miércoles, 6 de abril de 2011

Antonio Gramsci (2)





por el R.P. Alfredo Sáenz, S.J.





Visto y tomado de Centro Pieper




I. El Marxismo en el Proceso de la Modernidad

l primer aspecto en que me voy a detener es, a mi juicio, muy interesante y manifiesta el lugar del marxismo en el proceso de la “modernidad”, término que él mismo utiliza. Porque Gramsci piensa que el marxismo no es una especie de aerolito caído del cielo, que bruscamente intercede en la historia, sino la culminación de un largo y secular proceso, de un largo itinerario histórico y filosófico.

Así leemos en uno de sus escritos: “La filosofía de la praxis –nombre con el cual siempre menciona al marxismo– presupone todo ese pasado cultural, el renacimiento, la reforma, la filosofía alemana, la Revolución francesa, el calvinismo y la economía clásica inglesa, el liberalismo laico y el historicismo que se encuentra en la base de toda la concepción moderna de la vida”. O sea, nada menos que desde el Renacimiento para aquí, un largo y secular proceso que ofrece esta fruta madura, digámoslo así, del marxismo.

Especialmente Gramsci se remite al testimonio de Hegel, adhiriendo sobre todo a aquella concatenación que el filósofo de Berlín establece entre las actividades teoréticas y las prácticas. Como Uds. saben, Hegel descubría un nexo entre el espíritu de la Revolución francesa y la filosofía de Kant, Fichte y Schelling, o, como la llama Gramsci, la filosofía clásica alemana, indicando que sólo dos pueblos, los alemanes y los franceses, por opuestos que sean entre sí, o incluso por ser opuestos, tema caro a Hegel, a su dialéctica, son los que intervinieron decisivamente en la instauración del gran Evo Moderno, del espíritu moderno –expresión, calificativo al que con frecuencia recurre Gramsci–, comenzado a fines del siglo XVIII y albores del XIX.

El nuevo principio, el principio moderno, irrumpió en Alemania –escribe Gramsci– como espíritu y concepto, mientras que en Francia se desplegó como realidad efectiva. El alemán puso la idea, el francés la acción política. Hay, entonces, una complementación de estas dos actividades, la actividad política francesa y la actividad filosófica alemana, la cual ha sido –dice Gramsci– recogida por los teóricos de la filosofía de la praxis.

Lo que debe quedar bien en claro es que la filosofía de la praxis ha nacido de estos padres. Pero si quisiéramos ser más completos y abarcar el entero pensamiento gramsciano en este tema de la genealogía del marxismo, podríamos decir que son tres los padres, ya que, además de Alemania y Francia, hemos de agregar a Inglaterra, con su nueva concepción de la economía. La filosofía de la praxis, según Gramsci, ha nacido de la cultura representada por la filosofía clásica alemana, por la literatura y práctica política francesas, y por la economía clásica inglesa.

Así que las fuentes son tres: la economía liberal inglesa, la filosofía idealista alemana y la política y literatura francesas. En el origen de la filosofía de la praxis se encuentran, pues, estos tres movimientos culturales. No que Gramsci afirme que cada uno de dichos movimientos haya contribuido a elaborar, respectivamente, la economía, la filosofía y la política de la filosofía de la praxis, sino que la filosofía de la praxis logró absorber sistemáticamente los tres movimientos, o sea, la entera cultura de la primera mitad del siglo XIX, a tal punto que, en la síntesis nueva, cualquiera sea el momento en el cual se la examine, momento económico, momento teórico o momento político, se encuentra, como momento preparatorio, uno de aquellos tres movimientos.

El momento sintético unitario, Gramsci cree poder identificarlo en el nuevo concepto de inmanencia, que para mí es el término clave de la concepción gramsciana del marxismo. Como saben, la inmanencia es lo contrario de la trascendencia, del hombre que está de paso en la tierra hacia un más allá, hacia una tierra nueva, un cielo, etc.; la inmanencia es la actitud del hombre que decide instalarse acá, in-manere, permanecer-en, del hombre del paraíso en la tierra, que diría Marx.

Para Gramsci la síntesis de la economía inglesa, la filosofía alemana y la política francesa es la inmanencia. Tal es el denominador común, la inmanencia, que partiendo de su forma especulativa, ofrecida por la filosofía clásica alemana, se tradujo a una forma historicista con la ayuda de la economía liberal inglesa y de la política francesa. Agudamente señala cómo aun los nuevos cánones introducidos por la ciencia económica inglesa, no tienen tan sólo un valor puramente instrumental sino también un significado de innovación filosófico: el “homo oeconomicus” que inventa Inglaterra es un hombre inmanente, es un hombre para la tierra; ese homo oeconomicus tiene valor gnoseológico, implica una nueva concepción del mundo. Será, pues, preciso investigar cómo la filosofía de la praxis ha logrado expresar, de manera contundente, a partir de aquellas tres corrientes, la idea de inmanencia, depurada de todo resto de trascendencia y de teología.

El gran proyecto del liberalismo está, para Gramsci, en el origen del marxismo, si bien en él muere, desaparece. “Las afirmaciones del liberalismo –escribe– son ideas-límite que, una vez reconocidas como racionalmente necesarias, se convierten en ideas-fuerza, se han realizado en el Estado burgués, han servido para suscitar la antítesis de ese Estado en el proletariado y luego se han desgastado. Universales para la burguesía, no lo son suficientemente para el proletariado. Para la burguesía eran ideas-límite, para el proletariado son ideas-mínimo. Y, en efecto, el entero programa liberal se ha convertido en programa mínimo del Partido Socialista”. Al burgués de la revolución francesa lo sucede el proletario del marxismo.


II. Los Presupuestos Filosóficos

Pasemos ahora a exponer los aspectos un poco más filosóficos del pensamiento de Gramsci. Iremos desde allí caminando gradualmente hacia la práctica, luego a la estrategia, que será lo último que trataremos, pero es necesario tener en claro las ideas filosóficas, si así podemos llamarlas, con que se mueve Gramsci, porque son las que van a estar en el origen de toda su estrategia.

Cuando se lee a Gramsci, uno queda con la impresión, o puede inclinarse a pensar, que está frente a un marxista heterodoxo por la novedad de sus afirmaciones. Sin embargo en modo alguno es así. Gramsci es francamente marxista, es decididamente discípulo de Marx, aun cuando en ocasiones enfatice algunos elementos que Marx no juzgó conveniente acentuar. Nunca se sale del marco de la ortodoxia marxista. Lo más que se podría decir es que se trata de una acentuación historicista del marxismo, precisamente para darle toda su eficacia en el campo de la operatividad política.


1. El materialismo

El primer aspecto que señala Gramsci en su filosofía de la praxis es el materialismo. Ya sabemos que éste es un elemento fundamental en el pensamiento de Marx. Sin embargo, enseguida debemos decir que Gramsci manifiesta cierta repugnancia por el término “materialista”. Aunque esto ya parece extraño, y a algunos pueda olerles a heterodoxia, el hecho es que le repugna este vocablo. Pero ¿por qué le repugna?. Porque había constatado cómo para muchos marxistas la materia era una especie de ídolo, una suerte de divinidad, una cosa que estaba fuera de mí, algo fijo, anterior al hombre, superior al hombre, que el hombre no puede transformar, que el hombre no puede cambiar en absoluto, y por eso Gramsci prefiere una acepción prevalentemente cultural del término, un sentido más amplio, entendiendo por materialismo lo que se opone al espiritualismo religioso; es decir, el repudio a la cosmovisión religiosa de la existencia. Eso va a ser para él principalmente el materialismo. Materialista es, pues, para Gramsci aquel que quiere encontrar en esta tierra y no en otro lugar el sentido de su vida, aquel que rechaza explícitamente el más allá.

Sobre la base de tal interpretación, Gramsci no vacila en atacar el materialismo tradicional que para luchar contra la ideología más difundida en las masas populares cual es el trascendentalismo religioso, creyó suficiente levantar la bandera de un materialismo crudo, trivial y grosero. No sólo eso. En el cristianismo, en la cosmovisión cristiana –escribe con gran inteligencia Gramsci– hay más “materialismo” de lo que vulgarmente se cree, ya que en el cristianismo la materia conserva una función nada despreciable, como puede advertirse en el dogma mismo del Verbo que se encarna, en los sacramentos, etc. El cristiano habla mucho de materia; por lo tanto no creamos que vamos a ir contra el cristianismo por el mero hecho de que exaltemos la materia; lo que debemos propagar es el materialismo, sí, pero en el sentido de antiespiritualismo. Eso es lo que hay que afirmar.

Materia es, para Gramsci, sinónimo de realidad, y no meramente aquello sobre lo cual experimentan las ciencias naturales, o una especie de primer sustrato, o algo objetivo extramental, y por eso la relaciona con la actividad humana. La materia no ha de ser considerada en cuanto tal, dice, sino como algo social e históricamente organizado por la producción. La materia es humana merced al proceso de transformación que el hombre realiza sobre la naturaleza. Es comparable a la electricidad; ésta existía antes de que fuese descubierta como fuerza productiva, sin embargo no operaba en la historia, era una nada histórica, porque todos la ignoraban.

Tal es la primera de sus acentuaciones, el materialismo, el primer aspecto de lo que podríamos llamar su “filosofía”.


2. El historicismo

El análisis de la materia nos ha conducido al concepto de historia, que será el segundo aspecto de su filosofía que quiero destacar. Para Gramsci, que en esto depende de la tradición filosófica de Alemania a través de Marx y de Croce, historia es la realidad “in fieri”, el movimiento, el proceso de realización de lo real. En el devenir histórico el hombre se va creando. Por hombre no hay que entender la persona, el actor de la historia, que trasciende la historia; hombre es el individuo desnudo, digámoslo así, en cuanto y en el acto de conexión con el todo social. Sobre el telón de fondo del contexto materialista, en la relación hombre-naturaleza, el hombre humaniza la naturaleza y la naturaleza naturaliza al hombre. Haciendo el mundo, el hombre se convierte en artesano de sí mismo, el hombre se hace, en un constante intercambio con la naturaleza.

Esta conexión que Gramsci establece entre materia e historia le permite evitar todo materialismo fixista, todo materialismo craso. Materia es, en cierto modo, lo que existe, que se impone al hombre, sí, pero al mismo tiempo es el resultado de la praxis anterior y el punto de partida de una nueva praxis; es la naturaleza humanizada por el trabajo, transformada, organizada históricamente por las fuerzas productivas del hombre. Esto es precisamente la historia. Y así Gramsci puede obviar el término “materialismo”, por sus connotaciones peyorativas, para sustituirlo por otro más atractivo, el de “historicismo”, a saber, el hombre que toma conciencia de sí mismo y de su realidad.

Como puede verse, en la concepción de Gramsci hay una cuota nada pequeña de voluntarismo. Gramsci no teme, digámoslo así, poner la voluntad en la historia. Contra aquellos que sostienen el progreso mecánico e ineluctable de la historia, él dice que la voluntad del hombre tiene en ella un papel insustituible. Gramsci no teme identificar la intervención de la voluntad y de la acción humana con la historia. Así como identifica la historia con la filosofía y la filosofía con la política. Esta amalgama está pensada para activar la conquista política del poder por parte del proletariado: la historia que se hace filosofía, la filosofía que se hace política, praxis. Por eso es filosofía de la praxis, que apunta a la transformación de la realidad.

La certeza de la meta a que conduce el devenir histórico es lo que funda la seguridad de Gramsci. Su filosofía no puede estar equivocada porque es la filosofía del proceso histórico en acto, y el marxismo es el único que tiene la clave de dicho proceso. Siendo esta revolución la óptima, poniendo en la cúpula al proletariado, no cabe ya esperar una revolución ulterior, ni que aparezca otra clase que pueda aspirar a la hegemonía. El triunfo del marxismo es el que cerrará el proceso histórico. La pregunta acerca de la posibilidad de un post-comunismo carece totalmente de sentido, como acaece en el mismo Marx.


3. El inmanentismo

Cuando en la expresión “materialismo histórico” Gramsci destaca prevalentemente el adjetivo más que el sustantivo es, como vimos, para no caer en la ingenuidad filosófica del materialismo vulgar, que él denomina materialismo metafísico.

Materialismo, dijimos, historicismo, y ahora inmanentismo. Según ya lo hemos destacado, el inmanentismo es para Gramsci el telón de fondo o la base de todo el edificio marxista. Tiene a este respecto un texto verdaderamente incisivo, que no puedo dejar de citar: El marxismo es “historicismo absoluto, la mundanización y terrestridad absoluta del pensamiento, un humanismo absoluto en la historia”. La insistencia en el calificativo “absoluto” no es fortuita sino plenamente pretendida. Al calificar así a cada uno de estos tres sustantivos, historicismo, mundanización y humanismo, lo que intenta es señalar el completo y definitivo rechazo de toda trascendencia.

Historicismo absoluto significa que no se puede admitir nada eterno, nada extra-histórico, nada supra-histórico; historicismo absoluto, pues, todo dentro de la historia. Gramsci absolutiza la historia considerando que la afirmación de una realidad trascendente a la historia revela un pensamiento ingenuo, primitivo, acrítico. Mundanización y terrestridad absoluta, que es el segundo término que emplea, significa que no hay un más allá, sino que todo es aquende, todo es este mundo, al punto que la afirmación de “otro mundo” o de una “tierra nueva” es una utopía, una evasión, y evasión peligrosa ya que impide empeñarse en lo único que es real. Humanismo absoluto significa que hay que desechar cualquier concepción del hombre que no considere lo humano como supremo y como terminal. Por tanto, repito, historicismo absoluto, mundanización y terrestridad absoluta, humanismo absoluto de la historia.

La fórmula tan vigorosa de Gramsci podría resumirse en un “inmanentismo absoluto”, con lo cual volvemos al tema de fondo, es decir, el total y conciente rechazo de la trascendencia.

Cuando Gramsci se refiere a la filosofía de la inmanencia, sabe bien que dicha filosofía es el producto de un largo proceso en la historia de la filosofía, que se inaugura de algún modo en Descartes, en el “cogito” cartesiano, donde por vez primera se exalta el primado del conocer sobre el ser extramental, que se continúa en Kant y Hegel, los cuales tienden, bajo distintas fórmulas, a una identificación entre la realidad y la conciencia humana de la realidad. Marx no haría sino materializar dicho inmanentismo clásico. Porque la tentación del inmanentista –afirma Gramsci– había sido el solipsismo, el subjetivismo exagerado, el atomismo individual. No resulta casual que el liberalismo político haya nacido también de este núcleo filosófico inmanentista, aunque bajo la figura del empirismo. Dentro de la corriente idealista, fue Hegel quien trató de enmendar ese individualismo y subjetivismo estrechos, haciendo de toda la realidad la historia de las vicisitudes del espíritu. Marx tomará de Hegel esta intuición, sustituyendo el espíritu por las relaciones dialécticas entre la naturaleza y el hombre.

Como puede observarse, los términos de historicismo, humanismo e inmanentismo absolutos son reductibles a una clara posición antitrascendente. Al definirse por la inmanencia, Gramsci piensa que ha evitado el peligro esterilizante de todo materialismo infantil y vulgar.

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