sábado, 27 de junio de 2009

Estudio preliminar a la Antología de Vázquez de Mella (1)






por D. Rafael Gambra Ciudad









ntre las primeras figuras del pensamiento o de la política, hay hombres llamados a participar –como protagonistas o como inspiradores- el los grandes hechos de la Historia; otros, en cambio, parecen destinadossólo a mantener el fuego sagrado de un ideal o de una misión, a transmitir de una a otra generación laantorcha encendida de una ilusión de un espíritu.

Vázquez de Mella perteneció claramente a estos últimos. Entra en la vida pública española después de la segunda Guerra Carlista, cuando los ideales que habían animado a aquel gran movimiento de rebeldía popular parecían asfixiarse bajo el peso de la derrota, y de la ruina de mucho hogares, del ansia de paz y de olvido.

Su vida política se extiende a lo largo de aquel enervante período que va desde la restauración de Sagunto hasta la caída definitiva de la monarquía constitucional, época de la amarga crisis nacional de 98 y de los impulsos regeneradores por vía europeizante. Su muerte (1928) se produce en la última parte de la Dictadura, es decir, antes de la gran eclosión de sentimiento españolista y tradicional que provocó la segunda República, y se culminaría con el Movimiento Nacional. No conoció, pues, aquella magnífica delimitación de campos en la que el espíritu cristiano contrario a la Revolución dejó de ser meramente conservador, anémicamente liberal, para abrazar por entero las ideas de que él fue cantor y apóstol, ideas que quizá llegara a juzgar, en sus momentos de desaliento, confinadas ya a una minoría ininfluyente. No le fue dado conocer ni las ilusionadas esperanzas de la segunda Corte de Estella, ni la increíble realidad de revivir, en pleno siglo XX, otra guerra en la línea de las carlistas, coronada ahora por una victoria que esperaron cinco generaciones de españoles leales.

Sin embargo, hoy, a los sesenta años de su entrada en la vida parlamentaria, puede apreciarse el extraordinario papel histórico que cumplió su obra.

La revolución de 1868, que derribó la monarquía isabelina, fue el primer movimiento revolucionario en que hubo una participación del pueblo español, y tuvo, por tanto, una cierta significación social. En él se revelaron los primeros y amargos frutos de lo que llamó Menéndez Pelayo "dos siglos de sistemática e incesante labor para producir artificialmente la revolución aquí donde nunca podía ser orgánica". Hasta entonces, la revolución había sido en España obra de minorías intelectual y volitivamente extranjerizadas, ajenas en todo caso al sentir y a las necesidades reales de las clases populares enraizadas en la nación. La revolución del 68 con el subsiguiente ensayo de una monarquía electiva y la anárquica época republicana, pusieron de manifiesto la grave crisis institucional y moral que habían producido cuarenta años de liberalismo. Entonces, el Carlismo, que llevaba años sesteando en el recuerdo de las pretéritas glorias castrenses, volvió a presentarse a los ojos de todos como la sola esperanza de orden y unión. Un extenso grupo de pensadores adscritos al movimiento neocatólico -Villoslada, Manterola, Gabino Tejado, Aparisi Guijarro- advienen entonces al Carlismo y emprenden una campaña en la que éste deja de aparecer ante la opinión como una supervivencia política, para convertirse en bandera de restauración nacional. Gentes de todas las tendencias antirrevolucionarias y católicas engrosan las filas del Carlismo o vuelven a él sus miradas esperándolo todo del estallido de la guerra en el Norte. Una circunstancia más vino a hacer aquella coyuntura especialmente propicia para la causa del tradicionalismo: la proclamación como rey del tercero de los Carlos en el destierro -Carlos VII-, uniría a las más prometedoras condiciones personales, una convicción y un entusiasmo sin límites.

La guerra, sin embargo, demasiado localizada y falta de reservas, resultó nuevamente adversa para los carlistas, a pesar de sus innumerables e insospechadas victorias. Los cuarenta años de régimen constitucional tampoco habían pasado en balde a los efectos de crear extensos intereses privados, familiares y profesionales que nada bueno podían esperar de una restauración legitimista. El espíritu burgués y acomodaticio no tardó en abandonar la causa carlista en cuánto vislumbró una restauración liberal-conservadora en la figura de Alfonso XII.

Con la derrota final sobrevinieron los momentos más críticos para la supervivencia del Carlismo. Al desaliento que sigue a un largo sacrificio de vidas y haciendas hubo de unirse la hábil gestión conciliadora de Cánovas del Castillo, alma de una restauración cuyo programa fué una unión nacional bajo una nueva monarquía liberal.

Este ensayo, cuando los ánimos sufrían la decepción de la derrota y el anhelo de paz, parecía que iba a lograr en España una mansa consolidación del régimen constitucional. Ello importaría en la realidad el triunfo de aquel escepticismo y atonía nacionales que, impasibles a la pérdida los últimos restos de las Españas de Ultramar y de nuestro prestigio exterior, habrían de cuajar, como fruto de amargura, en la generación del 98.

Y, lo que es más grave, se corría el peligro de que ese tradicionalismo español consciente y actuante, que hasta entonces se había encarnado en la epopeya popular del Carlismo, quedase reducido a una estéril fuente de moderantismos en el seno de aquel artificioso ambiente doctrinario.

Tal fué el escenario humano e histórico que el destino había reservado a Mella. El no llegó al Carlismo por tradición familiar -la influencia de su padre era hostil a ello-, ni por reflexión o madurez de la edad, sino por esa convicción sincera y abierta que puede surgir en la primera juventud, la edad de las posturas íntegras y generosas. Sus primeras armas las hizo en un periódico tradicionalista de Santiago -El Pensamiento Galaico-, por los años de 1887 a 90. Cuando Llauder fundó El Correo Español en Madrid, se fijó en la figura del joven periodista asturiano y lo presentó como una nueva esperanza. Navarra lo eligió Diputado a Cortes a los veintinueve años. A partir de ese momento la elocuencia de Mella, movida de la convicción y del amor, entusiasmó al pueblo carlista, en los momentos más difíciles para la supervivencia del tradicionalismo en su concreción de partido o Comunión. Mella no sólo lanzó en aquel tiempo el grito de aún vive el Carlismo, sino que fue el gran sistematizador y expositor del conjunto de las ideas políticas y sociales que entrañaba nuestro régimen tradicional, de las que realizó una luminosa síntesis, logrando presentar ante aquella generación un todo coherente de ideas extraídas del difuso elenco del tradicionalismo, hasta entonces más sentido que comprendido.

Dos grandes aspectos hay que considerar en la figura y en la obra de Vázquez de Mella: el orador y el pensador político.

* * *

El primer aspecto es, sin duda, el más importante desde el punto de vista de su misión histórica inmediata y popular. El segundo aspecto, es decir, la obra intelectual del mantenimiento de una conciencia tradicionalista fue compartida con Menéndez Pelayo, la extraordinaria figura de la cultura española en la época que media entre las dos últimas guerras de España. Sin embargo, como he destacado en alguna ocasión (1), el hecho característico y diferencial del tradicionalismo español, que lo hace especialmente apto y fecundo para una verdadera restauración nacional, es su profundo arraigo popular, su asiento en una zona de las clases populares. En la conservación de este espíritu popular y en su supervivencia a la derrota de 1876 y al período canovista tiene una parte esencialísima la palabra cálida, arrebatadora, henchida de fe y de sinceridad, de Vázquez de Mella.

(1) Rafael Gambra, La Primera Guerra Civil de España, Escélicer, Madrid, 1950
La oratoria, como la poesía, debe poner al hombre en contacto con las cosas mismas: el orador, además de sus ideas, debe trasmitir a su auditorio el espíritu, el aliento inspirador que las anima. El auditorio debe entrar en contacto con el mundo de valores y de impulsos que mueven la voz del orador. "Por eso -dice Pemán-, fué Mella pura y perfectamente orador. Porque trajo la oratoria a su verdadero terreno de conciencia viva de un pueblo... Y fué fiel ciertamente al don de Dios. Se mantuvo en su puesto y cumplió su misión. No gobernó nunca..(2)". A Mella, en efecto, le fué ofrecida una cartera de Ministro en dos ocasiones: una, en sus mocedades, en los ensayos unionistas de Cánovas; otra, al final de su vida, en el Gobierno nacional que presidiría Maura. En ambos casos, rehusó. Nunca escuchó el fácil canto de sirena que le comprometería en una fórmula circunstancial de transacción, que, si en algún caso puede ser lícita, no lo era para quien tenía la alta misión de salvar para el mañana la continuidad y el entusiasmo de unas posiciones íntegras.
(2) José María Pemán, Prólogo al tomo II de las Obras de Mella

Su labor oratoria fue extraordinariamente difícil, casi insuperable: en un parlamento divorciado de la verdadera realidad nacional, entregado generalmente a minúsculos doctrinarismos, El se levantaba para impugnar el significado político de todos aquellos grupos y también al propio parlamentarismo; para salirse de la cuestión remontándose a principios que eran una condenación fundamental y sangrienta de cuanto allí se propugnaba; para remover la conciencia religiosa y patriótica de aquellos hombres, quizá en los momentos de su vida más ajenos a tales sentimientos. En estas condiciones, sólo que se le tolerase hubiera sido maravilla.

Pero Mella consiguió que se le escuchase en suspenso, que toda la Cámara, por un momento, viviese aquel impulso de inspiración, que los diferentes partidos depusieran por un instante sus antagonismos para aplaudir unidos al cantor de la común tradición patria.

Su espíritu atraía por su sana sencillez casi infantil, por la abierta sinceridad de sus convicciones. A nadie como a él se le hubiera podido aplicar la definición que Quintiliano daba del orador:
vir bonus dicendi peritus.

La elocuencia de Mella sirvió a este fin general de presentar ante aquella generación, de una forma vívida y cordial, la fe de sus mayores manteniendo vivo su espíritu y su entusiasmo; pero, además, prestó tres grandes servicios a la vida de la patria, con motivo de otras tantas coyunturas históricas de su tiempo.

Ante todo, en la ocasión tristísima de la guerra de Cuba y Filipinas. Mella denunció, antes de su estallido, la corrompidísima administración española en la isla de Cuba; y durante aquella torpe y claudicante acción bélica, exigió de los gobiernos una aptitud digna y responsable, destacando con toda claridad ante el Parlamento el radical divorcio entre la verdadera voluntad nacional y el oscuro juego de aquella trama caciquil y parlamentaria, única culpable del desastroso fin.

En segundo lugar, ante el desaliento nacional del 98 y frente a las tendencias europeizantes, Mella realizó ante la conciencia española una labor paralela y complementaria a la de Menéndez Pelayo. Como el polígrafo santanderino en un plano erudito, presentó Mella ante el pueblo y en el Parlamento una interpretación total de nuestro pasado y de nuestra cultura, de la que se desprendían los motivos de un patriotismo superior al de la generalidad de los pueblos por fundarse en la constante y sacrificada lealtad a una fé religiosa. Por último, ante la gran catástrofe europea de la Guerra del 14, frente al mimetismo aliadófilo de los liberales, Mella sostuvo una postura germanófila basada en motivos históricos y patrióticos, que contribuyó en alto grado al mantenimiento de nuestra neutralidad.

* * *

Pero si la figura de Mella tiene como orador esta profunda significación histórica, no la tiene menor su posición intelectual. A Mella no se le puede situar en una corriente ideológica porque no era, en absoluto, lo que hoy se llama teórico o un intelectual. A pesar de su espíritu sistematizador, su obra fue brote espontáneo de un impulso creador y, como toda obra maestra, no exenta de los defectos inherentes a lo, en cierto modo, improvisado; pero con la virtud única de lo que es fruto de la inspiración. Por eso es imposible asignar a Mella precedentes científicos; él no poseía, quizá, una extensa erudición contemporánea: bebió, simplemente, en el mejor manantial de las esencias patrias y, movida su voluntad a la vez que penetrada su inteligencia, supo a un tiempo cantar poéticamente y exponer intelectualmente. Mella no escribió apenas fuera del periodismo, ni siquiera volvió sobre su obra para corregirla: su vida fue un presente continuado hasta la muerte.

Mucho debió Mella, como ambiente y como inspiración, a los clásicos del tradicionalismo español, especialmente a Donoso y Balmes; pero la obra de trabar en su sistema total y coherente el mundo de ideas del tradicionalismo político estaba reservado al joven periodista asturiano que, además, sabría presentarlo ante su época de un modo nuevo y sugestivo: no como un partido o escuela política, sino como el alma misma de la Patria de la que representa la continuidad y pervivencia. Ello, unido a su elocuencia, determinaría el milagro de un gran resurgimiento del Carlismo precisamente en los momentos en que atravesaba la tremenda crisis de la segunda guerra perdida.

Desde la época en que cayó el antiguo régimen -el reinado de Fernando VII- quizá la más clara autoconciencia de lo que representó el orden tradicional corresponda a la concepción de Mella a lo largo de su vida oratoria y periodística. Los primeros realistas y carlistas -la época de la primera guerra y de Balmes conocieron sin duda de un modo más directo y vívido el ambiente y el medio tradicional, pero no poseyeron la clara conciencia de cuanto aquella representaba, de los supuestos en que se apoyaba, de su ensamblaje con el pasado español, de lo que era fundamental y lo que era accesorio. Defendían una realidad vivamente sentida frente a unas ideas que reputaban heréticas y extranjeras. Mella, en cambio, ve en los atisbos geniales, en intentos formidables de visión general, la síntesis profunda de fe y de vida, de filosofía política y de historia, que constituye el orden tradicional, la gran realización política de nuestra vieja Monarquía. Incorpora a su concepción el espíritu medieval, forja la teoría de las coexistentes soberanías social y política, la de la soberanía tradicional para la concreción del poder; la idea, por fin, de la tradición en su sentido dinámico, cuyo alcance no ha sido todavía plenamente valorado...

Posteriormente a Mella, en los últimos treinta años, se ha operado un proceso de olvido, de fragmentación y de idealización en el conjunto de ideas políticas que integran el sistema tradicional español. Sentimientos tan arraigados en el alma española como el monárquico o el foral de determinadas regiones van siendo desconocidos para las nuevas generaciones; multitud de pequeños movimientos construyen su credo y su verdad sobre fragmentos aislados del pensamiento tradicionalista; y, al mismo tiempo, éste se convierte para una extensa opinión en algo utópico, irrealizable, útil sólo para construir párrafos líricos y remover el patriotismo en momentos en que es necesaria la unión. Si el tradicionalismo de la primera mitad del XIX se hallaba demasiado envuelto por la historia concreta, la tradicional todavía es una realización imperfecta, el tradicionalismo actual de este siglo se encuentra desarraigado de los hechos, de las concreciones reales y viables, envuelto en las brumas de un recuerdo lejano e idealizado. Entre ambos momentos aparece Mella como un punto luminoso, tradicionalista y carlista, es decir, político teórico y político histórico.




Para volver a El Cruzamante haga click sobre la imagen del caballero