viernes, 31 de julio de 2009

Los reyes de Francia, ¿fueron fieles a la Catolicidad?




por Jean Dumont





Tomado de Devoción Católica




En la imagen Luis XIII




El Derecho Divino a la Deriva



uestra adhesión a la nación, ante todo si se refiere a empresas temporales, es una exigencia natural pero secundaria. Nuestra obligación principal y primaria es la adhesión a la fe católica. Partiendo de esta verdad, se impone un examen de conciencia católico sobre nuestro patriotismo. Examen que revela la existencia en nuestra monarquía sacral de una desviación o atentado, que ha constituido de larga data el origen, -en un avance sin prisa pero sin pausa- del laicismo destructor de la fe que caracteriza a nuestro país.

No es por un desgraciado azar que nuestro país será, con la Revolución francesa, el primer modelo absoluto de este laicismo destructor. El claro atentado contra el papado, manifestado en la aprobación efectuada por Luis XVI de la revolucionaria Constitución civil del clero, no hubiera podido expandirse libremente de no haber estado profundamente enraizado en nuestro pasado monárquico. Como señala Jaurès, la Constitución civil no sólo laicizaba al estado sino también a la Iglesia francesa en contra de Roma. Aunque Luis XVI se redimirá muriendo como admirable mártir en la defensa del clero fiel a Roma, no pudo escapar inicialmente a esta desviación.


El nacimiento del espíritu laico en la monarquía


El origen de esta desviación es remoto. Proviene de la ambigüedad en la que se ha desarrollado, a partir de un cierto momento histórico, nuestro Estado monárquico, operando así el carácter laico y nacionalista de su catolicismo. Hablando con claridad, éste carácter se origina en la infidelidad de hecho, en cuanto Estado, a su vocación católica, y todo bajo apariencia de sacralización.

Estas características fundacionales no son evidentes sino hasta la finalización del siglo XIII, ya que nuestra primera Edad Media, modelo de pureza monárquica católica en su florecimiento final con San Luis, queda indemne. Por un misterio de iniquidad, todo pierde su control con el nieto de San Luis, su heredero directo y casi inmediato, Felipe el Hermoso. La ruptura se produce más precisamente en 1298 bajo su reinado. En este año, por primera vez, la cancillería del rey ungido que desde la época carolingia había sido dirigida naturalmente por un eclesiástico, queda en poder de un combativo legista laico, Pierre Flotte. Según los especialistas Riché y Lagarde, es éste el antecedente dramático para la monarquía francesa de lo que ellos llaman “el surgimiento del espíritu laico”.

Felipe el Hermoso, rey ungido, resulta así el único -a mi entender- que en Europa osó poner su mano sobre el Papa en una tentativa cuidadosamente organizada, dirigida a desplazarlo por la fuerza y deponerlo. Hecho que ocurrió luego de haber ordenado la redacción del texto falsificado de una bula pontificia impuesta a nuestros Estados Generales y a nuestro clero en 1302. Éste fue el primer abuso, el primer atentado fundador, que llamamos “el atentado de Anagni” (1303). Ya que, en el fondo, nuestra Revolución, al desplazar y dejar morir prisionero en Valence al papa Pío VI logrará con éxito lo que Felipe el Hermoso ya había intentado contra el papa Bonifacio VIII en el siglo XIV.


Cismas y lo peor. De Carlos VII a Francisco I


La magnífica reacción de pureza monárquica católica llevada a cabo por Juana de Arco -desde fuera de la monarquía- en el siglo XV, fue rápidamente echada al olvido. El mismo Carlos VII que Juana hizo ungir impone en 1438 -sólo siete años después del martirio de la doncella- la Pragmática Sanción de Bourges que, deroga y revoca los poderes del papado, proclama la supremacía del concilio sobre el papa y permite al mismo rey asegurar la designación de los obispos. Este acto de rey ungido de intromisión laica en los asuntos de la Iglesia no será jamás aprobado por Roma. Pero anuncia el desenlace, ya que Luis XII, otro soberano ungido, es el único -a mi entender- que en la Europa del siglo XV reunió y sostuvo hasta el final, un concilio cismático para deponer a un nuevo papa legítimo, tal como Felipe el Hermoso quiso hacer en su tiempo. Concilio que Luis XII arrastra con obstinación de Pisa a Milán y de Asti a Lión a partir de 1511, renunciando a él formalmente mediante “cartas patentes” el 26 de octubre de 1513.

En el mismo sentido en diciembre de 1535, Francisco I -otro rey ungido- hizo leer ante la Liga luterana de Smalkalde su Confesión en la que aprueba con firmeza, contra el papa y la doctrina católica, lo esencial de la Reforma. A tal punto que esta Confesión se incluye en el Corpus reformatorum.

Tan poco duda Calvino que al instante dedica a Francisco I en una carta pública la edición del tratado fundamental de su herejía, la Institución de la religión cristiana. ¿Y todo esto por qué? Según el especialista de la época, Albert Renaudet, la intención laicizante comprometida de nuestro rey ungido es “de establecer un proyecto de Reforma evangélica moderada, que se impondría luego al papa, al concilio y al emperador”, haciendo así del rey de Francia el nuevo emperador reformado de toda Europa. ¿Y cómo es esto? Poniendo en acto aun con violencia las palabras. Un testigo irrecusable de la época, San Francisco de Sales escribía: “En los tiempos en que Francisco I ocupaba casi toda la Saboya (1536-1538) los Suizos de Berna infectados al mismo tiempo por la peste Luterana y Zwingliana se lanzaron sobre las regiones vecinas a la Saboya. (...) La furia impetuosa y tiránica de los berneses sobre nuestros saboyanos provocó el comienzo de la reacción armada francesa.”

“El error de vuestros antepasados perdura”


Pocos meses antes de la Confesión reformada de Francisco I -en la primavera de 1535- este rey ungido envió a un gentilhombre de su corte para advertir a los turcos que se prepararan a enfrentar la cruzada montada en su contra y de la que él había tenido información confidencial. El objetivo de esta cruzada era Túnez, sitio en que San Luis se había batido dos siglos y medio antes y que reunía ahora al papa, los reyes de Portugal, de España y a los Caballeros de Malta. En la misma época el saqueo de Roma en 1527 por las tropas desbandadas de Carlos V, había alcanzado aun al papa en cuanto soberano temporal beligerante en las guerras de Italia, pero no como en el caso del rey de Francia, al papa en cuanto jefe de la cruzada, ni aun menos en cuanto soberano pontífice eclesiástico y espiritual. No obstante la contemporaneidad de los hechos, este papa corona personalmente a Carlos V como emperador y rechaza la pretensión de divorcio del rey de Inglaterra Enrique VIII, divorcio que Francisco I en su visión pan-reformista buscará imponerle.

Más tarde, Enrique II -otro rey ungido e hijo de Francisco I- que no veía con buenos ojos el Concilio de Trento, al que había prohibido la asistencia de sus obispos, fue el único en Europa -a mi entender- que a imitación de su padre en la traición de la cruzada, llamó contra Roma a las flotas islámicas a fin de provocar su desembarco en los Estados de la Iglesia y coaccionar al papa bajo los estandartes del Profeta. Era el año 1551. Daniel Rops en su Historia de la Iglesia de Cristo tilda al hecho de “escandaloso”.

En la misma línea, Carlos IX, hijo de Enrique II, es el único -a mi entender- que en la Europa católica pretendió imponerse nuevamente a otro papa mediante la designación como embajador de Francia ante la Santa Sede, de un obispo -su creación- juzgado y rechazado por este soberano pontífice como “notorio hereje” protestante. En 1567 el papa se vio obligado a declarar persona non grata a este representante oficial del sacro Estado francés. Esta vez quien resalta el hecho es el cardenal Grente en su obra San Pío V.

El papado -en la persona del más santo de sus pontífices- no vacilará en poner de manifiesto oficialmente la permanente infidelidad de nuestros reyes consagrados. Reyes ungidos que por su forma de proceder harían enrojecer a más de un reciente republicano laicista. En 1570-71 el rey sacro Carlos IX, conforme a lo que precede, fue el único de los reyes del Mediterráneo católico que no sólo rechazó, sino también saboteó la cruzada contra el Islam (masivamente ofensivo entonces) que concluirá con la gran victoria católica de Lepanto. Triunfo que salvó a Europa mediterránea y a la misma Roma del sometimiento al Islam. Todo a pesar de la Francia de Carlos IX. Conviene citar al respecto las palabras que dirige San Pío V a este soberano si queremos hablar alguna vez lúcidamente de un renacimiento católico para Francia: “El error de vuestros antepasados no justifica el vuestro. Dios castiga a veces en los hijos las faltas de sus padres. ¡Cuánto más aplicará su justicia sobre los que pretenden perpetuar los errores de sus padres!”

Inspiración dominante del derecho romano y laicismo violento

Desde el final del siglo XIII existe en la monarquía francesa una conjunción teóricamente contradictoria pero efectivamente confluente de la unción sagrada y de la inspiración dominante en el derecho romano de un Estado pagano, laico, entendido como absolutista e imperialista. Es evidente que -como su mismo nombre lo indica- la Pragmática Sanción del rey ungido Carlos VII, librando la Iglesia de Francia de la autoridad pontificia, denota en derecho romano un acto legislativo de tipo imperial. Inspiración que no era la de nuestra primera monarquía medieval -de tono absolutamente cristiano- y que por el contrario, los Flotte, Nogaret y Dubois, consejeros activos de Felipe el Hermoso han defendido tan resuelta y subversivamente como nuestros revolucionarios de 1789. A partir de 1306 -por ejemplo- Dubois reclamaba la confiscación de los bienes de la Iglesia para la Corona, lo que Luis XVI rey ungido, permitió también inicialmente a la Revolución. De ahí en más, existen en toda Francia universidades dedicadas al derecho romano -siendo la primera la de Montpellier de la que egresaron Flotte y Nogaret- salvo en París donde al carácter eclesial de la universidad prohibió rigurosamente la enseñanza de este derecho anti-eclesial mediante el dictado del decreto pontifical Super Specula de 1219.

Es en esta impregnación del derecho romano que la Revolución francesa encontrará también su nutriente. Se debe ver bien esto: bastante antes de la Revolución el tono de laicismo -aún violento- se expresa sin reservas en la Francia monárquica y lo hace en términos parecidos a los que emplearon nuestros laicistas franceses de 1996 para protestar contra la recepción preparada al papa en la Reims de Clodoveo. El artículo “Pragmática Sanción” del famoso diccionario histórico del abad Moreri dedicado a Luis XIV, trata al concordato -firmado con Roma en 1516- de “traición a la causa pública” y de “vil condescendencia”, siendo el oprobio del negociador -el canciller du Prat- el haber recibido como “recompensa el capelo cardenalicio”. Al tratar “Prat” lo define como: un hombre “odioso para toda gente de bien”.

Lo que eran “las libertades de la iglesia galicana”

En Francia se exigía al rey -en el mismo momento de la unción- el juramento de asegurar que el poder eclesiástico (Canonicum privilegium) al igual que los poderes laicos procedería únicamente (unicuique) del soberano y sería ejercido a través de la iglesia local que éste controlaba. Los reyes de Francia renovaban así -a pesar de Roma- las pretensiones que los emperadores de la Querella de las Investiduras habían abandonado progresivamente. Sentaban de esta forma las bases de las pretensiones del josefismo austriaco del final del siglo XVIII, cuya imitación en Francia desde 1750 -bajo la influencia de Choiseul- se transformaron en una “lucha infernal” contra la Iglesia, tal como escribe el especialista Michel Claverie al estudiar la relación de los agentes generales del clero francés de 1765.

En virtud de estas “libertades de la iglesia galicana” el rey podía ignorar toda decisión de la Iglesia pontificia y conciliar -decreto o canon- posterior a la institución de su consagración que data de la época de Pipino el Breve. Estaba bien claro: sólo los cánones o decretos del corpus canonum promulgados al final de este remoto siglo VIII de Pipino el Breve, eran aceptados como obligatorios por el rey de Francia. Todos los actos pontificios o conciliares posteriores sólo tenían valor en Francia si el rey los aceptaba en su soberanía independiente -laica y absoluta- de acuerdo al derecho romano. De ahí el escándalo de un concordato que reconocía en el siglo XVI al papa como suma autoridad de la Iglesia, aun cuando ese concordato fuese aprobado por el Concilio de Letrán en 1517. De ahí el rechazo en el seno de la monarquía francesa –la única en Europa católica- de las orientaciones religiosas definidas por el Concilio de Trento a partir de 1565. De ahí también -al final de la monarquía- la Constitución civil del Clero ejerciendo su influencia laicista, en contra de Roma, sobre la misma Iglesia y con el acuerdo inicial de Luis XVI.

La revelación de Pío VI

Los errores detectados por Pío V -responsabilidad directa de la monarquía- culminarán en la Constitución civil del Clero. Pío VI reiterará la advertencia mediante una admirable diatriba. En su “consistorio secreto” del 26 de septiembre de 1790, el Papa señalará que tanto esta Constitución, como su efecto laicizante antipontifical, habían sido preparados por la misma monarquía -antes de la revolución- durante el ministerio confiado por Luis XVI a Loménie de Brienne.

Además, la política exterior dominante de la monarquía francesa desde el siglo XV, no había sino contribuido a esta desviación interna que culminó a la vez con la Constitución civil y con la Revolución anticatólica. Fundada simultáneamente sobre las alianzas protestante e islámica, esta política exterior de la monarquía que buscaba solamente favorecer una y otra vez lo que consideraba como sus propios intereses laicos particulares, no había logrado más que distanciarse del papado y desmantelar las relaciones y fidelidades al catolicismo, imponiendo en su lugar un relativismo cínico en sus intenciones y en sus actos. Espíritu que se demuestra en las dos masacres (1569 y 1638) llevadas a cabo por los protestantes germano-suecos contra los católicos del Franco Condado. Lo testimonia asimismo el hecho de haber promovido el sometimiento por la fuerza (1735) de los cristianos de Rumania y de Serbia al poder del Islam turco del que ya se habían liberado. Este último suceso fue considerado como “la obra maestra de la diplomacia francesa”.

En definitiva, esta otra pedagogía propiamente monárquica -bien concreta- no logró más que conducir los espíritus hacia la autonomía generalizada -sistemática y desdeñosa- del laicismo nacional con respecto a la religiosidad católica. Autonomía cuyo modelo proporcionaba la monarquía y cuyo sinónimo es laicismo. Un laicismo que, desde los inicios no podía ser más radical, comprometiendo a la vez la política central de la nación, su propaganda, sus finanzas y sus recursos militares. Es decir aun la sangre de sus hijos. El expansionismo político y militar de la Revolución laicista y anticatólica ya estaba preparado tanto en sus objetivos como en sus medios, expansionismo que ahora será proclamado por las masas sedientas de venganza.

¡“Dios corpóreo”, “otro Cristo”!

Jean de Terremerveille afirmó en el siglo XV que la nación francesa -por la unción sagrada- se había transformado bajo la pluma de legistas en un cuerpo místico cuya cabeza pontificia era el rey. Un rey casi “Dios sobre la tierra”, “Dios corpóreo”, “otro Cristo”, tal como lo afirma hoy Jean Barbey. Las tres flores de lis significan las tres personas de la Trinidad, manifiestan las tres virtudes teologales, encarnan las tres jerarquías de ángeles. Así lo proclamó Vivaldus de Monte Regali, confesor de Luis XII en el siglo XVI. “Los enemigos de nuestros reyes son los enemigos de Dios” escribió el libelista de Catholique d’Etat -título también significativo- cuando trabajaba para el cardenal Richelieu, bajo Luis XIII en el siglo XVII. De hecho, la monarquía francesa -por sus pretensiones de pontificado y más aun que de derecho divino, de divinidad real- se ha procurado un cristianismo a sus órdenes, un cristianismo galicano, es decir, nacionalista y fiel al estado parisino. La monarquía ha mostrado así el camino a la República: ha sido la primera en laicizar y nacionalizar para imponer su poder bajo la apariencia del interés de la nación. Esto se aleja bastante de la auténtica concepción de la monarquía que, entre otros había expresado San Luis considerando la sublimidad misma de nuestros reyes consagrados. Este soberano no se tenía por cabeza pontificia de la nación, ni tampoco por la Santísima Trinidad. No se arrogaba el favor de Dios en contra de sus enemigos, ni se consideraba como rey intrínsecamente superior a su pueblo; aun menos, no pretendía un derecho divino fuera de la Iglesia. “No soy el Rey de Francia, no soy la santa Iglesia. Sois vosotros el rey, en cuanto que sois la santa Iglesia”, declaraba el santo monarca ante sus barones. Corría entonces el año 1250.

De ningún modo el “modelo” de la monarquía cristiana

El absolutismo llamado “de derecho divino” que se manifestó luego en Francia no es de ningún modo el modelo de la monarquía cristiana. Es una desviación del gran principio de la “monarquía limitada” a la que se refería San Luis, monarquía de servicio, soberanía del derecho de los pueblos. Principio que es producto de la tradición escolástica católica de la Edad Media, notablemente con Santo Tomás de Aquino -comensal directo de San Luis-. Tradición luego relevada 1 en el siglo XVI por la escuela de Salamanca y mas tarde por la escuela jesuita. Principio que impone que los reinos no pertenecen a los reyes sino a los pueblos en sus diversas comunidades; y que promueve la existencia de un derecho natural de los pueblos a su defensa contra los abusos del poder.

“El bien común -de cada uno- de los pueblos es anterior y superior a los derechos de los reyes” escribía en 1667 el italiano Francesco de Andrea. “Los reyes están sujetos a la fuerza de las leyes” señalaba aún mas claramente el juez de la chancillería real española de Granada -Pedro González de Salcedo- en 1673. Asunto que -salvo en Francia- concernía a la vez a la Iglesia y al reino. La exposición sistemática de esta doctrina había sido solicitada por el preceptor de Felipe III -futuro primado de España- para la formación de su pupilo, al teólogo jesuita Mariana (en 1590), quien la plasma en su tratado latino De Rege. Tal fue el rechazo de París a estos principios que veinte años mas tarde, el 8 de junio de 1610, siendo rey de España Felipe III, se quema en la capital -bajo el pórtico de Notre Dame- este tratado sin duda monárquico y aprobado además por la Iglesia. Quema que se efectuó bajo pretexto de haber inspirado al asesino de Enrique IV (Ravaillac), quien sin embargo declaró ignorar su existencia. Rechazo reiterado el 26 de junio de 1614 por la condena en París de la famosa Defensio fidei escita por el otro gran jesuita español Francisco Suárez, por pedido y con agradecimiento del papa Pablo V en 1613. En este último se denunciaba la apropiación de la fe llevada a cabo por la monarquía reformada inglesa y el juramento de fidelidad religiosa que exigía a sus súbditos. La monarquía francesa se sentía igualmente juzgada.

“Ningún rey es inmediato a Dios”.

Desde su perspectiva, la monarquía francesa no se equivocaba. Esta Defensa de la fe, promovida por el papa que otorgó a Suárez -muerto cuatro años más tarde- el título de Doctor eximius ac pius, evocaba en millares de referencias bíblicas, evangélicas, patrísticas, pontificias, teológicas y hasta regias (notablemente por San Luis) la doctrina católica del poder totalmente opuesta al absolutismo divinizado.

Por ejemplo en los capítulos 2, 3 y 10 de su libro 3, donde se lee: “Ningún rey, ningún principado político es inmediato a Dios” y no debe en consecuencia arrogarse pontificado alguno. Ya que el poder de “apacentar el pueblo de Dios” ha sido transmitido por Cristo -de los entonces y siempre obsoletos reyes de Israel (referencias de la unción galicana)- al Apóstol Pedro “a quien Cristo encomendó apacentar sus ovejas” y a sus sucesores. En adelante el poder del rey o del principado -que procede de Dios como toda la Creación- sólo es conferido al soberano “por voluntad humana” en “donación” o en “contrato” por “el cuerpo político de la comunidad o ciudad humana”. El rey no puede tampoco “usurpar luego ni el propio derecho ni la libertad” de esta ciudad humana, ya sean naturales o espirituales. Así, los límites al poder civil (son) totalmente necesarios”. Aun excepcionalmente “en ciertos casos, con mucha prudencia, si el rey transforma su poder en tiranía contra las exigencias de la justicia natural (o espiritual), el pueblo puede levantarse contra él, y liberarse de su poder”. Doctrina bastante moderna, como se observa. 2
Temor reverencial ancestral hasta nuestros días

No debe creerse que todo esto es sólo “una vieja historia”. El hábito de la infidelidad galicana -luego “constitucional”- de su reverencia primordial al poder laico hasta en sus desviaciones, continúa marcando dramáticamente en la actualidad al episcopado francés. El responsable directo de este organismo -recientemente designado- no aceptaba ninguna de las encíclicas pontificias decisivas, de Humanae vitae a Evangelium vitae, sobre temas como la destrucción de la familia y de la transmisión de la fe programada por la legislación o la educación de Estado y mediática, sobre el aborto de Estado y sobre los problemas de la bioética -capitales para el futuro divino de la humanidad- sobre los que el Estado pretende erigirse en juez normativo. El episcopado restauraba así su Pragmática Sanción, sus “libertades de la iglesia galicana”, en contra de Roma.

Los sacerdotes franceses en su adhesión a Roma, deben buscar amparo en la fidelidad de otros episcopados de Europa y del mundo, sobre todo en los de Italia y de Estados Unidos -este último particularmente lúcido y eficaz al respecto-. Algunos signos me lo confirman: el conocimiento histórico y mental de la antigua desviación francesa de la que he hablado, y la ruptura decisiva con ella, son hoy en Francia las condiciones de un renacimiento católico. Esto sólo es posible distanciándose resueltamente del temor reverencial ancestral ante las pretensiones normativas del poder laico, de sus pompas y de sus obras. Y oponiéndose a ellas tanto cuanto sea necesario.

Desliz específicamente francés

Este análisis no es para nada original. Ya que aun la gran prensa, los más informados de nuestros historiadores cristianos y el más profundo de nuestros poetas y dramaturgos católicos, se han abocado a esta tarea. Este último, con una violencia que no me es posible igualar.

Y, considerándolas en detalle, las referencias históricas sobre este punto son interminables... El primero, Pierre Chaunu, en su soberana brevedad de gran crítico histórico internacional, acaba de publicar en Le Figaro del 28 de febrero de 1998 estas líneas, con toda la fuerza de la evidencia: “Se conoce la evolución específicamente Francesa de la religión de Estado (un catolicismo apenas romano a fuerza de ser galicano) hacia un laicismo laicizante que sólo acepta que se murmure en privado el nombre de Dios”.

No existe un laicismo “laicizante” en los países que fueron a la vez verdaderamente romanos y no conformaron, como nosotros, una monarquía laica divinizada. En estos países, contrariamente a lo que se advierte en Francia, y para citar sólo algunos ejemplos, la Cruz de Dios preside siempre -a título público- en el seno de los tribunales o de las escuelas; hay cooperación entre la Iglesia y el Estado en lo que se refiere a las contribuciones necesarias para la vida de la Iglesia y en la enseñanza de la religión. Esto es así en España, Italia, Suiza católica, Alemania católica, Polonia, etc. Lo mismo se da en la creación o conformación de sus propias universidades públicas sujetas a la vez al Estado y a la Iglesia. Tal es el caso de Friburgo en Suiza y de la Complutense fundada por el cardenal Cisneros en Madrid. Y si en Francia, la Alsacia-Lorena goza aun del beneficio de tal estatuto es porque en atención a su anterior pertenencia al Imperio germánico, Reichsland, después de 1918 París no osó retirar ese beneficio ante los vivos testimonios de adhesión de su población hacia este imperio.

Porque, en lo que a nosotros concierne, franceses según París -como lo destaca Pierre Chaunu- permanecemos bajo el imperio global de una evolución “laicizante” heredada de “una religión de Estado” tan abusiva como “específica”. Y porque esta tan particular realeza divinizada fue acogida desde el principio entre nosotros como modelo galicano antipontifical imponiendo ya un egoísmo nacional laico. Luego, en “caída”, en el marco de la excitación revolucionaria, aun regia, de una última ofensiva contra Roma, la monarquía ofreció la salida abierta de un laicismo estructural anticatólico. Preparado sicológicamente, desde mucho tiempo atrás por las alianzas anticatólicas de la monarquía (islámica y protestante) como por su “espíritu laico” nacido en 1298 de manera virulenta. Y más adelante por los sarcasmos de nuestras Luces reinantes que se insinuaron en la misma monarquía en su fase final.

El desenlace laicista ilustrado

Lo vimos en Luis XV a partir de 1750 llevando a cabo la “lucha infernal” contra la Iglesia; en Luis XVI al comienzo de su reinado, y en los ministros que estos dos reyes eligieron, de Choiseul a Brienne. Este último, arzobispo galicano favorito a la misma vez de Luis XVI y de sus propios amigos enciclopedistas anticristianos, ilustra de manera completa y admirable el proceso final del “desliz” que acabo de esbozar. A partir de 1766, Brienne es el relator diligente de la Real Comisión de regulares que pone obstáculos a las vocaciones y clausura gran cantidad de conventos o abadías. Lo que le granjea el mote de “anti-monje” conferido por sus amigos D’Alembert y Voltaire. Ministro principal electo por Luis XVI en mayo de 1787, prepara -durante el ejercicio de su función- la Constitución civil del clero, tal como lo revela Pío VI. Luego de tomar la decisión de convocar los Estados Generales, al final de su ministerio y por la viva insistencia de Luis XVI, es nombrado cardenal en 1788-1789, a pesar de la “repugnancia” declarada por el papa al respecto.

Luego en 1791 se coloca contra el mismo papa, a la cabeza de la Iglesia cismática y de la política laica nacida de esta Constitución civil y aun regia. Lógicamente, el 26 de marzo del mismo año dimisiona como cardenal. Al año siguiente, en 1792, sustituye su capelo rojo por el “bonete rojo” al presidir el Club de los Jacobinos anticristianos locales. Lo que muestra ya una verdadera confusión muy significativa. Pero hay más aun. En noviembre de 1793, Brienne, arzobispo, antiguo primer ministro del rey y aun su favorito, procede a abandonar voluntariamente su condición sacerdotal y a renegar del culto católico mediante una ejemplar proclama de “amigo de la Razón”... y esto, de acuerdo con una decisión “tomada en épocas bastante anteriores” -monárquicas pues- tal como lo confiesa sin temor.

Culmina así en él el desenlace laicista, ya que el eminente abandono de su estado clerical modela el nuevo reino: el de la descristianización jacobina, tan general como directa. Una descristianización que libera a todo sacerdote y deroga todo culto católico en nombre de “la Razón”. Desenlace laicizante que, aunque directo y generalizado en nuestro tiempo, no es sino un “desliz” de la monarquía y se declara en adelante absoluto como ella. Específicamente en Francia y no en otra parte. De modo más general, el rechazo exclusivamente francés manifestado por la “monarquía limitada” de la tradición católica romana sigue su senda: su absolutismo ha pasado a ser laicista, pero en adelante patrimonio exclusivo del poder republicano a la francesa.

El poeta y dramaturgo que nombré más adelante y que confirma mi tesis, es nuestro escritor católico Paul Claudel, quien como embajador de Francia y hombre de un excepcional conocimiento de la historia internacional, escribía estas líneas bajo el título desaprobador de “El mesianismo nacionalista”: “Es con malestar que leo los discursos extravagantes de ciertos escritores católicos como Léon Bloy y Charles Péguy, en la France “soldat de Dieu” y en los “Gesta Dei per Francos”. ¿Fue acaso cuando el cardenal Richelieu (en 1631) por intermedio del Padre José enviaba tres cofres de oro al agresor protestante Gustavo Adolfo, desencadenando las terribles devastaciones de la Guerra de los Treinta Años, de la que nuestra Lorena -por las devastaciones de la misma monarquía galicana- resultó víctima? ¿Fue tal vez cuando Luis XIV se beneficiaba vergonzosamente de los problemas del Imperio, en el momento en que (1683) Viena, a la cabeza de Europa, escapaba por muy poco al asalto (del Islam), gracias al favor de Sobieski (rey de Polonia)? ¡No confundamos y no seamos tan hipócritas!”

Contra lo más profundo de los corazones católicos

Hace más de cincuenta años, cuando no se hablaba aun de Europa unida ya estaba jugado nuestro destino. Una Europa que desearíamos ver pacífica, fraternal, no islámica y católica romana para muchos. Sin reservas francesas de tipo galicano como las manifestadas a menudo y muy fuertemente contra este cuádruple voto. Voto que fue también el de los franceses de antaño. Veamos a Marrot exaltando la fraternidad (por desgracia momentánea) entre el rey de Francia y el emperador Carlos Quinto. A Ronsard cantando la paz (por desgracia momentánea) entre el rey de Francia y el rey de España. A san Francisco de Sales celebrando en la persona del duque de Mercoeur, ex liguista, la lucha de Europa contra el infiel islámico a la que asiste en Hungría sólo por propia iniciativa. A Jansenio, obispo de Ypres -más que medio Francés y cuya influencia fue muy importante sobre nuestro catolicismo- denunciando las manipulaciones anticatólicas de Richelieu en su finísima sátira Mars Gallicus, y expresando allí la oposición a las alianzas protestantes de Alemania de “la inmensa mayoría de católicos cultos” de Francia -según escribe nuestro más reciente especialista de la época Marc Fumaroli-. Pero lo que estaba entonces arraigado en los corazones católicos era traicionado por las desviaciones provocadas por el egoísmo monárquico divinizado del que ya hemos hablado. ¡Tan sagrado que fue aquel egoísmo! Y tan laicizante que resultó para el devenir de Francia.

El terrible reverso del “Voto de Luis XIII”

Es inevitable una última observación. Releyendo “La France de Louis XIII et de Richelieu” Victor L. Tapié -reconocida autoridad en nuestra Universidad estatal- encuentro una precisión que atañe al centro mismo de esta ambigüedad, de este doble compromiso contradictorio de nuestra monarquía consagrada. Peor aun: una precisión que toca a la esencia de la adhesión a la fe que muchos de nosotros, como católicos fervientes, hemos sido movidos a profesarle. Me refiero al Voto de Luis XIII (11 de diciembre de 1637) que coloca a su reino bajo la protección de la Virgen, prometiendo dar a su fiesta de la Asunción todo el brillo de las procesiones solemnes a partir del año siguiente. Éste es pues el origen de las procesiones solemnes del 15 de agosto en las que muchos de nosotros hemos tomado parte con gran devoción, aun recientemente.

Porque, aunque este Voto traducía claramente el catolicismo profundo de Luis XIII, era sólo el reverso de la confusión y el remordimiento” por las alianzas protestantes (de Francia contra España) que causaron tantas desgracias a los católicos de Alemania; por las iglesias devastadas; por los claustros profanados” -tal como lo señala al mismo rey su confesor, el Padre Causin-. Será por esta guerra interminable, la más terrible de todas para los católicos de Europa -a los que su ministro Richelieu “se encarnizaba en perseguir”- por lo que el monarca “no cesaba de hacerse cada vez más impopular en el reino” recuerda Tapié. Y agrega que fue el mismo Richelieu quien sugirió la idea del Voto, mientras por otra parte en Alemania mantiene sus aliados protestantes apoyados financiera y militarmente -hasta con sueldos- resultando de su Realpolitik totalmente laica, el rechazo, persecución y prohibición en aquel reino de toda devoción y procesión a la Virgen. Resalta el mismo historiador: “los católicos de Alemania, aterrorizados por la invasión protestante, lanzaban a Roma sus gritos de angustia”. Era absolutamente necesario ganar algunos años a la espera de la victoria final de la Realpolitik teñida de egoísmo nacionalista, apaciguando las almas católicas francesas por medio de una brillante operación de distracción. Lo que se destruía o se destruiría sin cesar en Alemania sería glorificado solemnemente en Francia para aplacar la indignación de nuestros católicos. Se desconoce -escribe Tapié- si (el Voto) respondía a los consejos de Richelieu inspirados por su fe personal o por la intención de no ceder a los Españoles el privilegio de “mostrarse” como los únicos defensores de las “devociones católicas”. Tras la benignidad aparente de esta exposición de tono universitario, el término “mostrarse” utilizado, lo dice todo. Por este Voto, la ambigüedad y aún la adversa instrumentalización laica de la unción real, resultaban solemnemente renovadas en un momento crucial de nuestra historia y de la Europa católica.

El refugio providencial

Ésta es la Europa católica que -se hace necesario afirmar- es hoy de manera relevante el refugio y asidero de nuestras propias fidelidades católicas francesas; en Baviera con el seminario de la Fraternidad San Pedro y en Suiza con el seminario iniciador -próximo a Saboya, en Ecône- fundado por monseñor Marcel Lefèbvre. De acuerdo con esto, si sólo hubiera dependido de nuestra monarquía sacral, de Francisco I que abrió militarmente el camino en Suiza y en Saboya a las “pestes Luteranas y Zwinglianas”; de Luis XIII que dio amplio apoyo militar a la “invasión” hasta Munich de los protestantes en Alemania, ni Ecône ni Baviera hubieran permanecido católicos. Lo mismo para los católicos de Italia. Regiones como la cercana a Florencia y a Génova -sedes de otros seminarios tradicionalistas franceses de nuestra época- no se hubieran mantenido fieles si fuera por nuestro rey Enrique II quien reclamó con insistencia y obtuvo en parte (en 1550) los poderosos desembarcos de sus aliados -los islámicos turcos- contra estas regiones.

Si fuera por nuestra monarquía sacral, nuestras adhesiones católicas francesas no tendrían refugio ni asidero. Es lo que comprendió nuestro especialista en lo internacional, Paul Claudel, cantando en su obra maestra dramática “Le soulier de satin” la supervivencia providencial de la Europa católica no (monárquicamente) francesa.

No es posible un César Dios

Estas cosas son tristes de expresar. Pero, como son verdaderas, es mejor que las sepamos. Para formarnos un conocimiento más lúcido del entorno, de nuestros “genes” históricos. Para mejor detectar las ambigüedades e infidelidades aun de nuestro presente. Para mejor hacer frente al nuevo absolutismo, laicizante tanto a través de nuestra historia monárquica como de nuestra descatolización, sin duda la más profunda de Europa, y que hemos heredado específicamente. Absolutismo que nos impone hoy una nueva alianza no deseada, la “terrible alianza de la democracia con el relativismo ético” denunciado por Juan Pablo II en Veritatis Splendor. De ahí que más que nunca, no podemos “rendir tributo a César”. Un César que, como nuestra monarquía sacral -y muy a pesar de ella- lo ha demostrado: no puede ser César Dios.


Jean Dumont


[1].- N.T.: El término se traduce literalmente del francés “relayée” que implica la acción deportiva de “tomar la posta” de un atleta a otro.

[2].- N.E.: Conviene recordar estos conceptos de Rubén Calderón Bouchet en su obra La Ruptura del Sistema Religioso en el Siglo XVI: “Durante la Edad Media el pueblo cristiano era la Iglesia. Ambas nociones -pueblo e Iglesia- no eran separables, pero la idea de un consensus civium para afianzar las bases del poder político se laiciza en las repúblicas italianas y aparece desde ese momento como una entidad pública distinta de su condición de asamblea de fieles”.

“Mariana -y Suárez en su seguimiento- distingue ambas realidades y advierte claramente sus diferencias. Pero como los hechos no autorizan todavía una separación definitiva entre el pueblo de Dios y el pueblo a secas, se permite una identificación que el curso de la historia se encargará de demostrar
que es falsa.”

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