miércoles, 29 de julio de 2009

Prólogo a la Obra Completa de Víctor Pradera



Tal como se había anunciado, comienza hoy la publicación de obras de Víctor Pradera, un excepcional político español de principios del siglo XX, muerto (mártir) en 1936.
Casi desconocido en estas latitudes, quien quiera conocerlo someramente puede acceder a una suscinta biografía en este enlace. Quien quiera conocerlo mejor puede hacerlo en éste.
Una vez más debo hacer público mi agradecimiento a Da. María Luz López Pérez, quien me hiciera llegar el libro desde España.





por D. Francisco Franco Bahamonde



Tomado de Obras Completas de Víctor Pradera,
T I, págs. V-XII
Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1945






l nombre de Víctor Pradera, unido para siempre a nuestra Historia, obliga sin distinción a los españoles. Por ello, basta el deseo de su esposa de que figure mi firma a la cabeza de sus obras para que lo acoja y rinda público homenaje al español ejemplar, modelo de rectitud política, espejo de caballeros y luchador incansable por la unidad de nuestra Patria.

Quiso Dios premiarle las batallas libradas en su servicio, concediéndole la muerte que tiene reservada para los héroes y los mártires. Sus virtudes heroicas, forjadas en una vida rectilínea, y por todos conceptos ejemplar, resplandecen en los días terribles del cautiverio, cuando, de cara a la muerte, conforta, con sus palabras y estimula con el ejemplo a sus compañeros de prisión, que pronto habrían de serlo de martirio, proclamando la fe de Cristo ante los crueles verdugos, con tal celo y gallarda valentía como pudieran hacerlo los santos confesores de nuestra Madre Iglesia.

No muere quien entrega la vida con sublime heroísmo, en el que llega a perdonar a sus enemigos e implorar públicamente a Dios Nuestro Señor perdón para sus verdugos. La extensión ymultiplicación de los casos ejemplares no puede amenguar la grandeza de los mismos.

No había de atesorar Víctor Pradera una vida como la que llevó, y su muerte sola constituiría un ejemplo perenne de valor y de firmeza cristiana. Lo que para él fue trono de gloria, constituyó, sin embargo, para España una de las pérdidas más grandes y sensibles. Su colaboración segura y su consejo sabio y leal hubieran representado en nuestra dura tarea de gobierno poderosa asistencia; mas al permitir Dios en sus altos designios pérdida tan grande para nuestras filas, nos colma, por otra parte, de bondades con muestras constantes de su predilección, que nos hace pensar en la intercesión valiosa de tantos gloriosos mártires que, próximos al Poder divino, recogen para España la pródiga cosecha que sembró su muerte.

¡Cuántas veces al tropezar en estos años con el espíritu cerril de tanta capillita, a que los españoles son tan dados, se ha puesto de manifiesto el vacío que Víctor Pradera nos ha dejado! ¡ Qué grandioso paladín de la unidad de la Patria hemos perdido! ¡Qué fruto no hubiera dado a nuestra causa su espíritu batallador, al servicio de una poderosa inteligencia, él, que tanto peleó Por la unidad en los tiempos y ambientes más adversos!

Las obras, oraciones y escritos de Pradera—salidos a la luz en tiempos liberales, de desastres y traiciones, moviéndose en un clima político materialista y desintegrador, y teniendo que buscar la eficacia en lo posible, sin perder por ello la posición firme de la doctrina—encierran para los españoles un tesoro inagotable de enseñanzas, deducidas con la lógica irrebatible de la Historia fecunda: de España en sus días luminosos del Imperio, o de las sentencias y vidas de sus grandes santos, o de sus gloriosos capitanes.

Me unieron a Víctor Pradera una viva simpatía y una sincera amistad, nacidas en una comunión de inquietudes por la suerte de nuestra Patria. Se condolía en nuestra última entrevista, en vísperas de mi salida para Canarias, de la ceguera de los grupos políticos ante la tragedia espantosa que sobre España se cernía; y cuando yo le exteriorizaba mi fe en las altas virtudes de nuestro Ejército y en la generosidad de nuestras juventudes para la salvación de España, pero significándole la inutilidad e ineficacia de todo esfuerzo si había de ser para retornar, como a la caída de la Dictadura, a los egoísmos de los partidos que arrastraron a España a esta situación, Pradera me cogía con vehemencia del brazo, repitiendo: No, no, mi general. Hay que imponerles la unidad. ¡La unidad, sobre todo!

Hablamos seguidamente de José Antonio, del eco de sus palabras entre las juventudes, de la hostilidad con que se le recibía en algunos campos blanduchos de las derechas, y me atajó rápido: ¡Yo, no!, y levantándose con vehemencia, sacó de un mueble inmediato unas cuartillas que agitaba en el aire: «¿Bandera que se alza?» Este era el título de un valioso trabajo publicado recientemente por Pradera en Acción Española, respondiendo al notable discurso doctrinal de José Antonio, en el que suscribía sus principales puntos y recababa para el tradicionalismo la paternidad de gran parte de la doctrina, dando asi con su escrito el primero y más importante paso para la unificación, que, por su trascendencia en el orden político, reproduciré en sus más destacados pasajes.

Al poner Pradera de manifiesto la identidad en cuanto al aspecto específicamente político de la doctrina, coincidiendo con la concepción antiliberal que José Antonio propugnaba, lo hace con las siguientes y rotundas palabras:
"Por eso, el Tradicionalismo—bien asentado sobre el principio de autoridad considerado como un bien para los ciudadanos—, al sostener, no sólo la compatibilidad, sino la armonía de la autoridad con la zona de la libertad coincidente con el Derecho, era la única doctrina que podía impedir la disolución del Estado. Y sin preocuparse de las estúpidas acusaciones de absolutismo, mil veces repetidas bajo formas diversas, sostenía ardientemente la necesidad de un Estado fuerte. En el cual, por cierto, veía el mayor obstáculo para que el Poder buscase refugio «en la tienda de campaña de la dictadura». ¿ Es ésta la concepción del Estado que el señor Primo de Rivera opone al Estado liberal ? Pues tampoco, como se ve, añade nada a la concepción tradicionalista.

Ni aun siquiera en lo que pudiéramos llamar episódico o pintoresco ; porque el cuadro del gobernante asediado por todas partes en el sistema democrático y en constante derroche de energías—pintado de mano maestra por el señor Primo de Rivera—es de sobra conocido de los lectores que pasaron sus ojos sobre libros tradicionalistas. Más de una vez y de dos se ha hecho surgir ante ellos la figura de «un hombre dotado para la altísima función de gobernar, que es, tal vez, la más noble de las funciones humanas, que tenía que dedicar el 8o, el 90, el 95 por 100 de su energía a substanciar reclamaciones formularias, a hacer propaganda electoral, a dormitar en los escaños del Congreso, a adular a los electores, a aguantar sus impertinencias, porque de los electores iba a recibir el Poder ; a soportar humillaciones y vejámenes de los que, precisamente por la función casi divina de gobernar, estaban llamados a obedecerle ; y si, después de todo eso, le quedaba un sobrante de algunas horas en la madrugada y de algunos minutos robados a su descanso intranquilo, en ese mínimo sobrante es cuando el hombre dotado para gobernar podía pensar en serio en las funciones substantivas de gobierno.»

Al enfrentarse con la disolución espiritual que los pueblos vienen sufriendo, suscribe, igualmente, las palabras de José Antonio con verbo cálido de militante:
«Una unidad de pensamiento, de conciencia y de acción, son la antítesis de la libertad absoluta de pensamiento, de conciencia y de proselitismo. La libertad que el liberalismo defendía, derivada del concepto de soberanía individual de Rousseau, debía disolver la unidad espiritual de las personalidades sociales, y, en especial, de las nacionales. El señor Primo de Rivera condena esa disolución espiritual de los pueblos, que imputa, quizás, al hecho menos trascendental del liberalismo, pero que es suya. Los hombres —dice—, a pesar de lo que ven escrito en el frontispicio del Estado liberal, nunca se sintieron menos hermanos que en el seno de su vida turbulenta y desagradable. Y clama por que la unidad se restablezca. «La Patria—afirma—es una unidad total en que se integran todos los individuos y todas las clases ; la Patria no puede estar en manos de la clase más fuerte ni del partido mejor organizado. La Patria es una síntesis trascendente, una síntesis indivisible, con fines propios que cumplir ; y nosotros lo que queremos es que el movimiento de este día y el Estado que cree sea el instrumento eficaz, autoritario, al servicio de una unidad indiscutible, de esa unidad permanente, de esa unidad irrevocable que se llama Patria.» Y más adelante, delineada y perfeccionada la expresión de un pensamiento que pugnaba por desprenderse de la bruma de las anteriores palabras, proclama lo siguiente : «Que todos los pueblos de España, por diversos que sean, se sientan armonizados en una irrevocable unidad de destino.»

Una vez más, la bandera que se alza se abate sobre el Tradicionalismo. En esas dos líneas está la definición tradicionalista de Nación, que, en su aspecto afectivo, es la Patria. Nación es una sociedad de pueblos diversos unidos por la realización en ella del destino humano de sus asociados. En su composición entra la unidad.»

La nación, para José Antonio y para Pradera, es la misma cosa. La afinidad no puede ser mayor, y queda expresada de manera inequívoca en los siguientes párrafos:
«Y la coincidencia va muy lejos. Llega a los orígenes mismos de la evolución social, preparando con ello la que debe existir en el problema de la representación. El Tradicionalismo, fundamentalmente orgánico, pone la célula social en la familia, y considera la nación no como una mera agregación de individuos, sino como una expansión de aquélla en el tiempo y en el espacio. Pues el señor Primo de Rivera dice: Nacemos todos miembros de una familia ; somos todos vecinos de un Municipio ; nos afanamos todos en el ejercicio de un trabajo. No hay en el proceso evolutivo la perfección con que lo percibe el Tradicionalismo y no hay tampoco la separación entre el propio del ser y el de su actividad ; pero la coincidencia substancial existe. El Tradicionalismo, en efecto, al contemplar la familia como célula social, percibe en ello una doble evolución. La de su ser pasa primero por el Municipio, después por la Hermandad municipal o región y finalmente se concreta en la nación. La de su actividad, ejercitada en el primer taller fijado en el hogar, engendra horizontalmente la clase y verticalmente la Corporación.

No hay tampoco sobre este particular en la bandera que se alza nada que no estuviese inscrito en la del Tradicionalismo.

Puesta la coincidencia en las premisas, había de existir también en las conclusiones. «Que desaparezcan los partidos políticos—dice impetuosamente el señor Primo de Rivera—. Si ésas son nuestras unidades naturales, si la familia y el Municipio y la Corporación es en lo que de veras vivimos, ¿ para qué necesitamos del instrumento intermediario y pernicioso de los partidos políticos, que para unirnos en grupos artificiales comienzan por desunirnos en nuestras realidades auténticas?... Queremos que todos.se sientan miembros de una comunidad seria y completa ; es decir, que las funciones a realizar son muchas ; unos, con el trabajo manual; otros, con el trabajo del espíritu ; algunos, con un magisterio de costumbres y refinamientos. Pero que en una comunidad tal como nosotros la apetecemos, sépase desde ahora, no debe haber convidados ni debe haber zánganos.»

Pradera, con este escñto, había alzado la bandera de unificación, sellada más tarde con la sangre generosa de nuestros héroes y de nuestros mártires. El Decreto de unificación no haría más que dar forma orgánica al mandato de nuestros muertos.
Este espíritu unitario de Pradera, este españolismo que llena su vida, sus esfuerzos por incrementar la dimensión y el contenido filosófico del Tradicionalismo, triunfaron en su Navarra, tan querida, en vísperas del Alzamiento; dividida España en grupos y grupitos por la atomización a que el sistema liberal la arrastró, no podía forjarse la unidad, por todos anhelada, si ésta se había de construir sobre los principios que separaban y no sobre aquellos comunes que nos unían. En este sentido se había resuelto el problema, cuando se reconoció la necesidad y la urgencia del Movimiento, al exigirnos el general Mola, para tomar parte en él, que éste no tuviese la etiqueta de monárquico, que algún sector político, sirviendo su ideario, pretendía; se ventilaban problemas mucho más altos, como el de Dios y el de la Patria, para que nos perdiésemos en una pugna de incomprensiones. Sin dejar, por mi indicación, cerrado el camino a la Monarquía para el día que así conviniese al servicio de la Patria, se acordó de manera solemne llevar a cabo el Alzamiento únicamente por Dios y por España; mas preparado éste y en trance de desencadenarse, cuando ya no era posible retroceder, aquel espíritu partidista que parecía superado estuvo a punto de dar al traste con lo que estaba llamado a ser Glorioso Movimiento Nacional: el jefe a la sazón del sector tradicianalista manifestó exigente a los generales Sanjurjo y Mola que condicionaba su participación en el Movimiento a la aceptación íntegra y formal de su programa. La situación no podía ser más grave. Faltaban sólo horas para desencadenarse el Movimiento, podía en aquellos momentos estarse ya realizando, y la pretensión caía sobre el glorioso general como una losa de plomo; sin embargo, Mola, consciente de su responsabilidad, rechazó con entereza la exigencia, resuelto, según propia confesión, a pegarse un tiro si el pueblo no le secundaba; mas en estos momentos críticos triunfó el verdadero espíritu tradicionalista, el espíritu de unidad por el que Pradera había batallado tanto, y los carlistas, por boca de sus principales jefes, ofrecieron a Mola su concurso al Movimiento solamente por Dios y por España. Noble actitud, mantenida días después en patriótica proclama a los requetés por su Augusto Abanderado Don Alfonso Carlos.

Al hacer pública esta interesante efemérides del Alzamiento .Nacional, tan importante como POCO conocida, rindo, con el más cálido recuerdo al batallador incansable de nuestra unidad y a nuestro llorado general, el público reconocimiento a aquellos patriotas navarros que, llegado el momento, se lanzaron al sacrificio Por cuanto nos es común a todos: por Dios y por España.

Este rasgo generoso y heroico—compartido entonces por cuantos se incorporaron a nuestro Movimiento liberador—contribuyó a salvar aquellos principios inconmovibles sobre los cuales habrá de restablecerse, con pleno sentido y honor, la institución que antaño fue y podrá ser nuevamente, mañana, clave del arco de nuestra grandeza.

FRANCISCO FRANCO

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