
Tomado de La Editorial Virtual
iovanni Guareschi en realidad fue bautizado como Giovannino Oliviero Giuseppe Guareschi después de nacer un 1° de mayo de 1908 en Fontanelle di Roccabianca, Parma, Italia del Norte. A lo largo de su vida, Guareschi a veces resaltó la ironía de que a un hombre tan corpulento como él lo bautizasen con un diminutivo. Fue el hijo de un pequeño empresario y de una maestra.Sea como fuere, cuando Giovanni era todavía un Giovannino de pleno derecho y por causa de la profesión de su madre, pasó mucho tiempo de sus años preescolares al cuidado de su abuela materna. Fue de ella que aprendió muchas de las historias de las gentes del valle del Po. Luego, a la edad reglamentaria de 6 años, comenzó su escolaridad y todo fue bien hasta 1918 cuando su padre decidió que el buen estudiante habría de ser un ingeniero naval.
Giovannino fue, pues a la Escuela Técnica en dónde, según sus propias palabras: “Pasé un tiempo terrible tratando de entender lo que los instructores estaban enseñando, teniendo en cuenta el hecho de que, por mi parte, no tenía absolutamente ningún interés en lo que enseñaban”. Después de dos difíciles años, sus padres admitieron, por fin, que ésa no sería la carrera del hijo y Giovannino ingresó en un instituto de letras y humanidades en dónde comenzó a familiarizarse con los clásicos y a destacarse como uno de los mejores alumnos.
Por desgracia, Italia pasaba momentos económicamente muy difíciles por aquella época. Durante la década de los 1920 muchas familias se vieron ante severos problemas. Los Guareschi, lamentablemente, llegaron a la bancarrota total con el colapso financiero de 1926 y Giovannino tuvo que interrumpir sus estudios para trabajar y ayudar a la supervivencia familiar. Con el tiempo, sin embargo, terminó sus estudios secundarios e ingresó a la Universidad de Parma, pero tuvo que abandonar sin graduarse. Ejerció toda una serie de trabajos diferentes antes de establecerse como escritor.
Sus primeros éxitos los obtuvo en Milán. Allí colaboró con el semanario Bertoldo. Eran los años 1930 y comienzos de los 40, bajo el régimen de Mussolini y el ambiente político no era precisamente el más favorable para que Guareschi mostrara la vena de ironía política que lo caracterizaría muchos años más tarde. Sin embargo, sus dibujos caricaturescos y sus artículos en Bertoldo no carecieron de una fuerte mordacidad, nada simpática a las autoridades constituidas. No obstante, así y todo, aparte de sus trabajos publicados en el semanario, durante esta época publicó un libro de dibujos y varias novelas.
En 1940, con la Segunda Guerra Mundial ya envolviendo a Europa, Guareschi se casó con Ennia Pallini y tuvo su primer hijo, Alberto. Tres años más tarde, a pesar de que había ya cumplido con el servicio militar obligatorio y su mujer estaba esperando su segundo hijo, fue llamado nuevamente a las armas. Pero, a poco de haberse presentado y enviado al frente, tanto él como miles de otros italianos terminaron siendo víctimas de un casi increíble capricho del destino.
Al principio pareció que los eventos podrían serle favorables. Mussolini fue derrocado y el nuevo gobierno italiano firmó un acuerdo para el cese de hostilidades. Pero los soldados italianos del frente, en lugar de volver a casa, fueron prácticamente abandonados a su suerte. Sus aliados alemanes, no sabiendo en realidad muy bien qué hacer con ellos, les dieron la oportunidad de unirse al ejército alemán. Quienes rechazaron la oferta fueron internados en campos de prisioneros en calidad de “internados militares”; una denominación que a los efectos prácticos los colocaba en una especie de limbo jurídico ya que, al no ser “prisioneros de guerra” en un sentido estricto, la Convención de Ginebra no amparaba su cautiverio. Sufrieron mucho. Guareschi perdió la mitad de su peso normal. Más tarde resumió el secreto de su supervivencia en una frase que llegó a hacerse famosa. Se juró a si mismo: “No moriré ni aunque me maten.”
Pasó dos años internado por los alemanes y la experiencia lo marcó para toda la vida. Aún prisionero, nunca dejó de escribir ni de dibujar. Registró sus melancólicas reflexiones en su diario personal y compuso obras divertidas para levantar la moral de sus compañeros de infortunio.
Cuando la guerra terminó, su esperanza más ferviente consistió en que hombres como él y como sus compañeros internados, participasen activamente en la construcción de una nueva Italia. En el campo de prisioneros habían demostrado que, a pesar de carecer de toda clase de comodidades y posibilidades materiales, era posible crear un entorno civilizado y hasta culto. Esa experiencia bien podría trasladarse a la Italia entera y, con esa esperanza, Giovanni Guareschi regresó a casa.
Vuelto a Milán en 1945 se dedicó a recuperar fuerzas y a restablecer su presencia literaria. El Bertoldo había desaparecido con la guerra pero Guareschi reagrupó a los que quedaban del antiguo equipo y salió al combate con una nueva publicación: el Candido. Al igual que su antecesor, el Candido traería en sus páginas obras literarias, dibujos, caricaturas y comentarios. Pero con una diferencia importante: esta vez la orientación hacia la crítica política fue abierta y directa.
Y había muchos temas a tratar. La situación política italiana hacia el final de la guerra era poco menos que caótica. Formalmente, el país se había retirado del conflicto pero, la paz no se estableció en forma inmediata. El lugar de la guerra externa lo ocupó rápidamente una feroz lucha política interna. Incluso cuando el nuevo gobierno italiano se estableció en Roma, en 1943, el derrocado Mussolini y algunos de sus partidarios establecieron un gobierno paralelo en el Norte. Grupos rivales, mayormente compuestos por comunistas y socialistas, surgieron para combatir y desplazar a los fascistas remanentes, pero de ninguna manera todos estos grupos tenían el mismo objetivo. Desaparecido el fascismo, no tardarían en pelearse entre ellos.
Entre las cosas importantes a decidir en Italia después de la Segunda Guerra Mundial se encontraba el destino de la monarquía que hasta ese momento, al menos nominalmente, había regido al país. Un referéndum llevado a cabo en 1946 convirtió al Reino de Italia en la actual República Italiana. Guareschi y su publicación habían apoyado, sin éxito, la causa monárquica, pero los acontecimientos forzaron al Candido a seguir en la lucha. Dos años más tarde la nueva república realizaría sus primeras elecciones generales y Guareschi puso sus habilidades propagandísticas al servicio de su segunda mejor opción: los demócrata-cristianos. De ellos esperaba que, al menos, mantuviesen a Italia fuera de la órbita de los comunistas de Stalin, y esta vez tuvo mejor suerte. En 1948, Alcide De Gasperi con su Partido Demócrata Cristiano derrotaba a los comunistas en las elecciones nacionales; una victoria en la cual la participación de Guareschi se consideró decisiva.
La batería de herramientas que Guareschi utilizó para poner a De Gaspieri en el poder estuvo constituida por dibujos, lemas políticos, editoriales . . . y un libro.
El libro se titulaba “Mondo piccolo: Don Camilo” y era una colección de historias publicadas en el Candido que relataban en clave de humor las desventuras del pintoresco cura párroco de un pequeño pueblo del Norte italiano que está obligado a vérselas con el hecho de que el alcalde de la población es un furibundo comunista. En su casi imposible gesta contra el “camarada Peppone”, Don Camilo, el curita audaz y poco convencional, es asistido nada menos que por el Cristo del altar con el cual establece frecuentes y muy francos diálogos.
Si bien las historias de Don Camilo, en un sentido estricto, pertenecen al ámbito de la ficción, reflejan sin embargo una situación muy real. Y, más allá de eso, más allá de satirizar los exabruptos de una izquierda más verborrágica y declamatoria que real, cada episodio trasluce un fondo de genuino cariño y comprensión hacia absolutamente todos los personajes ilustrados. Seguramente esta estupenda y muy bien equilibrada mezcla de crítica satírica y benevolente humanismo fue lo que convirtió al libro no sólo en una poderosa herramienta de propaganda sino en un best seller internacional.
El considerable éxito obtenido, sin embargo, no cambió a su autor. Siguió utilizando las páginas del Candido no solamente para criticar al comunismo italiano sino que, con el tiempo, incluso puso bajo la lupa a “su” propio partido cuando éste se desvió de los objetivos que todos habían esperado. Lo importante es tener en cuenta que, en la Italia de postguerra, esto no carecía de serios riesgos desde el momento en que la crítica abierta a funcionarios del gobierno se hallaba prohibida por ley. Pero, a pesar de que Guareschi provocaba y hasta irritaba a importantes figuras a derecha e izquierda del espectro político, Don Camillo y Peppone – tanto desde el libro como desde el cine – siguieron deleitando a un público cuyo espectro iba desde campesinos hasta a Papas. Porque, con el tiempo, los personajes saltaron del papel a la pantalla en una serie de películas con Fernandel y Gino Cervi como intérpretes principales.
Pero la política no fue la única pasión de Guareschi. La otra fue su propia familia. En otra serie de historias, relatadas con el mismo buen humor y el mismo cariño, relató las aventuras y desventuras de una familia italiana, tomando a la suya propia de modelo.
Hacia principios de los 1950 los Guareschi se mudaron al pueblo de Roncole Verdi dónde construyeron una casa diseñada por el propio jefe de familia. Si bien la idea fue la de alejarse de la gran ciudad, no por ello significó una retirada de la arena pública. En un estudio, especialmente previsto en el diseño de la nueva casa, siguieron naciendo continuos aportes al Candido.
Y en 1954, los burócratas de la partidocracia italiana se cobraron su venganza. Guareschi había publicado cartas intercambiadas durante la guerra entre Alcide De Gasperi (el mismo al que había ayudado a acceder al poder) y el comando británico. En ellas, De Gasperi instaba a los Aliados a bombardear a Roma a fin de desmoralizar a los colaboracionistas alemanófilos y acelerar el fin de la contienda. Por supuesto, De Gasperi negó la autenticidad de las cartas y los jueces italianos, muy convenientemente, le creyeron y fallaron en contra de Guareschi. Pero, convencido de la autenticidad de sus fuentes, el condenado no se retractó y la corte lo envió a prisión.
Estuvo en ella más de un año – 14 meses – y, según su propio testimonio, aquello fue peor que el Lager alemán. Al principio ni siquiera le permitieron escribir y tuvo que pasar los días realizando actividades intrascendentes y rutinarias.
Una vez liberado, con el tiempo empezó a tener problemas de salud. A partir de 1956 pasó varios meses en Suiza y, al año siguiente, renunció al puesto de director de Candido aunque siguió contribuyendo artículos y hasta comenzó con una actividad nueva: compró un café en la localidad de Roncolle y la regenteó él mismo.
A principios de los años 1960, sin embargo, su actividad mermó, En 1961, la empresa que había publicado el Candido durante 15 años finalmente tuvo que ceder a la presión política de la izquierda y cesó de aparecer. Fue un duro golpe para Guareschi y, en 1962, sufrió su primer infarto cardíaco. La recuperación llevó su tiempo. Golpeado, pero no derrotado, el hombre expandió su otro negocio y, en 1964, le agregó un restaurante al café original. También continuó escribiendo por supuesto, pero gran parte de sus últimos trabajos están fuertemente teñidos de melancolía. Sentía que la nueva Italia no estaba desarrollándose nada bien. Aún después de que la ofensiva comunista amainó en los años posteriores a Stalin, los espectros gemelos del Modernismo y la Opulencia (con el apéndice del Permisivismo unido a ésta última) se levantaban oponiéndose a la clase de sociedad con la que habían soñado muchos en los días inmediatamente posteriores al fin de la Segunda Guerra Mundial.
La voz de Giovanni Guareschi se dejó de oír a causa de un infarto cardíaco fatal el 22 de julio 1968. Tenía tan sólo 60 años y lo principal de su carrera había durado tan sólo 20.
Pero sus obras siguen hablando y seguramente lo seguirán haciendo por mucho tiempo más. Porque hay en ellas dos cosas que merecen la inmortalidad. Por de pronto, esa sabiduría profunda que nos hace capaces de reírnos del absurdo aún cuando al final terminemos teniendo que reírnos de nosotros mismos y – simultáneamente – la para nada menor sabiduría de mirar al mundo con cariño para poder luego emitir la única crítica que vale la pena: la que se hace con amor.