martes, 11 de agosto de 2009

Sobre la herejía del siglo XX (y del XXI)



por el Dr. Miguel Ayuso



Tomado de El Brigante







uestro admirado Brigante ha traducido unos párrafos de Jean Madiran para introducir el asunto de cómo el olvido de la doctrina social compromete la fe. Olvido que, bien entendido, comprende también la reducción o la desnaturalización, como apunta con acierto en el breve, sugestivo y esencial incipit. El texto de Madiran, que tiene la densidad y clarividencia de casi todos los suyos, constituye una excelente introducción al problema. Aunque puede que para algunos haya de resultar oscuro e incluso, no lo sé, un poco críptico.
Se me ha ocurrido por eso, querido Brigante, comenzar a ilustrar el texto y el comentario, sin más pretensión que ayudar, por más que modestamente, al esclarecimiento del problema, al que podría dedicarse quizá una jornada de estudio amical una vez que los calores se hayan ido o, por lo menos, escondido. Piénselo, amigo Brigante.
El libro en cuestión, La herejía del siglo XX, de 1968, no esconde en sus primeras palabras cuál sea: “La herejía del siglo XX es la de los obispos”. Y, para los asustadizos, aclara a continuación: “No es que sean los inventores, sino los agentes”. Y es que el episcopado francés, desde por lo menos un siglo antes, esto es, desde la oposición al Syllabus, había orillado las enseñanzas romanas, prescindiendo de un “siglo de encíclicas”, y pasando del liberalismo al socialismo. Para –esto lo añado hoy, porque no era tan visible hace cincuenta años– volver nuevamente al liberalismo. Desde el punto de vista sociológico y aun psicológico no hay duda de que es esa mentalidad la que hizo y desarrolló el Concilio, constituyendo su “espíritu”. Si en derecho en cambio no prevaleció es de ardua discusión, entre hermenéuticas varias en liza, que no puede ser traída aquí ahora. Cita seguidamente el autor un texto impresionante del Año litúrgico de Dom Guéranger, el gran abad de Solesmes, quien en la fiesta de San Cirilo (el 9 de febrero) ofrece a consideración de los lectores el ejemplo del seglar Eusebio oponiéndose al obispo Nestorio: “La doctrina desciende por lo general de los obispos al pueblo fiel, y en el orden de la fe los subordinados no han de juzgar a sus jefes. Pero en el tesoro de la Revelación hay puntos esenciales de los que todo cristiano, sin más título que el de serlo, tiene el conocimiento necesario y la guarda obligada (…). Los verdaderos fieles son los hombres que hallan en el solo bautismo, en tales circunstancias, la inspiración de su conducta; no los pusilánimes que, bajo el pretexto especioso de la sumisión a los poderes establecidos, esperan para cargar contra el enemigo u oponerse a sus empresas a un programa que ni es necesario ni debe dárseles”.
¿Hubiera podido escribirse en España un libro con semejante signo? En primer lugar, probablemente no habría sido cierto extender a tiempos del Syllabus la oposición de los obispos españoles a las orientaciones romanas. A la sazón todavía existía una corriente fuerte de oposición al mundo moderno en la Iglesia española (rectius en España). El fenómeno del carlismo y su pervivencia –y siento que a algunos les moleste, (…) sed magis amica veritas– suponen un factor diferencial extraordinario. Sin él, sin la belicosidad popular antes que refinada contra la herejía liberal, y pese al acendrado papismo español, quién sabe si no habríamos marchado parejos con Francia. Pues el alto clero hizo poco a poco su adaptación, mientras que la actitud denunciada por Dom Guéranger tenía, como es sabido, también su influjo entre nosotros, a través de los “mestizos” o del pidalismo. Pero, sea el carlismo, como las propias derivaciones o desviaciones elitistas (o clericales) de éste, es decir el integrismo, no dejaron de actuar e incluso de confluir en el mismo cauce, como se vio a las claras en la ocasión propicia de la II República. Allí volvió a aparecer un carlismo unido, con el apoyo del integrismo que no volvió a casa, refugiado en Acción Española por obra de Eugenio Vegas Latapie. En el otro campo, el ralliement se reencarnó en don Ángel Herrera y su propagandismo incipiente, desde entonces el eterno enemigo de la tradición política católica, como en el último medio siglo acreditan los casos –bien distintos entre sí, pero en esto unánimes– de Gambra, Elías de Tejada o Canals, que se añaden al ya citado Vegas. Sólo en nuestros días se ha visto menguar las filas de los intransigentes, con oleadas de personas formadas en el tradicionalismo y pasadas al propagandismo, y con otras que no comprenden cuál es la divisoria de aguas. La reciente vicenda de los principios no-negociables lo ilustra a la perfección. Pero cada día tiene su afán… En realidad, es normal que así haya sido pues la Iglesia española ha sufrido aunque con retraso respecto de la francesa un proceso semejante de olvido de la doctrina social de la Iglesia, reducida a la moral familiar o a la cuestión social. Por no callar nada, lo que Madiran no dice, quizá porque no fuera tan evidente entonces, o porque tácticamente fuera preferible no subrayarlo, es que la propia Roma, desde el ángulo práctico, facilitó una especie de doble comportamiento, el de los principios y el las aplicaciones, aquél marmóreo, éste fluido y a veces viscoso. Son las que, otro distinguido analista francés, el abate Claude Barthe, ha descrito como “las contradicciones de la Iglesia del Syllabus”.
Ahora bien, ¿por qué esa reducción u olvido de la doctrina social de la Iglesia afecta a la fe? Este es el tema central, del que hasta ahora nada he dicho, pues me he limitado a glosar el contexto del libro de Madiran more hispano. Pío X, en texto que también cita Madiran, en su último discurso pronunciado en público, el 27 de mayo de 1914, alocución a los nuevos cardenales, declaraba: “Estamos, ay, en unos tiempos en que se acogen y adoptan con gran facilidad ciertas ideas de conciliación de la fe con el espíritu moderno, ideas que conducen mucho más lejos de lo que se piensa, no sólo a la debilitación, sino a la pérdida total de la fe. Ya no causa asombro oír a personas que se deleitan con palabras muy vagas de aspiraciones modernas, de fuerza del progreso y de la civilización, que afirman la existencia de una conciencia seglar, de una conciencia política, opuesta a la conciencia de la Iglesia, contra la que se sostienen el derecho y el deber de reaccionar para corregirla y enderezarla. No es sorprendente encontrar personas que expresan dudas e incertidumbres sobre las verdades, e incluso que afirman obstinadamente errores manifiestos, cien veces condenados, y que a pesar de eso se persuaden de no haberse alejado jamás de la Iglesia, porque a veces han seguido las prácticas cristianas. ¡Oh!, cuántos navegantes, cuántos capitanes, por poner su confianza en novedades profanas y en la ciencia embustera del tiempo, en lugar de arribar a puerto han naufragado (…) Entre tantos peligros, en toda ocasión no he dejado de hacer oír mi voz para llamar a los extraviados, para señalar los daños y trazar a los católicos la ruta a seguir. Pero mi palabra no ha sido siempre por todos bien oída ni bien interpretada por clara y precisa que haya sido”.
La clave de la conexión secreta pero indudable entre agostamiento y desnaturalización de la doctrina social, de un lado, y pérdida de la fe, de otro, radica precisamente en la imposible conciliación de la fe con el espíritu moderno. La doctrina social de la Iglesia, viene a decir Madiran, y he desarrollado en algunas de mis publicaciones, entre otras mi penúltimo libro (La constitución cristiana de los Estados, Scire, Barcelona, 2008) es la “contestación” cristiana del mundo moderno. El intento de conciliación con él, sin embargo, es el designio impío (por desconocedor de la pietas) de pasar por encima de la civilización cristiana, que no se confunde ciertamente con la fe, pero que históricamente primero produjo su encarnación y luego ha constituido su sustento. Es posible, ciertamente, recibir la Palabra de Dios en no importa cuál estado natural de civilización o barbarie. Pero los pueblos que son cristianos después de mil quinientos años tienen el derecho de recibirla en el seno de su civilización. Esa civilización cristiana, fundada sobre la ley natural, es la que fundó el Evangelio y ha sido inseparable de hecho a las evangelizaciones que de verdad lo han sido. El mundo moderno, por el contrario, dice con palabras que toma de Péguy, constituye su contrafigura y resulta extraño al orden sobrenatural, no sólo en el sentido de un orden natural ignorante de la gracia, sino en el más radical de contrario a la naturaleza y a la gracia. Este es el tema al que Madiran dedica su libro, por cierto no menos actual hoy que ayer.

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