea, maestro en el estilo de los muy notables y celebrados que hoy honran las letras itálicas. Novela de un género poco acostumbrado, donde la preocupación polemista y de proselitismo se advierte no bien se ha internado en la lectura, su interés es, sin embargo, muy grande. Como la de muchos otros autores, que por distintos ideales han realizado su labor de novelistas: Zola, Blasco Ibáñez, Anatole France, Tolstoy, Gorki, etc., Fogazzaro trata de idealizar un tipo poco común y excepcional de nuestros tiempos, imbuído del propósito de reanimar en forma simpática y popular el ya mustio y agotado árbol del catolicismo. He aquí la noble, aunque pueril, intención del ilustre escritor italiano, que sólo conduce a él y al lector, contrariamente impresionados por las vicisitudes dolorosas del nuevo Cristo —que tal es su protagonista— a la comprobación desalentadora de que el catolicismo oficializado y jerarquizado no puede ofrecer a los pueblos ninguna esperanza de resurgimiento espiritual ni tampoco, por muy loables que sean los esfuerzos de sus convencidos "hombres de ciencia", llegar a concordar con las realidades y exigencias del progreso moderno en todos los órdenes de la actividad humana. El catolicismo oficial, con su jerarquía secular, tiene tal poder de conservación en sí como instrumento del dominio burgués, que deberá experimentar en el desarrollo histórico de las doctrinas sociales reformadoras, asociado indisolublemente a su gran protector el Estado, la misma suerte y el mismo destino que a éste ha de corresponderle como órgano de clase. Claro está que ese gran espíritu filantrópico y de conmiseración por las miserias humanas, que en su origen fue la esencia del cristianismo, ha de perdurar, acrecentado por las comprobaciones de la ciencia aplicada, a aminorar el malestar de la humanidad, transformándose en las modernas concepciones socialistas, las únicas que pueden darle, en parte, la realización y el imperio. Fogazzaro ha sentido esta dolorosa comprobación. En el ambiente italiano, viviendo más próximo, en contacto, con ese gran monstruo cuyos tentáculos se extienden y alcanzan hasta los más recónditos lugares del planeta, ha podido en su alma noble y cristiana hacerse esa convicción, penosa para un espíritu imbuido del espíritu religioso, y que aspira a devolver a las creencias puras de sus mayores un prestigio destruido irreparablemente por los nuevos fariseos, que lucran de ellas. Así en la Italia moderna, por esa profundidad espiritual y religiosa propia de la raza, ha podido surgir un vasto movimiento de rebelión, promovido en las clases populares, por instigación de un clero proletarizado; clero de aldea, sujeto a las imperfecciones propias del empleo, y sobre todo, a las maniobras y triquiñuelas de aquellos que, a fin de neutralizar su acción conculcadora, como bien lo describe Fogazzaro, no cejan un momento de perseguir a los nuevos apóstoles hasta reducirlos, como en el caso de Benito, a la impotencia y a la muerte.

Benito, el héroe neocatólico de Fogazzaro, visionario, rebelde espiritualista; y líder de una escuela o secta en la que nada hay en realidad de nuevo u original, pues es la reiteración infinita de mil esfuerzos fracasados enteramente, se ofrece a la consideración y estudio de los lectores en una forma casi biográfica. El relato adquiere a veces, no la forma y el estilo novelesco corriente, sino que entra en un detallismo nimio, escrupuloso, en el que se advierte el propósito riguroso de ajustarse a la crónica de ciertos hechos históricos. Por ello, debido tal vez a este afán de exactitud, el personaje padece mucho en la presentación de lo esencial de su carácter y en la exposición de su doctrina —si es que así puede llamarse su esfuerzo por destruir o aminorar la influencia oligárquica del alto clero en la actuación y desempeño social del catolicismo y sus adeptos. Hay, por lo tanto, una incongruencia patente entre la sumisión del héroe, en lo que concierne a la disciplina de las reglas, las órdenes y el ministerio religioso; entre su afán pueril de vestir un hábito monástico y su propaganda bella y noble de pretender que para la predicación de la doctrina de Cristo basta el espiritualismo y la posesión de la "Verdad Divina", que vendría a ser, a nuestro juicio, la de acomodar la práctica del catolicismo, su acción social, a la destrucción de toda desigualdad, de toda jerarquía, de todo privilegio, de todo boato, de toda suntuosidad, de toda injusticia, para llegar a imponer la humildad del Gran Mártir del Gólgota como la suprema ley de la existencia. Benito llega a esta renunciación, y proclama la salvación espiritual por el trabajo que él ejerce, el más ínfimo, el menos remunerado; no comprendiendo tal vez que si bien como principio de moral altruista es bello el ejemplo, la sociedad, hoy por hoy, con el adelanto estupendo del progreso mecánico, de la producción en general, no reclama ya de ningún individuo un sacrificio tan intenso, una "acción tan negativa" ni tan contraria al propósito perseguido por el apóstol, que es la destrucción de toda iniquidad y el imperio del bienestar sobre la tierra. Y Benito, como cualquier demócrata social, que se disponga a ser su adepto, su discípulo o su continuador, esterilizará, como él lo hizo, sus más preciosas energías al desplegarlas en un ambiente en el cuál se hacen irrespirables tan nobles ideales del espíritu moderno.
En cambio, fuera, con designaciones nuevas, bajo otras insignias, sin que la cruz inmortal —símbolo de la abnegación y el martirio soportados en aras de una humanidad doliente, perseguida, ultrajada y sometida al hambre—- aparezca, el cristianismo esencial, justiciero, pero en su más elevada inspiración, va a ser realizado por obra deliberada y consciente de los hombres, que buscan implantar sobre la tierra el reino inmortal soñado por el gran revolucionario del Gólgota.

(Todos los subrayados son nuestros).

Por otra parte, podemos hablar de otra novela que contempla la herejía modernista desde la más firme ortodoxia católica. Se trata de El Demonio del Mediodía, de Paul Bourget, escrita en el tercer lustro del siglo. Obra lamentablemente olvidada, pues la pintura que nos hace del Modernismo sorprende al lector de hoy por su absoluta actualidad. ¡Qué poco novedosos resultan los actuales "innovadores"! Nos encontramos con toda la galería del progresismo autodenominado "posconciliar", que resulta ser más viejo que la guerra del 14. El tema de la obra no es el modernismo en sí, en cuanto tal, sino el drama íntimo de un católico que piensa muy bien, pero comienza a vivir muy mal, en adulterio. Bourget se especializa en los prolijos y penetrantes análisis de la interioridad de sus personajes, que ocupan el primer plano de la novela. El Modernismo es un sombrío telón de fondo, que se va iluminando progresivamente con el avance de la novela y revelando así sus rasgos más acentuados. Creemos que es una obra que debe leerse hoy (si se consigue), porque resulta de gran provecho para la vida espiritual, y goza de absoluta actualidad.


LA SITUACIÓN ACTUAL

By the way, did you ever meet, or hear of, anyone who was converted from scepticism to a "liberal" or "demytologised" Christianity? I think that when unbelievers como in at all, they come in a good deal further.
A propósito, ¿alguna vez encontraste, o escuchaste de alguien que se convirtiera del escepticismo a un Cristianismo "liberal" o "demitologizado"? Pienso que cuando los no creyentes lo hacen del todo, van mucho más lejos.
C. S. LEWIS. Prayer: Letters to Malcolm.

Actualmente, el progresismo carece de una manifestación literaria considerable. Esta afirmación puede sorprender, dado el volumen material de papel impreso que descarga en librerías. Pero vemos que se trata más bien de pretendidas obras de "espiritualidad" o de ensayística. Lo que no hay es poesía, novela o teatro progresistas. Ni siquiera advertimos la presencia de la "problemática" progresista (como dirían ellos) en la enorme masa de la producción no católica. El Mundo, tan cortejado por el progresismo, no parece hacerle demasiado caso.
Comprobamos, pues, dos cosas: 1) La esterilidad progresista en la creación literaria, y 2) un escaso eco en la literatura mundana.

Esterilidad progresista

¿Los progresistas no escriben porque consideran a la literatura un superfluo lujo burgués? No. La poesía es absolutamente necesaria para el espíritu. Ni los marxistas olvidan esto. Ellos usan el arte. Los progresistas también. Consideremos las zambas-protesta de Damián-Contable, en los discos-mensaje Bonum. Ellos quieren escribir. Pero "no les sale".
¿La esterilidad se debería a los errores doctrinales? Ésa no puede ser la causa. Siempre han existido personajes con excelente estilo, aun cuando sustentaran los errores más peregrinos, o llevaran a cabo los más violentos ataques contra la Verdad. Desde Lucrecio hasta Nietzsche, Carpentier o nuestro inefable Borges. Aun hombres depravados, o con graves taras morales, escriben bien: Osear Wilde, André Gide, para no nombrar algún vernáculo. El Progresismo no tiene ningún escritor de la talla de éstos.
Parecería pues característica propia de esta herejía la más absoluta incapacidad para lo estético. Lo que resulta curioso, máxime si se tiene en cuenta tanta insistencia en la libertad creadora, tanto cine-debate, tanto teatro vocacional, audiovisuales, novelas audaces, poemas herméticos y otras yerbas a las que se dedican. Más les hubiera convenido aprender bien latín. La supresión del Index y la falta de censura no produjeron el imaginado florecer creador.
El Progresismo, en sus manifestaciones sensibles, es FEO. Sabe estropear, arruinar, demoler, pero no genera NADA. Ha manoseado la liturgia. Ha torturado a los fieles con una música estúpida, tampoco original, generalmente refritos de temas frívolos, impuestos por lo peor de la "sociedad de consumo" que dice combatir. Ha cambiado el vitral y la imaginería por el "poster", pobre remedo impersonal y sin alma del cuadro, imágenes comerciales y vulgares, con innegable sabor publicitario, y textos en general machacones y sensibleros. Pero nada grande, nada que valga la pena.
La literatura progresista, con alguna excepción y algunas obras fronterizas, no escapa a esta medianía. No es mucho lo que puede mostrar: Mauriac, Cesbron (?) en novela. No hablemos del bodrio pornográfico de M. Aguinis: La cruz invertida, ni del fabricante de best-sellers Morris West. Dejamos Kazantzakis a los sociólogos.(1) Ernesto Cardenal está bien para panfletos y mini-posters. Nos queda Teilhard, poeta post-mortem a pesar suyo, pues como teólogo fue condenado y como científico refutado.
¿Qué escritor se ha convertido al Progresismo? Quien se convierte de veras no busca algo pegajoso y chirle, sino la apasionante dureza de la verdad. ¿Qué nombre pueden los progresistas comparar con los grandes conversos de nuestro siglo: Chesterton, Claudel, Papini, Benson? Recordemos a nuestro grande aunque malogrado Marechal. ¿Dónde está el apostolado progresista de las letras?

Indiferencia de la literatura mundana

El progresismo no tiene respuesta para el hombre de hoy. Basta una mirada al arte de nuestro siglo para comprender la angustia que lo agobia. Pensemos en Kafka, en Camus, en Ionesco. ¿Podemos imaginarlos atraídos por la epidérmica parodia de alegría cristiana que ofrece el Progresismo? ¿Podemos imaginar a alguien que verdaderamente sufre reconfortado por cantar de la mano un sonsonete de Roberto Carlos o por mirar un poster? Pareciera que no.
Tampoco veremos al progresismo muy tenido en cuenta en la obra de los autores más promovidos en el mundo "cultural". Cuando un "intelectual" como Sábato, en Sobre héroes y tumbas, dedica un capítulo a retratar un sacerdote, elige al P. Castellani.
Buscando encontraremos, se dirá. En Cinco horas con Mario, de Miguel Delibes, por ejemplo, tenemos un caso a considerar. Pero, de todos modos, la respuesta mundana está lejos de lo que podría esperar la obsecuencia progresista, que sólo encuentra lugar en la crónica periodística.
No podeníos hacer ahora, por cierto, un análisis pormenorizado de la cuestión, sino sólo señalar sus rasgos más destacados. Habría mucho que considerar en profundidad. Resultaría de sumo interés, por ejemplo, un detenido estudio del problema en las letras inglesas, observando la evolución entre otros, de Bruce Marshall, o, por supuesto, de Graham Greene, sobre quien tanto se ha dicho. Entre otras cosas, recordamos a quien se interese no omitir la lectura de un pasaje particularmente esclarecedor que le dedica Gustave Thibon ("Después de una lectura de Graham Greene", en Nuestra mirada ciega ante la luz, Madrid, Rialp, 1973, pp. 287 y ss.). Pero aun en este ámbito, llama la atención que uno de los autores de mayor resonancia en el público de habla inglesa, y ampliamente traducido, haya sido un hombre de definida posición tradicionalista. Hablamos de J. R. R. Tolkien, filólogo y estudioso inglés, y genial novelista. Entre innumerables testimonios, nos dice de él Clyde S. Kilby, quien lo conoció íntimamente trabajando como su secretario: "Tolkien was a staunchly conservative Tridentine Roman Catholic" (Tolkien & the Silmarilion, Wheaton, 1977, p. 53).



1 Cf. JOSÉ Luis DE IMAZ, Promediados los cuarenta, Bs. As., Sudamericana, 1977, p. 238. Allí habla el A. de "... el exquisito Kazantzakis, que es el Chesterton de mi madurez". Afirmación ésta que nos resulta sorprendente.









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