domingo, 14 de diciembre de 2008

Herejes (20 y último)




por Gilbert K. Chesterton


XX.
Conclusiones sobre la importancia de la Ortodoxia






ue la mente humana pueda avanzar, o no, es una cuestión sobre la que se discute poco, pues nada puede ser más peligroso que fundar nuestra filosofía social sobre una teoría que es debatible pero que no ha sido debatida. Pero si aceptamos, en aras de la discusión, que en el pasado ha habido, o que en el futuro habrá, lo que llamamos crecimiento o mejora de la mente humana en sí misma, seguirá existiendo una relevante objeción que plantear contra la versión moderna de lo que significa esa mejora.
El vicio de la idea moderna de progreso mental es que siempre se trata de algo relacionado con la ruptura de vínculos, la supresión de límites, la marginación de dogmas. Pero si existe eso que se llama crecimiento mental, ha de implicar el desarrollo de unas convicciones cada vez más definidas, de cada vez más dogmas. El cerebro humano es una máquina de llegar a conclusiones; si no llega a conclusiones, se oxida. Cuando oímos hablar que un hombre es demasiado inteligente para tener fe, estamos oyendo hablar de alguien que lleva en sí mismo casi el carácter de una contradicción en los términos. Es como si nos hablaran de un clavo demasiado bueno para sujetar una alfombra; o de un cerrojo demasiado fuerte para mantener una puerta cerrada. El hombre no puede definirse, como hizo Carlyle, como animal que fabrica herramientas; las hormigas y los castores, así como muchos otros animales, fabrican herramientas, en el sentido de que se valen de aparatos. El hombre, en cambio, sí puede definirse como ser que crea dogmas. A medida que acumula doctrina tras doctrina y conclusión tras conclusión, en la formación de un asombroso plan filosófico y religioso, se convierte, en el único sentido legítimo del que la expresión es capaz, en un ser cada vez más humano.
Y cuando abandona doctrina tras doctrina, dominado por su refinado escepticismo, cuando rechaza atarse a un sistema, cuando asegura haber superado las definiciones, cuando dice que no cree en la finalidad, cuando, en su propia imaginación, se erige en Dios sin abrazar ninguna forma ni credo, sino contemplándolos a todos, entonces lo que hace es retroceder hacia la vaguedad de los animales errantes, hacia la inconsciencia de la hierba. Los árboles carecen de dogmas. Los nabos son excepcionalmente amplios de miras.
Si, insisto, ha de existir el avance mental, entonces debe tratarse de un avance mental que se dé en la construcción de una filosofía de vida cierta. Y esa filosofía de vida ha de estar en lo cierto, y las demás filosofías han de equivocarse. Y el caso es que, de todos – o casi todos – los dotados escritores modernos a los que he estudiado brevemente en este libro, resulta especialmente cierto, afortunadamente, que todos ellos poseen una visión del mundo constructiva y afirmativa, y que se la toman en serio y nos piden que la tomemos en serio nosotros también.
No hay nada meramente escéptico en el progresismo de Rudyard Kipling. No hay nada amplio de miras en Bernard Shaw. El paganismo de Lowes Dickinson resulta más serio que cualquier forma de cristianismo. Incluso el oportunismo de H. G. Wells es más dogmático que cualquier idealismo. Creo que alguien recriminó a Matthew Arnold que estuviera volviéndose tan dogmático como Carlyle, y él respondió: «Tal vez sea cierto, pero usted ha pasado por alto una diferencia obvia: yo soy dogmático y tengo razón, mientras que Carlyle es dogmático y se equivoca». Lo humorístico del comentario no debe llevarnos a perder de vista su indudable seriedad y sentido común. Nadie debería escribir nada, ni siquiera decir nada, a menos que creyera que está en posesión de la verdad y los demás hombres, equivocados.
De manera análoga, yo defiendo que soy dogmático y tengo razón, mientras que Shaw es dogmático y se equivoca. Pero lo más importante para mí en este momento es señalar que, de los escritores de los que me he ocupado aquí, los más destacados se ofrecen, con toda sensatez y coraje, como dogmáticos, como fundadores de un sistema. Tal vez sea cierto que lo que más me interesa a mí de Bernard Shaw sea el hecho que se equivoca. Pero no es menos cierto que lo que más le interesa a Bernard Shaw de sí mismo es el hecho de tener razón. Shaw puede no tener a nadie de su parte, salvo a sí mismo. Pero no es de él de quien se ocupa: es de la vasta y universal iglesia de la cual él es el único miembro.
Los dos genios típicos que he mencionado en esta obra, con cuyos nombres la he iniciado, son muy simbólicos, aunque sólo sea porque han demostrado que el más fiero de los dogmatismos puede generar los mejores artistas. En el ambiente fin de siècle todo el mundo declaraba que la literatura debía liberarse de todas las causas y de todos los credos éticos. El arte servía sólo para producir exquisitas artesanías y en aquellos días lo más moderno era demandar obras brillantes, brillantes relatos breves. Finalmente, cuando las obtuvieron, las obtuvieron de la pluma de dos moralistas. Los mejores relatos breves los escribió un hombre que trataba de predicar el imperialismo. Las mejores obras las escribió un hombre que trataba de predicar el socialismo. Todo el arte y todos los artistas parecían pequeños y tediosos al lado de un arte que era un subproducto de la propaganda.
La razón es muy simple. Un hombre no puede ser lo bastante sabio como para ser buen artista sin ser lo bastante sabio como para desear ser filósofo. Un hombre no puede tener la energía que se requiere para producir buenas obras de arte sin tener la energía que se requiere para ir más allá de ellas. Un artista menor se contenta con el arte. Un gran artista no se conforma con menos que con el todo. De modo que nos encontramos con que, cuando verdaderas potencias – sean buenas o malas – como las de Kipling o Shaw entran en nuestro escenario, traen consigo no sólo un arte asombroso y sobrecogedor, sino unos dogmas igualmente asombrosos y sobrecogedores. Y les preocupan más (y pretenden que también a nosotros nos preocupen más) sus asombrosos y sobrecogedores dogmas, que su asombroso y sobrecogedor arte. Shaw es un buen dramaturgo, pero lo que él quiere más que ninguna otra cosa es ser un buen político. Rudyard Kipling es, por capricho divino y genio natural, un poeta nada convencional; pero lo que él desea más que ninguna otra cosa es ser un poeta convencional. Desea ser el poeta de su pueblo, ser de su ser, carne de su carne, comprender sus orígenes, celebrar su destino. Desea ser el poeta laureado, un deseo de lo más sensato, honorable e insuflado de espíritu popular. Al haber recibido de los dioses la originalidad – es decir, el don de disentir de los demás –, desea, divinamente, coincidir con ellos. Pero el ejemplo más llamativo de todos, incluso, en mi opinión, más llamativo que el de los dos mencionados, es el de H. G. Wells.
Se inició en una especie de infancia loca del arte por el arte mismo. Empezó creando un nuevo cielo y una nueva tierra, con el mismo instinto irresponsable por el que los hombres se compran una corbata nueva. Empezó a jugar con las estrellas y los sistemas para crear anécdotas efímeras. El universo le gustaba como escenario de sus bromas. Desde entonces se ha vuelto más serio, y se ha vuelto, como sucede siempre que los hombres se vuelven más serios, cada vez más provinciano. Sobre el ocaso de los dioses se mostraba frívolo; pero sobre el ómnibus de Londres se muestra serio. Sobre La máquina del tiempo se mostraba despreocupado, pues con ella trataba sólo del destino de todas las cosas. Pero en Mankind in the Making [«La humanidad en Construcción»] se muestra cuidadoso y hasta cauto, pues en ella trata de pasado mañana.
Empezó con el fin del mundo, y eso era fácil. Pero ahora se ha trasladado al principio del mundo, y eso es difícil. Con todo, el resultado principal de todo ello es el mismo en los demás casos. Los hombres que han sido los artistas más atrevidos, los artistas realistas, los insobornables, son los que han acabado escribiendo, después de todo, «con un propósito». Supongamos que cualquier crítico de arte distante y cínico, cualquier crítico de arte convencido hasta la médula de que los artistas son grandes cuanto más se dedican al arte por el arte mismo, supongamos que un hombre que profesara con maestría un esteticismo humano, como era el caso de Max Beerbohm, o un esteticismo cruel, como en el caso de W. E. Henley, se hubiera centrado en toda la literatura de ficción que, en el año 1895, era reciente, y le hubieran pedido que seleccionara a los tres artistas más vigorosos, prometedores y modernos, así como a sus trabajos artísticos más importantes. Pues bien, creo que, sin duda, habría respondido que, por su audacia artística, por su delicadeza artística y por el soplo de novedad que aportaban al arte, en primer lugar debían figurar Tres soldados, de un tal Rudyard Kipling; El hombre y las armas, de un tal Bernard Shaw, y La máquina del tiempo, de un señor llamado Wells. Y se trata de tres hombres que se han mostrado inveteradamente didácticos. Si se quiere, puede decirse que, si queremos doctrinas, acudamos a los grandes artistas. Pero, a partir de la psicología del tema, es evidente que ésa no es la verdadera afirmación; la verdadera afirmación es que, si queremos gozar de un arte que resulte tolerablemente vivaz y atrevido, debemos recurrir a los doctrinarios.
Al concluir este libro, por tanto, yo pediría en primer lugar que a estos hombres de los que he escrito no se los insulte tomándolos por artistas. Nadie tiene derecho a disfrutar, sin más, de la obra de Bernard Shaw. Eso sería algo así como disfrutar si los franceses invadieran el país de uno. Shaw escribe, o bien para convencer, o bien para enfurecernos. Del mismo modo, no tiene sentido ser partidario de Kipling sin ser político, político imperialista, para más señas. Si un hombre, en nuestra opinión, se destaca sobre los demás, debería ser por lo que se destaca en él mismo. Si un hombre nos convence a todos, debería ser mediante sus propias convicciones. Si la pasión política de un poema de Kipling nos desagrada, nos desagrada por la misma razón por la que al poeta le gustaba. Si nos desagrada él por sus opiniones, nos desagrada por la mejor de todas las razones posibles. Si un hombre acude a Hyde Park a predicar, es permisible abuchearlo; pero es descortés aplaudirlo como fenómeno de circo. Y un artista sólo es un fenómeno de circo comparado con el más humilde de los hombres que cree que tiene algo para decir.
Hay, claro está, una clase de escritores y pensadores modernos que no pueden ser ignorados sin más en este asunto, aunque en esta obra no haya espacio para realizar una exposición detallada de ellos, algo que, por otra parte, y a decir verdad, constituiría un abuso. Me refiero a aquellos que superan todos esos abismos y tratan de conciliar todas esas guerras recurriendo a aquello de los «aspectos de la verdad». Me refiero a aquellos que dicen que el arte de Kipling representa un aspecto de la verdad, que el de William Watson representa otro; que el arte de Bernard Shaw representa un aspecto de la verdad y que el arte de Cunningham Grahame representa otro; que el arte de H. G. Wells representa un aspecto, y que el de Conventry Patmore (pongamos por caso), otro. Sobre esto sólo diré que me parece una falta de compromiso que ni siquiera se molestan en disimular recurriendo a palabras ingeniosas.
Si decimos de algo que es un aspecto de la verdad, es evidente que aseguramos saber qué es la verdad, del mismo modo que si hablamos de la pata herida de un perro, aseguramos saber qué es un perro. Por desgracia, el filósofo que habla de aspectos de la verdad suele preguntarse, al mismo tiempo, qué es la verdad. Con frecuencia, incluso, niega la existencia de la verdad, o asegura que ésta resulta inaprehensible para la inteligencia humana. Pero entonces, ¿cómo es capaz de reconocer sus aspectos? Reconozco que no me gustaría ser un artista que llevara el boceto de una obra arquitectónica a un constructor, diciéndole: «Aquí tiene el aspecto sur de la casa de Sea-View. La casa de Sea-View no existe, claro está». Ni siquiera me gustaría demasiado tener que explicar, en esas circunstancias, que la casa de Sea-View podría existir, pero que resulta inaprehensible para la inteligencia humana. Tampoco me alegraría precisamente ser el metafísico burdo y absurdo que dijera ser capaz de ver por todas partes aspectos de una verdad que no está ahí.
Es obvio, por supuesto, que en Kipling hay verdades, como las hay en Shaw o en Wells. Pero el grado en que podemos percibirlas depende estrictamente de hasta qué punto hay en nosotros una concepción cierta de lo que es la verdad. Es ridículo suponer que cuanto más escépticos seamos, más veremos el bien en todas partes. Porque lo cierto es que, cuanto más seguros estemos de lo que es el bien, más veremos el bien en todas partes.
Así pues, suplico que coincidamos o discrepemos con esos hombres. Suplico que coincidamos con ellos al menos en que contamos con creencias abstractas. Pero sé que en el mundo moderno existen muchas objeciones vagas a la existencia de la creencia abstracta, y siento que no podremos seguir avanzando hasta que hayamos abordado algunas de ellas. La primera se enuncia con facilidad.
Una duda frecuente en nuestro tiempo respecto del uso de las convicciones extremas es una especie de idea según la cual las convicciones extremas, y más sobre asuntos cósmicos, han sido, en el pasado, las responsables de lo que puede definirse como intolerancia. Pero basta un poco de experiencia directa para desestimar esa opinión. En la vida real, la gente más intolerante es la que carece de opiniones. Los economistas de la Escuela de Manchester que discrepan del socialismo se toman el socialismo muy en serio. El joven de Bond Street, que no sabe qué es el socialismo y mucho menos aún si está de acuerdo con él o no, es el que está bastante seguro de que esos tipos socialistas protestan por nada.
El hombre que comprende la filosofía calvinista lo bastante como para coincidir con ella, debe comprender la filosofía católica para poder disentir de ella. El moderno impreciso, el que no está nada seguro de dónde se halla la razón, es quien más seguro está de que Dante se equivocaba. El oponente serio de la Iglesia latina en la historia, incluso en el momento de mostrar que produjo grandes infamias, debe saber que produjo grandes santos.
Es el necio corredor de bolsa, que no sabe nada de historia y no cree en ninguna religión, el que está, a pesar de ello, plenamente convencido de que todos los sacerdotes son unos malhechores. El miembro del Ejército de Salvación que acude a Marble Arch puede ser intolerante, pero no tanto como para no desear que el dandy se una a la marcha fraternal con él. Por su parte, el dandy sí es lo bastante intolerante como para no desear en lo más mínimo unirse al miembro del Ejército de Salvación en Marble Arch.
La intolerancia puede definirse, aproximadamente, como la del hombre que carece de opiniones. La intolerancia es la resistencia con la que recibe las ideas definidas una masa de gente cuyas ideas resultan indefinidas en extremo. La intolerancia podría considerarse como el horrible pánico de los indiferentes. Este pánico de los indiferentes es, en realidad, algo terrible; algo que ha generado persecuciones monstruosas y duraderas. En este sentido, nunca fue la gente muy consciente la que se dedicó a perseguir; la gente muy consciente nunca fue lo bastante numerosa. Quienes llenaron el mundo de fuego y de opresión fueron aquellos a los que no les importaba nada. Fueron las manos de los indiferentes las que prendieron las teas; fueron las manos de los indiferentes las que accionaron el potro de tortura. Ha habido algunas persecuciones surgidas del dolor de una certeza apasionada, pero esas no produjeron intolerancia, sino fanatismo, algo muy distinto y en cierto sentido admirable.
La intolerancia, en general, ha sido siempre la omnipotencia constante de aquellos a quienes nada importaba para confinar en la oscuridad y en la sangre a las personas con convicciones.
Hay gente, sin embargo, que escarba todavía más en busca de los posibles males del dogma. Son muchos los que creen que una convicción filosófica fuerte, si bien no produce (como ellos perciben) esa enfermedad lenta y fundamentalmente frívola que se conoce como intolerancia, sí genera una cierta concentración, exageración e impaciencia moral que convenimos en llamar fanatismo.
Aseguran, en pocas palabras, que las ideas son cosas peligrosas. En política, por ejemplo, suele decirse de hombres como Balfour o John Morley que la abundancia de ideas resulta peligrosa. La verdadera doctrina de esa opinión no es, tampoco en este caso, de difícil enunciación. Las ideas son peligrosas, pero el hombre para quien menos peligrosas resultan es precisamente para el hombre de ideas.
El hombre de ideas está familiarizado con ellas, y se mueve entre ellas como el domador de leones. Las ideas son peligrosas, pero el hombre para quien más peligrosas resultan es precisamente el hombre que carece de ellas. El hombre que carece de ideas sentirá que la primera idea entra en su cabeza como el vino en la cabeza de un abstemio. En mi opinión se trata de un error, frecuente entre los idealistas radicales de mi propio partido y período, sugerir que los financistas y los hombres de negocios son un peligro para el imperio porque resultan muy sórdidos y materialistas. La verdad es que los financistas y los hombres de negocios son un peligro para el imperio porque pueden mostrarse sentimentales en relación con cualquier sentimiento, e idealistas en relación con cualquier ideal; cualquier ideal con el que se tropiezan. Del mismo modo en que un muchacho que no sabe mucho de mujeres se apresura a tomar a cualquier mujer por «la mujer», así esos hombres prácticos, poco acostumbrados a las grandes causas, se inclinan siempre a pensar que, si se demuestra que algo es un ideal, ya está demostrado que se trata de «el ideal».
Muchos de ellos, por ejemplo, siguieron convencidos a Cecil Rhodes porque éste tuvo una visión. Podrían haberlo seguido también porque tenía una nariz. Un hombre sin alguna clase de sueño de perfección es tan monstruoso como un hombre sin nariz. La gente, hablando de algún personaje, y entre susurros enfervorizados, dice de él que : «Conoce su mente», que es lo mismo que decir, entre los mismos susurros enfervorizados: «Sabe sonarse la nariz». La naturaleza humana no puede subsistir sin una esperanza ni una meta de algún tipo; como se expresa sensatamente en el Antiguo Testamento: «Donde no hay visión profética, el pueblo perece». Pero es precisamente porque al hombre le hace falta un ideal por lo que un hombre sin ideales se encuentra en permanente riesgo de sucumbir al fanatismo. No hay nada que deje al hombre tan expuesto a la súbita e irresistible incursión en una visión desequilibrada como el cultivo de los hábitos empresariales. Todos conocemos a eminentes empresarios que creen que la Tierra es plana, o que el señor Kruger encabezaba un gran despotismo militar, o que los hombres son granívoros, o que Bacon escribió las obras de Shakespeare.
Las creencias religiosas y filosóficas son, sin duda, tan peligrosas como el fuego, y nada puede apartar de ellas esa belleza que les confiere el peligro. Pero sólo hay un modo de cuidarnos de su peligro excesivo, y es penetrar en la filosofía y empaparnos de religión.
Dicho brevemente, pues, rechazamos los dos peligros opuestos de la intolerancia y el fanatismo, pues aquél surge de una vaguedad excesiva, y éste de una excesiva concentración. Afirmamos que la cura del fanático es la creencia; afirmamos que la cura del idealista son las ideas. Conocer las mejores teorías sobre la existencia y escoger la mejor de ellas (es decir, según la indicación de nuestras fuertes convicciones), nos parece la mejor manera de convertirnos, no en intolerantes ni en fanáticos, sino en algo mucho más firme que un intolerante y en algo mucho más terrible que un fanático: en un hombre con una opinión definida. Pero esa opinión definida debe, según este punto de vista, empezar por los aspectos básicos del pensamiento humano, y éstos no deben considerarse irrelevantes, como sucede por ejemplo con la religión, que con mucha frecuencia, en nuestros días, se considera irrelevante. Incluso si consideramos que la religión es irresoluble, no podemos considerarla irrelevante. Incluso si nosotros no tenemos opinión sobre las verdades últimas, debemos sentir que, en tanto que esa opinión exista en un hombre, habrá de ser más importante en él que cualquier otra cosa. Desde el momento en que la cosa deja de ser imposible de comprende, se convierte en indispensable. Creo que no puede haber duda de que, en nuestra época, existe la idea de que hay algo cerrado, irrelevante o incluso mezquino en atacar la religión de un hombre, o en discutir sobre ella en sus aspectos políticos o éticos. También debe haber pocas dudas de que tal acusación de cerrazón es, en sí misma, casi grotescamente cerrada. Por poner un ejemplo extraído de un hecho bastante cotidiano: todos sabemos que no es raro que a un hombre se lo considere como un espantapájaros de intolerancia y oscurantismo por desconfiar de los japoneses, o por lamentar el auge de los japoneses sobre la base de que los japoneses son paganos. Nadie pensaría que hay algo de anticuado o de fanático en el desconfiar de un pueblo a causa de alguna diferencia entre ese pueblo y el nuestro en aspectos prácticos o políticos. A nadie le parecería intolerante decir de un pueblo: «Desconfío de su influencia, porque es proteccionista». A nadie le parecería muestra de estrechez mental el afirmar: «Lamento su auge porque es socialista, o partidario del individualismo de Manchester, o firme creyente en el militarismo y el reclutamiento forzoso». Una diferencia de opinión sobre la naturaleza de los parlamentos importa mucho. Pero una diferencia de opinión sobre la naturaleza del pecado no importa en absoluto. Una diferencia de opinión sobre el objeto de la política fiscal importa mucho. Pero una diferencia de opinión sobre el objeto de la existencia humana no importa en absoluto. Tenemos derecho a desconfiar de alguien que se halla en un municipio distinto al nuestro. Pero no tenemos derecho a desconfiar de alguien que vive en otro cosmos. Esta clase de ilustración es sin duda una de las menos ilustradas que cabe imaginar.
Por recurrir a la expresión que usé al principio, ello equivale a decir que todo es importante a excepción del todo. La religión es precisamente lo que no puede dejarse fuera, porque lo incluye todo. Ni siquiera la persona más despistada puede meter sus cosas en una bolsa de viaje si se olvida de la bolsa misma. Tenemos una visión general de la existencia, nos guste o no. Altera o, por decirlo con mayor exactitud, crea e incluye todo lo que decimos o hacemos, nos guste o no. Si vemos el cosmos como un sueño, vemos la cuestión fiscal como un sueño. Si vemos el cosmos como un chiste, vemos la catedral de Saint Paul como un chiste. Si todo es malo, entonces deberemos creer (suponiendo que fuese posible) que la cerveza es mala; si todo es bueno, nos vemos obligados a llegar a la descabellada conclusión de que la filantropía científica es buena.
Todos los hombres de la calle deben contar con un sistema filosófico, y sostenerlo con firmeza. Es posible que lo hayan defendido con tanta firmeza y durante tanto tiempo que hayan olvidado su misma existencia. Esta situación es ciertamente posible; de hecho, es la situación que afecta a todo el mundo moderno. El mundo moderno está lleno de hombres que sostienen dogmas con tanta fuerza que ni siquiera saben que son dogmas. Puede decirse incluso que el mundo moderno, en tanto que cuerpo común, sostiene ciertos dogmas con tal fuerza que no sabe que lo son. Por ejemplo, puede considerarse dogmático, en ciertos círculos considerados progresistas, asumir la perfección o la mejora del hombre en otro mundo. Pero no se considera dogmático asumir la perfección o la mejora del hombre en este mundo, aunque la idea de progreso esté tan poco demostrada como la de inmortalidad, y desde un punto de vista racionalista, sea igual de improbable. Tampoco vemos nada dogmático en la inspirada pero asombrosa teoría de la ciencia física, según la cual debemos recabar datos por los datos mismos, incluso si nos parecen tan inútiles como ramas y pajas. Se trata de una gran y sugestiva idea, y su utilidad podría llegar a demostrarse; pero, en abstracto, resulta tan discutible como la utilidad de consultar oráculos o templos, de los que también se dice que tienen una utilidad demostrada.
Así, como no vivimos en una civilización que cree firmemente en oráculos o lugares sagrados, vemos la locura de todos los que se mataron para encontrar el sepulcro de Cristo. Pero al pertenecer a una civilización que cree en este dogma del hecho por el hecho mismo, no vemos la locura de aquellos que se matan para encontrar el Polo Norte. No hablo de una utilidad sensata y definitiva que es cierta tanto de las Cruzadas como de las exploraciones polares. Me refiero simplemente a que vemos la singularidad superficial y estética, la cualidad sorprendente de la idea de unos hombres que atraviesan un continente con sus ejércitos, a la conquista de un lugar en el que murió un hombre. Pero no vemos la singularidad estética y la cualidad sorprendente de unos hombres que mueren en medio de una dura agonía para encontrar un lugar en el que nadie podría vivir, un lugar que sólo interesa porque teóricamente es el punto donde se cruzan unas líneas que no existen.
Iniciemos, pues, un largo viaje y adentrémonos en una búsqueda horrible. Excavemos y busquemos, al menos, hasta descubrir nuestras propias opiniones. Los dogmas que en realidad defendemos son mucho más fantásticos y, tal vez, mucho más hermosos de lo que creemos. Me temo que, en el curso de estos capítulos, me he referido de vez en cuando a los racionalistas y al racionalismo, y lo he hecho de modo despectivo. Lleno de esa bondad que debe surgir al término de todo, incluso de un libro, me disculpo ante los racionalistas por llamarlos racionalistas. No lo son. Todos creemos en cuentos de hadas, y vivimos en ellos. Algunos, con más tendencias literarias, creen en la existencia de la señora vestida de sol. Otros, con un instinto más rústico, más travieso, como el señor McCabe, creen meramente en el mismísimo sol imposible. Algunos sostienen el dogma indemostrable de la existencia de Dios; otros, el dogma igualmente indemostrable de la existencia del vecino.
Las verdades se convierten en dogmas a partir del momento en que se discuten. Así, todo hombre que pronuncia una duda define una religión. Y el escepticismo de nuestro tiempo no destruye realmente las creencias, sino que más bien las crea. Les otorga sus límites y su forma simple y desafiadora. Nosotros, que somos liberales, defendimos alguna vez al liberalismo como obviedad.
Ahora se ha cuestionado y lo defendemos fieramente como fe. Los que creemos en el patriotismo, alguna vez creímos que el patriotismo era razonable y no le dimos mayor importancia. Pero ahora sabemos que no es razonable y sabemos que está bien. Nosotros, que somos cristianos, nunca nos dimos cuenta del gran sentido común filosófico inherente al misterio cristiano hasta que los autores anticristianos nos lo señalaron. La gran marcha de la destrucción mental proseguirá. Todo será negado.
Todo se convertirá en credo. Es una postura razonable negar los adoquines de la calle; será dogma religioso afirmar su existencia. Es una tesis racional que todos pertenecemos a un sueño; será sensatez mística asegurar que estamos todos despiertos. Se encenderán fuegos para testimoniar que dos y dos son cuatro. Se blandirán espadas para demostrar que las hojas son verdes en verano. Terminaremos defendiendo no sólo las increíbles virtudes y la sensatez de la vida humana, sino algo más increíble aún: este inmenso e imposible universo que nos mira a la cara. Lucharemos por prodigios visibles como si fueran invisibles.
Observaremos la imposible hierba, los imposibles cielos, con un raro coraje. Seremos de los que han visto y, sin embargo, han creído.

Notas
[1] )- Smith significa «herrero» en inglés. (N. del T.)
[2] )- The Smart Set. Revista literaria de periodicidad mensual que apareció en 1900 y siguió publicándose hasta 1929. (N. del T.)

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