domingo, 2 de agosto de 2009

Semblanza de Víctor Pradera



por D. Tomás Domínguez Arévalo, Conde de Rodezno



Tomado de Obras Completas de Víctor Pradera,
T I, págs. 66-69
Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1945








ara la nueva edición de El Estado Nuevo, el postrer libro de Pradera, se me hace el honor de pedirme unas lineas. Tarea fácil y difícil a un tiempo. Fácil cuanto suponga el abandono sentimental al recuerdo del amigo inolvidable, mártir de España y de la causa católica; inasequible a mi empeño, si pretendiese disertar sobre su labor ingente de pensador y de apóstol. Me abandono, pues, a lo primero.

Fue Víctor Pradera uno de los hombres que más influyeron en el desenvolvimiento de mi modesta vida política. Algunos años mayor que yo, los suficientes para considerarle como maestro, no sólo en orden a merecimientos, sino por la delantera que me llevaba en cargos públicos e historia política, pero no los suficientes para que la diferencia de edad excluyese la cordial confianza y el íntimo compañerismo, todas mis actuaciones giraron frecuentemente ligadas a las suyas, a lo que contribuía también el paisanaje. Fue Pradera figura nacional, y gran figura nacional pero tuvo en Navarra y en las Vascongadas su máxima representación. Por ello, la Revolución, que no perdona, le eligió como víctima señera en su propia tierra, en aquella tierra vasca, que él navarro de corazón y de nacimiento, vasco de residencia, había conmovido tantas veces con el verbo encendido de hispanidad flagelando a los que prostituían las conciencias y los sentimientos tradiclonales del país con las morbosas lucubraciones del impropiamente denominado nacionalismo vasco, proterva concepción de cerebros cien veces malditos, que en Pradera tuvo su más eficaz adversario.

Cuando yo era estudiante, Pradera, muy jóven aun pero ya ingeniero de Caminos y abogado, era diputado a Cortes por Tolosa. Los estudiantes carlistas de aquella época nos formamos en el espíritu de aquel diputado vascongado que a veces en el Congreso sostenía solo con el tesón que siempre le caracterizó los principios tradicionalistas. Todo ello en aquella época en que la ola liberal envolvía al mundo y todo lo arrollaba, bien distinta a ésta de los últimos años, cuando el ser tradicionalista casi se puso de moda, por haber ya dado las premisas liberales el fruto natural de sus consecuencias.

No había aparecido aún el nacionalismo vasco en forma de partido actuante y extendido. Recluída aún la semilla venenosa en la mente de Sabino Arana y unos pocos secuaces, las campañas de Pradera, cuando juntó a él comencé a luchar, eran apasionadas contra el liberalismo político y anticlerical que el caudillaje de Canalejas superpuso sobre el gobierno de España.

Pradera fue por entonces el guia de la juventud tradicionalista. Y no digo de la juventud católica, porque en aquellos tiempos de confusión era típica la división de los católicos en apasionadas disputas sobre la tesis y la hipótesis, y hasta sobre la interpretación de documentos de autoridad.

Pradera no era, como éramos otros, de familia de abolengo tradicionaltsta. Vino al Tradicionalismo—¡cuántas veces me lo contaba!—por convencimiento, sobre los libros, por imperativo de aquella lógica formidable que era su principal característica. Su tradicionalismo era el fruto de una persuasión inconmovible. La adquirió de niño y le acompañó hasta la muerte. Y lo mismo su carlismo. Una de sus características más acusadas era su convicción legitimista. No fue nunca monárquico por capricho ni por adscripción personal. La Monarquía, en su sentido abstracto, era para él la forma de gobierno superior, por la armonía y unidad que da a las funciones del Poder. Con vistas a la realidad española, era la que cuadraba a su tradición histórica y a su constitución interna. Y, dentro de la Monarquía, la legitimidad de origen, conjunta con la de administración o ejercicio, era el único Poder soberano que encontraba adecuado. Por eso le oí decir muchas veces que, al oír gritar «¡Viva el Rey!», pensaba siempre en el magnífico contenido doctrinal de este aspecto de nuestro lema.

Al comenzar la segunda decena del siglo en curso, las condescendencias claudicantes de los Gobiernos liberales y su falta de comprensión para las sanas soluciones regionallstas que siempre propugnó el Tradicionalismo español, hicieron que el virus separatista se extendiese por el País Vasco con intensidad corrosiva. Pradera, que por entonces residía en San Sebastián, apartado de las tareas parlamentarias, fue el campeón más resuelto, él más esforzado caballero que salió a la palestra por su dama : España. Era resueltamente regionalista, sustantivamente regionalista, y, por ello, resuelta y sustantivamente antinacionalista a la manera secesionista. Sus discursos y conferencias, su continuo batallar en reivindicación de la tradición y del sentir españolisimo del pueblo vasco, llenó un período inolvidable para los que le vivimos y un depósito de doctrinas y concepciones incontrovertibles.

Navarra, la hermana mayor de las Vascongadas, como él decía, se salvó del tóxico nacionalista. El formidable sentido político que fue siempre proverbial en aquel antiguo Reino hizo que el nacionalismo encontrase fuerte dique en la hombría de bien y clara visión de los navarros. Y Navarra, en 1918, momento elegido en la iniciación de los desvaríos estatutistas, confirió a Pradera su representación en el Parlamento. Culminó entonces su actuación. Pocas veces la tribuna parlamentaria alcanzó mayor brillo ni emoción más honda. Una anodina, pero sectaria, minoría vasca, reforzada por la numerosa y bien preparada representación catalana, avanzaba en un proceso de desnacionalización de España. El Gobierno liberal y su mayoría en la Cámara no resistían la embestida, aun cuando muchos de sus componentes la repugnaban. La minoría tradicionalista, escasa en número, pero contando con la voluntad y el verbo incomparable de Pradera, fue la única representación política que mantuvo el verdadero pensamiento español.

Porque Pradera no combatía las utopías separatistas con las fáciles declaraciones del liberalismo centralista. Su sólida formación tradicionalista, de hondas raíces filosóficas y su cultura histórica, le hacían sentir fuertemente las autarquías regionales que, lejos de desvirtuar, vigorizan aún más la unidad intangible de la Patria. Nadie como él defino y delimitó los fines nacionales y los los regionales sin confusión posible. Cambó, acostumbrado al fácil caminar en el ambiente parlamentario, propicio a todas las claudicaciones, encontró en él por primera vez, un formidable adversario: él resto de los diputados de sentir patriótico acogían con halago y emoción las encendidas oraciones de Pradera; y así, en medio dé una Cámara que por uno u otro concepto le era hostil, fue el eje de aquella etapa parlamentarla. Su oratoria era peculiar e inconfundible. La energía, más que la elocuencia, la caracterizaba. Apedreaba con las palabras cortadas y medidas. Era la forma que correspondía a su pensamiento lógico y rotundo.

La Dictadura, a su advenimiento, en 1923, utilizó los servicios de Pradera más en consejos e informaciones doctrinales que en cargos públicos, a los que, como hombre formado en la oposición, era poco dado, y para los que la independencia de su carácter y hasta lo arrebatado de su temperamento constituían más bien noble impedimenta que cualidad propicia. Sólo ejerció el de miembro de la Asamblea Consultiva, y aun hubo de renunciarlo cuando, avanzado ya aquel régimen, se considero incompatible con ciertos acuerdos legislativos.

La explosión revolucionarla de 1931 marca el punto de iniciación de su máxima actuación política y cultural. Para hombre de tan intenso patriotismo y de tanta reciedumbre dortrinal la quiebra espiritual que suponía el advenimiento de la República anticatólica y socialista había de ser enorme. Pero lo esforzado de su ánimo y su temple de luchador encontraron en aquellos años, de reciente e infausto recuerdo, ancho márgen al desenvolvimiento de sus actividades. Pradera fue un guía de la acción y del pensamiento de la contrarevolución.

Con Maeztu, con Pemán, con Sáinz Rodríguez y tantos otros alfiles de la intelectualdad antirevolucionaria, vivió los cinco años malditos sin más anhelo que la salvación de España. ¡Y con qué fe! En Acción Española, la Sociedad cultral de mayor eficacia tradicionalista en orden al pensamiento, su labor de escritor y conferenciante era notable. Lo mismo su apostolado por los pueblos y ciudades de España, sobre todo a partir de la constitución del Bloque Nacional, organización política de la que él, con el malogrado e inolvidable Calvo Sotelo, ¡otro mártir de España!, fué verbo señero.

En su libro cumbre, El Estado Nuevo, volcó Pradera todo el fruto de su gran cultura política, histórica y filosófica al servicio de su preocupación patriótica. El Estado Nuevo, nuevo en fuerza de ser viejo, era para él el Estado católico y monárquico español, el Estado histórico y tradicional, acoplado a las realidades presentes. Este libro de Pradera y el de La Hispanidad, de Maeztu, constituyen la concreción más exacta del pensamiento político español y los exponentes más acusados de la contrarrevolución en el plano intelectual. Pradera, en España, como Maurras, en Francia, era como una antorcha siempre encendida sobre el altar de la Patria.

En estos días dramáticos, pero de anchos márgenes a la esperanza reconstructora de nuestra España las páginas de El Estado Nuevo ofrecen un aliciente mayor. La perspectiva salvadora para el enfoque del Estado regenerador se encuentra luminosa y completa en sus concepciones.

Dios Nuestro Señor no ha querido que su autor, sabio y gran patriota, gozase del espectáculo, que para él sería incomparable, de ésta magnífica reacción espiritual que prepñara la segura regeneración nacional, y nos ha privado de su preciada cooperación. La crueldad roja y separatista supo seleccionar bien entre sus debeladores y destruyó su vida noblísima cuando más necesaria era á la Patria qve amó tanto. Lo mismo que Calvo Sotelo, que Honorio Maura, que Beúnza, tal vez Maeztu—cuya suerte nos despierta grandes inquietudes a la hora en que estas líneas se escriben—, lo mismo que tantos otros que, en mayor ó menor proporción, son pérdidas irreparables para el futuro español.

La Providencia Inescrutable siempre en sus designios, tal vez no ha querido que la salvación de España se deba a los hombres en quienes más se confiaba. Los caminos de Dios ¿quién los percata? Pero el sacrificio de sus vidas y su labor de precursores aureolada por el martirio, ¡ lo más fecundo en lo humano !, tiene una virtualidad imponderable.

Así el recuerdo de Pradera y de su obra se extiende cómo proyección luminosa sobre lo por venir.

Tomás Domínguez Arévalo,

Conde de Rodezno


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