
por D. José María Pemán
Tomado de Obras Completas de Víctor Pradera,
T I, págs. 64-66
Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1945

ocos hombres cumplieron, como Víctor Pradera, de un modo tan íntegro y total, la función para la que parecían colocados en la vida. Dios le había destinado indudablemente, como en general a la Comunión Tradicionalista de España, para una misión de conservación y traslado del tesoro tradicional patrio, al través de unos tiempos de deserción y olvido. El fue, con los Nocedales, Menéndez y Pelayo, Aparisi, Mella, una de las piedras fundamentales de ese vado por el que la Tradición logró pasar el río del Siglo revolucionario y llegar a esta orilla donde ahora se remoza y solea.
Víctor Pradera adecuó su espíritu de un modo pleno y sumiso a esa misión, que como era de conservación y custodia con vistas a eficacias futuras y no de momento, requería integridades inflexibles, y no acomodaciones y contemplaciones. Para el cumplimiento de su misión le bastó a Víctor Pradera poner toda su pasión en la Verdad íntegra, plena y rectilínea, sin la más leve lima ni redondeo en la acritud de sus aristas. Como no pensaba encajarla, de momento, en el convencionalismo de la vida activa y ordinaria, no tenia por qué aminorar su tamaño ni recortar sus perfiles. Asi como él la concebía, la adoraba, en toda su magnitud, encajaba perfectamente en el espacio puro del pensamiento, único sitio donde, como en un sagrario, la tenía él puesta, en espera de que le limpiaran y barrieran el altar de la Patria para que fuera digno de que la trasladaran a él.
Para Víctor Pradera no existía más que una forma de honradez mental, de caballerosidad intelectual, que era la Lógica. Rendía a la Lógica un culto semejante al que se rinde al honor. Quebrarla, torcerla, paliarla simplemente, le parecía traición mental. Yo le recuerdo en un bánquete de Acción Exnañola, en San Sebastian, en plena República intransigente y persecutoria. El delegado de la Autoridad, antes de comenzar el banquete, nos había pedido a los oradores moderación y prudencia. El la había prometido de muy buena fe. Luego, llegada la hora, se había puesto a brindar, como él sólo sabia hacerlo, construyendo ciclópeamente, a manotazos sobre el mantel, un inflexible encadenamiento de ideas lógicas, que iban naturalmente a desembocar en la unidad católica, en el Rey y en el golpe de Fuerza. Ya iba por esas alturas de su oración, congestiva la cara, hinchada la vena de la frente, cuando comenzaron a funcionar los teléfonos, y el delegado, de orden del Gobernador civil, trató de suspender los discursos. Recuerdo el asombro casi ingenuo con que Pradera recibió la orden y la casi aniñada seriedad con que replicó al delegado :
—Pero ¿no era lógico cuanto yo iba diciendo?
Para él estaba todo dicho con eso. Su honrada pasión por la Verdad no le dejaba comprender todo el efecto explosivo y detonante de ella, cuando, sin aleación ni mezcla se la lanza en medio de una sociedad y un Estado montados, precisamente, sobre la mentira. El no podía concebir que un gran amor fuera, para el Estado en que vivía, un gran delito, que un día había de llevarle a la muerte.
Su función principal en la vida fue esta que digo : de custodia y recordación de la Verdad total: de señalamiento de la meta última, del ideal supremo, que había de tener siempre en cuenta para orientar debidamente el esfuerzo y la conquista de cada día. El espíritu de Pradera era un termómetro de «máxima» paralizado en la más alta temperatura de la pasión por la Verdad y por España. Otros, más estrategas. dirían adonde se podía llegar cada día; él, más vidente y apasionado decía imperturbable dónde había que llegar en última instancia.
Y cuando ya se iba llegando, como quien ya había cumplido su misión, murió en la frontera de la tierra prometida...
Años antes, desde el advenimiento de la República, su función de continua recordación y señalamiento de la «meta máxima» se hizo más vehemente al encontrarse de frente, en una atropellada sucesión de acontecimientos, con insospechadas posibilidades de realización, cada jornada, grandes tramos, como con prisa de descontar la perozosa marcha de tantos años.
Súbitamente la teoría cobró aires de manifiesto y programa actualistas; los íntegros e intransigentes empezaron a contar como posibilidades actuantes en la vida pública cotidiana. Los discursos de Mella saltaron de la pura doctrina donde muchos los tenían, colocados como en una lejanía nublada, y se plantaron en medio de la vida, con renovada vivencia de arengas del momento y «fondos» del día. Las boinas rojas saltaron tambien de las viejas litografías románticas de la guerra carlista, y aparecieron en los pasillos de los cines de Madrid, guardando el orden en los grandes mítines, estremecidos de la más apasionada actualidad; el desquite de los intransigentes, de los teóricos, de los filósofos, no podía ser más completo.
Pradera no tuvo que moverse de donde estaba. En su quieta posición de siempre, se encontró en las guerrillas de vanguardia. No tuvo ni que ponerse delante : los demás se pusieron tras de él. Y vinieron entonces aquellos años rápidos, epilépticos, en los que Pradera fue guía, heraldo y capitán. No tuvo ni que variar el tono: sus conferencias de ayer, por si solas, se convirtieron en arenga de mitín. Su pasión por la Verdad íntegra se convirtió, sin variar en nada, en pasión, por la salvación única e inmediata de España.
Fue entonces cuando Pradera iba diariamente a la tertulia de Acción Española, amor de sus amores, en donde su Beatriz y su Laura—su intacta Verdad de siempre—se hacía, de lejano sueño, carne de viva realidad. Allí, entre aquellos jóvenes que le escuchaban con respeto, entre aquellos militares, que se le ofrecían con santo arrojo, estaba toda su delicia, toda la compensación de una vida de ascética renunciación y casta espera. Se tocaba ya, como con la mano, la tierra prometida. Se clausuraba ya la época de la siembra y el anuncio. Se consumaba y terminaba ya su larga misión de recordación y custodia de la Verdad.
Ya estaba ahí próxima, inmediata. Ya no había que predicarla. Ya no había más que morir por ella...
Y por ella murió, rayando ya el triunfo, para que así su vida de total renunciación y entrega no pasara ni un paso más allá de su exacta y austera misión. Pocas vidas habían encajado más perfectamente, sin merma ni sobra, en el cumplimiento de una misión única. Era ésta de tal modo la substancia y sostén de su viaa, que al terminarse la misión, la vida se le fue. Fue en cada instante lo que para su misión había que ser : heraldo primero, luchador luego, mártir al fin. La pasión de la Lógica que presidió su mente, presidió también su vida, que se cerró sin un desmayo, en una trayectoria perfecta siempre, trazada por las más ejemplares alturas.
Por eso, poco antes de morir, mártir de Dios y de España, pudo titular su último libro con alegre juventud, El Estado Nuevo. Era el mismo libro de toda su vida : el compendio y resumen de su inmóvil Verdad. Era el mismo Estado viejo, que él, como Mella, había cantado tan arrebatadamente. Pero la vida había corrido circularmente, y ahora aquel Estado «viejo», sobre sus pétreos cimientos tomistas, se había vuelto «nuevo»... Así, al conjugarse lo viejo y lo nuevo, la obra del heraldo y custodio de los principios inmóviles estaba consumada y lograda. Y él pudo irse, alegremente, a contemplarla desde la eterna paz.
JOSÉ MARÍA PEMAN.
Pinto, 20 febrero 1937.
Pinto, 20 febrero 1937.